10 febrero 2023

Un encuentro cercano de otro tipo…

Alguna vez tuve un “encuentro cercano de otro tipo” (ya van para cincuenta años); pero nada tuvo que ver con los escurridizos OVNIS, u objetos voladores no identificados (UFOS, por sus siglas en inglés); realmente, el único encuentro cercano que tuve, de este tipo, fue cuando me enviaron a Roswell, para que convirtieran un Boeing 747-400, que todavía estaba en buen estado, en humildes latas de cerveza. Roswell está situado en la esquina suroriental de Nuevo México; el aeropuerto se encuentra hacia el sur de esa pequeña población, al final de una calzada larga que se llama (cómo no adivinarlo) Main Street, o Calle Principal. En efecto, no solo es la principal sino –como lo recuerdo– la única calzada, en ese pueblo nostálgico, que merece el calificativo de calle.

 

Pero, como cuento, mi otra experiencia, post–adolescencia, fue de otro tipo; de uno más bien gastronómico–amatorio… Fue la primera vez que llegué a estar neciamente convencido de que venía siendo hora de que tenía que casarme. Pero, como hoy cavilo, fue una buena experiencia, una especie de curso introductorio a la enigmática condición de estar enlazado (¡qué término tan expresivo!). Recuerdo de tarde en tarde a la interfecta, una agraciada muchacha de porte esbelto y sonrisa azorada (utilizo el vocablo de interfecta, no con el sentido de quien fallece en forma violenta, sino de alguien de quien hablamos). Y reconozco que, cuando la recuerdo, es porque mi memoria me conduce hacia algo que de veras hecho de menos: la delicada cultura gastronómica que había en su casa.

 

Su padre había nacido, no recuerdo bien, si en Asti o la Lombardía, pero nadie –ni él mismo– hablaba italiano en su casa. Lo que –cosa curiosa– se mantenía en su hogar, con fiel y sumiso cumplimiento, eran los sabores, ritos y tradiciones de la comida italiana. Casi podía decirse, y lo digo con respeto, que “íbamos por las chicas (había solo mujeres) pero regresábamos por el refrigerio”. Tengo la impresión de que era en los domingos que, los que habíamos obtenido el reconocimiento como “aplicantes”, esperábamos con fruición el participar de un comedor que se convertía en conventual refectorio. ¡Qué abundancia de manjares! ¡Qué variedad de viandas y qué sabores!

 

Yo había nacido ya con cierta “propensión” hacia los fideos, pero fue en edad pre-escolar, mientras habíamos ido de visita a Guayaquil, que descubrí que esas tiras hechas de harina que en mi casa llamaban “espaguetis” se identificaban en los negocios porteños con el peculiar nombre de “tallarines”. Desde entonces, y con la sola excepción de mi mamá, nadie ha logrado descubrir que ese es mi plato favorito (y eso que no lo guardo como secreto). Es probable  que la cocina italiana sea la preferida para la mayoría de las personas; sin embargo, no siempre seguimos las normas de una cultura culinaria que nos es tan agradable, a la vez que tan sencilla; pero, como podíamos haber dicho en una entrada anterior: “En Roma hay que hacer como los romanos”. Donde fuereis haced lo que viereis.

 

La comida típica de los distintos países obedece, como es lógico, a ciertas costumbres y tradiciones. Del mismo modo, y casi sin que nos demos cuenta, deformamos esas costumbres cuando queremos intentar la cocción de idénticos platos y sabores; esto se debe a que disponemos de otros ingredientes, a la distinta forma de sazonar que tenemos y a que tratamos de adaptar la cocina, sin siquiera advertirlo, al gusto local. Por eso, y en particular con la comida italiana, hay que tomar en cuenta ciertas normas para evitar que un determinado plato termine siendo solo una mala imitación. Así por ejemplo, la pasta se sirve sola en Italia, se la adereza pero no se la sirve junto a la proteína; si nos sirven pan, no se lo debe combinar con la pasta (no se recomienda ingerir un almidón con otro más). Por esto, si uno va a Italia, no espere que le sirvan “pasta al estilo americano”, espagueti con “meat balls” por ejemplo.

