12 diciembre 2023

Un libro perturbador en la mochila *

  * Escrito por Lola Pons Rodríguez para El País. Reeditado para satisfacer el formato de Itinerario Náutico.

No pensaba encontrarme con la confidencia. Se ha detenido a explicarme su historia, espoleado por la necesidad de darme su versión acerca de los rumores que circulan sobre su matrimonio. Me dice que si quiero entender lo de la supuesta cornamenta consentida, debo saber quién es y cómo fue su infancia, qué vida llevó de joven, las miserias de su casa. En cuanto empieza a hablar, voy calando al personaje, se parece a muchos como él, su historia es envolvente y atrapa. Viene de una familia desastrosa. Es listo. Trabaja menos de la cuenta o trapichea para robar a sus empleadores. Me cuenta esas estafas de pacotilla y me hace reír. Se justifica y se mofa de cómo ha necesitado pordiosear con cada uno de sus jefes. Pero no es cruel. Tiene humanidad, no es despiadado: sirvió a alguien aun más pobre que él; entregado a parecer un potentado, terminó ayudándolo y cediéndole su alimento, porque le daba pena.

 

Sostiene que siempre ha querido progresar, que si uno se arrima a los buenos, arregla su vida, que por eso ahora está mejorcito y de hecho ya tiene un oficio estable. Murmura que no le importa la gente, pero sí el veneno que le echan. Y ese veneno que lo conmina a hablarme es que dicen que ha mejorado su vida gracias al amante de su mujer. Me explica que es mentira y que ella se ha enfadado mucho con esas habladurías. Al parecer, el tercero en discordia, ese supuesto querido que para colmo es cura, le dice que no haga caso a hablillas, que piense menos en la gente y más en su propio provecho; que ella va por las mañanas a su casa a guisar, a hacer las camas y poco más. El abad y su vecino todos muelen a un molino, le canturrean con mala baba; pero “yo tengo paz en mi casa”, me suelta, y acaba el relato.

 

Cuanto más sé de su historia, más entiendo que sea uno de los nuestros, porque comparte lo bueno y lo malo que nos identifica: saltea instintivamente, se hace el tonto cuando quiere, es sagaz para jugar con las palabras. Pero ¿quién es él, si él no existe? No solo no ha existido, sino que no sé quién lo ha creado, quién lo ha inventado para mí, quién creó a Lázaro de Tormes para que desde 1554, y seguramente antes, esté circulando en libros.

 

Haber sabido de la existencia de un personaje de ficción como el Lazarillo de Tormes me ha hecho entender mejor qué es España, quiénes somos, cómo éramos cuando en España no se ponía el sol, cómo nació el incipiente capitalismo en esa época imperial, por qué los mendigos se guardaban monedas en la boca. Pero no solo eso: gracias a que fue prohibido he sabido qué fue la Inquisición, gracias a que alguien localizó en 1992 un nuevo ejemplar, he sabido que hubo lectores celosos que se empeñaron en que la obra sobreviviera a su tiempo, gracias a Rafael Álvarez El Brujo lo he escuchado hablar en las tablas de un teatro, y he imaginado que el trompazo contra el toro de piedra que le propina uno de sus amos acababa de ocurrir.

 

Tuve la suerte de que me obligaran a leerlo en mi juventud. Igual que tuve la suerte de que me obligaran a aprender la tabla periódica, a estudiar a los paisajistas flamencos y a entender las consecuencias del atentado a Francisco Fernando de Austria. Algunas de estas obligaciones me han dado conocimiento del mundo, otras me han dado cultura, otras me han proporcionado herramientas; quizá alguna de ellas no haya tenido especial utilidad en mi vida pero su inclusión en el currículo escolar me hizo notar que eran importantes, que no manejarlas, si era el caso, era una ausencia por la que debía callar y no sacar pecho.

