“Hay tres clases de ignorancia: no
saber lo que se debería saber, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no se
debería saber”. François
de La Rochefoucauld. Aforismos y máximas.
Hay algo que ha sucedido como aparente consecuencia
de la pandemia: es el inusitado cierre simultáneo de algunos establecimientos
gastronómicos. Digo “aparente” porque la situación no estuvo directamente
relacionada con el aspecto sanitario sino con una serie de factores que tuvieron
que ver, más bien, con la irreflexiva apertura de esos locales, sin conocimiento
de las características de la industria, sin el correspondiente estudio de
mercado, sin la debida información del producto que se quería expender, sin
experiencia previa y, entre otras razones, sin considerar que ya existía un
exceso de oferta en un momento tan inconveniente.
Es comprensible que aquello haya ocurrido: la
pandemia produjo un elevado número de despidos; ello redundó en un sinnúmero de
liquidaciones laborales; lo que, a su vez, dejó en manos de los afectados
capitales interesantes, cuyos beneficiarios intuían que era preferible invertir
que ahorrar… El consecuente resultado fue asignar recursos a emprendimientos
que parecían fáciles de manejar, y simples de administrar, aunque sin el conocimiento
de cómo funcionaban realmente esos negocios, las características del producto, los recursos humanos, las
preferencias de los clientes, las exigencias de promoción y servicio, o los
aspectos que motivaban a los usuarios.
Son mis impresiones como ex “restauranteur” (propietario
de un negocio gastronómico), que pudo experimentar las secuelas económicas que
desencadenó la emergencia; y, asimismo, ser testigo de cargo de las
circunstancias que desencadenaron el prematuro cierre de muchos emprendimientos.
Hago una breve referencia a la palabra “restauranteur”, utilizada hoy en día
para designar a los dueños de estos locales, de la cual no existe traducción
directa al castellano; no solo que no se la puede reemplazar sino que algunos
diccionarios la confunden con “restaurateaur” (sin ene) que, como se entenderá,
significa restaurador. Imagino que esto se debe a una distorsión similar a la de “in fraganti”, cuando en realidad se
quiere decir flagrante (y no: fragante)…
El continuo o repetitivo cierre de estos lugares
comerciales, ha venido ocurriendo con exagerada frecuencia en el sector donde vivo.
Como se podría esperar, los locales que han logrado mantenerse son la mayoría
de los que antes ya existían, simple y llanamente porque pudieron capear el temporal
y lograron paliar la situación sobre la base de: adecuada publicidad virtual,
atractivas promociones para los clientes frecuentes, oferta de un buen producto
y, sobre todo, experiencia empresarial. Este último factor realmente marcó la
diferencia; sus operadores no se manejaron por novelería, ya conocían el
producto y supieron darle un valor agregado.
Hago, en este punto, una de mis acostumbradas
digresiones; tiene que ver con el aforismo de La Rochefoucauld contenido en el
epígrafe (ver arriba). Para lo que analizamos, y dado que se trata de una inversión
importante y, probablemente, de una erogación crítica y crucial –y quizá única
en la vida– era indispensable conseguir el asesoramiento y la información necesarias.
No es buena idea “saber mal lo que se sabe” y, menos: “no saber lo que se
debería saber”. Para el caso del éxito, nada se ganaría “sabiendo mucho de lo
que no se necesita conocer”…
Me permito, del mismo modo, analizar tres
distintas experiencias de las que he sido testigo: la primera la de una
pizzería artesanal; esta se inició con poco capital en un sitio de tamaño
reducido, aunque sus propietarios sabían como presentar un producto de calidad.
En su caso, acogieron la sugerencia de acondicionar el área del estacionamiento
y lograron duplicar el número de mesas: su resultado fue un éxito automático.
El segundo es una taquería: esta aprovecha el espacio disponible, está bien
decorada, sus propietarios han residido en México pero no conocen los fundamentos
del producto, los precios son altos y no han logrado plasmar sabores
auténticos: su experiencia –lamento vaticinar– es ya una receta para el
fracaso. El último es un lugar de “pinchos japoneses” (yakitori grill): aquí los
precios son bajos, el producto es excelente y saben como prepararlo. No tienen
estacionamiento y, vista la restricción de espacio, no han separado el área de
atención de la de almacenamiento; esta errónea distribución va a darles la
imagen de una fonda y no la de un atractivo restaurante.
Otros negocios analizados han caído en errores comunes, como: distorsionar el producto para adaptarlo al gusto local, subestimar la
autenticidad de los ingredientes o devaluar su calidad. O, simplemente, han transigido ante el
dilema precio–calidad, y no han sabido pensar en ese cliente que quieren que regrese, que vuelva otra vez…

Anatomía del abandono