10 enero 2023

Otro inaudito accidente (I)

El 18 de noviembre pasado se produjo una inusual colisión en el aeropuerto Jorge Chávez de la ciudad de Lima; en rasgos generales, ocurrió un inesperado impacto en la pista 16 entre un A–320 que despegaba y un vehículo del Servicio Contra Incendios. Previamente las aerolíneas y demás operadores habían sido alertados que entre las 15:00 y 16:00 horas se efectuaría un simulacro en las premisas del aeródromo. La aeronave habría sido autorizada para despegar y se entiende que, luego de esa maniobra de salida, los equipos de rescate y salvamento ingresarían a la pista y se dirigirían a una zona que sería oportunamente determinada.

 

Para entender las circunstancias del siniestro, es importante mencionar ciertos aspectos relacionados con la geometría tanto del aeropuerto como de la aeronave. La pista tiene 45 metros de ancho y era utilizada para el despegue del A–320, cuya envergadura es de 40 metros de ancho. Siendo esta una “pista de precisión”, requiere de una zona de protección de 60 metros a cada lado, medidos desde el centro de pista, esto quiere decir que las calles de rodaje de acceso o intercepción debían tener señales transversales (doble línea) pintadas a 37.5 metros del borde de la pista. En otras palabras: cualquier avión o vehículo aeroportuario no podía invadir esa zona a menos que estuviese debidamente autorizado. Es más aun en el caso de estarlo debía confirmar visualmente, antes de ingresar a la pista, que dicha maniobra era factible de ser efectuada con total seguridad.

 

Se tiene entendido que los vehículos de bomberos iban a efectuar el simulacro para medir un tiempo máximo de respuesta: esto es, su desplazamiento desde el punto en el que serían notificados (su zona de estacionamiento) y el sitio en el aeropuerto que sería informado. Se sobreentiende que, si se trataba de cumplir con un tiempo máximo, el propósito podía eximir al personal involucrado de esperar por autorización para poder cruzar las líneas indicadas e ingresar en la pista. De todos  modos, es importante resaltar que estos simulacros requieren de dos condiciones: la suspensión temporal de operaciones en el aeropuerto (despegues y aterrizajes) y el respectivo permiso de ingreso a la pista que suponía el ejercicio. Como se entenderá el control de tránsito (torre de control) no podía dar en forma simultánea dos autorizaciones: la del despegue del avión y la de inicio del ejercicio programado.

 

Resulta evidente que este protocolo no se respetó, siendo probable que el avión haya sido autorizado a despegar y que, suponiendo que la aeronave estaría ya en el aire luego de los siguientes 60 segundos y en la intención de agilitar las tareas del simulacro, el controlador habría notificado seguidamente a los servicios de rescate que podían iniciar la maniobra previamente coordinada. No se explica de otra manera cómo el vehículo pudo haber ingresado en forma tan temeraria a la pista, aunque esto no eximía a los operadores de “clarear” primero la pista (asegurarse de que estaba despejada) antes de ingresar en ella. En este punto, es evidente que los pilotos no se percataron (al menos con la debida oportunidad) que debían abortar el despegue pues la superficie que utilizaban había sido invadida.

 

Obviamente estas son solo consideraciones con respecto a lo que pudo haber ocurrido. El informe inicial estará disponible en las próximas semanas (escribo a mediados de diciembre) y no extrañaría que el informe definitivo pudiera tomar hasta finales del año 2023. Lo que se sabe es que, producido el siniestro, la tripulación suspendió el despegue a alta velocidad y, una vez que hubo parado el avión, y visto que este se estaba incendiando, el capitán dispuso la evacuación de la aeronave. Posteriormente se comprobó que dos de los ocupantes del vehículo de los servicios de rescate habían fallecido como consecuencia del impacto.

 

Hay algo, sin embargo, que no ha obedecido al protocolo requerido: en muestra de absoluto desconocimiento de las políticas de investigación de accidentes aeronáuticos, de su propósito primordial y de los objetivos que persiguen los sistemas de seguridad aérea, las autoridades habrían procedido a solicitar el arresto de los dos pilotos involucrados, asunto que contraría las normas internacionales al respecto y desconoce las Resoluciones de la Asamblea de la OACI (Organización de la Aviación Civil Internacional) de la cual Perú es signatario. El insólito procedimiento llama más la atención, por ser Lima –además– la sede regional de la organización y debe, supuestamente, gozar del amparo y protección de ese Estado.

