09 mayo 2023

Impresiones aeronáuticas

Hay un evidente desarrollo aeronáutico en nuestro país. Existen mejores terminales e incluso nuevos aeropuertos; las aerolíneas están mejor certificadas y cumplen con estándares más exigentes; hay un satisfactorio progreso en las tareas asignadas al control de tránsito aéreo; las aeronaves tienen un apropiado promedio de edad (incluso una de las aerolíneas opera con aviones nuevos); se advierte un gran desarrollo de los servicios automatizados para beneficio de los pasajeros; y se refleja una notable mejoría en el entrenamiento del personal aeronáutico.

 

Esta tendencia se mantiene ya por un cuarto de siglo. El empuje inicial quizá deba atribuirse a la edificación del nuevo terminal en el aeropuerto de Guayaquil. Con la apertura del nuevo aeropuerto de Quito pudiera decirse que este impulso no solo se ha consolidado sino que el nuevo aeródromo ha venido a estimular el desarrollo industrial de ese sector. Muchos profesionales afines a la aviación comercial hemos debido revisar nuestros temores iniciales, y hemos tenido que reconocer que tan pujante desarrollo no hubiera ocurrido sin el manejo administrativo–operativo y sin el desarrollo inicial progresivo que ha tenido el aeropuerto Mariscal Sucre.

 

En estos días he tenido oportunidad de confirmar lo que expreso en los párrafos previos y puedo expresar mi satisfacción por la forma sistemática y ordenada de cómo se llevan las operaciones entre los principales aeropuertos del país. Los vuelos están bien conducidos (técnica y operativamente) y se impone una imagen de profesionalismo en las diferentes aerolíneas nacionales. Advierto un buen manejo del idioma inglés por parte de los tripulantes, con leves errores en los anuncios que se pueden mejorar (ej.: la pronunciación de ‘fasten’, ‘remove’ o ‘confortable’). Aunque subsiste algo hilarante, si no  incorrecto: aquello de pedir el “desarme” de las puertas (?), cuando se intenta confirmar el enganche o activación de los toboganes de evacuación por parte de la tripulación de cabina…

 

Ocurrió algo durante una aproximación que no dejó de llamarme la atención. Muy próximos a aterrizar en Quito, parece que el control solicitó a los pilotos “suspender la aproximación y anticipar la realización de un nuevo circuito”. Posteriormente, el comandante se comunicó con los pasajeros para explicar que haríamos una nueva aproximación. Su mensaje fue: “tuvimos ‘una ida al aire’ y vamos a recibir nuevos ‘vectores’…” No estoy muy seguro de que los pasajeros entendieron aquello de la ida al aire (si ya estábamos en el aire) ni tampoco lo relativo a los vectores, voz relativa a temas diversos y no a rumbos asignados para completar el procedimiento (como los pilotos entendemos).

 

Ese poco técnico “irse al aire” es entendible; puede ser una forma de evitar un horrible modismo que hay en Ecuador: el uso del verbo ‘retacar’… Un día yo mismo escuché un diálogo entre el controlador de Guayaquil y la tripulación de Avianca: “Retaque”, instruyó el controlador; solo para recibir por respuesta “Confirme, ¿qué es retaque?”. “!Que retaque!”, insistió el controlador. “Confirme, ¿hacemos un Go around?”, respondieron los pilotos. En Colombia retacar significa “acosar, insistir, perseguir, hostigar o asediar”… En Ecuador es abortar la aproximación o efectuar un sobrepaso; y en otras partes “hartarse, resistirse a avanzar, echarse atrás o desistir”. Además, retacar –según el DRAE– es “herir dos veces la bola con el taco del billar”, “compactar algo” o “apretar el contenido para que quepa mayor cantidad”…

 

Nunca me gustó ese “retacar”... Siento que no se haya estandarizado el uso de una expresión que signifique lo mismo que “Go around” en inglés. Hay quienes prefieren “hacer un sobrepaso” o “abortar” el aterrizaje. En España dicen “motor y al aire”; en otras partes ejecutar un “enfoque fallido” (?) o simplemente “dar la vuelta”. Quizá lo más adecuado sea un “abandone su aproximación o aterrizaje”; pero no contiene la fuerza lacónica e imperativa de la expresión inglesa. Además, abortar tiene una connotación ginecológica y “realizar una aproximación frustrada” contiene un equivoco, pues no es lo mismo hacer un “Go around” (GA) que efectuar un “Missed approach” (MA)…

