10 noviembre 2023

Cosas de nuestra memoria...

Hace poco hablábamos de esa característica nuestra que nos impulsa a utilizar palabras distintas como si fueran idénticas, convencidos de que ellas tienen equivalente significado cuando en realidad no quieran decir lo mismo. Ello sucede con Alzheimer y demencia, dos términos relacionados pero que no son análogos. Hablar de esa causa para la demencia que es el Alzheimer, solo viene de pocas décadas atrás. A veces se habla también de demencia senil, como si fuese la edad la que la produjera.

El Alzheimer es la principal causa de demencia, pero sufrir de demencia –que es un conjunto de síntomas producidos por una alteración cerebral, y que se caracterizan por variaciones en el estado de ánimo y la conducta–, no siempre requiere haber contraído previamente Alzheimer; de hecho, hay formas de demencia que se inician sin haberlo sufrido. La demencia implica un estado que restringe la autonomía de quienes la padecen, lo que les impide realizar actividades básicas que deben efectuar en forma cotidiana. Hoy se sabe que una de cada diez personas que pasan de 65 años desarrolla más tarde alguna forma de demencia (hay como diez formas distintas); pero, de ellas, solo un 70 por ciento sufre de Alzheimer.

 

Alois Alzheimer había sido un brillante neuropsiquiatra alemán que descubrió, a principios del siglo pasado, que ciertas proteínas formaban placas entre las células cerebrales y ovillos entre las neuronas afectando su adecuado funcionamiento. Alzheimer demostró que esas anomalías se presentaban en la edad mediana y solo se reflejaban más tarde con el deterioro físico de los pacientes. Uno de los motivos para que confundamos Alzheimer con demencia es que los síntomas de ambos son similares o difíciles de diferenciar. De alguna manera, ambos incorporan síntomas relacionados con similares manifestaciones: deterioro de la memoria, dificultades relativas al raciocinio y problemas para articular el pensamiento.

 

Nuestros olvidos no son necesariamente manifestaciones tempranas o síntomas de futuras formas de demencia. De acuerdo con varios autores, aquello de que reconozcamos nuestros ocasionales olvidos, es en sí mismo una garantía de que la enfermedad no ha de afectarnos hacia el final de nuestros días. Todos olvidamos algo alguna vez; esos son olvidos ‘normales’ que podemos evitarlos ejercitando nuestra memoria, utilizando un sinnúmero de estrategias o, simplemente, haciéndonos un poco más ordenados y sistemáticos. El orden nunca es perjudicial, hace de nuestra vida un trámite más fácil y nos permite disfrutarla mejor.

 

En el oficio que tuve la suerte de escoger, ser ordenado marcaba la diferencia entre el piloto mediocre y el buen piloto (o entre el bueno y el mejor dotado); no era cuestión de quien era más hábil, más estudioso o más arrojado. Uno era ordenado o no lo era, así de simple; no importaba si uno tenía una gran habilidad, esta de nada servía si se era desorganizado. Es más: un piloto que trabajaba con orden, que seguía sus flujos, procedimientos y listas de chequeo, podía no ser tan hábil –y ni siquiera ser experimentado–; pero pasaba por bueno si hacía su trabajo en forma metódica. Y lo era porque había cumplido su misión en forma eficiente y satisfactoria; porque siendo ordenado jamás olvidaba lo importante, ni se exponía a tener que corregir sus errores.

 

No creo que diga nada novedoso si comento que nadie es perfecto: todos nos olvidamos de algo alguna vez en la vida. Resulta paradojal que, aunque nuestros olvidos nos molesten y a veces nos metan en problemas, eso de decir “me olvidé” sea una de las excusas más abusadas que existen. Supongo que la gente la usa tanto, como pretexto, porque está convencida de que –como todos mismo olvidan– es un fácil subterfugio cuando tratamos de explicar nuestros descuidos o ineptitud. Nada más fácil que excusar nuestros errores con un “es que me olvidé”.

