10 octubre 2025

Que “ochenta años” no es nada

Es el “más joven” de mis hermanos mayores (acaba de cumplir 80 años); no lo parece, pues pudiera decirse que es unos diez años menor (bien pensado, su edad me hace recordar aquel adagio, el de que “quien va al anca no va atrás”). Siempre ha procurado vivir en forma frugal y sencilla. No sé si cree en eso que tantos llaman “felicidad” pero barrunto que solo persigue (y conserva) en la vida un sentido de tranquilidad; la enfrenta sin hacerse vanas ilusiones.

Su secreto es más bien simple: Alfonso es inteligente, tiene firmes principios y valores; habla en ocasiones para expresar lo que siente, pero su inteligencia le sugiere cuándo debe decirlo y, también, cuándo es preferible postergar lo que quiere decir o, incluso, callar… Creo que ha descubierto que no es buena fórmula aquello de buscar la felicidad con valores ajenos, ni decir a los otros cómo han de ser felices, si habrán de emplear los valores que él defiende.

 

Hace pocos días, los miembros de su familia inmediata organizaron un sentido homenaje; hubo un momento en que uno de sus vástagos –quien hacía de anfitrión– pidió a sus tíos, ubicados entre los ahí presentes, que dijeran unas pocas palabras, refiriéndose a recuerdos o episodios mutuamente compartidos con su padre, o su impresión respecto a la manera en que él había enfrentado sus vicisitudes o a su actitud ante la vida. Para entonces ya había yo caído en cuenta que la cualidad que la gente más admiraba en él era su sentido de la prudencia. Esa es una virtud natural en él, que surge espontánea, como si siempre hubiese leído a Séneca o a Baltasar Gracián, ese jesuita aragonés que fuera desafecto a los votos de obediencia.

 

Ochenta años se dice rápido. Mientras yo dirigía unas breves palabras de homenaje, pude advertir que así como en francés veinte (20) se dice vingt (se pronuncia vant), ochenta (80) se dice quatre-vingt (catre-vant), es decir cuatro veintes o, si se prefiere, cuatro veces veinte. Aún más curioso –comenté– resulta noventa (90), que se dice quatre-vingt-dix (catre vant diz) que literalmente significaría “cuatro veintes diez” o, realmente, cuatro veces veinte más diez… Pero esa misma y extraña casualidad no termina ahí: en inglés existe también una palabra que quiere decir marcador, o anotar (como en lograr un gol) e incluso partitura musical; es el sustantivo “score” que, curiosamente, también significa veinte, grupo de veinte o alrededor de veinte…

 

Consultando “cómo así” es que score ha tomado tal sentido, me he topado con una interesante explicación. Transcribo lo que he encontrado en mi testaruda indagación: El vocablo "score" significa veinte porque su origen está en un sistema de recuento antiguo, donde se hacía una muesca, o corte, en un tronco, por cada veinte artículos contados, como ovejas o bebidas. Esa palabra, que viene del nórdico antiguo "skor" (que significa marca, muesca o corte), pasó hace unos 700 años (siglo XIV) al inglés antiguo como "scoru", para también representar veinte. Con el tiempo, el significado de “score”, evolucionó de muesca a la cantidad de dos decenas –que representaba– y de ahí a otros significados, como un punto ejecutado, un recuento deportivo y hasta una composición musical. Así, score pasó a representar la base del sistema vigesimal.

 

Es comprensible que el uso se expandió para representar el acto de efectuar un conteo (como los alimentos en una taberna o los troncos cortados de madera); o para expresar la cantidad total de lo que se había contado, o incluso una partitura musical (líneas escritas de música); todo ello estaría derivado del concepto original de “hacer una marca o corte”. Ya en nuestros días, acostumbrados como estamos a usar sistemas con base 10, 12 o 60, esto puede resultar extraño, y hasta un tanto anticuado, pero era muy común y utilizado en esos días. Ese fue un sistema de computo celta que influenció en otros métodos como el irlandés y el galés. Y es la misma razón por la que la numeración ha mantenido palabras derivadas de veinte en el francés.

