01 noviembre 2024

Huérfano de hijo...

Ha transcurrido un mes de la partida de Felipe, mi querido hijo. No digo ‘de la despedida’, porque la vida, que a veces se entromete en el camino, no quiso que nos despidiéramos, no nos dio la oportunidad… Hay quienes –que han sufrido similar agonía– que suelen confesar que hubieran dado su propia vida con tal de que Dios, que a veces parece quedarnos en deuda, les hubiera permitido gozar de tan solo un minuto para poder saborear ese íntimo y postrero instante. Por lástima, no siempre tenemos ese raro privilegio. ‘Huérfano’ es palabra curiosa: no solo significa perder a los padres: también expresa esa otra agobiante sensación de ausente plenitud, aquella de saberse mutilado e incompleto: la desgracia de perder a un hijo.

Dice Sábato en Antes del fin que “aunque terrible es comprenderlo, la vida se hace en borrador y no nos es dado corregir sus páginas”… Aquello confirma una certeza: la de que hay situaciones en la existencia (y no hablo de contriciones o arrepentimientos) en que daríamos cualquier cosa por regresar al pasado, enmendar lo ya vivido e intentar un nuevo y diferente “final feliz”. Aunque, ¿cuán feliz pudiera ser ese supuesto instante si sería cualquier cosa menos perdurable o imperecedero; si ya reflejaría aquella instancia absurda, final y definitiva?... Sí, la fatalidad quiso que no hubiera despedida, pero sí el insoportable sentimiento de que él ya no estaría más junto a nosotros; de que ya no habría aquello de “poder compartir”...

 

Felipe era todavía muy joven, demasiado joven. A ellos –a él, su mujer y sus tiernos hijos– les iba bien; estaban viviendo la alborada de su mejor ilusión. Se los veía sanos y felices; tenían la mirada puesta en el futuro; un futuro al que apostaban con optimismo y seguridad. No había nada más alejado, aun en sus peores temores, que un malhadado accidente agazapado detrás de los espinosos abrojos de la más artera y aleve fatalidad. ¡Oh Dios, cuán injusta y cruel pudo ser esa maniobra tan agraz; ese arrebato tan tortuoso con el que nos lastimó el destino!

 

Recuerdo la última vez que nos vimos: nos habíamos juntado para almorzar… Preocupado porque estuviera viajando con excesiva frecuencia; en ocasiones cansado, con ganas de llegar pronto a casa para compartir con los suyos, en horas difíciles y con tránsito inconveniente, le recordé que nunca dependemos de nuestra propia decisión, de nuestro cuidado o pericia; le dije que, por lástima, casi siempre dependíamos de la urgencia o de la imprudencia ajena… “No se preocupe, pa”, me dijo; “siempre andamos con cuidado y, además, siempre tengo quien conduzca”.

 

Recordé entonces, un episodio que yo mismo viví con papá. Volvíamos de Ibarra un sábado por la tarde: sucedió en un árido sector llamando Otón. Es esa una zona de curvas sinuosas que se inicia justo después del partidero hacia un pueblo cuyo nombre significa tierra yerma, infértil e improductiva: Cangahua… Venía yo transigiendo ante al vértigo temerario de la velocidad: debía estar presente en una reunión social esa misma noche. Creía que él, ya cansado, se hubiera quedado dormido. De pronto, se incorporó y dijo algo que ya nunca podré olvidar… Con pena de haberlo puesto nervioso, reduje la velocidad de inmediato y recapacité en que por rápido que manejara, solo conseguiría llegar unos pocos –e insignificantes–  minutos más temprano…

 

