03 enero 2025

Escudriñando los cielos

No existe mayor privilegio para el aviador, que poder observar el Universo desde la cabina de mando. No solo que incrédulo disfruta contemplando tan vasta inmensidad, sino que aquella se convierte en oportunidad para indagar la posición de los planetas o reconocer las constelaciones. Disfrutar de la tarea indagatoria de identificar a Orión, o ubicar en ella a Rigel o Betelgeuse, reconocer el cinturón del Cazador (las tres Marías), es sorprenderse ante la aparente quietud, esplendor y armonía del cielo, aquel tan enigmático espacio cósmico…

“Cielo” es palabra de controvertida etimología: para unos significa vacío o concavidad (vendría de la voz latina caelum); para otros provendría del verbo caedere (cortar, cincelar, seccionar) en alusión al corte de las esferas celestiales en las que creían los augures. La voz significa un doble concepto en idiomas del romance: bóveda celeste y morada de los dioses –esa asombrosa entelequia en la que creen los hombres–. Es curioso, pero en los idiomas germanos se utilizan vocablos distintos para las dos nociones (un ejemplo: sky y heaven).

 

En la antigüedad los hombres estaban convencidos no solo de que el Sol, la Luna y los planetas giraban alrededor de la Tierra, sino eventualmente de que esta era el centro del Universo. Los hombres veían a las estrellas como fijas en el espacio y era su persuasión la de que los cuerpos móviles giraban alrededor de la Tierra, esto se llamó sistema geocéntrico. Aristóteles, el mayor de los sabios (384 a.C. - 322 a.C.), que había sido maestro de Alejandro Magno, era defensor de esa creencia, y estaba persuadido de que el espacio estaba constituido por círculos perfectos. Pero… algo parecía no calzar con tal opinión y era que Venus y Marte tenían un desplazamiento errático y errante; a veces iban para adelante y otras para atrás…

 

Fue Heráclides de Ponto (385 a.C. - 322 a.C.) un discípulo de Aristóteles y Demócrito, quien prefiguró un sistema intermedio: Marte y Venus giraban alrededor del Sol, pero este giraba alrededor de la Tierra. Casi un siglo más tarde, haría su aparición Aristarco de Samos (310 a.C. – 230 a.C.) quien, contra toda “obvia” creencia y a riesgo de que se lo acuse de impiedad, sustentó la idea de que era realmente la Tierra la que giraba alrededor del Sol; él fue el primer defensor del sistema heliocéntrico y sostuvo que así debía ser pues “el Sol era mucho más grande”. Calculó que el Sol estaba 20 veces más lejos que la Luna (pero está realmente a unas 400 veces).

 

Los romanos, mientras tanto, conocían que había siete objetos más brillantes y conspicuos  en el cielo: el Sol, la Luna, y los cinco planetas conocidos; les pusieron los nombres de sus dioses principales. Júpiter, el más grande, fue conocido por el nombre del dios más importante. Siglos más tarde, Claudio Ptolomeo (100 d.C. – 170 d.C.); un griego que vivió en Alejandría, escribió un libro llamado Almagesta, con el que trató de explicar la aparente retrogradación de los planetas y se proclamó firme defensor del sistema geocéntrico. El suyo era un forzado modelo geométrico que procuraba explicar el movimiento de los cuerpos celestes.

 

La Iglesia Católica también tuvo algo que decir. En base a unos versículos dispersos en la Biblia, trató de sustentar la creencia de que era el Sol el que giraba alrededor de la Tierra. Ese parecía haber sido el designio divino; lo sustentaban algunos pasajes del sagrado documento (Josué 10:12-13, Salmos 19:5-6 y Eclesiastés 1:4-8). Habrían de pasar algo más de 16 siglos para que la iglesia aceptara el veredicto científico (1822). En el transcurso, sabios como Galileo Galilei y Giordano Bruno respaldaron el sistema heliocéntrico y hasta arriesgaron sus vidas.