 

Yo sé que es preocupante el abandono escolar de la lectura. Pero también lo es que pensemos que leer es solo una forma de entretenerse o, peor aún, una mera forma de socializar. Si no obligamos a leer los clásicos, de la manera que estimen los especialistas, estamos dejando a los estudiantes desnudos de referentes y entregados al fenómeno editorial del momento. En la última ley educativa, se anima a que las lecturas en Bachillerato se dediquen a “obras y fragmentos relevantes de la literatura contemporánea y del patrimonio literario universal”. Queda al arbitrio de la normativa elegir la configuración del canon. Por si, alguien saca la bandera de la resignación y cede al atajo de la lectura como diversión poco esforzada, yo escribo estas líneas a favor de que se incluya al pícaro y a su libro perturbador en la mochila de la secundaria. Es lo mínimo que le debo al perdedor de Tormes, al Lázaro que hay en mí y al que hay en todos ustedes, hayan o no leído su obra.


Share/Bookmark

08 diciembre 2023

Un galeno llamado Galeno

Existe una distorsión geográfica en nuestros conocimientos históricos; se trata realmente de una falsa concepción relacionada con la Grecia Clásica, el mundo helénico de la antigüedad. El punto es que se tiende a pensar que cuando se habla de Grecia, nos referimos al mismo espacio o territorio que ocupa ese país en la actualidad; pero esta Grecia, es decir lo que hoy incluye el Ática, el Peloponeso, Tesalia, las islas del mar Egeo, una parte del lado occidental de la Península Balcánica, no constituye –por lo menos desde el punto de vista cultural– todo lo que debe considerarse como la Grecia antigua. Ahí deberían incluirse la Magna Grecia (pequeñas colonias ubicadas al sur de la bota itálica) y Jonia, el lado occidental de la actual Turquía.

Fue justamente en estas dos regiones y, sobre todo, en una variedad de pequeñas islas ubicadas hacia el poniente de la actual costa turca, donde surgieron varias importantes manifestaciones de las ciencias y la filosofía. Ahí, desde el Helesponto (el Ponto Helénico) al norte, y a través de toda la costa occidental de la Península de Anatolia, hasta el punto más meridional de esa misma franja, sin desconocer islas importantes como Samos, Quíos, Rodas y Cos, es donde nacieron o se asentaron, sabios y hombres destacados de la antigüedad a quienes  hoy debemos el sorprendente e inusitado desarrollo cultural de esa etapa de la humanidad.

 

Esto ocurrió también en los albores de la medicina. Ahí, en el occidente de Anatolia nacieron los dos más grandes sabios que tuvo la medicina de la antigüedad. El primero, Hipócrates, vio la luz en Cos, unos 460 años antes de Cristo. Cos es una pequeña isla enfrentada al golfo de Gokova, una entrante que hace el mar Egeo en la esquina suroccidental de Anatolia; el golfo se asemeja a las fauces de un saurio presto a devorar a su presa. Hipócrates fue por 500 años el personaje más influyente que tuvo la medicina como ciencia; sus conocimientos del cuerpo humano y, ante todo, su particular filosofía fueron más tarde aplicados por sus discípulos, quienes hicieron una promesa a guisa de compromiso: el Juramento Hipocrático.

 

El otro nació en Pérgamo, hoy llamada Bérgamo, un poco al sur de donde la tradición (¿la leyenda?) nos cuenta que pudo haber estado ubicada Troya; ahí, en esa pequeña ciudad que comparte latitud con la afamada isla de Lesbos, habría de nacer –en el año 129 de nuestra era– un médico, sabio y filósofo cuyas investigaciones y descubrimientos dominarían el campo de la medicina por más de un milenio. De familia adinerada y estoico de formación, se educó en Esmirna, Corinto y Alejandría, revolucionó el concepto médico de la antigüedad y puso énfasis en el diagnóstico de las enfermedades y su tratamiento. Fue llamado a Roma por el emperador-filósofo Marco Aurelio, donde se destacó por sus conocimientos anatómicos, sus aciertos curativos y los inéditos procedimientos que practicó.

 

En un tiempo en que no era permitido diseccionar cadáveres humanos por varios motivos (en especial por escrúpulos religiosos y culturales), Galeno tuvo el enorme mérito de haber efectuado importantes avances en el conocimiento del cuerpo humano; saberes, prácticas y opiniones que llegaron al Imperio Persa, Mesopotamia y el mundo árabe, y que luego fueron esparcidos a toda Europa por acción e influencia de estos últimos. Desde muy joven se convirtió en “terapeuta”, es decir en seguidor del divinizado Asclepio o Esculapio, antes de estudiar al mismo Hipócrates y dejarse influenciar por su saber y singular filosofía.