 

Este proceder irrespeta los tratados internacionales, atenta contra las normas jurídicas, y establece un inaceptable precedente en relación a los procedimientos de investigación de los accidentes e incidentes, en detrimento de los objetivos que persigue la seguridad aérea.


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06 enero 2023

Un mundial inconsulto

De “obscenidad” es como alguien calificó al partido entre el seleccionado brasileño y el equipo de Corea. Le parecía “obsceno” que había parecido una práctica de entrenamiento y que, en menos de treinta minutos, la “canarinha” ya le había propinado cuatro estacazos a la selección coreana. Excesivo como pareció, lo realmente obsceno pudo resultar el gol anotado por Richarlison: una serie de “cascaritas” efectuadas con la cabeza, que concluyeron con un toque con el empeine para pasar la bola por sobre su propia testa, seguido por una breve carrera y un pase a uno de sus compañeros para, luego de otro toque, recibir la pelota con un pase en diagonal para vencer la portería coreana.

 

Dice el diccionario que obsceno es algo “impúdico, torpe u ofensivo al pudor”. Revisando “La palabra del día” de Ricardo Soca, encuentro que la palabra tenía inicialmente un sentido diferente: ‘de mal agüero’, ‘mal presagio’, ‘funesto’ o ‘siniestro’, como en obscenae aves con el de aves de mal agüero; aunque, al principio de nuestra era, también se utilizaba para los seres humanos, con el sentido de impúdico o deshonesto. Un tal Pomponio Mela la habría incluso utilizado para referirse a los genitales masculinos. No sorprende que el diccionario de María Moliner mencione que así “se dice de lo que presenta o sugiere maliciosa y groseramente cosas relacionadas con el sexo”.

 

Como lo había anticipado en otra entrada (Itinerario Náutico del 3 de enero, Poner la mano en el fuego), tuve que consultar Etimologías de Chile para confirmar que la palabra siempre ha tenido un origen controvertido. Lo que la voz significó en un principio fue aquello que “estaba en nuestra contra por venir de la mano izquierda”. En la antigüedad clásica el hombre auscultaba su fortuna mirando al norte; todo lo que quedaba a su izquierda se relacionaba con la muerte e implicaba un mal augurio, ahí estaba el occidente (la palabra occiso tendría una similar etimología); de este modo, lo obsceno era lo que nos afectaba por venir de la izquierda. Lo obsceno era un mal augurio o de mal agüero…

 

Ahora bien, volviendo al torneo futbolístico, obsceno no ha sido un partido en particular; ni siquiera la jugada que hemos comentado, aun a riesgo de pasar por alto una supuesta “falta de respeto” a los jugadores coreanos. Lo realmente obsceno, a más de oscuro, ha sido la sorpresiva designación de la sede del último Campeonato Mundial celebrado en Catar, una península en forma de pepinillo de mar que se extiende desde Arabia hacia el centro del Golfo Pérsico, lugar que fuera escogido por los gerifaltes de la FIFA para efectuar el certamen. Nadie comprende cuáles fueron “los motivos del lobo”, es decir qué pretendía conseguir la entidad como beneficio para el fútbol mundial al realizar el torneo en un lugar tan poco adecuado. Como dicen por ahí… “piensa mal y acertarás”.

 

Quizá nada haya generado tanto rechazo como el discurso de apertura efectuado por el presidente del organismo. Hablar de un régimen de respeto a las opciones y libertades humanas en Catar, como el señor Infantino lo insinuó, era desconocer los múltiples reclamos que habían sido presentados por un sinnúmero de organizaciones internacionales (se calculan 6.500 trabajadores fallecidos). Catar es un país muy rico, tiene la tercera reserva de gas natural en el mundo; habría presupuestado un gasto de 200.000 millones de dólares para los preparativos y ejecución del Mundial (50.000 millones más que su PIB anual). ¿Qué quería mostrar y por qué quería sorprender? Tal vez buscaba reconocimiento exterior; quizá quiso vender la impresión de que Catar era un país imprescindible de conocer.

