22 septiembre 2022

Crónica de un rechazo anunciado

Dice alguna prensa que el mundo mira “con enorme sorpresa” los resultados del referéndum chileno. No pienso así; creo que los pueblos son volubles e impredecibles, igual que somos los seres humanos. ¿Cómo interpretar el rechazo de comunidades enteras a la multiculturalidad de los pueblos aborígenes?, ¿o que las mujeres votaran contra una propuesta feminista, o que una mayoría de gente postergada rechazara un texto “garantista”? La respuesta no luce simple, pero la gente habría respondido –por una vez– con un rezago de sabiduría, se habría dado cuenta que el documento era una quimera y se dijo: “no, no quiero la luna, solo quiero que alguna vez me traten con cariño”.

 

Lo único claro es que si la mayoría no respaldó la propuesta, tampoco estuvo de acuerdo con las protestas callejeras de 2019; así, con su voto, apagó el incendio que habían provocado los violentos. El fracaso confirmaría, además, la real existencia de la sospechada infiltración de gente ajena –con oscuros intereses– en esas manifestaciones; o, tal vez, que el supuesto vacío constitucional fue solo un mero pretexto para las protestas. La lección a aprender, para los demás países de la región, es que existió, con harta probabilidad, un excesivo ingrediente ideológico en la conformación de la Convención, toda vez que sus miembros fueron elegidos después de las protestas; por ello, dadas las reglas del juego, no sería raro que los “independientes” no lo hubieran sido realmente.

 

Una carta magna no es lo mismo que una ley cualquiera. Una constitución requiere de un distinto tratamiento; para empezar, debe prescindir de ese alto contenido ideológico que inspira a las leyes. Su alcance es más conceptual: se refiere a la estructura del estado, a la relación con los ciudadanos, a su organización política. Por tanto, no se entiende la integración de una constituyente donde estén ausentes los juristas y, de preferencia, los constitucionalistas. En cuanto a las ideologías, es inevitable que los juristas puedan tener también una tendencia política. Ser neutral o imparcial es casi imposible, pero se puede al menos tratar de ser objetivo.

 

Para el caso chileno, esa selectiva presencia de juristas no fue consolidada con oportunidad; además, la votación efectuada para escoger a los eventuales integrantes tuvo un claro tinte político, que se contaminó con el carácter pendular de las elecciones partidistas y con el desencanto que pudo haber acumulado un presidente joven e inexperto, aspectos que marcaron diferencia. Ya se sabe: una cosa es con guitarra y otra con violín, una cosa es criticar, gritar y tirar piedras y otra muy diferente gobernar. El exceso de ímpetu ideológico y la carencia de una voz ecuánime pudieron erosionar el espíritu inicial y todo quedó en novelería. La prueba es que no se logró estructurar un texto equilibrado y al final se quiso proponer un documento algo novedoso pero todavía irrealizable…

 

La propuesta pecó por muy extensa. Esto se debió a que redundaba en ciertos conceptos o, con mayor probabilidad, a que recogió asuntos que bien pudieron ser incluidos en otras leyes. Una constitución debe ser un documento que defina y exprese el concepto que se quiere tener del Estado y de su sistema democrático; debe tener, por tanto, un número más reducido de artículos, que persigan establecer esos importantes conceptos con claridad.

 

Una nueva constitución no equivale a refundar un país, lo que se quiere es conservar lo bueno y corregir lo malo; se debe evitar lo novedoso, aquello que por su impacto produce la apariencia de ser esencial. No extrañaría que pudiera haber habido un excesivo aporte generacional que incidió en la redacción final de la propuesta. Una constituyente requiere de gente mesurada y ecuánime, con más experiencia, que esté persuadida de que es mejor un cambio paulatino y moderado; gente que entienda que asuntos como la plurinacionalidad, la paridad de género y el ecologismo son muy relevantes pero no tan urgentes ni esenciales.

 

La nueva convención tendrá que evitar una tonalidad ideológica, y un discurso que genere temores respecto a la propiedad y a lo que deba entenderse respecto a las “nacionalidades”. Un estado puede ser multicultural, e incluso multinacional, pero se debe tener claro qué se quiere decir con un término que puede sugerir diversos significados. Además, debe evitar que se establezcan categorías entre los ciudadanos, con diferentes derechos u obligaciones.