 

De mi propia experiencia, estoy persuadido de que score no es utilizado (o, si lo es, muy poco) en los Estados Unidos; tiene, más bien un uso británico (recién lo he encontrado con relativa frecuencia en una novela escrita hace más de doscientos años en Inglaterra). Score es una palabra que ha sido utilizada para representar veinte, cuarenta, sesenta, ochenta e, incluso, noventa: “…he has been dead and laid in his grave above fourscore and ten years…”. Pero también hay algo más: “score” es un verbo que se utiliza para significar “hacerse un levante” (una conquista)…


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07 octubre 2025

Raspando la paellera...

Caminábamos con Álvaro esa mañana, jugábamos al golf y estábamos por terminar el hoyo nueve. De pronto, se acercó a saludar un jugador de una cancha vecina; era algo rollizo, parecía acostumbrado a mandar, tenía modales refinados; me preguntó si yo era el padre de Felipe. Se identificó como Salomón y me dijo que desde hace tiempo había querido conocerme, que quería que supiera lo mucho que apreciaba todo el apoyo que un hijo suyo había recibido de mi hijo… Hoy ese “chico” (tiene ya más de 40) ha colgado en Facebook un mensaje colmado de gratitud; en él aparece una foto de los dos, en la que Felipe, hoy ya cerca del Creador, le ayuda a saborear los últimos rescoldos de una paella recalentada…

Sí… raudo ha pasado este año. Es doloroso recordar que hace ya un año, tuvimos uno de los días más confusos y tristes de nuestra familia; a pesar de nuestro dolor, ha sido reconfortante saber que Felipe había significado algo especial, no solo en nuestra vida familiar, y en la de sus tan queridos amigos, sino en la vida de mucha gente. ¡Felipe tenía muchos amigos, tenía amigos por todas partes!

 

En la tarde de sus responsos, unos pocos entre sus amigos, que habían bajado a acompañarnos a Guayaquil, contaron unas pocas anécdotas y recuerdos de sus vivencias con mi hijo. Es curioso: a veces una sonrisa en esos momentos, no se convierte en un gesto irreverente: sino en uno de gratitud. Resulta la forma más noble de rendir homenaje a quien se ha ido. Surge ahí un equilibrio entre el dolor y la ternura: la despedida encuentra así una cierta respetuosa dignidad…

 

Si trataría de resumir sus sentimientos, diría que estas fueron sus tres mejores virtudes:

Su alegría y sentido del humor (siempre estaba embromando a alguien);

Su avidez por disfrutar y compartir todo aquello que le regalaba la vida; y

Ese, su sentido innato de solidaridad social, siempre tratando de ponerse en la situación de quienes tenían menos que él o, incluso y simplemente, de quienes nada tenían.

 

Soy un poco el culpable de haber inculcado en él esa, su tan extraña pasión por los deportes. Era, él mismo un extraordinario futbolista. Quiso primero ser arquero y persistió a pesar de ser aquella una posición ingrata donde rara vez se cosecha el resultado de los méritos y se debe cargar con el injusto peso de las derrotas… Por eso, quizá, decidió jugar más bien como “quinto hombre”, defendiendo con pundonor, liderando con raro empeño su divisa…

 

Algo me dice que ese día tan triste –y tormentoso– para su mujer, Mariola; sus tiernos hijos; sus padres y sus hermanos; sus amigos cercanos; para todos nosotros… él había adelantado sus obligaciones para no perderse un partido de la Champions League: jugaba uno de sus equipos preferidos: el Atlético de Madrid (Felipe era barcelonista, pero también un incorregible e irredento “colchonero”). Quizá iba apurado… Pocos días atrás me había dicho: “No se preocupe, pa… Ando siempre en auto blindado y voy siempre con chofer”… La última vez que lo vi, almorzamos juntos y me prometió tomar en cuenta la impericia ajena y andar con precaución y prudencia...

 

Se fue porque quiso llegar a tiempo. Y no lo culpo: no lo puedo culpar. Eso es lo que vemos todos los día en nuestra sociedad; ¿acaso no es eso lo que todos perseguimos? Queremos llegar pronto, queremos “ser” y conseguir todo siempre rápido. No queremos desperdiciar ni un solo minuto…

 

Un día, siendo él todavía pequeño –tendría diez años– regresábamos de la playa con toda la familia. Los dos salimos algo más tarde y quizá tratábamos de alcanzar al otro vehículo… Llovía; al salir de una curva, vimos un poco tarde un animalito que se cruzó en el camino (era un pequeño perrito). No hubo nada que pudiéramos hacer. Un poco más adelante, paré el auto: ambos tratábamos de esconder nuestras lágrimas, comprendimos (él quizá por primera vez; y yo, por una vez más) que el amor es a veces tener que compartir una misma tristeza, tratar de reconocer el sufrimiento ajeno y saber responder con un gesto de ternura…

 

Se fue hace un año. Solo nos quedan esos lindos recuerdos. Es el único rescoldo que a veces nos queda en la vida, como esos restos que tratamos de aprovechar en esa ya vacía paellera...


