10 octubre 2023

La saga del señor Rubiales

Gran alboroto, así como enorme e innecesaria controversia ha suscitado en las últimas semanas el desaprensivo comportamiento de un señor Rubiales que, según entiendo, fungía de presidente de la Federación Española de Futbol. Al principio no le puse atención al asunto, hasta que de pronto tomó visos de cursi telenovela, lo que los peninsulares llaman con el sustantivo de “culebrón”. Todo se inició luego de la conquista –por parte de España– del campeonato mundial femenino de futbol, disputado en Australia, cuando, en plena ceremonia de premiación y en muestra de evidente incontinencia, el dirigente deportivo tomó la cabeza de una de las más importantes jugadoras españolas y le propinó un beso en la boca.

Hasta ahí, y si yo hubiese sido un simple espectador en la celebración del mencionado acto, me hubiese parecido que el dirigente de marras y la generosamente tatuada jugadora hacían ya una pareja, o habían, por lo menos, coincidido previamente en sus mutuos atractivos. Lo que vi, y luego se repitió en los videos, fue que a la fémina el “impromtu” de Rubiales no pareció disgustarle, sino que tal vez le produjo una relativa sorpresa. Es más, otros videos, que fueran grabados más tarde en los camerinos, claramente mostraban que el resto de jugadoras coronadas tomaban el ósculo como una preferencia de “el jefe” hacia una de sus jugadoras y empezaron a incordiar a la recipiente con el indulgente estribillo de “que se casen, que se casen”…

 

Hasta ahí, repito, me habría parecido que se trataba de un asunto consensuado; en apariencia los actores o mantenían ya una relación afectiva o se habían “soltado los perros”. Hasta ese instante, desconocía si ambos estaban solteros o si mantenían independientemente relaciones de otro carácter, si estaban o no casados. Sucede que poco más tarde no tardaron en hacerse virales otras muestras de comportamiento que proyectaban a Rubiales como un impresentable. En las tomas se veía al directivo, exaltado por la consecución del campeonato, agarrarse los testículos y saludar desde el palco con el entrenador del equipo, en evidente gesto de satisfacción porque las jugadoras habrían tenido los redaños (léase los huevos) para conquistar el campeonato. No solo eso, el tipo se permitía poner la mano sobre el hombro nada menos que de la reina consorte del mismísimo Rey de España, don Felipe VII.

 

Gestos y actitudes como las anteriores me parecen suficientes, si no para descalificarlo, por lo menos para coincidir con que el dirigente en cuestión no parecía preparado para representar con dignidad a una importante institución deportiva; sus acciones eran las de un zafio, las de un gañán que no había entendido la dignidad y responsabilidad de su puesto.

 

Mas, sucede que lo que tenía que pasar pasó (realmente todo ocurrió de manera estúpida). Lejos de que Rubiales se disculpara y reconociese que se había solemnemente equivocado, este trató de justificar sus groseras indiscreciones y argumentó que el beso había sido aprobado y consensuado. A la par, y quién sabe si simultáneamente, los grupos feministas empezaron a presionar a la jugadora para que presente una querella “por acoso sexual” en contra de Rubiales, toda vez que en España rige una ley que establece que las intenciones no cuentan y que si no existe acuerdo previo en positivo (“solo decir sí es sí”) la traviesa iniciativa es considerada de oficio como contravención o delito. A partir de entonces todo se fue saliendo de madre. No me cabe duda, todo mismo, y desde el principio, fue sucediendo de una manera estúpida.

 

Al final, han sido otras instituciones y autoridades oficiales las que, aunque tardíamente, han terminado dando su rezagado punto de vista a efecto de provocar la dimisión del dirigente. A mi parecer el tema fue manejado políticamente para fortalecer no la defensa eventual de la jugadora, sino para aupar las posturas radicales que muchas veces postula el mal llamado feminismo. Coincido con que este es un asunto de respeto a unos derechos y a unos valores, pero muchos hemos quedado con el mal sabor en la boca de que la jugadora fue presionada y utilizada para que declarara en contra del dirigente.

