09 abril 2024

Curiosos caprichos del azar

“La ciencia es vasta y la vida corta. Por eso no debemos tener la pretensión de conocer todos los fenómenos de la Naturaleza”. Honorato de Balzac, La piel de zapa.

Ese día que fui a la librería, mencioné el nombre de dos escritores franceses a los que todavía no había leído: Honorato de Balzac y Louis Ferdinand Celine. Nada encontré de Celine, de Balzac solo tenían tres novelas: La piel de zapa, Eugenia Grandet y Papá Goriot; opté por la primera y la tercera, postergando mi interés para luego explorar algo más de la serie conocida como La comedia humana, un ciclo de alrededor de cien novelas y relatos con los que el escritor se propuso describir, en virtud de un contrato pre-acordado, los modos y costumbres de la sociedad francesa de su tiempo. Esta nueva “comedia” se habría inspirado en la Divina comedia de Dante, aunque en tono humanista, adecuado a su estilo: el realismo.

 

La circunstancia de que Balzac (1799-1850) no había disfrutado en su niñez de la intimidad y afecto de sus padres, a más de haber sido tratado con excesiva cicatería, habría influenciado en su estilo de vida y en su desorganización a lo largo de toda su existencia. Balzac vivió endeudado. A pesar de haber sido un prolífico escritor (escribía por quince horas diarias), era un muy mal administrador y era deficiente como hombre de negocios. Hay, en su apariencia, algo de rebelde y desgarbado; antes de sus treinta estuvo dedicado a escribir relatos de baja calidad con el afán de cubrir sus urgencias. Sería con La piel de zapa, una novela con aspectos un tanto fantásticos, que se haría conocer y pasaría a ser mejor apreciado y tomado más en serio.

 

El uso del vocablo ‘zapa’, en la traducción española, pudiera ser no solo desafortunado sino también incorrecto. Zapa puede ser un tipo de pala que se usa para excavar (de ahí viene la expresión ‘labor de zapa’, con el sentido de socavar una posición), pero también se refiere a la piel áspera de los peces selacios (tiburones, rayas, etc.); su sinónimo en el diccionario es el de 'lija'. Pero el título de la novela en francés es La peau de chagrin (se pronuncia parecido a 'La po du shagrán') que querría decir ‘La piel del dolor’ o ‘La piel de la pena’; sin embargo, ninguna de las dos expresiones harían sentido porque el título en francés hace referencia a una especie de talismán, la piel de un tipo de asno, que solo existe en Persia, conocido con el nombre de ‘onagro’, piel que –en el cuento– va reduciendo su tamaño cada vez que el poseedor pide un nuevo deseo. Esa tesitura determina que llegue un momento en que concluya la vida de su propietario.

 

Es solo hacia el final de la obra, que Balzac hace una descripción del curioso animal: “Existe en Persia un asno extremadamente raro, el onagro de los antiguos, equus asinus, o el culán de los tártaros. Es célebre en las Sagradas Escrituras. Moisés tenía prohibido que lo aparearan con sus congéneres. Pero el onagro es aún más famoso por las ‘prostituciones’ (se refiere al abandono del pueblo a la idolatría) de que ha sido objeto, y de las que hablan los profetas bíblicos”.

 

“!Qué hermoso animal! –expresa uno de los personajes de la novela– . Está lleno de misterios. Su ojo está provisto de una especie de tapiz reflector al que los orientales atribuyen el poder de la fascinación; su piel es más elegante y bonita que la de nuestros más bellos caballos, está surcada de fajas más o menos leonadas y se parece mucho a la piel de la cebra. Su lana tiene algo de muelle, de ondulante, de graso tacto. Su vista iguala en agudeza a la del hombre. Es de tamaño un poco mayor que nuestros más hermosos asnos domésticos. Está dotado de un valor extraordinario; si lo sorprenden por casualidad, se defiende con notable superioridad de los animales más feroces. La rapidez de su andar solo puede compararse al vuelo de las aves. Un onagro, caballero, mataría en una carrera a los mejores caballos árabes o persas”.