 

Sería Nicolás Copérnico, en 1543, quien finalmente postularía que son los planetas los que giran alrededor del Sol; y fue Johannes Kepler (1571-1630), con apoyo en observaciones hechas por Tycho Brahe, quien daría –con sus tres leyes fundamentales– la explicación definitiva. Pero sería William Herschel (1738-1822), quien descubriría Urano por accidente; y que el Sol no es el centro del Universo. Urano fue el primer planeta descubierto desde la antigüedad. Herschel dio también su aporte a la ciencia forense al reconocer la huella digital.

 

Urano (conocido como Uranus en latín), hace referencia al dios de los cielos en la antigua Grecia, Caelus en la mitología romana. Caelus (Cielo) es el padre del Cronos griego (el Saturno romano); abuelo del Zeus griego (el Júpiter romano); y bisabuelo del Ares griego (Marte para los romanos). En cuanto a Neptuno, el octavo y oscuro planeta, fue descubierto en 1846; el suyo es el nombre romano de Poseidón, el dios griego de los mares. Plutón, hoy es solo uno de los cinco planetas enanos reconocidos en nuestro sistema, junto a Ceres, Haumea, Makemake y Eris.


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31 diciembre 2024

Una dorada medianía

En días pasados, mientras me preparaba para decir un homenaje póstumo a mi tía María del Rosario, advertí la presencia de un grupo de gente, ajena a la familia, que en forma solidaria y generosa había acudido a acompañar a los deudos en ese penoso tránsito. Aquel noble gesto contrastaba con repetidos resabios de varios conductores, con los que me había cruzado esa misma mañana, mientras conducía camino a la funeraria. Me había parecido que la mayoría de esa gente ya ni siquiera manejaba, ansiosa quería adelantar a los demás y llegar primero; parecía abrir los codos y bregar a trompicones –ni se diga que cedía el paso–, sino que estaba persuadida de que estaba sola en el mundo, de que ya nadie más importaba ni existía…

Algo más temprano había realizado mi acostumbrada visita matinal a la panadería. Había ahí, frente al mostrador, una dama que lucía apresurada, había estacionado en forma oblicua y transversal (utilizaba tres espacios) y, desdeñando la paciencia de quienes esperaban, no resolvía qué mismo quería comprar, cambiaba una y otra vez de parecer, y demoró su trasiego pues tampoco sus tarjetas de crédito aceptaban sus transacciones. Lucía la susodicha, algo despeinada, era evidente que había salido a la calle sin desprenderse de unas coloridas pijamas (inédita moda que yo creía que era privativa de la China). Pero, claro, hubiera sido mucho pedir que luego ofreciera disculpas o agradeciera a los otros clientes por la espera.

 

Tengo un amigo que alguna vez cumplió con una misión diplomática en el sur del continente; él se ufana de conocer el defecto más relevante de cada nacionalidad con la que, por razón de su oficio o actividad, ha convivido. “Los de allí, son presumidos –dice–; todos los de más allá, se creen europeos o de sangre azul; los de acullá, son gazmoños y puritanos”… En esa misma línea yo me pregunto cuál es la impronta (¿estigma?) que a nosotros más nos caracteriza, y se me haría difícil no coincidir en que, si hay algo que parece ser connatural a nuestra cicatera y nada pródiga genética, no será otra que esa estrecha y casi enfermiza mezquindad. La fábula del mísero perro del hortelano convertida en extraño e intencional protocolo de conducta.

 

Yo era todavía niño cuando una matrona de oronda catadura y voz estentórea venía de tarde en tarde a visitar a la abuela. Tenía ínfulas aristocráticas, a desprecio de su atuendo y de su oficio de maestra; le decían “mama” María y era adlátere obstinada de Velasco Ibarra. Un día trajo a casa una colección de las obras de su héroe, que la abuela no demoró en arrumar en el desván de la azotea. Una mañana me puse a ojear el repentino tesoro y reconocí su valía; luego, me puse a hojearlo (con hache) por las tardes. Así fue como heredé esa joya de papel y conocí del pensamiento de un vasco genial llamado Ramiro de Maeztu, y –sobre todo– de un joven pensador, médico y moralista ítalo-argentino conocido como José Ingenieros.