 

Mientras tanto, Rubiales ha pagado sus estúpidas indiscreciones no solo con su importante y bien remunerado cargo, se ha expuesto a las burlas, a las críticas y al escarnio público; no se le ha dado oportunidad para defenderse debidamente (la única que tuvo la desperdició en forma arrogante). Ha sido objeto del más contumaz linchamiento mediático; y ha dado margen para una caza de brujas digna de la más implacable inquisición en pleno medioevo.


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06 octubre 2023

Antropomorfismos

Yo era entonces muy niño, no tenía más de cinco años y creo que disfrutaba mucho de aquellos paseos en familia. Vivíamos a la sazón en la calle Juan Larrea, en el sector del parque de La Alameda (realmente entre dicho parque y el Colegio Mejía), a pocos pasos de un cine del mismo arbóreo nombre y de una panadería cuyo olor a bollos y hogazas frescas inundaba con su inolvidable olor todo ese sector que fui conociendo como “mi barrio”. La nuestra era una casa gemela, había sido construida con un diseño idéntico a la que se nos avecinaba por el lado norte en la cuadra. Allí viví cuando comencé la escuela, durante las dos veces que me tocó asistir, aunque en años distintos y en diferentes colegios, a primer grado (la primera vez en forma incompleta).

Los paseos más frecuentes en familia los hacíamos al Valle de los Chillos, calculo que esos viajes los efectuábamos en forma mensual. Papá disponía entonces de una camioneta Ford del año 51; esta era de color verde oscuro; su cajón era descubierto (medía quizá dos metros de largo por uno cincuenta de ancho); los guardafangos traseros estaban sobrepuestos, es decir no restaban espacio al cajón; y las capotas del motor –en forma de alas de mariposa– se destapaban lateralmente para facilitar las revisiones de la máquina. Ya éramos ocho hijos en aquel tiempo; no obstante, ese cajón posterior daba cabida suficiente para que la familia viajara completa. Era el mismo vehículo que, un par de años atrás, había sido tomado sin permiso por el primero de mis hermanos en acción tan temeraria como desobediente…

 

Pero, no íbamos a los balnearios; disfrutábamos del paseo, de la condición del campo y de la bondad del clima; almorzábamos en algún restorán y procurábamos volver temprano para evitar no solo el tránsito de regreso sino probablemente la acción sorpresiva de aquellos aguaceros que se desatan en la serranía. Mi memoria no recoge, como recuerdo, ninguno de esos intempestivos chaparrones mientras viajábamos. No puedo olvidar la traviesa referencia de mis hermanos mayores al curioso antropomorfismo del rostro del Mariscal de Ayacucho en uno de los múltiples montes y volcanes que circundaban el valle. Confieso que más de una vez hice esfuerzos por identificar la imagen, mas nunca logré resolver el postergado acertijo.

 

Esos extraños antropomorfismos son más bien frecuentes en la naturaleza; quizá los más comunes sean los que encontramos en las nubes, con su característico desvanecimiento. Pero es también en los árboles y en el perfil de las montañas donde en ocasiones se pueden reflejar cierta extrañas imágenes. Son especialmente figuras que dan la impresión de conformar una silueta humana. En los últimos años, gracias a que resido en el Valle de los Chillos, he procurado poner mayor atención y he logrado finalmente identificar, no solo una sino tres figuras, que puede exhibir el macizo del Pichincha en un día claro y despejado.

 

Hoy sé que la figura a la que hacían referencia mis hermanos –la que llamaban “la cara de Sucre”– estaba constituida por la cumbre norte, que corresponde al volcán Ruco Pichincha. Para interpretar el rostro correctamente es preciso mirar la montaña desde el sur-oriente y reconocer, en la cresta de la derecha, el perfil del rostro con la frente en el lado norte. Hay que recordar que las tres cumbres del Pichincha se alinean de suroccidente a nororiente; vista así la cumbre, la frente queda como más baja que la quijada y hasta pudiera decirse que la cabeza aparenta estar como separada del cuerpo, tal cual si este hubiese sido degollado.