 

La pregunta ya no sería entonces ¿cuánto pagaron los cataríes a los dirigentes de la FIFA?, sino más bien ¿para qué querían hacer el mundial en su país? Se entiende que su objetivo era promover su desarrollo y darlo a conocer al mundo (como lo hizo en su momento Singapur). No parece coherente que hayan tratado de conseguir un beneficio económico con la visita de, tal vez, un medio millón de personas. Lo que pudo haberles animado era adelantarse a buscar condiciones que permitan a sus autoridades diversificar su economía: modernizar su estilo de vida para no tener que depender del petróleo y de sus derivados en el futuro.

 

Mientras tanto, no se entiende cómo la FIFA accedió a realizar el Mundial fuera del esquema regular (en el verano del hemisferio norte), respetando la temporada natural de juego de los diferentes países, preferentemente de las principales ligas europeas. A todas luces, un mal precedente.


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03 enero 2023

Poner la mano en el fuego *

* Tomado de la página "Etimologías de Chile". Favor ver nota al final.

 

"Poner la mano en el fuego" por otro significa ser capaz de empeñar la palabra, lo que se tiene y hasta la integridad física por garantizar incondicionalmente a otro, afirmar que confiamos tanto en esa persona que arriesgaríamos cualquier cosa por garantizar su fiabilidad.

 

Las "pruebas del fuego" fueron en la Edad Media un medio (bastante brutal) de hacer demostrar a alguien su inocencia (si pasaba la prueba del fuego sin abrasarse es que la providencia divina lo protegía o decía la verdad), argumento incluso empleado por la Inquisición: si un hereje era inocente, las llamas de la hoguera en que iba a ser quemado no le dañarían. Pero la expresión de poner la mano en el fuego tiene un origen más concreto.

 

Cuando los romanos, hacia el año 510 a.C. expulsaron al último de sus reyes, Tarquinio el Soberbio, por ser un tirano odioso, eliminaron la monarquía y empezaron a gestar el sistema republicano. Tarquino, que era etrusco, buscó ayuda en ese pueblo para recuperar su trono. Logró el apoyo del larte Porsenna. Los etruscos llamaban "lartes" tanto a sus reyes, como a caudillos poderosos. Porsenna plantó su campamento en la colina del Janículo, y sitió Roma, que, parapetada en sus murallas al otro lado del Tíber, resistió sin tregua. Distintos episodios se sucedieron pero al final la situación de Roma era desesperada por la carencia de alimentos.

 

Un joven llamado Mucio, viendo morir de hambre a sus conciudadanos, se presentó ante el senado y se ofreció para infiltrarse de noche en el campamento de Porsenna, disfrazado de etrusco, y asesinarle; pidiendo el permiso de los senadores, afirmaba que muerto el larte los etruscos se retirarían. El senado lo tomó por loco, pero como los senadores no tenían tampoco solución a una situación desesperada, al final, empeñándose el joven, le dieron permiso para hacer lo que quisiera, pensando que no volverían a verle. Mucio salió de noche de las murallas, cruzó a nado el río en la oscuridad, se disfrazó de soldado etrusco y se infiltró en el campamento. Logró entrar en una tienda donde había un personaje ricamente ataviado, y lo apuñaló. Enseguida fue apresado, pero en realidad había matado a un escriba, dignatario de Porsenna. Los soldados lo llevaron ante Porsenna para ser interrogado y condenado.

 

Porsenna decidió que fuera interrogado mediante torturas, a hierro y fuego. Entonces Mucio tomó la palabra y le dijo: "Soy ciudadano romano y me llamo Gayo Mucio. Soy tu enemigo y sólo quise matar a quien nos daña sin lograr ventaja propia. Puedes torturarme, abrasarme y matarme, y no temo al fuego ni a la muerte, pues tú vas a morir. En Roma somos trescientos los jóvenes conjurados, adiestrados para afrontar el fuego y la muerte, y para nosotros el más alto honor es matarte. Después de mí vendrán trescientos, uno tras otro, y siempre habrá un puñal oculto para ti que al final te matará. Igual que yo, ni temerán al fuego ni a la muerte. Mira". Y acercándose a un ara con un fuego encendido, Mucio puso su mano derecha sobre las ascuas y las llamas, y la dejó consumirse sin emitir un solo gemido.

