30 abril 2010

De rimas, “ancorajes” y paisajes

No sé porque me recuerda tanto a Riobamba esta ciudad americana! Quizás sea algo que tenga que ver con el paisaje o con el trazo cuadriculado de sus poco transitadas calles. Anchorage es una ciudad plana, rodeada de hermosos y blancos nevados. Se ha convertido ya en una estación utilizada con preferencia por los operadores aéreos intercontinentales como centro de operación logística; tanto para el abastecimiento de combustible, como para el reemplazo de las tripulaciones. Por este motivo, llego con frecuencia a esta pequeña ciudad; no siempre para disfrutar de su cambiante y caprichoso clima, pero siempre para sorprenderme con su privilegiado y acogedor paisaje.

Existen muy pocos edificios altos en esta ciudad que se creería que es la capital política de Alaska (la capital oficial es Juneau, ubicada al meridión). Este es un estado cuyo inmenso territorio fue comprado hace ciento cincuenta años a Rusia por algo más de siete millones de dólares. Monto que representaría el irrisorio equivalente a algo así como dos centavos de dólar por acre; o, lo que es lo mismo, cinco centavos de dólar por hectárea! Alaska tiene un nombre poético; querría decir algo así como “tierra hacia donde se dirige la corriente del mar”, en el idioma de los habitantes de esas islas vecinas que separan al Mar de Bering del Océano Pacífico y que prolongan la silueta de esta enorme península americana. Son los territorios volcánicos conocidos como Islas Aleutianas.

Menciono que existen sólo unos pocos edificios altos en esta “Ancoraje”, que, como el término implica, no quiere decir otra cosa que “anclaje”. Esto de la renuncia, y renuencia, a construir estructuras elevadas, probablemente sea una medida precautelar frente a la posibilidad de un nuevo y devastador terremoto como el ocurrido un Viernes Santo, hace sólo cincuenta años. Según los entendidos, ese sería el tercer terremoto más grave de los registrados en el mundo desde que se hace medición de este tipo de desgracias naturales. La gente mayor no olvida todavía los cinco minutos interminables de esa experiencia traumatizante. La gran ironía es que me alojo aquí en un cómodo y bien ubicado hotel, donde en forma invariable me ofrecen siempre una habitación en los pisos superiores…

De modo que, aunque Ancoraje rime con paisaje; es preferible estar prevenido para enfrentar el riesgo de esa intimidante posibilidad, la de los sacudones telúricos o geológicos. Por lo que siempre tengo en cuenta y recomiendo que:

Cuando el temblor y el pánico en maridaje,
Confundan la mente y debiliten el coraje,
Tengan calma, bajen, olviden su equipaje,
Que es hora de partir y de irse ya de viaje!

La ciudad esta ubicada hacia el norte del paralelo sesenta; es decir, constituye uno de los centros poblados importantes más cercanos al polo. Esto determina dos circunstancias especiales: el clima y la duración de la claridad del día, de acuerdo con la época del año. Aquí, veranos agradables y benignos contrastan con inviernos rigurosos y muy fríos, que lastiman con sus continuas nevadas y sus vientos gélidos y pertinaces, durante toda esta última estación climática.

Del mismo modo, la inclinación relativa de la tierra con respecto al sol, determina aquí días muy cortos o muy largos, de acuerdo al mes del calendario. De manera que, así como en algunos meses oscurece antes de las cuatro de la tarde; también se puede disfrutar, en el solsticio de verano, de la claridad natural del día bien pasadas las diez de la noche. Pero no recomiendo el trasnocharse, bajo ese cautivante cielo de color azul cobalto, pues se hace otra vez de día, también muy temprano: más de tres horas antes de lo que pasaría en nuestras madrugadas tropicales.

Hay noches que una estela luminosa va difuminando su brillo cual sinfonía de colores con sus tenues desplazamientos relampagueantes. Parece un extraño y multicolor manto de novia que se va agitando con su resplandor lúdico y trashumante. Es la aurora boreal: un juego de luces, electricidad, magnetismo y juguetona inquietud producido por los vientos solares. Llaman a este cambiante arco iris, The Northern Lights. Más de una vez he podido presenciar en vuelo este espectáculo irrepetible y fascinante. Es como si el sol hubiera decidido reaparecer, de pronto y en medio de la noche, por donde no había estado previsto. De golpe, una cortina de colores ondulantes parece rendir su danza reverencial a Aurora, la diosa tutelar de las madrugadas. Estas traviesas y admirables “luces del norte” constituyen la más sorprendente manifestación que pueda tener la naturaleza en las semanas cercanas a los equinoccios estacionales.