 

Pero hay también una segunda imagen que provoca similar impresión: en este caso se trata de la cumbre central, la del Padre Encantado; en ella una pequeña figura parece reflejar no solo un rostro sino un cuerpo completo. Aquí, de nuevo, la figura tiene similar alineación: la cabeza estaría en el lado norte y las extremidades inferiores en el lado sur. Pero hay todavía una posibilidad adicional: la figura esta vez está alineada con el mismo eje pero orientada con sentido opuesto. Esta imagen produce la impresión de conformar la parte superior de una cabeza incompleta, cuya frente, ojos y nariz parecen delineadas por los deslaves de los taludes y por el perfil de la cumbre suroccidental, la del Guagua Pichincha.

 

Antonio José de Sucre, Mariscal de Ayacucho, fue asesinado en las selvas de Berruecos, en el sur de Colombia. El magnicidio obedeció a una artera conspiración política. La Historia ha recogido diferentes versiones. Sucre murió en circunstancias en que, debido a la precaria salud del Libertador Simón Bolívar, se preparaba para asumir el mando y continuar con su legado.


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03 octubre 2023

Significados y significantes

Estuve meditando estos días en que así como hay palabras que tienen distintos significados, también hay significados para los que podemos utilizar varios términos; vale decir que, así como hay significantes con diversos sentidos, existen también significados que podemos expresar con distintos significantes. Pero advierto: existe un riesgo, y es que podemos irnos acostumbrando a utilizar voces que, aunque parecen similares, tienen sentidos distintos. Piénsese en vocablos como cultura y civilización, por ejemplo; si no, en inteligencia y sabiduría. O también género y sexo; nostalgia y melancolía o coincidencia y casualidad…

Para lo que nos ocupa, ‘cultura’ es definida por el DLE como el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, de un grupo social, etc.”; mientras que define ‘civilización’ como: 1. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, etc.; o 2. f. Estadio de progreso material, social, cultural y político propio de las sociedades…”. Interpreto pues cultura, como los asuntos que caracterizan las costumbres de un pueblo, sus tradiciones y hasta aquello que implica lo ancestral. Pero concibo civilización como un proceso, el grado de desarrollo que va alcanzando una sociedad como consecuencia de su organización, aplicación de inventos, tecnología, etc.

 

En lo personal, interpreto la cultura como una manera de mirar la vida, las ideas y creencias, una suerte de actitud. Creo, por ejemplo, que es cultura la forma como interpretamos el valor del tiempo, mientras que civilización es aquello que las personas o los pueblos aprenden a hacer con él. Fue un pensador e historiador alemán, Oswald Spengler (1880-1936), quien planteó en su más importante obra, La decadencia de Occidente, que las organizaciones humanas alcanzan un proceso de apogeo y plenitud que es seguido en forma ineluctable por un lamentable proceso de decrepitud y deterioro. Es más, si no lo he malinterpretado, la cultura sería un proceso positivo, ascendente, mientras que la civilización uno negativo, de periclitada senectud.

 

Es probable que lo que aporte al indiscriminado uso de las dos locuciones sea nuestra propia herencia, tanto de la cultura como de la civilización Occidental; es decir, la impronta greco-latina. Fuere lo que fuese –y no me motiva ningún ánimo didáctico– es que cuando utilicemos los términos que estamos comentando, estemos seguros del concepto que deseemos usar. Algo parecido sucede con palabras como “inteligencia y sabiduría”: la primera consiste en tener la capacidad para meditar y deducir, esa forma de buen juicio, la segunda en saberla utilizar. Esto, sumado a tener un amplio conocimiento de asuntos importantes para asegurar el bienestar en la vida; y no solo ello, sino además una especial sensación de plenitud y paz interior, de satisfecha tranquilidad.

 

Hace poco llegó a mi atención un concepto en el que no había meditado: decía un escritor entrevistado que, a su juicio, los hombres no eran ni más ni menos inteligentes que las mujeres, pero que encontraba que a las mujeres les caracterizaba una mayor cuota de sabiduría… No puedo sino coincidir con esa reflexión: tienen ellas una escondida intuición, una manera de anticipar las consecuencias, una sutileza para poner por delante lo importante, antes que lo que parece urgente, de incluir en sus decisiones lo comunitario y lo familiar. Es la suya una forma más práctica de reflexión, una forma más fructífera y sabia de raciocinio.

