13 diciembre 2024

El ‘ramen’, ¿un invento japonés?

Llegué a Corea en los primeros meses del 96. El invierno estaba por concluir pero el frío se había acentuado esa semana. Eran las 8:00 am. cuando me presenté en las oficinas de Korean Air para mi evaluación de empleo (las 18:00, hora de Ecuador). La temperatura, sumada al efecto del viento, creaba una sensación térmica de 20 grados bajo cero. Concluido el lento proceso de registro y la entrevista formal, me dirigí al dispensario para la valoración médica. Eran ya las 16:00 horas (2:00 de la mañana en Ecuador) cuando me sometí a la prueba de esfuerzo. Al completarla sentí que desfallecía; con razón me habían hecho firmar una nota de descargo…

 

Ya había oscurecido cuando salí del centro médico; afuera me esperaba una limusina cuyo chofer usaba unos guantes de algodón idénticos a los que usé para mi primera comunión. A pesar de la hora, nos tomó una media hora para llegar al Ritz Carlton de Kangnam. Era esa una zona bullente y concurrida, donde las aceras lucían repletas de gente joven y alegre que había salido a disfrutar con sus amigos. Kangnam era ya un área ‘posh’, un barrio comercial que albergaba a las más importantes universidades de Seúl. Vi tantos bares y sitios de comida, que solo quería tomar una cerveza y hallar un sitio agradable que satisficiera mi apetito.

 

Había un gentío en las veredas. Tomé una estrecha callejuela y procuré averiguar tras los ventanales qué era lo que con tanta fruición ahí comían. Aquellos locales no eran restaurantes propiamente dichos, eran más bien fondas o lugares donde los comensales tomaban cerveza o ‘soju’ (un tipo de sake o licor de arroz) y departían. Me introduje en uno de esos negocios y revisé lo que allí servían; seleccioné lo que parecía más atractivo y me senté a una mesa que estaba disponible. Cuando alguien se acercó para tomarme la orden, me levanté y le señalé una espléndida sopa que tenía buena pinta; luego, utilicé el mismo dedo para señalarme a mí mismo. “¡Oh, to-cate!” (lo mismo), dijo la dependiente. Sería la primera palabra coreana que aprendería.

 

Así fue como me enteré que a ese delicioso caldo se le llamaba “ramen” (pronunciaban ‘lamen’). Nunca me hubiera imaginado que, una vez contratado, se convertiría en frecuente recurso de supervivencia. No solo eso, cuando terminábamos el refrigerio (‘toshirá’), en medio de los vuelos, nos preguntaban por costumbre si deseábamos un tazón de ramen para completar la comida… Era tan popular el plato en Corea que llegué a pensar que se trataba de una especialidad local; no así en Japón donde existe otra sopa de fideos, que es más popular, la conocen como ‘udon’. Hay quienes creen que el ramen es de origen japonés, pero en realidad fue inventado en la China, aunque abrigo la sospecha de que allí tampoco es tan popular como en Corea.

 

La-men es palabra china; viene de la que significa estirar y men, que quiere decir fideo. Como se sabe, el fideo es un producto basado en harina de diversos cereales, que ya se usaba en Asia hace algo más de 3.000 años. De hecho, otras sopas orientales (el laksa malasio; el pho vietnamita; y una variedad del ‘tom yum’ tailandés) incluyen también esos fideos, delgados y alargados, en sus respectivas recetas. No obstante, en la China –con excepción de Taiwán– no es muy frecuente encontrar sopas que contengan fideos en los principales restaurantes.

 

El principal secreto culinario del ramen no es “lo que se ve”, sino cómo ha sido preparado ese caldo en el que se han colocado los varios ingredientes que se observan en el tazón. Por lo mismo, conjeturo que no solo se trata de conocer qué ingredientes deben ser añadidos para integrar el caldo; sino, además, conocer cómo se tiene que preparar la base líquida que es llamada ‘umami’. Ese ‘broth’, el jugo del ramen, se prepara con una base de varios vegetales, carne, costilla o hueso de cerdo, ajo y cebolla, jengibre, salsa de soya, ‘miso’ (soya fermentada), y ‘mirín’ (un tipo de ‘soyu’ o licor de arroz parecido al ‘sake’, con bajo nivel alcohólico). Una vez concluido el ‘umami’, hace falta ponerlo a hervir por varias horas para lograr que se integren los diferentes sabores.



