11 marzo 2025

Recetando un sacramento...

“En los tiempos que corren, un jurista debe ser muy honrado, pero además es indispensable que tenga sentido común. Claro que mucho ayudaría que también sepa de Derecho”… (Escuchado en el Metro: dos personas refiriéndose a los asesores jurídicos del Presidente).

Todo el mundo (es un decir) ha estado estos últimos días haciendo diversos análisis de qué pudo haber sucedido en las votaciones pasadas, en las cuales una gran mayoría de gente esperaba un triunfo más holgado del candidato-presidente. Algunos, efectivamente, tal vez pecaron de excesivamente optimistas; otros quizá subestimaron ciertos asuntos que pasaron probable factura al joven mandatario; otros pudieron haber desdeñado el desgaste natural que produce la gestión política a quien ejerce la 'majestad' del poder y enfrenta el desengaño social.

 

Procuremos pues actuar con objetividad ya que es casi imposible ser de veras neutrales… No sería adecuado hablar de “errores” aunque sí de varias situaciones, episodios o circunstancias que se presentaron durante el año anterior. Vamos pues cronológicamente: Quizá el hecho menos esperado, y que produjo más críticas e innecesario desgaste a Noboa fue el conflicto generado por su mal manejo de la relación con su Vicepresidente. En ese tema, por lástima, se actuó en caliente, no se utilizó el desfogue de la conciliación ni se meditó a futuro en las consecuencias de tal desencuentro. Sí, pienso que se dejó innecesariamente agravar esa situación. Por lástima, las artimañas jurídicas empleadas solo dejaron entrever triquiñuelas: el gobierno se enfangó sin necesidad en un feo guirigay.

 

Mientras este culebrón pasaba, el Presidente perdió valioso tiempo que pudo ser utilizado para asegurar el siempre elusivo apoyo legislativo y conseguir un mínimo, pero necesario, apoyo de parte de las élites políticas de su región de origen. Al hacerlo pudo encontrar el sustento y compromiso indispensables para reactivar la economía, cumplir con sus ofertas de gobierno y solventar la evidente crisis general de empleo. Sería iluso no reconocer tanto el estancamiento de la economía, así como la flagrante crisis de varios sectores de la industria. Todo aquello hizo evidente que el Presidente no gozaba del asesoramiento y posicionamiento adecuados.

 

En lo internacional, tampoco fue debidamente meditado el affaire de la Embajada Mexicana. Bien visto, nunca fue indispensable asaltar ese recinto; hubiera bastado con acordonar esa sede y asegurarse de que el funcionario allí “asilado” no tuviera posibilidad de escape. No había para qué convertir en víctima a un convicto. De similar manera, la crisis de energía no fue oportunamente controlada y, a pesar de la eficiente labor de la ministra encargada, el Presidente perdió importantes y continuas oportunidades de ejercitar su exiguo liderazgo. Noboa pudo hacerse asesorar mejor, aparecer como mejor enterado e infundir tranquilidad.

 

Hacia el final, sus insólitas gambetas con el tema de su sucesión, su cada vez más manifiesto autoritarismo, su desdoblamiento como gobernante y candidato y el nombramiento de otra funcionaria para aparentar el encargo de la presidencia (desdeñando lo establecido en la Constitución), fueron generando el rechazo de importantes personalidades y consiguieron crear la impresión de que existía un rígido entorno jurídico junto al Presidente. Para colmo, su imagen fue cobrando paulatinamente una contraproducente aura de triunfalismo, convirtiendo la victoria en primera vuelta en un grito de guerra, asunto que solo impulsó la ceguera de sus propios partidarios Todo ello dio como resultado el descuido proselitista, además de una  torpe polarización.

 

No debe desecharse, tampoco, que el fervoroso rechazo que tuvo en su momento el correísmo se ha ido poco a poco desmitificando y diluyendo, esto porque el grueso del electorado juvenil nunca lo vivió. Asimismo, los partidarios de Noboa no ejercieron un adecuado control del voto; aquí me parecería conveniente volver a encargar a las FF AA un acta adicional, para garantía electoral de todos los ciudadanos.