 

Hay algo que desafía nuestra memoria y son esas claves de seguridad que, con ese mismo propósito –nuestra seguridad–, se nos obliga en la actualidad a diversificar y recordar (o a mantener en lugar seguro). No hay nada que más nos incomode que descubrir que hemos olvidado de registrar una nueva contraseña o, lo que equivale a lo mismo: que no hemos tomado nota de esos cambios o modificaciones que las distintas instituciones hoy nos obligan a efectuar una y otra vez. En casos como este, es esencial ser metódico y ordenado. Podemos tener una memoria de elefante, pero esta será siempre selectiva: por lástima no siempre guarda como prioritario lo más importante sino tan solo lo más urgente… ¡Y es ahí donde fallamos una y otra vez!


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07 noviembre 2023

Una historia entretenida

Jacob no es uno de los principales patriarcas que hay en el Génesis, el primer libro de la Biblia; mas, sin embargo, es uno de los personajes más relevantes, no está a la altura de Noé, Abraham o Moisés, pero su historia es por manera interesante. Perteneció a un linaje favorecido por “el Señor”, como prefiere llamar a Yahveh la Biblia católica. Jacob era hijo de Isaac y de Rebeca, pero también nieto de Abraham; fue parte de una pareja de mellizos y, desde su nacimiento, fue el hijo preferido de su madre. Para su padre, sin embargo, Esaú fue desde siempre el preferido por haber nacido primero. 
Rebeca no podía tener hijos aunque Dios atendió sus súplicas; ella concibió mellizos pero sintió que peleaban desde cuando estuvieron en su vientre. Cuando nacieron, el primero en salir fue pelirrojo y tenía el cuerpo cubierto de vello, por eso lo llamaron Esaú (Seir en hebreo tiene un sonido parecido y quiere decir vello). El segundo salió colgado del talón de Esaú, como a rebajo, y decidieron llamarlo Jacob (un nombre con un sentido parecido a talón pero similar a otra palabra que significa “hacer trampa”). Cuando crecieron, Esaú se convirtió en hombre de campo y en buen cazador, pero a Jacob le gustaba cocinar y quedarse en casa. 
Un día Esaú regresó muy hambriento y vio que Jacob preparaba un guiso de lentejas (a Esaú también se lo conoce como Edom que suena como rojo). El mayor pidió a su hermano un poco de ese potaje pero Jacob se lo ofreció a cambio de su progenitura. Esaú subestimó la implicación y aceptó el canje bajo juramento. Isaac ya estaba viejo y se estaba quedando ciego; un día llamó a Esaú, le pidió que se fuera de caza, trajera una presa y preparara un sabroso guiso, para así darle su bendición. Rebeca escuchó el diálogo y pidió a Jacob que fuera por una piel de cordero y se cubriera los brazos para así engañar a Isaac; al tiempo, preparó un delicioso guiso y pidió a Jacob que se lo presentara a su padre para que fuera él quien recibiera la bendición paterna.  
Llegó Esaú y comprendió lo sucedido, su padre ya no quiso duplicar la bendición; a partir del episodio, Esaú repudió a su hermano quien, para evitar su cólera, se fue a vivir en otra tierra. Allí conoció a dos hermanas, una llamada Lea que tenía lindos ojos; y una segunda, Raquel, que era una mujer muy guapa “de pies a cabeza”. Jacob se prendó de Raquel y propuso a Labán, pariente de su abuelo y padre de las hermanas, que trabajaría para él por siete años a cambio de desposarla. Labán era avaricioso y astuto, accedió a la propuesta pero en la noche de bodas embriagó a Jacob y le entregó su primogénita. Al darse cuenta del ardid, Jacob propuso a Labán que trabajaría otros siete años si también le permitiría casarse con Raquel. 
Jacob cumplió con el plazo estipulado y aún trabajó otros seis años adicionales, procurando ahorrar y hacerse de su propio peculio; su ambición era ahora regresar a su tierra y procurar el perdón de Esaú. Pero el suegro volvió a hacerle trampa; habían acordado que Jacob se quedaría con las ovejas y los corderos negros y los que estuvieran rayados o manchados, pero durante la noche Labán tomó el ganado oscuro y se lo llevó a un lugar donde lo cuidaran, a tres días de camino. Ante esto, Jacob empezó a alimentar mejor a las crías que nacieran negras o manchadas; de este modo fue haciéndose rico y dueño del mejor ganado… 
Lea, que se sentía desdeñada, pidió a Dios que le ayudara a concebir un hijo. Así nació Rubén (que quiere decir “Dios ha visto mi tristeza”). Lea ya tenía cuatro hijos cuando Raquel, que no podía tenerlos, entregó a Jacob su esclava Bilha para que fuera su concubina y pudiera darle más descendientess. Pero Lea actuó en forma parecida: entregó a Jacob su esclava Zilpa con la que engendró otros dos niños. El cuarto hijo de Lea fue Judá, palabra que en hebreo es similar a “alabar” (de ella viene el vocablo Judea, que identifica al pueblo judío). Finalmente, Raquel pudo también concebir sus propios hijos: José y Benoni (“Hijo de mi tristeza”), al que Jacob prefirió llamar Benjamín que significa “hijo de mi mano derecha”, este sería el último de sus hijos. Jacob lucharía durante toda una noche con un ángel, quien le dijo que en adelante se llamaría Israel (que quiere decir “el que lucha con Dios”); de ahí que a su descendencia se la reconozca como la de “las doce tribus de Israel”.
Jacob decidió dejar Padan-aram y retornar a su tierra. Lo hizo sin avisar a su suegro quien optó por perseguirlo: se había llevado a sus hijas y nietos, pero también a sus ídolos (Raquel los había escondido). No obstante, Labán le dio su bendición y permitió que continuara con su viaje; Jacob hizo adelantar a sus mensajeros con ricos presentes para intentar dulcificar a su hermano. Para su sorpresa, Esaú lo recibió con afecto y no quiso aceptar los presentes, dijo que ya tenía suficiente, que no le guardaba rencor y que estaba muy feliz con su regreso... Colorín, colorado; fueron felices, comieron perdices y siguieron sembrando raíces...