Pocos días después de la partida de Felipe, estuve leyendo una novelita de Camilo José Cela: La familia de Pascual Duarte. Ahí, en el prólogo de esa formidable historia, Cela cuestiona el concepto de Montaigne respecto al orden: “Para el francés esa es una virtud triste y sombría”, dice; “quizá confunde orden con quietud; pero el orden es más bien algo dinámico, alegre y luminoso; no tiene porqué ser una virtud negativa”. Esa sencilla reflexión me ha ayudado a comprender lo que hacía tan especial a Felipe, ese calor que tenía que hacía que la gente lo siguiera y creyera en él, que le entregara su confianza y se dejara impulsar por ese raro magnetismo que su liderazgo ejercía… Solo así consigo interpretar con fidelidad su humor, su gusto por vivir a plenitud la vida; y comprender mejor el genuino valor que tuvieron sus empeños…

 

Eso de recibir, después de su partida –y gracias a su forma de ser–, gestos tan generosos y expresiones de tanto afecto, ha sido un verdadero bálsamo. Hemos percibido, en quienes lo querían, muestras de sincera congoja, y la grata manifestación del inusitado aprecio que le habían tenido… Cómo no quisiera que ese homenaje, el de su afectuosa despedida, esa música reverente, se transformara en un acto de fe: en un himno de esperanza. En esa esperanza, reafirmaría mi fe porque todos seamos un día, fieles estandartes de la amistad y la entrega compartida, humildes instrumentos de la generosidad, y artífices de la mutua esperanza…

 

Te fuiste muy temprano, querido hijo. ¡Qué pena. Nos vas a hacer mucha falta!


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29 octubre 2024

Manual para migrantes (2)

Diñar: viene del caló, por dar o entregar; pero diñarla puede significar “entregar las armas”, morir, llegar al término de la vida. Y ‘diñársela a alguien’: engañarlo o burlarlo.

 

Canguelo: también viene del caló. Significa miedo o temor, sentir pavor o cobardía.

 

Hostia: es otro vocablo ‘multipropósito’. Se usa como interjección con un sentido irreverente y profano. Viene del latín, idioma en el que significa 'víctima de un sacrificio'. Pero puede significar también golpe, chirlazo o bofetada. Golpearse con otro es ‘darse de hostias’.

 

Mala hostia: esta locución significa, en cambio, mal genio, mal humor y hasta mala intención: ¡Qué mala hostia!, está de mala hostia. Sin embargo, ‘a toda hostia’ quiere decir a toda velocidad y ‘de la hostia’ es algo magnífico, admirable o extraordinario: ‘se ha comprado un coche de la hostia’. Equivale a veces a ser o estar ‘la leche’.

 

Bocadillo: es el diminutivo de bocado y se refiere al sándwich o emparedado, o al refrigerio que usan empleados y estudiantes como tentempié o alimento.

 

Dar por saco: locución que quiere decir ignorar o despreciar. Es una fórmula que se usa para expresar desprecio o indiferencia hacia la persona o cosa aludida. La expresión "a tomar por saco" se usa en España para decirle a una persona que es igual que un costal o para referirse a un objeto que no se desea que esté en un sitio pues molesta. Es similar a decir "fuck off". También se dice "a tomar por culo" (más ofensivo) pero el significado es el mismo.

 

Pijo: es coloquial aunque ofensivo, viene de pija que significa 'miembro viril', y este de la onomatopeya pish, que es imitación del ruido de la micción (orinar). Dicho de una persona: Que en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiesta en forma afectada gustos propios de una clase adinerada. También se usa como sustantivo por pituco o bacán.

Sinónimos: pituco, cheto, bacán.

 

Guasa: es de uso coloquial. Quiere decir chanza, broma, burla, chacota o que algo es dicho ‘de chiste’. Pero también es usado como falta de gracia, viveza, sosería o pesadez.

 

Rollo: esta puede ser una palabra confusa; de acuerdo al contexto, puede tener sentidos no solo diferentes sino contradictorios. La expresión estar de buen o mal rollo se utiliza para hablar de un estado de ánimo. Cuando alguien está de mal rollo, está de mal humor, está enfadado. Cuando alguien está de buen rollo significa que está alegre, contento y feliz. Ahora bien, si se dice que alguien toma algo como ‘buen rollito’ puede implicar que no se lo toma en serio o con la responsabilidad requerida. Un rollo puede también implicar una tarea fastidiosa o exasperante: ‘¡que rollo!’

