12 marzo 2024

Dos palabras: avión y aviador

Tenía seis años cuando pasé a vivir en la casa de la abuela. Fue solo ahí quizá cuando empecé a escuchar aquellas dos palabras mágicas: avión y aviador. Fue aquello algo inevitable: mi tía Lucila (a quien seguimos llamando cariñosamente Ñata) estaba casada con Gonzalo Ruales, un conocido aviador a quien poco veíamos y que tenía una pequeña compañía que operaba en el Oriente. Transportes Aéreos Orientales tenía, por esos años, un par de avioncitos pequeños; entonces me parecía que esas dos palabras quizá estaban relacionadas –eran homófonas, sonaban parecido–; lejos estaba yo de sospechar que ellas tenían raíces distintas. Era un tiempo en que hasta el apellido de ese tío aviador parecía esconder una curiosa onomatopeya, con ese su isócrono rua, rua, rua, que emitían las hélices de los motores al girar…

Todo fue hasta que un día descubrí que si bien “aviador” tenía una raíz francesa –y con harta probabilidad, latina–, avión (con el sentido de aparato volador) era una palabra más bien joven, recién acuñada, un término inventado: realmente un acrónimo ideado en Francia durante la segunda mitad del siglo XIX. Esta voz sería posterior a otras dos: aviador y aviación; en efecto, habría sido un oficial de marina francés, Guillaume Joseph Gabriel de La Landelle, un pionero de la aviación, quien en su obra Aviation declarara que tales términos eran derivados del verbo avier (volar como un ave) acuñado por él y por M. Ponton d’Amécourt en 1863. La Landelle lo había explicado así: “la analogía nos ha llevado a crear el verbo ‘aviar’, como sinónimo de volar por los aires, así como a sus derivados aviación y aviador…”

 

La voz francesa aviateur no podría derivar del otro término (de avion): primero, porque el sufijo de agente –teur (-tor en latín) solo se aplica a los verbos, y nunca a los sustantivos; y, segundo, porque avion solo fue acuñada 12 años más tarde (1875) por Clément Ader, otro gran aficionado de la aeronáutica, quien la patentó recién en 1890. Además, basado en estrictas reglas morfológicas, aviateur no podría ser un derivado de avion porque este último vocablo carece de una segunda ‘a’ al final de su raíz. En efecto, la palabra ‘avión’ consiste en un acrónimo creado por Ader con el sentido de “appareil volant imitant l’oiseau naturel”, que traducido significa: “aparato volador que imita al ave natural”.

 

En todo esto creía, hasta que cayó en mis manos un artículo  que estaba publicado en el diario español El Confidencial; en él se cuestionaba la originalidad de Ader y se ponía en duda el origen de la palabra avión. Decía que si bien el DRAE reconoce el origen francés de la palabra, el DIRAE (Diccionario Inverso de la Lengua Española) señalaba la aparición del término tan temprano como en 1611 (?), en el Tesoro de la Lengua Castellana de Sebastián de Covarrubias, incorporación que no se trasladaría al Diccionario de la RAE sino a partir de 1726, es decir siglo y medio antes de que pudo haber sido ideado por Ader, como lo refrendaría el CNRTL (Centro Nacional de Recursos Textuales y Léxicos).

 

El artículo hacía referencia a una versión francesa de la Wikipedia respecto a “un concepto que no era contemplado por la RAE: aquél de los retroacrónimos” (?), asunto que consiste, decía, en “interpretar una palabra como acrónimo cuando no lo es en su origen o, incluso, en dar un nuevo significado a un acrónimo que ya existe”… Por ventaja, este no sería el caso del vocablo ideado por Clément Ader, no solo porque nunca antes se había propuesto un acrónimo similar y ni siquiera otro parecido; sino, sobre todo, porque la palabra “avión” ya había existido (y ya se la había usado) desde mucho antes en el castellano o español pero con un sentido del todo distinto. Avión es un tipo de pájaro, una clase de vencejo o golondrina. La palabra ya se usaba pero, como se puede apreciar, no con el sentido de artefacto volador.