 

Y continúa su interesante exégesis: “Tiene un aire ágil, animado; aire de inteligente, de astuto; una fisonomía agraciada, movimientos llenos de coquetería… Un onagro domesticado vale sumas inmensas. Es casi imposible cogerlo en las montañas donde salta como un corzo y parece volar como un pájaro. La fábula de los caballos alados, nuestro Pegaso, tiene sin duda su origen en esos países, donde los pastores han podido ver muchas veces un onagro saltando de roca en roca… La piel que usted me muestra es de onagro. Discrepamos acerca del origen del nombre. Unos pretenden que es vocablo turco; otros quieren que sea el nombre de la ciudad donde ese despojo zoológico sufre una preparación química… que le da el grano particular que admiramos”. Como corolario, el título iría de un talismán consistente en la piel de un tipo de asno que, al reducirse o encogerse, produciría en su dueño intolerable amargura, aflicción y tristeza…


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05 abril 2024

Releyendo a Mauriac

Concluido mi itinerario al mundo mágico de Murakami, que tuvo como postreras estaciones a La muerte del comendador y 1Q84 (una distopía inspirada en la novela de Orwell); y satisfecha mi lectura de otras dos novelas de Faullkner (Mientras agonizo y Desciende, Moises), a más de otras dos de Steinbeck (De hombres y ratones y La perla); así como también de haberme entretenido con Mi vida como hombre del prolífico Philip Roth, he optado por mi primera relectura en mucho tiempo. El turno le ha correspondido a un francés nacido en 1885, cuyas Memorias interiores había leído allá por 1972. Este es quizá uno de los textos más antiguos que reposan en mi humilde librero. François Mauriac había sido galardonado con el Nobel en 1952.

Mauriac fue un escritor importante, era periodista y había creado un número considerable de novelas (La carne y la sangre, Thérèse Desqueyroux, Nudo de víboras, Fin de la noche, Los ángeles negros, La farisea); sin embargo, no fue muy conocido debido a diversos factores: siempre creció a la sombra de André Gide; su hora –como escritor católico que fue– coincidió con el auge del existencialismo (Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Simone de Beauvoir); y sus relatos tuvieron un ineluctable tono moralista, si no religioso. Conocí de su existencia hacia el final del colegio a través de sus memorias y escritos autobiográficos, textos que representan una valiosa referencia no solo de la política de su país, y del tránsito literario de mediados de siglo, sino, sobre todo, de las principales influencias que experimentaron las letras francesas.

 

Tanto Memorias interiores como Nuevas memorias interiores, se convierten no solo en testimonio de su tiempo, son reflexiones escritas con pasión y sabiduría; se integran con recuerdos y puntos de vista –con un inevitable tono autobiográfico–, e incorporan interesante información que ayuda a convertir esos recuerdos tanto en un disfrute literario como en una forma de tomar partido, la misma que invita a la introspección. Así, por muestra de ejemplo, menciona el fatídico designio de un gran número de compositores clásicos del siglo XVIII y la primera década del XIX: todos se despidieron en forma inaudita y prematura (Mozart a los 35, Weber a los 39, Schubert a los 31, Mendelssohn a los 38, Chopin a los 39 y Schumann a los 46).

 

La prosa de Mauriac es a ratos cautivante. Repaso uno de mis más tempranos subrayados: “Un poeta es un niño que no muere, un niño que perdura privado de los ángeles tutelares de la infancia, un niño sin barreras, sujeto a todas las pasiones de un corazón y una carne de hombre, a todo el oscuro frenesí de la sangre”. Son múltiples sus influencias, casi todas de sus coterráneos (Rimbaud y Valéry; Lamartine y Hugo; Claudel y Baudelaire). Reconoce su familiaridad con las obras de Balzac y Proust, solo comparable con su identidad con Guerra y Paz de Tolstoi. Confiesa su seducción por una inglesa, Emily Brontë, que en sus inicios utilizó un pseudónimo masculino y que dio mucho que hablar con su novela Cumbres borrascosas.