 

Guaperas: adjetivo despectivo utilizado para significar que alguien es un presumido. Se usa también como sustantivo masculino. Es un guaperas.

 

Hortera: tiene el sentido de vulgar, ordinario, basto, de mal gusto o chabacano. En tanto que la palabra horterada implica la calidad de hortera, algo exento de buen gusto.

 

Chollo: también coloquial, como todos los vocablos anteriores. Significa precio bajo, ganga, bicoca. Cosa valiosa o apreciable que se adquiere a precio bajo o con poco esfuerzo.

 

Muchas de las referencias que he utilizado, provienen de diferentes fuentes; principalmente, del propio diccionario de la RAE. Caveat emptor (advertencia al comprador): un buen número de estas palabras son utilizadas con intención o significados diversos. Obviamente cada voz tendrá un diferente sentido de acuerdo con la intención de quien las utiliza, la circunstancia de su propósito, el medio en el que se la emite y, entre otras cosas, el grado de familiaridad o de confianza, y hasta la presencia –o ausencia– de respeto, entre los interlocutores.

 

Como decía uno de mis queridos hermanos, muchas veces “hablar malas palabras” no siempre es decir agravios, insultos, injurias, denuestos, ultrajes, invectivas o improperios… decir ‘malas palabras’ es solamente “decir mal las palabras”… y no sé si es una oportunidad para expresar esa mala hostia, o mala leche, de la que hablábamos más arriba; asunto que puede o no llevar mala intención, mala índole o, como dicen por allá: algo de “mala baba”…


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27 octubre 2024

Manual para migrantes (1)

“‘Ganga’ y ‘Jauja’, cada vez se oyen menos esas palabras. Parecen de chiste”. Javier Marías. Mala índole.

He ido a España, incluidos sus territorios insulares, en algunas ocasiones; muchas en virtud de mi oficio; otras pocas, en razón de mis conexiones de viaje (todas fugaces). Más reducidas aún fueron las que efectué por goce de vacaciones o por visitas familiares; fue en estas que tuve la oportunidad de descubrir ciertos vocablos o giros con los que me apercibí que allá, en Europa, se usan palabras que no utilizamos en América. Debido a varios factores (las redes, el influjo juvenil, etc.), tengo la impresión de que eso se fue haciendo cada vez más frecuente.

 

Hay algo de críptico y enigmático en todo aquello. Uno va por los caminos de España y, sobre todo en el habla coloquial, encuentra que hay que averiguar por el sentido de muchas voces y expresiones. Como escuché alguna vez, “nada es lo que parece”. Esta vez voy a dedicar un par de entradas para referirme a esos vocablos y locuciones, espero les sirva de utilidad:

 

Guay: tiene uso coloquial, es un adjetivo que indica que alguien es genial, muy chulo o estupendo; o que algo es estupendo, muy bueno o que está muy bien.

 

Cutre: se refiere a alguien tacaño, miserable, mezquino, cicatero; pero sirve también para indicar que algo es pobre, descuidado, sucio. Un bar, una calle, una ropa cutre. O también guarro, sucio, mugriento, cochambroso o de mala calidad. Cutredad es la calidad de cutre.

 

Guarro: sucio, desaseado, descuidado, desaliñado, mugriento, de mala calidad. Puede también significar persona grosera, promiscua, lasciva; algo pornográfico o sicalíptico.

 

Guiri: viene del vasco; término coloquial utilizado para designar a los turistas extranjeros.

 

Molar: verbo que viene del caló. Significa gustar, resultar agradable o estupendo.

 

Flipar: es estar o quedar maravillado o admirado. También agradar o gustar mucho a alguien. O 'perder el control bajo los efectos de las drogas', 'volverse loco' (de “to flip out”).