Mi lugar de alojamiento tiene vista, según la ubicación de la habitación que el azar me otorgue, a los cuatro puntos cardinales. Compiten en belleza de paisaje, las praderas, las montañas y el resplandor de espejo que emiten las tranquilas aguas de la bahía de Anchorage. Cuando la fortuna me es esquiva, me asignan una recámara que está ubicada frente al cementerio. Es un camposanto sencillo, sin lapidas llamativas ni cargados monumentos funerarios. Los mausoleos han cedido paso a la humildad de los sepulcros modestos y callados.

Cuando me despido, aprecio una vez más el peregrino paisaje; disfruto de este cielo límpido que expande la mente y el espíritu. Me preparo otra vez para tomar uno de mis vuelos rutinarios. Miro hacia abajo, hacia el desolado cementerio y no dejo de preguntarme si la frase final de Pueblo Blanco, la canción de Serrat, estará también tomada de los nostálgicos versos de Antonio Machado. Algo me dice que ahí no encaja un pronombre; y entonces, luego de corregirlo y de averiguarme si son los muertos o somos nosotros los que estamos en cautiverio, opto por tararear la frase postrera y resuelvo que:

…“Los muertos están en cautiverio, porque no los dejan salir del cementerio.”

Anchorage, 29 de Abril de 2010
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25 abril 2010

Nomenclaturas

En los últimos días he estado firmando estas notas desde ciudades y lugares cuya escritura castellana es un tanto diferente. He escrito, por ejemplo, Shanghai; añadiendo una “hache” intermedia, que resulta ajena a nuestro idioma. O, he usado Anchorage, a pesar de que he estado tentado a deletrear Ancoraje, palabra nuestra que quiere decir lo mismo, es decir anclaje (en inglés, anchor se pronuncia “ancor” y quiere decir ancla). De modo que, antes de seguirlo haciendo; o de revisar este procedimiento, me gustaría hacer unas pocas reflexiones respecto a la nomenclatura de ciertas ciudades que se conocen en forma distinta, de acuerdo al idioma en que sean mencionadas.

Como contaba alguna vez mi cuñado Juan (QEPD), el caso más sorprendente quizás resulte el de esa ciudad occidental de Alemania escogida por los reyes germánicos, para ser coronados durante gran parte de la Edad Media. Me refiero a una pequeña ciudad favorecida por sus baños termales que los romanos habían bautizado en latín como Aquis-Granum. Era esta una ciudad preferida por un rey franco, a quien luego convirtieron en santo: Carlomagno (pocos conocen cual fue la fuente de su santificación; y ya nadie se acuerda que lo nombraron santo). Él ordenó la construcción de su catedral en el siglo octavo y ya para esas épocas, la palabra Aquis, o Aachen en alemán, se había deformado en el francés Aix. Así es como Aachen paso a ser conocida en francés como Aix-le-Chapelle.

No sorprende tampoco que haya devenido en Aquisgrán o Aquisgrana, como se la conoce en los idiomas latinos. Aachen, o Aken, o Akwizgran, o Aix-le-Chapelle, o Aquisgrán fue la ciudad preferida por quinientos años por los reyes germánicos, sabedores como eran de que su coronación implicaba una distinción más importante: la regencia del Sacro Imperio Romano. Pero lo que aquí importa no es la historia, sino esta como manía, este complaciente relajamiento que en los distintos idiomas, nos lleva a deformar los nombres originales por el sólo beneficio de una pronunciación que fuera más entendible y fácil de expresar.

Es comprensible la traducción directa (Países Bajos, por ejemplo) y aún el cambio por aproximación fonética (Borgoña, Bretaña); pero… qué marca la aproximación o el exceso? Es necesario y justificable que digamos Inglaterra en lugar de England, por ejemplo? Y, como traducir o aproximar Dutchland o Netherlands, que es como también se conoce a Holanda? Quizás como Ducterra? No sé! En todo caso, me pregunto, es todo este esfuerzo arbitrario y antojadizo realmente deseable y conveniente?

Corea, para citar un caso de los que conozco, se autodefine como Han-Guk (la tierra de los Han), donde se habla el Han-Gul (lengua de los Han); pero hemos preferido llamarle con un término que resulta más fácil de recordar y pronunciar. En uno de los últimos mundiales de futbol, los aficionados japoneses no coreaban a su equipo con el grito de Japón, Japón; lo que se oía era un Nipón, Nipón, que a veces sonaba más como Ilpón, Ilpón! Yo mismo, me lleve la sorpresa de mi vida una tarde en Boston, cuando me invitaron a ver al incorregible señor Maradona y a su compañeros de la selección argentina de fútbol, que se enfrentaban, en un estadio, acondicionado para el efecto, a la débil selección de Grecia. Las barras del equipo europeo estimulaban a su escuadra con el canto de Hellas, Hellas! Tardé poco en darme cuenta que esta era la palabra que los identificaba como al pueblo de los helenos: los vecinos inmemoriales del Egeo.