 

Los italianos respetan una serie de reglas básicas que de ninguna manera conforman un catálogo o vademécum: no se debe combinar queso con pescado, ya que al hacerlo se deja de aprovechar el sabor de los frutos de mar que es dominado por el gratinado; no utilice el cuchillo para cortar el fideo (ni siquiera lo troce para cocinarlo), acostúmbrese a enrollar la pasta con el tenedor y, si cree necesario, apoye el tenedor en la cuchara. No se estila tomar capuchino después del desayuno, está bien solicitar un “macchiato”, que es en realidad un expreso apenas pintado (se entiende que la leche interrumpe la digestión de los alimentos). En Italia no se comen huevos en el desayuno ni se pide salsa (“dressing”) para las ensaladas; normalmente le ofrecen aceite y vinagre balsámico. No pida sodas o refrescos carbonatados, a menos que sea una pizza… Finalmente, recuerde que la salsa César (Caesar salad) no fue inventada por italianos (fue un mejicano llamado César). Así que, cuando vaya a Roma, solo haga como los romanos.


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07 febrero 2023

De "vuelta" a Roma

Gracias a la generosidad de mi amigo Popoyo he terminado de leer “Roma soy yo”, primera novela de la nueva saga de Santiago Posteguillo. Pero, quizás me expreso mal, pues es gracias a que recibí la obra como inesperado obsequio que la he terminado de leer y que hoy la puedo comentar. No ha sido la primera novela que he leído del escritor español, que debe andar en los 55 años y cuya primera obra publicada fue la trilogía relacionada con Escipión el Africano. Luego vendría otra trilogía que gira alrededor del emperador Trajano, de origen hispano, y finalmente otras dos obras que están relacionadas con Julia Donna, la esposa de Septimio Severo. “Roma soy yo” es el primer libro de una sega de varios tomos que habrá de publicarse en doce años; se relaciona con la vida de Julio César.

 

Posteguillo no es historiador, es filólogo y lingüista. A veces se me hace difícil distinguir si estas novelas llamadas históricas, o biográficas, son realmente eso, o si más bien son historias noveladas. Creo que es preciso conocer un poco de  Historia (así, con mayúscula) para ubicarse mejor y, en lo posible, poder distinguir la ficción de la estructura histórica en la que se basa la trama. Roma es una ciudad fascinante, repleta de historia, fue parte de mis destinos cuando estuve asignado al Airbus A-340 y su nombre tiene un interesante origen y significado: estaría relacionado con el mito germinal de Rómulo y Remo. Roma es palabra etrusca que significa ubre y pudiera venir del griego con el sentido de fuerza. Para algunos el término haría referencia a la forma de sus dos colinas: el Palatino y el Avertino.

 

No quisiera ser un “spoilrer”, es decir alguien que estropea o arruina la futura lectura que planea el lector, anticipando parte de la trama; así que solo diré que, en esta primera parte, el libreto trata de los primeros años de Julio César, la pesada mochila que debe sobrellevar como sobrino de un importante tribuno, Cayo Mario, enfrentado con el dictador Lucio Cornelio Sila; su formidable trabajo como joven acusador (tenía 23 años) del corrupto funcionario Dolabela; su exitosa gestión diplomática cuando fue alejado de Roma; y su inesperado triunfo estratégico en la batalla de Mitelene (si a una improvisación puede darse el nombre de “estrategia”).

 

Dicen que Roma es una ciudad a la que siempre se vuelve… Así que, ¿para qué dejarnos invadir por la nostalgia? A fin de cuentas, “Roma no se construyó en un día” (cómo olvidar que “todos los caminos conducen a Roma”). Tuve la privilegiada fortuna de no solo haber estado un sinnúmero de veces en Roma, sino que un día me hice el especial propósito de ir conociendo (así en gerundio) todos los primorosos pueblitos que rodean a la “ciudad eterna”, los “Castelli Romani” (los “Castillos Romanos”), y puedo decir que he estado en Ariccia, Frascati y Grottaferrata; en Albano Laziale, Ciampino y Castel Gandolfo. A todos los visité y “los viví” cual si fuese un romano más, tomando el tren en la estación en Términi y disfrutando de sus callejas y de su campiña.