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03 octubre 2025

La lectura como viaje *

  * Escrito por Sergio Ramírez para El País de España. Reeditado para Itinerario Náutico.

Toda lectura es un viaje; siempre estaremos encantados de escuchar lo que le ocurre a alguien que emprende el camino y empieza a encontrarse con obstáculos y aventuras imprevistas que rompen con la normalidad, o la monotonía, de ese viaje. 

 

Después de los 10 años que dura la guerra de Troya, Ulises se embarca de regreso a su patria. Quiere llegar lo más pronto posible a Ítaca, sin interrupciones, pero son las interrupciones las que hacen que aquel viaje lleno de aventuras dure otros 10 años. Sin esos obstáculos siempre inesperados, que se presentan a cada paso, no habría historia que contar, y no existiría la Odisea, cantada por Homero, un ciego andariego, y viajero también, que va por las islas de la Hélade contando las aventuras del viaje de Ulises. Fue él quien puso las reglas de la narración, útiles hasta para los folletines y los guiones de telenovela que viven de los obstáculos y las interrupciones de la felicidad.

 

Para que haya historia, y comiencen a presentarse los obstáculos, el viaje tiene que empezar. Cuenta Plutarco que los marineros de la armada de Pompeyo Magno no querían hacerse a la mar por la manera tempestuosa con que aquella se encrespaba; entonces los arengó para animarlos. Una de sus frases ha quedado para siempre: “Navegar es necesario, vivir no lo es” Ismael, el marinero, único sobreviviente del naufragio del Pequod nos cuenta la historia del viaje fatal en Moby Dick, la novela magistral de Herman Melville, explica desde el principio el porqué de sus ansias de navegar. Lo mueve la tristeza de hallarse demasiado en tierra firme: “Cada vez que me encuentro sin querer ante las tiendas de ataúdes… entonces, entiendo que es hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda”. Ya se ve que se puede empezar el viaje empujado por las ansias de aventura, o por la melancolía. O por la sed de venganza…

 

Cuando el capitán Ahab zarpa de Nantucket al mando del Pequod, no va en busca de su hogar añorado, como Ulises, sino de la venganza. Quiere llegar cuanto antes a encontrarse con Moby Dick, la ballena blanca, que destrozó años atrás otro barco suyo y le arrancó una pierna. Y la buscará a través de los mares hasta encontrarla de nuevo, lo que significa encontrarse con su perdición. Tras el naufragio del Pequod, atacado ferozmente por la ballena hasta echarlo a pique, Ismael, el que se detenía a contemplar los ataúdes al sentirse melancólico, se salvará agarrado a un ataúd que aparece flotando en el mar, fabricado por el carpintero de a bordo. Será el único sobreviviente. Si no salva su vida, no tendríamos quien nos contara la historia.

 

Los personajes más memorables de Balzac en La Comedia Humana son los que hacen el viaje desde la provincia a París. Son los arribistas típicos que buscan la fortuna a toda costa, como Eugène de Rastignac de Papa Goriot, o el perfumista de origen campesino de Grandeza y decadencia de César Birotteau, dueño de la mejor perfumería de la Place Vendôme, caído en la bancarrota. Joseph Conrad, emigrado a Inglaterra desde Polonia, fue él mismo un viajero buena parte de su vida como marino mercante, y no pocos de sus libros versan sobre la aventura del viaje. En El corazón de las tinieblas, Charles Marlow se interna en los meandros del río Congo, en tiempos de la brutal colonización belga en África, para cumplir el encargo de encontrar a Kurtz, el misterioso y diabólico personaje, jefe de estación en lo profundo del territorio, que ha enloquecido. Pero es a la vez un viaje a las insondables profundidades del alma humana donde campean la violencia, la explotación, la ambición de poder y de riqueza.