 

Frente a lo que hoy nos ocupa, no queda sino sugerirle al “penitente” que proceda conforme a lo dispuesto por la estrategia católica de los cinco elementos del sacramento de la confesión, fórmula de evangelización que –mediante la “recuperación de la gracia perdida” por causa de los pecados cometidos (que deben narrarse al confesor) y para lograr un mejor control de los fieles– desarrolló la Iglesia Católica durante la Contrarreforma (Concilio de Trento, 1545-1563), a saber: examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de la enmienda, confesión de boca y “cumplir la penitencia impuesta por el confesor”. Para esto último, no estaría por demás pedirle al confesante-candidato que rece un padrenuestro y tres avemarías, y que cumpla con lo que ya dispone la Constitución…


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07 marzo 2025

Intolerancia y polarización

Hace poco decía un querido amigo que a veces la vida se nos convierte en un rompecabezas, frente al cual uno se siente incapaz de completarlo porque advierte que le faltan las piezas… Si bien mi amigo se refería a un episodio íntimo, la verdad es que en ocasiones la vida personal y familiar se convierte en un confuso rompecabezas donde, sea que nos falten o sobren las piezas, llegamos a tener la impresión de que no solo que su aparente número no parece coincidir con ese todo que pretendemos armar, sino que algo nos indica que las piezas de que disponemos no parecen siquiera pertenecer al lúdico desafío que enfrentamos.

Y eso mismo parece ocurrirnos en la vida social; y es lo que percibimos respecto a nuestros conciudadanos en su relación con la vida y los intereses de la comunidad. Por eso nos asalta la duda de si no será que ellos no solo que no cuentan con las piezas adecuadas, sino que hasta darían la impresión de que no saben qué mismo “puzle” están tratando de completar… Es en época de elecciones, como ahora, que parecen existir dos posturas irreconciliables. Todo se ha polarizado: y hay gente inconsciente que quiere hacer de estrellita de navidad y se dedica a enviar todo tipo de mensajes. Reenvían lo que es y lo que no es; y, con tal de parecer enterados, difunden cualquier despropósito como si fuera irrefutable y cierto, y –ellos mismo y poco más tarde– vuelven a enviar uno nuevo, solo que defendiendo justo lo contrario…

 

Es mi impresión que cada vez se usa y abusa más de algo que pudiendo ser una maravillosa herramienta, se ha ido más bien convirtiendo en un insufrible fastidio, justamente porque no se lo utiliza con ponderación e inteligencia: me refiero a las redes sociales. Se emplea este recurso con tal virulencia –y manifiesta irresponsabilidad– que quienes intentan contagiarnos de su rechazo hacia todo lo que represente inquina, odio y resentimiento, lo hacen con tal venenosa pulsión que no hacen sino demostrar que su aversión y antipatía hacia la opción que denigran es tanto o más insidiosa que la que han querido criticar. Hastiado de tan negativa cantaleta, no me ha quedado más remedio que retirarme de un par de chats en forma temporal.

 

Cuesta creer que esos individuos, a pretexto de hacer proselitismo por quienes apoyan, se hayan declarado en franca competencia de quién es quien puede herir, insultar y odiar más… Es el suyo “el odio de los que odian al odiador”, como si el fin justificaría los medios, como si tratar de hacer el mal a quien no piensa como ellos sería algo trivial, intrascendente; solo una nimiedad, una insignificancia… ¿No era acaso eso la “banalidad del mal” de la que, con tanta insistencia, nos hablaba Hannah Arendt en el siglo pasado?... Aquello, por desgracia, nos pone frente a lo que se hado en llamar “la paradoja de la intolerancia” que solo quiere decir, en pocas palabras, que uno debe respetar la diversidad y las opiniones que pueden tener los demás individuos, pero que no estamos obligados a ser tolerantes con los intolerantes.