 

El rey contempló la escena admirado, viendo a aquel feroz joven, y creyó que se enfrentaba a un pueblo feroz y terrible; perdonó la vida del joven soltándolo y a poco levantó su campamento y se fue, dejando de ayudar a Tarquinio, de modo que éste también hubo de retirarse. Los Romanos llamaron a aquel joven "Mucio Escévola" (que quiere decir Mucio "el manco", "el que sólo conserva la izquierda"), le premiaron con campos y honores públicos, y los historiadores narraron repetidamente su legendaria gesta (principalmente Tito Livio).

 

Su figura fue tan popular que hasta su memoria está presente en algún romance medieval. En el Renacimiento y el Barroco también se exaltó su figura, como símbolo de la lucha sacrificada por la libertad de un pueblo frente a un tirano, y los pintores de la época representaron repetidas veces la escena. Fue también un símbolo del republicanismo. Y esta es la historia que dio pie a la frase, pues fue Mucio Escévola, el que puso voluntariamente su mano en el fuego por todos los jóvenes romanos conjurados, que ni siquiera existían.

 

* Nota: he encontrado esta explicación en la página “Etimologías de Chile”. Ha sido una “serendipia”, es decir un hallazgo casual, pues buscaba la etimología de la palabra “obsceno” que no es otra que “lo que está en nuestra contra por venir de la izquierda”, esto es: “lo que es de mal augurio”. Volveremos al respecto.


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27 diciembre 2022

Ni lo uno ni lo otro...

El otro día, que con inusitada deferencia un buen amigo me invitó a tomar unos “provectos vinos”, que le habían obsequiado, recordé –mientras conversaba– la escena final de una película que alguna vez vi en mis ya olvidados días de colegio. La cinta estaba protagonizada por Marlon Brando y Vivien Leigh en los papeles principales; en ella Brando, que interpreta a un tal Stanley Kowalski, llamaba a su esposa desde fuera de la planta baja de un patio interior en tono perentorio y asaz imperativo. “Hey, Stella, ¡Stella!”, profería insistente el personaje (así, alargando la “a” y añadiéndole una “h” al final), mientras los espectadores presentíamos que esa toma marcaría el inminente final de la laureada pieza dramática que Elia Kazan había llevado a la pantalla.

 

Mientras lo comentaba, habría jurado que el título obedecía al de un drama de Tennessee Williams. Me parecía que su título debía corresponder al que ahora recordaba y que no podía ser otro que “La gata sobre el tejado caliente” (“A cat over the tin roof”, en inglés). Mas, habiendo compartido similar recuerdo con los demás amigos presentes, y una vez que lo habíamos indagado, comprobamos –para sorpresa mía– que la película no habría sido protagonizada por Brando sino por otro famoso actor: el recordado Paul Newman. De momento, reconocí que pudiera haberme equivocado de protagonista pero, luego de cavilar un poco, preferí reconocer que tal vez pude haberme confundido y que en lo que probablemente me había extraviado era en el nombre de la obra, es decir en el de la película…

 

Nunca me gustó leer dramas; siempre preferí la fluidez natural de la novela o del relato. Eso de que se indique, renglón por renglón y párrafo por párrafo, quién decía qué, o qué era lo que hacía cada personaje, siempre me pareció una fórmula artificial, si no impostada, un método que alteraba el flujo expedito con que se desarrollaba la trama, ese ritmo natural con que deben discurrir los diálogos. Quizá se debía a que no supe apreciar con oportunidad que un drama no está escrito solo para su lectura, y que también puede tener un propósito ulterior: ser representado. Todo “playwright” es, en cierto modo, algo más que una simple historia: es una guía para cuando se exhiba la obra; lo cual requiere de una ambientación indispensable para lograr su correcta interpretación.