 

Galeno demostró la relación entre los músculos y la médula espinal, el control de la voz gracias al cerebro, la función de órganos como los riñones y la vejiga; pero, ante todo, hizo grandes descubrimientos respecto a la circulación de la sangre, el funcionamiento de las válvulas del corazón, la diferencia entre las venas y las arterias, y la dinámica de los procesos infecciosos –como la peste– y promovió importantes avances en el área de la farmacología.

 

Desde muy temprano la medicina y, en general, todo lo relacionado con la salud y el sector hospitalario, han sido identificados con un símbolo que representa el poder y el arte de curar, así como la devoción del sanador; este es conocido como la “Vara de Esculapio”, consiste en un bastón vertical –de cabeza nudosa– en el que se enrosca una serpiente. Existe la tendencia a confundir este distintivo con el caduceo (o heraldo) que consiste, a su vez, en un yelmo alado en su parte superior que, a diferencia del símbolo antes descrito, incorpora dos serpientes que reptan en sentido opuesto. El caduceo representa a Hermes o Mercurio (el mensajero de los dioses), y es el distintivo o insignia del comercio, el equilibrio moral y la diligencia.


Share/Bookmark

05 diciembre 2023

Algo del calendario Islámico

La palabra ‘malograr’ tiene una extraña semántica; si se revisan sus acepciones, equivale a no aprovechar, no tener éxito, fracasar. En Perú se la usa para expresar daño o avería (se malogró el vehículo o el yogurt). Si coincidimos en que quiere decir ‘no lograr’, habrá que remitirse al sentido natural de ‘lograr’, que no solo significa conseguir sino también disfrutar, tener éxito, aprovechar (como se dice en Loja). Pienso en ello al revisar el sentido de otro verbo un tanto negativo: este quiere decir destruir, ocasionar grave daño. Es lo que creo que hago con ciertos libros que, siendo tan interesantes, de pronto se atiborran de notas y marcas en el margen, cuando no de infames subrayados. Quizá piense que aquello me pueda ser útil cuando quiera volver sobre mis lecturas para revisar algo importante.

Hay veces que necesito leer “lápiz en mano”; tan inconsciente parecería ese afán, que me lleva a “arruinar” tantos documentos. Arruinar es también palabra curiosa –y sugestiva–: en inglés se llama “spoiler” a quien arruina el interés de otra persona cuando le cuenta, por ejemplo –y en forma anticipada– el desenlace de una historia. Pero spoiler pudiera también significar otras cosas: en aviación se utiliza para designar a un tipo de alerón o deflector. No deja de llamar la atención que spoiler es un término que se usa para adjetivar al saqueador. De hecho, spoil se utiliza para referirse a un botín, no a la bota pequeñita sino al fruto del saqueo en una contienda bélica; también decimos spoiled brat para referirnos a un chiquillo (o mocoso) malcriado…

 

En estas 'enjundiosas' reflexiones he estado gastando mi tiempo mientras voy devorando (y desde luego subrayando) un fascinante librito titulado “Homo Emoticus, La historia de la Humanidad contada a través de las emociones”. Está escrito por un académico británico, Richard Firth–Godbehere; consiste en un tratado cuya lectura recomiendo en forma comedida. Es una historia muy bien estructurada que, por su acertada redacción se convierte en un texto cautivante. Imagino que ha de haber requerido de una laboriosa investigación. No quiero contarles de qué va o de lo que se trata (pues no quisiera convertirme en indeseado spoiler)¡Búsquenlo, lo van a disfrutar!

 

En aquella obra encuentro, al inicio de su Capítulo 5, una referencia a la conquista o “toma” de Constantinopla por parte de los turcos osmanlíes u otomanos, acaecida en mayo de 1453 (del antiguo calendario juliano) o, lo que es equivalente, el año 857 de la Hégira (en el calendario musulmán). Hégira no significa en realidad “huida” sino migración; pero creo, aunque suene irreverente, que para el caso se traduce como tal, porque hace referencia al transito al que se viera forzado el profeta Mahoma, cuando tuvo que abandonar La Meca para dirigirse a Medina (antes Yatrib) en el año 622, debido a que los caciques que gobernaban la primera, “los coraichitas”, no le permitían predicar su mensaje.