 

Gilipollas: adjetivo malsonante que significa necio o estúpido. Equivale a nuestro ‘pendejo”. Se usa también como sustantivo.

 

Mogollón: tiene múltiples usos. Puede significar propina o también holgazán, vago, manganzón, parásito o vividor, que vive a costa ajena. También lío, jaleo, alboroto o barullo; y, a veces, multitud, gran cantidad o montón: me gusta mogollón, tiene mogollón de problemas.

 

Borde: proviene del catalán bord, y este del latín tardío  burdus (burdo, bastardo) por tosco, basto, grosero. Dicho de una persona: Impertinente, antipática, mal intencionada. Se usa también como sustantivo.

 

Puñeta: es una palabra ‘multipropósito’. Significa dificultad o molestia. Pero también se usa para desechar algo, o para despedir a alguien despectivamente o sin miramientos. Mandar a hacer puñetas. Vete, anda a hacer puñetas. Se utiliza también para expresar que algo se ha estropeado o fracasado: el auto se fue a hacer puñetas, mi contratación se fue a hacer puñetas. Puede ser también malsonante y significa masturbarse: hacerse la puñeta. O, si no, joder la vida, fastidiar o molestar: hacer la puñeta.

 

Cachondear: verbo que significa embromar, burlarse, guasearse. Cachondeo a su vez, implica falta de seriedad o rigor; es sinónimo de juerga, jolgorio, jarana o relajo.

 

Capullo: tiene también un uso muy amplio, puede significar cosas opuestas, como novato o inexperto, o ingenuo y torpe. Puede ser malsonante porque significa prepucio o persona estúpida y molesta. Como insulto equivale a canalla, sinvergüenza o cabrón.

 

Panoli: vendría del valenciano, es contracción de “pa en oli” (pan con aceite), dicho de una persona simple, bobalicón, pánfilo, fácil de engañar. Se usa también como sustantivo (continuará).


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25 octubre 2024

Hablando del subjuntivo

No soy gramático profesional; no, ni siquiera soy un gramático amateur o aficionado. Soy simplemente un apasionado (un enamorado) de la gramática muy a pesar de que, cuando esa materia –la Gramática– pasó a llamarse “Castellano”, en segundo curso de colegio, tuve la mala suerte de que la asignatura fuera impartida a la primera hora de la tarde (había entonces doble jornada) –la cláusula de la insidiosa duermevela– y por un docente (era un hermano cristiano) que la hacía todo menos interesante. La forma de su frente siempre se me hizo inolvidable.

Eran tiempos en los que me atraían más los números que las letras. La paradoja es que, quizá debido a mis lecturas y escarceos con la escritura, hoy la ecuación ha cambiado. Hago esta necesaria digresión porque sin ser un especialista en la gramática, hago lo posible por aplicar sus reglas cuando trato de ejercitar este apasionante oficio (aunque lo haga como aficionado)…

 

Así, encuentro que aquello que se supone es el lema o consigna de la Academia de la Lengua (“Limpia, fija, y da esplendor”), parece a veces que ha dejado de ser su tarea sustantiva. Mucho me temo que con el pretexto de que la lengua no es algo inerte ni fijo, se van incluyendo en su diccionario vocablos por el solo mérito de que la gente los ha ido (mal) utilizando. Pero, además, existen asuntos esenciales que no han recibido la atención correspondiente. Tómese como ejemplo el término “subjuntivo”, palabra que se utiliza para nombrar uno de los modos del verbo y que la misma Academia utiliza para las conjugación de los mismos. Curiosamente, la voz no se encuentra definida. Por lo tanto, no se señala tampoco el sinónimo pertinente.