 

Una tarde mencioné su nombre en clase y me referí a una cita contenida en una de sus obras principales: El hombre mediocre. “Después de haberlo leído –sentenció el docente– me convencí de que el más mediocre de los escritores había sido José Ingenieros”. La verdad, no era para tanto, Ingenieros había clasificado al hombre en tres categorías: superior, mediocre e inferior. El superior se distinguía por su imaginación y por sus nobles ideales; ese idealismo, no le permitía adocenarse y le hacía cuestionar la tradición. El mediocre era acomodaticio, su guía eran sus intereses y conveniencias; seguía al grupo y se dejaba conducir por el criterio de la mayoría; era cómplice de mantener el statu quo… Ya no hace falta describir al inferior…

 

En días pasados leí un artículo respecto a la palabra mediocre; en él se aclaraba la diferencia entre esa voz (que el DLE define como “de calidad media; de poco mérito o tirando a malo”) con la locución latina aurea mediocritas, que literalmente quiere decir ‘dorada mediocridad’ o, para entenderlo correctamente, ‘dorada medianía’ o ‘justo medio’. Es decir un “estado de quien vive satisfecho con su relativo bienestar, sin envidia ni codicia”. Esta medianía equivale a la moderación, al dorado ‘término medio’ de Aristóteles, una sabiduría práctica identificada con la prudencia, tema poético que se expresa en las Odas de Quinto Horacio Flaco.

 

Ah, y en cuanto a esos ocasionales apuros… ellos nada tienen que ver con la inflexibilidad o la saludable entereza. Hay que actuar con un firme sentido de propósito, pero sin dar la impresión de que actuamos sin dignidad o con evidente atolondramiento. Como habría ordenado un noble señor: “Vísteme despacio que estoy de apuro”; o, como hubiese dicho un compañero de juego: “Hazlo con calma, que solo se apuran los ladrones y los malos toreros”.


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27 diciembre 2024

La abreviatura N.N. *

  * Escrito por Guillermo Carvajal para la página de “elcastellano.org”

¿Por qué llamamos “N.N.” a las personas no identificadas?

 

En muchas ocasiones habremos visto quizá la expresión latina Nomen nominandum (todavía por nombrar) en documentos, trabajos y programas de eventos. Se utiliza para referirse a una persona o entidad que todavía no se conoce, y cuya identidad se revelará más adelante, o cuyo nombre no se quiere indicar por algún motivo. La expresión deriva de una mala interpretación de la antigua abreviatura N.N. que se utilizaba en la jurisprudencia romana, donde representaba un nombre ficticio que identificaba al demandado: Numerius Negidius.

 

Porque uno de los principios básicos de la antigua jurisprudencia romana era el de impartir justicia sin tener en cuenta a la persona. Por tanto, el tribunal debía ocuparse de la situación jurídica entre las partes en abstracto y no dejarse influir, en principio, por las actitudes o prejuicios hacia personas concretas. Por ello a las partes en litigio se las identificaba con nombres ficticios de uso común, en lugar de sus nombres propios. Estos nombres ficticios se utilizaban habitualmente en las consultas a la autoridad superior o a los juristas, y en las correspondientes informaciones y decretos.

 

Numerius Negidius es el nombre que se utilizaba siempre para el acusado. Se trata de un juego de palabras basado en la posición jurídica del demandado, que deriva de numerare ‘contar, pagar’ y del verbo nego ‘negar’, pudiendo ser traducido por tanto como ‘me niego a pagar’ o ‘el que se niega a pagar’. El nombre Numerius ya existía en la antigua Roma, aunque nunca fue muy común. Se lo utilizó sobre todo durante el período de la República Romana, y su forma femenina era Numeria (la diosa del parto). La única familia patricia que uso el nombre regularmente fue la gens Fabia, que comenzó a utilizarlo después de que su único varón superviviente de la batalla de Cremera se casara con la hija de Numerius Otacilius.