 

Umar ibn al-Jattab, mejor conocido como al-Faruq, califa ortodoxo entre 634 y 644, había sucedido a Abu Bkr (primer califa y sucesor de Mahoma), y sería él quien habría establecido ese sui géneris calendario basado en las fases lunares. Según creen los árabes, pudiera tratarse de un instrumento para registrar el tiempo aun más preciso que nuestro calendario gregoriano, aunque pudiera resultar tortuoso para convertir o calcular una fecha exacta en nuestro calendario, debido a la diferencia en la duración que existe entre el año solar y el año lunar. El año solar consta de 365,24 días: por eso usamos años de 365 días a los que se les intercalan –con fórmulas especiales– años bisiestos (de 366 días) casi siempre cada cuatro años.

 

El año musulmán, mientras tanto, tiene solo 354 días, 8 horas y 45 minutos. Por eso su calendario utiliza años de 354 días (12 meses de 29,5 días) e intercala 11 años de 355 días en un período de 30 años. Se calcula que 33 años musulmanes equivalen a 32 años, 6 días, 8 horas y 41 minutos del reformado calendario que hemos aplicado desde 1582. Por lo mismo, no bastaría con restar 622 (el año de la Hégira) de nuestra fecha en número de años. Para convertir la fecha también se debe considerar el número de días (ya 354, ya 355) que pudiera tener el calendario islámico.

 

Cuando quiera calcular un año del calendario islámico, use la siguiente fórmula: divida el guarismo para 33; luego reste al cociente del año a convertir y sume 622. Así por ejemplo, para el año 1000 musulmán: divida 1000 para 33 (resultado: 30,3); luego reste 1000 menos 30,3 y sume 622; la respuesta será el año 1591 DC. Para este año (2023), pruebe con 1445. La conversión inversa será similar pero puede resultar un tanto más complicada…


Share/Bookmark

01 diciembre 2023

Los Chillos, mirando al futuro (2)

Pero eso es lo que hay… La autopista Rumiñahui ha dado una gran utilidad, pero ya nació mal diseñada y mal hecha. Como con frecuencia ocurre, su ‘remodelación’ obedeció al cumplimiento de una oferta de campaña, pero nunca se convirtió en la vía ágil y segura con la que soñaron los residentes y visitantes del Valle de los Chillos. A estas alturas, reformarla para darle adecuada entidad bien pudiera ser tan costoso, o más, que si se construiría una vía alterna; pero ya va siendo hora de que se vaya planificando una nueva ruta que ofrezca las características que se han expuesto.

Si miramos hacia el futuro, y analizamos las situaciones que se irán creando en el Valle de los Chillos, hemos de coincidir en que no se puede perder un solo día más; habrá que empezar a planificar para convertir esas zonas en sectores sustentables, en los que se pueda vivir con bienestar y comodidad. Una de las prioridades, vista desde el plano de la infraestructura, será tener vías de acceso y evacuación debidamente diseñadas, ejecutadas con criterios modernos de construcción; y, asimismo, una red de vías de alta velocidad que conviertan lo que quiso ser el Valle (zona de recreo y quintas vacacionales) en una ciudad debidamente estructurada que pueda satisfacer las necesidades y expectativas de sus futuros moradores.

 

Es por ello que hace falta un plan integral para “idear” esa nueva ciudad del futuro. No hace falta “inventar el agua tibia” pero es imprescindible que las entidades encargadas busquen la mejor alternativa posible a objeto de poner en marcha un nuevo concepto de lo que debe ser el desarrollo urbano del sector. En este sentido, no se puede desconocer la naturaleza orográfica de las zonas donde se van a acentuar las congestiones comerciales y de vivienda. Esto porque existe un área de espacio reducido que está bañada por tres ríos (de norte a sur: Pita, Santa Clara y San Pedro), lo que requiere fórmulas de interconexión que tendrán que ser implementadas con un sinnúmero de puentes y otras complejas obras de vialidad.

