09 mayo 2025

Pocas nueces de Bergoglio *

* Escrito por David Uclés, para El País. Reeditado por espacio para IN.

 

A veces voy a misa. No soy religioso, pese a haber estudiado con las hermanas de la Caridad, pero siento la advocación de ciertos santos, residuo de haber crecido en un pueblo de ferviente fe hacia su patrona. Es objeto de mis rezos san Francisco de Sales, patrón de los escritores. Viví un año a metros de sus reliquias, a los pies de los Alpes y he de reconocer que todo lo que le pedí me lo concedió: las becas literarias, la publicación con Siruela, las traducciones… Desde entonces, he visitado muchos templos para charlar con él, y siempre he salido con una misma imagen de ellos: no hay apenas jóvenes en misa; cada vez, menos.

 

Que la Iglesia ha de adaptarse a lo contemporáneo es algo que siempre predicó Francisco, fallecido hoy, Lunes de Pascua. Pero le faltó predicar con el ejemplo. En comparación con los papas anteriores, trasgredió mucho más y, salvo el ala conservadora de la Curia, hizo sentirnos esperanzados ante las reformas que necesitaba y sigue necesitando la Iglesia. Pero murió y poco ha cambiado la institución. El ánimo casi revolucionario que nos transmitió hace doce años se fue apagando hasta dejarnos acostumbrados a verlo como una imagen viral, la de un viejo con carácter que, de vez en cuando, soltaba alguna sensatez, pero poco más… Según dijo el filósofo y sociólogo Juan José Sebreli en su libro Dios en el laberinto, el Papa era un gran populista: hacía mucho ruido pero daba pocas nueces.

 

Opino igual que Sebreli. Unas palabras en un avión, en un acto menor, en una encíclica abstracta, lírica y poco contundente, o en mitad de la calzada, no son suficientes para cambiar una institución obsoleta, homófoba, machista y profiláctica. A raíz de esta opinión en cuanto a Francisco, algunos amigos católicos me respondieron siempre una misma cosa: “El Papa no puede cambiar nada porque, si lo intentara, se lo quitarían de en medio”. Pero, ¿qué puede temer el máximo representante de Dios en la tierra? ¿Acaso no sabía Jesucristo que, si quería cambiar el mundo, enderezarlo y dotarlo de una moral fuerte, iba a morir por ello?

 

Me parece fantástico que decidiera usar zapatos negros e irse a vivir a unas instalaciones más simples para mostrar humildad; que hablara sobre la necesidad de abrir puertas, aunque no las entreabriera; incluso que fuera espontáneo, pese a aquella frase tan hiriente que pronunció sobre los homosexuales, cuando dijo que en la Iglesia “ya hay mucho mariconeo”, o a aquella otra afirmación de aplicar la psiquiatría para tratar la homosexualidad. Lo siento, pero he de dar la razón a Sebreli: solo llenó de aire un globo. Pudo redactar una encíclica con siete reformas principales y leerla al comienzo de su papado en el balcón de San Pedro, delante de todo el mundo, de medios y de fieles. He aquí un borrador rápido de dicho texto:

 

Como máximo representante de Dios en la Tierra y sucesor de San Pedro, es mi deseo, y no volveré a pronunciarme hasta que todo lo siguiente se ponga en marcha, que la Iglesia:

• Fomente como institución el uso del preservativo en África para intentar erradicar el SIDA y las enfermedades que matan diariamente a uno de los pueblos más pobres de la tierra.

• Conceda el sacerdocio a las mujeres y que puedan acceder a los mismos cargos que los hombres. Que lleve a cabo una completa reforma y una apertura en la ordenación femenina.

• Elimine el celibato forzado y solo sea una práctica optativa.

• Señale de forma pública, aparte definitivamente y juzgue, sin proscripción alguna y en todos los países del mundo, a aquellos clérigos/feligreses que ejercieron la pederastia.

• Abra las puertas de sus templos a los más necesitados. Que las iglesias sirvan de día al turismo y a la fe, pero que de noche sean abrigos de los sin techo.

• Permita el matrimonio católico entre personas del mismo sexo, ya que el amor, según el apóstol San Pablo, todo lo puede. Y que estas parejas homosexuales puedan adoptar.

• Pague los mismos impuestos que cualquier sociedad o individuo, ya que, al aportar tributariamente a las arcas nacionales, se enriquecen los países y se robustecen las sociedades y sus sistemas de salud, de justicia, de educación...