Cuando he ido a la tierra de mis probables antepasados (Vizcaíno es vasco) no deja de llamarme la atención cómo el término vasco Bizkaia (Vizcaya) se haya transformado y alterado con tan sólo pasar a otro idioma vecino como el castellano. Resulta contradictorio pero el término es mejor respetado en el inglés (Biscayne) que en las lenguas españolas. Mi apellido mismo, que supuestamente es un apelativo toponímico, no obedece a la forma como los de Euzkadi (el país de los vascos) conocen a su tierra. Y es que en España en un tiempo se dio por apellidar de ese modo a quien parecía provenir de esos lares.

Pero, como lo comprobé en Santander que está en Cantabria, no odos los vascos son “vizcaínos”, aunque todos los vizcaínos son necesariamente vascos. Juan de la Cosa, por ejemplo, propietario y capitán del buque insignia del primer viaje de Colón, a lo que después vino a llamarse América, era realmente un cartógrafo que se llamaba Juan de Vizcaíno y que no era vasco sino cántabro!

Pero no quería hablar de historia ni de genealogías. Quería hablar de la deformación que tienen las palabras que definen la toponimia; y como estos nombres se van deformando en forma caprichosa con la traducción o la necesidad de pronunciarlos en otro idioma; y me ha pasado como con los sueños y los delirios, que uno se pasa de una parte del cuento a la otra, sin que medie ninguna relación o nexo. Pero, así como me sorprende cuando se hacen traducciones caprichosas, también me llama la atención cuando no se las hace. Los Estados Unidos están llenos de pueblos y localidades que llevan nombres en otros idiomas, especialmente en español, y nadie ha hecho (felizmente) ningún esfuerzo por traducirlos o por intentarlo. Muestras al canto: Los Ángeles, Las Vegas, Palo Alto. Nadie, que yo sepa, está interesado en cambiar estos nombres por “The Angels”, “The Lowlands” o “High Stick”...

Lo que he empezado a sospechar es que estas variaciones en la morfología o la estructura de las palabras, tienen también un fundamento anatómico. Ciertos idiomas requieren de una como predisposición de la lengua y la garganta para obtener una pronunciación auténtica y adecuada. Los latinos tendemos a pronunciar la “a” inglesa como una “a” abierta, cuando su pronunciación en esa lengua es, en la mayoría de los casos, casi la de una “e”. Los italianos se “comen” las haches en inglés (no dicen “heading home”, por ejemplo, sino que pronuncian “eding ome”). Los coreanos terminan sus palabras siempre con una vocal; se les hace fácil decir “lunch” o “approach”, dicen algo parecido a “lonchu” o “approachu”.

Para los chinos es virtualmente imposible pronunciar mi nombre, “Alberto”. Las “eles” y las “eres” son muy suaves y casi no se discriminan en el mandarín y en los dialectos chinos. Así que pronuncian cualquier cosa, menos Alberto. Dicen algo que suena más o menos como “chin-chin”, que se escribe más o menos así: 庞锁会; y que talvez quiera decir solamente eso. O sea, “chin-chin”…

Anchorage, 26 de Abril de 2010
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Las lágrimas, la memoria, las palabras

Me veo con cierta frecuencia en el espejo. Estoy obligado a hacerlo; y no como consecuencia de mi natural e inveterada vanidad (que desborda su cauce, como lo dijo alguien ya) sino porque a mis años, no he aprendido todavía a rasurarme sin tener que utilizar un instrumento que me ofrezca mi propio reflejo. Entonces, me veo ocasionalmente en el espejo y siento que estoy joven todavía, a pesar de mi canicie prematura y esos achaques que ya se fueron quedando, como parte de mi bagaje, como inseparables a mi propia personalidad… Son, mi escoliosis, las persistentes hemorroides y las palpitaciones irregulares que a veces siento. 

Pero, me veo joven. Me siento fuerte y sano. No aprecio todavía arrugas, ni surcos profundos y preocupantes en mi cara. Tengo todavía mucha energía y vitalidad. No obstante, he notado últimamente unas como grietas incipientes y preocupantes en mi alma… Y es que he empezado a hacerme lo que mis hijos llamarían un “viejito maricón”, y esto, yo no se porqué será! Por cualquier cosita menor y sin aparente importancia, se me vienen a los ojos unas imperceptibles y brillantes lágrimas. He empezado a convertirme en un viejito lacrimoso y sentimental. 

