10 marzo 2023

Las bondades de la risa

Paul Newman había estado casado por dos ocasiones; la primera vez su matrimonio había durado nueve años. Cuando el actor filmaba una de sus populares películas habría conocido a Joanne Woodward quien llegaría a ser su segunda esposa hasta el final de sus días. A ella le habrían preguntado que cuál consideraba que era la razón para el éxito de su matrimonio y qué era lo que más le atraía de su marido. “Paul es uno de los hombres más interesantes que he conocido –habría respondido–, pero lo que a mí siempre más me ha enamorado es su habilidad para hacerme reír”.

 

No estoy seguro si lo que ella quiso decir fue que lo que le gustaba de Paul era que era chistoso o simplemente que tenía una forma particular de hacerle feliz. Hay gente que vive tratando de hacer reír a los demás; pero una cosa es tratar de hacer reír y otra, diferente, conseguir que los demás rían efectivamente. A lo largo de mi vida he conocido un par de personas que siempre han estado jugando con las palabras o utilizando el doble sentido para provocar la risa ajena; ellos, por lástima, dejan la impresión de que quien más les celebra son ellos mismos. Tuve inclusive un colega que, con el ánimo de distender el ambiente en la cabina, trataba de contar algún chiste o anécdota solo para ser reprendido en términos de que no debía descuidar la formalidad requerida en ciertas fases críticas del vuelo…

 

Hay, efectivamente, gente con un gran sentido del humor, cuya genial y espontánea reacción merece nuestra admiración y gana nuestra simpatía; es más, existen personas con tal gracia natural que solo de verles provocan nuestra hilaridad y suscitan nuestra risa. Pero el humor tiene su momento y su oportunidad; una cosa es la chispa y la broma ocasional; y, otra, también muy diferente, la cháchara sin sentido y eso de tratar de encontrar en todo un motivo para la risa. Del mismo modo, hay quienes tratan de usar el humor solo para hacernos reír, pero existen otras personas que, sin querernos dar gusto en todo, buscan –a su manera– la forma de hacernos sentir cómodos, apreciados y contentos. Quizá sea eso –más bien– lo que importe más en la vida.

 

Hay gente que se siente incómoda cuando alguien trata de hacerles reír todo el tiempo, quizá tienen recelo de que quien bromea pudiera decir algo inconveniente en su desatinado afán de hacer reír sin ton ni son o en todo tipo de circunstancia. Por el contrario, hay quienes  prefieren compartir con personas serias y circunspectas o que parezcan serias por el mero hecho de parecerlo. Es curioso, pero existen familias enteras que evitan estarse embromando y que convierten un trato sin bromas y sin risas en una forma particular de “cultura” propia de sus hogares.

 

Conocí alguna vez al padre de una amiga, él era un contralmirante retirado. Estaba persuadido de que las personas que merecían su confianza no hacían bromas ni se pasaban contando chistes. Su curioso convencimiento, sin embargo, parece que se desvanecía cuando se tomaba él mismo un par de tragos y buscaba la aceptación de las personas presentes. Entonces su humor adquiría una leve cuota de sarcasmo aunque detrás de sus bromas no parecía haber malicia: era solo que no tenía la costumbre de hacer bromas y de hacer reír. La gente no interpretaba su humor porque se había acostumbrada a verlo siempre serio. Aquello me hacía recordar un viejo adagio, aquél de que el humorista se ríe “con” los demás y que quien maneja la ironía se ríe “de” los demás…

 

La palabra “sarcasmo” parece provenir del griego “sarkázein” que significa “pelar la carne”, a la manera que hacen los perros con los huesos. Resulta contradictorio que, en lugar de hacer reír, provoquemos la impresión de que intentamos “cortar la carne” de quienes hemos escogido como objetivo de nuestra burla o afán de ridiculizar.

 

En días pasados leí en Linkedin un mensaje que alguien había colgado; recogía ciertas reflexiones del actor cómico Charlie Chaplin, quien murió a los ochenta y ocho años de edad:

1.     Nada es eterno en este mundo, ni siquiera nuestros problemas.

2.    Me gusta caminar bajo la lluvia, para que nadie descubra mis lágrimas.

3.    El día más desperdiciado de la vida es aquel en que no reímos.

4.    Los seis mejores médicos del mundo son: el sol, el descanso, una dieta balanceada, la autoestima y el disfrute de los amigos.