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20 septiembre 2022

Elogio del maestro remendón

La Caldas, como la recuerdo, consistía en una cuesta de gradiente pronunciada en sus dos sentidos. Si la carrera Guayaquil la partía en forma longitudinal, pudiera decirse que viví en el lado occidental de la Caldas por algo más de diez años, desde cuando sucedió el penoso tránsito de mi madre. La Caldas (llamada así en honor al prócer, sabio y mártir colombiano Francisco José de Caldas Tenorio Gamba y Arboleda, quien vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX) era entonces una calzada pavimentada de aceras más bien generosas. Hace pocos años la habían adoquinado, quizá con el propósito de darle un carácter más a tono con el centro histórico.

 

Pero la Caldas del lado occidental, no era así de ancha a lo largo de toda su extensión. De la Guayaquil hacia arriba, yendo hacia poniente, o como quien se dirige a la Basílica del Voto Nacional, la vía –por lo menos en los tiempos en que ahí residí– lucía como una especie de embudo. En efecto, la fachada de las primeras casas del lado norte de la calzada (es decir, subiendo hacia mano derecha) invadía el límite de la línea de fábrica establecida. Además, la vereda –en esa parte– estaba revestida con lajas de piedra, lo que la hacía sobremanera resbalosa. Era cuestión de tiempo para que esas casas fueran demolidas (o que se les ordenara ajustarse a la ordenanza); por lo que, con los cambios arquitectónicos que produjo más tarde la remodelación de la plaza de San Blas, ello efectivamente sucedió.

 

Había, entonces, una ostensible irregularidad (un diente) en el trazo rectilíneo de la vereda, saliente que originaba un notorio recoveco convertido en indeseable rincón pestilente. Da pena comentarlo, pero el recodo se había transformado en ocasional y recurrente urinario público. Allí apuraban sus incontinentes trámites no solo los borrachos y oficinistas apresurados, lo hacían también los mozalbetes desaprensivos y los tarambanas trashumantes. En suma todo aquél que se había olvidado de efectuar sus líquidas deyecciones antes de salir de casa, y esto –además– si es que al desvergonzado no se le había ocurrido también aprovechar de la sombra que proyectaba un poste que allí mismo existía para evacuar sus sólidos detritos malolientes…

 

Era ese un oscuro rincón que afeaba la cuadra. Por lástima, estaba avecinado a la residencia de quienes fueron los amigos más cercanos que tuvimos en nuestros años de niñez (no digo “infancia”, porque es vocablo de curiosa etimología: viene del latín ‘infans’ que quiere decir “el que no habla”). Ahí mismo, al lado del fétido y evitable ángulo, un laborioso sastre de contradictorio apellido, había instalado el discreto taller donde realizaba sus tareas de alfayate (era una injusta ironía que un individuo tan industrioso y cumplidor mereciera ese apellido). El local no albergaba únicamente su taller; ahí mismo, en un pequeño espacio protegido por una frágil mampara, había instalado los pocos bártulos que conformaban su lúgubre dormitorio. Pudiera decirse que aquel lugar era también su mísera morada.

 

Fui en repetidas ocasiones a la modesta sastrería. Allí no solo confeccionaban y alteraban prendas de vestir; otro de sus servicios era el de planchado. Aquél era un recinto de regular tamaño, pero nunca dejaba de llamar la atención que, tanto el abnegado “maestro” como el resto de su familia –para no mencionar a sus operarios– pudieran realizar tan variadas tareas, no siempre relacionadas con el oficio, y sobre todo, las referentes a los asuntos privados, en espacio tan reducido. Si las gavetas de las máquinas y mesas de trabajo habían recibido el gráfico remoquete de “cajones de sastre”, la totalidad misma de aquel “taller-vivienda” también merecía similar forma de metáfora. Todo ese lugar era un verdadero “cajón de sastre”, donde –para colmo– se expendían también diminutos peces tropicales.

 

Pienso en el sencillo y atiborrado espacio donde vivía toda la familia de ese cordial y siempre sacrificado padre de familia, y no puedo sino hacer reverencia a la forma empeñosa y puntual con que ejercía su honrado oficio. Hoy rindo homenaje a todos aquellos otros artesanos que hacen más fácil y llevadera nuestras vidas y que cumplen con portentosa efectividad sus –en apariencia– insignificantes labores. Medito en tantas otras humildes tareas efectuadas por quienes, si no existieran, simplemente dejarían sin realizar muchas de esas actividades. Piénsese –en cuanto a reparaciones– en el trabajo del electricista, del albañil o del plomero (fontanero o gasfitero de otras latitudes) y no podremos sino alabar su prodigiosa destreza y agradecer su servicial compromiso.

