11 febrero 2025

Haciendo de espóiler…

Voy, con su perdón, a “hacer de espóiler” o arruinador (tal vez “estropeador” resulte un término más adecuado y parecido a la voz inglesa). Voy a hacer de espóiler –digo– de una eventual lectura que, aunque existe muy poca probabilidad, ustedes pudieran haberla programado. Estoy persuadido, en todo caso, de que sería muy remota la aun más escasa posibilidad de que ya la hubieran iniciado. Sé muy bien que ‘estropeador’ no es una palabra reconocida... Curioso, como puede parecer, arruinador sí está en el diccionario y sí lo es.

Voy pues a hacer de ‘espóiler’, vocablo tomado del idioma inglés que, de acuerdo con el DLE, significaría: agente que “revela detalles importantes de la trama o desenlace de una obra de ficción, revelación que reduce o anula el interés de quien aún no los conoce.” Yo añadiría que, a más de aquello, también lo estropea. La RAE, ya ha reconocido la palabra y recomienda usar 'destripe' (de destripar: 'anticipar el desenlace de una historia a quienes no lo conocen'). No obstante, la sugerencia no encaja en el contexto americano (ni lo satisface).

 

¿Qué qué quiero contar aquí? Pues, intento hacer una síntesis de una novela de Joseph Conrad, de quien ya tenía leído Corazón de las tinieblas, obra que aunque la seguí con interés, me dejó la sensación de que pudo estar mal traducida o, como pasa en estos casos, que los responsables trataron a reducir el volumen del relato en su flagrante propósito de “salgarizarlo”…  Esta vez he disfrutado de Lord Jim, quizá su mejor novela. Es bueno saber que la idea original habría sido crear un cuento de pocos capítulos, a los que se fueron añadiendo después otros episodios acaecidos en una geografía distinta. Para el lector sagaz, “Tuan” Jim puede tener algo de remiendo.

 

Así como Corazón de las tinieblas es una aventura africana que recoge la experiencia del explorador que hay en Conrad, Lord Jim reúne sus aventuras asiáticas y sus correrías por el Índico y el Mar de Java. Se trata de la historia de un viaje en barco desde Oriente hacia el Mar Rojo con el propósito de transportar a unos ochocientos peregrinos musulmanes a la Meca. Próximos a su destino, el barco sufre una ruptura que anega el compartimento inferior y se hunde; sus botes de emergencia son insuficientes para lograr una eficiente y segura evacuación. El hundimiento es más repentino de lo esperado y su piloto, Jim, el segundo de a bordo, se ve obligado a abandonar a sus pasajeros y evacúa el barco con el resto de la tripulación.

 

Jim es un joven brillante que ha ascendido en forma prematura, el abandono le procura un conflicto moral y le produce un tormentoso sentimiento de culpa que marcará su vida. Es esa frustración el eje conductor de la novela, ella corroe su sentido de valor y autoestima, le hace vivir un mundo de fantasmas y engañosos espectros; un pánico espantoso, superior al miedo de tener miedo, al miedo a uno mismo. Cuando Jim asiste a la corte, para enfrentar el juicio respectivo, tiene la impresión de que hay en el tribunal y en los asistentes un gesto de sorna, una mueca de desconfianza que lastima su propia dignidad…

 

La agilidad narrativa de Conrad, sumada a su conocimiento marinero, convierten al relato en un talismán de seducción; eso nos hace preguntar por qué ese embrujo no nos llegó más temprano... A pesar de ello, no puedo sino insistir en lo mismo: ¡el trabajo del escritor no ha sido debidamente traducido! Pero Conrad engancha con la riqueza de sus frases, con la filosofía de sus reflexiones, con el juego psicológico y el contraste moral entre sus antagónicos personajes. Nos dice que vivir sin un propósito, o sin ilusiones, es algo “respetable” y, quizá, exento de peligro… aunque, por desgracia, muy triste… Jim va a juicio y, a pesar de aquellas muecas de desprecio, no es condenado. Más tarde se ha de revelar una inusitada sorpresa (ojo, espóliler): el barco abandonado, oscurecido para los tripulantes por una borrascosa tormenta, habría sido localizado más tarde por una patrulla militar, y… ¡jamás se había hundido!