Compruebo, para mi consuelo, que Dios nos ha regalado a los mortales tres atributos inigualables: los lágrimas, la memoria y la palabra; que, si bien lo meditamos, esto El nos otorgó con exclusividad y en perpetuidad a los humanos. A nosotros los humanos y a nadie más. Me salto en esta auditoría, de adrede y con intención, la risa, que yo creo que no es sino una forma distinta y alegre de ponerse a llorar… En mi reconocida ingenuidad y candidez, antes había yo creído que los humanos teníamos una cierta cuota para esto de las lágrimas; y había pensado, que después de lo que pasé de niño, se había acabado mi personal asignación; que, en suma, había ya llorado tanto, que ya sería muy poco lo que luego en la vida tendría para llorar. 

Así fue como sentí, cuando desapareció el avión de Saeta en el que se encontraba esa mujer maravillosa e inolvidable que fue mi tía Anita, una extraña sensación de impotencia: no me salieron por casi una semana las lágrimas, que las necesitaba con urgencia perentoria para desahogar mi pena. Estuve roto, agobiado y abatido por dentro; pero… nada! Comprobaba con furiosa amargura que no me salían las lágrimas, que talvez ya había perdido esa virtud, que ya no sabía cómo ponerme a llorar! 

Igual cosa me pasó cuando murió en un accidente de aviación incomprensible e injusto, ese adalid del comedimiento, ese campeón de la ternura, que fue mi hermano Adrián. Acudí a esa ciudad morlaca, a donde tuve siempre que acudir por motivos tristes, a recoger sus calcinados y mutilados restos en el frío patio de un humilde hospital. El había tenido una sensación premonitoria, que me había participado en forma extraña, unos pocos días atrás. Habría de ser ese, el golpe mas doloroso y lacerante de mi vida. Pero… tampoco encontré ese alivio desahogante de las lágrimas, cuando me fueron más necesarias, cuando me hacía falta su valor curativo. De nuevo, me sentí por unos pocos días incapaz e impotente. Otra vez me sucedió: tampoco podía llorar. Tuve que esperar unos pocos días más. De pronto, una tarde desahogue mi agonía y mis recuerdos. Agarre y mordí una almohada en un hotel y como un niño triste y desesperado, como un loco, me puse a llorar… 

Si, hoy lo recuerdo. Y se me vienen de nuevo a los ojos las lágrimas, lo expreso con estas humildes pero reverentes palabras, sonrío ante el recuerdo de sus actitudes y sus hilarantes extravagancias; y, a pesar del paso del tiempo y la distancia, noto nuevamente que he dejado resbalar un par de esas lágrimas; que he tenido que contener el sentimiento y la nostalgia. He descubierto una vez más que Dios me hizo humano, que me regaló la memoria, las lágrimas y las palabras. Que me hizo comunicativo, sentimental y memorioso; aún al precio oneroso y compensatorio de mi inevitable e inminente condición de mortal… 

Hoy lloro y me pongo sentimental por cualquier cosa. Me hace falta sólo ver una cara infantil, un paisaje o leer una noticia. Me inflama de sentimiento una frase que leo, el gesto afectuoso de una anciana, la sonrisa de un hijo, la ingenua ternura o el capricho infantil de un nieto, una proeza deportiva, una despedida; en fin… tantas, tantas y tantas cosas más. Voy y me miro nuevamente en el espejo; compruebo las arrugas de mi alma, me siento de nuevo vivo y privilegiado. Le agradezco a Taita Dios y a la vida. Estoy vivo y estoy despierto! Puedo recordar, puedo decir, puedo llorar! 

Anchorage, 25 de Abril de 2010


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24 abril 2010

De linajes y prosapias

Tengo un pequeño problema, en forma continua, recurrente y reiterada. Es el uso de todos mis nombres y apellidos completos especialmente para mi registro en los múltiples hoteles que, a causa de la naturaleza de mi oficio, tengo que visitar. Tal parece que, si la reservación se ha hecho utilizando todos estos nombres, es decir de la misma manera que están presentados en mi pasaporte, los encargados del registro se encuentran de pronto como atrapados en un indescifrable laberinto y no tienen indicio de qué nombre único tienen que emplear. Esto habría de entenderse, intuyo yo, como derivado de la forma como se otorgan y emplean en otras latitudes (y longitudes) los nombres y apellidos que nos dan identidad.