 

“Go around” es una maniobra que cumple la certificación del avión y consiste en la “interrupción súbita del descenso con cambios de actitud, potencia y configuración”; se aplica a las aproximaciones visuales. El “missed approach”, es parte de un procedimiento, el último segmento de una aproximación instrumental. En otras palabras, se puede hacer un GA sin necesidad de efectuar un MA; o un MA sin necesidad de hacer un GA. En cualquier caso, hacer un sobrepaso –por mala coordinación del ATC– es muy costoso para la operación. Decía un lema en mi academia de vuelo: “No existe mejor maniobra de seguridad que un “Go around” bien ejecutado”. En efecto, no se viene a aterrizar y se regresa arriba solo si algo va mal; se viene preparado para abortar y solo se aterriza si todo va bien”.


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05 mayo 2023

Inteligencia Artificial y ChatGPT

Estábamos tomando un café en Jürgen cuando lo mencionó; era la primera vez que escuchaba la palabra, el tal ChatGPT, una aplicación basada en “inteligencia artificial”, un programa cibernético capaz de crear documentos, elaborar ensayos, cartas de excusa, declaraciones de amor y un largo etcétera; todo es cuestión de darle a un invisible personaje los elementos necesarios cuál si fuera un mágico escribano o un genial cagatintas.

 

“Puede escribir ‘virtualmente’ todo”, me dijo mi hermano Luis, asegurándose de que captaba el doble sentido de aquel 'virtualmente'. Al instante paré mis antenas; me había dado cuenta de que algo de inauténtico había en todo aquello: plagiar no es solo apropiarse de algo ajeno, ideado o hecho por otros; es también reclamar como propio algo que uno no ha hecho. La palabra plagio en un principio expresó asuntos distintos a los que hoy significa. El DLE menciona que plagio viene “del latín tardío plagium, la 'acción de robar esclavos', o 'comprar o vender como esclavos a personas libres', y este del griego πλάγιος plágios, que quiere decir oblicuo, trapacero, engañoso”.

 

Reflexiono en lo irresponsable que podría ser dejar en manos de una simple aplicación lo que uno quisiera relatar, comentar o referir. De pronto me pareció que con todo esto de la  Inteligencia Artificial (IA) o del Transformador Generativo Pre-entrenado (GPT, por sus siglas en inglés) nos estaríamos exponiendo a escritos basados en información sin firma de responsabilidad o exentos de creación propia y de autenticidad; o expuestos a trabajos que no fueran propiedad intelectual de quienes pudieran reclamar el haberlos efectuado.

 

Dice el internet respecto a ChatGPT, que “como estudiante vas a poder pedirle una redacción de 1000 palabras sobre un tema concreto, y la IA te la generará antes de que hayas tenido tiempo de abrir Google para buscar el primer concepto. Sin embargo, como modelo, es posible que cometa errores, por lo que lo que escribe tampoco hay que tomárselo como exacto”... En suma, una invitación a la molicie y a la irresponsabilidad, diría yo. Un acta de defunción para la actividad creadora, un método disuasorio para la verdadera iniciativa.

 

Dos días después de mi charla, me enteré por AeroTime de un vuelo entre San Juan y Tampa, en un Boeing 737, en el que los dos pilotos se habrían incapacitado y un pasajero habría tomado el mando y aterrizado “normalmente” el avión gracias a la aplicación: “John Williams, de 45 años, que viajaba con su familia entró en la cabina y tomó el control del avión, que volaba al garete, con la ayuda de ChatGPT en su teléfono”. “Saqué la aplicación y grité: 'dime cómo volar un avión'”, ha comentado Williams en el informe. “La aplicación comenzó a explicar qué perilla girar y qué palanca tirar y demás. ¡Y ahí me tienes, empecé a pilotear el maldito avión!”, relata la conocida publicación.

 

Aquí lo realmente triste es el desdén, si no el desprecio, que la gente ignorante en estos temas cree tener del profesionalismo en la aviación. Lo que sigue es el criterio de un pasajero que expresa ese convencimiento: “¿Cómo diablos todavía permiten que los humanos vuelen los aviones? Es peligroso e irresponsable. ¡Pongan a la IA a cargo de volar AHORA!”… Debe haberlo dicho en broma; de otro modo, no cabe duda que la ignorancia es de veras atrevida.