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03 noviembre 2023

Instrucciones para no llorar

Utilizo un título engañoso. No estoy en el ingrato oficio de dar consejos o recomendaciones y, menos aún, sugerencias o instrucciones; y no las doy, tanto para llorar como para no llorar. Soy, por formación, un piloto de aviones, no administrador aeronáutico, aunque alguna experiencia he obtenido en ese campo de los negocios de la transportación aérea. A lo largo de mi carrera he sido testigo (de cargo y de descargo) de múltiples fracasos, de líneas y operadores aéreos, que han significado no solo el descalabro de esas mismas empresas, sino el lamentable naufragio –en algunos casos– de la propia aviación nacional.

Ahí tenemos casos paradigmáticos como los de ÁREA y Ecuatoriana; los inevitables de Saeta y TAME; y ahí está el último e inesperado deceso de Equair. Y es que algunos de estos tristes colapsos no solo han afectado a sus emprendedores o accionistas, a sus empleados y a sus pasajeros; sino que han afectado también a un sano y vigoroso concepto de lo que debe ser la aviación nacional. Esto porque no habiendo empresas vernáculas (las que quedan son meras sucursales de negocios extranjeros) tanto el estado como la sociedad están en la obligación de velar por el eficiente desempeño de nuestras aerolíneas nacionales. En resumen: el país debe contar con empresas propias, y el Estado debe coadyuvar al fortalecimiento de esa forma de transportación para beneficio del país y satisfacción de los propios usuarios.

 

Como dejo señalado, no estoy en el negocio de dar ni ofrecer consejos, pero puedo intentar un diagnóstico de por qué fracasan –una y otra vez– tantos emprendimientos aeronáuticos en el país; y, respecto a la última suspensión de operaciones (la de Equair), el porqué se deja progresar una anómala situación hasta cuando ya es demasiado tarde. Lo que se requiere es contar con una organización vigorosa; se necesitan aerolíneas propias, no solo operadores foráneos y buenos aeropuertos. La sociedad se promueve con una aviación bien estructurada; e incluso el propio Estado se beneficia al poder contar con un servicio aéreo ágil, seguro y eficiente; por ello, se deben supervisar las operaciones aéreas ofreciendo un tratamiento preferencial a los operadores nacionales a efecto de mejorar sus condiciones operacionales y aliviar sus obligaciones financieras. 