“¡La vida es solo un viaje! ¡Vive el presente!”, decía el mensaje. Yo solo añadiría que debemos aprender a no tomarnos tan en serio y a reírnos de nosotros mismos. No tratemos de ser felices con las preferencias o los valores ajenos ni tratemos tampoco de hacer felices a los demás con las preferencias o valores que son nuestros…


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07 marzo 2023

Caminos y distancias

En días pasados mencioné este blog en una reunión social. ¿Pero… por qué “náutico” si eres un aviador? alguien inquirió; respondí que procuraba dar a mis experiencias el tratamiento que se da a los relatos de viaje. “Lo náutico está relacionado con la ciencia y el arte de la navegación” expliqué. De pronto caí en cuenta del motivo para la indagación: náutico es una palabra a menudo asociada con asuntos navales o marineros, aunque de manera más general tiene que ver con el arte de desplazarse. Medité en que idéntico equivoco puede provocar la voz “itinerario” que no solo tiene que ver con horas de operación de las naves sino con lo que sucede en rutas y destinos: iter es voz latina que quiere decir camino o período de marcha.

 

Desde la antigüedad el hombre ha buscado métodos para medir la distancia de sus viajes; así han aparecido la milla (en sus dos versiones: terrestre y náutica), la legua –que equivale a tres millas– y, desde que se instituyó el sistema métrico decimal, el kilómetro. La legua terrestre, o estatutaria, equivale asimismo a tres millas terrestres; mide 4827 metros, pues la milla tiene una extensión de 1609 metros. La legua representa la distancia que una persona puede caminar a paso regular en una hora. Existe además una milla marina, o náutica, que equivale a 1.15 millas terrestres, es decir 1852 metros o 6000 pies (6076); esta es la utilizada como medida itineraria por marinos y aviadores.

 

Leyendo “Hombres buenos” de Pérez Reverte, he encontrado una aparente imprecisión respecto a la legua terrestre: menciona que hacia fines del siglo XVIII esta tenía una distancia de 5.5 kilómetros (unos 700 metros más que la actual). Caí en cuenta entonces que las medidas no siempre tuvieron valores uniformes: la legua romana no tenía la misma extensión que la francesa y la inglesa tampoco era igual que la castellana; esta última equivalía a 5.572 metros, era utilizada para determinar la extensión de los predios y era reconocida legalmente en los tribunales españoles; por un tiempo se la había fijado en 5000 varas castellanas (o 15000 pies), esto es unas 2.6 millas romanas o 4190 metros; y se la siguió usando por un tiempo adicional en España, a pesar de haber sido abolida por Felipe II en 1568.

 

Dice una página que he consultado (Agrimensores Paneros, de Argentina) que  la legua común “era una unidad itineraria que se utilizaba en las crónicas de exploraciones y viajes; era una medida muy imprecisa ya que variaba con las circunstancias que rodeaban al viajero, tales como si iba a pie, a caballo, en mula o en carruaje. Quedó establecida por el uso en el siglo XVI en 20 000 pies castellanos: 5572,7 metros o 6666,66 varas castellanas. Sin embargo, la legua común variaba de modo notable según los distintos reinos españoles o sus provincias”. Por lo tanto, “Para facilitar los cálculos y unificar con los usos de otros países, a fines del siglo XVII comenzó a utilizarse la legua llamada “de 20 al grado” (por un vigésimo de grado de meridiano terrestre o 6.666,66 varas)”.

 

La milla náutica, actualmente utilizada en la marina y aviación, equivale a un minuto de grado de meridiano. Un grado, por lo mismo, equivale a 60 millas náuticas o, lo que es lo mismo, 20 leguas náuticas. Ahora bien, si una legua náutica mide 5,55555 kilómetros quiere decir que un grado de meridiano mide la curiosa cifra de 111,11111 km (guarismo que muy probablemente no ha de ser una coincidencia), lo mismo que 60 millas náuticas. En cuanto a la milla náutica que mide 1852 metros, alguna vez aprendí una simpática frase que se constituye en método mnemotécnico para no olvidar el importante dato: “es como un ocho sin codos” (realmente un–ocho–cinco–dos): 1/60 de grado.