 

En cuanto al vocablo “aviador”, bien pudiera aceptárselo como tomado del francés aviateur, pero no debería subestimarse su raíz relacionada con otro verbo latino: el de viator. El diccionario de María Moliner define aviador, en su segunda acepción, como un adjetivo “aplicable al que avía”, lo relaciona con el verbo aviar; y, por su parte, el DRAE también describe aviador como un adjetivo relacionado con aquel que “avía, dispone o prepara algo”. Pero es inevitable acudir al traductor y encontrar que ese “viator” latino no es otra cosa que lo que conocemos como un viajante o viajero. Es el mismo DRAE el que define el vocablo viajero como aquel “que viaja” y menciona, entre sus numerosos sinónimos, a los siguientes: peregrino, caminante, trotamundos, aventurero y vagabundo…

 

En este sentido, resulta sorprendente (y fascinante) la concepción con que el columnista argentino Mariano Grondona describió alguna vez al ser humano: como “un ‘homo viator’, un peregrino en busca incesante de la verdad, un menesteroso en demanda exigente de respuestas”… Y es que eso también es el aviador: un humilde e impenitente peregrino que va por el mundo cumpliendo con su tarea…


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08 marzo 2024

Un hombre grande y otro algo pequeño

Hoy quisiera hablarles de dos personajes históricos que contribuyeron al propósito de mejorar el calendario. Su ciclo vital estuvo separado en casi doscientos años pero su influjo perduraría hasta nuestros días:

El primero fue un gobernante capaz, lo llamaron Constantino el Grande (272 - 337); hoy, algunos todavía lo veneran como  a santo. Procuró unificar el Imperio Romano y convirtió a Bizancio en la capital de su Imperio, ciudad que pasó a llamarse Constantinopla (hoy Estambul). Fue el primero en decretar la libertad de cultos; se convirtió al cristianismo y se propuso juntar los poderes de la Iglesia y el Estado (la Iglesia católica no hubiese alcanzado el auge que propició su auspicio, ni tampoco pudo haber obtenido el poder que alcanzaría con el tiempo). Constantino llegó al poder a los 34 años y gobernó por otros 31. Hay quienes comparan su figura con la del Moisés del Antiguo Testamento.

 

El otro nació en el año 460, era monje, se llamaba Dennis o Dionisio, y le decían “el Exiguo” debido a su corta estatura; parece que él mismo comentaba, a pesar de ser un reputado astrónomo y matemático, que solo era un servidor insignificante. Había nacido en Sciytia, región que hoy es parte de Bulgaria (junto al mar Negro). Fue llamado a Roma en el año 526 por el papa Juan I, para que hallara una fórmula más simple para establecer la fecha de celebración de la Pascua. También calculó la fecha del nacimiento de Cristo e introdujo los conceptos de anno domine y de Era Común (o Cristiana). A él debemos las nociones de a.C. y d.C. (antes y después de Cristo) que más tarde serían utilizadas.

 

Habrían sido los romanos los primeros en concebir una forma ordenada de numerar los años: se basaron para ello en la fecha de fundación de Roma. Asistidos por esa referencia idearon una fórmula para nombrar los años con referencia a esa efeméride de la urbe (add urbe condita, o AUC), método que fuera utilizado hasta el reinado de Diocleciano, emperador conocido por su obstinada persecución a los cristianos. En un tiempo en que la Iglesia se había fortalecido y consolidado, y parecía un contrasentido –según el criterio de Dionisio– seguir utilizando tan ingrata referencia.

 

Sin embargo, algo parece que anduvo mal en las cuentas y deducciones de Dionisio: relacionó el nacimiento de Jesús con el fin de reinado de Herodes, pero quizá se confundió y no consideró que con su cálculo hacía que Jesús hubiera nacido unos tres o cuatro años “antes de Cristo”… En efecto, Herodes había reinado hasta el 753 AUC y no hasta el 746; además, si María y José se habrían visto obligados a huir de Belén para eludir la orden imperial de eliminar a los menores de dos años (la matanza de los santos inocentes), Jesús pudo tener cerca de dos años a la muerte de Herodes. Dionisio tampoco habría tomado en cuenta el año cero (concepto que todavía era desconocido en Europa).  

 

Volviendo a Constantino, hacia el 312, justo antes de la Batalla de Puente Milvio, habría tenido una visión (pudo haber sido un sueño) que le sugería pintar sus estandartes con las iniciales de Cristo (XP en griego) y que le anticipaba: “In hoc signo vinces” (con este signo vencerás). Esto lo convenció para convertirse al cristianismo. Más tarde (año 326) convocó un concilio en Nicea (hoy Iznik, junto a un lago al sur de Estambul) a fin de definir el credo católico; ahí, a pesar de sus simpatías por el arrianismo, doctrina defendida por el obispo Arrio, el concilio la declaró como herejía. Esta postulaba que el Padre era anterior a Jesucristo y que no eran una misma persona el Padre y el Hijo.

