06 febrero 2024

Otro mandamiento más

Nunca estuve de acuerdo con los diez mandamientos. No es que yo hubiera demandado un poco más de libertad; era que cuestionaba que fueran preceptos negativos (no matarás, no robarás, no mentiras), no, no y no, como en aquella balada... Ya lo expresé alguna vez, en este mismo blog, ¡qué distinto sería el mundo, si en lugar de que las tablas de la ley fueran tan “negativas”, nos dijeran: ¡sé, trata, procura! Bien visto, el mismo concepto de la ley es también negativo. El Código Civil establece en su primer e inicial artículo: “La ley es una declaración de la voluntad soberana que, manifestada en la forma prescrita por la Constitución, manda, prohíbe o permite”. Nunca dice: “insta, inspira, provoca, insinúa, recomienda, sugiere”… Sí, creo que hace falta un nuevo precepto adicional…

Ya en mi primera visita a un muy importante puerto asiático que sería más tarde mi hogar por doce largos años, me di cuenta de esta curiosa –y harto mosaica– filosofía: no cruzar la vía en media calle; no mascar chicle, no estacionar con la parte posterior hacia la calzada, no botar las colillas en las veredas, no comer en el subte, no orinar en la vía pública. ¡No, no y no! Y… ¿funcionaba? Claro que sí, pero porque si no se hacía caso, si se actuaba de manera rebelde o díscola, venía un rígida y desproporcionada multa. Cualquier falta o infracción, por mínima que esta fuera, era penada con cien, doscientos, quinientos dólares. Pero, ¿eran las multas iguales para todos? Claro que sí, pero esa era precisamente una parte del problema: la multa no era equitativa: afectaba, castigaba más a los más pobres.

 

Pero lo último tampoco era lo más importante: la gente se había acostumbrado a que si la multa no era considerable, era entonces ‘pasable’ no hacer las cosas cómo se debe. En otras palabras, había una respuesta visceral, la gente se “comportaba bien” por temor al castigo. No se fue creando una cultura positiva: saber entender lo perjudicial del propio mal comportamiento y tomar la iniciativa para tratar de hacer siempre lo correcto, lo más eficiente y civilizado, lo más conveniente (no solo para uno mismo, sino para toda la comunidad). Nunca me extrañó, por lo mismo, que a mi ocasional ciudad huésped se la fuera conociendo urbe et orbi (en la ciudad y el mundo) con el remoquete de “The fine city”, lo cual no quería decir “la ciudad buena”, sino simplemente “la ciudad de las multas”, con el otro sentido que tiene la palabra fine.

 

Ya de vuelta al país, comprobé y corroboré que acá no había ni lo uno ni lo otro… No solo que no existían preceptos positivos, que no había recomendaciones o sugerencias, que no había frases inspiradoras, sino que tampoco había los preceptos negativos (no pintar grafitis, está prohibido estacionar junto a las aceras pintadas en amarillo, etc.); no, ni siquiera aparecían donde debían estar. Es más, curioso e insólito como pudiera sonar: se había impuesto una suerte de “ley de la selva”, la gente ya no hacía caso ni a las normas negativas, se había acostumbrado a incumplirlas y también se había acostumbrado a las recurrentes transgresiones de los demás.

 

Dejando a un lado, por ahora, nuestro comportamiento en lo personal (que también es importante) creo que en nada se expresa mejor nuestro actuar irrespetuoso y desordenado como en los trámites públicos y en nuestra actitud frente al tránsito vehicular; y, claro, es en esas mismas situaciones cuando mejor se refleja la ausencia de esos necesarios preceptos positivos. ¿Por qué no ceder el paso? (y no al que tiene derecho de vía, sino a quien vemos que parecería estar esperando). ¿Por qué no estar atentos al cambio del semáforo, tanto para desacelerar como para avanzar?, ¿por qué no utilizar con anticipación la luz direccional si nos proponemos virar? De nuevo, ¿por qué no aplicar preceptos positivos?, como: sé cordial, trata de ceder el paso, procura estacionar de reversa, haz un esfuerzo por no descargar en otros tus frustraciones, sé paciente, maneja tranquilo, ayuda a los otros a seguir en paz.