 

Si Numerius Negidius era el nombre asignado al demandado, el demandante recibía el de Aulus Agerius (literalmente ‘Aulo solicita o persigue’). El juez, o un tercero afectado por el litigio, recibía el nombre de Titius o Lucius Titius. No obstante, en todas las actas judiciales estos nombres ficticios solían aparecer en forma abreviada, con sus iniciales. De ahí la confusión posterior con la abreviación N.N.

 

En español se suele traducir la abreviación como ‘Ningún Nombre’, y en inglés como ‘No Name’, ambas son interpretaciones equivocadas del original romano, que era ciertamente un nombre falso. Curiosamente en español existen otras variantes, como las procedentes del árabe: Fulano viene del árabe fulān ( فلان), que tiene el mismo sentido que en español, y Mengano de man kān (من كان ) que significa literalmente quien fuese. Quienes hayan estudiado derecho sabrán que la mayoría de manuales de Derecho Romano utilizan los nombres Numerius Negidius y Aulus Agerius en sus fórmulas y ejemplos. En muchos lugares del mundo se utilizan también las siglas N.N. para identificar tumbas sin nombre conocido.

 

Fuentes: O. F. Robinson, The Sources of Roman Law: Problems and Methods for Ancient Historians | Gaius, Institutes of Roman Law | Wikipedia.

 

Nota del editor:

En inglés se traduce N.N. como “no name”, es decir como sin nombre o no nombre; o, lo que es lo mismo, para designar a alguien cuyo nombre es incógnito o desconocido.


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24 diciembre 2024

Los viajes, sabiduría y humildad

Algunos lo llaman “el señor de la Montaña”. Para los entendidos, Michel de Montaigne fue ”el más clásico entre los modernos y el más moderno entre los clásicos“. Filósofo, escritor, humanista del Renacimiento y perteneciente a una familia influyente, había nacido en Francia (1533-1592). Su padre habría dispuesto que solo se le hablara en latín durante su primera infancia. Ya en su madurez, se retiró a la vida privada para escribir sus Ensayos, en ellos expresa sus criterios respecto a diversos aspectos de la existencia. Procuró responder a preguntas como: ¿qué sé yo?, ¿qué he aprendido?, o ¿qué han dicho quienes admiro respecto a lo que creo saber o he vivido?

Lo suyo fue un viaje hacia el saber. Tampoco fue ajeno a los viajes: mientras vivió (hace casi 500 años) habría conocido media Europa: había visitado Suiza, Alemania, Austria e Italia. El autor francés recién vivía sus primeros meses cuando, en lugares situados algo más al norte, dejaban de existir dos hombres que ejercieron gran influjo: Tomás Moro y Erasmo de Rotterdam. Si uno revisa sus Ensayos, en el capítulo De la vanidad, encuentra las reflexiones del autor respecto a las ventajas de saber viajar: “A más de otras razones –dice– los viajes me parecen un ejercicio beneficioso. La mente observa continuamente cosas nuevas y desconocidas; yo no conozco mejor escuela –como repetidas veces lo he dicho– para la formación de la propia persona, que la de enfrentarse asiduamente con la diversidad de otras vidas, ideas y costumbres, para probar esa perpetua variedad de formas que hay en la naturaleza”. 

 

No debe subestimarse que, habiendo efectuado esos periplos hace cinco siglos, los traslados debieron efectuarse a caballo y sin que se dispusiera de adecuados caminos. No se debería menospreciar tampoco la precaria salud del escritor, pues sufría de “mal de piedra” (así se conocía al cálculo renal). De otro Miguel, el autor del Quijote, pudiera decirse algo parecido: Cervantes, que nació pocos años después, viajó por varios países alrededor del Mediterráneo; estuvo en Grecia (Lepanto, está en el golfo de Corinto) donde combatió para la cristiandad y quedó impedido de uno de sus brazos; y más tarde estuvo en Argel –donde sufriría un prolongado cautiverio–.