 

Era notorio que Equair venía efectuando una operación satisfactoria. El servicio era ordenado, operaba con tarifas convenientes y con sorprendente puntualidad. Pocos meses atrás había adquirido un tercer avión y solo pocos días antes del cierre había inaugurado una nueva ruta. No conozco sus entretelones financieros; sin embargo, es probable que, superado el período de gracia, las alícuotas de amortización de su equipo de vuelo (aparatos nuevos de fábrica) le pusieron a la empresa en una situación difícil al no poder mantenerse al día con los pagos al fabricante. Una aerolínea que empieza debe tomar muy en cuenta sus costos directos y estar segura de que cuenta con el debido respaldo para satisfacer la adquisición de su equipo de vuelo. No siempre operar con aviones nuevos es la alternativa más conveniente.

 

En relación a los costos directos, existen factores que merecen una detenida atención. Uno de ellos, quizá el más importante –si excluimos la amortización de los aviones–, es el costo de combustible; sería importante que los nuevos operadores, aquellos que realizan un adicional esfuerzo financiero reciban un incentivo temporal en la forma de tarifas preferenciales. No, no estoy abogando por un subsidio, pero si queremos propender a una aviación eficiente y segura, las entidades relacionadas deben crear incentivos que, a fin de cuentas, beneficien al usuario. Una línea aérea solvente no solo produce un mayor aporte fiscal: crea puestos de trabajo, asume un servicio público, promueve el intercambio comercial y el turismo, y favorece el desarrollo nacional.

 

Otro asunto que debe ser revisado es el de las tasas aeroportuarias. Estas son muy onerosas en la actualidad, particularmente en los aeropuertos internacionales. En el Mariscal Sucre las tasas son demasiado elevadas con respecto a aeropuertos similares de la región; por lo que, lejos de que se ofrezcan incentivos para las aerolíneas locales, se determina que sus costos sean elevados y que la forma de recaudación reste estímulo para los operadores. Además, en casos como el reciente –el de la empresa que ha cerrado operaciones–, su colapso no puede sino afectar también los ingresos y rentas del propio concesionario. No se puede descuidar, por otra parte, que los nuevos terminales fueron programados y construidos para atender con eficiencia las necesidades de la ciudadanía, no solo para favorecer el interés comercial del eventual concesionario.


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31 octubre 2023

La izquierda y sus axiomas

Hace algo más de una año, revisábamos un interesante postulado de Isaiah Berlin (ver: “Objetivos irreconciliables”, Itinerario Náutico, julio de 2022), aquél que propone que los ideales de la Revolución Francesa –Libertad, Igualdad y Fraternidad– serían no solo contradictorios sino también irreconciliables. De un breve vistazo a esos ideales, podremos confirmar que si bien están relacionados, no son –no podrían ser– valores absolutos: la igualdad completa es imposible, sería una utopía irrealizable, si no una quimera. Además, habremos de coincidir en que si llegaría a existir una total uniformidad, el mundo sería tedioso e imposible. Tan pesado y soporífero sería que ya no habría necesidad de los otros dos objetivos... solo podríamos ver ese ideal igualitario como una sana aspiración: la de que todos consigamos al bienestar.

Insisto: debemos reconocer esos valores como elementos que se complementan, como una tendencia, mas nunca como un objetivo final. Jamás sería posible una total igualdad, ella nos llevaría a la uniformidad y el automatismo; si existiera total igualdad perderíamos la libertad pues habríamos dejado de tener la opción de escoger y ser libres; tampoco tendría sentido la fraternidad, porque entre otras cosas buscaríamos fórmulas para ser distintos y así podernos diferenciar. Esto es lo que justamente Berlín llamó las “verdades contradictorias”. Por ello, el proyecto que predica la izquierda pudiera ser bueno mientras no se fije la igualdad como incuestionable objetivo, mientras tenga claro que la igualdad no es el propósito, sino tan solo una tendencia.

 

Lo malo es que cuando la izquierda acapara el poder, opta por el fanatismo y predica una fórmula irrealizable traducida en utopía. Entonces sus acólitos desestiman la libertad, surge el sectarismo y la intolerancia; y quienes los dirigen terminan encarnando otra forma del mismo autoritarismo que combatieron al principio. De ahí a la creación de una nueva élite –una que esta vez reniega de la igualdad– hay solo un pequeño paso. Lo siguiente es que seducida la élite con las mieles del poder, lo aprovecha, resucita el abuso anterior y reinstaura la corrupción.