Share/Bookmark

10 diciembre 2024

Una copa con Maquiavelo *

   * Por Manuel Vicent, escritor español. Tomado de la revista Babelia. Reeditado.

Para mi gusto los escritores se dividen en dos: aquellos que me agrada cómo escriben y después de leerlos me gustaría tomarme una copa con ellos y aquellos que, pese a que escriben bien, no movería un dedo por conocerlos en persona. Me refiero también a gente famosa que, por sus hechos, sean hazañas o crímenes, han llenado las páginas de la historia. Los hay que resulta fatigoso leerlos y, en cambio, son bien recibidos en las sobremesas porque su ingenio los convierte en una fuente inagotable de chismes y anécdotas, que ayudan a hacer una buena digestión. Para mí un gran artista es aquel a quien mi admiración llega hasta el punto de saber incluso si tenía sabañones en su infancia. Admirado su arte, leídos sus libros o enterado de su última hazaña, uno trata de agotar el caudal de su vida privada como una experiencia de sabiduría. En este caso se producen muchas sorpresas. 


Tal vez conocido de cerca y compartiendo con él un par de cervezas, descubrirías que Jack el Destripador tenía un trozo de alma muy sensible que le impulsaba a ayudar a un ciego a cruzar un paso de cebra. O que Francisco de Asís, pese a su humildad reconocida y premiada con el Nobel de la santidad, tenía un carácter muy atravesado, salvo cuando se encontraba con el hermano lobo.

 

Me hubiera gustado conocer a Jantipa, la mujer de Sócrates, solo para preguntarle si en la cocina y en la cama también hablaba tan entonado y decía cosas tan profundas. Jantipa ha pasado por ser una mujer irascible e incontrolada porque de pronto se presentaba en el ágora y ante el corro de discípulos de su marido le recriminaba en público la vida desastrosa que llevaba, siempre rodeado de jovenzuelos que le bailaban el agua y a quienes llenaba la cabeza de tonterías. “Hace tres días que te fuiste de casa dejando la comida en la mesa” —le decía. Era una mujer cargada de problemas cotidianos, llena de sentido práctico y muy enamorada. “Conócete a ti mismo”, decía Sócrates a sus discípulos. Jantipa replicaba: “Me conozco de sobra y a ti también, de modo que hoy tienes higos secos de postre, que tanto te gustan. Ninguno de tus principios tiene más verdad que uno de esos higos”.

 

Si me dieran a elegir entre los poetas latinos no sería el primero Virgilio, tan conservador, ni Horacio, siempre pendiente de las dádivas de mecenas. Mi preferencia se decantaría por la rebeldía de Ovidio, y sobre todo por Cayo Valerio Catulo por su sentido del humor. Con estos versos se quejaba de las hipotecas: “¡Oh Furio! Nuestra quinta no está expuesta / ni a los soplos del Austro o los del Céfiro, / ni a los del Bóreas cruel, ni del Levante; / mas, por 15.200 sestercios / está desde hace tiempo hipotecada. / ¡Oh, qué pestilencial y horrible viento!”.

 

He imaginado que Maquiavelo era un psicoanalista y que tenía entre sus mejores pacientes a los Borgia. Tumbado en el diván, el libidinoso Alejandro VI, mirando las cornucopias del techo, dejaba brotar grumos del inconsciente que le salían por la boca desde la joroba. Decía que acababa de contratar con Miguel Ángel la escultura de la Pietá y había firmado también un contrato con Leonardo da Vinci para que le diseñara los cañones de su hijo César Borgia, quien pronto iba a emprender una guerra. Maquiavelo conducía la conversación hacia ese punto donde se encuentran la belleza y la maldad, el amor y el veneno, los ladridos de los mastines y el volteo celestial de las campanas. “Para ser Papa hay que empezar por abajo —le decía Maquiavelo—. Hay que empezar por las sagradas pantuflas. Un Papa es ese ser que crece desde ese calzado bordado con hebras de oro y plata”. Tomarse una copa con el papa Borgia y Maquiavelo tenía un peligro. ¿Pero a quién no le hubiera gustado?