 

Es en el diccionario de María Moliner que encuentro la explicación que nos interesa: “(del lat. subiunctivus) adj. y n. m. Gram. Se aplica al modo *verbal que se emplea para expresar la acción como dudosa, posible, deseada o necesaria”. Por ello, como lo interpreto, es el modo que se usa para referirse a aquello que es subordinado, potencial e, incluso, contingente. Acudo, por lo mismo, a una de mis herramientas para consultar su etimología y resuelvo que es el modo del verbo que nos sirve para expresar nuestros deseos, hipótesis o dudas. Ese modo se utiliza, por ejemplo, cuando se ha dicho “espero” o se han usado las locuciones “a lo mejor” o “quizás”; y que utilizamos para formar las oraciones “subordinadas”, que eso es lo que significa subjuntivo, con matices de eventualidad, potencialidad o irrealidad.

 

“La palabra latina iunctus (junto, pegado) es el participio del verbo iungere (uncir). Este verbo nos dio yugo, cónyuge, coyuntura, conjuntiva, cuadriga y jumento. Se asocia con la raíz indoeuropea *yeug”, de acuerdo con lo que menciona Etimologías de Chile. Esta misma entidad hace referencia a una voz relacionada: “conjuntiva”. Dice que “es un término que se usaba en el latín clásico sobre todo en gramática (coniunctiva particula es sinónimo de conjunción), pero que ya se lo encuentra en el latín medieval con un sentido anatómico: se trata de la membrana fina que tapiza el interior de los párpados de los vertebrados y que se extiende a la parte anterior del globo ocular… Debe el nombre a su función de enlazar, unir y ligar el sistema del ojo y el párpado”. Quizá estemos más familiarizados con “conjuntivitis”.

 

Hoy nomás he leído un interesante artículo del académico español Alex Grijelmo en el que hace referencia a una nueva muletilla que se habría puesto de moda en España; se trata de la locución “ya estaría” que, al parecer, la emplea medio mundo (“Todo Cristo”, como dicen allá) luego de una frase sobreentendida (y, por tanto, silente), frase que equivaldría a “si no me equivoco” o “si estamos de acuerdo”, o “si no hay discrepancia”… pues “ya estaría”. Ha de notarse que si bien las frases sobreentendidas están en indicativo, bien merecerían estarlo en subjuntivo (por su carácter potencial o contingente): equivocara, estuviera, hubiera. Por ello, y a pesar de la cantaleta o estribillo, es correcto utilizar ese “ya estaría” como condicional; es decir, como parte del indicativo.

 

Sin ánimo de confundir, se me antoja que el modo subjuntivo lleva ese nombre por estar condicionado por la conjunción que ha sido utilizada. En línea con lo consultado, este no solo echaría mano de conjunciones; sino, además, de otros nexos, como de las llamadas “proposiciones subordinadas adverbiales lógicas”, que pueden indicar causa, consecuencia, concesión, finalidad o condición. Unas muestras: porque, ya que, por tanto, así, pues, de manera que, de modo, de suerte, aunque, por más que, a pesar de que, con todo, pese a que, a fin de que, con el propósito de, con tal de que, puesto el caso que, supuesto que, a menos que, siempre y cuando… En fin, no les canso más; no intento recordarles a mi viejo maestro, ese mismo de mis colegiales, e ineluctables, duermevelas…


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22 octubre 2024

Una realidad amputada

“…somos más descendientes de los que llegaron que de los que estaban. Hablamos español de entrada, no náhuatl o maya. Pensamos en español, entendemos el mundo en español, amamos en español. Y si crees en Dios, crees en español. Si odias la lengua en la que te expresas, te odias completamente a ti mismo”. Entrevista a Juan Miguel Zunzunegui. El País, marzo de 2023.

Hay veces que fabricamos mitos o pretextos para justificar la realidad, pero si el pretexto es solo eso, nada más que pretexto, la narrativa resultará falsa y enemistada con la realidad; solo conseguiremos una realidad incompleta, si no distorsionada. Esa es la naturaleza del mito, un instrumento que solo sirve para disimular la verdad. Si acaso no para esconderla o alterarla.