 

Es bueno leer él Génesis de vez en cuando. Una de sus lecciones es la referente a la utopía de la igualdad. Ahí se cuentan las historias de Caín y Abel o la de esos hermanos mellizos, Jacob y Esaú, los hijos de Isaac y Rebeca. Ellas nos enseñan los mismos ejemplos: que es imposible conseguir la igualdad absoluta porque, por un lado, ser distintos es intrínseco a la condición humana y, por otro, que ante aquello –eso de ser diferentes– solo existe un camino: aceptar aquellas circunstancias o buscar una nueva manera solidaria de conseguir el bienestar, sin permitir que el odio, la envidia o el egoísmo nos lleven a la discrepancia, al litigio y la confrontación. Caín mata a Abel porque la ofrenda que entrega su hermano goza de la preferencia del Señor. Jacob trampea a Esaú porque ostenta la primogenitura; además, Esaú es el preferido de Isaac, tiene vello y rizos colorados. Jacob es mientras tanto el consentido de Rebeca.

 

Hace pocos días hablábamos de los cuadrados latinos o mágicos, su práctica nos enseña que no hay mejor y más eficiente estrategia que la de seguir un cierto orden (esa es justamente la principal característica que tienen los guarismos); es preciso no adivinar y ser ordenados. Esa es la mejor –sino la única– manera de resolver el acertijo (advertiremos que mientras más tarde optemos por utilizar una estrategia con orden, y juguemos en forma ordenada, más nos tardaremos en resolverlo).

 

Algo de aquello aprendí en mi propia profesión. No me había hecho piloto por vocación sino por una circunstancia fortuita, pero pronto aprendí que mi oficio tenía algo de lúdico, advertí que era también como un curioso acertijo: no se trataba de ver quién era el que más rápido reaccionaba o lo hacía, sino de descubrir la mejor manera para efectuar las cosas (de aprender cómo había que hacerlas), procurando siempre parecer sereno, responsable y ordenado. Para eso se inventaron las listas de chequeo, las secuencias, los flujos, los procedimientos… Ser minucioso hacía innecesario tener una tercera mano, permitía ganar tiempo y sentir que ello hacía más fácil nuestro oficio y permitía ejecutarlo con eficiencia, eficacia y efectividad…

 

Una sociedad no puede ser mejor de la noche a la mañana, debe seguir un ordenado proceso (sumar empeños, aplicar una adecuada estructuración, implementar políticas efectivas); de otro modo, los cambios serán frágiles, ineficientes y nunca duraderos. En el fugaz empeño por satisfacer a todos sacrificaremos el pretendido bienestar colectivo. Vista así, la buena política consistirá en saber prefigurar un anhelado destino, pero entender que todo esfuerzo no es una finalidad en sí mismo, sino solo un elemento convertido en un adecuado –y factible– “camino para andar”.


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27 octubre 2023

Lo portugués en el recuerdo

Era octubre del 1969. El primer jueves de ese mes tomé un bus de la Greyhound y salí desde Miami para Vero Beach. Ya era media tarde cuando me recibieron en mi nueva escuela. Luego de recibir las instrucciones iniciales, registrar mi alojamiento y coordinar mi primer vuelo de evaluación con el jefe de entrenamiento (un tal I.T. Narigan), me dirigí al pabellón de la residencia estudiantil para refrescarme y poner en orden lo que traía en mi sucinto equipaje. El lugar no estaba mal, no había comedor pero el lugar disponía de una agradable piscina, me habían dado una habitación propia y quienes administraban las facilidades del lugar hacían una pareja cordial y muy amigable. El “dorm” estaba a un par de cuadras de la escuela.

Entonces solo se llamaba Flight Safety Inc. Esa abreviación (Inc.) quiere decir “incorporated” –lo supe tan pronto como tuve que llenar por teléfono mis planes de vuelo– y equivale a lo que llamamos S.A. o Sociedad Anónima para distinguir esas corporaciones en español. No pasaron muchos días hasta que pude efectuar mi primer vuelo autónomo (también se dice “solo” en inglés). Asimismo, un par de semanas después de ese acontecimiento (nunca mejor dicho), regresaba una mañana de uno de mis vuelos, cuando pude observar que un grupo de muchachos europeos, unos doce tal vez, hacía un tour de reconocimiento en el hangar y demás instalaciones de lo que hasta esos días todavía llamábamos escuela. Más tarde, no sé si por razones comerciales o el cumplimiento de algún requisito, la escuela pasó a llamarse “academia”.