 

Constantino suprimió el sistema romano de medir los días (con sus calendas –origen de la palabra calendario–, nonas e idus) e impuso una semana de siete días (ideada en Babilonia, unos 700 años a.C.), con un día dedicado al Sol y reservado para el descanso: el actual domingo, cuando se cerraban las cortes y se suspendían los ejercicios militares. Con esto, el sábado cedió su relevancia al domingo, con lo que contentó a los paganos. Además, utilizó el concepto cristiano de las fiestas fijas y móviles, y lo aplicó a las actividades públicas; dispuso una fecha para la Pascua, para que no se la confunda con la festividad judía. Con el ejemplo de la Iglesia, propició normas legales uniformes y una estructura centralizada.

 

En esos primeros siglos de la Alta Edad Media el cálculo de la Pascua parecía estar envuelto en un clima de misterio; basándose en un método de 19 años solares (o 235 lunares) inventado por Metón, 500 años a.C., Dionisio Exiguo elaboró unas nuevas tablas “inspiradas por el Espíritu Santo” que serían válidas para los próximos 95 años, estas actualizaban las preparadas por Cirilo, un obispo de Alejandría. La Pascua cristiana se celebraría el primer domingo luego de la primera luna llena posterior al equinoccio de primavera (que ocurre alrededor del 21 de marzo); lo malo fue que debido al cálculo inexacto del año solar, esta fecha se fue adelantando con el paso de los años…


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05 marzo 2024

Una cuestión de mal tiempo…

Era atractiva, cruzamos nuestras miradas y me sonrió. Parecía muy concentrada en su celular. “Hola, qué tal”, tentativo musité. “Buen día”, un poco seria y como mirando a su rededor, me respondió. Intuí que estaba acompañada y decidí continuar con mi caminata. Ya terminaba, y de nuevo la encontré; estaba sola y algo más amigable, mantuvimos un breve cruce de palabras; no dijo su nombre, sí que era madre soltera, que iba de repente al parque para estar sola y meditar (¡qué indirecta!), que era de San Pedro de la Bendita, un pueblo de Loja, y que tenía un hijo de seis años.

Eso fue todo. Hasta anoche… cuando sucedió “nuestro otro encuentro” (es solo un decir). Todo ocurrió en un sueño; esa es la verdad, la pura verdad… Esta vez me dijo que se llamaba Almudena, “por ese tema que tienen los lojanos de poner nombres con muchas aes”, me explicó. “Solo tienes que revisar el nombre de los pueblos”, continuó; “ahí tienes: Macará, Gonzanamá, Malacatos, Sozoranga, Calvas, Quilanga, Catamayo, Catacocha, Chaguarpamba, San Pedro, Cariamanga, Vilcabamba…”. “A ver, a ver –ágil le interrumpí, a la vez que me arrepentía de haber caído en la tonta muletilla–, San Pedro no tiene a”, le refuté. “El nombre completo es San Pedro de la Bendita, tres aes”, me replicó.

 

¿Y tu perro… también tiene muchas aes? (inseguro por si debía haber dicho 'a' o 'aes'), le pregunté. “Se llama Veinte”, respondió. “¿Y donde está la a?”, medio socarrón le repliqué. “Ah, es que buscaba un nombre que rimara con Argentina, de donde era quien nos lo regaló”, algo traviesa continuó, mientras yo caía en cuenta que Argentina también tenía dos aes: una al principio y otra al final. “Un ratito –repliqué dubitativo– ¿dónde está la rima?, Veinte termina en 'te' y Argentina en 'na'.... “Qué, no te das cuenta?, pues 'en ná' (en nada), sonriente concluyó…. Me puse colorado, me había tomado el pelo. En esas estaba, buscando qué y cómo responderle, cuando de pronto desperté…

 