 

Nada de esto implementó Francisco de forma contundente. Quizás mencionó algunos aspectos similares; pero, las palabras, ya se sabe que se las lleva el viento... Y, de esto, él era buen conocedor. Me agradó tu música, Francisco, pero no tu obra realizada, pues da la impresión de que tu doctrina tuvo mucho de gatopardista. Aunque te echaremos de menos, pues todo indica que el próximo papa será contra-reformista y más inmovilista que el que te dejó en 2013 la silla bien caliente. ¡Que la tierra te sea leve, Bergoglio!



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06 mayo 2025

Una referencia al libre albedrío

Barrunto que así como llegamos a interesarnos en la literatura por mera casualidad, y no precisamente por que dispongamos de una cierta disposición, estoy también persuadido de que llegamos a interesarnos en un autor específico por pura serendipia, por un casual motivo. Para el caso del autor norteamericano John Steinbeck (1902-1968), me interesé en él, gracias a Chiquita, una mujer muy culta, profesora de literatura moderna y hermana de mi querida amiga Marcela Blomberg. Fue a ella a quien escuché referirse al escritor, como poseedor de un estilo que lo convertía en uno de los mejores autores estadounidenses. Pronunció ‘Shteinbeck’ quizá debido a la vocalización alemana del apellido original del escritor (Großsteinbeck).

Ya tenía leída La perla, una novela corta de Steinbeck, pero enseguida me preocupé, tan pronto como al día siguiente, de acudir a mi librería de viejo; así obtuve la obra que le haría merecedor al Nobel, Of mice and men (De ratones y hombres) que la adquirí en inglés; y Las uvas de la ira, novela que ha sido considerada como su obra más representativa. Fue entonces, ya animado por el carácter que estos trabajos tienen, que me propuse internarme en esa otra gran novela que es Al Este del Paraíso. Hoy me propongo traer a colación un interesante y conocido episodio bíblico que Steinbeck comenta en el Capítulo 22 de esa sugestiva obra.

 

Se trata de algo que persigue Samuel, uno de sus personajes: sabedor él de que Adam (Adán), uno de sus vecinos –hombre abandonado por su esposa– no ha dado todavía nombre a sus dos hijos recién nacidos (son mellizos), utiliza como sustento los 16 versículos de todo un Capítulo del Genesis para convencerlo de no postergar más ese inaplazable trámite. ¿No ha pensado en los primeros hijos que Adán tuvo?, le pregunta. “Caín quizá fuera el nombre más conocido que existe pero lo ha llevado una sola persona. Hay dos historias que nos obsesionan y persiguen desde el principio de los tiempos; el pecado original y Caín y Abel. Abel, quien no tuvo descendencia fue pastor de cabras y ovejas, pero Caín fue un labrador… Caín ofrendó al Señor de los frutos de la tierra, pero Abel escogió lo mejor de su ganado para agradarlo”…

 

Caín notó que su ofrenda no había agradado al Señor y anduvo resentido. “¿Por qué andas furioso y cabizbajo?, le preguntó el Señor. Si obras mal, el pecado estará agazapado a tu puerta, te acechará como una fiera y deberías dominarlo”. Fue entonces que Caín dijo a su hermano “Vamos al campo” y, cuando estuvieron ahí lo mató. Entonces el Señor preguntó a Caín: ¿Dónde está tu hermano?“, y este respondió: No sé, ¿acaso soy guarda de mi hermano? Ante eso, dijo el Señor: “¿Qué has hecho? La sangre de Abel clama desde la tierra. Maldito serás. Cuando labres, la tiarra te negará sus frutos, andarás fugitivo y errante sobre la Tierra”. Dijo Caín: “grande es mi castigo, andaré fugitivo y errante, me arrojas de mis cultivos y cualquiera que me encuentre me matará”. “No, le respondió el Señor, si alguien te hace daño serás vengado siete veces” y le puso una señal para que nadie lo confundiera. Caín se refugió en Nod, al Este del Edén.