 

Aprovecho esta nota para hablar de algo a lo que se asigna muy poca atención: es el irregular cuidado con el que solemos estacionar. En efecto, con la rara excepción de utilizar la correcta maniobra –y el espacio provisto– ‘solo’ en centros comerciales, la gestión de estacionamiento deja mucho que desear. Usando un término bastante mal utilizado en estos días, diré que una gran mayoría de conductores estaciona en forma ‘desarticulada’, no solo que no centran el vehículo en el espacio asignado sino que no toman en cuenta el espacio de maniobra de sus vecinos. En cuanto a por qué estacionar de reversa... ¿han pensado en la posibilidad de un desastre? O, ¿qué tal, una batería descargada, si estacioné de frente y están ocupados los espacios laterales?


Share/Bookmark

02 febrero 2024

De fábulas y cuentos

De niños creíamos en un universo mágico, quizá porque soñábamos con la posibilidad de que se pudiera producir un milagro. Es la extraña fuerza que tiene el prodigio. El primer fabulador, el más antiguo contador de fabulas, habría sido un joven escritor griego llamado Esopo que, con tal de publicar sus consejas y moralejas, no dudó en hacer hablar a los animales. Su lugar de nacimiento es controvertido, unos lo ubican en Frigia, pero la mayoría coincide en que habría nacido en Tracia, hacia el occidente del Mar Negro (hoy, en el oriente de Bulgaria).

Se cree que vivió entre el 600 y el 564 a.C. (aunque hay quienes conjeturan que nunca existió). Lo citaron los principales filósofos, y también Heródoto y Aristófanes. La Suda (una antigua enciclopedia bizantina) certifica su existencia pero, aun así, su vida estará siempre envuelta en un velo de leyenda. Su obra fue recopilada en el siglo IV a.C. Después de Esopo, y por muchos siglos, nadie continuó la práctica del género; tal vez se receló que aquello de fabular era una patria reservada para los inocentes y los ingenuos. “Nadie vive del cuento”, fue el adagio repetido en tiempo de los abuelos. Sus fábulas siguen una estructura que ha sido muy estudiada e imitada; contienen un método didáctico y moral bastante definido.

 

En mis correrías por el Asia, oí hablar alguna vez de otro fabulador persa. Se habría llamado Vishnú Sharma y habría vivido en algún momento entre los siglos III a.C. y el III d.C. Sharma habría escrito una colección de cuentos en sánscrito, a la que denominó Panchatantra (de pancha, cinco; y tantra, principio). La obra contendría fábulas similares a las de Esopo, en ella se habrían inspirado escritores como Jean de La Fontaine, quien escribió algo llamado Las fábulas de Bidpai, basado en la obra del sabio indio Pilpay, una especie de Esopo extranjero para los árabes.

 

El Panchatantra habría alcanzado su forma definitiva en el siglo IV d.C., luego pasaría a convertirse en la referencia del género para el tratamiento de los personajes antropomórficos. Hacia fines del siglo VI se habría traducido al persa por orden de Cosroes I, uno de los más idóneos soberanos sasánidas. En el siglo VIII se lo traduciría del persa al árabe; de este trabajo habría surgido una versión denominada Kalila wa-Dimna. Hacia el siglo XII esta se habría traducido al hebreo y así pasó a ser conocida por toda Europa. En 1251, Alfonso X, El Sabio, habría solicitado –mientras era infante– una traducción directa del Calila e Dimna, del árabe al castellano. Mis copilotos conocían de otra versión escrita por un brahmán indio llamado Naraianá Panditá (Narayana). La obra es conocida como Hitopadesha, sus relatos consisten en fábulas; y sus personajes (que son animales parlantes) representan a las virtudes y defectos.

 

En los siglos posteriores –quizá inspirados por la estructura de estos cuentos y cuidando el propósito didáctico y moral de la fábula–, y siempre conservando el tono erótico o de humor sexual de otras obras en boga (como Las mil y una noches, una recopilación medieval de cuentos), surgieron autores como Giovanni Boccaccio (Decameron) o Geoffrey Chauser (Los cuentos de Canterbury), que dieron lustre al cuento corto; género repleto de humor y perspicacia, de ocurrencia y picardía, y cuya forma de narrativa fue replicada por futuros escritores. Ambos influenciaron a nuevos relatores que vivieron más tarde –entre la Baja Edad Media y el Renacimiento–; tal influjo pudo haber continuado hasta después del Siglo de Oro.