 

Conrad destaca por su dominio y narración de los elementos marinos, por la minuciosa descripción que hace de los distintos personajes.  Su pasión marinera es proverbial y contagiosa: “no hay nada más incitante, que más desencanto produzca –y que más logre esclavizar al mismo tiempo– que la vida del mar”, dice. Sus comentarios invitan a la reflexión: “No es la Justicia, criada de los hombres, sino la casualidad (el azar y la Fortuna, aliada del paciente Tiempo), la que nos da cierto equilibrio, y cierto nivel de escrúpulo”… O, también: “cada cual está obligado a interpretar por si mismo el lenguaje de los hechos, que son, a veces, tan enigmáticos como los más artificiosos juegos de palabras”.

 

Nota: el espóiler en aviación está asociado con los alerones; ayuda a reducir el radio de viraje, afectando la sustentación del ala interior. Activa, además, el uso de los “frenos aerodinámicos” (extensión simultánea de ambos espóilers en los dos lados), restringiendo la velocidad, por una parte, o incrementando, de ser el caso, el régimen de descenso, reduciendo la sustentación en las dos alas. En los autos, es solo un elemento aerodinámico.


Share/Bookmark

09 febrero 2025

¡No me subestime! *

 * Artículo escrito por Manuel Vicent, con el título “No sabe usted con quién está hablando”.

Cuando siento que mi autoestima está por los suelos, algo que a esta edad me sucede muy a menudo, para levantarme el ánimo recuerdo aquella vez en que una gorila me tocó cariñosamente los huevos, algo que no le ha pasado ni al propio Hemingway.

 

Sucedió en el Parque Nacional de los Volcanes, en Ruanda, en presencia de algunos amigos entre los que había un alto ejecutivo, un deportista de élite que fue medalla de plata olímpica de baloncesto, un catedrático emérito de Economía y algunos más, todos eminentes, que fueron testigos. Después de caminar durante un par de horas por una selva en la que estaba prohibido toser, estornudar y escupir para no contaminarla con alguna bacteria humana, nuestro guía descubrió una familia de gorilas compuesta de 17 ejemplares en la que, además de la pareja estable, había varios hijos e hijas mayores de edad y unos nietos muy pequeños que jugaban a deslizarse por un talud, como los niños en cualquier tobogán de un jardín de infancia. Ignoro si algunos más entre los que se movían por allí serían primos, suegras, nueras y cuñados, todos bajo el dominio y protección de un súper-macho, espalda plateada.

 

Después de observar durante un buen rato su comportamiento, que tampoco era tan distinto al de una familia de clase media en plena merendola en cualquier excursión por la sierra, sucedió un hecho insólito, según el guía: una gorila joven se desprendió de una rama, se acercó a nuestro grupo y al pasar por mi lado me dio con el dorso de su mano un toque muy cariñoso en la entrepierna a modo de saludo. A qué fue debida esta confianza, y por qué fui el único agraciado con semejante caricia, no sabría decir y tampoco encontró una respuesta adecuada mi psicólogo. Tengo por seguro que nunca escribiré una obra maestra que pase a la historia de la literatura, pero no creo que exista escritor o periodista a quien una gorila le haya tocado los huevos.

 

Por otro lado, cuando estoy bajo de moral recuerdo también a aquel monje ciego sentado a la sombra de un sicomoro en el jardín de un monasterio de Shanghái al que pedí un consejo para ser feliz. Me dijo que la máxima felicidad consistía en no tener envidia. Siempre he creído estar a salvo de este pecado capital. Si alguna vez siento una leve punzada en el estómago por el bien ajeno, pienso en la prueba de afecto que me dio aquella gorila y desaparece cualquier atisbo de resentimiento. El monje alargó una mano insegura en el aire hasta posarla sobre mi frente y la dejó allí murmurando una especie de oración; después me golpeó suavemente con el puño el esternón donde reside el timo, la glándula de la fortaleza, mientras me decía: “Si alguna vez sientes envidia, golpéate el pecho como hacen los gorilas y pregúntate quién eres”. Que un monje budista ciego, enormemente viejo, y una gorila joven hubieran coincidido en poner su mano en mi cuerpo para dar fe de mi existencia, durante un tiempo me llenó de confusión. ¿Quién era yo, entonces?