 

Y, ya que hablamos de sexo, es también oportuno referirnos a otro uso bastante arbitrario: “sexo vs. género”. Es ya paradigmática la postura del escritor español Arturo Pérez-Reverte, él mismo un académico de la Lengua, quien es muy asertivo en cuanto a que género es solo un término gramatical, “las personas tienen sexo –dice–, no tienen género, las que lo tienen son las palabras”; sin embargo, la literatura social está invadida por este errático despropósito.

 

Otras voces que producen confusión son “coincidencia y casualidad”; tal parece que pudieran significar lo mismo pero no es así. En la última no interviene la voluntad, las cosas suceden en forma simultánea o “coinciden” no porque se esperaba o porque estaba previsto, sino por efecto de la fortuna. En inglés se usa con frecuencia la palabra “serendipity” (serendipia en español) para expresar el hallazgo de algo feliz cuando buscábamos algo distinto. Dicen por ahí que esa es la palabra más difícil de traducir que existe; habría sido utilizada por un escritor y aristócrata inglés del siglo XVIII, Horace Walpole. Él se habría basado en un cuento persa, aunque la voz existía ya en el sánscrito antiguo. Serendip habría sido el nombre de Sri Lanka, mucho antes que se llamara Ceylán.


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29 septiembre 2023

Deus ex machina

Recién había iniciado mi lectura de Los hermanos Karamázov, cuando por casualidad tropecé con un artículo que hacía referencia al humanismo de Dostoyevsky. La nota se relacionaba con la confrontación entre Rusia y Ucrania; su autora, de origen balcánico, expresaba su extrañeza por la persistencia en un conflicto entre dos pueblos eslavos identificados. Hacia el final del escrito se comentaba que, de estar vivo el escritor ruso, jamás habría callado su voz para propiciar un alto al fuego, en una guerra así de absurda y necia, como fratricida.

 

Las guerras por lástima, y para mayor infortunio de sus víctimas, no atienden a identidades ni coincidencias; ellas se exacerban por mínimas discrepancias que enfrentan a países que comparten valores y participan de una historia en común. Piénsese si no en los incesantes conflictos que han enfrentado a la gran mayoría de nuestros países. Esas hostilidades, cual reflejo de las tragedias griegas, han llegado a una eventual conclusión –casi siempre temporal y pocas veces definitiva– gracias a la inesperada aparición de un mecanismo o subterfugio que pudiera atribuirse, no a la buena voluntad de sus actores, sino a una suerte de mágica deus ex machina, artilugio o artificio que permitió la inesperada solución del conflicto.

 

Este recurso, utilizado ya en los dramas de la antigüedad, fue ideado cinco siglos antes de nuestra era por un genial escritor conocido como Eurípides (484 a 406 a.C.). Dice la tradición que habría sido hijo de una verdulera, lo cual parece no corresponder a la verdad; fuentes mejor informadas sostienen que no solo pertenecía a una “buena familia” sino también a un linaje de gente acomodada. La distorsión y probable falsa historia sería fruto de la inquina y el sarcasmo de otro escritor coetáneo, Aristófanes, quien no solo persistió en su antipatía, sino que hizo objeto de su ironía a un filósofo de gran enjundia y estatura moral: Sócrates.

 

Eurípides tuvo a su servicio una envidiable biblioteca personal; además, fue muy cercano a los sofistas. Su contacto con las nuevas ideas le hizo exhibir un espíritu iconoclasta hacia los mitos, leyendas y peculiaridades de la religión helénica; veía en la mitología una insulsa colección de historietas sin un real soporte y profundidad moral. Llegó a escribir más de 90 piezas, de las que sobreviven alrededor de 20. Sus personajes exhiben sus flaquezas y su vulnerabilidad; los argumentos exponen las controversias, incertidumbres y actitudes que caracterizaron a la sociedad de su tiempo. Eurípides estaba persuadido de que el destino trágico emanaba de la naturaleza frágil de las personas y de sus pasiones alborotadas.