 

En aviación todavía se utilizan dos tipos de cartas de navegación: unas son para vuelos de reconocimiento (entrenamiento, “cross–country”); estas utilizan millas estatutarias. Las demás son cartas instrumentales que por lo general utilizan millas náuticas. Del mismo modo, la velocidad en los aviones menores es calculada en millas por hora mientras que en los aviones mayores, y más veloces, es registrada en “nudos” (knots en inglés); el nudo no es sino una unidad de velocidad expresada en millas náuticas por hora. El nombre es heredado de una gruesa cuerda de esparto que se lanzaba desde la cubierta de los barcos para medir la velocidad de desplazamiento sobre el agua; la cuerda contenía nudos espaciados cuyo número era observado de acuerdo con la velocidad que alcanzaba la embarcación.

 

En resumen: una legua terrestre equivale a 0,868976241900649 leguas náuticas. Una milla estatutaria mide 1609 metros, la náutica 1852 (por eso dicen que la milla náutica es “un poco más larga y húmeda” que la terrestre). Una milla náutica es igual que un minuto de arco de meridiano. El origen de la milla pudiera sería la “parasanga” persa que llegó a los romanos a través de los griegos. Si esto se aplica correctamente, “a leguas” se verá que han puesto atención…


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03 marzo 2023

Faltas, vicios y pecados

Caía en cuenta el otro día que no solo que las palabras van cambiando de significado, sino que son esos mismos significados los que en forma caprichosa van escogiendo otros significantes, otras palabras. Advertí, por muestra de ejemplo, que en los albores del cristianismo, esto es antes del inicio de la Edad Media, a veces la palabra “vicio” se utilizaba para el mismo propósito que el término “pecado”. Los llamados “Padres de la Iglesia”, por ejemplo, fueron coincidiendo en que existían unos pecados “más significativos” o importantes, unos que daban lugar a los demás pecados; a estos los llamaron pecados o vicios capitales (de la voz latina caput, capitis, cabeza) porque creían que eran los que provocaban –cual si fueran jefes– todas las demás flaquezas.

 

Esto del “pecado” no es un invento del cristianismo. La Biblia, cuya redacción lo antecede, está repleta de menciones de estos “malos comportamientos” de la humanidad desde tiempos inmemoriales; ahí se habla del pecado e incluso de otras “abominaciones”. El pecado es tan viejo como el ser humano; los primeros pecadores habrían sido nuestros padres Adán y Eva (habrían cometido un pecado de desobediencia, una forma de soberbia). El cristianismo por su parte, sobre todo cuando se fue estructurando como Iglesia, fue como poniendo la casa en orden: clasificando todas esas faltas veniales o no tan veniales que, en comparación con los preceptos de Moisés, pasaron a ser consideradas como transgresiones, pecados o concupiscencias.

 

En los primeros siglos, los teólogos coincidieron con ese concepto, propusieron que había unos pecados que no solo eran el motivo para que se cometieran otros, sino que había uno que era algo así como “il capo di tutti capi”, el verdadero culpable de todos los otros desacatos: la ubicua e infaltable soberbia. Además, no siempre los vicios capitales fueron siete (un guarismo siempre preferido para estos asuntos), sino que hubo gente importante (Cipriano de Cartago, Juan Clímaco, Gregorio Nacianceno, Alcuino de York, Agustín de Hipona), que estaban convencidos de que los pecados capitales eran realmente ocho (parece que había discrepancia respecto a la maledicencia). Sería otro Gregorio, un papa sabio, Gregorio Magno, quien hacia finales del siglo VI, estableció que solo serían siete: soberbia, envidia, ira, avaricia, gula, lujuria y pereza.

