09 diciembre 2022

¿Qué pasó con Braniff? *

 * Escrito por Alec Wignall para AeroTime. Con mi traducción y reedición.

En su apogeo, Braniff Airways fue una de las aerolíneas más rentables y de más rápido crecimiento de los Estados Unidos, siendo sus principales vuelos los internos en EE. UU. y las rutas a México y Suramérica. La aerolínea fue fundada un 3 de noviembre de 1930 por los hermanos Paul Revere y Thomas Elmer Braniff. Así, Braniff Airways Inc. comenzó a volar rutas entre Oklahoma, Kansas, Chicago y St. Louis utilizando dos aviones Lockheed Vega.

 

Los hermanos Braniff habían fundado varias empresas de aviación en el área de Oklahoma, adquiriendo experiencia en la industria. Un cambio para su éxito llegó a principios de los años 30, cuando Braniff Airways ganó contratos para correo aéreo y adquirió Long & Harman Air Lines; esto les que permitió una rápida expansión. Después de la Segunda Guerra Mundial, la aerolínea recibió derechos para volar al Caribe, México y América del Sur, con una flota de Douglas DC-4, DC-6 y DC-3. En 1951, después de meses de negociaciones, Braniff adquirió Mid-Continent Airlines. La fusión llevó el tamaño de la flota a 75 aviones y a más de 4.000 empleados. En 1955, la aerolínea ya era la décima más grande de los EE. UU.

 

En enero de 1954, Thomas Braniff murió cuando un anfibio Grumman en el que volaba se estrelló como resultado de contaminación de hielo en las alas. Poco más tarde, en junio de ese mismo año, Paul Braniff falleció de cáncer. Fue cuando Charles Edmund Beard se convirtió en el presidente de la aerolínea y fue fundamental para trasladar la empresa a la era de los reactores. Los primeros en llegar fueron los Boeing 707 en diciembre de 1959; poco después lo harían los Boeing 720. Beard también haría un depósito para dos Boeing 2707 (Transporte Supersónico) a un costo de $ 100 M por avión. Este programa fue financiado por el gobierno de los Estados Unidos, pero fue cancelado a principios de la década de 1970.

 

En 1970, Braniff recibió el centésimo Boeing 747; era el primero de una flota de 12. Al avión se lo llamaba "747 Braniff Place" y "The Most Exclusive Address In The Sky"; se convirtió en el avión insignia de la flota, atendiendo la ruta Dallas - Honolulu y, más tarde, los vuelos hacia Londres. Cuando Beard se retiró en 1964, seleccionó a Harding Lawrence para asumir el papel de CEO. Lawrence tenía experiencia con Continental Airlines y, a los 44 años, era uno de los directores generales de aerolínea más jóvenes del país. Pronto exigió una revisión de la publicidad de la empresa y puso a la aerolínea con sede en Texas en el centro de la atención mundial con la ayuda del genio neoyorquino de la publicidad Jack Tinker and Partners.

 

El diseño hasta entonces existente fue abandonado y cada avión fue pintado en un solo color distinto a partir de una paleta de tonos vibrantes cuidadosamente elegidos. Junto con la nueva imagen, se lanzó un uniforme de "la era del espacio", de alta costura, para las azafatas, y los interiores de los aviones se combinaron con telas brillantes y coloridas. El cambio en la aerolínea fue muy elegante y llamó mucho la atención, lo que llevó a muchas otras aerolíneas a hacer lo mismo. Para Braniff, la renovación constituyó un gran éxito y la compañía logró ganancias y un crecimiento récord en los siguientes 14 años. En 1978, Lawrence negoció un ventajoso acuerdo con British Airways y Air France para operar el Concorde en ciertas rutas internas de EE. UU.; era la primera vez que un supersónico se movilizaba a nivel nacional.

 

El servicio del Concorde comenzó en enero de 1979 entre Dallas y Washington, con vuelos operados con tripulación y matrícula de Braniff. Una vez en Washington, los aviones eran devueltos a BA y Air France para sus respectivos vuelos de regreso a Londres y París. Pero el Concorde no tuvo éxito en Braniff, ya que los pasajeros no le encontraron mayor ventaja. Sin embargo, debido al contrato con BA y Air France, se reembolsó a Braniff la pérdida incurrida, por lo que el costo para la empresa fue mínimo. El acuerdo se mantuvo hasta 1980, década en que Braniff Airways había experimentado un crecimiento y una expansión realmente sorprendentes.