 

De los viajes en la literatura me he acordado al leer El verano de Cervantes, el espléndido libro de Antonio Muñoz Molina, donde nos cuenta el viaje de cada verano, en su adolescencia y por el resto de su vida, leyendo el Quijote, o los dos Quijotes, como bien lo aclara, el libro que cuenta el mejor y el más ameno de los viajes. Ulises no quisiera tener obstáculos porque quiere llegar cuanto antes. Don Quijote, al contrario, los quiere, pues son la razón de su viaje.

 

Un viaje reincidente y renovado, a pesar de las penurias, los descalabros y las derrotas. Las aventuras, convertidas en obstáculos, van eslabonando el camino, hijas de la invención y de la locura. Muñoz Molina emprende de nuevo el viaje cada vez que empieza una nueva lectura del Quijote, y evoca esas lecturas mediante una prosa memorable y llena de halagos para el lector. Un viaje que hace montado en la tercera cabalgadura por los caminos de La Mancha.


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30 septiembre 2025

Disfrutando a ‘full’…

Es ella una mujer dedicada, pudiera decirse que le ha empezado a sonreír un justo, aunque tardío, reconocimiento. Venía ella de uno de esos viajes breves y repentinos que hace; contaba que tuvo “full presentaciones”, que es cuando caí en cuenta que antes ya había dicho que había terminado “full ocupada”. Por coincidencia, en los últimos días, venía yo advirtiendo que esa misma palabra (ese full inglés, que significa lleno y, en ocasiones, bastante) parece haber dejado de ser feudo de la juventud para ubicarse también en el habla de los adultos...

Hasta que sucumbimos a la hegemonía del tabaco con filtro y, por lo mismo, a la del Marlboro, en el país se vendía principalmente Lucky Strike y Chester (Chesterfield). Aunque en menos escala, también se expendía King y un tabaco negro, algo menos elaborado, llamado Full Speed. Este era un cigarrillo más fuerte: estaba orientado a los sectores populares o, quién sabe, a los buenos y más redomados fumadores. Su nombre iba acompañado de un velero: proclamaba una marca que insinuaba un viaje realizado “a toda”, es decir (para esos tiempos) “a toda velocidad”. Sí, hubo también un “interinazgo”: el de los Kent y Camel, el de los Raleigh y Winston-Salem, o el de los Parliament y los Kool. Muchos, la mayoría, aprendieron ese nuevo verbo: el de “marlborear”. Yo prefería solo fumar Kool…

Pero no es que entonces full fuera una palabra extraña; ya muchos la utilizaban y, quienes no, por lo menos la entendían: decían “estoy full” si se llenaban o “a full” si estaban ocupados. No solo eso, full era una suerte en el juego de la baraja (el poker) que implicaba tener tres cartas de una misma denominación y una pareja distinta. Hoy, sin embargo, parece que el término ha resucitado. Y ha regresado como un vocablo ubicuo, que se lo usa por todas partes, e incluso sin ton ni son. Es, vaya, un estribillo: una muletilla; y, si a alguien le molesta: con el riesgo de convertirse pronto en una cantaleta… Para todo sirve, es un auténtico comodín (“te conviene full”).

 

En días pasados, mientras visitaba un café, me fue inevitable escuchar una conversación. Lo hice “sin querer”, pero pronto me interesé. Lideraba el coloquio un jovenzuelo que utilizaba o, más bien, sobre-utilizaba el empedernido y obcecado terminajo. Cada que lo usaba, yo presto intuía (o procuraba intuir) con qué sentido era que cada vez lo usaba o trataba de utilizar. Hablaba él de lo ocurrido en algún público espectáculo. Este es el resumen de los varios significados que yo, en forma disimulada, acuciosamente barrunté: lleno, completo, completamente, ocupado, en gran cantidad, bien (como en bien tonto) o bastante más. En fin, genuina habla juvenil…

 

En definitiva, y a manera de resumen: full es un anglicismo que ya no solo significa que algo está lleno o completo (su sentido en el inglés) sino que, entre otros propósitos, se lo utiliza también como intensificador: tiene full extras, está full acostumbrado. Así, usado como perífrasis de intensificación equivaldría a bien o a muy, como en full apurado o full caliente. Aunque, en este caso, suele respetar su origen inicial en el inglés: nadie diría full poco o full vacío. La palabra full, en inglés, vendría del antiguo germánico gol; y este, del latín plenas (nuestro “pleno”, en castellano) y del griego plērēs. También pudiera ser utilizada para reemplazar al adverbio muy: they knew full well; pero nadie diría algo como: I’m full busy, o: she is full nice…