 

Para este pontífice, que llegó a papa siendo un simple monje, y que propuso la idea del “purgatorio”, el origen de todos los pecados sería la vanagloria: el orgullo o soberbia. Si de esos vicios nacen los demás pecados en que cae el hombre, para evitarlos, haría falta practicar las “buenas virtudes” que les son correspondientes: contra soberbia, humildad; contra avaricia, generosidad; contra lujuria, castidad; contra ira, paciencia; contra gula, templanza; contra envidia, caridad; y, contra pereza, diligencia… En la escuela nos enseñaron un método mnemotécnico para recordar esos pecados: el acrónimo SALIGIA. Las últimas dos letras significan invidia y acedia (envidia y pereza en latín).

 

Ahora bien: fuera de las faltas menores o pecados veniales, ¿qué sería más grave el pecado o el vicio? Hoy se cree que son dos conceptos que no son necesariamente excluyentes: no todo vicio es pecado ni todo pecado es un vicio per se. Un vicio es un hábito que es dañino para la salud y el entorno familiar de una persona; algunos son inofensivos en apariencia, como sentarse toda la tarde a ver la tele y que nadie podría catalogarlos como pecados. Hay vicios, por otro lado, como la pornografía, el abuso de sustancias o la corrupción, que son males morales que no solo afectan al individuo y a su entorno, sino que hacen daño a toda la sociedad. Por tanto, no es lo mismo ser un vulgar vicioso que tan solo un pobre pecador…

 

Resulta curioso pero ya casi nadie habla del pecado (me temo que ya ni siquiera se habla del pecado en las iglesias). Se da por sobreentendido que faltas como la gula, la lujuria y la pereza son subproductos del hedonismo (la pura y no tan simple búsqueda del placer) que caracteriza a nuestra sociedad de consumo. Faltas como la ira se interpretan solo como una pérdida de control y la soberbia puede ser identificada como un simple rasgo del carácter; son “deficiencias” que pueden ser “tratadas” para que sean controladas o para que no produzcan un mal mayor, tanto a las personas que las padecen como a su entorno. Serían las muestras de envidia o de avaricia las que más se notan y que condenan a cualquier persona.

 

En cuanto a ese otro feo asunto, la maledicencia… es por lástima un defecto generalizado y subestimado. Tuve alguna vez un par de colegas de profesión a quienes nunca escuché hablar mal de nadie, preferían quedarse callados a caer en la crítica negativa; ellos evitaban aportar, con su cómplice aquiescencia, a la maldad ajena. Su silencioso reproche constituiría por siempre una generosa lección moral, enseñanza ética que ya jamás olvidaré…


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28 febrero 2023

Traducciones literarias *

* Escrito por Nubia Barrios. Título original: Leyendo traducciones, con mi edición.

 

En Dublín, junto al hermoso parque Stephen’s Green, se encuentra el Museo de la literatura de Irlanda, el MoLI. Dentro del edificio existe un espacio dedicado a las traducciones de la obra de James Joyce. El universo del escritor resuena en español, en francés, en ruso, en chino, en italiano… En esa asombrosa polifonía conviven las distintas versiones de cada libro en una misma lengua. Da vértigo contemplar juntas las traducciones de Ulises y constatar que son y no son la misma obra porque las personas que lo tradujeron son diferentes. Descubrir que una obra es susceptible de un número indefinido de traducciones provoca una extraña sensación de estafa. ¿Qué Ulises hemos leído nosotros? ¿Qué leemos cuando leemos un libro traducido?

 

He participado en numerosos encuentros sobre la importancia de la traducción. Lo que más inquieta no es que nuestro orden político, social y religioso se levante sobre traducciones erróneas. Lo que más perturba es descubrir que los textos no están escritos sobre piedra… La ingenua confianza con que se había leído hasta aquel momento se desmorona. ¿La Divina Comedia que leemos en español no es la que escribió Dante? Sí y no. La obra ha ido variando a lo largo de los años en su propia lengua, en las distintas lenguas a que ha sido traducida y en las traducciones sucesivas en cada lengua, en una pequeña y constante metamorfosis.