 

Para 1980, el costo del combustible había aumentado significativamente. Por primera vez, los costos del combustible eran mayores que los de mano de obra, ya que el precio del petróleo se había duplicado entre 1978 y 1979. A medida que disminuyó la demanda de carga y se dieron costos récord de combustible, se produjo la peor recesión desde la Gran Depresión de 1929. A medida que American y Delta aumentaron sus servicios, la competencia para Braniff Airways se volvía demasiado despiadada. A finales de 1981, Braniff ya no tenía el flujo de caja para respaldar sus operaciones. En mayo del año siguiente Braniff International Airways cesó sus operaciones aéreas,  cerraba así una historia de 54 años en la aviación mundial.


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06 diciembre 2022

Aquellas islas de “Bajamar”…

Debe haber sido en los años setenta; han pasado pues alrededor de cincuenta años. Entonces, tanto la radio como la televisión promocionaban a un consorcio llamado “Icelandic (Loftleiðir)– Air Bahamas” que ofrecía tarifas de bajo costo para viajar a Europa. Los vuelos se hacían a través de dos lugares de tránsito: Nassau en las Bahamas y Reikiavik en Islandia; tengo entendido que el tramo final estaba a cargo de la primera aerolínea. Pasados los años –quizá a mediados de los ochenta– Ecuatoriana de Aviación firmó un contrato con los operadores turísticos para facilitar la transportación de los pasajeros desde Nassau a Sudamérica y viceversa.

 

Para Ecuatoriana fue una pésima iniciativa: los vuelos hacia y desde Miami eran desviados dos veces por semana para hacer escala en ese aeropuerto de las Bahamas: nunca se llenaron más de doce asientos. Esto no solo incomodaba a los propios pasajeros de la aerolínea (el vuelo se demoraba más de dos horas y se tenía que hacer un aterrizaje adicional) sino que alteraba sus itinerarios. Poco a poco los directivos cayeron en cuenta que habían hecho un mal negocio; era insólito agravar el flujo de unas operaciones que ya se ejecutaban con precaria puntualidad. De todos modos, algo pasó y transcurridos pocos meses los vuelos se suspendieron.

 

En esos años actuaba ya como comandante de la línea de bandera. Un día que debía salir de Quito a Miami con mi familia en viaje de vacaciones; me llamaron en la mañana a consultar si tendría inconveniente en operar como piloto. Salimos de Quito a Guayaquil y continuamos hacia Nassau. Para ansiedad de pasajeros y tripulantes (y no se diga de mi propia familia) se desató una tormenta tropical de proporciones apocalípticas cuando trataba de aterrizar en ese aeropuerto; hice dos fallidos intentos pero no quise aterrorizar más a la parroquia; cambié el destino y proseguí a Miami. No era mi familia lo que más me preocupaba, aunque nunca los vi tan asustados. Luego vendría la calma…

 

Crucé muchas veces sobre las Bahamas (son islas que forman un estado independiente que, con Turk y Caicos –un territorio británico de ultramar–, son parte del archipiélago de las Lucayas); su sobrevuelo era parte de la ruta entre Guayaquil y New York (pocos saben que el vuelo se realiza a través del enigmático “triángulo de las Bermudas” que une justamente Miami, Bermuda y Puerto Rico). Lejos estuve entonces de sospechar que ese nombre, el de Bahama (se pronuncia ga-ja-ma) es una deformación del nombre que los españoles dieron alguna vez a esas islas de aguas poco profundas: “Islas de Bajamar” las llamaron. Una de ellas es Guanahaní, o San Salvador, la misma isla avistada por primera vez cuando alguien, desde el puente de mando, gritó una madrugada de octubre de 1492: ¡Tierra, tierra!…

 

Una noche, buscando una ruta alterna para evitar el mal tiempo sobre el “panhandle” (mango de cacerola) de la Florida, descubrí una ruta oceánica poco transitada; esta no solo permitía obtener mejores condiciones sino que eludía el “Jet Stream” (la corriente de chorro) que se desplaza en esa parte de Norteamérica con sentido nor-este. El desvío obligaba a cruzar sobre las Bahamas y luego la isla Española; desde ahí, volar directo a Cartagena sobre el Caribe y después directo a Esmeraldas. Un ahorro aproximado de veinte minutos de vuelo...