 

Ya que lo mencioné, hoy deseo hablarles de Mitelene. En “Roma soy yo” se glosa el poema de un personaje a quien se conoció como Safo de Mitelene (Sappho en latín); poeta muy reconocida en la antigüedad (realmente una poetisa que había nacido en la isla de Lesbos). Safo habría nacido en Éresos, ubicada en el lado occidental de esa isla que tiene una forma triangular, con dos bahías, y que, a pesar de estar situada junto a la actual Turquía, al igual que lo están Quíos o Rodas, pertenece a Grecia. Safo fue conocida por su nunca escondida bisexualidad; de hecho su nombre ha dado lugar a la creación del término safismo que, al igual que lesbianismo identifica a esa opción femenina. Esta última palabra, lesbianismo, debe su origen a las actividades de Safo y sus discípulas que estudiaban en la isla. Sin embargo, el gentilicio de los habitantes del lugar no es el mencionado; se los conoce como lesbias o lesbios.

 

Lo que ocurría en Lesbos en el siglo VII a.C. o, en las premisas dirigidas por la reconocida poetisa, es un asunto que siempre ha sido incomprendido e, incluso, perseguido y hasta castigado. En nuestros días se va reduciendo tal intolerancia; se ha pasado a reconocer la opción como algo diferente o atípico. Como algo que está en la naturaleza...

 

Ahora sí, de vuelta al título de esta entrada, ruego que se me permita una pequeña digresión (voy a apartarme un poquito del tema), pretendo referirme al vocablo “vuelta”, cuyo uso incorrecto, de acuerdo con C.J. Córdova, con el sentido de “otra vez” o “nuevamente”, no solo sería desusado sino incluso vulgar. Otros diccionarios lo mencionan también como ecuatorianismo, con el sentido de la locución adverbial “en cambio” o, también, con el de “por el contrario”.


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03 febrero 2023

La otra forma de la avaricia

¿Se han puesto a pensar en por qué hay gente que se hace tan rica?, en ¿por qué es que algunos se hacen inmensa, obscenamente ricos? Si conducimos una encuesta, muchos van a responder que porque “saben trabajar” o porque “han sabido hacer producir su dinero”; otros dirán que “porque han heredado” y unos pocos que porque “han sido metódicos” o porque ellos “han sabido ahorrar”… Pues les voy a decir una cosa: así quizá algunos pudieran hacerse ricos, dueños de diez o cien millones, tal vez, pero no más. Cuando hablo de verdadera riqueza es que estoy pensando en algo mucho más considerable… ¡en una suma inimaginable!

 

¿Saben qué hay gente que tiene casi 200 billones de dólares? Esto es doscientas mil veces un millón de dólares, doscientas mil veces más que lo que se requiere para ser millonario, para poseer la “humilde” suma de “solo” un millón de dólares. Y ¿saben cómo algunos se han hecho estúpida y absurdamente ricos? Pues, muy sencillo, sabiendo aprovechar una forma de envidia en los demás. No esa que consiste en sentirse mal por lo que los otros tienen; sino por algo que se llama codicia: el deseo de tener lo que tienen los otros, el “afán desmedido de poseer y adquirir riquezas por el deseo de atesorar”: las puras ganas de poder coleccionar.

 

Ellos se hacen monstruosamente ricos, porque han descubierto que lo que los demás quieren es poseer cosas innecesarias, fútiles y tremendamente costosas. Mientras más costosas, más rápido y más intensamente se harán ricos. Todo, a costa de la novelería, de esa forma de avaricia que se basa en el deseo de ostentar. Piénsese en relojes, joyas, obras de arte, licores finos, prendas de marca; en suma, todo lo que signifique exclusividad. Esto descubrió, y de eso vive, el hombre más rico del mundo, un tal Bernard Arnault. Cuando hablo de avaricia no hablo de cicatería, lo cual es algo muy distinto. Ningún tacaño se convierte en billionario.

 

Bernard Jean Étienne Arnault nació en 1949 en Roubaix, en el norte francés, junto a Bélgica, zona que tuvo un crecimiento sorprendente en el SS XIX debido al boom de la industria textil. Arnault no solo es un hombre de negocios e inversionista, es el fundador y principal ejecutivo del consorcio LVMH (Louis Vuitton - Möet Hennessy) la más grande empresa de artículos de lujo que existe en el mundo. Francia siempre se ha destacado en este ramo, con productos y artículos de la más alta y exclusiva calidad que pudieran estar disponibles. Su padre había estado en el negocio de la construcción y Bernard lo convenció para invertir más bien en bienes raíces.