 

Mirar a futuro las necesidades viales hace inevitable repensar también la problemática de la transportación y las soluciones pertinentes. Este aspecto desafía a la imaginación respecto a la búsqueda de alternativas y diseños novedosos; no hay duda que aquello generará nuevos inconvenientes pero habrá que tomarlos como una posibilidad de mejora y como una nueva oportunidad. Poco a poco se irá advirtiendo que hay mucho por atender y construir: parques, colegios, hospitales, centros comerciales, agencias zonales, bancos, universidades… La dinámica irá marcando nuevos requerimientos y obligando a improvisar otras soluciones. Para ello, se hace necesaria la creación de un ente multidisciplinario que se encargue de la planificación.

 

Pero no todo se relaciona con una mejor y más eficiente infraestructura física; las necesidades que avizoramos, y que ya están a la vuelta de la esquina, requerirán un rediseño global del aspecto administrativo. La vieja distribución (o separación) de los dos cantones, Quito y Rumiñahui, es ya un concepto obsoleto que se debe revisar. El nuevo sector, comprendido por San Rafael, El Triángulo y la zona conocida como San Gabriel (que tiene un sorprendente y nunca anticipado desarrollo comercial) debe integrarse dentro de un mismo y coherente ente administrativo (cantón o distrito), que debe gozar de autonomía e independencia para sus procesos de gestión, lo cual requerirá de una importante redefinición administrativa.

 

Por lo demás, el sector va a ir alcanzando un desarrollo muy auspicioso; ya están presentes la iniciativa privada y el esfuerzo empresarial; hace falta efectuar un reordenamiento urbano, sin descuidar el adecuado trazo de las calzadas y aplicar un concepto de normalización (lástima que los adultos mayores ya no veremos el resultado propuesto).

 

Esto nos llevará a pensar en la impostergable necesidad de que las principales entidades del Estado, sean de la naturaleza que fueren, vayan estableciendo sucursales administrativas que procuren hacer más ágil y eficiente, más cómodo y fácil, el manejo de los respectivos trámites y gestiones que los ciudadanos deberán efectuar. Es probable que sea necesario –con idéntico propósito y cometido– que se busque asesoramiento internacional para proveer estos nuevos servicios y mejorar los ya existentes. Hacen falta bibliotecas y paraninfos; canchas deportivas, teatros y centros comunitarios; zonas de estacionamiento, espacios de recreación y lugares que suplan las exigencias peatonales. En fin, hay tanto para soñar, tanto por planificar y tanto por hacer… 

 

Quizá existan los recursos; y, desde luego, el buen gusto para hacerlo…


Share/Bookmark

28 noviembre 2023

Los Chillos, mirando al futuro (1)

Viajábamos ese día desde Quito a San Rafael, ubicado en el Valle de los Chillos, y digo que “viajábamos” porque como no había todavía la Vía Oriental, ni se pensaba siquiera en la futura construcción de la Autopista Gral. Rumiñahui, ir de Quito al Valle, o viceversa, era en realidad todo un largo y, a veces, tortuoso “viaje”; fue cuando mi ocasional acompañante comentó: “Pienso que con la expansión de la ciudad y la necesidad de movilizarse para vivir en los valles (Tumbaco y Los Chillos), los moradores del Norte de Quito se irán a vivir en Cumbayá; y los del Centro y Sur, se irán algún día al Valle de los Chillos”. Tal parece que el tiempo, que nunca deja de sorprendernos, ha terminado por darle la razón a mi profético compañero de viaje…

Los jóvenes no conocieron un tiempo en que, una vez pasada la Plaza de Santo Domingo, dirigiéndose hacia el sur para ir a Los Chillos, había que continuar por La Recoleta, seguir por la calle Maldonado, cruzar el Machángara con rumbo hacia “la Estación” del ferrocarril y tomar por la izquierda hacia el camal; luego, subir por una vía caracterizada por la presencia de los hornos de ladrillo y la pasteurizadora Quito; y, finalmente, cruzar una depresión que permitiría trasmontar la loma de Puengasí, a través de Luluncoto y Chaguarquingo. Una vez coronado el ascenso, la vía se convertía en un sinuoso y estrecho camino que rodeaba la loma por su lado oriental, con rumbo suroriente,  hasta llegar a un punto en que la gradiente permitía virar nuevamente hacia el norte con rumbo a Conocoto.