 

¿Y la obra de Dickens, Tolstoi, Brontë o Shelley? Sucede lo mismo, sus traducciones son y no son la misma obra. Quienes traducen buscan un difícil equilibrio para que podamos entrar en los libros con el mismo placer de quienes los leyeron en su lengua original. El asombro da paso a la indignación. No puede ser, me dicen. Sí puede ser, replico. Como escribió Calvino un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir: cada lectura abre una nueva interpretación. ¿No hay una traducción definitiva?, me preguntan incrédulos. Las traducciones sucesivas son las maneras que un texto tiene de hablar a lo largo de la historia.

 

Aceptamos esa ductilidad con absoluta naturalidad en el caso de la música, sin que nos irrite. Al contrario, en su diferencia radica su valor. Acudimos al teatro a ver piezas clásicas, buscando disfrutar de la versión de un director o de otro. Sin embargo, nos escandaliza que esa disparidad se produzca en la traducción literaria. Leemos como si Annie Ernaux, Siri Hustvedt, Emmanuel Carrère o Anne Carson hubiesen escrito en español para sus lectores. Al ignorar la intervención de quienes traducen, adoptamos la actitud reverente del creyente cuando escucha al sacerdote proclamar tras finalizar la lectura de la Biblia: ¡Palabra de Dios!

 

Ah, pero incluso la Palabra de Dios, por ser palabra, es interpretable. Solo se conoce un caso de exégesis unánime: la primera traducción de la Biblia hebrea al griego, más conocida como la Septuaginta. Hacia el 280 a.C., 72 sabios judíos, seis hombres de cada una de las 12 tribus, fueron elegidos por el sumo sacerdote de Jerusalén y enviados a Egipto para traducir la Biblia al griego. Los 72 sabios trabajaron por separado en 72 casas y acabaron su cometido en 72 días. Las 72 versiones resultaron idénticas. Aquel milagro no ha vuelto a repetirse.

 

No solo varían las traducciones de una obra, nuestra propia lectura es un ejercicio cambiante. No entramos igual en una novela a diferente edad. Cuando leemos nos leemos también a nosotros mismos, y ese “nosotros” es un concepto en constante mudanza. Hay criterios profesionales para clasificar una traducción, pero que esta responda a nuestras necesidades del momento es un criterio tan válido como los anteriores. Anhelamos seguridades que nos alivien de la oscuridad que nos rodea. Mas la incertidumbre es el signo de nuestra existencia, no la certeza. El oficio de traducir está ligado al oficio de vivir. Desde que nacemos nos esforzamos en interpretar los actos ajenos y los propios, especialmente en los momentos de tribulación. El temor y temblor que aquejan a quienes traducen, ante la imposibilidad de fijar “el” significado de un texto, son reflejo de los temores que forman parte de nuestro destino.

 

Que todo sea interpretable es una maldición y, al mismo tiempo, una bendición: al igual que cada traducción ha de intentar ser mejor que la anterior, así también cada nueva lectura. En ese horizonte utópico resuenan las palabras de Samuel Beckett: “Lo intentaste, fracasaste, no importa, inténtalo de nuevo, fracasa de nuevo, fracasa mejor”. Fracasar mejor es un sabio lema para la vida, tan imprevisible y tormentosa.


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24 febrero 2023

Nación y nacionalismo

“El patriotismo es el amor a nuestro país, el nacionalismo es el odio al otro”, ha declarado el presidente francés Emmanuel Macron (Amiens–Picardía), en entrevista concedida en días pasados al escritor español Javier Cercas en el palacio del Elíseo. Bueno… eso dice el titular; en realidad ha expresado algo parecido. Ha dicho también que: “nacionalismo es pensar que quererse a uno mismo es (equivalente a) zarandear al vecino”. Macron es un intelectual que apuesta a la integración europea. Cercas le ha planteado la dicotomía existente entre democracia y nacional–populismo; una ideología que ha hecho crisis en Europa, y un tipo de postura que ha incidido en la elección de Donald Trump y ha permitido la novelería del Brexit.