 

Tirando por la historia hacia adelante hubiera sido un placer encontrarse con Voltaire, el primer periodista intelectual, lleno de ironía mordaz, con una inteligencia afilada como su nariz. Él fue quien dijo la frase que siempre se atribuye a otros, entre ellos a Churchill. “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. En este principio están incluidos la tolerancia y el derecho a la libertad de expresión. No hay forma de que Voltaire deje de ser moderno, del mismo modo que es imposible llevar la cojera con más elegancia que Lord Byron. En la historia de la literatura y de las artes hay una secreta corriente de seducción. que se tiene o no se tiene, sin que nada se pueda hacer para obtener esa gracia gratuita. Hay escritores, artistas e intelectuales seductores y otros que pese a su talento no han merecido ese don de los dioses. A veces durante los insomnios paso lista de los autores con los que me hubiera gustado tomarme una copa. Y así hasta que cojo el sueño.


Share/Bookmark

06 diciembre 2024

Anatomía de la triquiñuela

Parecía un buen muchacho. Nunca lo había visto hasta que participó en el debate presidencial. Para muchos era un perfecto desconocido, pero tuvo el mérito de manejar las cifras y parecer enterado de la situación del país. Causó buena impresión. A ratos parecía indeciso; quizá era esa tendencia suya a levantar las cejas y ensayar una abreviada sonrisa. Me pareció que aquello denunciaba una cierta inseguridad incompatible con el liderazgo requerido.

Para sorpresa de muchos, Noboa llegó a la segunda vuelta. Se dijo que ello obedecía al voto vergonzante, a su manejo de las redes y al voto de los jóvenes. De ahí en adelante, fue fácil predecir el resultado: frente al voto del correísmo (30%), el resto, en su mayoría, era opuesto a esa tendencia. Ya en la presidencia dio la impresión de que se iniciaba con buenos auspicios; pronto, sin embargo, fue exhibiendo resabios autoritarios y una cierta tendencia obcecada y caprichosa. Tal vez, en el ánimo de asegurar su aceptación, utilizaba en ocasiones un lenguaje alejado de la dignidad del poder. Pronto hizo insólitos alardes de su pretendida condición metrosexual, como si aquello sería requisito para ser bien varón, no se diga buen presidente.

 

Lo último puede ser comprensible (aunque no justificable). Pero lo que vino a desdibujar su imagen fue aquel inesperado desencuentro con su vicepresidente, a quien él mismo había escogido. No sé qué exacerbó los ánimos (nadie lo sabe), pero no midió las consecuencias y se precipitó. En lugar de utilizar los caminos legales (si se trataba de una incorrección) o intentar un gesto conciliatorio (si se trataba de una discrepancia) escogió el atajo de la triquiñuela. No respetó la condición de su compañera de fórmula y actuó con una rara forma de hostil acoso. En realidad la desterró. Usando una añagaza como recurso y una designación como pretexto, la alejó del país. No cayó en cuenta que ella sería, legalmente, quien debía reemplazarle.

 

No defiendo a la Sra. Abad, ni ella goza de mi simpatía. A más de haber proferido subversivas amenazas, habría llegado a anticipar que decretaría la amnistía para un ex mandatario que se encuentra sentenciado y es prófugo de la justicia… Fue entonces cuando se actuó en forma deplorable y triste: utilizando un nuevo subterfugio legal, vale decir otro pretexto, la dignataria fue suspendida de sus funciones (no se sabe si como vicepresidente o como embajadora), luego de haber sido sometida a un sumario administrativo por parte de una funcionaria de segundo nivel del Ministerio del Trabajo, con la acusación de haber incumplido ciertos deberes. La sanción se ampararía en una reforma demagógica (LOSEP Art. 4) emitida por el expresidente Correa que establecía que todos los funcionarios y empleados eran “servidores públicos”.