 

Conocoto era entonces un pueblito pintoresco, un lugar donde se expendían “cosas finas” (los típicos “hornados” y otros alimentos relacionados) durante los fines de semana. Desde ahí, y finalizada la última recta, la vía tomaba por derecha por algo así como un kilómetro y volvía a dirigirse hacia el norte, apuntando al Ilaló. Tres kilómetros más abajo, el camino cruzaba el río San Pedro y la ruta (que si se seguía recto conducía a El Tingo) tomaba una nueva bifurcación por derecha para continuar a otro pequeño aunque pintoresco poblado llamado San Rafael. Ahí, en esa esquina (la de ese último desvío) un joven aviador, fumigador y visionario, instaló alguna vez un pequeño restaurante. El sitio estaba ubicado frente a una hostería conocida tal vez como Mayflower (alguien me ha dicho que 'Holiday'). El aviador se llamaba Jaime Martínez y había bautizado su sin par negocio como “El triángulo”.

 

Pero no había ahí un “triángulo” propiamente dicho: había dos catetos, pero la hipotenusa estaba ausente. Lo bueno es que ahí los platos eran los mejores del Valle, y no se hable de sus cervezas, ¡siempre bien frías! Jaime era un tipo ameno, bien parecido y cordial; nunca supe qué se hizo de él. Lo conocían como “Gato Martínez”; siempre sospeché que el apodo le venía por el color de sus ojos, aunque nunca pude descartar si obedecía a alguna vieja travesura, a sus juveniles arrestos o a otras bien disimuladas habilidades… Ya pasado el tiempo, abrigo el convencimiento de que no son muchos los que saben que fue él el verdadero inventor de un nombre que sirvió para identificar al sector más bullente y popular, y –con probabilidad– el más comercial y visitado que existe en todo el Valle de los Chillos.

 

En estos días, pocos recuerdan el origen de aquel nombre y me parece que ni siquiera identifican la palabra “triángulo” con la forma de aquella vieja esquina; tal parece que cuando se menciona tal referencia geográfica, la gente piensa más bien en otra encrucijada, una ubicada un par de cuadras hacia el norte, y la confunde con el cruce de dos avenidas: la General Rumiñahui (que es la continuación de la autopista) y la Ilaló (que termina en El Tingo). Es el lugar donde se asientan negocios como Che Farina, Marathon Sports y un par de pequeños centros comerciales.

 

Hablando de mi recordado amigo y colega, me permito efectuar una muy breve digresión: siempre me llamó la atención que así como son mayoritarios los serranos en el contingente de quienes se forman y convierten más tarde en marinos; asimismo, son muy pocos los aviadores serranos que se dedican a las labores de fumigación agrícola. Su vocación y destino, para llamarlos de alguna manera, siempre fueron los de la aviación de transporte, las aerolíneas.

 

Ya que lo menciono, se me antoja pertinente hablar de la vía que llamamos Autopista General Rumiñahui. Yo ya estaba casado (luego de 1975) cuando se la empezó a planificar y a construir; o, más bien dicho, cuando poco más tarde se la trató de dar una nueva fisonomía y se decidió convertirla en “autopista”. Uso las comillas porque llamarla de ese modo suena un tanto pretencioso: primero, porque apenas se extiende por unos 14 kilómetros; y, segundo, porque no tiene ni el diseño ni las características requeridas para que se la identifique de esa manera. Una vía de siete carriles (4 de bajada y 3 de subida, en 3 andariveles) con desiguales peraltes y sin interconexión para satisfacer las salidas y cambios de dirección, puede constituir una avenida cerrada pero nunca cumplirá los requisitos para ser llamada una autopista… (continuará).


Share/Bookmark

24 noviembre 2023

Una insoportable liviandad

El pasado julio falleció en Paris Milan Kundera; era donde residía desde 1975, tenía 94 años. Con ello se esfumaría la posibilidad de que se le concediera el Premio Nobel de Literatura, ya que la distinción solo se otorga a escritores vivos. Esa pudo haber sido, por un tiempo, una esperanza exigua aunque la mejor oportunidad pudo haberse concretado hacia fines del siglo pasado, en especial cuando otro checo, Jaroslav Seifert, poeta que se hallaba enfermo y postrado, fuera galardonado en 1984. Se había rumoreado que la Academia Sueca habría consultado a la disidencia checa respecto al probable destinatario. Se dice que el grueso de sus integrantes así lo habría sugerido.