 

Si bien lo pensamos, no existe decisión importante de nuestras vidas que, en el afán de no reconocer nuestros errores, inventemos una forzada narrativa (nada más que un cuento) para justificar el pasado o nuestras probables equivocaciones. El resultado inevitable será que tanto la habremos repetido, que terminaremos convencidos de la vigencia de esa espuria condición. Así, el mito, lo que hubiéramos preferido que suceda, se transformará en la “nueva realidad”. La historia de la humanidad no está exenta de similares circunstancias.

 

Medito en ello mientras reviso un par de videos en YouTube y resuelvo que eso pudiera estar pasando con la Historia. Me refiero tanto a una conferencia presentada por el historiador y académico mexicano Juan Miguel Zunzunegui (1975), como a la presentación del libro La conquista de América contada para escépticos, del autor español Juan Eslava Galán (1948); ambos procuran responder a reproches relacionados con la Conquista, y no puedo sino advertir la tendencia de ciertos sectores a distorsionar la realidad a pretexto de las reivindicaciones o la ideología, y con qué facilidad  se altera el sentido de voces como invasión o descubrimiento.

 

A veces el sentido de las palabras pareciera responder a una conducta propia, autónoma y traviesa, si no caprichosa; pero somos nosotros quienes les asignamos nuevos sentidos y significados distintos. Ayer nomás decidí realizar un sencillo experimento: pedí a un grupo de personas un sinónimo para la voz “panóptico”; todos respondieron que presidio, cárcel o reclusorio… Nadie pareció reconocer su sentido natural o su probable etimología. Se trata en realidad de un neologismo ideado por un jurisconsulto y filósofo inglés, Jeremías Bentham, que se basó en raíces griegas para designar un sitio destinado a controlar un establecimiento. Bentham fue un adelantado para su tiempo. A caballo entre los siglos XVIII y XIX abogó por el sufragio universal y la despenalización de la homosexualidad.

 

De vuelta a lo que queremos comentar: es grato comprobar que existe gente con la lucidez y la preparación, para dar respuesta a esa desnortada postura de quienes juzgan como negativa la pasada presencia española en América, y que condenan con la mentalidad del presente lo ocurrido hace 500 años, cuando una infinidad de circunstancias determinaron un intercambio cultural sin precedentes en la historia de la humanidad; proceso traumático (e imprevisible por lo inédito), pero de verdadera asimilación, integración, sincretismo y claro mestizaje. 

 

Resulta revelador escuchar la argumentación de estos historiadores: los principales episodios bélicos no confrontaron a aborígenes con españoles, fueron confederaciones de pueblos indígenas (lideradas por reducidos contingentes europeos) las que derrotaron a quienes imponían su hegemonía en esos días (aztecas e incas, respectivamente). Estos habían sido pueblos invasores –odiados por los pueblos sojuzgados– de hegemonía reciente, que habían impuesto su dominación y vasallaje. No se debe olvidar que, como fue el caso de los aztecas, estos ejercitaban prácticas religiosas sanguinarias (con presencia significativa de víctimas propiciatorias), con ritos espantosos, de los que no estaban exentos ni la cruenta extracción de órganos (en vivo) ni tampoco la abominable antropofagia.

 

Los europeos trajeron una religión bondadosa pero jamás impusieron su idioma. Tan pronto como aprendieron las lenguas vernáculas y enseñaron la propia, crearon una gramática para las principales lenguas que encontraron. La reina dispuso el casamiento de los castellanos con las mujeres nativas, mientras los religiosos se dedicaban a evangelizar a los aborígenes. Nadie educa u organiza un pueblo, ni trata de asimilar la cultura que pretende aniquilar…


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18 octubre 2024

Cosas que voy aprendiendo… (2)