 

La verdad es que es casi imposible, incluso para un piloto experimentado, y bien entrenado, tomar el control de un avión con el que no se encuentra familiarizado si, además, no conoce sus sistemas y procedimientos. Para volar un avión con confianza y total seguridad los pilotos necesitamos efectuar, cada vez, un nuevo y riguroso entrenamiento que no dura menos de cuatro semanas. No solo cuenta su conocimiento y operación; existe una serie de procedimientos y protocolos con los que el aviador debe estar familiarizado. Asuntos tan esenciales como calcular la velocidad necesaria para poder aterrizar el avión con seguridad, y evitar que este caiga en pérdida de sustentación; no es algo que se pueda calcular a ojo de buen cubero y luego esperar ingenuamente a que todo salga bien…

 

La aviación ni siquiera ha superado el dilema de la redundancia en las aeronaves comerciales, la apuesta a poner un solo piloto controlando la operación de la aeronave. Si esto alguna vez llega a aprobarse, su consecuencia pudiera resultar en un episodio catastrófico, representaría la absurda posibilidad de que se presente un accidente masivo, tan solo por el deseo avaricioso de las aerolíneas de “no gastar de gana unos pocos dólares más” al mantener un piloto adicional. Me parecería estúpido planificar la aviación futura con criterio tan insulso; y más estúpido todavía que haya gente que quiera preferir esa terrible posibilidad. ¡Sería incomprensible, a más de suicida y criminal!


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02 mayo 2023

Una filosofía del deporte

Él es enorme, mide dos metros y trece centímetros (2,13 mts); pero también –por sus logros y por cómo gravita su presencia en el funcionamiento de su equipo– es un enorme deportista. Giannis, que es griego y así se llama, lleva un apellido impronunciable y tan largo que hace que, quienes fabrican sus camisetas deportivas y deben insertar ese apellido en ellas, se vean obligados a englobarlo en una curiosa medialuna para que se lo lea completo. Su equipo, impulsado por sus raras habilidades (gran versatilidad y portentosa eficacia bajo el tablero) ya fue en el 2019 campeón de la NBA, la Asociación Nacional de Básquet de los Estados Unidos. Sus padres son oriundos de Nigeria, son griegos naturalizados. Llevan Antetokounmpo por apellido.

 

Juega para los Milwaukee Bucks y desempeña las posiciones de pívot y alero. Este año los Bucks tuvieron también un destacado desempeño en la temporada regular, se clasificaron como primeros de grupo en la serie que les tocó competir. De acuerdo con el sistema acostumbrado, debían entrar a un sistema piramidal de desempate final (“playoffs”) y empezar jugando con el equipo posicionado como octavo (el último clasificado) que, en esta ocasión, era el de los Miami Heat. Lejos de todas las expectativas y en contra de todo lógico vaticinio o pronóstico, los Bucks de Antetokounmpo sufrieron una dramática y prematura eliminación en la serie de –mejor de siete– partidos que debían enfrentar. Sin duda un resultado inesperado y, para ellos, catastrófico.

 

Ya en la inevitable rueda de prensa posterior al último partido, Giannis, verdadero emblema de su equipo, fue acosado por la prensa deportiva. ¿Cómo era posible que tal desastre hubiese sucedido? Era imperdonable, los Bucks eran los favoritos, y habían desperdiciado, en forma incomprensible, su ventaja en los dos últimos partidos; se suponía que estaban en la “obligación” de continuar y subir… Así, acicalado con un jumper anaranjado que hacía juego con un fondo azul-celeste de la pared a sus espaldas, el griego se enfrentó a la inquina virulenta de la prensa, esa a menudo morbosa e invasiva inquisición. “Después de haber realizado una temporada tan auspiciosa, ¿consideras esta eliminación como un fracaso?”, un invisible reportero, insistente, le preguntó.