 

Nada me sorprende más que su “asombro porque a la gente le haya parecido un gran misterio que Racine, después de Fedra, y Rimbaud, después de Una temporada en el infierno, hubieran enmudecido”. “El hecho de que alguien guarde silencio cuando ya no tiene nada que decir, debería parecernos la cosa más razonable del mundo –dice–, no debería siquiera llamarnos la atención… ¡Cuántos viejos molinos giran en el vacío cuando ya no tienen granos que moler”, insiste Mauriac. El lúcido comentario viene a cuento –y cae como anillo al dedo– respecto a lo que he apostillado en una entrada anterior, respecto a la desafortunada decisión de los hijos de García Márquez de publicar una obra sin atender al deseo de su padre. “Me gusta el dios de la discreción y el silencio, Harpócrates –concluye Mauriac–, con su dedo índice sobre la boca”.

 

Son encomiables otros apuntes del autor francés. Ahí está su aprecio por la exégesis del Evangelio de Juan que hace Hawthorne en La letra roja, donde un puritano consigue “lo que los fariseos no pudieron”; o su criterio de que la obra más importante de Daniel de Foe no sería Robinson Crusoe sino Moll Flanders; o su interpretación de que lo que quiso decir Gustave Flaubert con su “Madame Bovary soy yo” no significaba un “paralelismo místico entre dos destinos”, sino que esa novela sería la que mejor lo definía como escritor. Sorprende, asimismo, su convencimiento de que la novela Las bostonianas, del estadounidense Henry James, pudo haber sentado los cimientos de todo el edificio proustiano. En cuanto a Jorge Luis Borges, Mauriac lo describe y reconoce así: “esa especie de Kafka que no se tomaría nunca en serio su laberinto… me ha hecho descubrir que casi todos en Francia no hemos abandonado todavía el naturalismo...”


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02 abril 2024

Una tierra de hechizos y brujas *

Nota: los Moncayo somos gente que gusta de leyendas. Somos gente proclive a creer en brujas, trasgos y aparecidos. La que sigue es una historia relacionada con un pueblo que ha venido acarreando un castigo secular: el pueblo de Trasmoz, ha estado excomulgado por cinco siglos por negarse a pagar impuestos a un monasterio. La localidad se encuentra en Aragón, hacia el nororiente de la sierra del Moncayo, a medio camino entre Logroño y Zaragoza –algo al sur de Tudela– o, lo que equivale a lo mismo, a media jornada entre Soria y Zaragoza –algo al nororiente de ese pico tutelar–. Cuando se habla de la región del Moncayo, en Aragón, se habla de una extensa zona ubicada hacia el noroccidente de la comunidad aragonesa. Destacan, con similar toponimia, lugares como: San Martín de la Virgen, Añón o Alcalá del Moncayo.

 

El que sigue es un breve artículo relacionado con el pueblo de Trasmoz, ubicado en esa misma zona:

 

  * Escrito por: Rubén Martinez, para el periódico AS

 

La historia de la localidad aragonesa de Trasmoz es muy peculiar. Se trata de un pueblo excomulgado en su totalidad por la Iglesia católica aún a día de hoy. Y no solo eso; esta institución también lanzó una maldición sobre este municipio. Pero, ¿cuál es el origen de este peculiar estatus que sigue sin ser revocado en pleno siglo XXI?

 

Durante el S. XIII, la localidad de Trasmoz era un territorio laico, por lo que no tenían que pagar impuestos o cuotas al cercano monasterio de Veruela. Esta exención de impuestos no hizo sino enfurecer al clero. Para empeorar las cosas, los habitantes del castillo local extendieron los rumores de que era una zona plagada de brujas y hechiceros. ¿El motivo? “Justificar” los sonidos de herrería y martilleo constante que generaba la actividad de falsificación de monedas que llevaban a cabo.

 

La suma de los rumores junto a su exención de impuestos propiciaron que el abad de Veruela solicitara al arzobispo de Tarazona que excomulgara a todo el pueblo. La excomunión implica que a ningún habitante del municipio se le permitía confesarse o tomar los santos sacramentos. La comunidad de Trasmoz entonces era heterogénea, compuesta por cristianos, judíos y árabes, motivo por el cual nunca llegaron a arrepentirse, que habría sido la forma de derogar la excomunión. Las disputas fueron in crescendo con el paso de los años, llegando incluso al punto de que el monasterio de Veruela comenzó a desviar agua del pueblo para uso propio en lugar de pagarla.