 

“Esto siempre me pareció una injusticia”, replicó entonces Adam (en la novela). “Ambos le ofrecieron lo mejor que producían. Jamás lo comprendí”. “La Biblia es un libro escrito para un pueblo de pastores, no de agricultores”, un criado aportó. “Es que Caín se sintió herido, Adam arguyó, y cuando un hombre se resiente, se trata de desfogar. Dios había puesto a Caín un estigma, Samuel añadió, pero no lo hizo para destruirlo sino para protegerlo. Y, como Abel nunca tuvo descendencia, bien pudiéramos ser no solo hijos de Adán, sino también de Caín”…

 

Más tarde, en el Capítulo 24, Steinbeck vuelve sobre el mismo tema. Esta vez se refiere a las diferentes versiones que tienen las traducciones bíblicas. Al hacerlo, compara dos de ellas y hace notar que aquel “deberías dominarlo” o “deberías saber dominarlo”, que emite Dios respecto al pecado, bien pudiera interpretarse no como una orden sino como una promesa… En efecto, la palabra hebrea “timshel” significa el condicional “pudieras”, lo que querría decir tanto pudieras hacerlo como también que no… En suma, haría referencia a la gran libertad que Dios dio al hombre, el libre albedrío, la facultad de poder escoger…

 

Ha sido también por pura casualidad, y también sin querer, que he pensado en otro Caín, la breve novela escrita por ese formidable autor que fuera José de Souza Saramago. En ella, el lusitano hace reflexiones parecidas a las comentadas; lo hace, a pesar de su condición de agnóstico, pues los temas de la religión y de la Biblia fueron parte de su formación familiar y constituyen esa impronta que, cual una sombra, marcaría sus creencias y sentido moral.


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02 mayo 2025

Recogimiento y diversión

Escribo esta entrada mientras el mundo cristiano conmemora el Viernes Santo. Son estos, para todos, días de reflexión, si no de recogimiento. Se me hace inevitable no recordar los días de Semana Santa de mi niñez cuando no se nos permitía hacer bulla ni salir a jugar, porque aquello de distraerse –no se diga de divertirse– era muestra de impiedad, como lo eran otras “más indevotas” entretenciones. Esos fueron días de “ayuno y abstinencia”; fueron días para “hacer deberes”, portarse bien, hacer “buenas obras” y decir unas pocas oraciones…

He pensado en aquellas prácticas y rutinas de esos olvidados años, signadas ellas por la devoción y las tradiciones familiares… Hoy resulta irrisorio reconocer que hubo pasatiempos, antes considerados “non santos”, que hoy se ejercitan como actividades normales. Si el ideal fue abstenerse de todo aquello que produzca esparcimiento o diversión –no se diga lo que en esos días se dio por llamar “concupiscencias” o “placeres de la carne”–, mucho de lo que hoy implica simple satisfacción antes pudo estar incluido en el sumario de los pecados veniales.

 

¿Cuál pudo haber sido el criterio para una semana como la presente?, cuando hoy, y no por el afán de no provocar o escandalizar, he asignado mi tiempo a discretas actividades y a disfrutar (léase, “observar”) las incidencias de los torneos de la Champions o la Europa League (para no incluir también la Conference League), cuyos impredecibles y traviesos resultados estuvieron para el infarto. “De locos” hubiesen dicho, con razón, mis hijos.

 

Como penitencia para mis renuentes pecados (si es que mis aficiones me incluyen en la necia escala de los infractores irredentos) estaría la quizá prevista eliminación del Real Madrid, equipo que, con la ayuda de Dios y sus imprevisibles remontadas, se había malacostumbrado a reinar en la más importante competición europea. Esta vez, sin embargo, su derrota fue inapelable. Sus famosas y millonarias estrellas no estuvieron nunca a la altura de su reputación y prestigio. El Arsenal simplemente fue mejor, supo aprovechar el primer partido y terminó vapuleando a esos eternos triunfadores… Quizá se trate de lo que por ahí llaman “relevo generacional”.

 

Pero ningún partido fue tan emocionante como el que protagonizaron el Manchester United de Inglaterra (los Red Devils o Diablos rojos) y el Olympique Lyonnais de Francia. Si bien el primer encuentro se había efectuado en el sudeste francés (resultado parcial de 2 a 2); el segundo y definitivo se realizó en el estadio de Old Trafford o Theatre of Dreams (Teatro de los Sueños), de Manchester: recinto con capacidad para 75.000 espectadores. Esta era una disputa de cuartos de final; vale decir que se mantenían en liza todavía ocho equipos que, luego de los partidos de eliminación, sobrevivirían cuatro para luego definir los finalistas del torneo. Se aclara que, cuando subsiste el empate luego del tiempo reglamentario, los equipos han de jugar dos tiempos adicionales de 15 minutos;  o, incluso, dirimir el nuevo ganador en tandas de penales (5 tiros desde los 9 pasos).