 

Visiblemente fastidiado, Antetokounmpo se tomó la cabeza y, mientras todos esperaban su respuesta ante tan incómoda pregunta, prefirió primero contar hasta diez (tal vez hasta veinte). “¿Por qué me haces esa pregunta?”, el griego le espetó. “El año pasado ya me hiciste la misma pregunta y creo que es una pregunta equivocada”. “Dime: ¿a ti te aumentan de sueldo todos los años? Y si no lo consigues ¿eso es un “fracaso”? ¿No cuenta todo lo demás que hiciste o conseguiste? ¿Dónde quedó la casa que compraste para tu familia, la educación que pagaste para tus hijos, las vacaciones que disfrutaron juntos? ¿Fue todo aquello “un fracaso” solo porque no te subieron el sueldo también ese año?”, creí entender… “Michael Jordan jugó quince años –dijo– y ganó sus campeonatos “solo” en seis años, ¿los demás años no cuentan, fueron “un fracaso”?. “Creo que haces la pregunta equivocada”, repitió.

 

Pasando por alto el evidente malestar del basquetbolista por tan frustrante como desilusonante derrota, me pareció que no solo replicó con una respuesta desacostumbrada, sino que desnudó una realidad de lo que año tras año sucede con las “hinchadas”, con el fervor que con sus equipos van alimentando los aficionados al deporte, que piensan que siempre están en “la obligación ineludible de ganar”. Parece que nunca cuentan con que hay treinta equipos que pierden y que solo hay –que solo puede haber– un ganador, que solo hay un “único” triunfador.

 

No es que Antetokounmpo piense que como ya ganó una vez el campeonato, ya no está obligado a hacer nuevos esfuerzos para volverlo a conseguir. No, lo que dijo, o quiso decir, fue que así mismo es el deporte, que en él –al igual que como pasa en la vida– a veces se gana y a veces se pierde, que uno debe estar preparado para ambas cosas: para perder y para triunfar. Que las derrotas hay que saber tomarlas como un peldaño, como un escabel, para volver con más ímpetu, con más ganas y con más experiencia el año siguiente. Que las debacles frustran y desilusionan, que las pérdidas duelen, pero que nunca deben ser consideradas como un desastre ni un fracaso. Uno no debería contar con que siempre va a ganar; sería una absurda pretensión… Debería estar preparado para a veces no ganar.

 

Giannis parece un tipo modesto; tan solo tiene 28 años. Pertenece a una familia de cinco hermanos varones: cuatro de ellos son basquetbolistas y, de estos cuatro, tres juegan en diferentes equipos de Estados Unidos. Ahí creen que quienes ganan han ganado la “serie mundial" y que son “the World champions”, los “campeones del Mundo”…


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30 abril 2023

La movilidad de la Pascua

La Pascua es una celebración inestable, pendular, trashumante; no sin razón es una fiesta “móvil”; a veces ocurre la última semana de marzo y otras a fines de abril. Todo porque su fórmula de cálculo sigue la tradición hebrea. Pascua (passover en inglés) viene de la palabra hebrea pésaj que quiere decir éxodo o salida; con la Pascua los judíos celebran la salida de Egipto, como la describe justamente el Éxodo, el segundo de los libros de la Biblia. Según su texto, los judíos habrían permanecido alrededor de 400 años en cautiverio (hay quienes dicen que estuvieron 430 en tierra ajena). Para los católicos, en cambio, la Pascua es algo diferente, con ella se celebra la resurrección de Jesucristo que había sido inmolado en la cruz.

 

Existe mucha controversia en cuanto a la duración de la supuesta permanencia de los judíos en Egipto. No se debe olvidar que, aunque la Biblia es un libro que supuestamente ha sido escrito por inspiración divina, no se trata de un documento histórico. Es en gran medida un documento legendario, adornado por metáforas y parábolas. Esos 400 años pueden no necesariamente referirse a años de cautiverio sino al tiempo que eventualmente los judíos estuvieron fuera de su tierra, hasta que ellos volvieron a Canaán luego de haber celebrado la “alianza” con Dios y de haber recibido por medio de Moisés las tablas con los Diez Mandamientos.