 

Boccaccio (1313 – 1375) había nacido en Florencia; fue humanista, a más de escritor. Viajó por Europa y a su retorno, en 1348, vivió la tragedia de la peste negra, desgracia que plasmó en su principal obra, la misma que la concluyó antes de cumplir 40 años. Boccaccio habría coincidido con Petrarca pasada la mitad del siglo. Más tarde, convencido por un monje, habría abandonado la literatura y los escritos profanos para dedicarse a la meditación y a la vida religiosa. El Decamerón es un compendio de cien historias contadas por diez chicos, siete varones y tres mujeres, que comparten una villa por quince días; todos cuentan un relato cada noche, excepto viernes y sábados. La obra fue prohibido en Italia en el Siglo XVI, acusada de lascivia.

 

Chaucer (Londres 1343–1400), fue escritor, filósofo y diplomático. Es considerado el padre de la tradición vernácula británica y se le atribuye –siguiendo el ejemplo de Dante– el mérito de haber impulsado el inglés nativo. De origen humilde (su nombre deriva del francés chausseur, que significa zapatero). Habría trabado amistad con Petrarca y Boccaccio, lo cual se testimonia por su claro influjo. Escribió Los cuentos de Canterbury entre 1382 y 1398: son historias ficticias contadas por peregrinos en su camino a la catedral de Canterbury. La obra se habría publicado recién un siglo después de haber sido escrita. Chaucer está enterrado en la abadía de Westminster.


Share/Bookmark

30 enero 2024

¡Ojo, se vienen curvas!

Cuando escribo estas notas, que me resisto a llamar “artículos”, no siempre se me ocurre un título desde el principio. Al no estar seguro, a veces opto por un título temporal y dejo, con el desarrollo del tema, que algo que surge en el transcurso se convierta en el título definitivo. Así, en este caso, como la idea era efectuar una advertencia, a modo de prevención, respecto a los riesgos que pudieran estar escondidos detrás del brutal avance que hoy tiene lo que se ha dado por llamar inteligencia generativa o artificial (IA), se me habían ocurrido expresiones como “Ojo, derrumbes”, “Cuidado, resbaloso si mojado” o, incluso: “Atención, perro bravo”.

Aquello de ‘perro bravo’, parecería embozar una falsa amenaza. Quizá se lo tomó prestado del inglés (Warning, beware of dog); aquello parece más bien denunciar que el propietario solo intenta asustar a los amigos de lo ajeno, a aquellos que pudieran pensar –a su vez– que el rótulo se habría ideado no solo porque el can hubiera resultado manso, sino –a lo mejor– porque el sabueso ni siquiera hubiese existido… Ahora bien, y ya entrando en materia, quiero comentar que resulta imperativo estar advertido de los efectos que pudiera tener el avance tecnológico frente a conceptos básicos de protección de una obra creada, tales como: autenticidad y derecho de propiedad.

 

Cuando se habla de IA, resulta pertinente aclarar si hablamos de una verdadera “inteligencia” o si solo utilizamos un eufemismo, si no estamos hablando de un “artificio intelectual”. Ya, en una nota previa, expresé si no mis reticencias, al menos mis recelos y temores frente a esa avalancha que va a competir con la inventiva y la creatividad. ¿Es ello realmente “inteligencia”?, o solo estamos frente a un artilugio postizo que, aunque lo aceptamos por su potencial, no cumple con las premisas deontológicas de originalidad, autenticidad y responsabilidad. No voy a negarlo: soy de aquellos que piensan que lo artificial incita pero no inspira; relaciono lo artificial con lo superficial, y todavía veo en ello –en lo superficial– ausencia de auténtica responsabilidad.