 

Pedro Manuel Ximenez de Urrea, señor de Trasmoz, llegó a alzarse en armas contra el monasterio, y antes de que se iniciase una guerra contra la mismísima Iglesia católica, el rey Fernando II de Aragón zanjó el asunto, declarando que las acciones del pueblo de Trasmoz estaban justificadas. En 1511, y con el permiso del papa Julio II, la Iglesia maldijo la aldea de Trasmoz. Su razonamiento era que el levantamiento en armas de Pedro Manuel y los habitantes de Trasmoz se debía a que habían sido “cegados por la brujería”. Como la maldición fue expedida con expreso conocimiento de un Papa, solo otro Papa tiene el poder de revocarla, y ninguno lo ha hecho hasta ahora. Es por este motivo por el que Trasmoz sigue “maldito” en pleno siglo XXI.

 

Mitos y leyendas de Trasmoz: La peculiar historia de esta localidad aragonesa que en la actualidad apenas llega a los cien habitantes ha dado pie a numerosas leyendas sobre brujería, hechicería y aquelarres. El poeta Gustavo Adolfo Bécquer llegó a registrar alguno de estos mitos como el de la Tía Casca. Según este relato, esta vecina fue asesinada impunemente por todos los vecinos del pueblo al ser despeñada por un barranco, ya que consideraban que era una “bruja”. Esta historia se ha recogido en el episodio 3 de la temporada 3 de la serie española ‘El Ministerio del Tiempo’, llamado de forma apropiada “Tiempo de hechizos”.

 

Este pasado tan particular se ha convertido en nuestros días en uno de los motores económicos y turísticos del pueblo referido, con instalaciones como el Museo de Brujería y Supersticiones del Moncayo; y con la celebración de actividades tales como los Encuentros sobre Brujería, Magia y Plantas Medicinales.


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29 marzo 2024

Una forma “familiar” de plagio

“I–nau–dito”, realmente insólito, como lo hubiese descrito Alex, mi  amigo y antiguo jefe. O: “In–dig–nan–te”, como hubiese preferido un viejo colega que un día me confesó, con humilde dignidad, que no sabía cómo se debía comer una alcachofa. La que sigue es una historia de codicia y avaricia (¿por qué será que estos vocablos riman en forma tan coincidente?); esta es “La increíble y triste historia de dos cándidos herederos y una editorial desvergonzada”, como lo hubiera proclamado el mismísimo creador de Cien años de soledad, el incorregible (y nada angurriento) Gabo…

Todo habría empezado con su designación para que recibiera el Premio Nobel de Literatura (solo contaba con cincuenta y cinco años). Luego de ello, García Márquez se habría propuesto un nivel literario sobremanera exigente, se había fijado una vara muy alta. A partir de aquel momento cenital en Estocolmo, con la sola excepción de un par de sus posteriores novelas, habrían declinando sus virtudes como escritor; ya no estaban allí esas hermosas frases largas que caracterizaron a sus mejores escritos. No sería descabellado conjeturar lo que su mismo hermano habría ya anticipado: sus reservados temores, cuando había declarado que el autor colombiano habría empezado a enfrentar claros signos de una cruel y desgastante enfermedad: la demencia.

 

Ese, bien pudo ser el motivo para que la que pudo haber sido su última novela, En agosto nos vemos, hubiese merecido tantas como cinco revisiones que parece que nunca dejaron del todo satisfecho al creador de El coronel no tienen quien le escriba; de hecho, mientras gozaba todavía de su asombrosa lucidez que lo convertía en un conversador tan interesante, habría dado claras disposiciones a sus hijos para que esa obrita tan corta (tenía solo algo más de cien breves páginas) fuera destruida, para que así nunca pudiera ser publicada. El nacido en Aracataca recelaba que la anodina novelita (muy breve para novela y demasiado larga para convertirse en cuento) sería tan poco promisoria que era mejor destinarla al cofre herrumbroso del olvido: no merecía ser publicada.