 

Quienes escribieron esos textos, pudieron haber estado influenciados por la tendencia a utilizar unos guarismos que desde siempre les parecieron algo mágicos; me refiero a números como el 40 o el 400. Se habla de que el supuesto cautiverio duró 400 años y el viaje de regreso a la “tierra prometida” otros 40. Moisés habría subido al monte Sinaí por cuarenta días para orar y recibir los mandamientos. Pudiera haber existido también un período de tiempo que se tradujo arbitrariamente con la voz año; si se revisa el Génesis, resulta poco fiable aceptar que hubo patriarcas que vivieron hasta la increíble edad de 969 años. Por mi parte, estoy persuadido de que lo que se ha traducido como “años” se refiere más bien a una forma distinta de calcular el tiempo; hoy aquello nos parece un acertijo…

 

La Pascua es móvil porque para su cálculo se utiliza el calendario lunar (los meses selenitas duran 29 días y medio), a pesar de que su otra referencia, el equinoccio de primavera en el hemisferio norte, tiene una fecha bastante estable (entre el 20 y 21 de marzo, y solo ocasionalmente un día antes o después). Equinoccio quiere decir “igual noche”; es el único día del semestre en que la duración de la claridad del día es exactamente igual a la de la noche (asunto distinto son los solsticios que marcan el día con más o menos horas de claridad en el año). Hasta ahí no hay problema; todo se desarregla cuando se sigue la norma impuesta por el I Concilio de Nicea (año 325) para establecer el día final de la Pascua, que debe ocurrir “el primer domingo luego de la primera luna llena después del equinoccio de marzo”.

 

La dificultad se presenta porque esa luna llena puede ocurrir tan pronto como el 20 de marzo (si el equinoccio sucede el 19) o tan tarde como el 21 de abril (si el equinoccio cae en el 22 de marzo). Si a esto sumamos que luego de calcular los 29 días esa fecha cae en cualquier día de la semana de lunes a sábado, la Pascua puede alterarse hasta en seis días adicionales a lo previsto, ocurriendo en ocasiones casi tan tarde como un día alrededor del 25 de abril.

 

Esta movilidad parecería no ser importante; de hecho hay personas y sociedades enteras que no se inmutan por la influencia de la variación en la fecha de ocurrencia de la Pascua. Así y todo, mucha gente expresa su preocupación porque esta festividad ocurra en un período de tiempo más estable (o con un domingo de Pascua que ocurra entre el 8 y 15 de abril, por ejemplo). El actual papa Francisco, ha sugerido un cambio en ese sentido (para hacer coincidir la Pascua con la segunda semana de abril); esto apuntaría a actuar con un sentido más regular y práctico. El cálculo respectivo sería más predecible si se acordaría que el domingo de Pascua de Resurrección fuera “el primer domingo después del 10 de abril”, por ejemplo. Algo como lo ya establecido para el Día del Trabajo o para el Día de la Madre…

 

Por el momento, la celebración variable de la Pascua afecta la programación del año civil y especialmente a los períodos de docencia. El conseguir que la Pascua Florida ocurra durante una cláusula más reducida de tiempo (un lapso de no más de diez días) ayudaría a regular en forma más equitativa las vacaciones escolares y permitiría reconocer la festividad en forma similar a como lo hacemos con la celebración navideña. Pudiera ser difícil cambiar una vieja costumbre, pero va siendo hora de sacar a la Luna de tan compleja ecuación.


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28 abril 2023

Unas vacaciones en Salinas

Estuve en Salinas, fueron realmente dos veces en un lapso de quince días. Había vuelto tal vez luego de cuarenta años; fui testigo del importante desarrollo que ha alcanzado ese atractivo rincón de la patria. Ya no es solo un balneario predilecto para un amplio sector de conciudadanos; todo aquel conjunto poblacional –incluyo Santa Elena y Libertad– es ahora una urbe bullente y emprendedora, cuyos residentes han sabido cuidarla y embellecerla; son los orgullosos protagonista de una transformación alegre y positiva. Salinas no solo es una ribera donde se han construido unas pocas decenas de rascacielos; es ya toda una ciudad.

 

Es muy vago mi recuerdo de la primera vez que mis padres “me llevaron a conocer el mar” –la frase es de García Márquez– pero estoy seguro que aquello no sucedió en Salinas. Ocurrió en un lugar de la costa con un espejo de playa inconmensurable, no solo hacia oriente y occidente sino amplificado por la circunstancia de que ese preciso momento debió haberse producido la marea baja. El sitio es conocido como General Villamil pero le dicen Playas, un nombre prosaico pero difícil de olvidar… Tengo la indeleble memoria de esa agradable sensación que produce el agua cálida del mar humedeciendo nuestros pies cuando chapoteamos en la arena mojada; imposible no recordar los nerviosos escarceos de las jaibas corriendo a ocultarse en sus madrigueras subterráneas.