 

Muchos años después, mientras volaba con Great Wall Airlines –un “joint venture” entre Singapore Airlines (49%) y China Eastern Airlines (51%)– esta última ejercitó un aumento agresivo de capital y se produjo la posterior transformación de GWA en una nueva empresa: China Cargo Airlines. Justo cuando me encontraba a punto de extender mi contrato con mi nuevo patrono (hasta el nuevo límite de 65 años), sus directivos optaron por implementar una novedosa norma conocida como “regla del 60” (sobre los 60 años solo se podía volar hasta 60 horas mensuales y recibir el 60% de la remuneración), lo que exigía además desplazarse cada vez a Beijing para satisfacer una evaluación médica cada tres meses… Así que decliné la propuesta y entonces opté por mi retiro.

 

Pasados tres o cuatro meses, sin embargo, alguien volvió a calentarme las orejas… volvía a escuchar el nombre de la primera parte de ese viejo consorcio. Me llamaban de Icelandic, desde Reikiavik: “Captain ‘Vizcano’, we're calling you in behalf of Air Atlanta Icelandic. We would like to know if you could be kindly interested in coming to fly with us”… Una semana después me recibían en un hotel de Boston, charlábamos por veinte minutos y firmaba mi último contrato como aviador. Era un acuerdo “free lance”, es decir a tiempo parcial (me necesitaban solo seis meses por año); me entrenarían en Gatwick, cerca de Londres, y estaría basado en Jeddah, Arabia Saudita, a orillas del legendario Mar Rojo. Transportaría peregrinos a la Meca y continuaría volando, alrededor de todo el mundo, por los siguientes tres años el inolvidable Boeing 747–400. Quién se lo hubiera imaginado: ¡un “infiel” volando ahora para el Islam!


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02 diciembre 2022

Morbo gálico

Hace unos treinta años, cuando mis hijos eran todavía adolescentes, efectué con mi familia un viaje a New York y Washington. Visitar Manhattan fue una formidable experiencia durante ese verano, disfrutamos de las comodidades de un hotel recién estrenado en Times Square y pudimos sentir aquella bullente actividad que tiene la ciudad. Cuando fuimos a Washington tuvimos oportunidad de visitar dos museos extraordinarios pertenecientes al Smithsonian Institution: el Museo del Aire y del Espacio y el Museo Nacional de Historia Natural.

 

Este último presentaba una importante exhibición en esos días: era una retrospectiva de lo que había sido aquel traumático encuentro entre dos culturas disímiles cuando los españoles se encontraron con el Nuevo Continente. Sobre todo, el inesperado efecto que tuvieron ciertas enfermedades, y particularmente la viruela, en la inusitada mortandad que se produjo a lo largo del siglo XVI. Esto no se había resaltado debidamente en nuestros estudios escolares; se entendía que el aniquilamiento de la población aborigen obedeció al abuso hacia los pueblos originarios, sus precarias condiciones como esclavos; nunca se nos resaltó que había muerto tanta gente –de acuerdo con algunos, hasta un 75% de la población– debido a enfermedades, para cuyo contagio los nativos no se encontraban protegidos y, mucho menos, preparados.

 

Según los principales cronistas de Indias, un cálculo más objetivo de esas defunciones habría sido un guarismo de alrededor de un 30%. Los nativos simplemente no habían tenido oportunidad de desarrollar los anticuerpos correspondientes. Los aborígenes morían por millares. Los conquistadores tampoco disponían de recursos sanitarios para mitigar tan explosiva como desacostumbrada pestilencia; no había remedios o vacunas todavía.