 

Una vez que hubimos consultado, y frente a la posibilidad de que hubiera confundido el nombre del actor de reparto, recordé el título de otro drama de Williams, y que también había sido llevado a la pantalla  (e interpretado por el mismo Paul Newman): “Un largo y ardiente verano” (“A long, hot summer”), cuyo título en español hacía referencia, en forma más exacta, a un episodio relacionado con cierto incendio (el adjetivo ‘ardiente’ hacía referencia a la naturaleza del flagelo). Aclaro que esta última obra no se habría basado en un drama de Tennessee Williams sino en una novela de William Faulkner (“El villorrio”). Por todo esto y en mi afán de desenredar la confusión que yo mismo había creado, y ahora con la intención de resolver el acertijo, tuve más tarde que investigar por propia cuenta y reconocí que el verdadero título de la cinta comentada había sido uno del todo diferente: “Un tranvía llamado deseo”…

 

“A Streetcar Named Desire” es una película basada en otro drama del mismo Williams (esto pudo haber abonado a mi confusión original). En esa pieza, un joven y vital Marlon Brando personifica a aquel marido atribulado. Ahí, en una de las más sensacionales actuaciones del inicio de su carrera, Brando realiza una interpretación que no solo le haría merecedor de un general reconocimiento, sino que haría innecesario que tuviera ya que preocuparse de conseguir otro papel importante. Aquel estentóreo llamado de “!Stella, Stella!”, proferido por Brando hacia el final de la película, vendría a convertirse, más que en un crucial elemento del diálogo, en una desafiante proclama de intención, en una tarjeta de presentación que le permitiría ingresar en ese exclusivo andarivel al que solo acceden los mejores.

 

Siempre admiré la habilidad de Tennessee Williams para intitular sus creaciones. En cuanto a los filmes comentados, debo haberlos presenciado durante los últimos años de secundaria: se convirtieron así en mis primeras “películas prohibidas”… Y no es que fueran cintas eróticas, peor aún calificadas como pornográficas; era que las habían catalogado como restringidas para la incipiente edad que yo entonces reclamaba. Conjeturo que si las vi, a pesar de las restricciones que existían, habría sido porque pude utilizar alguna forma de subterfugio… Cuando se es muchacho, es la curiosidad –más que algún otro “oscuro e inquieto deseo”– la que nos sirve de acicate para romper los diques que impone la despótica censura, esa misma que limita nuestra presencia en aquellos espectáculos.


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23 diciembre 2022

¿Develar o desvelar?

Noto, de un tiempo a esta parte, que ahora se usan los términos develar y desvelar como si fueran sinónimos; es más, la academia los ha reconocido (no estoy seguro desde cuándo) como equivalentes. Yo, por mi parte, no estoy ni puedo estar de acuerdo, aunque participo de la idea que desvelar, aparte de permanecer despierto, quiere decir también dar claridad a un asunto, mas no porque se quite un velo (que eso es develar) sino porque se lo alumbre…

 

Para comenzar, y como yo lo entiendo, deberíamos referirnos primero al significado, o a las acepciones, del vocablo “vela” que, como lo define y explica el diccionario de la Academia, responde a tres distintas posibilidades. Yendo de atrás para adelante (o de última a primera) serían las que siguen: una tercera es volantín o voltereta, pero esta no es de importancia para este análisis porque tiene un uso bastante local; solo se la utiliza en Andalucía. La segunda es la relativa al velamen marinero, se refiere a ese trozo de lona que sirve para ser colocado en los mástiles del bote para dar impulso a la embarcación aprovechando la fuerza que promueve el viento.