 

Aquella obrita (“nivola” la hubiese tildado don Miguel de Unamuno), aquella misma que su autor ni siquiera alcanzó a corregir el tiempo del verbo de su título (“Nos vemos, o nos veremos, en agosto” quizá hubiese sonado –y se hubiese traducido– en mejor forma), fue relegada por el propio García Márquez al soberado de la historia; no alcanzó, por lo mismo, a convertirse en una novela “inédita” –por póstuma– sino que, no habiendo pasado la criba de su particular “control de calidad”, pasó simplemente a ser parte de una carpeta, física o virtual, carente ya de valor literario, sin más valor que uno sentimental, aquel mismo valor que se asigna a los bártulos que solo avivan la nostalgia, y alcanzan el precario significado de esas cosas–que–pudieron–haber–sido–y–no–fueron…

 

Desde semejante óptica, insistir en la edición de una obra que no satisfizo al autor, sea por desilusión, honestidad, vanidad o cualquier otro motivo, no solo hubiese pasado a ser una decisión inconveniente, sino que el trámite corría el riesgo de que la novela sea interpretada como un trabajo completo y final, cuando era algo que no podía ser tomado en serio, no solo por no respetar el firme deseo de su autor, sino por haberse convertido en una forma de plagio (la “corrigieron” a su arbitrio) y por no representar un trabajo terminado y auténtico. Las cosas deben no solo ser, sino también parecer; y, del mismo modo, aquello que “quiere pasar por”, no solo debe parecer, debe –ante todo– “ser”. Debe tener la calidad de lo que no engaña por su apariencia: ¡debe tener un carácter auténtico!

 

Por lástima, no es así como han procedido los herederos de Gabriel García Márquez, y más puntualmente sus hijos Rodrigo y Gonzalo que, incumpliendo los deseos y expresas disposiciones de su moribundo padre, han vendido los archivos del escritor y han entregado el material a Harry Ransom Center, una editora de Austin, Texas. Entre los documentos que han negociado, se han incluido las diferentes versiones del borrador de En agosto nos vemos, con lo que pronto ésta “que aparenta ser una obra terminada” pasaría a ser exhibida en los escaparates de las principales librerías. Vale recalcar: el material entregado no corresponde a una obra inédita, se trata del simple boceto de una obra que nunca había sido completada. Un ejercicio comercial que no obedece a las recomendaciones que habría hecho el afamado escritor a sus descendientes.

 

Los hijos no han destruido la novela, como quiso su padre, han optado no solo por publicarla, “porque ella lo merecía”, sino que tuvieron la osadía de “hacerla corregir” y negociaron con los editores para que dieran a la novela el destino comercial que consideraran más conveniente…  Desde luego, han aclarado que no lo han hecho “por una cuestión de dinero” (menos mal, ¡qué alivio!). ¡Qué historia tan triste e incongruente!


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26 marzo 2024

TAO y el artículo de Diners (2)

Volar en el Oriente siempre ha requerido de un sólido conocimiento del terreno y de destrezas especiales; pero también ha constituido una fuente de mitos y leyendas. Esa es todavía una zona inhóspita y carente de facilidades adecuadas para la navegación aérea; algunos sectores, todavía carecen de pistas debidamente preparadas. Es por ello necesario destacar el mérito de aviadores que, como Gonzalo Ruales, supieron sobreponerse a esas limitaciones con su conocimiento de las características del vuelo que impone la selva. Antes resultaba obligatorio volar “rumbo y tiempo”; constituía una continua indagación…

 

TAO fue creando una auténtica “escuela”, algo similar a lo que había caracterizado a la operación de AREA. Si algo se debe reconocer a esa pequeña compañía es que sus pilotos procuraban practicar un claro concepto de estandarización. Con sus limitaciones, todos respetaban y trataban de fortalecer unos procedimientos que eran reconocidos como propios por todos sus tripulantes; ese esfuerzo y dedicación fueron afianzando una operación estandarizada y la confianza en un sentido de seguridad aérea.

 

En referencia al artículo que comentamos, sería impreciso mencionar que TAO pudo haber operado hasta 18 aparatos. Esto es inexacto; la verdad es que nunca se operaron más de cuatro aviones a la vez. Lo que sí es cierto es que la empresa llegó a operar un total de 18 aviones a lo largo de sus 63 años de encomiable historia. Esto es fácil de comprobar pues los aviones se identificaban de acuerdo a su orden de llegada al servicio de la compañía: yo volé el 09 y el 011 (dos DC-3) y también el inolvidable 012 (un Twin Otter). Las aeronaves que llevaron el nombre de TAO fueron: 2 Norseman; 2 ó 3 avionetas Cessna; dos Junkers 52 de tres motores; 4 Douglas DC-3 (el venerable C-47); un DHC-6 Twin Otter; un DHC-4 Caribou (arrendado); y, posterior al cierre temporal que tuvo la compañía a mediados de los años setenta: 2 Cessna 206, 2 helicópteros y una avioneta STOL PC-6 Pilatus Porter, conocida coloquialmente como “Machaca”.