Es que, con el ya universal uso de las computadoras, u ordenadores como los llaman los amigos en la madre patria, la probable limitación en el número de dígitos alfanuméricos, hace imposible que los nombres largos y compuestos se puedan seguir usando de la misma forma como se utilizaron en el pasado. A esto deben quizás sumarse las nuevas normas internacionales de seguridad. Esto produce que muchas veces se tengan que reducir obligatoriamente los nombres que al nacer nos han obsequiado; y lo que es más grave, que por satisfacer este prurito de mantener el orden original, se empleen nombres con los que no nos reconocerían ni nuestros propios papás.

En mi caso particular, se hace imposible muchas veces encontrar la reservación respectiva en los hoteles en que debo alojarme. Cuando mi esposa o mi familia me llaman por teléfono, se topan con la intrigante respuesta de que el suscrito “no esta registrado en esta casa asistencial” (yo mismo lo he intentado y me contestan que no estoy en donde creo que debería estar). Cuando utilizo el Internet, no tengo ni idea del apellido que he de usar para poder “acceder a la red”, como ahora se llama a esta herramienta que ese tren alocado y vertiginoso llamado progreso nos ha ido obligando a utilizar. Descubro con irritabilidad y sorpresa que me viven cambiando de nombre y apellido, según el arbitrario o aleatorio capricho del dependiente de turno, en cada nueva localidad. Resulto así, “rebautizado” de Moncayo, de Mariano, de Alberto; y, hasta de “de Jesús” con esta odiosa y jamás uniformada manera de registrar la personal individualidad.

Concluyo que esta inconveniencia con las nomenclaturas no tiene que ver con nuestra vanidosa obsesión por los linajes y los abolengos, sino tan sólo con la costumbre como cada una de las diferentes culturas, registra lo más importante de cada uno de nosotros, que no es otra cosa que nuestra identidad. Me permito, en este punto, una breve digresión: hace muchos, muchos años, asistí a uno de esos cursillos de relaciones públicas en donde, a cada uno de nosotros, nos fueron averiguando como describiríamos, en pocas palabras, lo que nos parecía que más nos identificaba o nos diferenciaba en forma especial. Todos y cada uno de los presentes respondimos con frases rebuscadas y elocuentes que trataban de expresar nuestra individualidad; pero, a ninguno de nosotros se nos ocurrió utilizar nuestros nombres propios, los términos onomásticos que ya nos habían otorgado al nacer nuestros respectivos papás!

Tan sólo hace pocos siglos, nuestros propios antepasados usaban su particular arbitrio para escoger la manera como otros les habrían de llamar. El uso de la preposición “de” y de la conjunción copulativa “y”, constituyó parte de esos caprichos antojadizos que se habrían de extender como aroma de incienso por toda la sociedad. Si mi nombre era Juan Pérez, optaba por llamarme Juan de Pérez; y aún como Juan Pérez y Gómez, aunque este Gómez, no hubiese sido el apellido de soltera de mi mamá. Casos al canto: Miguel de Cervantes y Saavedra, pertenecía aparentemente a la alta burguesía, pero no usaba el apellido de soltera de su madre (de Cortina) talvez por ser judía conversa su propia mamá. Infiero que algo parecido pasó con el incorregible y genial Francisco de Quevedo y Villegas, cuyos hidalgos padres obedecían a los apellidos de Gómez de Quevedo y Santibáñez de Villegas, respectivamente; para ya no confundir a la selecta audiencia y así eximirme de usar otro ejemplo adicional.

Los portugueses han complicado más las cosas todavía: anticipan el apellido materno al paterno. Con esta costumbre no nos quedaría claro si Edson Arantes do Nascimento (el famoso Pelé, el de los balones de “futebol”) era hijo de un señor apellidado do Nascimento o si ese era el apellido de soltera de la madre de este ilustre deportista. Los rusos y eslavos complican mucho más aún las cosas, pues usan un derivativo del nombre de sus propios padres, de acuerdo al sexo propio (léase género) para completar su registro con un segundo nombre adicional. Algo así como Juan Gustaviano Perez o María Gustaviana Gómez, si Gustavo sería el primer nombre de su padre…

A excepción de los impronunciables nombres indios (que parecen contener en sí mismos toda la entera mitología del Ramayana), los asiáticos parecen ser los más simple y prácticos en cuanto a un sistema de identificación e identidad. Los indonesios utilizan sólo un nombre; y, su apellido, para efectos de registro, es el mismo nombre que el primero de sus papás (si me llamo Juan Jorge es porque Jorge es el primer nombre de mi papá). Los chinos y coreanos son también muy pragmáticos en este sentido: anteponen el apellido, que usualmente es muy corto (no tienen nada como “Cabeza de Vaca”, por ejemplo; a lo sumo “Muuú...”) y sus otros dos nombres constituyen un sólo nombre compuesto en la realidad. Por ejemplo: Tan Chen Hong. Aquí, Tan es el apellido; y Chen Hong es el nombre, que además tiene un significado. Como no sé el idioma, sólo me tengo que imaginar ese significado; que casi siempre es algo auspicioso, por lo demás.