 

Pero es la primera acepción la que nos interesa; aquella que, de acuerdo con dicho catálogo de significados, quiere decir “acción y efecto de velar”; de esta acepción vienen palabras como velador (centinela o cuidador nocturno, mesa de noche o, también, lámpara nocturna), desvelarse (mantenerse despierto a pesar propio o realizar algo mientras nos privamos del sueño), velatorio (guardia o acompañamiento a los deudos después de un deceso). Es en esta acepción donde también se incluye una octava explicación, aquella que dice literalmente: “Pieza generalmente cilíndrica o prismática y de cera o parafina, con un pabilo en su eje y que se utiliza para alumbrar”. Aquí estaría el quid (la esencia, el qué o el porqué) de la cuestión; es lo que llamamos con un término marinero ambiguo, pues así se conoce también algo que proviene de los cetáceos y que se asemeja a la cera: una substancia llamada esperma…

 

Veamos: hubo un tiempo en que no había electricidad; pudiera decirse que la primera aplicación práctica de la electricidad fue el alumbrado público. Hacia 1880 (hace solo ciento cuarenta años) un mecánico alemán de nombre Heinrich Göbel habría patentado el primer bombillo, foco eléctrico o lámpara incandescente (por esta situación, Göbel mantuvo una disputa con Tomás Alva Edison), este fue un invento fundamental para el desarrollo de la humanidad; de aquí en adelante ya se pudo hacer muchas cosas durante las horas de la noche, sin tener que recurrir a la vela, ese artilugio que emitía una luz mortecina y que representaba la incierta posibilidad de consumirse o apagarse, y el peligro adicional de que pudiera provocar incendios y otras desgracias.

 

Pero existía algo más… Resulta que cuando la gente “pasaba a mejor vida”, es decir “se moría” (alguien ya dijo que “morirse es una costumbre que suele tener la gente”; apostaría que fue Jorge Luis Borges), había la tradición de mantenerla en casa por dos o tres días, mientras se realizaban los trámites de defunción correspondientes y se daba oportunidad para que otros familiares y amigos de la familia del occiso tuvieran oportunidad de acercarse a ofrecer sus condolencias y respetos pertinentes. Conjeturo que como esto era un proceso continuo, y que duraba de 48 a 72 horas, otros familiares y amigos se turnaban para acompañar a los deudos en las horas nocturnas. A este proceso se llamaba “velación” y no precisamente porque había que mantener la claridad con velas, sino porque los voluntarios se pasaban literalmente la noche en vela”, es decir sin dormir.

 

Para entonces desvelarse ya significaba privarse de sueño en forma voluntaria mientras se efectuaba cualquier tarea, labor o actividad: eso y no otra cosa era el celador nocturno o “velador”. Imagino, asimismo, que de ahí proviene otra curiosa expresión, aquella de “no tener vela en ese entierro” que, obviamente no hacía referencia a las espermas que se encendían sino a la condición de tener tal grado de cercanía –como amigo o familiar– que otorgaba el derecho a participar de algo tan íntimo como asistir en una cláusula, como la de las jornadas nocturnas, que permitía la acción y efecto de “velar” que, como se explica, era la parte nocturna del proceso fúnebre. De ahí vendría lo que más tarde se llamó velatorio: el trámite que ocurría anterior al entierro.

 

Hay, sin embargo, otra interesante connotación que contiene el vocablo vela. Y es que este trozo de género era lo más conspicuo que tenía la embarcación, lo más prominente: nada había tampoco que llegue tan alto. De todo ello debe haber surgido una simpática expresión, aquella de ser “un tonto (o un pendejo) a la vela”, que no quería decir ser un zoquete rapidísimo sino un estúpido “a más no poder”. Es decir era el mote que se ganaba el que en el concurso de los tontos “llegaba más alto”, es decir segundo (no ganaba por tonto). Bueno… “a la vela” también quiere decir “hecho a propósito”. Similar a “como anillo al dedo”: o sea, un tonto que “ni qué otra” para la situación…


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20 diciembre 2022

Toc toc, toc toc

No, el título esta vez no se refiere a ese sonido onomatopéyico de llamar a la puerta, acción similar a la que provocan los muchachos en el día de Halloween la tarde-noche del 31 de octubre, la víspera misma de mi cumpleaños, ocasión cuando van por las casas del barrio a la caza de golosinas y caramelos a la voz de “Trick or treat”. Hablo de otro TOC, de un síndrome o prurito del que creo no estar exento; los psicólogos parece que hacen millones con aquel diagnóstico. Se trata del Trastorno Obsesivo Compulsivo. Pudiera ser que yo también esté suscrito a tan rancio y mórbido club. Por lo menos, mis críticos así me han dicho…