 

Los viajes no solo enseñan (son “un libro abierto”, dicen), sino que desarrollan nuestra curiosidad y sirven de acicate para nuestra capacidad de asombro. Viajar es no solo probar otros olores y sabores, conocer otras gentes, otras costumbres, otras ideas y creencias; es también un método efectivo para aprender a observar lo que ocurre a nuestro alrededor, y para ir aprendiendo a conocer nuestras propias reacciones e irnos conociendo a nosotros mismos. No existe mejor bagaje personal que los viajes para la formación de nuestros hijos, para desarrollar su sentido social y su tolerancia; y, por qué no decirlo, para reforzar su sentido de comunidad.

 

Ese capítulo, el De la vanidad, de la monumental obra de Montaigne, no se refiere a la petulancia o presunción, a la soberbia o engreimiento; se relaciona con aquello que es vacío, falto de substancia y entidad, aquello que se torna insubsistente e infecundo. Alude a lo contenido en el aforismo salomónico del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. El adagio apunta a la inutilidad de los esfuerzos, a la caducidad de la vida, a la fugacidad de la existencia: a una felicidad que es real solo en apariencia, que es efímera y que nunca llega a ser duradera. Si bien se piensa, es imposible transigir ante ese tipo de vanidad si procuramos siempre actuar con humildad.

 

Jenofonte, un antiguo filósofo e historiador griego, había sido discípulo de Sócrates, fue un cronista de su tiempo y se inspiró en sus viajes para comentar lo que vio y escuchó (también fue militar). Él pensaba –al igual que otros maestros griegos– que la filosofía no debía ser solo un método para comprender la vida, sino la disciplina de la humildad; que para llegar a sabio, el camino exigía ser humilde. Se llega a la sabiduría gracias al estudio y la reflexión, aunque existen eventos que pueden llevarnos a esta última, como las dificultades y el ocio (no tener nada que hacer)…

 

En sus Ensayos, Montaigne sugiere seguir el ejemplo de Bión de Borístenes, el fundador de la diatriba (el discurso hablado), un filósofo amigo de Antígono II, rey de Macedonia, quien a menudo trataba de burlarse de su origen humilde. Bión decidió “pararle el carro”. “Sí –le dijo– yo soy hijo de un esclavo –un carnicero, lo reconozco– y de una meretriz con quien mi padre se casó porque carecía de fortuna. Ambos fueron castigados por cometer un delito. Un orador me compró cuando era niño, quizá porque me encontró atractivo. Cuando él murió me dejó todas sus posesiones. Luego, las transporté a Atenas y me dediqué a la filosofía. No hace falta que te preocupes; no hagas que los historiadores pierdan su tiempo indagando; yo mismo puedo contarles todo sobre mi vida”…


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20 diciembre 2024

Del mimo y su caricatura

No he ido a Nueva York por mucho tiempo; hubo un tiempo en que iba hasta dos veces por semana. Hablar de New York es hablar de Manhattan; no parece pero ese sector es en realidad una isla alargada, una que da la impresión de ser más bien una angosta península. Hay gente a quien no le gusta Nueva York, y eso dice cuando se refiere a Manhattan. La juzgan como demasiado impersonal; que “es una jungla de cemento” dicen, y le encuentran un sinnúmero de defectos. Mas, para mi gusto, New York es una ciudad sorprendente, donde es imposible transigir ante el tedio o el hastío. Aunque, claro, todo tiene su precio…

 

Creo que no exagero si cuento que ahí me he alojado en una veintena de hoteles diferentes; quizá el que más repetí fue al Roosevelt, ubicado en la 45 y Madison, y muy cerca de Grand Central, una de las más bellas estaciones de tren que he conocido. Allí se encuentra el Oyster Bar, de muy grata memoria. Pero, había en Manhattan algo que me gustaba repetir de tarde en tarde: una vez concluidos mis trasiegos y más encargos, dejaba mis bártulos en el hotel y salía a dar un paseo por la 5ta. Avenida; llegaba al soberbio edificio de la Biblioteca Pública y hacía lo que hace todo el mundo: me sentaba en la escalinata a disfrutar de un hot dog, o a tomar un helado, y, como lo hace cualquier turista, simplemente me ponía a mirar la gente pasar…