 

Macron sostiene que hay una crisis en ese modelo que, aunque ha sacado de la pobreza a mucha gente, ha creado enormes desigualdades. Por mi parte, estoy persuadido de que el nacionalismo no es malo en sí mismo ni que quiera decir xenofobia u odio al extranjero por el hecho de ser diferente. Pienso en el concepto, más bien como un instrumento unificador, como un elemento de identidad que fortalece el sentido de colectividad y el sentimiento de heredad de los pueblos. Siempre pensé que la patria era un concepto geográfico, el territorio; y que la nación era un concepto histórico, sustentado por propósitos comunes, y por los valores de la tradición y la heredad.

 

Decía en este mismo blog (ver Itinerario Náutico de 15 de junio pasado) que patria es un concepto relacionado con el espacio; y que nación es una entelequia filosófica y espiritual que está relacionada con el tiempo. La patria nos relaciona con unas costumbres y con un paisaje; la nación nos hermana con unos ideales y unos propósitos. Por ello es bueno referirse al diccionario de la Academia y revisar el significado de unos pocos conceptos:

 

·     Patriotismo: 1. Amor a la patria. 2. Sentimiento y conducta propios del patriota;

·     Nacionalismo: 1. Sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia. 2. Ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado.

·     Patrioterismo: Alarde propio del patriotero;

·     Patriotero: Que alardea excesiva e inoportunamente de patriotismo

·     Xenofobia: Fobia a lo extranjero o a los extranjeros.

 

Nótese  que existen dos definiciones de nacionalismo que aunque no se contraponen, son bastante diferentes: el nacionalismo tiene una base como sentimiento y puede tener otra como ideología. Ahí pudiera estar el problema, cuando lo utilizamos como pretexto y le damos un sentido radical; ahí, el nacionalismo nos invita a algo parecido al regionalismo intransigente y, sin que lo meditemos, hace que nos encerremos. Lo otro, aquello de que el nacionalismo pueda ser la “ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado”, tampoco es malo en sí mismo; ahí están los casos españoles con sus posturas que buscan autonomía. Hablamos aquí de autodeterminación, no de estéril antagonismo.

 

En ese sentido, coincido con otro pensamiento de Macron: dice que “No hay paz (que no puede haberla) si no se respeta la soberanía nacional y la integridad de las fronteras”; concuerdo también con que existen tendencias extremas y demagógicas que buscan alcanzar el control político (lo cual, tampoco es malo en sí mismo), lo grave –lo realmente pernicioso–  es cuando esas facciones no se contentan con tener solo el control, pues lo que quieren realmente es el control total. Un defecto de ese tipo de nacionalismo es pensar que lo bueno es siempre mérito de sus dirigentes, y que lo malo sucede por culpa del Estado o del centralismo.

 

La experiencia europea invita a pensar en la unidad política de América Meridional; claro que las circunstancias son disímiles, pero nos aproxima el hecho de que los dos aspectos, país y nación, complementan el concepto integral del Estado. Esa tesitura nos obliga a ser rigurosos y nos demanda, además, la necesidad de convocar a una verdadera identidad regional. La unidad latinoamericana es una aventura que debe intentarse en un marco de autonomía y libertad, jamás encorsetada en el mezquino molde de las ideologías. Debemos tratar de construir juntos, respetando nuestras tradiciones y diferencias, intentando encuadrarnos siempre en un objetivo que sea factible y basado en el interés común. En proponernos “una nueva narrativa”, como lo expresa el mandatario francés.


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21 febrero 2023

Unos frutos exóticos

Tiene algo de exótico eso de saborear la vida en otras latitudes o, como fue mi caso, en otras “longitudes”. Hay muchas diferencias en las culturas asiáticas: tienen otras costumbres y valores. Hay en Asia Oriental una forma de pensar distinta; sospecho que su gente no ha estado sujeta a ciertos prejuicios. Hay actitudes hacia el sexo que han determinado otras formas distintas de comportamiento. Hay otros paradigmas que los hacen más sabios y tolerantes; quizá ello aporte a que allí exista un más acendrado espíritu de comunidad, a que se disfrute en forma más natural lo que nos regala con casualidad la vida, sin tener que acudir al disimulo gazmoño. No es que sean “más modernos”: su desarrollo cultural es la respuesta a las enseñanzas de un tiempo milenario. 