 

Esos maestros costureros fueron gente sencilla, un colectivo que siempre acicateó mi gratitud y admiración, un gremio de artesanos diligentes y confiables. Ahí estuvieron –con tiza, aguja y alfiler– los Jaya y los Contreras, los Llumiquinga y los Pumasunta; prosapia laboriosa que atendió mis encargos y soslayó mis quisquillosos remilgos.


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18 septiembre 2022

¿Qué hacer? *

* Escrito por Juan José Millás, para El País de España.

 

Me hallaba comiendo en dos restaurantes distintos, con dos personas diferentes, pero el mismo día y a la misma hora…

 

Estaba comiendo con un amigo en un restaurante japonés cuando me manché la camisa con una gota de salsa de soja, de modo que bajé al baño para limpiármela antes de que se secara, y al subir aparecí en otro restaurante, asturiano ahora, donde me esperaba un colega con el que por lo visto también había quedado.

 

Me hallaba comiendo, en fin, en dos restaurantes distintos, con dos personas diferentes, pero el mismo día y a la misma hora. Por alguna anomalía inexplicable, aquellas dos dimensiones paralelas de la realidad se habían cruzado provocando una situación insólita. Le conté la experiencia a mi amigo como si me la hubiera imaginado, para no dar la impresión de que me había vuelto loco, y dijo que eso de estar en dos sitios a la vez era normal en el mundo subatómico.

 

Zanjada la cuestión, continuamos hablando de nuestras vidas, aunque yo no dejaba de darle vueltas al asunto. En el segundo plato, cuando ya habíamos dado cuenta de una botella de vino, mi amigo preguntó con quién estaba comiendo en el restaurante japonés. Le dije que con Paco, al que también él conocía. “Anda un poco deprimido”, añadí, “por problemas económicos y de salud”. “De Paco”, me advirtió entonces mi amigo, “no hay que fiarse, se queja de todo y es un sablista; me debe dinero desde hace dos años. Cuídate de él”.

 

Me pareció mal que hablara así de un amigo común. Pedimos otra botella de vino y, cuanto más bebía, más agresivo se ponía. La agresividad me da náuseas, de modo que me disculpé y bajé al baño para vomitar. Al subir, volví a encontrarme en el restaurante japonés, donde continué comiendo con Paco, que es un tipo triste, de acuerdo, pero buena persona. Invité yo, porque sé que no le va bien con la tienda de marroquinería que heredó de su padre. Lo que no esperaba es que me pidiera un préstamo. Le dije que sí, ¿qué iba a hacer?


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15 septiembre 2022

Cartas de referencia

Vivimos tiempos difíciles. El otro día tuve un apuro y aunque hoy parezca un anacronismo me pidieron un par de “cartas de referencia”. Se trataba de un trámite para una institución pública, que –se entiende– tiene registros y conocimiento de todo lo que se mueve en nuestra sociedad. Bueno, resulta que anduve un poco estrecho y me vi obligado a solicitar un préstamo quirografario (sí, como en el título de la telenovela, “los ricos también lloran”). Cuando creí que ya había terminado de procesar el necesario trámite, zas, van y me piden una referencia bancaria, con información de los movimientos realizados en los dos últimos años, así como también una referencia comercial.

 

Estos son tiempos de verano, a la vez, lo que quiere decir que “todo el mundo” (literal) parece que anda de vacaciones; de modo que -tras cuernos palos- justo las dos personas encargadas de procesar los trámites, y de cuya gestión dependía la emisión de los benditos certificados, también estaban “en goce de vacaciones” (lo del “goce”, claro, puede ser un eufemismo). Aquí no puedo dejar de comentar que en estos días ya la gente no sale de vacaciones cuando realmente quiere (o puede) sino cuando las empresas o instituciones deciden que sus empleados deban hacerlo, pues ha disminuido la demanda de sus respectivas actividades…

 

Para empezar, cómo se entiende que una institución pública, como el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, IESS, que basa sus prestaciones en los propios aportes de sus afiliados, les solicite, a modo de garantía, documentos de respaldo, que pudieran no ser fidedignos? Se entiende que estos pudieran dar fe de la respectiva honorabilidad (o solvencia) de quien ha decidido echar mano de este perentorio recurso, para tal vez aprovechar condiciones “más convenientes” y evitar seguirse endeudando a un régimen más alto y punitivo de intereses. Y, ya que lo menciono, tampoco tan “convenientes”: un préstamo del IESS, otorgado a 50 meses, termina recargando intereses por un valor equivalente a un tercio del valor concedido.