 

Fue, pasados unos pocos años más, que volando para TAO y como flamante capitán del Twin Otter, que se programó un viaje con ejecutivos de Anglo hacia Salinas con la finalidad de que efectuaran ciertas actividades administrativas en la refinería de Ancón. Si bien estaba previsto aterrizar en Salinas, se supo a última hora que la DGAC había concedido un permiso temporal para aterrizar en una pista improvisada ubicada entonces en un recinto conocido como Prosperidad. Era esa, en la práctica, nada más que una cinta de terreno distinguida con balizas en medio de una superficie desbrozada pero desigual. Allá fuimos, de viernes a domingo. Aterrizamos sin inconvenientes en Prosperidad pero el hospedaje se había programado en el recordado hotel Miramar de Salinas.

 

Hoy no recuerdo al hotel por sus servicios, ni siquiera por la playa contigua; sin embargo, sucedió algo que no puedo olvidar. Animaba el bar en noches de fin de semana un muchacho algo menos joven que el suscrito, él ya había hecho famosa La nave del Olvido y había sido el virtual ganador del Festival Internacional de la Canción Latina (que se llamaría más tarde de la OTI) con una versión de El triste, la inolvidable canción de Roberto Cantoral. El joven se llamaba José Sosa, me llevaba con unos tres años, imitaba a Sinatra y parecía enamorado de la aviación; hicimos buenas migas. Mi sentido de la delicadeza impidió que me tomara la libertad de llevarlo a “dar una vuelta”. Entonces, yo también vivía “un poco enamorado”; de todo mismo y hasta de la música. A él lo conocían como José José…

 

Mi primera estancia prolongada en Salinas se daría pocos años más tarde. Estaba “recién casado” (o quizá no había dejado todavía de sentirme novio); nos habían cedido un departamento en el noveno piso del edificio Tiburón, entonces el más prominente de la playa de Chipipe. Ahí vivimos un episodio inesperado y realmente irresponsable; habíamos cerrado la puerta cuando bajamos a la playa, solo para descubrir con horror que la llave había quedado adentro… Un humilde trabajador se ofreció a cruzarse al balcón desde una tarraza vecina y acceder a la propiedad introduciéndose por la ventana de un baño situado a unos treinta metros sobre la calzada. Verdaderamente fue un acto suicida… todo quizá por una insignificante propina, hoy nunca recordada por su prodigalidad...

 

Pocos años más tarde debí encargarme de un acontecimiento inédito para la organización gremial de los pilotos nacionales: la realización del VI Congreso de OIP, la Organización Iberoamericana de Pilotos. Recién se había constituido la FEDTA, entidad que aglutinaba a ADTEA de Quito y ADACE de Guayaquil. Como parte del programa, y como aportación de ADACE, se había incluido en la agenda un paseo a Salinas con los delegados presentes; TAME auspició el transporte aéreo y los anfitriones programaron un día de pesca en alta mar seguido por un almuerzo –que se habría de convertir en bailable– en el “Yatch Club”. La pesca tuvo un relativo éxito aunque casi todos los pescadores terminaron mareados. Fue cuando las olas de “Mar Bravo” se vengaron por nuestros pasajeros…

 

Ahí, en Salinas –mientras disfrutaba de la playa– alguien me consultó la razón para que exista tanta variedad en las fechas que se celebra la Semana Santa. “Tiene que ver con un cálculo que involucra la primera luna llena luego del equinoccio de primavera”, le dije. Pero para hablar de ello, de su historia y tradiciones –y, además, de las posibles “alternativas”– advierto que va a ser necesaria una nueva entrada. Dejémoslo pues para el próximo artículo.


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25 abril 2023

Nuevos escarceos

Este blog es ya adolescente. Lo testimonia el registro de su propio margen, ya tiene trece años (en inglés la voz “teen ager” se usa para quienes tienen entre trece y diecinueve años, edades que se definen con el sufijo “teen”: thirteen, fourteen, etc..). La idea de crearlo la tuvo mi hijo Bernardo; él me habló por primera vez de esa suerte de periódico personal que es un blog. No me gusta llamarlo “muro”, quizá por aquello de que “la muralla es el papel de la canalla”... Por Bernardo fue que descubrí  que se podía compartir lo que se escribe, que había como guardarlo en “la nube” y, así, gracias a que existe una formidable iniciativa llamada blogspot, nació este humilde blog.