Los americanos (o sea los norteamericanos de Estados Unidos) y por extensión todos los sajones, han conseguido un gran avance con esto de la simplicidad onomástica. El señor James Bond es James Bond y punto. Marilyn Monroe, se llamaba Norma Jeane Baker, pero el público le conocía sólo por sus dos nombres artísticos y nada más. Entonces nadie tiene que estar adivinando, ni apostando a cuál mismo será el nombre o el apellido; y nadie está preocupado por que lo vayan a confundir con el vecino de mas allá. No pasa, en esos lugares, como con nuestros presidentes o futbolistas, que basta que se hayan convertido en un poco conocidos para que ya quieran que uno tenga que referirse a ellos con todos sus nombres y apellidos; como si, al no hacérselo, sería imposible el que se los pueda reconocer o identificar. Lo de los magistrados es un tanto comprensible, dados como somos los latinos al “grandiosismo” y a la veneración política. Lo realmente inexplicable es lo otro; pues, el moreno delantero Lupo Quiñónez, por ejemplo, pasaría a ser un desconocido para los aficionados futbolísticos, si no se lo menciona también y alternativamente como Lupo Senén Quiñónez Valencia. Dios mío... lo que nos pides que tengamos que aguantar!

Eso es todo. Nada más por hoy. Siguen firmas.

Mariano de Jesús Alberto de Vizcaíno y Andrade. Marqués de Casablanca y de Armijos. Conde de Moncayo y Segarra. Su humilde servidor…

Anchorage, Alaska, 25 de Abril de 2010
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Crónica de un crimen onomástico

Todo el mundo (sólo es una expresión) me conoce como Alberto; pero la verdad es que, Mariano es realmente mi primer nombre. Sí, así es como me llamo y así es como me bautizaron. Propongo pues, como teoría, que mi madre habría tenido dificultades en, ese, su primer embarazo. Eran esos tiempos devotos y recoletos. Santa Mariana de Jesús, la sin par Azucena de Quito, nuestra santa vernácula, parece haber estado a la sazón de moda; y, en honor a la devoción que mi madre le habría tenido, mis padres habían hecho una ferviente promesa con respecto a mi nombre, si llegaba a feliz término mi concepción y futuro alumbramiento.

Era ese un nombre versátil y había sido escogido de antemano. Si era “hembrita” me llamarían Mariana; y, si me sobraba un diminuto y delantero aditamento, me bautizarían como Mariano. Para añadir crueldad a la injuria, completaron con un “de Jesús” este malhadado Mariano. El nombre fue pues una especie de ofrenda; el pago a una concesión de la Divina Providencia. Fue esta la manera que tuvieron mis padres de retribuir el supuesto favor otorgado. Puede decirse que así pagaron su deuda; pero, en cambio, a mi me endilgaron esta curiosa carga, nombrándome acreedor vitalicio de esta otra deuda que todavía estoy pagando!

La santa había dicho que el Ecuador no se terminaría por culpa de devastadores terremotos, sino por la de gobiernos de personajes mal intencionados. Quizás le faltó recordarnos aquello de que “el tonto hace siempre más daño que el malvado”. Creo que fue ya Oscar Wilde el que lo explicó: “porque el malvado descansa a veces, en tanto que el necio jamás!” Pero, noto que… estoy de gana saliéndome del tema. Y es que el subconsciente me jala y me jala, porque no quiere que explique, y ni siquiera que me acuerde, que en el registro y en la realidad me llamo Mariano. Que ese es mi verdadero nombre; ese y nada más.

“Pero, si es un lindo nombre”. “Y a mi me parece que es muy masculino”. “Si hasta combina con el color de tus ojos”, habrían de proclamar con el paso del tiempo mis primeras enamoradas. Hoy estoy persuadido que no lo dijeron porque era cierto, sino por puro afán de consolarme y por nada más. Lo dijeron, de la misma forma que una de ellas ya me había advertido: que si no había resultado atractivo o bien parecido, que no me estuviera preocupando. Ya que, el hombre era como el oso, que mientras más feo… peor para él.