 

Tal vez la respuesta la encontré poco después en uno de mis viajes a Buenos Aires, en el cuarto de baño, situado en un altillo de la librería Clásica y Moderna de la calle Callao, que era a la vez café, salón de jazz, botillería intelectual y refugio de artistas. La posmodernidad consiste en que cada día es más difícil distinguir en las discotecas el lavabo de hombres y de mujeres. Una simple inicial, unos labios rojos o un bigote, una pipa o un tacón de aguja, un sombrero de copa o una pamela, signos cada vez más abstractos y ambiguos sirven para que uno no se confunda en la encrucijada del género, sobre todo si vas borracho. En el altillo de la librería Clásica y Moderna me llevé una sorpresa cuando vi mi foto en la puerta del lavabo de caballeros. Se supone que en ese espacio mi rostro era el símbolo del género masculino, el guía que conducía a los hombres fisiológicamente hacia su verdadero destino.

 

El psicólogo me dijo que las personas, a la hora de optar por la felicidad, unas otorgan el predominio a la mitad superior del cuerpo, donde se generan los pensamientos nobles acompañados por el deseo de belleza; otras, creen que existe más placer en esa zona turbia inferior del cuerpo donde radican los instintos. El psicólogo añadió: “Que te toque los huevos una gorila, que te bendiga un monje tibetano ciego y que tu imagen presida un retrete de caballeros en Buenos Aires, como si ese punto fuera El Aleph de Borges, es motivo suficiente para no tener que envidiar a nadie. Ese premio debe colmar todas tus exigencias a la hora de pasar por este mundo y poder decir: no sabe usted con quién está hablando”.


Share/Bookmark

07 febrero 2025

De agravios y otras perlas

¿Existe una gradación o escala entre los actos o expresiones destinados a lastimar a las demás personas, o es que todos esos vocablos están relacionados?, ¿o será que, poco más o menos, todas esas voces y expresiones significan aproximadamente lo mismo?

De acuerdo con el gran pensador estoico Lució Anneo Séneca, que vivió sus primeros treinta años mientras también vivió y predicó en Palestina Jesús de Nazaret, solo habría dos niveles de ofensa: la injuria y el ultraje. En un sucinto compendio de sus obras (que más que textos son colecciones de pensamientos y aforismos), encuentro una, intitulada De la constancia del sabio, que algunos interpretan con el sentido de “tenacidad” o “firmeza”. Creo que, dada su temática o tratamiento, debería más bien entenderse con otra acepción, esto es con la de “testimonio”, es decir como “justificación” o “prueba”, mas no como “perseverancia”.

 

Previamente, veamos y comparemos unos pocos sinónimos y definiciones extraídos del DLE:

Injuria: f. Der. Acción o expresión que lesiona la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación. Sinónimos: ofensa, insulto, agravio, ultraje, oprobio, afrenta, baldón, improperio, infamia, vejación, escarnio, denostación, pesadumbre.

Ultraje: m. Acción y efecto de ultrajar. / m. Ajamiento, injuria o desprecio. Sinónimos: injuria, insulto, ofensa, agravio, desprecio, deshonra, deshonor, afrenta, vilipendio, infamia.

Ultrajar: tr. Despreciar o tratar con desvío (desapego, desagrado, frialdad o indiferencia).
Despreciar: tr. Desestimar y tener en poco. / tr. Desairar o desdeñar.

Desprecio: / m. Desestimación, falta de aprecio. // m. Desaire, desdén.