 

Cuando se hizo cargo del negocio familiar, resolvió la venta de esas empresas y se concentró en el desarrollo del área textil que él había adquirido. Se enteró que el gobierno francés buscaba un ejecutivo para manejar un conglomerado financiero que, entre otras cosas poseía Christian Dior, la firma que fuera la fascinación de su madre. Compró entonces una empresa de artículos de lujo e hizo la mejor oferta para comprar ese conglomerado cuando se puso en venta. Con 38 años, mantuvo la parte productiva (Dior y Le Bon Marché) despidió cerca de diez mil empleados, vendió alrededor de dos billones y logró utilidades superiores a cien millones de dólares.

 

Entonces se le ocurrió formar un grupo de empresas que estuvieran dedicadas a los artículos de lujo y creó LVMH con participación de Möet–Hennessy y Louis Vuitton. Al enterarse de que Vuitton trataba de hacer mayoría, puso 1.5 billones y se asoció con Guinness para adquirir la cuarta parte del monstruo empresarial; no contento, más tarde compró otro 14% y pasó a ser el socio mayoritario de LVMH; luego puso otro medio billón para controlar el directorio y convertirse en su principal directivo. Para el año 2000, las ventas y utilidades se multiplicaron por cinco. Para entonces ya había adquirido Celine, Berluti, Kenso, Fendi, DKNY y había tratado, sin éxito, de hacerse de la mayoría de Gucci, gestión que aun así le dejó un dividendo considerable…

 

Después del 2010 adquirió el 50% de Bulgari, compró parte de un consorcio asiático, se asoció con de Vincenzo y adquirió las líneas de alta costura y ropa de cuero de Christian Dior. Asimismo, entró en una larga batalla para adquirir Tiffany’s, y finalmente acordó comprarla por más de 15 billones de dólares. También ha adquirido parte de empresas vitivinícolas, Netflix y Carrefour; ha incursionado en la industria de los yates de lujo y ha adquirido una gran cantidad de obras de arte. Todo, muy parecido a un juego que nos ocupó en la infancia y que se llamaba Monopolio: la única diferencia es que el magnate ha jugado con dinero de verdad…

 

Algo de magnético tienen esos artículos de lujo. De la lista de más ricos de Francia en 2021, elaborada por Forbes, los cinco primeros están en esa área o en productos de perfumería. Sus fortunas van de 35 a 195 mil millones de dólares. Repito: de 35 a 195 billones de dólares. Nada menos... Caray, ¡cómo vende la novelería!


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31 enero 2023

Yo también vi jugar a Pelé

Desde que volvimos a clase después de aquel receso navideño, todos hablaban en la escuela de que ese domingo de mediados de enero se presentaría en Quito el Santos de Pelé. Días antes al partido, que se jugaría en día 13, supimos que no sería tan de mal agüero: se confirmó que los menores de doce años no tendríamos que pagar boleto y se nos concedió en casa el permiso respectivo. Tomamos, la mañana del encuentro, el bus en la calle Vargas (San Diego – Batán) y nos dirigimos con mi hermano Luis Eduardo al estadio; hacia el final del recorrido, pasada La Pradera, el camino era lastrado. Sería la primera vez que vería a Liga con un uniforme diferente: esta vez vestiría de azul.

 

Conozco Santos, el puerto de São Paulo; he estado en esa enorme urbe que es São Paulo; he aterrizado en sus tres principales aeropuertos (Campinas o Viracopos, Guarulhos y Congonhas); he visto jugar a los principales equipos del Estado (el mismo Santos, Corintians, Palmeiras y São Paulo); y he visto personalmente jugar a Edson Arantes do Nascimento, el singular Pelé, para mi gusto el más sensacional jugador de fútbol de todos los tiempos. Reviso las crónicas deportivas y los recortes de prensa y deduzco que esto ocurrió en enero de 1962, en el estadio olímpico de El Batán, hoy Atahualpa, cuando el Santos se enfrentó a Liga Deportiva Universitaria; yo tenía, a la sazón, 10 años. Pelé era mayor a mí con once, por lo que calculo, asimismo, que él solo tenía 21 años de edad.