 

Lo que comento contrasta con lo que acaba de hacer en Estados Unidos una septuagenaria que participó en los disturbios de hace cuatro años. Ella se llama Pamela Hemphill, padece de cáncer y está a punto de recibir quimioterapia; estuvo condenada a cumplir cárcel por sesenta días por su participación en la asonada que trató de tomarse el Capitolio el 6 de enero de 2021, al considerar que  Donald Trump era quien realmente había ganado las elecciones. La señora Hemphill, en gesto que demuestra su honradez e integridad, ha decidido rechazar el perdón que la ha sido concedido por el ahora reelecto presidente. De paso, no debe olvidarse que un indulto solo exime al culpable de la pena, no significa que se anule la sentencia…

 

“Aceptar el perdón solo significaría insultar a los policías del Capitolio, al Estado de Derecho, y, desde luego, a nuestra nación”, ha dicho; “me declaré culpable pues era culpable; aceptar el perdón solo ayudaría a echar leña al fuego y contribuiría a esa falsa narrativa”. “Estuvimos equivocados ese día, rompimos la ley, no debería haber tales indultos, cometimos un error y deberíamos pagar por ello”. Es lo mismo que escuché por ahí: “aceptar como justo algo que no fue legal, y que encima estuvo mal, solo significaría haber perdido el sentido de la honradez”…

 

Es importante que recuperemos nuestro sentido crítico; hace poco vi y escuché a Richard Gere en su discurso al recibir un premio internacional. Gere, al referirse al presidente Trump lo descalificó, dijo que era “a bully and a tugh” (que la traducción que apareció en la parte inferior de la pantalla, reprodujo como “un matón y un matón”), lo que debió haberse traducido como lo que en realidad dijo el reconocido actor: “es un abusador y un rufián”…


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04 marzo 2025

Historia y profecía

Hay ocasiones en que se me da por merodear por los mismos lugares, escarbar en los mismos sitios, frecuentar los mismos escritores, hasta un punto tal que daría la impresión de que aquello se me ha convertido en adicción. Hoy mismo estoy dedicando tiempo a completar la lectura de unas novelas de Saramago que tenía en lista de espera. Él es un escritor que tiene una estilo diferente, se da ciertas libertades con la puntuación, favorece las frases y párrafos largos, utiliza las comas y la mayúscula inicial para satisfacer los diálogos (no usa ni el guion ni el punto aparte) y, entre otros arbitrios, prescinde de algunos signos ortográficos.

Saramago produce una sensación distinta, a veces da la impresión de haber abandonado la trama (como justo pasa en la vida) mientras nos hace disfrutar de sus personajes y episodios. No todo en lo suyo es perfecto, sin embargo. Tiene libros que gustan menos, y aun otros que no alcanzan al nivel al que nos tiene acostumbrado. No solo eso: hay por ahí un par que invita a interrumpir su lectura… Y es que, no se puede seducir ni ser brillante todo el tiempo. En ello quizá intervenga un factor subjetivo: lo que gusta a unos no necesariamente ha de cautivar a todos. Ello es ineludible; así, uno va de la elación (Memorial del convento) a la desidia (La balsa de piedra); o, del hastío (Ensayo sobre la lucidez) al fervor (El hombre duplicado).

 

Esta última relata la historia de un sosias (un doble o clon): es lo que vive un individuo que descubre la existencia de alguien que es copia idéntica de sí mismo (viví alguna vez en Miami una experiencia parecida, entre dejar el hotel y tomar el bus de enlace al aeropuerto, cuando me di de bruces con mi propio espejo). Hay en la novela una frase que me hizo sentir que antes ya la había leído. Dice “La Historia es una profecía al revés” y se la atribuye al alemán Frederich Schlegel, que la habría escrito hace un cuarto de siglo; ella es casi idéntica a otra: “La Historia es una profecía que mira hacia atrás”, que Vincent Cronin, uno de los biógrafos de Napoleón Bonaparte endilga a Gustave Flaubert, quien solo habría de vivir 50 años más tarde…

 

Profecía es curiosa palabra, puede significar anuncio de un portento y, por lo mismo, motivo de esperanza; o, por el contrario, anticipo de desgracia y, por tanto, una franca amenaza… El diccionario la define como “predicción hecha en virtud de un don sobrenatural”. Al parecer, no siempre quiere decir anticipo o predicción: en Occidente su noción implica, de acuerdo con mis lecturas, un discurso público que contiene un mensaje social o político orientado hacia el futuro (no necesariamente religioso), tanto que su significado pudiera circunscribirse al simple acto de prever para más tarde. Sería pues inadecuado decir que predice el pasado; lo realmente factible sería aprender del pasado para intentar evitar (o no) su repetición…