 

El primer tiempo era favorable al United. Alentados por su enfervorizado público, los Diablos rojos se imponían por 2 a 0 en el período inicial (4 x 2 en el resultado global); esto produjo la reacción del equipo francés que en solo ocho minutos de la segunda parte, consiguió el tan ansiado empate. Continuado el tiempo suplementario, los franceses (que jugaban en desventaja, pues habían perdido uno de sus hombres) se adelantaron hasta ponerse 2 x 4 (4 x 6 en el global) cuando faltaban 10 minutos. En ese punto, las caras de júbilo de los aficionados ingleses se trocaron en rictus de angustia y desánimo (las cámaras mostraban las lágrimas y la desesperación de los niños que habían asistido con sus padres). Pasados cinco minutos de ansiedad e impaciencia, los locales lograron reducir la desventaja, mediante un penal, poniéndose 4 x 3, con lo que, si conseguían otro gol, hubieran forzado el desempate…

 

Minutos más tarde, lo impensable aconteció: cual si sacaran un conejo de la chistera, los Diablos rojos lograron el inesperado empate. Es más, tan solo un minuto después, el delirio y la algazara se convertirían en nada santa incredulidad cuando un defensa, ahora convertido en improvisado delantero, puso “cifras definitivas en el marcador” con un certero cabezazo que desató el infernal pandemonio. A partir de ahí, se produjo una “pecaminosa” celebración. Los diablos rojos (¡qué sacrílega indevoción!) enloquecieron al Teatro de los sueños.

 

Mientras volé en el Asia, me hice aficionado del Chelsea inglés. En esos años, se me hacía difícil competir con los copilotos locales; todos ellos (como pasa con toda la gente de esos países) resultaban ser hinchas a morir de un solo equipo; el venerado y famoso Man U (pronuncian “man-yu”): el Manchester United.


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29 abril 2025

De advocaciones y letanías

Siempre me pareció María un nombre especial… Tiene una rara fuerza fonética y posee una entonación tan sutil y delicada que promete una infrecuente bondad. Cuando en Éxodo, el faraón ordena ahogar a los varones nacidos de esclavos judíos, una madre toma una cesta de juncos, la calafatea, pone en ella a su hijo y lo deja en un carrizal del Nilo; tiene la esperanza de que alguien lo habrá de salvar… Más tarde, la hija del faraón baja a bañarse al río, descubre la canasta, deduce que contiene un recién nacido, se apiada y desafía las órdenes de su padre. Luego, didpone a una nodriza que se encargue de cuidarlo; esta es una esclava hebrea, se llama Miriam o María. La hija del faraón ha de escoger un nombre para el niño y lo llamará Moisés, que significa “de las aguas lo saqué”…

Siglos más tarde, otra Miriam concebirá y dará a luz a otro niño; también desafiará a la autoridad y protegerá al Salvador. Lucas la describe como “una virgen, desposada con un hombre llamado José”. Su nombre es Mariam, traducción griega del hebreo Miriam. En hebreo significa "luz sobre el mar"; pues deriva de combinar mir (luz) y yam (mar). Su escritura en las lenguas semíticas (que carecen de vocales) es “mrym”, lo que en hebreo, arameo y árabe, se puede pronunciar de varias maneras (Meriem, Miryam, Marium, Maryam, etc.). Se dice Maryam en griego (romanizado como Mariám); y es Mariam cómo aparece en el Tanaj (Antiguo Testamento). En el Éxodo se refiere así a la hermana de Moisés, la profetisa Mariam.

 

Tanto María como Miriam son hoy nombres extendidos por el mundo cristiano, por así llamarse la madre de Jesús. María («luz sobre el mar») es recogido por las letanías latinas como Stella Maris o «Estrella del Mar». Otras variantes incluyen: Mária (húngaro, eslovaco), María (griego, islandés, español, polaco), Máire y Muire (irlandés), Marya (transliterada del cirílico). Es Miren en el santoral vasco, con sus variantes: Maddi o Maren; esta última significa “relativo a María” y está asociada con la introspección, la reflexión y la sabiduría.