 

Santos, al igual que otros equipos del sur del continente (Botafogo, Flamengo, Boca Juniors, Peñarol) hacían giras de demostración en esos días; fueron partidos amistosos con los principales equipos locales. No era raro tampoco, y menos desacostumbrado, que cuando esos conjuntos se presentaban en Quito, lo hacían enfrentando a un equipo integrado ad-hoc, como “Selección de Pichincha”. El Santos se habría enfrentado en esa década hasta con cuatro equipos ecuatorianos: primero con Emelec en el Capwell, luego con Barcelona en el Modelo de Guayaquil; y, en otras fechas, con Aucas y Liga en Quito. Fue en este último partido que vi a Pelé realizar una jugada que contribuyó al sexto gol del Santos y séptimo del encuentro: recibió un pase lateral, amagó con que iba a patear la pelota en pleno recorrido, y la dejó pasar por entre sus piernas para que, una vez engañada la defensa, convirtiera Pepé.

 

Con un estadio repleto, Santos pronto se puso en ventaja, ya ganaba 2–0 a los 21 minutos con goles de Pelé y Pepé (hijo de inmigrantes españoles). A los 31 descontó Gilberto, luego de un tiro libre de Gem Rivadeneira; Santos replicó cuatro minutos más tarde con un tiro libre de Pelé quien, poco antes de ir al descanso, escapó de la marcación de Eduardo Zambrano para decretar el 4–1 parcial. Iniciado el segundo tiempo, Stacey cometió un penal que, cobrado por Pepé, puso las cosas 5–1, cuatro minutos antes de que él mismo convirtiera otro gol (6–1). Luego vendría una incipiente reacción alba: un penal ejecutado por Garzón a los 16 minutos; y a los 37, tras una hermosa jugada culminada por G. Rivadeneira, otro gol para vencer a Gilmar. Terminado el partido y mientras salíamos del estadio, escuchábamos a los más fanáticos hinchas merengues decir que al menos habían empatado el segundo tiempo

 

El “rey Pelé” se ha despedido de nosotros hacia fines del año pasado; lo ha hecho en forma discreta, como discreta –a pesar de su extraordinaria fama– siempre fue su vida. Pelé fue el paradigma del jugador hábil, potente y serio; del futbolista íntegro, respetuoso de sus rivales; un ser humano caballeroso y cabal. En las reseñas deportivas, si no estaba acariciando el balón (nunca mejor dicho) lo hacía vistiendo traje y corbata, departiendo con otros destacados futbolistas (Cruyff, Beckenbauer, Di Stéfano) como si fuera lo que en la práctica realmente fue: un embajador del deporte en todos los lugares a los que era invitado; bien podía tratarse de un gobernante africano. Había en él no solo una inconfundible elegancia; su apostura exudaba un sentido de confianza y, ante todo, de noble dignidad.

 

En estos días se ha intentado una inútil controversia acerca de quién fue mejor: él o algún otro jugador argentino. Todos ellos fueron jugadores muy hábiles y tuvieron humildes orígenes; pero Pelé se distinguió por la forma cómo supo asumir la fama y por la manera de aceptar su responsabilidad como paradigma del atleta excepcional. No solo han de contar sus logros deportivos (mejor futbolista mundial; mejor deportista del siglo XX; único futbolista en lograr tres campeonatos mundiales), sino su valor como persona y su calidad humana. Había nacido en Tres Corazones, un pueblito de Minas Gerais, un 23 de octubre de 1940. Dicen que el apodo le habría venido por un problema de dicción, la forma como pronunciaba el apodo de “Bilé”, el arquero del Vasco de São Lourenço, un modesto equipo de Minas Gerais, en el que también militaba su padre, João Ramos do Nascimento, conocido como “Dondinho”.


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27 enero 2023

Del suéter al cárdigan

Hoy voy a hablarles de una prenda aristocrática. Nada que ver con el “bisht”, esa elegante capa árabe, que usan jeques, emires y sultanes, la misma que, en una anterior entrada, he llamado “esmoquin árabe”; capa, esta, que fuera obsequiada al circunstancial capitán de la selección ganadora del último campeonato mundial de fútbol. Entrada que, por otra parte, tuvo alrededor de quinientas visitas en un solo día (es sorprendente a lo que puede llegar el insano fanatismo, capaz de convertir en religión cualquier vulgar pasión futbolera)... No, hoy quiero hablarles de una de las prendas de vestir más cómodas y versátiles que existen, cuyo uso e historia tienen ciertamente una alcurnia u origen de veras aristocrático.