 

Hay una famosa profecía paradigmática comentada por Heródoto: cuenta que Creso, rey de Lidia (ubicada en el Occidente de Anatolia, en la actual Turquía) formó una poderosa coalición para combatir a los aqueménidas persas, unos 500 años a.C. En previsión de contar con un buen augurio, habría enviado emisarios al oráculo de Delfos para asegurar el éxito de su bélica empresa. Esta fue la respuesta: “Si cruzas el río Halis, habrás destruido un gran imperio”. Creso, animado por lo que creyó que era un favorable auspicio, dispuso el ataque a las huestes de Ciro el Grande; por lástima solo obtuvo un resultado adverso… ¡No había contado con que ese gran imperio podía haber sido el suyo!

 

El texto profético, dado su carácter, exhibe atributos característicos: puede ser tomado como una amenaza o solo como una advertencia; mas, su vigencia es siempre indefinida. Contiene un lenguaje que, si no busca intimidar, trata al menos de convencer de que algo está por ocurrirr. El suyo es un estilo poético y simbólico que procura parecer verosímil y digno de credibilidad; para ello requiere de un código cultural, un conjunto de convenciones previas. Proyecta así dos tipos de interpretación: una –con carácter secreto– para el iniciado; y otra, difícil de procesar, destinada al profano. Su impronta es el circunloquio y la metáfora; su fin es provocar una respuesta en quien lo recibe… Así, logra transmitir no solo una promesa sino también una amenaza: intenta generar ora miedo, ora ilusión; unas veces temor y otras veces esperanza.

 

Las profecías aparecen en tiempos de crisis, cuando el futuro luce incierto. Son instancias de cambios profundos y consecuencias impredecibles para cualquier situación. Su texto, siempre ambiguo, convierte todo tipo de resultado en pronóstico verdadero, abierto al milagro, al prodigio y al portento… sin reserva para el error. Es oportunidad para que surjan los ‘falsos profetas’, quienes gustan de llenarnos de temores y engañarnos con su verborrea…


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28 febrero 2025

Pan guardado…

Artículo de mi autoría, publicado en La Nación de Guayaquil el jueves 30 de enero de 2025.

No me gusta el pan guardado. Hay pocas cosas que me gusten menos, con la sola excepción de que me lo vendan por recién horneado. Por ello procuro entregar un artículo fresco, a tono con las coyunturas que vamos pasando. Asimismo, evito –en la medida de lo posible– hablar de política (puede a veces ser muy controversial) e intento escribir acerca de temas que afectan a la comunidad. Aquello, sin embargo, no siempre es posible: el hombre es ante todo un animal político, y no puede abstraerse de lo que significa la vida en sociedad.

 

Quizá en política, suceda algo parecido: hay veces que los actores hacen lo que les viene en gana y se pasan por el forro lo que dice el ordenamiento jurídico. Eso nos hace retornar a lo viejo, a lo que ya vivimos y no queremos que vuelva; ello sabe, otra vez, a pan guardado… Lo sorprendente es que la Corte Constitucional no se inmute ni diga nada: hace mutis por el foro. Por eso, coincido con lo expuesto por un vecino de columna: si el vicepresidente ha sido elegido para, primordialmente, reemplazar al presidente, no se lo debe mandar de viaje para que cumpla encargos cuando justo debe hacerlo. Y tampoco se lo puede nombrar para otros “cargos” pues ya tiene uno, y eso de tener más de uno no está permitido por la ley.