 

En Opiniones de un payaso del escritor alemán Heinrich Böll, encuentro continuas referencias a las letanías lauretanas: formas de súplica con que suele concluirse el rosario católico. Si bien estas ya existieron en los albores de la cristiandad, fueron oficializadas por Clemente VIII en 1600, basándose en un manuscrito del SS XII. Tales letanías estuvieron dedicadas a la Virgen de Loreto cuyo santuario está localizado en Italia, hacia el sur de Ancona. Este fue construido, de acuerdo con la tradición, por al temor –en tiempo de las Cruzadas– de que la vivienda que había pertenecido a la Virgen María en Tierra Santa, fuera destruida por los sarracenos. Parte de la casa sería trasladada, con sus enseres, a Europa para ser conservada para la posteridad. En nuestros días la Señora de Loreto es considerada Patrona de los pilotos aviadores.

 

La Virgen de Loreto es una más de las llamadas “advocaciones marianas”; estas solo se tratan de otros nombres (por devoción local) para llamar a la Virgen María. De este modo, Fátima, del Pilar, Lourdes, Almudena o Guadalupe son solo diferentes imágenes o denominaciones de los distintos santuarios, con la veneración correspondiente, lugares que están encargados a las entidades que se acogen a su protección o patrocinio, dependiendo de sus respectivos atributos. En Ecuador se destaca el santuario de Guápulo (versión quiteña del de Guadalupe en Extremadura) cuya escultura original se atribuye al español Diego de Robles (fines del siglo XVI), autor también de las estatuas de otras dos vírgenes vernáculas: la de El Cisne, en Loja, y la de El Quinche.

 

Es importante subrayar que aunque las letanías constituyen una forma de reverencia a María, nuestra abogada e intercesora, no son parte del rosario católico. En cuanto a las advocaciones, algunas no están relacionadas con un santuario específico; tienen que ver con acontecimientos de la vida de la Virgen. Así tenemos las de la Inmaculada, la Anunciación, la Asunción, la Concepción, etc.

 

Una mañana en Madrid, mientras volaba el 707 carguero, hicimos una aproximación un tanto irregular en Barajas que obligó a uno de quienes fungían de 'observadores' a sugerir al piloto que debía mantener una cierta altitud. Recuerdo que el hecho produjo un injustificado malestar en el citado compañero ('errar humano es'). Ya en el hotel, luego del descanso pertinente, los cinco tripulantes acordamos salir a tomar unas cañas en La cueva de Luis Candelas, cerca del Arco de Cuchilleros. Una vez allí, mientras departíamos alegremente, pudimos ver sentadas a una mesa vecina un grupo de chicas que parecían interesadas en participar de la celebración... Fue la primera vez que escuché aquello de las ‘advocaciones’. Eran guapas y también eran cinco; se llamaban Angustias, Milagros, Prodigios, Remedios y Sagrarios… Lo había anotado en una servilleta: hoy la encontré dentro de la novela de Böll que me proponía releer...


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25 abril 2025

Una auténtica filósofa *

  * Escrito por Bernat Castany Prado para El País de España. Reeditado.

A mediados del siglo XVIII se publicó en Francia la más inteligente y divertida de las novelas libertinas: Teresa filósofa. Pues, dejando a un lado que la Alicia de Carroll no penetre en la cuestión sexual, dicha novela podría haberse titulado Alicia filósofa, ya que su protagonista posee, como Teresa, algunas de las principales virtudes filosóficas, como son la curiosidad, el asombro, la valentía, o el instinto de libertad. De ahí que la obra de Lewis Carroll trascienda la más importante categoría de la literatura infantil (que él definió como aquella que también pueden leer los niños), para revelarse, o rebelarse, como una verdadera novela filosófica.

 

No importa si Alicia proviene del antiguo germánico, adalheidis, que significa ‘noble’, o del griego clásico, aletheia, que significa ‘verdad’. En griego moderno, aún se emplea la expresión “alicia ine” para decir “es verdad”. Lo que importa es que el nombre de Alice Liddell no podía significar sino “verdad”. Y, si me apuran, “verdad pequeña”. Su historia sería la de Aletheia en el País de las Maravillas. Esto es, la de la verdad sometida a todas las violencias, mentiras y falacias con las que los dogmáticos buscan deformarla. De ahí que Humpty Dumpty le diga, en A través del espejo: “Con ese nombre podrías tener cualquier forma!”. Pura pre-posverdad.