 

Para empezar, sería interesante convenir en si ese nombre, el de “inteligencia artificial” es el adecuado. Veamos: el diccionario define inteligencia como la ‘capacidad de entender o comprender’; y establece como sinónimos los siguientes: entendimiento, intelecto, talento, raciocinio, conocimiento, ingenio, pensamiento, razón, perspicacia. Por su parte, y respecto a aquello de ‘artificial’, el mismo documento –en su acepción 2– expresa: “No natural, falso”. Además, señala como sinónimos los que siguen: “artificioso, falso, ficticio, fingido, espurio, postizo, engañoso, ilusorio, sintético”… Pero –ojo– también establece algo concluyente: señala como antónimos (es decir, como términos contrapuestos) los que siguen: “natural, auténtico, genuino”…

 

Por su lado, el DRAE define “inteligencia artificial” como: “Disciplina científica que se ocupa de crear programas informáticos que ejecutan operaciones comparables a las que realiza la mente humana, como el aprendizaje o razonamiento lógico”. Con estas premisas, podremos entender porqué van surgiendo, cada vez, más preocupaciones relacionadas con el raudo impulso de la IA. Si bien una de las mayores inquietudes parecería estar relacionada con el aspecto laboral –que involucra a escritores, diseñadores y artistas–, se anticipa que esta agresiva revolución tecnológica pudiera generar serios conflictos relacionados con la autenticidad, la propiedad intelectual y la compensación por el uso de la información en la que se sustenta.

 

De antemano se avizora una desigual batalla para proteger la propiedad intelectual, una cuyo primordial propósito no será defender unos puestos de trabajo, sino proteger la iniciativa requerida para ejercitar la imaginación y la creatividad. La propia actividad académica se vería afectaba en sus programas de investigación y carácter científico. Ya no se trata solo de un asunto de legalidad, no se diga de sentido moral, sino del debilitamiento del acicate para lo original y auténtico. Hace falta, por lo tanto, un código que incluya consentimientos (permisos de autoría), compensación adecuada (derecho de propiedad) y respeto al genuino esfuerzo creativo. Se hace indispensable, entonces, un franco proceso de regulación (permisos, disposiciones, salvaguardas), para que la IA no se convierta en copia contumaz y artificiosa o en método para legitimar “creaciones” espurias o engañosos fraudes normalizados.

 

Estamos frente a un ‘lienzo en blanco’, un territorio ignoto (uncharted territory) que espera ser mapeado. Se trata de una encrucijada especial, sobre todo para sectores como la salud, el medio ambiente, la energía o la transportación. Hay mucho por prevenir y, claro, bastante por legislar y reglamentar.


Share/Bookmark

27 enero 2024

Un vecino extraño *

 * Escrito por Eva Villaver para El País de España (reeditado para satisfacer el formato de Itinerario Náutico)

Imagine un planeta sin estaciones, ahí dos años transcurren en tres días y la luz nunca llega a los polos. Allí, cada tres meses (terrestres) alternan temperaturas tan altas que pueden fundir el plomo y tan bajas que congelan el metano. Piense ahora cómo sería contemplar desde ese lugar tan extremo una puesta de sol en la que nuestra estrella se sumerge en el horizonte para un momento después volver hacia atrás, como si alguien hubiera apretado el botón de rebobinado, para un día o dos después desaparecer normalmente en el ocaso del oeste.

 

Ese planeta tan extraño está aquí al lado y se llama Mercurio. La estrella protagonista de esos atardeceres es el Sol y ese planeta viaja a su alrededor más rápido que cualquier otro objeto del sistema solar: completa una órbita completa cada 88 días. Mercurio es muy brillante, pero debido a su proximidad con el Sol es muy difícil de estudiar y, por eso, no se lo conoce bien.

 

Mercurio se mueve muy rápido en el cielo y es muy pequeño. En la Grecia antigua se asoció su papel con el del mensajero que comunicaba y ponía en contacto a los dioses. Mercurio toma su nombre del dios romano de los tenderos y comerciantes, y también de los ladrones y embaucadores. Está relacionado con el dios egipcio Thoth y con el nórdico Odín; ocupó un lugar muy destacado en la cultura maya. Toda esta relevancia mitológica y cultural solo expresa algo muy sencillo: es un objeto harto prominente en el cielo nocturno.