 

Medito en ello al recordar la exposición, de hace pocas semanas, de un ex presidente, quien hace, en ocasiones, de “zahorí” por sus palabras sabias; y a quien, con poca justicia, hoy se lo acusa de malintencionado. Lo único que él ha hecho es sugerir que se actúe con dignidad, ponderación y prudencia. Lo suyo, aunque pudiera parecer una crítica, ha sido advertir al entorno presidencial de los riesgos que pudieran estar involucrados… Hay quienes piensan que Hurtado ha actuado como político y no como un estadista; yo pienso exactamente lo contrario. No solo eso: creo que quien ha actuado como político ha sido el presidente…

 

Con lo anterior, no quiero decir que esté a favor de los detractores del mandatario ni que no comprenda lo difícil e intrincado de la absurda situación en que “solito” se ha metido. En tal sentido, creo que su inusitada arbitrariedad es en cierto modo comprensible, no solo porque su binomio ha terminado pareciendo una mujer ordinaria, y hasta comportándose como un personaje innoble y desaprensivo; sino que ha amenazado con estropear el legado de quien la escogió; y, sobre todo, ha tratado, con su torva actitud, de contradecir los motivos por los que el presidente fue elegido por el pueblo… y por los que Noboa la habría escogido.

 

Por lástima, el presidente no parece tener un respaldo adecuado. No parece haber actuado como un demócrata; se ha amparado en triquiñuelas cuando lo establecido, en referencia a sus atribuciones, era claro. Además, es evidente que trata de mantener a la vicepresidente lo más lejos posible, precisamente para que no pueda cumplir con su función esencial, que es la de estar lista para suplirlo. Ante ello, parecen ridículas e inelegantes sus contorsiones y desdoblamientos. Hoy quizá luzca tranquilo pero pudiera no estar debidamente asesorado: sus argumentos parecen descoordinados e incongruentes; muchos nos preguntamos si quienes lo aconsejaron están de veras calificados; si sus argumentos no son fraudulentos.

 

Ese juego de tinte mostrenco, que hoy pareciera mostrarse efectivo, no va por desgracia con la potestad presidencial; y aun si lo justificara, pudiera resultar torpe e inconveniente desde el punto de vista político. Sus consecuencias serían imprevisibles: ¿que tal si, a futuro, un grupo en la Asamblea (que por ahora, en forma misteriosa, quiere pasar desapercibido) mañana intenta interpelarlo y destituirlo, y el mandatario no logra articular una apropiada mayoría de respaldo? Ese sector solo tendría que probar que se habría arrogado funciones ajenas; o que quien lo hubiera reemplazado habría usurpado otras que no le competían… Hoy aquello parecería “pan guardado”; pero, quién sabe, quizá mañana quieran recalentarlo…


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25 febrero 2025

El señor de la mentira

Dice Javier Cercas, en un reciente artículo, “es curioso, cuando mueren tus padres empiezas a enterarte de cosas raras”... Es justo lo que sentí cuando, estando de visita en casa de un primo de mi madre, escuché algo relacionado con una supuesta costumbre de mi padre: el extraño resabio de no querer pagar con puntualidad los arriendos… Alguien me contó alguna vez que le habría dicho a su casero: “aunque sea súbame la renta, pero no me cobre”…

Papá era un contador metido a empresario, nunca tuvo empacho en vestir de obrero y manejar sus camiones a falta de conductores. Muerta mi madre (yo tenía 6 años) y en sus 40 (era su segunda viudez), ya no ejerció su profesión ni tuvo arrestos para perseverar en los negocios. Encargó sus ocho hijos, se fue a Guayaquil para colaborar con Malaria; y, más tarde, a Tulcán donde dirigió la delegación del Seguro Social. En el ínterin, “cometió” matrimonio otras dos veces. Venía a visitarnos de tarde en tarde, con ello quiero expresar que lo veíamos una tarde de sábado cada dos o tres semanas. Entonces vivíamos (los tres hijos de mamá) con mi abuela Carlota.

 

Es así cómo lo recuerdo: manejando uno de sus camioncitos que transportaban varillas de hierro desde la estación de Chimbacalle hasta el almacén Acero (en la Venezuela, frente al convento del Carmen bajo)… Nunca un niño se olvida de cuando su padre le montaba “sobre su falda” (como decían antes) y le hacía creer que “lo dejaba manejar”. Nunca supe qué pasó con su empresa que, como entiendo, fue un negocio “a medias” con su padre, el abuelo Alberto, y uno de sus hermanos. Debe haberse producido una disolución amigable, nunca le escuché maldecir o arrepentirse al recordar las razones para su retiro de aquel emprendimiento.