 

No hay mucha diferencia entre aquel viejo Sócrates, que se enfrentó a unos dogmáticos, los “alazones”, y la pequeña Alicia, quien se opondrá a una cohorte de dogmáticos, como la Oruga azul, la Duquesa, la Reina de Corazones o Humpty Dumpty. 20 años después de publicar Alicia, Carroll escribirá un manual de autodefensa intelectual, titulado El juego de la lógica, en cuyo prólogo promete otorgar al lector infantil: “El poder de detectar falacias y desmantelar los argumentos endebles e ilógicos que encontrarás continuamente en libros y otros documentos.” Y acaba con un nostálgico: “Pruébalo.”

 

Alicia representa la capacidad de resistirse a los sofismas de los dogmáticos que pueblan el mundo que le espera: “¡Qué manera de razonar tienen todas estas criaturas!”, dice en el capítulo sexto. “¡Es para volverse loco!”. Frente a su lógica abstracta (esto es, separada de la realidad), y especu­lativa (pues mezcla todas esas ideas separadas de la realidad), Alicia se atreve a decir, socráticamente: “No comprendo”, para dejar que sean ellos mismos quienes se enreden en sus propias contradicciones tratándoselo de explicar.

 

Pero Alicia no sólo posee la virtud crítica del escepticismo, sino la positiva de la philaletheia, o “amor por la verdad”, de la que habló Aristóteles. Me atrevería a decir, frente a los morbosos, que Carroll estaba alegóricamente enamorado de Alicia, porque representaba el amor (imposible) por la verdad. No es casual que ‘to wonder’ signifique tanto ‘maravillarse’ como ‘preguntarse’ o ‘sentir curiosidad’. De modo que nuestro resignado “País de las Maravillas” es el de la curiosidad asombrada, o thauma, que Aristóteles identificó con el origen de la filosofía. Aunque, en verdad, sea Alicia quien participa del wonder, y no todos esos personajes que se le enfrentan. Alicia es la única, la verdadera, la incuestionable wondergirl.

 

Alicia podría haberse llamado Areta, de areté, ‘virtud’, que valdría traducir como “potencia”. Porque, además de las potencias del escepticismo y la philaletheia, posee la ética del valor de abrirse al mundo, aunque éste se muestre como siniestro y peligroso. En Alicia, la curiosidad vence al miedo. A pesar de las tentaciones que siente, como cualquier otro héroe, desde Ulises hasta Bilbo Bolsón, siempre se anima a seguir explorando: “¡Casi desearía no haberme metido por la madriguera del Conejo…!”, suspira. “Y, a pesar de todo… ¡Vamos! ¡Hay que reconocer que esta forma de vivir es bastante curiosa…!”. Y es que la curiosidad no necesita encontrarle un sentido a la realidad. Simplemente se pregunta: ¿y, qué viene después?

 

Y es que Alicia también posee la potencia política de la parresía, de pan, ‘todo’ y rhesis, ‘decir’, que designa el valor de decir la verdad ante los demás, y más importante aún, ante el poder. Por eso dice: “No comprendo”, “¡Pues no me callo!”, “Ni me va, ni me viene…”. Y, por eso, cuando la Reina de Corazones ordena que le corten la cabeza, exclama: “¿Quién les va a hacer caso? ¡Si no son más que un mazo de cartas!”; que no es expresión de un escepticismo cínico o nihilista, sino de un instinto de libertad, que la lleva a plantarse ante las convenciones que reinan en la sociedad. La primera de las cuales es la de que otro mundo no es posible.

 

No extraña que, como pasó con Sócrates, Alicia acabe condenada por aquellos alazones, cuya agresividad prefigura las resistencias que encontrará en su entrada en el mundo de los adultos… Mientras tanto, su avatar literario sigue alimentando las eternas resistencias de los niños, y las irregulares lealtades de los adultos. Por todo ello, la Alicia de Lewis Carroll merece un puesto en las Vidas de los filósofos de Diógenes Laercio. ¡Alicia ine! ¡Es verdad!