Fue entonces, ya sonriente y despierto, que reflexioné en lo inauditos que suelen ser los sueños, que nunca parecen estar exentos de insólita autonomía, y de perspicaz ocurrencia... Fue cuando me pregunté por la razón para ese curioso nombre, para que le hubieran puesto ese nombre al pueblo: a San Pedro de la Bendita. Y fue ahí cuando me salieron todas las aes de mis nombres (esas que no hay en curioso) y me propuse investigar… Esto encontré en el internet: “San Pedro de la Bendita, pueblo fértil y pintoresco, se asienta en las faldas del Urcupunta; es acogedor y magnifico, por su clima maravilloso y hospitalario,  y por la hidalguía de su gente. La falta de documentos no permite precisar fechas, pero se conoce que la población se debe a tres corrientes étnicas: indígena, blanca y mestiza…”

 

“Por la primera, son descendientes de los Paltas, que se asentaron en las inmediaciones de las planicies ubicadas cerca de los cerros Urcupunta y Achupallas y de la actual cordillera de Chinchas. Fundaron Zayazayo, pueblo integrado por indígenas de apellidos Yauri, Tenezaca, Saraguro, Tuza, Curipoma… juntándose luego con los Lima, Lapo, Chuquimarca y Lituma… soportaron por décadas las inclemencias del clima, viéndose obligados a abandonar su terruño por los rigores de la naturaleza… se trasladaron al actual San Pedro… a Zayazayo en la actualidad se lo conoce como Pueblo Viejo”…  “La otra corriente estuvo formada por blancos y mestizos. Coincidieron en llegar por las mismas razones… eran de Paltas, Catamayo, Chaguarpamba, y correspondían a varias familias como los Arias, Jaramillo o Córdova. Encontraron un clima ideal y la exuberancia de los suelos… Se cree que los fundadores (de “San Pedro de la Bendita Virgen María”) llegaron por la cordillera Occidental de los Andes, entre los años 1540 y 1550”.

 

Origen del nombre de San Pedro de la Bendita

 

Primera versión: Lleva el nombre en honor al apóstol Pedro y Bendita por devoción a la Virgen Bendita de las Nieves, patrona del lugar y en cuyo honor se celebra una fiesta los días 3, 4 y 5 de agosto… las celebraciones se realizan de la siguiente manera: el día 3 están a cargo de la raza negra, que habitaba a orillas del río Guayabal. Al día siguiente, le corresponde a la raza indígena, que existía en mayor número. El día 5, “le toca” a la raza blanca… todas estas fiestas incluyen vacas locas, danzas folklóricas de cada comunidad, juegos pirotécnicos… se ofrecen comidas y bebidas, y acude mucha gente de los alrededores, de El Cisne, Chuquiribamba y La Toma”.

 

Segunda versión: El nombre, según los ancianos del lugar, se debe al apóstol san Pedro y a La Bendita, porque años atrás existía una hacienda (así conocida) que era muy grande y que producía toda clase de productos; comprendía un extenso territorio que abarcaba: Ambocas, Chiguango, se extendía hasta El Cisne, Chuquiribamba, e incluso llegaba hasta Catacocha. El dueño era un señor Carlos Riofrío; con el tiempo, la dividieron para repartir la herencia, luego fue donada a los pobladores de Zayazayo (hoy Pueblo Viejo) en vista del mal tiempo que azotaba a ese lugar”...


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01 marzo 2024

Dignidad humana y justicia

Escribo estas líneas mientras en El Salvador se acude a las urnas. Lo más probable es que se elija a Nayib Bukele para un segundo período consecutivo. Leo en un titular que “volvería a ser reelegido” lo cual es incorrecto, no porque suene redundante sino porque ha sido elegido una sola vez y, de hecho, nunca ha sido reelegido. Su triunfo pudiera tener el carácter de una avalancha; sería tan contundente que pudiera superar el 80% de la intención de voto.

El Salvador tiene una extensión de 21.000 kilómetros cuadrados, doce veces menos que la de Ecuador (es un poco más extenso que Manabí). A pesar de su tamaño, alberga a más de seis millones de habitantes: una tercera parte de la población de nuestro país. Hay en sus cárceles 70.000 PPL (personas privadas de libertad), lo que en Ecuador sería equivalente a tener más de 200.000 detenidos… Como nuestra población carcelaria no es mayor a 40.000 PPL –en proporción–, El Salvador multiplica por cinco nuestro contingente de personas recluidas.