 

Todo esto sin tomar en cuenta la aplicación de un incomprensible “seguro de desgravamen”, lo que querría decir que de no contratárselo la familia del interfecto (la del afiliado fallecido) pasaría a ser responsable del pago del saldo correspondiente. En resumen, ¿cuál es entonces el beneficio de ser o de estar afiliado? En otras palabras, ¿qué ventaja tiene ser un jubilado?, ¿acaso sus largos años de aportaciones (el mínimo de tiempo requerido para acogerse a la jubilación) no son suficientes, como garantía de respaldo, para un simple préstamo personal?

 

El asunto es que estuve obligado a echar mano de este “último recurso” y, como requisito, me vi abocado a esa tramitación adicional para obtener los referidos certificados. El emitido por el banco parece asunto fácil (de hecho, se lo consigue en la propia “página web”), sin embargo este documento solo proporciona información de la actividad relacionada con el último semestre y no con los dos últimos años, como solicita el Instituto.

 

Hay necesidad, por tanto, de efectuar una solicitud especial al mismo banco, cuyo trámite puede tomar hasta otros diez días hábiles. Así que… ¡paciencia! Para el caso del certificado comercial, lo más seguro es que este solo pueda ser emitido por “la persona encargada”, quien –para variar– tampoco pudiera estar disponible; y no sería raro que también se nos diga: “hay que esperar que fulanito o zutanita regrese, porque se fue de vacaciones”…

 

Como se ve, un préstamo quirografario, cuyo desembolso final, en teoría, solo toma 72 horas luego de su autorización, bien pudiera tomar mucho más tiempo del anticipado, todo por culpa de los superfluos requisitos adicionales que he comentado. ¿Cuál es el real objetivo de estos documentos?, pregunto yo. “Para evaluar la real capacidad de pago”, me dirán, lo cual no resulta convincente. A fe mía, que solo se trata de satisfacer aspectos burocráticos.

 

Ahora bien, ¿Son realmente “quirografarios” estos préstamos? Quirógrafo, de acuerdo con el diccionario, quiere decir todo aquello que “no es público”, lo que se hace sin necesidad de acudir al notario: lo “privado”. Estos procesos adicionales, por lo mismo, tienen mucho de los que son tratados como públicos. A menos que no se quiera dar a la voz “privado” su sentido natural, el sentido de aquello “que se ejecuta a la vista de pocos, sin formalidad ni ceremonia” y más bien el de algo que sería “personal o particular”. No quisiera ni pensar en la aplicación de las acepciones 7 y 8 del DLE, que resultan –por escatológicas (relacionadas con los excrementos)– francamente impublicables…


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13 septiembre 2022

Una gira truncada

Enrique Santos Discépolo, un morocho porteño, autor de famosos tangos como Cambalache, Yira Yira o Malevaje, es quien habría dicho aquella frase inmortal que define al celebrado ritmo: “El tango es un pensamiento triste que se baila”. Pero el tango no siempre se cantó y quien empezó a ponerle letras y a convertirlo en canción (“el tango-canción”) fue un extraordinario cantor, nacionalizado argentino, apodado el “Morocho del Abasto” o el “Zorzal criollo”, su nombre era Charles Romuald Gardés o, si prefieren, Carlos (o Carlitos) Gardel.

 

Gardel habría nacido en Francia o pudiera ser uruguayo. Lo único cierto es que, por un misterioso motivo, él mismo tuvo mucho cuidado de no mencionar su origen. Lo importante, sin embargo, no es dónde mismo nació, ni en qué año (también hay inconsistencias en este sentido), sino porqué es que nunca fue claro él mismo. Lo más seguro es que quiso proteger algún asunto de tipo familiar para evitar incomodar (o perjudicar) a su madre o a la mujer que estuvo a cargo de sus primeros años y que se preocupó, por lo mismo, de su atención, formación y cuidado.