 

Ahora bien, cuando Noboa designó a Abad “embajadora” para “evitar el escalamiento del conflicto entre Israel y Palestina”, ¿estaba realmente designándola ‘embajadora’, o, debemos interpretar tal resolución como una delegación, con un carácter semántico? El argumento ministerial se basaría en que Abad, de acuerdo con la ley reformada, era y podía ser sancionada como servidora pública. Dicha ley, sin embargo, prohíbe el pluriempleo (Art. 12), con lo que tal “nombramiento” carecería de sustento legal, pues violaría la disposición correspondiente. Aún hay más: la ley establece (Art. 42) que las faltas disciplinarias “serán sancionadas por la autoridad nominadora o su delegado”, lo que implica que ella no podría ser sancionada ni por la ministra del Trabajo ni por el propio presidente… Todo lo anterior haría pensar que no se tomó la primera resolución con el debido asesoramiento; más bien insinúa que hubo un propósito a futuro: era una artimaña efectuada con premeditación y poco elegante alevosía…

 

Lo ocurrido no hace sino desnudar lo incoherente de nuestro sistema legal vigente. Lo ideal hubiera sido (para evitar actitudes díscolas o represalias como las anunciadas por la hoy suspendida vicepresidente) que el presidente pudiera legalmente mantener su condición de titular. O, si es que la perdiera por convertirse en candidato, que mantuviera su derecho para vetar las resoluciones con las que pudiera estar en desacuerdo (me refiero a las que, luego de su posesión, pudiera emitir la presidente encargada cuando asumiera sus nuevas funciones). Ahora bien, si lo que a Noboa le preocupaba era el daño para el país –o para su legado–, daño que pudiera sobrevenir por las eventuales disposiciones que pudiera emitir la indócil funcionaria, siempre hubiera podido actuar con espíritu patriótico, dando un paso al costado y excusarse como candidato. Todos deberíamos asumir nuestra responsabilidad frente a los errores cometidos; pero, ante todo, estamos en la obligación de respetar el marco jurídico y actuar con rectitud. Deberíamos aprender a jugar limpio.


Share/Bookmark

03 diciembre 2024

Jugando en las gradas de atrás

“Ellas (esas personas) son dichosas porque han aprendido que, para ser feliz, es necesario perdonar, cubrirse de humildad y tener la valentía de volver a empezar, sin detenerse a tratar de encontrar el culpable de lo que pasó”. Viviana Rivero, Una luz fuerte y brillante.

La mesa es larga, larga y generosa. Somos más de veinte quienes respondemos a la también generosa convocatoria del anfitrión, uno de nuestros primos. Es la hora de los postres cuando él, solícito, dispone al servicio que se traiga una vela para no dejar sin celebrar el reciente aniversario del suscrito (a nuestra edad, una sola vela satisface el requerimiento). Al dejar mi asiento e incorporarme para decir unas palabras de agradecimiento, se me hace inevitable no mirar alrededor del comedor y no recordar, sesenta y más años después, aquel que fuera entonces uno de nuestros infantiles pasatiempos favoritos: jugar a efectuar un viaje de avión en vuelo.