 

El SS V a.C. fue un punto de eclosión no solo para las artes y ciencias de la Grecia antigua, lo fue también para su organización social y política. En relación con el teatro, fue el momento germinal para las obras de Esquilo y Sófocles, quienes basaron la argumentación en un mundo que combinaba la realidad con la fantasía, y cuyos personajes reflejaban la mitología que les había transmitido Homero. En tales obras dramáticas los mortales se enfrentaban con dioses traviesos, que estaban poseídos por los más variados caprichos; además, debían contar (o batallar) con “héroes” que dependían de los antojos y manías de esas mismas deidades…

 

Pero llega Eurípides y prescinde del panteón de la mitología. Sus personajes son gente común y corriente, enfrentada a pasiones y conflictos del día a día; representan a gente humilde, sin grandes atributos, que perciben que sus angustias son miradas con indiferencia por los dioses. El dilema del autor es ahora, saber cómo concluir o hallar solución para los conflictos planteados en el drama, sobre todo si no puede ya contar con el carácter sobrehumano de sus héroes, ni quiere echar mano de la indulgencia de los dioses; utiliza entonces personajes y subterfugios que dan inesperadas y casi mágicas respuestas a esos conflictos. Surge como mecanismo el deus ex machina, un artilugio o artificio no siempre exento de artimaña.

 

Eurípides preserva la estructura creada por Esquilo y Sófocles, aunque procura humanizar el drama griego; utiliza como prólogo un monólogo, para anticipar la situación y comentar el carácter de los actores. Al final, logra una efectiva respuesta del espectador con un toque de sensacionalismo que utiliza para exponer las angustias y desgracias. En la trama, cada cual confronta la consecuencia de sus actos, de sus acciones u omisiones; cada quien cosecha lo sembrado, nadie escapa a la imprevista circunstancia de un venturoso o fatídico destino. En los trabajos de Eurípides destaca la emotividad; los más brillantes momentos coinciden con las reflexiones de los personajes, en particular cuando aflora en ellos la pasión o la locura.


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26 septiembre 2023

Una forma de impunidad

“Soy el desordenado hacedor de las más escondidas rutas, de los más secretos atracaderos. De su inutilidad y de su ignota ubicación se nutren mis días”. Álvaro Mutis. La Nieve del Almirante.

Resuelvo que me encantan las entrevistas que se hacen a los escritores. Sí, definitivamente. No sé cómo no se me ocurrió pensar en eso... Estuve leyendo una vieja entrevista que le habría hecho una pareja de escritores al poeta y novelista colombiano Álvaro Mutis y me he puesto a meditar en si la condición del viajero, de aquél que se aleja de su casa (o del que opta por un itinerante oficio) es verdaderamente eso: una forma de libertad sin condiciones (sin muchas por lo menos), un periplo en que vamos ajenos al escrutinio de gente que no nos conoce; vaya, una extraña forma de impunidad, una exención amparada en el anonimato y la distancia…

 

“Hay un aspecto del viaje –responde Mutis en la entrevista– que he venido descubriendo a la altura de mis años, que me ha inquietado mucho, y es el interés por desplazarme. En el viajero hay una irresponsabilidad muy grande, hay una soledad gratificante. Tú no eres de ese lugar a donde has llegado y puedes decir y hacer lo que quieras. El ser un desconocido en una ciudad y caminar por los parques, meterse en un bar - que tiene el mismo valor que una estación de tren y donde todo el mundo está en tránsito-, en un bar de Chicago, en el barrio irlandés, a tomarse allí unos whiskies y bajarlos con cerveza, y hablar con los cargadores de los muelles; o quedarse en un bar de Curazao, Paramaribo, New Orleans, San Francisco, Madrid o Barcelona, es estar esencialmente de paso y, ante todo, ser un desconocido. Esta impunidad puede ser una de las razones que me causa ese placer de viajar”.