Otro asunto fascinante es el disfrute de otros sabores. Hay otras especias y frutos distintos; incluso, maneras de servirse que son diferentes. En Corea y Japón, sorprende el disfrute de los frutos marinos (aunque es más “picante” la cocina peninsular). Más hacia el sur, en el Sudeste Asiático, se exacerban las diferencias en la sazón y surge un disfrute adicional: la sorpresiva variedad de frutas tropicales, muchas desconocidas (o no tan disfrutadas) en nuestros países. Tal vez no haya en el mundo mangos más grandes y sabrosos que los que produce Pakistán.

 

Existen frutas como el durian, el lichi, el longan o el rambután que, aunque han empezado a cultivarse en América, allá se exhiben en forma regular, si no preponderante. Hay productos presentados con otra apariencia o servidos en forma distinta. Abunda la fruta estrella, la del dragón (pitajaya), la de la pasión (maracuyá), todas preparadas en formas que excitan los sentidos y hacen de su disfrute una actividad sencilla y agradable. Esta vez quiero compartir una interesante información relacionada con la pasionaria o fruta de la pasión, que me ha llegado en la página de Ricardo Soca, dedicada al curioso origen que suelen tener algunas palabras:

 

“La pasionaria es una flor americana, conocida en el Cono Sur por su nombre indígena de mburucuyá o, en Brasil, por el de maracujá. Una leyenda indígena cuenta que Mburucuyá era una joven blanca, que llegó con su padre —un capitán español— al Virreinato del Río de la Plata, donde se enamoró perdidamente de un muchacho guaraní. Mburucuyá no era, por supuesto, su nombre español, sino el apodo que le daba tiernamente su amado. El capitán no aprobó la pasión de su hija y asesinó al joven indio. Desesperada, Mburucuyá tomó una de las flechas de su enamorado muerto y se la clavó en el corazón. A medida que se escapaba la vida de su cuerpo, la pluma de la flecha se iba convirtiendo en la primera flor de mburucuyá, que dio origen y nombre a esa especie botánica.”

 

“Hasta aquí la leyenda, pero lo cierto es que al llegar los jesuitas a América, observaron que la flor de mburucuyá tenía tres estambres —que identificaron con los clavos de Cristo—, cinco pistilos —en los que vieron sus cinco heridas— y una corona de filamentos —que hicieron corresponder con la corona de espinas—. Por esa razón, la llamaron en latín Flor passionis y en español, pasionaria, nombre por el cual son conocidas fuera del Cono Sur tanto la planta como la flor del mburucuyá. El nombre español del mburucuyá es, pues, de origen religioso y no tiene ninguna relación con la trágica pasión del romance de la joven blanca y su amante guaraní. En inglés, la flor es conocida como passion flower, y el fruto, como passion fruit.”

 

Yo era todavía un niño cuando Gonzalo Ruales (esposo de mi tía Lucila) dejaba en casa unos canastos tejidos de mimbre, repletos de frutos del Oriente. Allí se daban en forma generosa y silvestre. Destacaban los limones y palmitos y, ante todo, el maracuyá, una fruta que, cuando llevaba a la escuela, despertaba la curiosidad de mis compañeros y aun de mis maestros. Se decía que era originaria del Brasil; se hace inevitable apreciar su parecido con la granadilla (son “primos”): crecen en una vid o enredadera similar, sus flores y frutos se parecen; se distinguen por su tamaño y color. La granadilla es más dulce, aunque sin ese sabor ácido y astringente del maracuyá.

 

El maracuyá es fruto de la passiflora edulis, planta trepadora americana; es una vaya de color amarillo y recibe una variedad de nombres: mburucuyá, pasiflora, chinola o parchita; su nombre procede del tupí brasileño. La granadilla es de color anaranjado, tiene semillas comestibles y una pulpa más dulce; la planta se conoce como passiflora ligularis y a la flor como “la de las cinco llagas”. Ambos son ricos en vitaminas A y C; son antioxidantes que fortalecen el sistema inmune, reducen la inflamación y estimulan la producción de colágeno para la piel; tienen un alto contenido de fibra, lo cual ayuda a regular el sistema tracto digestivo. Este es un tema realmente “apassionante”.


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