 

Entonces –de pronto y si uno tenía suerte– sucedía algo prodigioso: surgía, quién sabe de dónde, un mimo que hacía las delicias de la parroquia. Se trataba de un imitador callejero, tan genial que lo que hacía era reproducir con exacta fidelidad la forma de caminar, el ritmo, talante y gestos de algún vecino… lo brutal era que la “víctima” tardaba en darse cuenta de que en realidad era objeto del coro de incontenidas carcajadas que su emulación provocaba. La parodia era tan amena y divertida que el imitador llegaba a hacer de pareja del inocente, tanto que, sin que se diera cuenta, en ocasiones llegaba hasta a dejarse tomar de la mano…

 

El mimo callejero, en sus distintas versiones, es un personaje infaltable en las plazas y callejas de las principales ciudades del mundo. Hay el conocido como “estatua viviente”, figura cuyo mérito está en parecer parte del inerte decorado de la urbe; viste invariablemente de blanco o colores metálicos y apuesta a mantenerse completamente estático. Pero hay también el mimo que –como en el caso de la biblioteca neoyorquina– se esfuerza por parodiar los gestos, dengues y maneras de los ingenuos; su aparición es súbita e inesperada: ese mimo no cesa de importunar hasta que consigue arranchar la sobrante calderilla que lleva presupuestaba.

 

Una noche en Ámsterdam, mientras tomábamos un día de descanso con la tripulación, antes de regresar al Ecuador, habíamos sido invitados a cenar por los directivos de la empresa (habíamos viajado a la “ciudad de los canales” para trasladar un flamante avión hacia el país). Estábamos registrados en el céntrico y lujoso Krasnapolsky y, mientras volvíamos al hotel, optamos por efectuar una corta caminata por una calleja peatonal, muy cerca del Palacio Real. Mientras curioseaba una vitrina de almacén, pude ver en el reflejo del cristal a un subrepticio imitador callejero que se había propuesto duplicar mis gestos colocándose a mis espaldas…

 

Obviamente, no pudo darse cuenta de que yo lo había advertido y tampoco imaginó que yo haría un rápido movimiento de noventa grados, con lo cual, dada su posición, pasó de golpe a ser ya no el imitador, sino el imitado… Lo que vino fue una experiencia inexplicable, pues en el ánimo de no volver a quedar a expensas de un nuevo intento de imitación, no me quedó más recurso que improvisar de remedador y tratar de quedar completamente inmóvil…

 

De pronto sentí como que la sangre se me iba poco a poco hacia los pies y experimenté una inédita sensación de que mi cuerpo no hacía ya contacto con el suelo, de que los músculos del rostro se me congelaban. Fue tan imprevista y nada ensayada mi estática reacción que, tanto mis compañeros como quienes hacían de espectadores, creyeron asistir a una escena que no había sido improvisada… Pocos sospecharon que la grácil araña se había enredado en su propia red y que, como en el apotegma de Quevedo, “el alguacil habría sido alguacilado”.

 

No cuento la viñeta para burlarme ni hacer fisga de nadie. La lección aprendida consistió en que no siempre quien sale con ventaja es el más hábil, experto o inteligente. Hay veces en que hasta los listos hacen el papel de tontos. “Stultorum sunt plena omnia” (todo está lleno de tontos), sentenciaba Cicerón…



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17 diciembre 2024

La inquina en las redes

“Quien odia, es como si se tomara un veneno esperando que el otro muera”. Proverbio chino.