 

Bukele ha asignado a su gestión un claro tinte autoritario. Visto el protagonismo que llegaron a alcanzar las pandillas en su país y dado el clima de inseguridad que venían imponiendo, su principal propósito habría sido terminar ‘del modo que fuera’ con la actividad delictiva que asolaba al país centroamericano. Los culpables iban a ser controlados y castigados (y está bien); sin embargo, el presidente enfrenta cuestionamientos respecto a su estilo de gobierno. Su gestión no se habría sustentado en disposiciones legales y se habrían vulnerado los derechos humanos.

 

Estas pandillas no consistirían en grupos subversivos; para los detractores de Bukele no deberían ser consideradas entidades terroristas. Al igual que sucede en Ecuador, consisten en bandas criminales (que no es poco decir) que cometen asesinatos por un precio pactado (sicariato); extorsionan a comerciantes y particulares (son las llamadas “vacunas”); se involucran en actividades de elaboración, tráfico y comercio de estupefacientes; y se dedican a acciones coordinadas de intimidación y estafa, para lo cual conforman redes delictivas con la finalidad de perjudicar a la gente y de mantener un estado de zozobra, extorsión y abuso. Los seres humanos no podemos vivir enfrentados al riesgo inminente ocasionado por la inseguridad, o expuestos a vivir –en forma permanente– en un clima de angustia y en medio de una tesitura de intranquilidad y desprecio por la vida de las personas, e irrespeto a su propiedad.

 

Con el propósito de cortar de raíz esas actividades y reducir las consecuencias de los actos delictivos, el gobierno de El Salvador se habría visto abocado a adoptar posturas extremas con el objeto de controlar de manera más efectiva el estado de inseguridad que se había instaurado. Es posible que durante la ejecución de ciertas acciones de seguridad, y en aplicación de las medidas que se habrían tenido que implementar, hayan existido no solo excesos sino también abusos. Por todo ello, los familiares de los reclusos y ciertos grupos sociales han venido reclamando por los eventuales atropellos que se pudieron haber cometido. Se habría denunciado que existiría un significativo número de detenidos sin juzgamiento o sin el cumplimiento de las normas procesales pertinentes.

 

No me corresponde tomar partido; estoy convencido de lo innecesarias que, en ocasiones, pueden llegar a ser las medidas arbitrarias. No me suscribo a los métodos extremos que suele propiciar el autoritarismo, tanto más reprochables si afectan a la dignidad de las personas. Pierre-Joseph Proudhon, un pensador francés del siglo XIX, consideraba que la justicia exige el obligado reconocimiento de la dignidad humana en medio de un acuerdo social de mutua reciprocidad. La justicia no debería consistir en la aplicación fría del derecho, ya que este no garantiza la justicia. En contrapartida, no habría justicia –tampoco– sin la orientación moral de la sanción y sin la ineludible acción de reparación en favor de las víctimas; siempre respetando aquello que define al individuo, y sin atención a si es el acusado o el perseguido: el reconocimiento de su propia dignidad.

 

Nada excusaría a ningún gobierno si incumple con el trámite debido o si mantiene a persona alguna privada de libertad, sin atender el proceso correspondiente y, menos aún, sin juicio previo. La democracia, la auténtica democracia, no puede sino estar al servicio de la felicidad del hombre, y no lo puede convertir en instrumento, con la excusa de fortalecerla. Cualquier método de gobierno debe ser un medio para la búsqueda del bienestar humano, jamás puede justificarse como un mero pretexto ni tampoco convertirse en un fin en sí mismo.


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27 febrero 2024

¿Se hunde Kansai? *

* Escrito por Jean Carmela Lim para AeroTime Hub, con mi traducción y reedición.

Cuando el Aeropuerto Internacional Kansai (KIX), de Osaka–Japón, abrió sus puertas en 1994, se lo consideró una maravilla de la ingeniería. Es uno de los aeropuertos flotantes que existen en el mundo; su construcción costó aproximadamente 20 mil millones de dólares. Treinta años después, sigue siendo un centro importante de distribución de tránsito aéreo en Japón. En 2022, se lo consideró el tercer aeropuerto más ocupado del país (más de 35 millones de pasajeros al año), después de los de Narita (NRT) y Haneda (HND), ubicados en Tokio.