Pero, antes de que les explique porqué estoy persuadido de tenerlo, y ya que he mencionado el eslogan utilizado por los niños en esas tardes de brujas y telarañas, calabazas y disfraces, les voy a rogar su paciencia para contarles el motivo para que se repita tan curiosa como tradicional expresión. Literalmente, “trick or treat” (se pronuncia “tric or trit”) quiere decir: “truco o trato” (cuidado: es “treat” y no “threat”, que significa amenaza). Ahora bien, revisemos el motivo de la costumbre, el porqué para que los chicos disfrazados de trasgos, brujas, fantasmas o esqueletos pidan dulces (y hasta esperen dinero). Veamos por qué…

 

Para empezar “treat” tiene un plural curioso: con solo aumentar la ese ya no quiere decir trato, también significa algo muy distinto: golosinas o antojitos… Parece que la costumbre de pedir algo en retribución a los vecinos esa noche, es una vieja costumbre que ya hubo en la isla de Rodas en la antigüedad. Quienes persistieron con ella, y tal vez la perfeccionaron, fueron los escoceses e irlandeses, cuyos muchachos tenían la tradición de ir de visita a la puerta de las casas vecinas, recitando una breve poesía en espera de un pequeño regalo (podía ser algo de comida, un pedazo de torta e incluso dinero) a cambio de la promesa de abstenerse de hacer travesuras en la vecindad (aunque era una promesa inocente, se convertía también en una velada amenaza).

 

Todo habría empezado en la Edad Media, se trataría de una práctica celta, realmente un festival celebrado el último día de octubre y el primero del mes siguiente, para conmemorar el advenimiento del invierno (debe haber sido un mago infalible –digo yo– quien, a pesar de ser tan precoz su vaticinio, habría hecho tan exacta predicción del día de mi futuro cumpleaños…). Entonces la gente se disfrazaba de hadas bienhechoras o de almas o espíritus de los fallecidos, quienes, en su renovada visita de regreso a este mundo, pedían ser aplacados con un bocado o refresco a cambio de interceder por la buena fortuna de quienes fueran generosos, a la vez que los protegían de ellos mismos… Pronto la costumbre pasó a los demás países de Europa y, más tarde, a otros países y a los EE UU. Lo cierto es que desde entonces, según parece y por lo menos para beneficio de los ilusionados niños, “el truco pagó”…

 

Ahora sí, no merodeemos más y volvamos a mi pretendido TOC. Resulta que no hay nada que más me incomode y a la vez sorprenda que comprobar con exasperación, y en forma frecuente y cotidiana, que mis propios conciudadanos se resisten a la civilizada costumbre de ubicar sus vehículos dentro de los límites señalados en todos aquellos espacios dispuestos para estacionamiento vehicular localizados frente a un sinnúmero de negocios particulares y otros establecimientos. Lo inaudito es que lo mismo no ocurre en las zonas de parqueo ubicadas en lugares congestionados y controlados de la ciudad, ni qué decir en los instalados en los centros comerciales.

 

En todo otro lugar, especialmente en los barrios suburbanos (no digo marginales) la gente –esto es los conductores convertidos en desaprensivos usuarios–, simplemente ubica su vehículo donde y cómo le da la santísima gana. No importa el espacio (me refiero al ancho) que ha sido asignado, si amplio o relativamente estrecho, estos usuarios van y se colocan donde quieren y como les da su impulsivo arbitrio, sin consideración a la necesidad de quien pueda venir después. ¿Acaso lo hacen por falta de cultura o por descortesía?, ¿quizá por complejo de inferioridad o simplemente porque creen que lo hacen “solo por un ratito nomás”? Lo cierto es que afectan a los locales que ofrecen sus servicios y, aunque no lo sepan apreciar, a los demás usuarios y a ellos mismos. No harían lo mismo si fueran controlados o, menos aún, si supieran que pudieran ser sancionados… ¡Aunque fuera por un ratito nomás!


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