 

Mercurio gira muy despacio, por eso sus días son tan largos: uno de sus días equivale a 58,6 días terrestres. Su año, que dura 88 días terrestres, es muy corto, por algo es el planeta más cercano al Sol. No tiene su periodo de rotación sincronizado con su periodo orbital, como ocurre con la Luna, pero estos periodos son parecidos, ello se conoce como un acoplamiento 3 por 2. Esto quiere decir que por cada vuelta alrededor del Sol (periodo orbital) Mercurio rota una vez y media alrededor de su eje; así que no tiene un lado del planeta siempre mirando al Sol y el otro en completa oscuridad pero los periodos de luz y oscuridad son muy largos.

 

Mercurio se mueve con una órbita elongada a una distancia promedio de 57,9 millones de kilómetros alrededor del Sol. En órbita tan elíptica, siguiendo la segunda ley de Kepler, su velocidad cambia mucho en sus puntos más extremos. Por eso, cuando Mercurio está en el perihelio, el punto más cercano al Sol en la órbita, se mueve a una velocidad de 59 kilómetros por segundo (por comparación la Tierra lo hace a 30). Fue precisamente la medida del avance del perihelio de Mercurio una de las claves para probar la teoría de la relatividad.

 

En Mercurio amanece por el este y anochece por el oeste, como en la Tierra. Pero una vez al año, cuando pasa por el perihelio, el movimiento orbital sobrepasa la rotación del planeta y ese día el devenir del Sol se interrumpe; es, en ese punto, es cuando se pueden contemplar tan extraños atardeceres. El Sol se detiene en el cielo y se mueve hacia atrás para retornar a su ritmo normal a medida que desciende la velocidad del planeta al desplazarse en su órbita.

 

Como Mercurio está más cerca del Sol, la luz que le llega es siete veces más intensa que la de la Tierra, y tiene tres meses para calentar su superficie. El planeta gira muy despacio y, como consecuencia, las temperaturas son demasiado altas, alrededor de 420 grados, que podrían fundir el plomo. Del mismo modo, el tiempo que transcurre desde que se pone el Sol hasta que vuelve a salir es de otros tres meses de completa oscuridad, que enfrían el planeta hasta temperaturas inferiores a –170 grados, que congelan el metano y el dióxido de carbono.

 

Mercurio no tiene estaciones, gira sobre su eje casi en forma perpendicular a su órbita; esto implica que, en las regiones polares, el interior de los grandes cráteres está siempre a la sombra; uno de los grandes misterios que está por resolverse es determinar si ellos contienen azufre o hielo. Este pequeño planeta tiene un campo magnético similar al nuestro, solo que con menor fuerza, esto es único entre los planetas rocosos del sistema solar porque, al igual que la Tierra, tiene un campo magnético auto-sostenido. El porqué para que ambos planetas tengan un campo magnético –y Venus, Marte y la Luna no– es algo todavía inexplicable. Mercurio esconde interrogantes que ciertas misiones espaciales conjuntas aún están en camino de descifrar.


Share/Bookmark

25 enero 2024

Despedida a Raúl Cruz Llaguno *

…Voy a tratar de ser sucinto y breve; como él mismo gustaba serlo. En ello, creo que nunca le pudimos superar…

Hacia fines del siglo XIX un autor irlandés, Oscar Wilde, escribió una pequeña obra de teatro que se tradujo al español como La importancia de llamarse Ernesto **. Fue por lástima una traducción inexacta… No solo que Ernest y earnest son dos vocablos distintos (sin embargo de que suenen parecido, pues son homófonos), sino que ese título en castellano no recoge la intención del escritor que lo que quiso, en realidad, fue dar mérito a “La importancia de ser serio”... “Earnest” quiere decir confiable, formal, serio; todo lo que Raúl sabía ser, aunque él lo hacía con elegancia y discreción. Raúl era el epítome de la integridad, un hombre honesto y cabal. Ese era su auténtico valor moral.