Las redes sociales se han convertido en verdaderas aulas para impartir y repartir odio; para dar lecciones de inquina a otro que también suele odiar. Odiar puede ser un sentimiento agotador que exige mucha dedicación, mala leche e inagotable energía. Quizá, cansado por parecidos desafectos, Voltaire repetía aquello de que estaría dispuesto a ofrendar su vida con tal de defender el derecho ajeno de pensar distinto… Pienso en ello cuando, día a día, recibo mensajes de las mismas personas, obnubiladas por su desafecto hacia otros, persuadidas como están de que su propio odio no se compara con el de ese otro individuo al que achacan de resentimiento… 

 

Y es que no hacen otra cosa. Parecen no tener nada más que hacer, saturan los chats con sus mensajes, tan repetitivos que se convierten en cansinos y enfermizos. ¿Es posible odiar o detestar tanto –estupefacto me pregunto– como para vivir obsesionado con el mal ajeno, por perverso que fuera el objetivo que merece tan obcecada forma de sentimiento? Eso me hace entrar en un conflicto interno: optar por abandonar el chat aunque decidiera mantenerme en el grupo; o, simplemente, dejar un mensaje de reflexión y seguir con mi elástica tolerancia. Al final, termino asqueado, sintiendo que aquello es una burda grosería; que quienes así actúan, no merecen nuestra generosa paciencia, ni tampoco nuestra amistad o compañerismo.

 

Dicen por ahí que el ego y el odio a menudo están interrelacionados. He leído que: “cuando el ego se siente atacado o disminuido, este puede responder con odio hacia quienes percibe como responsables de esa amenaza. El odio, en ese sentido, puede ser una forma disimulada de defender y proteger un ego que se siente lastimado”. Y es que “cuando alguien no está dispuesto a reconocer sus propias fallas o limitaciones –decía quien comentaba–, puede proyectarlas en otras personas y desarrollar sentimientos de odio hacia ellas. Esa sería, precisamente, la forma inconsciente de no tener que enfrentar los propios impedimentos o debilidades”.

 

Hace poco leía un artículo de Fernando Aramburu en el que definía al odio como “un deseo morboso de obtener una satisfacción maligna”. El odio –decía–, “al igual que la democracia, el ajedrez o la viticultura, es una creación humana. Pero es una creación sucia de la que no se puede querer alardear”… “Hay quienes se pronuncian contra los discursos de odio –continuaba– y luego se dedican a lanzar lodo a diestra y siniestra”. El vasco resumía así el pensamiento de Carlos Castilla del Pino, quien habría estudiado los entresijos de la conducta humana, y que afirmaba que el odio es incompatible con la propia felicidad. “El odio es propio de insatisfechos”, apostillaba Aramburu. “Odiar es odiarse”. repetía, glosando así a Castilla del Pino. “No poca gente llena su día dando o recibiendo lecciones de odio”.

 

Peter Seeger (1919-2014) fue un conocido cantautor y activista de derechos humanos; era un constante defensor de los postergados. Cuando cantaba, lo hacía en defensa de los pobres, de los oprimidos y de los explotados. Lo hacía para estimular y animar, para entretener y contar historias. Solía, en ocasiones, entonar una versión distinta de esa famosa tonada cubana que conocemos como Guantanamera; utilizaba unos versos poco conocidos de José Martí relacionados con el odio y el perdón, con el imponderable valor que pueden tener la tolerancia y el olvido:

 

“Cultivo una rosa blanca,


en junio como en enero,


para el amigo sincero


que me da su mano franca.

 

Y para el cruel que me arranca, 


el corazón con que vivo, 


cardo ni ortiga cultivo,


solo cultivo mi rosa blanca..."

 

Si estamos próximos a Navidades y a elecciones, no sería bueno optar por quien uno está convencido de que no es el mejor, solo por el temor de que gane otro, a quien tratamos de evitar... Tampoco sería adecuado considerar al diferente como adversario o enemigo: la política debe ser un arte para lograr acuerdos, no un campo minado donde solo campeen la ignorancia, la inquina interesada y la absurda polarización.


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