Kundera había nacido en Moravia. He vuelto a leer estos últimos días su obra más conocida, La insoportable levedad del ser; lo he hecho tal vez treinta años después. No digo “releer”, con intención, porque aunque tenía indicios de que ya lo había hecho, realmente no lo recordaba… Había revisado todos esos subrayados, notas y marcas que había puesto en los márgenes, y no podía terminar por convencerme que era una obra cuya lectura ya había registrado. Sé bien que nunca una nueva lectura es idéntica a la anterior; que quizá las experiencias que median entre dos lecturas pueden significar que una misma obra sea interpretada no solo como si fueran dos libros distintos, sino hasta como una lectura efectuada por dos lectores diferentes…

 

A ratos he tenido esa extraña impresión en base a esas marcas y apuntes; se me ha antojado similar a la sensación que pudiera producirnos un texto que, a pesar de que no lo hubiéramos leído, quisiéramos dar la engañosa impresión de que ya lo habríamos hecho… Han sido otras líneas –esta vez– las que he querido remarcar, y otros los episodios que he decidido resaltar. En treinta años nos pueden pasar tantas y tantas cosas… Algo en la forma de identificar mis libros (una marca con una antigua dirección de correo), me ha persuadido que ese y otros libros de Kundera ya habían recibido mi atención.

 

Estoy convencido de que las obras de Kundera merecen una mejor traducción. Siento que los tiempos del verbo podrían ir más de acuerdo con la naturaleza del relato; de otra manera se distorsiona el ritmo de la narración y ello nos produce la impresión de que la historia no tiene un relato lineal, que se trata de una yuxtaposición de anécdotas, reflexiones y episodios que le van dando una estructura artificial a la novela. La obra se convierte así en una historia de amor intercalada por apuntes filosóficos, acontecimientos históricos e, incluso, posturas y episodios políticos. El lector alimenta entonces la persuasión de que hay inserciones añadidas al azar, notas aisladas que pudieron integrarse en cualquier otro de los demás capítulos.

 

Esto quizá define el estilo literario de Kundera. Son justamente esas interpolaciones, con datos y reflexiones que dejan por momentos de lado la trama del relato, las que pasan a convertir sus novelas en propuestas más adecuadas tal vez para la disertación o el ensayo. Esas anotaciones reflejan las tendencias filosóficas del escritor, especialmente la influencia que le habrían marcado los filósofos alemanes, cuya senda fue seguida por Nietzsche, y que sembraron las inquietudes del pesimismo o del existencialismo. Esas notas exhiben, además, su notable erudición y esa elevada formación que él se había preocupado por adquirir.

 

No debe olvidarse, que hace tan solo treinta años existía en el mundo una gran dicotomía, había una realidad política diferente; se sentían en el campo internacional las olas y reflujos que producían las controvertidas expresiones de la guerra fría, sujetas ellas al predominio que generaban sus focos de influencia. Así, era inevitable que el autor expresase su compromiso nacional, si no ideológico; testimonio que estaría de acuerdo con el papel que muchos consideraban –en esos conflictivos años– que era el papel que le correspondía asumir a la literatura, siempre en defensa de los valores humanos y de la libertad de los pueblos.

 

Kundera había sido expulsado dos veces del Partido Comunista; por ello, quizá no se sentía cómodo identificándose como un “escritor político” obligado a transmitir un mensaje. Sus obsesiones se relacionaron con temas como la identidad, el eterno retorno o el exilio. En lo personal, y en cuanto a la obra referida, estimo que las secciones mejor logradas están incluidas en los primeros capítulos de la Sexta parte (La gran marcha). Pero, desde el punto de vista afectivo, es notable el tratamiento que dio el escritor, con empatía y sutil delicadeza, a aquella especial relación que a veces logramos mantener con nuestras propias mascotas, siempre disfrutando de su compañía y de su imponderable nobleza. Ese es el tema de la Séptima parte (La sonrisa de Karenin).


Share/Bookmark