 

Estoy a punto de comentar esa inesperada ocurrencia pero decido transigir ante el impulso de reconocer el gesto del anfitrión y expreso mi gratitud ante la solidaridad mostrada por mis primos en los días previos. Les propongo, en reciprocidad, que al momento de extinguir la llama del pabilo de la parafina, sean ellos los que pidan un deseo, pues el mío no puede ser otro que el de que se cumplan sus anhelos. Me quedo, mientras tanto, con el recuerdo de esas gradas, “las gradas de atrás” de la casa de la Caldas, la casa de la abuela, donde esos empinados escalones hicieron alguna vez de “cabina de pasajeros”… Era ese tan solo un pretencioso juego, en el que en forma aleatoria e invariable, fungíamos –desde ya– de lo que prefigurábamos que cada uno podía llegar a ser: ya sea piloto o azafata; gerente o vendedor de pasajes; despachador o simple pasajero…

 

Había en esa calle, la Francisco de Caldas, a solo media cuadra de la plaza de San Blas, un par de casas gemelas que, si no hubiese sido por la gradiente de la cuesta, habrían lucido idénticas. De hecho, si se las hubiese visto desde el aire, habría parecido que formaban una sola entidad con un patio interior dividido por un tabique medianero. La primera de las dos (si subíamos hacia la Basílica) era la Caldas 524; la segunda, la misma que lindaba con el zaguán de ingreso a una radiodifusora, era la Caldas 528. Nos correspondió residir (a mi y a mis hermanos menores) en esas dos unidades, aunque en departamentos ubicados en pisos distintos. Fue en la Caldas 524, en sus escalinatas posteriores de madera, donde un nada metálico “fuselaje” serviría como el escenario que daría pábulo a nuestros infantiles, y algo “etéreos”, devaneos.

 

Siendo aquel juego una actividad infrecuente y ocasional, me encargué yo mismo de elaborar unas vistosas tarjetas que simulaban los boletos de viaje que había en esos días. Armado de unas pequeñas tijeras, no desdeñaba ninguna revista con impresiones en color, donde pudiera encontrar la publicidad de las –por entonces– existentes aerolíneas. Así recortaba su vistoso logotipo (hoy dicen “imagen corporativa”). Aquellos coloridos recortes los adhería más tarde a unas tarjetas perforadas, tipo “kardex”, que nos llegaban “bajo pedido” gracias a la generosa condescendencia de un tío que las obtenía como material de desecho en la Caja del Seguro…

 

Barrunto hoy que esos juegos y entretenciones habrían, desde muy temprano, inoculado en nosotros ese gusano contagioso, el de la seducción por las tareas y oficios relacionados con la aeronáutica, en un tiempo todavía incierto e indefinido… Por ello, cuando registré con la mirada la feligresía a la que me dirigía, ya no pude sino advertir entre los asistentes que un grupo significativo había escogido aquello de dirigir y comandar aeronaves, persiguiendo así la senda trazada por un distinguido pariente y pionero de la aviación que nos había precedido.

 

Mirando en retrospectiva, no puedo sino asombrarme de que tantos fuimos decantándonos por tomar un camino similar, así de fortuito e insospechado. No dudo, si no utilizo mal el título de una de las obras de Borges, que la vida puede ser eso: “un jardín donde los senderos se bifurcan”… Para bien o para mal, esas mismas ocupaciones, definieron nuestras vidas: a unos pudo haberles ido bien o mejor; a otros, quizá no tanto o un poco mal. Si nos fue bien, debemos celebrarlo y disfrutarlo con alegría y humildad; si es que no, sería recomendable tomarlo con algo de sabiduría. Ya lo decía Epicteto, un antiguo filósofo: “Culpar a otros de nuestras desdichas puede ser muestra de ignorancia; culparnos a nosotros mismos, puede constituir el principio del saber; pero abstenerse de atribuir la culpa de aquello a los demás o a nosotros mismos, es testimonio de que habremos tomado el sendero de la perfecta sabiduría”…


Share/Bookmark

29 noviembre 2024

Cuidado, hay ropa tendida…

‘Ropa tendida’ es una de esas expresiones que no pueden prescindir de puntos suspensivos; vaya, es una curiosa locución adverbial. Alguien más versado la remplazaría por otra con atuendo de proverbio: “No hay que mentar la soga en la casa del ahorcado”. La ropa tendida, en aquellos tiempos en que no nos habían llegado todavía las “doras”, en especial la lavadora y secadora eléctricas (antes ya había hecho su portentosa aparición la refrigeradora), fue algo que había que tratar con cuidado. Para empezar, estaba ubicada en el “patio de atrás”, estaba colgada en un endeble y precario cordel; ya había superado el trabajoso trámite del mayor esfuerzo (el lavado) y si no nos movilizábamos en sus inmediaciones con algo de comedida precaución, la podíamos hacer caer, e incluso manchar. Debíamos respetar aquel esforzado trámite previo…