 

Pero hubo algo más de lo que se hablaba en la exposición en esos días, se lo hacía en forma de conjetura: se hablaba de la posibilidad de que –cual verdadera “revancha de Montezuma”– existiera otra enfermedad que no había venido a América desde Europa, sino que hubiera viajado probablemente con rumbo opuesto. Se trataba de una afección de nombre maldito que para entonces todavía se la confundía, por sus síntomas, con el mal de Hansen (la lepra): se creía que la sífilis había sido transmitida a los descubridores en sus primeros contactos con las mujeres indígenas y que el tan temido “mal de bubas” era todavía inédito en Europa.

 

Estos días he tenido oportunidad de leer un libro muy interesante del que no tenía noticia; se trata de “1491. Una nueva historia de las Américas antes de Colón”, escrita por Charles C. Mann: realmente un texto apasionante. En “1491” (la mención del año ya es sugestiva) Mann expone el alto grado de desarrollo que habrían adquirido varias de las culturas o, si se quiere, civilizaciones americanas, mucho más adelantadas en algunos aspectos que lo que existía al otro lado del océano. Las sociedades americanas habían domesticado el maíz, tenían un calendario más exacto que el juliano, usaban matemáticas con el concepto de notación posicional y conocían el cero. Tenían ciudades más pobladas y habían incluso desarrollado formas de escritura.

 

Al final del libro existe un pequeño apéndice, “La excepción de la sífilis”; en él se contrasta, con interesantes argumentos, las diferentes posturas que pudieran existir con respecto al origen de la terrible enfermedad. Se comenta que pudo haberse desarrollado en África y que pudo existir una alta dosis de contagios poco antes de los viajes de Colón, debido al comercio de esclavos con Europa. De otra parte, hacia 1490, el Papa habría prohibido la existencia de leprosarios en el Viejo Continente, lo cual pudo haber incentivado el viaje de los afectados hacia el Nuevo Mundo. Hay indicios de que la enfermedad ya era conocida en Europa en los siglos anteriores al descubrimiento: lo prueban esqueletos encontrados en la costa oriental de Inglaterra con síntomas del mal.

 

Cuando en 1494 Carlos VIII de Francia trató de invadir Nápoles, había contratado un ejercito de mercenarios: muchos habían estado en los primeros viajes de Colón. Ya se sabe: las guerras significan saqueos, pillaje y violaciones; el mal se habría diseminado por vía venérea. Los franceses culparon a los napolitanos y lo tildaron de “mal italiano”; estos a los franceses y lo llamaron “morbo gálico”. Los cronistas de Indias registraron los contagios y esto daría lugar a que se lo conozca como “mal español”, no por los portadores sino porque muchas infecciones se dieron en la isla “Española”. Se lo conoció en el Caribe como “pinta”, ya que el capitán de la Pinta fue uno de los afectados… Lo más probable es que la horrible enfermedad ya habría existido tanto en América como en Europa dos mil años antes de 1492.


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29 noviembre 2022

España, España *

Existe una postura trasnochada de cierta izquierda latinoamericana; esta cree reivindicar la circunstancia indígena sobre la base de rechazar los métodos del descubrimiento y la colonia. Sus cultores quieren analizar aquellos hechos (en los que indudablemente existieron abusos) desconociendo lo que nos legó la que antes, en muestra de gratitud, llamábamos “madre patria”. Utilizan para ello una forma mezquina de razonamiento sin considerar que no puede haber rigor si analizamos esos desmanes con la mentalidad del presente. Basten las expresiones de destacados patriotas americanos que hoy se han convertido en adalides de esa misma izquierda que desdeña todo lo español; para muestra de ejemplo, copio los epígrafes iniciales de la obra “Y Quito fue España”, de Francisco Núñez del Arco Proaño:

 

«Porque siendo de una Corona los Reinos de Castilla y de las Indias, las leyes y órdenes de gobierno de los unos y de los otros deben de ser lo más semejantes y conformes que puedan; los de nuestro Consejo, en las Leyes y Establecimientos que para aquellos Estados ordenaren, procuren recibir la forma y manera del Gobierno de ello al estilo y orden con que son regidos y gobernados los Reinos de Castilla y de León, en cuanto hubiere lugar y permitiera la diversidad y diferencia de las tierras y naciones.» — Ley XIII del Título II del Libro II de las Leyes de Indias.