 

Y ahora, unos pocos sinónimos de otros términos similares tomados al azar:

Denuesto: agravio, afrenta, infamia, ofensa, ultraje, dicterio, improperio, injuria, insulto.
Dicterio: insulto, vituperio, improperio, injuria, agravio, invectiva, apóstrofe.
Improperio: injuria, ofensa, insulto, agravio, ultraje, oprobio, afrenta, baldón, infamia, vejación, escarnio, denuesto, blasfemia, denostación, pesadumbre, puteada.
Insulto: agravio, injuria, ofensa, afrenta, denuesto, ultraje, improperio, invectiva, oprobio, vituperio, escarnio, mofa.
Oprobio: humillación, afrenta, agravio, deshonra, baldón, deshonor, ignominia, injuria, vilipendio, infamia, vergüenza.

 

Como se pudiera inferir, casi todos estos vocablos tienen significados parecidos. En su Inventario general de insultos, el académico Pancracio Celdrán, comenta que el insulto es “un acto hostil que pudiera producirse en tres grados distintos: la insolencia, el improperio y la injuria. Para Miquel Echarri, otro periodista español (que también glosa a Celdrán): “todo insulto es un arma arrojadiza que en el temperamento hispano aflora para provocar más risa que ultraje”. Constituye “una de las formas más fértiles del ingenio”, aunque “se convierte en una oportunidad para poder exhibir el mal genio o el mal carácter” (he reeditado la última parte para conseguir una mejor interpretación de los términos utilizados en España).

 

Ahora bien, ¿qué postula el filósofo cordobés? “Distingamos –nos dice– injuria de ultraje. La primera es, por su naturaleza, más grave; el ultraje es más leve porque no hiere a los hombres sino que los ofende”. Para Séneca, el hombre sabio está por encima de las injurias, pues no sabe vivir para la esperanza ni para el miedo. “El agravio –en tanto– es menos que la injuria y de él más nos podemos quejar que vengarlo, puesto que las mismas leyes no lo juzgan digno de castigo”. “Quien con el agravio se altera, hace demostración de que no tiene pizca de prudencia ni confianza, pues sin vacilación se considera despreciado”. “Para rechazar aquella pasión, el sabio cuenta con la magnanimidad, que es la más hermosa de todas las virtudes”.

 

“Contumelia deriva de contemptus: desprecio, porque nadie tilda con tal injuria sino a aquel a quien menospreció y ninguno desprecia a quien tiene por mayor y mejor que él aunque haga algo de aquello que suelen hacer los que menosprecian. El sabio no se venga de ellos sino que los corrige; como poco estima sus lisonjas, desestima también sus vituperios”. “El sabio se pregunta: ¿esto me sucede merecida o inmerecidamente? Si merecidamente, no es agravio sino justicia; si inmerecidamente, la vergüenza de la injusticia ha de sufrirla quien cometió la injusticia”. “Es vergonzoso ceder –exhorta–: ¡defiende el puesto que te señaló la naturaleza! ¿Me preguntas qué puesto es ese? ¡El de varón! Para el sabio hay otro recurso contrario a este; porque vosotros recién estáis recién en la pelea, mientras él ya tiene ganada la victoria”.


Share/Bookmark

04 febrero 2025

Las normas y la justicia

“Un escritor es lo que lee, lo que vive y lo que imagina”. Arturo Pérez-Reverte. Patente de Corso.

Hace poco estuve leyendo un artículo perteneciente al autor del epígrafe, alguien a quien leo con frecuencia. Él, con su peculiar estilo, contaba de su más temprana experiencia con la Justicia… Estando en el parvulario, la maestra le mandó a hacer una plana en casa, tarea que él repitió hasta considerarla perfecta. Cuando la entregó al día siguiente, la profe dudó de que fuera él quien la habría cumplido y la tiró a la papelera. Su madre, que más tarde había ido a recogerle, lo encontró mohíno y, luego de averiguarle, entró a conversar con la docente. “A partir de ese día, –dice– la profe cambió conmigo y siempre le agradecí por la que fue mi primera lección importante en la vida”… Así me he preguntado ¿cuál pudo haber sido aquella moraleja?