 

Hoy Flight Safety –o FlightSafety– ya no existe, ni como Inc. ni como Academy (por lo menos en ese mismo lugar). Esas premisas –supongo que todas– han sido asumidas por los nuevos patronos: una entidad llamada Skyborne Airline Academy, que es la que ahora funciona en ese mismo sitio. Y fue, en ese mismo espacio, aquél donde ese grupo de estudiantes reconocía las mismas facilidades que después habrían de usar (todavía yo no lo sabía), que habrían de compartir conmigo los mismos aviones, aulas y dormitorios. Ellos eran portugueses, habían ganado sus respectivos concursos para trabajar y volar como pilotos en la TAP, la línea aérea de Portugal, y habían llegado a Vero Beach para realizar su entrenamiento inicial (“ab initio” ).

 

Todos eran muy jóvenes, alrededor de 22 o 23 años, con un par de excepciones. Dada la cercanía de nuestras edades, los intereses mutuos y la similitud de nuestras lenguas, pasaron a ser “mis nuevos amigos”; dicho en mejor forma, pasé a ser otro más de aquellos bisoños aprendices de aviador que conformaba el contingente luso. Un par de ellos eran tan fluentes en castellano que parecían españoles. Aún recuerdo unos pocos de sus nombres y/o apellidos: Luis Estrada, João Lontrão, Ramalho, Lima Bastos… Descubrí que el portugués que hablaban era más áspero y menos musical que el hablado en Brasil, decían “fodas pa” (un expletivo) al final de cada expresión, pero eran sobremanera amigables. Las “eses” que pronunciaban eran más ásperas, similares a nuestra “sh”, incluso las que formaban el plural o el final de las palabras.

 

Pero, terminé mi adiestramiento, volví al Ecuador y los perdí completamente de vista… Pasado el tiempo, siete u ocho años más tarde, cuando pasé a volar en Ecuatoriana, me encontré en forma fugaz con un par de ellos en Nueva York; sucedió en una tienda llamada Sorrens, una especie de comisariato donde comprábamos todos los tripulantes extranjeros (uno de esos sitios “donde el que no cae, resbala”). Pero ya eran otros tiempos, cada cual tenía sus “errands” o tareas que cumplir. Fueron encontronazos alegres y joviales, aunque siempre breves y como al apuro.

 

Hacia principios de los ochenta asistí al congreso de la OIP (Organización Iberoamericana de Pilotos) realizado en Lisboa; mi estadía en la capital lusitana fue breve y muy congestionada, para colmo el hotel donde nos reuníamos y alojábamos no estaba cerca de la ciudad. Me encontré casualmente con el más alto de ellos, Lima ‘Bashtosh’, y mantuvimos un interesante coloquio respecto a los “whereabouts” de mis antiguos compañeros. Por él supe que Lontrão había fallecido en 1977; era el comandante del B-727 que se accidentó una triste mañana en el aeropuerto de Madeira en Funchal (Vuelo 425). Fallecieron 131 de sus 164 ocupantes…

 

Son gratos los recuerdos que guardo de mis compañeros portugueses. Como yo había llegado antes, era inevitable que me hicieran consultas y pidieran mis apreciaciones respecto a lo que ellos aún no habían cubierto. Todavía recuerdo sus coloquios y reuniones. Fueron los esforzados embajadores de la patria de Camõens, Eça de Queirós, Pessoa y Saramago.