 

Pero, veamos: ¿qué es exactamente eso de “viajar”? Pensemos en un viaje a Marruecos, por ejemplo. Pudiera decirse que ausentarse involucra dos aspectos: uno es el traslado o el desplazamiento efectuado, el viaje mismo, el ir desde el punto de partida hasta el de destino y viceversa; el otro consiste en la condición errabunda, en la exploración o peregrinaje. Quizá también pudiera decirse que en aquello del periplo hacia un lugar ajeno, sea este distante o no, está incluida una forma, fugaz o prolongada, de aquel desacostumbrado ejercicio que llamamos “migrar”…

 

Ahora bien, ¿para qué “vagamos”? o, lo que sería lo mismo, “navegamos sin rumbo” (aunque esa gestión itinerante ya esté preestablecida en el itinerario del viaje previamente planificado o previsto): en teoría, lo hacemos para saber de otras formas de vida (otras culturas), ver nuevos paisajes y disfrutar de esos antes desconocidos lugares. Pero también, y quizá por sobre todo, lo hacemos para sentirnos alejados de todo lo que significa rutinario o cotidiano, para sentir esa libertad con el tiempo y con el espacio que significa el aislamiento, aquella forma particular de ejercitar nuestra impensada y recién descubierta “solitaria libertad”. Así, alejarse se convierte –sin que nos lo hubiésemos propuesto– en un prescindir de los que nos conocen, de los que pudieran cuestionar lo que decimos y cómo nos expresamos, de los que nos pudieran criticar.

 

Porque esto también es viajar, esa ausencia del eventual “castigo” que menciona el escritor colombiano; y, más que eso, esa curiosa conciencia de ese anonimato en el que se respalda esa disponible e inopinada impunidad. Para eso también viajamos, no solo para descubrir y disfrutar de lo que existe en otros lugares distintos –o ver los mismos con ojos nuevos–, lo hacemos también para sentir que somos “un nuevo producto”, que somos algo nuevo, una hoja en blanco para actuar como si fuéramos distintos, una posibilidad de pensar, expresarnos y actuar con la ventaja de que se nos mira sin prejuicios; sí, somos no solo un libro abierto, somos “una hoja en blanco” para los que todavía no nos conocen, para los que ya se encuentran en ese diferente paraje, en ese “allá”.

 

Y es allí, donde no habrá nadie que pueda decirnos qué tenemos, o no tenemos, que hacer, donde –a lo mucho– alguien nos pueda sugerir o recomendar. Somos nosotros los que tenemos la posibilidad de escoger qué hacer con el espacio y con el tiempo, y eso ya es una manera de ejercitar y disfrutar del sentido más pleno que pudiera tener nuestra libertad. Quizá, la única forma de que aquella impunidad pudiese no estar asegurada sería el no saber disfrutar de nuestro viaje. Ello, no solo desmerecería la posibilidad de anulación de un eventual castigo; convertiría nuestra gandulería en condición imperdonable. Viajar es un privilegio, una oportunidad única para saborear una circunstancial lejanía, es una prodigiosa oportunidad para sentirnos repentinamente extranjeros. Solo así podremos vernos como distintos, y darnos la oportunidad de mejorar. 


Esa será la consecuencia del propósito que habremos hecho de conocer algo más de nosotros mismos, solo para luego tener que aceptar que aún no nos hemos terminado de conocer…


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22 septiembre 2023

De yanacona(s) y otros oficios

En días pasados cayó en mis manos un interesante artículo que comentaba que, de acuerdo a recientes investigaciones efectuadas por académicos norteamericanos, el emplazamiento de Machu Picchu no habría sido un templo o tal vez un “serrallo” como inicialmente se creía, sino más bien una especie de fortaleza, tambo o pucará; y que, por lo mismo, la evidencia de restos encontrados (34 fósiles de ambos sexos) revelaría que este no se trataba de un lugar dedicado a formar un conjunto de núbiles doncellas, vestales o “vírgenes del sol”, sino destinado a reunir a grupos de asistentes administrativos o servidores especializados. Hoy se los llamaría “servidores públicos” (aunque el artículo los catalogue como “criados” en forma inexacta).