 

Por otra parte, y ya que estamos en ello: full en inglés quiere decir lleno pero nunca ocupado (mucho menos muy ocupado), que se diría: busy, packed o (coloquialmente) jam-packed. En resumidas cuentas: pudiera estarse empleando como locución adjetival: estoy a full (como en “estoy muy ocupado”); o como locución adverbial: hay que vivir a full  (vivir hasta el límite); o, como adjetivo si conserva su valor original: estoy full (lleno), el tanque está full.

 

De mi revisión del Diccionario de Americanismos, puedo colegir que estos no solo serían usos coloquiales de la región (Venezuela, Colombia o, incluso, Perú), sino de muchos otros países. E, incluso, de España, pues una fundación (Fondéu) recomendaba hace poco, emplear de preferencia las voces o locuciones equivalentes en castellano. Aquí van algunos ejemplos de la utilización de full en nuestros países: estoy trabajando full time (con dedicación exclusiva): siento full calor (en reemplazo de muy o mucho); o, hubo full gente o full cerveza (con el significado de abundante); o, disfruté full (con el de plenitud)… Como se darán cuenta, todo esto “está de locos”, expresión que, como las anteriores, también parece habernos llegado por influencia de la televisión o debido a esa rara manera de hablar, que hemos aprendido a escuchar en el habla de nuestros hijos. Está full de locos, tal vez dirían ellos…


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26 septiembre 2025

Toponimia de las Galápagos

Las islas Galápagos han tenido varios y muy sugestivos nombres. Al principio las llamaron “Islas de las Tortugas” o “encantadas”; sería el capitán Diego de Rivadeneira quien, en 1546, al parecerle que aparecían y desaparecían (es decir, “como que flotaban”), les puso ese sobrenombre. Galápago quiere decir silla jineta (de montar) o cabalgadura: eso es lo que les parecían, a los exploradores de entonces, los quelonios gigantes. El mapa de Abraham Ortelius (1570) las llama en latín Insulae de los Galopegos. Hoy se las conoce también como Archipiélago de Colón.

Las islas fueron descubiertas en 1535 por fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá, quien las describió como un lugar árido y feo… Su primera carta náutica se debe al bucanero William Ambrose Cowley (1684); él las bautizó con nombres de piratas amigos y de nobles ingleses que apoyaban su causa. En 1831 José de Villamil envió una comisión exploradora al archipiélago; Ecuador las anexaría en 1832, bajo el gobierno de Juan José Flores. Hacia 1835 serían visitadas por Charles Darwin y en 1978 serían declaradas Patrimonio de la Humanidad, por la Unesco.

 

Esta es una lista de las islas más grandes o principales, seguida por la historia y explicación de sus nombres: Isabela 4588 km² / Sta. Cruz 986 km² / Fernandina 642 km² / Santiago 585 km² / San Cristóbal 558 km² / Floreana 172 km² / Marchena 130 km² / Española 60 km² / Pinta 59 km²: 


1. Isabela (Albemarle). Llamada así en honor a la Reina Isabel I de Castilla que patrocinó el viaje de Colón. Su nombre inglés enaltece al Duque de Albemarle, George Monck (1608-1670), famoso soldado y político inglés. Es la mayor isla del archipiélago. Su forma se debe a la fusión progresiva de sus cinco grandes volcanes.

 

2. Santa Cruz (Indefatigable). Su primer nombre fue San Clemente; luego llamada Bolivia en honor a Simón Bolivar. Su nombre en inglés se debe al buque militar HMS Indefatigable. A veces la llamaron Isla Chávez. Ambrose Cowley la llamó Isla de Norfolk en 1684, en honor de Henry Howard, 6to. Duque de Norfolk, o de su hijo Henry, 7mo. Duque. Más tarde la conocieron por Indefatigable, en honor al buque que se distinguió en las guerras napoleónicas.

 

3. Fernandina (Narborough). en honor a Fernando el Católico, que patrocinó el viaje de Colón. El nombre inglés rinde homenaje a Sir John Narborough, almirante que comandó el escuadrón de la marina inglesa (es apelativo asignado por el pirata Cowley). Conocida inicialmente con el nombre de Isla de la Plata.