Quizá no hemos caído en cuenta que ropa (y no prenda, atuendo, ropaje o vestimenta) es una palabra bastante utilizada, forma parte de muchas de esas expresiones que llamamos con el aristocrático nombre de “locuciones adverbiales” (sin que, en gran parte de las veces, siquiera contengan un adverbio). Ahí están, por muestra de ejemplo, ropa blanca (sábanas, fundas de almohada, servilletas de tela y manteles); ropa de cámara o de levantarse (aquella que alguna gente utiliza dentro –y hasta fuera– de casa para estar más cómoda y poder descansar mejor); ropa interior (la que no se ve, por quedar debajo de la exterior); ropa vieja o ‘ropavieja’ (el famoso guisado que utiliza ese corte llamado salón o ‘peceto’); ropas menores (o ‘paños’ menores, que nunca son de tan tosco y áspero género); haber ropa tendida (haber personas cuya presencia demanda hablar o escribir con discreción); probarse la ropa (considerar con anticipación las consecuencias de algo); en fin…

 

Esto de “tener cuidado con la ropa tendida” es algo especial, requiere de todo un ejercicio de delicadeza y de eso: prudencia, sagacidad, tacto, tino y –sobre todo– muchísima discreción… Cuántas veces no “se nos termina por ir la lengua”, y acabamos diciendo, o comentando, cosas imprudentes e innecesarias de las que nunca debíamos siquiera haver empezado a hablar. Nos resulta ya muy tarde cuando caemos en cuenta de que hemos dejado caer una frase o hemos usado una palabra que pudo incomodar o herir la sensibilidad de alguien presente. Horrible situación o tesitura que, de inmediato, nos lleva a auto-reprocharnos y a considerar –y quizá a proponernos– que deberíamos reconocer, antes de hablar, si lo que estamos a punto de decir no va a resultar indiscreto o va innecesariamente a incomodar a alguien que está escuchando.

 

Con frecuencia descuidamos que conversar (platicar dicen en México) es algo más que decir un par de cosas, dialogar y comunicarse. Conversar civilizadamente implica algo más: es ante todo un ejercicio de prudencia, de respeto a los otros contertulios, de circunspección. Por todo ello, si ya sabemos que hay que ser un poco (o bastante) “diplomáticos” para hablar con los demás, la pregunta que nos hacemos con frecuencia es, más bien, básica: ¿por qué, si sabemos que tal vez pudiéramos decir algo que lastime a alguien presente, no siempre terminamos diciendo lo que es más conveniente? La razón es que esto sucede, por lo general, cuando el palique se hace tan sabroso o interesante que todos queremos decir lo nuestro, todos tratamos de participar; el infeliz o desventurado resultado es que el apuro por aportar nos hace pecar de imprudentes o descomedidos.

 

Pero tampoco hay que preocuparse mucho. Eso de charlar, de departir entre amigos, nunca tiene el propósito de lastimar a otro o de incomodar con intención; siempre tenemos, además, el sano recurso de anticipar lo que pretendemos decir o, mejor todavía, de disculparnos cuando hemos podido, sin habérnoslo propuesto, incordiar, contrariar o lastimar. Ya lo dice el popular adagio: “Ni mucho que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre”. Lo rescatable es que, aun a riesgo de molestar o importunar, es preferible ser uno mismo, ser genuino y actuar con espontánea autenticidad. He ahí lo realmente difícil, pues esto último puede ser más complicado que implementar el perseverante esfuerzo de no decir cosas que pudieran herir o jorobar…

 


Share/Bookmark

26 noviembre 2024

No saber que no se sabe *

* Escrito por Manuel Cruz para la revista Babelia

 

«Dice Peter Burke, en su nuevo libro Ignorancia, que “lo peor es no saber que no se sabe”. Con este criterio, el profesor de Cambridge pasa revista a algunas de las más importantes consecuencias que se han derivado del saber erróneo en los planos político, religioso, bélico o científico en los últimos 500 años».