 

Luego de dilucidarlo, he resuelto que, a más de aprender a disculpar a quienes nos lastiman, quizá fuera que hay veces en la vida que siendo uno inocente es juzgado como culpable; o, tal vez, de lo importante que puede ser el poder contar con un buen abogado… Fiel a mi costumbre, me puse a revisar los diversos comentarios. Había uno que me llamó la atención, estaba escrito por un profesional del derecho con amplia experiencia administrativa; advertía que su propósito era desterrar cierto tabú o idea equivocada que había respecto a la Justicia.

 

Es que “cuando estudias derecho –decía quien comentaba–, piensas que, en algún momento, adquirirás la ciencia y la sabiduría de Salomón para saber diferenciar lo justo de lo injusto, sin errar y sin tener duda alguna. Pero eso no es cierto, eso no te lo enseñan ni hay másteres para ello. Te suministran teorías, historia, doctrinas y hermenéutica –ya el tal Kelsen es un jarro de agua fría al respecto– para apreciar que la norma es el sujeto supremo del derecho (se refería a la postura jurídica del austríaco Hans Kelsen). El positivismo jurídico y su interpretación son la estructura básica con que se pretende cristalizar y alcanzar la Justicia en una sociedad”.

 

“Sí –continuaba el individuo– los valores y creencias se tocan de soslayo en las asignaturas. Pero nadie indica, fuera de la norma, dónde está el límite entre lo que es justo y lo que no es. Y la historia te enseña que las normas pueden sustentar todo, hasta las mayores aberraciones, ruindades y atropellos. Al final, caes en cuenta que la noción de Justicia sólo existe en tu conciencia, y que un buen jurista, conocedor de todos los recursos y artificios; igual puede defender con éxito una cosa o la contraria. La idea de Justicia nunca estará clara. Sólo existirán interpretaciones o argumentaciones para respaldar una situación de una u otra forma”…

 

“Así que, bien por conciencia moral, por intereses o por simple jerarquía (u obediencia para subsistir), lo que se hace es aplicar argumentos de todo tipo, en especial normativos y de jurisprudencia, para así justificar la postura que se considera (o a uno le hacen considerar) que debe prevalecer (pero esta es también una mera interpretación). Así, la Justicia viene a ser inexistente y nadie se puede defender, aunque haya sufrido o padecido una situación injusta. Salvo que exista alguien que ‘tenga a bien’ tomar en consideración la postura e interpretación de la parte verdaderamente perjudicada, y se convierta en auténtico abogado del caso”.

 

He pensado que eso es justamente lo que está pasando en estos mismos días en nuestro país, donde se aplican con antojadiza arbitrariedad las normas; donde no se reconoce primero su adecuada validez ni se piensa, tampoco, si la norma invocada es la pertinente para cumplir con el noble propósito de la Justicia. Es penoso reconocer que hoy los textos se interpretan de acuerdo a las conveniencias, que lo que prevalece es la “viveza criolla”, el trapicheo y la ‘leguleyada’, el recurso fraudulento con apariencia de legalidad, la maniobra del cagatintas ignorante –pero avispado, tramposo y sagaz– que se quiere pasar de listo o de “sapo vivo”.

 

Pero… hay algo más que terminaba diciendo aquel abogado-comentarista: “sería bueno conseguirse una buena abogada –decía–; y es por eso que, esa oración, la Salve, dice lo que dice y es la que más me gusta del repertorio católico”. He recordado así una de las primeras plegarias que me enseñaron cuando niño. Aquel Salve Regina conocido también como el “Salve” (¡Ea!, pues, Señora, ‘abogada nuestra’, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, etc.) es una hermosa oración que, alguna vez, habría sido tan solo una antífona, una breve pieza musical propia de las prácticas religiosas del cristianismo. Hacia 1250, sería el Papa Gregorio IX quien la habría aprobado y prescrito para que fuera cantada por los fieles católicos alrededor de todo el mundo.