Lo cierto es que este crimen onomástico se consumó durante las crepusculares horas vespertinas de una noche de fines de Noviembre, allá por el aciago año de 1951. Prueba fehaciente, y también testimonio, de esta bárbara acción, que quedará para los anales de la posteridad, es que el delito fue cometido a vista y paciencia de muchísima gente, y habría sido perpetrado con la complicidad y encubrimiento de dos respetables y conocidas familias. Por ello, probablemente, es que se escogió nada menos que la colonial iglesia de la Parroquia de Santa Bárbara (como su nombre muy claramente lo explica), para dejar de esta manera recuerdo indeleble de este hecho artero, aleve e infame.

Pasaron los años y, como quien va echando sal sobre la herida, nadie parecía contentarse con llamarme por mi nombre original y de pila; sino que empezaron a hacerlo, acompañándolo única y exclusivamente con el sufijo diminutivo. Lo que me faltaba! O sea que, de Mariano pasé a convertirme de ahí y para siempre en “Marianito”. Nadie habría tampoco de explicarme si el mencionado sufijo se lo utilizaba como una expresión de pequeñez, de compasión o de afecto.

Para colmo, luego de profundas y acuciosas investigaciones, fui poco a poco descubriendo que todos los “huasicamas” y mayordomos de hacienda, también obedecían a este nombre que, más que sustantivo, parecía más bien un adjetivo. No había jardinero que se respete que no hubiera escogido este maravilloso nombrecito. Si a un cargador, albañil o barrendero yo le preguntaba que cómo se llamaba, como si obedeciera a una secreta conjura, invariablemente me contestaba: “Marianu, ca llaman, amu niñu Marianitu”… Y es que, hasta en la radio de esos días, y en los iniciales programas televisados, aparecía un actor de poncho y alpargatas que respondía al nombre artístico de “El Indio Mariano”.

Por ese mismo tiempo, mis crueles e imaginativos primos habían descubierto que el campesino encargado del cuidado del troje y de las tareas de ordeño en la hacienda de su abuelo, había sido bautizado también con el mismo nombre. Mariano Maula era el nombre completo de mi humilde y abnegado tocayo. Y ese mismo nombre, cual si se tratara de un remoquete o un insultante apodo, ellos empezaron a utilizar para llamarme. “Mariano, Mariano, Mariano Maula”, decían y repetían, no sin insidiosa intención, cuando me mandaban a buscar de la casa. Así fue como ellos fueron ejerciendo con traviesa malevolencia el artificio de sus encargos, la acechanza de sus recados.

Decidí entonces, de una buena vez y para siempre, obliterar el primer nombre. Cambié mi nombre en la escuela; empecé a firmar como “Jenner” Alberto y me hacía el que no escuchaba, cuando me llamaban por Mariano. No me arrepentí mientras fui niño de la estratagema, porque sentía un rubor intempestivo cada vez que percibía que había sido descubierto mi secreto y cuando los demás me regalaban una sonrisa de conmiseración, como si se hubieran enterado que no llevaba ropa interior; o que obedecía al nombre de Rudecindo o de Pancracio.

Hoy, cincuenta años después, y ya como comandante de aerolínea, luego de las nuevas normas de seguridad que han sido impuestas, estoy obligado a escribir mi nombre completo en las Declaraciones Generales de Inmigración, en los planes de vuelo aeronáutico, en los documentos oficiales y en la banca. La aerolínea para la que trabajo hace las reservaciones de mi hotel, usando el orden de todos los nombres que quisieron darme mis padres. Así es como, casi siempre, aparece un nuevo “apellido” de familia en todos estos documentos. Es que usan en todas partes el primer nombre visible para identificarme. Nadie parece ya interesarse en mis españoles apellidos toponímicos. Me saludan y me atienden como al “capitán Mariano”…

Ya me cansé! Y yo ya no explico, ni aclaro, ni reclamo. Sólo siento, de vez en cuando, unos curiosos rubores. Siento todavía como si alguien susurrara a mis espaldas y me diría al oído, y con voz socarrona y disimulada: “Mariano, Mariano, Mariano Maaaaaaaaula!”

Anchorage, 24 de Abril de 2010
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22 abril 2010

Ensayo de la locura

Quito tenía por ese entonces sus personajes tradicionales. No hubo nada más emblemático que el infame y ennegrecido “Pajarero”, o que la estrambótica y enajenada “Torera”. Eran ellos personajes caracterizados por su falta de cordura y por su aparente ubicuidad; se los encontraba por cualquier parte y en el momento y circunstancia que uno menos podía esperar. Sí, ellos fueron, entre otros pocos, los individuos que eran parte de los archivos del absurdo y de los activos de las curiosidades de la franciscana capital.