 

«Te decía que la Historia la escriben los vencedores a su antojo y conveniencia y por ello es que nos ha llegado una mentira burda de un Tahuantinsuyo gigantesco deshecho por un puñado de rapaces al otro día de su llegada en un solo golpe de audacia y de crueldad. Y luego como España también fue vencida a su turno, los nuevos vencedores nos quieren endilgar una leyenda negra sobre nuestros tatarabuelos. Pero te digo que no. Ni los unos corderitos mansos marchando hacia el degüello ni los otros perros rabiosos sedientos de sangre. No. Las gentes que participaron en él no fueron peores que las que tomaron parte en cualquier otro de los enfrentamientos entre culturas dispares y de diferente acervo tecnológico. ¡Basta ya de mentiras! Basta ya de leyendas negras.» — Carlos de la Torre Flor, Chaupi punllapi tutaj yarcu.

 

«Hay un momento extraño y superior a la especie humana: la España de 1500 a 1700.» — Hippolyte Taine.

 

«El pueblo del Ecuador... un tiempo formó parte de la Monarquía Española... a la cual le ligan los vínculos de la amistad, de la sangre, del idioma y de las tradiciones.» «España nos dio cuanto podía darnos, su civilización; y, apagada ya la tea de la discordia, hoy día, sus glorias son nuestras glorias, y las más brillantes páginas de nuestra historia, pertenecen a la historia española.» — Eloy Alfaro Delgado, presidente de la República del Ecuador

 

«No, ellos no son cobardes; no, ellos no son malos soldados; no, ellos no son gavillas desordenadas de gente vagabunda: son el pueblo de Carlos Quinto, rey de España, emperador de Alemania, dueño de Italia y señor del Nuevo Mundo... No, ellos no son cobardes; son los guerreros de Cangas de Onís, Alarcos y las Navas; son el pueblo aventurero y denodado que invade un mundo desconocido y lo conquista; son la familia de Cortés, Pizarro, Valdivia, Benalcázar, Jiménez de Quesada y más titanes que ganaron el Olimpo escalando el Popocatepelt, el Toromboro y el Cayambe.

 

Pueblo ilustre, pueblo grande, que en la decadencia misma se siente superior con la memoria de sus hechos pasados, y hace por levantarse de su sepulcro sin dejar en él su manto real. Sepulcro no, porque no yace difunto; lecho digamos, lecho de dolor al cual está clavado en su enfermedad irremediable. Irremediable no, tampoco digamos esto: si España se levanta, se levantará erguida y majestuosa, como se levantara Sesóstris, como se levantara Luis XIV, ó más bien como se levantara Roma, si se levantara.

 

Cuerpo enfermo, pero sagrado; espíritu oscurecido, pero santo, ¡España! ¡España! Lo que hay de puro en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti lo debemos. El pensar a lo grande, el sentir a lo animoso, el obrar a lo justo, en nosotros, son de España; y si hay en la sangre de nuestras venas algunas gotas purpurinas, son de España. Yo que adoro a Jesucristo, yo que hablo la lengua de Castilla; yo que abrigo las afecciones de mis padres y sigo sus costumbres, ¿Cómo habría de aborrecerla?» — Juan Montalvo, Siete Tratados.


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25 noviembre 2022

Ingeniería, procura y construcción

Se llamaba Hilario. Al igual que la mayoría de los demás “hermanos”, religiosos que poblaron el universo de mi infancia, nunca supe si ese era su nombre de pila o si era también su nombre de congregación; nunca, tampoco, si aquellos nombres tan extraños y antiguos que los hermanos de La Salle exhibían, los habían escogido ellos mismos o se les había impuesto como consecuencia de una aleatoria forma de lotería. Hilario era pequeño, casi invisible y tenía cara de pocos amigos. A fe mía que era francés; y era tan lacónico e impersonal en el trato que –ahora que lo pienso– abrigo el convencimiento de que nunca llegó a dominar el castellano. Era el ecónomo o procurador, el que llevaba las cuentas y se encargaba de las finanzas entre los hermanos cristianos.