Share/Bookmark

28 enero 2025

Y el tiempo pasa…

Artículo publicado en el periódico La Nación de Guayaquil. Sábado 4 de enero de 2025

Sí, el tiempo pasa; ya estamos en 2025 (guarismo que, como saben los que aman las cifras, resulta ser el cuadrado de 45, curioso número este que resulta de sumar todos los dígitos). Y digo que pasa y no que “vuela” porque este es un concepto subjetivo. Mas, el tiempo es real y “pasa”, lo que quiere decir que lo que sucede en este instante ya es pasado y que transcurre para todos: es inexorable. El tiempo no es ficción, es pura realidad; por eso todos los relojes marcan la misma hora. No hay manera de detener el tiempo. Bien visto, el reloj es un artilugio fascinante, una maravillosa forma de medir y comprobar el paso del tiempo.

 

Quizá habrían sido los sumerios los que habrían buscado formas de medir el tiempo. Y habría sido en la Media Luna Fértil, esa franja en que se asentaron las primeras civilizaciones, donde se inventó una forma de escritura y el concepto de la semana, donde se prefiguró el sistema sexagesimal que tendría tantas aplicaciones –hoy indispensables para la navegación y la medición del tiempo–. El ser humano por siempre se sintió seducido, no solo por el tiempo sino por la esquiva posibilidad de medirlo con exactitud. Los antiguos ya jugaban con clepsidras y relojes solares, y buscaron una manera uniforme de regular el trabajo o el sueño.

 

Los griegos tampoco se quedaron atrás y tuvieron un dios, hijo de Urano y padre de Zeus, al que llamaron Cronos, este estaba encargado de “la efectiva y completa ejecución de todo”, lo que quiere decir “del cumplimiento final del tiempo”. Los romanos lo identificaron con uno de sus dioses autóctonos, Saturno, en honor del cual bautizaron el día sábado (‘saturday’ en inglés) y honraron las fiestas saturnales, unas carnestolendas parecidas a nuestro carnaval; lo cual, más tarde sirvió para que la Iglesia las suplantara con la fiesta de la Natividad.

 

Si subyugante es pensar en el paso del tiempo, quizá existan pocos artificios que nos cautiven más que los relojes, esos formidables mecanismos que, sin que nos demos cuenta, tienen el atributo de la ubicuidad (uno se topa con ellos por donde va). Yo mismo los encuentro en el estudio y el comedor, en el vestidor y la cocina; en el celular y el ordenador; dispongo incluso de un “reloj de abuelo” (un portentoso Howard Miller): un prodigio de relojería que no solo marca el tiempo, sino que advierte cada cuarto de hora con música preseleccionada, registra las fases de la luna y celebra el paso de las horas con idéntico número de campanadas.

 

Habría sido, hacia el ecuador del Medioevo, que un monje benedictino nacido en Auvernia, llamado Gerberto y que llegaría muy joven a papa con el nombre de Silvestre II, que, siendo estudiante, habría viajado a Cataluña y se habría puesto en contacto con el saber de los árabes. Gerberto fue un erudito, un verdadero sabio; había nacido al mediar el SS X y se había interesado por el conocimiento musulmán; a su regreso, trató de compartir su aprendizaje del cero (algo todavía desconocido en Europa) y del sistema decimal. Era un tiempo en que nadie sabía dividir, se utilizaban unas tablas para realizar las operaciones y se desconfiaba de la gente que sabía hacerlo porque se intuía que podía estar “en tratos con el demonio”…

 

Gerberto fue nombrado papa en el año anterior al ominoso primer milenio (gobernó desde 999 hasta 1003), cuando la gente conjeturó que se avecinaba el “final de los tiempos”, y que ocurrirían guerras, catástrofes y otros cataclismos. Es a Silvestre II, un pontífice al que se lo rechazó porque quizá “sabía demasiado”, que el mundo debe la iniciativa de medir el tiempo utilizando ruedas y pesas, un concepto precursor al reloj de péndulo que vendría siete siglos más tarde. Sería un neerlandés, Christiaan Huygens, hacia mediados del SS XVII, quien se encargaría de perfeccionar el péndulo (invento de Galileo) en los relojes de torre y de pared…

 

Sí… ¡Cómo pasa el tiempo…! 