 

Curiosamente, Wilde sentenció en algún otro momento algo contradictorio, dijo que: "La vida es una cosa demasiado importante como para ser tomada en serio"... Imagino que tal vez quiso referirse a las vicisitudes cotidianas o a los problemas que nos abruman, o –¿quién sabe?– a la fugacidad de la vida, porque es justamente en atribulados y difíciles episodios, como el de éste momento, cuando asistimos a una triste despedida, que confirmamos que en la vida hay asuntos demasiado trascendentes como para no saberlos tomar con la debida seriedad.

 

Conocí a Raúl gracias a ese juego elusivo que es el golf, un entretenimiento que yo mismo a veces me cuestiono si en realidad es un deporte, pues en él no se transpira ni tampoco exige esfuerzo cardiovascular; bien visto, ni siquiera creo que en rigor es un juego, porque para hacerlo bien, hay que ejercitarlo como si se tratara de algo de veras serio… nos empeñamos en ejecutarlo con un enorme respeto: requiere de un profundo sentido de honestidad.

 

Y quizá sea por ello que proclamamos que “el golf es una metáfora de la vida”, porque al final no se juega contra los otros compañeros (con nuestros ocasionales adversarios) o contra los elementos de la naturaleza o contra los obstáculos que se presentan en la cancha; y ni siquiera contra la cancha misma… Un poco tarde comprendemos que contra quien de veras jugamos es contra aquel niño díscolo y travieso que tenemos dentro de nosotros mismos; y así es como el golf nos enseña que por superficiales y baladíes que sean nuestros humanos pasatiempos, también hay que saberlos ejecutar respetando unas reglas establecidas y que hay que saber hacerlo empleando un serio y responsable sentido de camaradería y de deportiva generosidad.

 

Raúl no fue lo que llaman “un amigo de toda la vida”, mi amistad viene de quince o veinte años. Fuimos compañeros, pero compañeros de juego; la verdad es que yo era unos pocos años menor a él. Por eso, a veces siento que fue una lástima que no pude disfrutar más temprano de su amistad. Pero, en compensación, fue ello mismo una fortuna (con el amplio sentido que esa palabra tiene, que también quiere decir tesoro y casualidad). Nos hicimos amigos con la madurez para saber apreciar la amistad como algo de veras entrañable, algo que debe honrarse sin subterfugios, sin artimañas ni artificios… y que hay que saberla cultivar con sencillez, desinterés y recíproca integridad.

 

Raúl fue un hombre bueno, era un hombre sencillo y honesto, un amigo sincero y cabal. Si un recuerdo guardaré de su amistad es que irradiaba una luz como la que solo suele prodigar una estrella, pero con una virtud adicional: ese resplandor no solo iluminaba, también regalaba calor y, si uno se acercaba, ese astro luminoso también sabía abrigar…

 

Querido Raúl: estoy aquí para despedirme, para decirte que nos vas a hacer falta y que te vamos a extrañar. Quiero decirte "gracias", desearte un viaje tranquilo y que Dios te bendiga; que Dios bendiga a Liche y a tus hijos. En cuanto a ti… te lo voy a decir “muy en serio”: Oye, Raúl… ¡ya descansa! Sí, mi querido amigo, ¡que descanses en paz!

 

 *    Elogio fúnebre reeditado de una grabación proporcionada.

 ** Existe una versión de Alfonso Reyes; en ella el título es diferente, cambia a La importancia de ser Severo. El nombre ha sido reemplazado para conservar el juego de palabras que el título de Wilde tiene en el idioma original.


Share/Bookmark

23 enero 2024

Entonces, ¿qué mismo es Literatura?

Ella es nacida en Jakarta –la vieja Batavia– capital de ese enorme país insular que es Indonesia, lugar donde alguna vez vivió su padre (un ciudadano sueco que también residió en Ecuador); responde a un nombre que invita a la ternura: la llaman Chiquita. Ama el arte de la palabra, es ella una suerte de silenciosa enciclopedia y, si no he malentendido, ha dedicado gran parte de su vida a la enseñanza de la Literatura. Basta mencionar el nombre de un autor o título y ella se muestra predispuesta a compartir su prodigioso saber. En ello estábamos, conversando de lo humano y lo divino, cuando se me ocurrió comentar las antagónicas preferencias entre los novelistas británicos Ian L. Fleming y W. Somerset Maugham respecto a cómo debía prepararse un buen Martini.