Hubo también otros que fueron, a su vez, parte consustancial de la fatigosa y escarpada cuesta donde estaba ubicada la casa donde viví, cuando sólo era un curioso e inquieto rapaz. Estos personajes pasaron a ser parte de nuestra reducida y particular antología del disparate. Ellos fueron las figuras inolvidables de un barrio y de una calle que uno no puede, que no quiere dejar de recordar.

Los llamábamos en la familia de forma puntual y diferente. A ella la conocíamos como “la loquita” y al otro como “el loco de enfrente”. Dice el dicho que “cada loco con su tema” y a lo que quiero ahora referirme es a su particular y estrafalaria forma de trastorno, que le daba a cada uno su propia identidad, que le asignaba a cada uno su peculiar y alienada individualidad. Creo que debo referirme a ellos siguiendo la costumbre impuesta por las normas de lo que en la escuela nos enseñaban con una asignatura conocida como Urbanidad.

Así que, “primero las damas!”... Ella era una mujer ya madura, que conservaba, sin embargo, arrestos de energía, ímpetu y vitalidad. Vestía invariablemente una suerte de salida de cama con unos pocos aditamentos que completaban su disfraz; vestimenta a la que había querido ella otorgar la impronta inocultable de su cotidiana y permanente nupcialidad. Era la loquita, un ser alterado, confuso y perturbado que salía todos los días a la vereda de su casa a esperar a un novio que nunca se aparecía y que quizás ella presentía que nunca se iba a animar a llegar…

Una bacinilla vacía y enlozada, así como un envejecido aventador de mimbre completaban su desordenado y extravagante atuendo matrimonial. Acercaba su oreja al filo mismo de la acera, la loca, probablemente para anticipar el advenimiento de ese tardío y esquivo novio que nunca llegaba, que desde siempre se había atrasado en llegar… Su triste realidad fue siempre para mí como una cruel forma de metáfora: la permanente y repetida espera de una ilusión que nunca se concretaba, que jamás habría de llegar!

El otro, el loco de enfrente, era un mozuelo atolondrado, andariego, bullicioso y pugnaz. Quien lo veía no advertía su demencia de primera mano; pero pronto se apercibía de que lo perturbaba una extraña y belicosa variedad de locura. Su pugnacidad era su demencia. Su demencia era pugnaz. Se paraba este loco en el portón mismo del zaguán de su residencia para, con un gesto o una palabra mal intencionada, molestar y provocar a los transeúntes, para hostigar con los arrebatos de su alterado cerebro a todo el que pasada; en suma, para retar con su manía a una contienda a trompadas a todos los demás.

Vestía el infortunado personaje unos mamelucos de mezclilla que ayudaban a camuflar su agresividad. Lucía este loco un corte de pelo muy corto, casi al estilo de los conscriptos en su primer año de servicio militar. El reducido tamaño del cabello dejaba a la luz las cruentas huellas de sus despropósitos, las lacras que en el habían dejado sus innumerables riñas a puñetazos y coces; sus desquiciados y torpes encuentros para disputar con arteras patadas, trompones y arañazos, su sanguinaria y descabellada preponderancia; su infame reino de la demencia. Era este el patrimonial estilo de su nunca disputada paranoia, de su conflictiva y maliciosa inestabilidad.

Fueron múltiples las ocasiones que yo, apostado a la ventana de mi casa, pude contemplar el espectáculo que nuevamente había montado el loco, empeñado como estaba en lucir sus habilidades pugilísticas, su violencia y su belicosidad. Era la suya una extraña forma de exhibicionismo; también una disimulada advertencia de lo que a nosotros nos podría esperar. Había que verle la cara al demente para comprender que su cabeza no era de carne y hueso, sino que había sido elaborada con algún pétreo, áspero y endurecido material. Su apariencia era humana, pero el empaque de su catadura era más bien el de una fiera; su gesto y sus enardecidos desplazamientos eran los de un animal.

Un día mientras golpeaba y desfiguraba a uno de sus contrincantes de ocasión, tratamos de estimular, desde nuestra cómoda tribuna en la ventana, al oponente que había sido escogido por el loco en esta nueva oportunidad. Al reconocer nuestro antagonismo, o simpatía hacia su victima y enemigo, cesó en su pugnaz tarea el loco y optó entonces por “venirnos a visitar”. No recuerdo quién fue el culpable de la imprudencia, ni el “beneficiario” de la reacción del orate vecino, pero lo cierto es que, quien respondió al llamado de la puerta, se topó de manos a boca con "el loco de enfrente" que le esperaba con una trompada en las narices; afrenta de la que, me imagino, su nueva victima nunca se habrá podido ya jamás olvidar!

Chicago, 23 de Abril de 2010
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