 

Kansai sirve como centro de operaciones paraa algunas de las principales aerolíneas niponas, como All Nippon Airways (ANA), Japan Airlines y Nippon Cargo Airlines (NCA); e incluso para Peach, una aerolínea de bajo costo. Sin embargo, algunos expertos temen que el aeropuerto pudiera hundirse y quedar bajo el nivel del mar para 2056. Para llegar al meollo del problema, sería necesario conocer algunos antecedentes de este importante aeropuerto:

 

¿Por qué Kansai está en medio del mar?

El aeropuerto se construyó para aliviar la congestión en el aeropuerto Itami (ITM) de Osaka: ubicado al norte de la ciudad, que también sirve a Kobe y Kioto. Su ubicación inicial estaba programada para que se lo construya cerca de Kobe (al occidente de Osaka), pero los funcionarios de la ciudad y los lugareños se opusieron al plan inicial. Esto dio lugar a la decisión de construir el nuevo aeropuerto en un sitio muy particular, una isla artificial en el Mar Interior de Seto, en la Bahía de Osaka, al sur-occidente de la urbe, donde las operaciones podían efectuarse las 24 horas del día sin tener que incomodar a los residentes.

 

Para construir un aeropuerto en medio del mar, los ingenieros tuvieron que drenar millones de litros de agua de un lodo de arcilla blanda, de hasta veinte metros de profundidad, que se encontraba debajo del terreno del actual aeropuerto, antes de que se pudiera construir un malecón. La tierra reclamada se asemejaba a una esponja húmeda que se transformó en una base seca y densa que pudiera soportar el peso de la estructura del aeropuerto.

 

Los equipos de construcción colocaron arena, con un espesor de cinco pies de profundidad, sobre el fondo marino de la arcilla e instalaron 2,2 millones de piezas de tubería vertical, cada una de alrededor de unas 16 pulgadas de diámetro. Estas tuberías fueron rellenadas con arena (pilotes) y fueron apuntaladas en la arcilla para proporcionar una cimentación más resistente y estable. La construcción comenzó en 1987 y tardó siete años en completarse.

 

¿Por qué se está hundiendo el aeropuerto?

A lo largo de sus 30 años, este aeropuerto flotante ha resistido un gran terremoto: el de Hanshin en 1995, que alcanzó una magnitud de 7,2 grados y cobró más de 6.000 vidas. En 1998, también sobrevivió al tifón Stella, que provocó más de setenta deslizamientos de tierra; no obstante, el aeropuerto se está hundiendo más rápido de lo que se había previsto, debido a que, como se indica, su base es similar a una esponja. Los expertos habían calculado que el aeropuerto se hundiría unos 5,7 metros hasta 1990, pero en la realidad se ha hundido un total de 8,2 metros.

 

En una entrevista efectuada para Smithsonian Magazine en 2018, Yukako Handa, el representante del concesionario del aeropuerto, habría comentado: "Cuando se construyó Kansai, el relleno necesario se calculó en función del nivel del suelo y del hundimiento estimado en los primeros 50 años, luego de la construcción"; pero, en la práctica, hasta el 2018 se habría hundido 38 pies (doce metros y medio), un 25 % más de lo que los expertos esperaban. A pesar de esos ominosos temores, las perspectivas siguen optimistas y el aeropuerto se ha seguido expandiendo. En diciembre se inauguró un nuevo terminal internacional, con previstas nuevas extensiones que se completarán hasta el año 2025.

 

Nota: volé a Kansai mientras operaba el Airbus A-300-600 para Korean Air; entonces tenía una sola pista. Existe una aproximación escalonada que se inicia sobre Okayama. Una vez sobre la bahía, se reciben vectores para situarse en tramo de viento al norte de la pista. Luego de un estrecho viraje hacia final, se soportan fuertes vientos cruzados con incesantes ráfagas que se amplifican en final corto con el efecto de sotavento producido por el terminal aéreo.