 

Si no lo recuerdo mal, ya tenía la cabeza totalmente blanca cuando entré a primer grado. Barrunto que desde siempre lo conocí como un octogenario. Algo de mohíno había en su actitud; era uno de esos religiosos con los que era mejor no insinuar una incipiente conversación. De hecho, muchos –yo diría incluso que la mayoría del alumnado– no eran proclives a hilvanar cualquier forma de trato o diálogo que fuese más allá del “Alabado”. Fue así como nos enseñaron a saludarlos: con un “Alabado sea Jesucristo“, emitido ya sea en coro o a sola voz; no hubo con ellos ni un “buenos días” ni un “buenas tardes”. Así que fue Hilario el lego de pocas pulgas, y pocos amigos, quien estuvo encargado de esa suerte de almacén de útiles escolares donde íbamos también a pagar las pensiones.

 

El lugar era tan grande como cualquiera de las aulas. Ahí se adquirían no solo los implementos del día a día, sino los textos que se utilizaban para cada curso. Era también donde expendían un cuaderno formateado conocido como “Diario escolar” donde los alumnos anotábamos los deberes y lecciones que se asignaban como tarea domiciliaria y que debíamos preparar para el día siguiente. El sitio tenía un nombre; un discreto rótulo así lo anunciaba: “Procura”. Siempre me llamó la atención que no lo llamáramos papelería o tienda de útiles... Muchos años después habría de pensar en el signo como un mandato o una forma de admonición… Procura hacer esto, procura cumplir con aquello.

 

Pudiera decirse que nunca más escuché el vocablo sino como parte de la conjugación natural del verbo procurar. La única palabra parecida que habría de escuchar sería procuraduría o, el nombre de su titular: procurador; entendiendo el oficio como una suerte de encargado de interpretar la norma administrativa, una especie de abogado del Estado. Sería más tarde, durante mis tiempos de gestión ejecutiva en una empresa petrolera que, animado por mi consuetudinaria curiosidad, la habría oído pronunciar como respuesta a una espontánea indagación: la del sentido de un recurrente acrónimo, aquél de IPC. Este se lo utilizaba para efectuar ciertos trabajos petroleros, con el concepto de “Ingeniería, Procura y Construcción”. Era el algoritmo (la forma ordenada de proceder) para una tarea determinada.

 

El concepto de IPC era un requisito “sine qua non”, la fórmula sacramental para cualquier trabajo de infraestructura. No solo se constituía en un acrónimo, establecía un orden de prelación para las tareas que la iniciativa involucraba. En otras palabras, no se podía iniciar la construcción antes de aprobada “la procura”, y tampoco desarrollar esta última fase sin que se hubiera completado el análisis de factibilidad y su diseño; es decir: la ingeniería.

 

Expliquemos: esta “ingeniería” consistía en el estudio pormenorizado de la necesidad, en el análisis de la iniciativa, la revisión de las ventajas y desventajas; consideraba los requerimientos y los probables inconvenientes; estudiaba el problema y el diseño de la solución planteada. Solo cuando todos estos aspectos habían sido debidamente atendidos y confrontados se daba paso a la procura. Esta no era sino el análisis de costos, el financiamiento o la asignación del requerido presupuesto, los recursos humanos que debían contemplarse y todo lo relacionado para poder poner en marcha la ejecución del proyecto, es decir su construcción. Tan simple como hacer un edificio de tres pisos: no se podía empezar el tercero hasta que no se había levantado el segundo. Era toda una filosofía esto del IPC…

 

Así que eso nomás era esta otra “procura”… Nada de venta de útiles, nada que ver con el pago de las pensiones. IPC se refería a un proceso ordenado y bien sustentado de implementación. Para quienes lo aplicábamos, irradiaba un mensaje: “Procura ver los beneficios del método y no descuides la secuencia ordenada de su implementación”…


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22 noviembre 2022

Pessoa, el poeta plural

“Un frío desasosegado pone unas manos gélidas alrededor de mi pobre corazón”. F. Pessoa – El libro del desasosiego. 

 

Fernando Pessoa fue un personaje singular; dadas las características de su tímida, recluida e introvertida personalidad, lo fue también por su particular dedicación a la literatura. Pero fue plural por sus innumerables heterónimos, todos esos dispares homónimos o nombres de pluma. Pero no procuró tan sólo fabricar otras firmas, otros responsables de sus poemas. Esa génesis requirió de una tarea inicial aun más compleja, todo un desafío: empezó por crear distintos alter egos, portadores de las diversas facetas de su propia personalidad, a quienes encargó las diferentes aristas de su corriente creativa: toda una gestión de Prometeo.