Continuando con lo explicado en la anterior entrada, he de referirme a otras incorrecciones que considero más frecuentes en nuestra habla del día a día; mi propósito no es el de criticar –y menos, “enseñar” cómo se debe decir o escribir–, mi intención es resaltar las fallas que se me antojan como más comunes a objeto de propiciar una provechosa reflexión:

     Conjugación incorrecta del verbo “haber”

 

A este respecto, la Academia y sus textos prescriben lo siguiente: «Aunque el sentido común nos lleva a hacer concordar el verbo con la cantidad (las personas hicieron), el verbo “haber” es una excepción. En este sentido, cuando el verbo “haber” denota personas o cosas se vuelve impersonal (no indica tiempo, persona, ni género). Debe conjugarse en la tercera persona del singular, aun cuando vaya acompañado de cosas o personas en plural. Ejemplo: “no hubo problemas para entrar al recital”, “hubo disturbios”, “hubo muchas personas”». Existe, a este respecto, una regla fácil de recordar y aplicar: cuando haber significa existir, no tiene plural.

 

     Concordancia de género y número cuando usamos “el cual”, “la cual”

 

Acabo de leer un interesante artículo de Jaime Durán Barba que me ha llegado; lleva por título Qué es la estrategia. Durán es muy cuidadoso a la hora de redactar, por lo que estoy seguro que solo se trata de un error de edición, un simple gazapo, pero creo –sin que él se hubiese propuesto, ni yo intente criticarlo– que un poco refleja algo que, por una razón misteriosa, se fue haciendo excesivamente común a la hora de usar especialmente la expresión “por la cual”. Alguien está hablando de un inconveniente o de un problema (nótese el masculino), y hasta expresa que se ha(n) elevado “el”(los) reclamo(s), para luego continuar: “por ‘la cual’, deseo solicitar…” Similar construcción incorrecta es la que encuentro en el artículo de marras: «Quedan para mis cursos materiales como el debate con Sergio Massa, en la que Milei jugó de víctima». Debía decirse “como el debate… en el que”.

 

     Dequeísmos

 

Me limito, a este respecto, a citar los comentarios y recomendaciones de las instituciones relacionadas con la perceptiva correspondiente. Espero que les sean de utilidad:

 

1.- El error más frecuente es lo que se conoce como dequeísmo. Consiste en colocar delante del nexo “que” indebidamente la preposición “de” cuando esta sigue a un verbo que suele ser de significado sensorial (oír, ver, etc.), de pensamiento (considerar, convencer, creer, opinar, pensar, recordar, etc.), o de comunicación (comentar, decir, etc.)… Para estar seguros de si se puede o no se puede poner la preposición “de” podemos hacer la siguiente prueba.

 

1.1.- Sustituir el sector que empieza con “que” por el pronombre “eso”. En la oración «Sus hijos les dijeron que regresaran», si hacemos la prueba de sustituir el sector «que regresaran» por el pronombre demostrativo “eso”, observamos que tiene sentido sin la preposición de: «Sus hijos le dijeron eso»; en ese caso no hay que poner tal preposición.

 

1.2.- Por el contrario, si al sector que comienza por el nexo “que” lo sustituyéramos por el pronombre eso y no tuviera sentido, entonces habría que poner la preposición “de”: si en la oración «Estoy seguro de que fueron ellos» eliminamos la preposición “de” y sustituimos «que fueron ellos» por la palabra “eso”, constataremos que no tiene sentido decir *«Estoy seguro eso», por lo que hay que colocar la preposición “de” delante de “que”.

 

2.- Las formas del verbo “deber” nunca van seguidas de la preposición “de” cuando tienen sentido de “obligación”: «Debemos estudiar»; pero cuando tienen sentido de “duda”, lo mejor es que vayan seguidas de la preposición “de” («Deben de ser las diez»), aunque algunas veces se la omite («Deben ser las diez»).

 

3.- Verbos como dudar, informar, avisar, cuidar, advertir…, pueden ir seguidos o no de la preposición de, según el contexto.


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