 

Según la “versión francesa”, Gardel habría nacido en Toulouse el 11 de diciembre de 1890, de padre desconocido y en el hospital de La Grave; su nombre sería Charles Romuald Gardès, apellido que más tarde españolizó como Gardel. Según esta posibilidad, sería hijo de Berthè Gardès, dueña del apellido original de quien pudo haber sido bien sea su madre, su madre adoptiva o su eventual madrastra. En contra de esta teoría existirían varios documentos y un asunto adicional: cuando sucedió el accidente de Medellín, donde falleció Carlos Gardel, se habría encontrado un pasaporte uruguayo en el que Gardel constaba como nacido en Tacuarembó, en 1883.

 

De acuerdo a la interpretación uruguaya, el autor de El día que me quieras, Volver o Por una cabeza, habría nacido en Tacuarembó, ciudad ubicada unos 300 kilómetros al norte de Montevideo, entre 1883 y 1887 (existen fotografías escolares de Gardel que lo respaldan). Habría sido hijo ilegítimo de un coronel uruguayo y puesto al cuidado de una sirvienta de nacionalidad francesa. El cambio del año de nacimiento se habría producido para ubicar al cantante dentro de un margen de edad (aparentar una mayor edad), lo cual le hubiera liberado de tener que prestar servicios militares en el lado francés durante la Primera Guerra Mundial.

 

Cualquiera que fuese la versión verdadera, el iniciador del “tango canción”, habría vivido con su madre, o con quien hizo sus veces, desde muy chico en un conventillo de Buenos Aires (un conventillo es una casa donde viven hacinadas varias familias). Más tarde habría formado un dúo inicial con otro intérprete de nombre José Razzano. Esta pareja artística se habría mantenido como tal desde 1915 hasta 1925. Este tipo de tango, la melodía cantada, habría surgido como una suerte de lamento, como una melodía nostálgica. Se sabe que sería por esos años cuando Gardès se habría nacionalizado argentino, haciendo honor al país que fue testigo de su infancia y de su desarrollo artístico.

 

Respecto a su personalidad se sabe que era muy meticuloso con su acicalamiento, que siempre procuraba vestir y parecer como miembro de las clases altas; de cabello siempre engominado, dicen que “los hombres lo admiraban y las mujeres lo adoraban”. De acuerdo a la plataforma virtual “Biografías y Vidas”, “Gardel fue en la intimidad un hombre tortuoso, retraído y contemplativo, atenazado por una oscura tristeza y víctima fácil del abatimiento”. En cuanto a su vida sentimental, confesaría que nunca se había enamorado de mujer alguna, “porque todas valen la pena de enamorarse y darle exclusividad a una es hacerles una ofensa a las otras”…

 

Su muerte no escapó tampoco a ese aire de leyenda (hay quienes creen que habría sobrevivido a la tragedia y que su rostro se habría desfigurado). Falleció en Medellín en un accidente aéreo ocurrido durante el despegue; hubo 17 fallecidos. Era un vuelo de la empresa SACO (Servicio Aéreo Colombiano) que se dirigía a Cali y que se había iniciado en Bogotá; era un Ford trimotor. Las reseñas mencionan F-31 como el modelo del avión; lo más seguro es que sea su número de matrícula, pues no existe ninguna versión del “Tin Goose” (o “Ganso de Hojalata”) con ese nombre. Un modelo parecido, el Junkers– 52, voló para la Fuerza Aérea y para varias aerolíneas hasta los años 60 en el Ecuador.

 

Lo más probable es que tuvo una falla de motor que le hizo perder el control direccional. Se estrelló contra un avión de SCADTA (hoy AVIANCA) que también se preparaba para despegar. Eran tiempos que todavía se volaba sin copiloto y se recibía un entrenamiento muy precario, lo cual impedía volar estas aeronaves con mayor seguridad.


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11 septiembre 2022

Crimen y castigo

Por fin he terminado mi lectura de Crimen y Castigo, la formidable novela de Fiódor Dostoievski. Lo de “por fin” no se relaciona con la finalización de tan postergada lectura, sino más bien con la continuidad de su inicio y su exitosa comprensión. Había hecho algunos intentos anteriores, solo para reconocer con desilusión que la historia tenía demasiados personajes… Un poco tarde habría caído en cuenta que en ella tendemos a identificar como distintos a los mismos personajes porque se los llama con nombres diferentes. Crimen y Castigo es no solo una de las obras más geniales que jamás se hayan escrito; es un prodigioso tratado psicológico y además una cautivante novela policíaca. Quizá sea importante hacer una pequeña advertencia: su lectura requiere de un cierto derrotero.