 

4. Santiago (James). Conocida al principio como San Salvador, en honor a la primera isla descubierta por Colón en su primer viaje. James (Jacob) es el nombre bíblico de Santiago de Zebedeo, o Santiago el Mayor (San Iago), en inglés. Santiago es el santo patrón de la Madre Patria.

 

5. San Cristobal (Chatam). En honor al mártir cristiano (su nombre inglés es en memoria del Conde de Chatham). San Cristóbal es el santo patrón de los marinos (y, por extensión, de los aviadores). El nombre en inglés proviene de William Pitt (Viejo), I conde de Chatham. Cuando Ecuador tomó posesión (1832) recibió el nombre de “Isla Mercedes” en honor a la esposa del presidente Juan José Flores y Aramburu: Mercedes Jijón de Vivanco.

 

6. Floreana (Charles). Se llama así en honor del presidente Juan José Flores, en cuya primera administración se tomó posesión del archipiélago (en inglés es el nombre del rey Carlos II de Inglaterra). La conocen también como Santa María en honor a una de las tres carabelas del primer viaje de Colón.

 

7. Marchena (Bindloe). En honor a fray Antonio de Marchena. Llamada Bindloe en el siglo XVII por piratas ingleses en honor a un miembro del consejo jamaicano, John Bindloe que condonó sus actividades, la isla fue rebautizada como Torres a finales del siglo XVIII por el navegante español Don Alonso de Torres, y finalmente como Marchena.

 

8. Española (Hood). Llamada así en homenaje al primer asentamiento americano fundado por Colón en lo que es hoy Santo Domingo (isla Española). Su nombre en inglés honra al vizconde Samuel Hood.

 

9. Pinta (Abingdon). Llamada así en honor a una de las carabelas de Colón –Pinta, Niña y Santa María–. Su nombre en inglés está dedicado al Conde de Abingdon. La isla fue hogar del nunca bien ponderado “Solitario George”.

 

10. Genovesa (Tower). También conocida como “Isla de los Pájaros”. Fue llamada Genovesa en honor a la ciudad de Génova (Italia), probable lugar de nacimiento del almirante Cristóbal Colón.

 

Pinzón (Duncan), en honor a los hermanos Pinzón, capitanes de las carabelas La Pinta y La Niña en la primera expedición de Cristóbal Colón (el nombre inglés recuerda al Vizconde de Duncan); Santa Fe (Barrington): por las Capitulaciones de Santa Fe, en las que Colón obtuvo los títulos de almirante de la Mar Océana, virrey y gobernador general de las tierras que descubriera (en inglés, por el almirante Samuel Barrington). Rábida (Jervis): por el monasterio donde Colón dejó a su hijo en el primer viaje (y por el almirante John Jervis). Bartolomé: por Sir Bartholomew Sullivan de la Marina Británica. Baltra: o Seymur por el almirante inglés lord Hugh Seymour.


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23 septiembre 2025

Canetti: “el poder como enfermedad” *

   * Escrito por Use Lahoz, para El País de España. Reeditado para satisfacer el formato de Itinerario Náutico.

Misia Sert, en el París de principios del siglo XX, contaba en sus memorias que siendo niña ensartaba con gran placer moscas vivas en un hilo para hacer un “collar” que se colocaba luego alrededor del cuello. Le emocionaba el zumbido de las alas atrapadas que sentía contra su piel. La imagen de ese collar —la crueldad disfrazada de juego— inquietó tanto a Elias Canetti que la utilizó en 1992 como metáfora central del ensayo El suplicio de las moscas, donde trata de forma inquietante la fascinación humana por el poder y el sufrimiento ajeno.

 

Sin teorizar ni fundar una escuela filosófica, Elias Canetti (Ruse, Bulgaria, 1905 - Zúrich, Suiza, 1994) es autor de una novela, Auto de fe, y de numerosos ensayos como el recién reeditado La provincia del hombre, textos breves escritos entre 1942 y 1970, mereció en 1981 el Premio Nobel de Literatura. Es uno de los pensadores más determinantes del siglo XX por su mirada única, penetrante y radicalmente humana sobre los temas de su tiempo: el poder como enfermedad mental y la avaricia como afección moral, la masa, la lucha contra la muerte, el lenguaje y la identidad, la violencia, la libertad del espíritu, la relación entre el individuo y la sociedad.