 

En nuestros días, la ignorancia es la gran ignorada. Aunque tal vez resultara más preciso decir que es la gran malinterpretada. En buena medida, esa mala interpretación se deriva de una confusión de base, la que da por descontado que la ignorancia agota su definición en la de ausencia de saber. De esta manera, queda identificada con la negatividad sin más o, si se prefiere, con el completo vacío.

 

Pero la ignorancia no puede ser reducida al simple y escueto no-saber. De ella cabe predicar su condición de principio activo, capaz de generar sus específicos efectos. Pues bien, es a la descripción, análisis y critica de los más destacados a lo que se dedica el catedrático emérito de Historia Cultural en la Universidad de Cambridge Peter Burke en su estimulante, original y brillante libro Ignorancia. Una historia global. A lo largo de sus páginas, el autor pasa revista a algunas de las más importantes consecuencias que se han derivado de la ignorancia en diversos planos (político, religioso, bélico, científico) en los últimos 500 años.

 

En efecto, si la ignorancia se redujera a ausencia de saber, un libro sobre la misma tendría las páginas en blanco, señala el autor con ironía. Pero se conoce que, por parafrasear por enésima vez el célebre dictum aristotélico, también el no-ser (del no-saber) se dice de muchas maneras. De todas ellas, tal vez la menos inquietante, en la medida en que apenas da lugar a malentendidos teóricos, es la que reconoce su condición de conocimiento pendiente. Tal ocurre cuando, pongamos por caso, un astrofísico afirma que ignoramos, por no disponer de los instrumentos adecuados, si existe alguna forma de vida en una galaxia a miles de años luz de la nuestra.

 

La causa de la condición inocua de esta variante de ignorancia parece clara: se trata de una ignorancia que reconoce su condición de tal, de una ignorancia —permítasenos la paradójica formulación— autoconsciente. Los problemas surgen cuando determinados discursos o planteamientos que pasan por ser conocimiento verdadero sin serlo objetivamente obturan la posibilidad misma de dicha autoconciencia. En ese sentido, y desde una perspectiva estrictamente epistemológica, cabría sostener que la falsedad es una forma de ignorancia que desconoce su propia condición. A diferencia de la anterior modalidad de ignorancia, en esta el lugar del saber no se ve ocupado por el silencio de la página en blanco sino por el error.

 

Lejos de ser un matiz sin demasiada importancia, es en la autoconciencia de su propia condición donde se dilucida el signo que va a adoptar la ignorancia. Que, conviene subrayarlo frente a algunos tópicos muy consolidados, no es negativo por principio. Incluso al contrario: no hay motor más poderoso ni punto de partida más firme para la búsqueda del conocimiento que la conciencia de ser ignorante (el “solo sé que no sé nada” socrático). De ahí que resulte manifiestamente desacertado calificar como ignorante a alguien por el hecho de que no sepa algo, entre otras razones porque no hay nadie que lo sepa todo y, en consecuencia, todo el mundo sin excepción es ignorante en alguna medida. Lo que de veras define al ignorante en sentido propio y fuerte es otro hecho, el de que no sabe que no sabe.

 

Esta otra modalidad de no saber sí da lugar a unos específicos efectos, ciertamente relevantes, como Burke señala con profusión de ejemplos en su libro. Porque, declarando innecesaria la búsqueda del conocimiento con pretensiones de verdad, la ignorancia en tanto saber erróneo cumple la función de ocupar el lugar de aquél. Es en tiempos como los actuales, de sobreabundancia de unos pseudo-conocimientos que nos hacen falsamente autosuficientes, que a la peor ignorancia le aguarda un futuro esplendoroso.


Share/Bookmark