 

Todo empieza con una pieza un poco más humilde, el suéter común y corriente (le llaman “sweater” en inglés, con parecida pronunciación). Este no es sino un indumento que surge con la industria textil: es una prenda hecha de lana o algodón (este último material es preferible para evitar las inelegantes motas) y tejida a máquina. Los suéteres originales eran cerrados, ya sea con cuello circular o en V; más cómodo este último por su facilidad para introducir la cabeza. La abertura en V iba hasta el esternón o, si prefieren, hasta el canalillo del pecho femenino. “To sweat” quiere decir sudar, pero la función del suéter es la de abrigar o cubrir la parte superior del cuerpo, no la de “hacer sudar”. La conocen también como pulóver (“pullover” en inglés, que significa literalmente “para ponerse sobre la cabeza”).

 

No siempre hubo suéteres, hubo diferentes tipos de chaquetas o sacos de diferentes materiales. Más tarde, a alguien se le ocurrió diseñar otro tipo de suéter pero con abertura en todo el frente delantero, utilizando botones o cremallera (el cierre), cuando se popularizó ese formidable invento. Yo tuve algunos suéteres en mi niñez; los había de un solo color o con patrones en los que se combinaban varios colores, tuve también uno grueso de varios colores y con franjas transversales gracias a la generosidad de uno de mis tíos. Luego preferí los de un solo color. Mi primer suéter abierto (con cremallera) fue fruto del primer sueldo de mi hermano Adrián; era blanco con franjas azules y rojas, tanto en los bordes como en los filos de las mangas. Era un modelo clásico, como los que usaban los tenistas.

 

Este último era algo más que un simple suéter abierto: era técnicamente un “cárdigan”, es decir era abierto pero con la manga cosida con un estilo llamado “ranglán” o “raglán”. La construcción de la prenda con ese estilo une la manga al cuerpo principal con una costura que va en diagonal, desde la axila hasta la clavícula. Ese simple detalle le hace al cárdigan único y especial. Fue conocido en Inglaterra como “Cardigan” (con acento en la primera vocal); su nombre se debió a quien lo popularizó, un aristócrata llamado James Thomas Brudenell (1797–1868), séptimo conde de Cardigan. Se trataba de un comandante militar británico que participó en la guerra de Crimea y que fue repetidamente cuestionado en sus servicios; se aduce que utilizaba este tipo de prenda y fue él quien familiarizó su uso.

 

A Brudenell se debe que en Inglaterra se llame cárdigan a lo que en EE UU llamaron “jumper”. Es una prenda muy cómoda; se la usa normalmente en combinación con una camisa con botones en el cuello; pero es muy versátil, se la puede usar con camiseta o sobre una prenda  de tipo cuello tortuga. Fueron estos cárdigan los primeros suéteres que compré siendo todavía alumno piloto. Desde entonces cuentan entre mis favoritos. Hoy dispongo de dos fabricados con lana de vicuña, ya exhiben refuerzos en sus codos pero me siguen acompañando sin denunciar sus años. En Inglaterra los llaman jersey, en honor a la isla de ese nombre (le dicen “jerséy” en España). Existen varios tipos de cárdigan; los hay sin botones e incluso sin mangas; y hay un modelo con cuello. El cárdigan puede dar la apariencia de ser una prenda “para viejos” pero no pasa de moda y es una de las prendas más cómodas que existen. Se recomienda no colgarlo (guardarlo doblado) para que mantenga su forma.

 

Es su material y el tipo de elástico que tienen sus muñequeras lo que le hace tan confortable al cárdigan. Sin embargo, es ese tipo de corte diagonal que tienen sus mangas, “en ranglán”, lo que la hace especial… lo que le da ese “look” tan diferente. Este tipo de corte debería su nombre a otro militar británico, el mariscal de campo FitzRoy James Henry Somerset (1788-1855), Lord de Raglan y primer Barón de Raglan, secretario del duque de Wellington, quien supuestamente utilizaba este estilo para disimular la pérdida de uno de sus brazos en la batalla de Waterloo.


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24 enero 2023

Pretensiones y fingimientos

Artista, tú eres un gran artista,

Vendedor de ilusiones,

Mentiroso y egoísta. . .

Artista, tú eres un gran artista,

No me van tus actuaciones,

Tu obra ya está muy vista. . .         (Dúo “Pimpinela”. Letra de la canción “Artista”).