 

Hay algo fascinante que la aplicación tiene y consiste en una herramienta de búsqueda. Uno quiere revisar algo que antes había escrito, o consultar un término determinado, y no hace sino escribir ese vocablo en una ventana que funciona como un ágil e inteligente navegador. Así, y con solo seleccionar “Navegar Itinerario Náutico”, aparecen las entradas relacionadas con lo que se consultó. Es lo que he efectuado para averiguar si antes ya había usado el término “escarceo” (o escarceos) para poner título a esta entrada. Son escarceos los movimientos que tiene el mar, o los ensayos o tentativas que emprendemos con nuestros empeños, los movimientos laterales que hacen algunos animales o también los desplazamientos en vaivén que hacemos cuando exploramos o buscamos algo.

 

Escribir requiere de una serie paciente de análisis, consultas e investigaciones; esa búsqueda tiene un carácter zigzagueante, un ir de aquí para allá. Nos recuerda esa huella que van dejando ciertos ríos que muchas veces terminan por alterar su curso original y que llamamos meandros. Con esa perspectiva, el blog termina siendo un entreverado escarceo, gestión prometeica e indispensable para estar siempre atentos a nuevas inquietudes, para satisfacer viejas referencias y efectuar inéditas constataciones. No sería raro que, al hacerlo, comprobemos que hayamos mudado de puntos de vista o que ya no seamos tan rígidos frente a ciertas posturas, creencias u opiniones.

 

Vivir, viajar y leer se erigen de ese modo en estímulo para nuevos y renovados escarceos. Así, mi reciente relectura de Conversación en la Catedral me ha llevado a consultar el significado de un par de voces que Vargas Llosa utiliza. He escogido los términos disforzado y resondrar, que me han llevado a echar mano de diversos recursos. He dispuesto de una asistente ad honorem, una cuñada peruana que me distingue como su “cuñado piloto ecuatoriano favorito”… He consultado también otros instrumentos: varios diccionarios de voces usadas en el Perú, además del Diccionario de Americanismos elaborado por ASALE, la Asociación de Academias de la Lengua.

 

DiPerú define disfuerzo como “comportamiento exagerado o poco natural con el que se trata de llamar la atención” y disforzado como alguien “que se comporta de manera poco natural ante los demás”. Disforzarse equivaldría también a “comportarse de manera exagerada o poco natural para hacerse notar” o, como diría otro documento, “actuar con afectación o falta de naturalidad” (no hay definición para “disforzar” como verbo). Para el Diccionario de Peruanismos de Juan Álvarez Vita, disforzarse es “extremarse o excederse en manifestaciones o sentimientos exagerados” o “responder con ligereza a proposiciones serias”; disfuerzo, mientras tanto, es definido como “dengue, melindre, falta de compostura o remilgo”. La voz castiza correspondiente sería “afectación” definida por el DLE como aquella “extravagancia presuntuosa en la manera de ser, hablar, actuar o escribir”.

 

Para el caso de resondrar, señala DiPerú que consiste en “reprender o llamar la atención”; y explica que antiguamente significaba “injuriar, colmar de improperios a una persona”. Añade que resondro quiere decir “reprimenda, llamada firme de atención por alguna causa”. Comenta Álvarez Vita en su Diccionario que antes ya había definido el término con el sentido de: “reprender, reñir o regañar”; y hace idéntica advertencia: que alguna vez el vocablo significó “injuriar o colmar de improperios”. Intuyo, por lo mismo, que el vocablo equivale a reconvenir o reprochar. Conjeturo, además, que eso de resondrar bien pudiera ser una tergiversación o distorsión de ‘deshonrar’ que, según lo define el DLE, significa justamente “injuriar, escarnecer o despreciar”, e incluso “violar a una mujer”. Se toma nota que –como se insinúa más arriba– el verbo ya está incorporado en el DRAE.

 

Colijo, para concluir, que disforzar sería exagerar o actuar con falta de compostura; en cuanto a resondrar me contento con interpretarlo como una forma de reproche. Ah, mis escarceos... digo yo. Ellos no solo que implican “vaivén, movimiento ondulante o divagación”; también significarían “flirteo, coqueteo galante, devaneo y hasta aventura...” ¡Y todo... según lo ilustrado por el mismísimo DLE, el Diccionario de la Lengua Española!


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