 

La investigación ha encontrado que no solo existían mujeres jóvenes sino hombres y mujeres de una gran variedad de tipologías y de todas las edades, variedad genética que contribuiría a pensar que se trataba de individuos que estaban a cargo de una muy amplia gama de actividades y fines específicos. De un tiempo a esta parte, va descartándose la idea que originalmente se tenía: aquella de que Machu Picchu era un sitio dedicado a rituales religiosos, sino más bien la de un lugar que reunía a sacerdotes, sabios, curacas, contables y transmisores del saber. Del mismo modo, parece que ya había un conocimiento reservado de la existencia de la ciudadela, aun antes de ser revelada al mundo –en 1911– por el americano Siram Bingham.

 

Esos asistentes habrían llegado de todos los rincones del imperio, desde el sur de la actual Colombia hasta Chile, y desde la costa hasta la amazonía. Se los conocía como “yanacona(s)” que, para escribirlo en forma correcta en castellano, y evitar la innecesaria repetición, se diría realmente “yanas”, pues el término yanakuna resulta de la fusión de dos palabras: yana que quiere decir negro (piénsese en Yanasacha, Yanaurco, etc.) y del sufijo kuna que expresa el plural en idioma quechua. Estos yanaconas habrían desempeñado una serie de diversos trabajos: de mediana hasta muy alta importancia (no eran siervos o criados precisamente). Todos ponían su especialidad al servicio de la aristocracia incaica. Más tarde, el término sería mal interpretado y habría pasado a tener una connotación negativa, como la de traidor o de persona servil y cobarde.

 

También existían “acllas”: estas eran doncellas hermosas, poseedoras de especiales cualidades, habilidades y atractivos. Habían sido reclutadas en diferentes partes del imperio. Se consideraba un honor para sus pueblos y familias que ellas fueran preparadas por mujeres más experimentadas (llamadas “mamacunas”) con el objeto de cumplir propósitos religiosos o para, eventualmente, ofrecer favores sexuales y compartir el lecho del inca o de los varones de la nobleza; ello les otorgaba cierto prestigio social. No eran consideradas sirvientes, en el sentido moderno de la palabra.

 

Esto de conocer como yanas, a esos servidores, no era necesariamente un tratamiento despectivo, no se los identificaba como ‘negros’, con el sentido discriminatorio o racial que hoy pudiera tener el vocablo. Es probable que se les conociera con ese sobrenombre porque asumían tareas exclusivas y excluyentes, o trabajaban en horas “oscuras” o reservadas. De hecho, su trabajo parece que era esforzado y permanente (requería total y obsecuente dedicación). Hasta me atrevería a conjeturar que aquella expresión –hoy considerada discriminatoria– de “trabajar como un negro”, bien pudiera venir de estas delicadas pero esforzadas, y aun sacrificadas, tareas.

 

En nuestros días se cree que el uso de la palabra negro tiene un contenido racista; sin embargo de que a lo mejor se trataría de un simple reconocimiento para alguien que hace un trabajo sin descanso. Existe otra expresión, usada en otros países, la de ‘trabajar en negro” que tampoco nada tiene de discriminatoria, significa laborar sin estar afiliado a la seguridad social. El vocablo probablemente tenga que ver con los registros de contabilidad de las oficinas de recursos humanos: yo, que he sido servidor público por alrededor de un cuarto de siglo, he sentido a veces que “trabajaba como negro” es decir sin el descanso adecuado.

 

Hoy creemos ver intenciones racistas en una gran variedad de expresiones. Se consideran discriminatorias aquellas que incluyen la palabra negro; parecería que ya ni siquiera se pueda decir “blanco y negro”… ¡Nadie sabe cómo llamar a los afro-descendientes sin que parezca “políticamente incorrecto”! Mientras tanto, existe exclusión –realmente un castigo– para que las personas jubiladas pudieran volver a trabajar, y así poder mejorar sus ingresos; el IESS establece una retención del 40 % del monto de jubilación en perjuicio de quienes deciden volver a trabajar, asunto que obliga a los interesados a reconsiderarlo. Es una disposición excluyente que debe ser revisada.


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