 

Por otro lado, me permito registrar los accidentes sufridos en orden cronológico: un primero ocurrió antes de 1955: se trató de una avioneta, pilotada por el propio Gonzalo, que se accidentó al no poder aterrizar en Río Amazonas debido a las condiciones del clima; llevaba cuatro pasajeros. Este accidente es relatado en el artículo que hoy analizamos; acaeció al sur de Shell Mera y no hubo fatalidades. Los sobrevivientes, luego de caminar por cinco días en la selva, llegaron a la colonia penal, cerca de Mera. Me lo contó el mismo Gonzalo. En 1958 se accidentó un Junkers 52 en Quito, intentaba retornar a la pista luego de haber perdido un motor durante el despegue, estaba pilotado por Cristóbal Drexel, futuro fundador de ATESA.

 

El primer DC-3 que habría de accidentarse fue el 08, sucedió en la cima del cerro vecino a Puyo; el desastre ocurrió mientras intentaba aterrizar antes del crepúsculo en Pastaza; estaba pilotado por un coronel retirado de apellido Calero. En 1969, el 010 se accidentaría saliendo de Sucúa cuando, al tratar de abortar su despegue, el avión se desplazó fuera de la pista y chocó con un árbol de pambil; falleció una persona, tenía por comandante a un gran amigo, Rómulo Peralta. Hacia 1973 ocurrió otro intento frustrado de despegue; en esta oportunidad se encontraba nuevamente al mando Gonzalo Ruales. Habrían de pasar casi treinta años hasta que sucedió el siguiente siniestro: sucedió en Quero, cerca de Píllaro, tuvo por piloto a uno de mis primos, era el cuarto hijo de Gonzalo y llevaba el mismo nombre; hubo tres fallecidos, incluido quien lo comandaba. El más reciente ocurrió con una “Machaca”, cerca de Alóag, felizmente sin fatalidades.

 

Resta por comentar una historia interesante: el Junkers-52, Río Amazonas, fue vendido por $ 5.000 a un aficionado que lo quería emplear para vuelos de demostración. Luego de utilizarlo por más de una década, lo vendió por la increíble suma de $ 200.000. Este mismo aparato fue adquirido más tarde por Lufthansa; se le asignó una matrícula con una designación que proclamaba su pertenencia: D-AQUI. Hoy ha sido ya retirado de línea de vuelo, y es parte del museo de la prestigiosa aerolínea.

 

Frente al fracaso de otras iniciativas aeronáuticas, Gonzalo desechó, a pesar de contar con los permisos requeridos, la posibilidad de tomar otras rutas que fueron abandonadas por empresas que lamentablemente colapsaron. No dejó de hacerlo por falta de ambición; lo hizo para no descuidar el servicio establecido y porque, en su momento, reconoció que no podía asumir solo el desafío, si no contaba con el necesario equipo humano y si no tenía la experiencia requerida para afrontar el reto con la debida responsabilidad. Siempre fue su prioridad mantener el servicio social que ya ofrecía a la comunidad oriental.


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22 marzo 2024

TAO y el artículo de Diners (1)

Debido a ese comportamiento caprichoso que tienen las redes sociales (siempre tan casual e impredecible, no en vano es conocido muchas veces como “viral”), me llegaron, hace no mucho, tres idénticos mensajes casi simultáneos por WhatsApp. Me participaban un artículo –realmente no muy fresco– de la revista Diners (la publicación era de noviembre del 2018), que hacía referencia a la trayectoria del conocido aviador y pionero de la aviación ecuatoriana Gonzalo Ruales, así como a la historia de la empresa por él fundada (y en la que colaboré), TAO, Transportes Aéreos Orientales. Dicha reseña estaría abreviada de un artículo cuyo autor sería un señor Fernando Hidalgo Nistri, a quien no conozco personalmente.