Share/Bookmark

24 enero 2025

De beatitudes y santos augurios

Hay por ahí (y les juro “por Dios” que no muy abandonadas) un par de Biblias entreveradas entre los varios estantes que existen en mi casa. La una reza “La Biblia” en su lomo y, a más de su nombre, el título de “Edición Pastoral”; en su carátula, han añadido el membrete de “Latinoamericana”. Es la que utilizó mi hijo Sebastián cuando hizo su Primera Comunión. La otra es algo más voluminosa, es la que usó Felipe con idéntico propósito; lleva el membrete “Dios habla hoy” en grafemas dorados y contiene una familiar dedicatoria. Compruebo, por su estilo de escritura, que ambas son versiones actualizadas para hacer más fácil su lectura.

Ninguna de las dos sirven, por lástima, para la indagación que ha motivado mi intención. He leído el artículo de Javier Cercas que he publicado en mi entrada anterior (Testamento), y he querido averiguar lo que realmente quiere decir aquello de “pobre de espíritu”, que se contiene en el primer versículo de Las Bienaventuranzas, que se recogen en el Capítulo 5 de Mateo (o 6 de Lucas) en el Nuevo Testamento. El texto corresponde al memorable Sermón de la Montaña (hoy lo llaman “Discurso”) que Jesús pronunció en una colina ubicada entre Cafarnaúm y Genezareth (Ginosar, en hebreo), pueblos asentados cerca de la orilla noroccidental del Mar de Galilea o Lago de Tiberíades. A veces llaman a esa colina el Monte de las Beatitudes.

 

El artículo en mención, quizá haya contribuido, de alguna manera, a confundir un poco, mi oscura interpretación del auténtico sentido que tiene la primera de las Bienaventuranzas. Esto porque en el penúltimo párrafo, la madre de Cercas hace referencia a su humildad y ello no coincide con el comentario que, hacia el final, hace el escritor en referencia a la “limpieza de corazón”, locución que no recoge con exactitud lo que parece insinuar su venerada madre.

 

Empecemos por recordar las nueve Bienaventuranzas en la antigua versión de Mateo:

1.- Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el Reino de los cielos.

2.- Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

3.- Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

4.- Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

5.- Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

6.- Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

7.- Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

8.- Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos será el Reino de los cielos.

9.- Bienaventurados seréis cuando os injurien, persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

 

No existe mayor diferencia entre los evangelios de Mateo y Lucas. Lucas relata el sermón, cual si el mensaje descrito estuviera dirigido a los pobres o a quienes no eran todavía parte de la nueva Iglesia (los Evangelios fueron escritos en el SS I d.C., y quienes lo hicieron pudieron o no haber conocido a Jesús; a pesar de ello, relataron su vida y su doctrina). Mateo, por su parte, escribe como si se dirigiese a todos, a los pobres y los acomodados, y como que quisiera involucrar en forma espiritual a todos los que ya se habían integrado en esa nueva Iglesia; en este sentido, parece asimilar el concepto de Justicia con el de la Gracia de Dios.

 

Son solo tres las Bienaventuranzas que pudieran crear un ambiguo sentido o cierta confusa interpretación: la primera (que habla de los pobres de espíritu); la segunda (de los mansos); y la sexta (de los limpios de corazón). No cabe duda que los mansos serían los no irascibles, los pacientes y tranquilos; los limpios de corazón serían aquellos que están en gracia, los que no tienen culpa ni pecado. 

 

Pero, ¿quiénes serían los ‘pobres de espíritu’? ¿Acaso los débiles o quienes carecen de espíritu?, ¿quizá los humildes o los menesterosos?, ¿tal vez los ingenuos, o los que tienen ‘espíritu de pobres’, quienes solo esperan milagros y dejan sus penas en manos del Señor? Dicen que “no hay un milagro si no hay primero un problema” y que Dios solo hace milagros para los desvalidos o despreciados: para quienes creen que la solución de sus cuitas solo puede estar en las manos divinas. Las “Bienaventuranzas”, se convierten así en un positivo complemento del Decálogo (los Diez Mandamientos). Hoy la Biblia ya no augura la dicha invocando un “Bienaventurados”; ella promete la buena ventura con un sencillo “Felices los...” o “Dichosos los...”, que quizá suene un poco más sencillo.


Share/Bookmark