 

En días pasados pasé a recoger a mi hermano Luis Eduardo para acompañarle a revisar el progreso de una de sus obras (un espectacular condominio de apartamentos que se construye en el sector de Lumbisí). De pronto, cuando íbamos ya de regreso, recordó que debía entregar un documento a Arturo, el mayor de mis hermanos, un conocido abogado que vive por ahí. Arturo es un conversador infatigable; juez y profesor universitario, ha sido maestro de uno de cada dos abogados que yo he conocido. Mientras departíamos, ponderé un cuadro que cuelga en la sala de su casa: es un escorzo de la plaza de San Blas. En él, junto a la iglesia, se observan dos casas que pertenecieron a personajes que conocí: uno fue suegro de Enrique (el primo de mi madre de quien hablo más arriba); y, el otro, fue abuelo de quien fuera “mi primera enamorada”.

 

Así, de comentar una pintura, pasamos a convenir en visitar a ese primo de mi mamá. “Enrique era un tipo generoso, un funcionario muy querido en Finanzas”, recordó Arturo. Ya de visita, enumeró las varias casas dónde él había vivido “antes de que mi papá se casara con tu mamá” (así fue como lo dijo): “de la Belisario fuimos a la Colón; de ahí a la Rocafuerte, en el barrio de la Loma. De vuelta al norte, fuimos a la Vargas, frente al Mejía; y de ahí a la casa de la Caldas” (esta fue, a su vez, la primera morada de la que yo mismo tengo memoria: ese es mi más remoto recuerdo). Por eso, mientras cumplíamos con la visita, en forma espontánea y algo ingenua, como quien hacía una simple pregunta animada a escarbar en el recuerdo, le consulté a Arturo por el motivo para que hubiéramos vivido en tantas casas. “Es que, creo que 'tú papá’ era un poco tramposito” –musitó– y se puso a contar una infantil anécdota:

 

“Una mañana de sábado, serían las siete, mamá me despertó. Me dijo que fuera a la puerta de calle y le dijera a un tipo, a quien nunca había visto, que papá ya no estaba pues había salido temprano a trabajar. Cuando volvía, pude ver, a través de la puerta entreabierta del dormitorio, que papá todavía dormía en su cama… Esa súbita certeza, la de que me habían pedido que dijera una mentira, fue la primera gran desilusión que tuve en mi vida”.

 

“Pasados unos pocos días, fui a casa de un chico que era mi compañero de escuela: era un gran dibujante, fui a pedirle que me ayudara con un mapa que debía entregar como tarea. Me habían dicho que su padre era muy acomodado, y que sus rentas le permitían vivir sin trabajar. Su apellido era Muñoz y vivía frente a la Basílica; la puerta de su vivienda llevaba directo hacia la sala; ahí, desde un enorme retrato que habían colgado en la pared, me miraba en forma ceñuda y un tanto arisca ese mismo hombre. Era “el señor de la mentira”, era el mismo sujeto, con cara de pocos amigos, que había ido a buscar a papá aquel sábado... Así comprendí que aquel individuo había ido a casa a cobrar el arriendo, cuando –en forma tan inocente– dijera sin querer la primera y más grande mentira de mi vida…”


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21 febrero 2025

Dinero chico, dinero grande *

 * Escrito en abril de 1991 por Luis Landero. Condensado para satisfacer el formato de Itinerario Náutico.

No sé qué morbosa curiosidad o rústica fascinación nos mueve, a quienes nada sabemos de economía, a leer la sección financiera. Hay cifras tales que los propios especialistas optan por expresiones que son verdaderos vislumbres vanguardistas. Al modo de aquella escena de Madame Bovary en que los criados se asoman a las ventanas del castillo para ver danzar a sus señores, nosotros, los usuarios del dinero chico, nos alzamos de puntillas para espiar el espectáculo excitante del dinero grande. Esta clasificación del dinero me fue revelada en la adolescencia, antes de leer a Dos Passos y ver la película América, América, de Elia Kazán.