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23 febrero 2024

Cuando el tiempo se detiene

Me devano los sesos preguntándome por qué usamos esa frase, la de “devanarse los sesos”, si devanar significa enrollar. Sospecho que si queremos darle un mejor sentido a la expresión, sería preferible emplear un verbo que equivalga a desenrollar… El punto es que a veces siento que me los devano (o lo que fuere) tratando de recordar cómo fue que conocí a alguien por primera vez. Esto no sucede con Leo, el esposo de una de mis primas, cuando lo reviso transcurridos más de 50 años… De paso, Leo es hipocorístico para un mogollón de nombres, como Leonidas, Leonel, Leopoldo, Leocadio, Leovigildo, Leoncio y, claro, hasta Leonardo…

En su caso, que lo recuerde marca más bien la diferencia. Y, para ello, haría falta ir al contexto, al cómo y al cuándo, al dónde y al porqué. Así que se me hace preciso confesar que cuando tuve quince años –unos dos antes de conocerlo–, me escapé un día del colegio y falté a clases de la tarde. Fui a ver una película de Alfred Hitchcock que se llamaba Psicosis; estaba hecha en blanco y negro, era protagonizada por Anthony Perkins, y la habían prohibido para menores de 18 años. Había transigido a la tentación y a las insistencias de un compañero de “pupitre”.

 

Ahí vi imágenes que recordaría después con persistencia: como esa esperpéntica mansión ubicada sobre un promontorio junto a un motel de carretera; o la de aquel joven perturbado llamado Norman Bates que era el propietario del motel y cometía un brutal asesinato en el cuarto de baño donde se duchaba una guapa pasajera; o aquella otra, donde un psicópata disfrazado de inofensiva abuela, se bamboleaba en la mecedora de esa siniestra residencia. ¡Cómo olvidar la escena en que Bates, armado de un cuchillo de cocina, y con musical fondo de suspenso, asesinaba a esa desnuda mujer que trataba de protegerse atrás de una cortina!

 

O esa casa se inspiró en la de mis tíos (los padres de mi prima) o la cinta me produjo tal impresión que recordaba aquel lúgubre lugar cada vez que iba a visitarles… Algo había en esa morada que me rememoraba esa mansión aterradora. Para colmo, había en el jardín de entrada un rabioso mastín que obligaba a sus víctimas a esquivarle, saltando a través de unos espinosos arriates… Una vez en el hall, y antes de tomar la grada, a su derecha había una puerta vidriada guarnecida por unos lánguidos visillos, parecía custodiar un aposento clausurado.

 

Era el sancta sanctorum de la casa; verdadera “sala de reliquias”. A ese recinto solo se tenía acceso en tres ocasiones puntuales: cuando íbamos de visita a escuchar tangos o cuentos infantiles; cuando se exhibía, por fin de año, un descomunal y anacrónico pesebre navideño (tenía dinosaurios y tanques de combate); o, cuando se nos invitaba a presenciar la exhibición de “los-juguetes-que-se-guardaban”… Se trataba de un avión a batería que autónomo giraba en espacio reducido; y de un trencito que recorría una pista instalada en el piso de la sala.

 

El primero encendía las luces, replicaba el ruido de los reactores y, cuando se detenía, abría una escotilla, dejaba bajar una escalerilla y desplazaba una preciosa azafata que saludaba agitando la mano… El otro era algo más complejo: requería de más espacio para desplazarse, era un convoy eléctrico que circulaba sobre una riel que había que armar sobre el entablado. Con el tiempo, ese trencito mecánico me habría de ayudar a comprender la letra de una canción de Serrat, conocida como La mujer que yo quiero. La marca del artilugio se había ido confundiendo (como ocurre con Gillette) con el nombre de aquel juguete... “Tiene muchos defectos, dice mi madre/ Y demasiados huesos, dice mi padre/ Son todos suyos mis compañeros de antes/ Mi perro, mi “Scalextric” y mis amantes. Pobre Juanito (?)…

 

Fue en esa misma sala, que un día conocí a Leonardo. Yo era entonces un chico retraído y algo solitario. Vecinos y primos como éramos con Patricia, ella se fue convirtiendo en guardián de mis confidencias e inseguridades; así fue creciendo una intimidad acicateada por la complicidad y la confidencia; ella sabía de mis arrebatos y devaneos…

Pero también hubo música de fondo; la entonaba Salvatore Adamo. Así lo proclamaba la cubierta de su LP: Cuando el tiempo se detiene. Su dulzona letra rezaba así: Es niebla y sombra el porvenir, solo hay recuerdo en la añoranza/ La vida vuelve a sonreír, pues recordar es revivir/ Que el tiempo y el destino detengan su camino/ Y aquel cariño al evocar, podrá un instante eternizar”… Gran amigo y empresario, un día Leo descubrió que si se quiere hacer jugo de naranja hay que tener las naranjas; y que si se las tiene, resulta imposible hacer jugos con sabor a otras frutas...


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