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24 octubre 2023

Una historia del Sudoku *

El Sudoku es un juego de reglas simples aunque tiene distintos grados de dificultad. Siempre apasionante (claro que puede ser frustrante también). Hace pocos días vi una película en que lo llamaban “Cuadrados Mágicos” y decían que no es, como todos creen, un invento japonés. Un sudoku sólo puede tener una solución, una sola. Esto es lo que encontré en el internet:

Sería el famoso matemático Leonhard Euler el inventor del juego en 1783. No obstante, no llegó al gran público hasta 1970, cuando Walter MacKey lo publicó en la revista "Math Puzzles and Logic Problems" bajo el nombre de Number Place (El lugar de los números). La historia del Sudoku se remonta a un juego de matemáticos suizos del siglo XVIII llamado "Cuadrados Latinos". Algunos de los primeros rompecabezas numéricos que aparecieron en los periódicos se publicaron en Francia en 1895; pero el juego moderno Sudoku tal como lo conocemos, fue inventado por Howard Garns, un inventor de rompecabezas independiente de Connersville, Indiana, Estados Unidos en 1979, cuando se publicó en Dell Pencil Puzzles y la revista Word Games. Se lo conocía como "Ubicar el Número", ya que implicaba colocar números individuales en espacios vacíos en una cuadrícula de 9 x 9. 

 

El juego solo apareció en Japón en 1984, donde recibió el nombre de "Sudoku", que es la abreviatura de la expresión: "Sūji wa dokushin ni kagiru", que significa literalmente "los números deben quedar solteros". La impenitente afición japonesa por los retruécanos y abreviaturas redujo más tarde el nombre a "Su(ji) doku(shin)", es decir, "su doku" o "números célibes". Sudoku es muy popular en Japón, donde la gente compra más de 600.000 revistas de Sudoku por mes. Una razón es que los crucigramas no funcionan muy bien en japonés, por lo que un rompecabezas numérico tiene mucho más éxito en esa cultura. Además, Japón ama los rompecabezas, ya que es un país en el que millones de personas realizan viajes largos por tren o autobús y necesitan matar el tiempo mientras esperan la próxima parada. 

El hombre que reintrodujo Sudoku "de vuelta" a Occidente fue un juez neozelandés jubilado llamado Wayne Gould, que estaba de vacaciones en Tokio en 1997 cuando lo descubrió en una librería. Rápidamente se convirtió en un devoto entusiasta y pasó los siguientes seis años desarrollando un programa que creara Sudokus por computador. El The Times (Londres) comenzó a publicar Sudokus en 2004 y, asimismo, el primer periódico americano en hacerlo fue el Conway Daily Sun, el mismo año. En los últimos 20 años, Sudoku se ha convertido en un fenómeno global. El primer Campeonato Mundial se celebró en Italia en 2006.

 

¿Por qué Sudoku nos atrae en el acelerado mundo de hoy? Una posible razón es que recurre al sentido innato del orden en las personas; hay una sensación de satisfacción al llenar esos cuadrados vacíos en la cuadrícula. Otra es que las reglas son simples y fáciles de aprender: personas de todas las edades pueden jugar y, con frecuencia, pueden aprender rápidamente cómo abordar el rompecabezas. El Sudoku es fácil de compartir con amigos, ya que se basa en números y por lo tanto no requiere traducción. 

 

Revisemos lo que dice Maki Kaji, el responsable de haber bautizado con ese nombre a los Cuadrados Mágicos o Latinos:

 

La popularidad del Sudoku estriba en la infinidad de técnicas aplicables. No hace falta tener paciencia; esta siempre debe quedar supeditada al interés. Esto enchufa con el segundo principio: el de ese placer que se experimenta al emplear la deducción para decidir dónde se puede poner un número determinado. Si no se experimenta placer, es mejor dejar el juego.

 

El Sudoku no debe ser visto como una actividad de desarrollo cognitivo, aunque en realidad sí lo es, pero aquello no debe anteponerse al placer. Sería un error practicar el Sudoku con el fin de desarrollar la capacidad mental. Nunca instaría a los lectores a que lo practiquen con fines educativos o para desarrollar su habilidad cognitiva. Lo importante es que lo tomemos como un pasatiempo, una puerta de entrada al estado de ánimo creativo del ocio, asunto que hemos perdido en la sociedad moderna. Hay ahí un ideal oriental de cuño taoísta: aquél de que el ocio es indispensable para propender a la creatividad y al bienestar. Por eso es importante esa sensación de goce personal que brinda la práctica sana del Sudoku.

 

 * Copiado de varias fuentes, sin firma de responsabilidad, con mi edición o traducción.


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