 

Para disponer de una guía, existen dos métodos parecidos. Uno consiste en obtener referencias previas acerca de los actores; y, otro, el que yo mismo intuí y que recomiendo: ir construyendo una breve sinopsis que incluya el apellido; los nombres; el apodo o la forma familiar de llamar a cada personaje; con la función que cada uno cumple en la novela. Así por ejemplo: los nombres Rodion Romanovich corresponden a Raskolnikov, que es el apellido del protagonista principal, un estudiante introvertido y austero, aunque febril y de extraordinaria inteligencia; sin embargo, Rodia, el hipocorístico (diminutivo) de Rodion, es la forma familiar con que también se lo conoce. De modo que la confusión es inevitable, por la mezcla de las diversas modalidades, cuando se hace referencia al sujeto en referencia.

 

La palabra “crimen” tiene una curiosa etimología; no se relaciona con homicidio o asesinato, como se pudiera imaginar. Crimen viene del latín y quiere decir acusación, aquella de un acto grave por el que alguien es investigado, o se ha “incriminado” (nótese el sentido que esta voz tiene). He pensado en el vocablo en estos días cuando ha ocurrido el supuesto atentado de la señora Kirchner en  Argentina. Digo “supuesto” con intención, porque dada la fama que la mandataria tiene, sus propios conciudadanos sospechan que no se trata de algo real sino tan solo de un montaje…

 

Pero primero lo primero: si el atentado fue auténtico, merece el rechazo general; la vida humana está por sobre cualquier otro tipo de consideración. Esto no quiere decir que no puedan también censurarse las actitudes arbitrarias de políticos que despiertan consecuente indignación, sea porque han abusado de los fondos públicos, o porque creen que están sobre un código elemental de decencia o por encima de la ley. En casos así, la situación se torna más reprochable si el presunto culpable procura aprovecharse de la excesiva lenidad de la justicia o trata de influir en el dictamen de los jueces. Esta dudosa e irregular impostura procesal es un trámite hoy conocido como “lawfare”.

 

El caso de la vicepresidenta es particular porque la mujer del César no solo tiene que ser honesta sino que, además, debe parecerlo. La fortuna de los Kirchner parece todo menos bien habida, hay demasiados asuntos oscuros, para no llamarlos sospechosos. Y también está lo otro: su desaforado afán por enquistarse en el poder, lo cual significa solo dos cosas: su escuálida vocación democrática y el deseo de asegurar su propia impunidad. Cuando existen tantas evidencias, una persona honesta debe dar un paso al costado, no solo para proteger su legado político sino para respetar el debido proceso y dejar que las instancias jurídicas determinen su inocencia o culpabilidad.

 

En casos así, lo que hace daño a la democracia no es un atentado; hacen más daño el irrespeto al juego limpio, el abuso del poder, el atropello a los límites que impone la verdadera democracia, no esa vicaria distorsión que permite el gobierno de los sabidos y de los corruptos, de esa gentuza aviesa e ignorante que se cree irremplazable. En cuanto a condenar el discurso de odio que incita a la violencia: nada es peor que gobernar sin integridad; nada fomenta más el odio que la gestión amañada y desaprensiva, ese vergonzoso imperio de la impudicia que se ampara en los siniestros mecanismos de la impunidad, pues toda falta debe merecer su correspondiente castigo.

 

El gobierno argentino ha hecho un llamado para “defender la convivencia democrática”. Esta no se protege con proclamas, y menos decretando feriados para soliviantar a los afectos al régimen; se lo hace con honestidad y transparencia. En cuanto a la señora Kirchner, esa es su fatal circunstancia: su ambición cínica e irresponsable, su megalomanía y vanidad. La suya es la versión más arrogante que pudiera tener el populismo. No lo digo yo, es el triste convencimiento de la gran mayoría de los propios argentinos. Es hora de que se vaya a su casa, a disfrutar de lo que ella y su familia dicen haber  “ahorrado” (con tanto empeño y religiosa dedicación –digo yo– y, sobre todo, con tan contumaz y porfiado “sacrificio”). Lo demás es impostura y distorsión de la realidad, indolencia o fanatismo.


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