 

Estuve en mi estudio meditando en el extraño mundial que nos tocó vivir hace pocas semanas, fue cuando el Fusco empezó a ladrarme “en voz alta”. Venía a reclamarme que en lugar de estar embelesado mirando un artilugio hecho de hojas de papel por tan largo tiempo (estuve leyendo), le llevara a pasear a ese mismo sitio a donde van sus amigos y a donde, en forma casi puntual, le llevo también casi todas las mañanas. Cuando el inquieto canino había ya subido a su asiento favorito, encendí el motor del vehículo e inicie el breve trámite para dirigirme al portón de salida. Fue entonces cuando escuché la pegajosa tonada; tomé nota de su letra y más tarde consulté su título…

 

Solo tuve que escribir “Artista, tú eres un gran artista” y el buscador me llevó a la letra que he escrito en el epígrafe. Irónicamente, estaba cantada por un par de chicos de apellido Galán, que se hace llamar Pimpinela. Son argentinos y cantan en forma de diálogo; no sé porqué habrán escogido el nombre; pero, si no saben lo qué es pimpinela y consultan el DLE, van a encontrar que es una “planta herbácea vivaz, de la familia de las rosáceas” (aquí viene una larguísima explicación botánica) y termina diciendo que “abunda en España y se emplea en medicina como tónica y diaforética” (no se molesten en averiguar el significado del último término: quiere decir sudorífico). Curioso nombre, ese de Pimpinela, a juzgar por las canciones que ejecutan (baladas y tonadas románticas), se diría que con ellas logran cualquier cosa menos “hacernos sudar”.

 

Sé también que la pimpinela es una planta tóxica, así que tampoco… "nada que ver". Pero me interesó la canción por el contexto deportivo actual y creo que a lo que quiere referirse es al actor, que no al artista. No hace falta acudir otra vez al diccionario para inferir que “actor” es quien interpreta un papel y, por extensión, alguien que finge o exagera. Cosa muy seria es esta del histrionismo, del arte del fingimiento, sobre todo en esos días del Mundial. Mundial de zambullidas y manos evidentes no cobradas, de múltiples y excesivos penales sancionados, o de dudosos y vergonzosos penales regalados (que cambiaron el curso de más de un partido). Mundial corrupto que nos hace pensar en que: ¿para qué sirve el VAR, si cuando se deben revisar los actos de descarado fingimiento, de torpe y escandalosa simulación, no se lo usa para nada?

 

Hay un verbo curioso en el inglés, es justamente el de fingir, que se dice “to pretend”. Digo curioso porque dada la cercanía fonética, hay quienes hablan nuestro idioma que se sienten tentados a traducirlo con el significado de pretender. Este es un verbo “interesante” porque pretender no es fingir o disimular sino “hacer cosas o diligencias para conseguir algo”, como pretender una posición o a una chica, por ejemplo. Eso es pretender. Y digo interesante, porque pretencioso (o presuntuoso) es alguien que quiere parecer como si fuera más de lo que realmente es. Resumiendo, y disculpándome por el aparente juego de palabras, bien pudiera decirse que quien finge esconde una pretensión y que el pretencioso emboza un callado fingimiento.

 

El último partido del Mundial me dejó un sabor agridulce, un extraño regusto. Un enjuto jugador, a quien siempre había admirado por su elegancia y habilidad, se dejó caer en él área sin haber sido lastimado (cual fideo con disfunción eréctil). El árbitro “compró” la burda simulación y, lejos de sancionarlo como correspondía (o al menos consultar al infalible e inefable VAR), concedió un penal que desvirtuó el trámite natural del partido. Esta fue una acción definitiva. Va siendo hora entonces de que la FIFA actúe de forma severa y ejemplarizadora; que establezca una normativa que castigue con rigor el histrionismo. El fútbol es solo un deporte, pero es una metáfora de la vida y aunque no podemos pretender que siempre ganen los mejores, el juego debe seguir reflejando que quienquiera que sea el que gane no debe nunca apoyarse en la trampa o el artificio:  es que... ¡debería haber justicia!

 

No más fingimientos ni falsas lesiones simuladas, no más reacciones torpes o maliciosas, no más subterfugios o actos marulleros para obtener ventaja y perjudicar a otros jugadores y a los equipos honestos. El fútbol es un hermoso entretenimiento pero por favor no lo dañemos. ¡Compitamos en buena y equitativa lid!


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