 

Fernando Antonio Nogueira Pessoa es considerado uno de los más importantes escritores del siglo pasado y uno de los más brillantes poetas lusitanos. Fue también filósofo y era un formidable traductor que, además, escribió en inglés y francés. Vivió en Sudáfrica parte de sus primeros años; había creado aquellos heterónimos para expresar con más libertad sus opiniones atípicas o de exigua aceptación, para ventilar ciertas posturas radicales a fuer de que pudieran parecer extravagantes. Fue ante todo un creador, uno que no solo dio la luz a sus poemas sino también a sus imaginarios autores. No siempre se sabía quién escribía y con qué intención; quizá por ello era tan enigmático.

 

Pessoa hizo mucho por su propósito vital pero vivió muy poco, murió demasiado joven: tenía solo 47 años. El destino quiso que su obra más conocida, El libro del desasosiego, firmada por su más parecido heterónimo, el contable Bernardo Soares, fuera publicada también 47 años después de su muerte. No hay pesimismo en la obra del portugués, ella trasunta nostalgia e inconformismo. Su ínclita e incesante tarea lo convirtió en el escritor del asombro, de la perplejidad frente a la circunstancia humana, en portavoz de la nostalgia por la tierra, con ese vocablo intraducible que solo tiene su idioma: saudade… Murió bastante olvidado, casi como un desconocido. Habría sido uno de los mayores cantores de una lengua a la que él llamaba “su patria”.

 

Pero los suyos no eran meros seudónimos, estaba consciente de que no eran simples  “nombres falsos”. Eran personajes poseedores de oficio y personalidad, de propias actitudes e implícita filosofía, seres con fecha de nacimiento y de caducidad; y que, por su naturaleza, se resistían a ser considerados ficticios. No habría en el autor, por lo tanto, “una pasión por el disfraz”, una pretensión por no ser o por parecer otro. Vistos así, sus personajes estaban lejos de constituir una caricatura, aspiraba a que fueran fieles representantes de las múltiples facetas de su camaleónica personalidad. No deja de ser una ironía que “pessoa” quiera decir persona en portugués: individuo, “alguien”. Ya que si al ser se le despoja de identidad o de individualidad se lo convierte en “nadie”.

 

Hay en su filosofía un signo de inconformidad frente a la insensibilidad y complacencia de la gente sin aspiraciones. "Me irrita la felicidad de todos esos hombres que no saben que son desgraciados –escribe en el Libro del desasosiego–. Su vida está llena de todo cuanto constituiría una serie de angustias para una sensibilidad verdadera. Pero, como su verdadera vida es vegetativa, lo que sufren pasa por ellos sin tocarles el alma (…) sin darse cuenta, del mayor don que los dioses conceden, que es el de ser semejante a ellos, superior como ellos (aunque de otro modo)”.

 

Un arcón repleto de miles de hojas fue encontrado después de su muerte; contenía sus escritos elaborados con una caligrafía indescifrable. Su contenido haría pensar en nuestros disimulados defectos, nuestros íntimos secretos; en esas calladas concupiscencias que todos tenemos, que –si una día las juntásemos– daría para congestionar múltiples formas de insania digna de muy especializados manicomios. Ante ello, no caben nuestros remilgos de lucidez, pues, como él mismo profería: “Pasar de los fantasmas de la fe a los espectros de la razón no es más que ser trasladado de celda” (pero continuando en el mismo sanatorio). De hecho, saber navegar es lo que cuenta en la vida, y no eso de tener ínfulas de ser siempre el comandante…

 

Pessoa fue el poeta de los cien rostros; se apoyaba en ellos para que expresaran su intrigante imaginación. No, no eran máscaras, aunque le sirvieron para embozar sus excesivos escrúpulos morales. Con ellos cumplió su propósito de vida: procuró “combatir, siempre y en todo lugar, a los tres grandes asesinos: la Ignorancia, el Fanatismo y la Tiranía”.


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