No bien mencioné a esos escritores cuando ella, en forma discreta pero asertiva, me hizo una ligera observación: “ellos escribieron ficción, no literatura”, me advirtió. “Y, a pesar de que sus trabajos fueron apreciados –y bastante bien remunerados–, en estricto criterio académico, lo suyo no fue literatura, tan solo fue ficción”, remató… Intuí cuál era el meollo de su postura –el viejo debate respecto a los requisitos que debe cumplir una obra para distinguirse como literaria– y opté por inquirir su criterio respecto a lo que ella definía como Literatura. “Bueno… incluye textos que tienen un cierto simbolismo y un tema central –continuó–, su lectura requiere de un breve análisis, son clásicos, cuando los lees sabes que alguna vez los has de volver a leer, que los tienes que repetir”, me respondió.

 

De pronto caí en cuenta de la inveterada costumbre que existe en las librerías y bibliotecas de Norteamérica: aquella de segregar los textos en dos arbitrarias categorías: ficción y no ficción. División que no corre de acuerdo con el anterior criterio, sino que establece una separación entre las obras que surgen de la invención o imaginación; y las relacionadas con hechos o episodios reales, que no se narran o comentan con apoyo en la fantasía, sino que se relacionan con la realidad. Con este criterio, no son ficción las biografías, las obras de historia o de filosofía, los ensayos o los relatos relacionados con hechos puntuales; solo se incluyen obras cuya trama surge de la invención del autor, o son historias noveladas. La selección se realiza sin importar que pudieran existir relatos históricos –como son las crónicas– que pudieran surgir como interpretaciones subjetivas del autor.

 

Hace falta mencionar esta dicotomía porque, bien visto, hay escritores de literatura que se han basado en la ficción (Homero, Cervantes Shakespeare) y hay otros que, aunque se han basado en la realidad (Edward Gibbon, con La declinación y caída del Imperio Romano, es un ejemplo) han creado obras tan bien escritas, y con un lenguaje tan elegante, que se consideran como buena literatura. Esto invita a pensar en que debe existir un método objetivo que permita calificar qué es lo que entendemos por “Literatura”. Una manera de interpretar esa diferencia, lo procura el Canon Occidental, que nos permite identificar el concepto de lo “clásico”.

 

Vayamos por partes… Para empezar, literatura y ficción no son términos contradictorios, no son conceptos opuestos: puede haber Literatura que nace de la ficción (como en el Quijote) o, también, ficción reconocida como Literatura (piénsese en la Divina Comedia). El punto es que, si bien podemos identificar como ficción cualquier trabajo narrativo como las novelas o los cuentos, solo merece el título de “literatura” aquello donde el autor infunde un sentimiento o una emoción especial y crea una memoria y un mensaje duraderos. Como contrapartida, la pura ficción (aquella con un carácter comercial) solo trata de agradar al lector común, a las masas. La Literatura –con mayúscula– es en cambio más amplia, puede ser ficción o no serlo; mientras que la ficción, por su calidad, puede o no ser Literatura.

 

En el Canon se incluyen las obras de Homero o la Biblia; se registran obras de los principales poetas, historiadores y filósofos de la antigüedad; autores a los que se han ido añadiendo los escritores más destacados; o trabajos con un valor estético en el manejo de las palabras. Hay allí una “función poética”, es decir la intención de estilizar el lenguaje;  son obras que se refieren a la condición humana, a los valores que promueven la cultura y el progreso de la civilización, son escritos que nos sirven de inspiración para mejorar nuestras propias vidas y propender al crecimiento de la humanidad; no es literatura lo que solo apunta al entretenimiento. El diccionario define Literatura como todo aquello que se refiere a la palabra o se sirve de ella, abarca tanto textos escritos como hablados; la obra literaria no puede prescindir de un mérito artístico o de un valor estético, y requiere para ello de al menos tres elementos: belleza del lenguaje, presencia de tropos y otras figuras, y –en algunos casos– la asistencia de cadencia o ritmo.


Share/Bookmark