 

En El suplicio de las moscas decía: “El poder no se ejerce a gritos ni con látigos, sino con detalles sutiles, con actos que parecen insignificantes pero que anulan a otros con impunidad”; y añadía: “A medida que crece, el saber cambia de forma. No tiene uniformidad. Los auténticos saltos se realizan lateralmente, como los del caballo en el ajedrez. Lo que se elabora en línea recta y predecible resulta irrelevante. Lo decisivo es el saber torcido y lateral”. La idea del “salto lateral” como parte del pensamiento libre estaba ya presente en La provincia del hombre, que Canetti consideró la obra de su vida”. No es una obra sistemática: se lee como un diario fragmentario, donde plasma sus impresiones sobre el ser humano y su misterio, el poder, la lengua, la muerte, la locura: lo hace con una escritura incisiva, a veces lírica, a veces filosófica, otras casi profética. El autor desconfía del pensamiento rígido: “Quien piensa con rigor deja de pensar”, dice. O, “El pensamiento más claro es aquel que más duda de sí mismo”…

 

El escritor analiza no solo a dictadores y masas, sino los gestos cotidianos: “Quien quiere dominar a los demás, se convierte en esclavo de su propio poder”. No escribe como filósofo o académico. Lo hace a través de apuntes que le permiten respirar y sobrevivir en el mundo intelectual, ello lo vincula con Heráclito, Demócrito, Pascal, Nietzsche. En 1943 anota: “Los grandes aforistas se leen como si se hubieran conocido entre ellos”. Después de vivir las catástrofes del siglo XX —guerras, Gulag, nazismo—, articuló una resistencia del espíritu, una ética de la atención, de la vigilancia, de la compasión. Cada ser vivo merece respeto: rechaza toda forma de exterminio, desde torturar una mosca hasta demoler un pueblo (sería interesante conocer su opinión sobre Gaza: él era un sefardita ciudadano del mundo).

 

Para él, el poder nace del miedo a la muerte: las masas permiten al individuo sentirse “inmortal” al fundirse con los otros. Una sola frase suya de 1942 lo resume: “El ser humano ha recogido la sabiduría de todos sus ancestros, y mirad cuán estúpido es”… “Cada idioma tiene su propio silencio”, dice alguien para quien las lenguas tuvieron gran importancia, sobre todo el alemán que le enseñaría su madre de niño (en la cama, por las noches, ocupando el vacío de su padre, por eso adquieren sentido sentencias como: “Las palabras dichas en la oscuridad pesan el doble”). Así tituló a cada una de sus memorias, nombrando los órganos de los sentidos: La lengua liberada (1979), La antorcha al oído (1982) y El juego de los ojos (1986).

 

Raquel Kleinman ha dedicado 12 años al estudio de su obra, primero con su tesis doctoral y luego como autora de Elias Canetti: Luces y sombras, en que trata la relación del búlgaro con el psicoanálisis. Afirma: “Me resultó muy interesante la aportación de Canetti a la visión del poder como enfermedad mental, y la visión de masa y poder como mecanismos de defensa ante las ansiedades vitales de un ser que percibe su muerte pero no la acepta. Y me interesó la propuesta que la considera como motor de la conducta humana frente a la de Freud, que más bien relaciona a la pulsión sexual, dentro de un marco legal y de prohibiciones”.

 

La crítica Cecilia Dreymüller sostiene: “Canetti entró en la historia del pensamiento político con su estudio, antisistema y pionero, sobre la masa y el poder. Es original en sus escritos, como prueban su novela sobre los beneficios lectores, Auto de fe, sus obras de teatro y sus aforismos”. Recoge tres de ellos: “No digas ahí he estado; di siempre: ahí nunca he estado”. “Qué poco has leído, qué poco sabes... pero del azar de lo leído depende lo que eres”. “El hombre es el único animal que recuerda a quién, o a qué, ha asesinado”. Terriblemente actual (“solamente en el exilio nos percatamos hasta qué punto una parte del mundo ha sido siempre un mundo de exiliados”), el ensayo vincula a quien lee con una región que se explora sin mapas. Canetti describe un terreno por el que vamos a saltos. Siempre con un salto lateral: ese modo no lineal de construir que suele tener el conocimiento.


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