La nota tiene la impronta de una revista editada en Puyo (hoy sé que no debe decirse “El Puyo”), lo cual confirmaría que es una reedición que ha extraído lo más importante de la redacción original. Sin subestimar lo más importante y rescatable de su intención –que no parece ser otra que destacar el impacto e influencia de la labor de Gonzalo y de su empresa, para la región Oriental y para la aviación comercial ecuatoriana– me gustaría hacer un breve análisis de la nota, aclarando ciertos aspectos que merecen destacarse. Lo hago como un aporte a ese reconocimiento nacional todavía ausente, por parte de las autoridades ecuatorianas, y con el ánimo de aclarar un par de aspectos y de complementar la referida información.

 

Existen dos circunstancias de las que estoy persuadido: ni el formidable desarrollo del Oriente hubiese sido posible sin la esforzada gesta aeronáutica y empresarial de Gonzalo, ni el progreso sostenido de la aviación civil nacional hubiese sido posible (por lo menos en el tercer cuarto del siglo pasado) sin su visión, su firmeza de propósito y su solitaria perseverancia. En TAO servimos, esto es: nos hicimos más profesionales y mejores pilotos, gran parte de los aviadores que continuamos operando y ofreciendo nuestro aporte en las principales aerolíneas que lograron seguir subsistiendo en el futuro en nuestro país.

 

No se podría entender la dimensión de los logros de TAO sin apreciar algunas facetas de la personalidad de Gonzalo Ruales. Como piloto era un profesional metódico, sereno y meticuloso, nunca amigo de tomar decisiones riesgosas o innecesarias; era uno de los pilotos que mejor conocía la selva y las características de la operación en la región, y que trataba de compartir sus conocimientos, no solo con sus copilotos sino, sobre todo, con los demás comandantes que operaban en el Oriente. Podía ser severo, rígido e intolerante con la indisciplina y con las opciones de sus aviadores que pudieran afectar o poner en riesgo la estabilidad de su operación. No permitía que sus pilotos sucumbiesen a la bebida o a alguna negativa distracción mientras se encontraban en servicio o en cumplimiento de su respectiva rotación. Era muy selectivo y exigente a la hora de escoger y contratar a sus tripulantes y más colaboradores.

 

Fue muchas veces la experiencia de sus propios errores, o de los incurridos por los demás pilotos, y cuyas secuelas afectaron la continuidad o desarrollo de su empresa, la que sirvió de pauta (y a veces de mantra) para una operación segura, reconocida por su eficiencia y confiabilidad. Siempre estaba atento al desarrollo de la meteorología –tan imprevisible sobre la selva– para alertar a sus tripulaciones, dar oportunas recomendaciones y evitar aquello de que, por tratar de volver –a como dé lugar– a Pastaza (nuestro centro de operaciones), tuviéramos un nunca bienvenido percance; es más, cuando debíamos inopinadamente pernoctar fuera, daba claras disposiciones para que no iniciásemos el regreso hasta que las condiciones mejoraran y pudiéramos garantizar que habíamos cumplido con un necesario y conveniente descanso.

 

Gonzalo era un hombre riguroso y frugal, pero también podía ser generoso; por lástima veía como un gesto de deslealtad inapelable cuando sus aviadores optaban por otros y más auspiciosos destinos; no comprendía cómo alguien a quien en su momento de infortunio le había dado la mano, podía abandonar la plaza que ocupaba para optar por nuevos horizontes. Los hombres, por desgracia, deben velar por su propio bienestar y por la seguridad de sus familias, y nunca es un gesto de deslealtad el buscar otras alternativas para mejorar, o asegurar, su desempeño profesional.

 

Si algo se destacaba en TAO era el formidable mantenimiento de su flota, todo bajo la tutela y supervisión de un mecánico excepcional y un teutón inolvidable, era todo un caballero: Antonio Bossarek. Por lástima, un buen mantenimiento no es total garantía para que no se siniestren los aviones (hablo de condiciones que no involucran las tareas o la operación confiada a los aviadores) y la empresa no estuvo exenta de inesperados incidentes y accidentes que afectaron la fuerza operacional y la versatilidad de su línea de vuelo.


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