 

Frecuentaba entonces un quiosco que vendía tabaco suelto y chucherías, y se cambiaban, por unos pocos céntimos, novelas de todo tipo. Lo regentaba un tal señor Emilio, que había sido durante 40 años conductor de tranvía. Ahora estaba jubilado, tenía un retiro de 1.500 pesetas al mes y se ayudaba con el quiosco para sobrevivir. El señor Emilio sabía mucha geografía. Se conocía al dedillo las capitales de todos los países, qué montañas eran las más altas y qué ríos los más largos. Y también curiosidades del tipo de cuáles eran las mayores fortunas del mundo. Por si fuese poco, había leído un libro, un solo libro: una biografía de Alfred Nobel, el inventor de la dinamita, a quien juzgaba, sin discusión, el hombre más sabio que hubiera habido nunca.

 

A pesar de todo, El señor Emilio consideraba que el destino no lo había tratado con justicia, y que con un poco más de suerte podía haber sido un buen comerciante, e incluso, un inventor, como el propio Nobel. Tenía una casita en su pueblo de Ávila, adonde iba en agosto, y se pasaba buena parte del año ideando formas de combatir a las hormigas, que no sólo invadían su casa, sino que estaban socavando sus cimientos. Mezclaba distintos tipos de veneno y hacía pruebas que guardaba en una lata. Aquello le llenaba de orgullo, porque lo emparentaba con el genio. Decía: "Aquí andamos con los inventos, siguiendo la estela del gran míster Nobel".

 

Una tarde me dijo que tenía un secreto que nunca había revelado a nadie. Le tiré de la lengua y, tras algunos reparos, acabó confesando que allí donde lo veía, ganándose unas pesetillas, él era un poderoso señor, dueño de un gran jardín privado. No pude menos que reírme con aquel desvarío; a lo que él, ofendido en su dignidad, me dijo que si le guardaba el secreto me enseñaría sus propiedades. "El próximo domingo –proclamó– ven a las diez y te mostraré mis jardines, ante los cuales Versalles palidece. Y tráete algo de comer, porque recorrerlo cuesta un día entero". En efecto, dedicamos todo el domingo a recorrer su jardín privado: el más hermoso y secreto de toda la ciudad. Dedicaba los feriados a cuidarlo y pasear por él. Lo regaba, podaba y mantenía limpio de yerba; y sufría con las sequías y tormentas, y la especulación del suelo.

 

Fue entonces cuando me habló de las dos clases de dinero. Su pensión o las ganancias del quiosco, eran dinero chico. "¿Y el grande?", le pregunté. "Ese es invisible, como Ellos –dijo– está en todas partes pero no se lo ve, igual que con mi jardín". El señor Emilio distinguía también entre dictadores grandes y chicos. Los chicos eran los inspectores de policía que a veces venían a requisarle el tabaco de contrabando. El grande a mí me parecía inofensivo. Al fin y al cabo, vivía lejos, en un palacio, y yo no sufría por ello. Pero El señor Emilio me dijo: "Pues no, el grande es como el dinero grande, que está en todos los sitios, pero tampoco se lo ve". Y así aprendí que las grandezas y miserias de este mundo quedaban unidas por el hilo de la fatalidad.

 

Al señor Emilio le admiraba que no le concediesen el Premio de Economía a gente como Rockefeller u Onassis, pero sí a hombres asalariados, que a veces vivían en pisos modestos. "Ya puestos –comentaba– mejor que lo dieran a cualquier pobretón". Me aseguró que no hay ciencia más difícil que contar con los dedos las monedas cuando se tiene hambre, porque uno lo que hace en realidad es el cálculo de las necesidades y deseos (y no de las monedas); por eso, las cuentas del dinero chico no pueden salir nunca. El pobre hace poesía con el azar; el rico lo cultiva. Entre la miseria y la justicia hay un abismo que sólo se puede salvar con un vuelo poético.

 

Por eso, cuando leo las páginas financieras, llenas de fantasías retóricas, comparo la estética del dinero grande (que vemos, ya degradada, en los culebrones o en los anuncios publicitarios) con el lirismo sobrecogedor del dinero chico, y entiendo que, en ese tipo de cuestiones, sólo la fantasía que nace del sufrimiento esconde siempre una verdad abrasadora.


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