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22 abril 2025

Manual de etiqueta y urbanidad

En una entrada anterior me referí a Santo Oficio de la Memoria, incomparable saga escrita por Mempo Giardinelli. Esta novela no es solo un himno al recuerdo, constituye una acertada y formidable recopilación histórica. El título hace referencia a la famosa Inquisición española (1478-1834) que fuera fundada por los Reyes Católicos, que se inspiraría en otras instituciones europeas que funcionaron desde los inicios del siglo XII y que fuera autorizada, con una bula, por el papa Sixto IV. En España no había entonces libertad de cultos; la entidad se creó para –entre otras cosas– combatir otras creencias (en especial las de moriscos y judaizantes) y persiguió también a los “falsos conversos”. Hoy se la recuerda como una triste expresión de ignorancia y fanatismo. Su trayectoria en la Historia es una aberración, un ejemplo de lo que puede ser una mal entendida Fe…

Comento la obra de nuevo, a riesgo de ser cansino. En la novela sobresale un personaje que representa al linaje de su familia y es quien narra parte de su historia: es la abuela, la Nona, quien puede ser tan astuta e ingeniosa como impronunciable es su apellido: Stracciattivaglini. Nacida en los Abruzzos, es todo un personaje, proclama que “lo que importa no es tanto saber recordar como saber no olvidar”… Ángela es la truculenta, contradictoria y malévola matrona del clan; es quien exhibe sus alardes culturales y sus lecturas de los genios de su patria nativa: Virgilio y el Dante Alighieri. La Nona tiene una memoria prodigiosa; la aman o la odian; Ángela es supersticiosa y maniática. Ha convertido en rencor el dolor de haber dejado atrás a sus tiernos hijos…

 

Lectora compulsiva, la Nona opina sobre cualquier cosa; es  autodidacta, política y feminista (y hasta defensora de la mafia). Algo bebedora, de espíritu libertario, enamorada de lo grandioso, es sentenciosa e intransigente. Ha memorizado una referencia didáctica: el Manual de Carreño. Un poco torpe y grosera en el decir, ella lo convierte en su arma preferida, con ella tortura a su descendencia. Cita en toda oportunidad ese recurso que tanto admira.

 

¿Quién no escuchó alguna vez hablar del “Carreño”?... Ahora sé que era un extenso manual (tiene más de 300 páginas); su título completo es Manual de urbanidad y buenas maneras para uso de la juventud de ambos sexos. Contiene normas de cortesía: habla de puntualidad; de maneras para comer y saludar, de cómo ser amable y honesto, de cómo prestar atención y no hablar mal de nadie; de saber ser respetuoso y de saber pedir permiso. Contiene lecciones y consejos sobre cómo comportarse en lugares públicos y privados: en el hogar, la familia, la escuela y el trabajo. Se divide en “Deberes morales del hombre” y “Urbanidad”. Cada capítulo contiene lecciones aplicables a distintas situaciones. Está escrito en realidad por un ilustre venezolano…

 

Manuel Antonio del Rosario Carreño y Muñoz (Caracas, 1812 - París, 1874), fue un reconocido pedagogo, músico, escritor y diplomático. Con 41 años, ya publicó su Manual (no solo para varones ni solo para sus coterráneos, pues tuvo alcance universal). El Manual es un compendio de varias obras morales y religiosas de su siglo, muchas todavía vigentes. Pudo haberse inspirado en los trabajos de Lord Chesterfield, publicados en Inglaterra. En su introducción menciona a Madame Celnart y a su obra sobre las reglas a observarse en la buena sociedad; al Código de Urbanidad de Manuel Diez de Bonilla; al conde D’Orsay, autor de un Tratado sobre la Etiqueta: “La nobleza no está en el nacimiento, ni en los modales, ni en la elegancia: sino en el alma”, dice.

 

Erasmo de Róterdam ya había escrito una obra sobre las buenas maneras o modales llamada De civilitate morum puerilium (1530), donde mencionaba desde el comportamiento y uso correcto de los utensilios en la mesa, hasta el tipo de conversación que debía procurarse, de acuerdo al menú servido. Pero el Manual del caraqueño constituye una guía imprescindible y es una referencia obligatoria  de cómo comportarse en sociedad. Su obra todavía cobra actualidad, y no ha dejado de ser recomendada por su inimitable redacción y por su valor pedagógico y didáctico. A pesar de los tiempos que corren, el Manual promueve las buenas costumbres sobre el valor práctico en el que se escuda la mediocridad embozada tras la excusa de “la modernidad”...

 

Pero lo que pocos conocen es que este singular erudito, que estuvo a cargo de los ministerios de Relaciones Exteriores y de Hacienda de la República de Venezuela, fue en la realidad sobrino del reconocido mentor y formador Simón Narciso Carreño Rodríguez, mejor conocido como Simón Rodríguez, quien fuera, a su vez, maestro del Libertador Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco (1783-1830), militar, estratega y político venezolano, verdadero héroe y artífice de la emancipación americana.


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