27 junio 2010

El Escarpín

Fue ese probablemente mi primer esfuerzo periodístico. Ahora que lo recuerdo y lo menciono, decir esfuerzo, quizás constituya una exageración. Todo había empezado un Sábado por la tarde cuando, siendo todavía inquieto adolescente, me había puesto a deambular por los corredores vacíos de mi vecino y querido colegio. Yo era entonces un muchacho de último año de secundaria, a medio camino entre actor improvisado de ocasionales comedias escolares y dirigente estudiantil interesado en la solidaridad y el humanismo integral; persuadido como otros pocos ingenuos que la revolución era el “nuevo nombre de la paz”.

Y fue ese Sábado tarde cuando caí en cuenta que la vitrina llevaba ya más de un año sin que nadie la utilizara. Tratábase de una cartelera con cubierta de vidrio en la que nadie se había preocupado por largo tiempo de renovar las informaciones que supuestamente debía proporcionar. Se trataba de un escaparate olvidado en un uno de los rincones más concurridos del colegio. Podría decirse que los dos identificamos nuestras orfandades y no estoy seguro, si fui yo el que se quedó mirando esa tarde la cartelera; o, si fue más bien ella, la cartelera, la que se había estado fijando desde hace mucho tiempo en mí…

Lo cierto es que esa misma tarde comenzó el romance; y, como sucedía en ese entonces con los romances, tuve que acudir a su dueño para poder visitarla ocasionalmente. Aunque mi verdadero propósito no eran las visitas ocasionales, sino la posesión permanente. Fue un amor a primera vista; pero, como a menudo sucede con esos enamoramientos adolescentes, se inició con gran ímpetu, para pronto desvanecerse como suele suceder también con las fogariles llamaradas.

Así fue como el rey me concedió permiso para poseer a mi adorada princesa y desde la semana siguiente la vitrina pasó a ser mía, completamente mía; o quizás no había yo caído en cuenta que desde entonces, había sido yo el que pasaba a ser suyo, completamente suyo… Puse entonces todas mis ilusiones y mis ideas al servicio de la cartelera, cuya mas importante aspiración era la de servir como un medio para interesar a mis compañeros de colegio. Sólo me impulsaba el afán de convocar y de provocar, de compartir y de inspirar. Mi propósito era motivar, persuadido como estaba de valores absolutos como la libertad y el personalismo.

Como símbolo de que ése representaba un escorzo de mis primeros pasos, el título del periódico mural vino casi sin proponérmelo: “El Escarpín”. El elemento del atuendo infantil representaba así el instrumento germinal que había optado por utilizar para dar rienda suelta a mis iniciales trasiegos como comunicador. Y… quién sabe, si como escritor o periodista! Fue así como junto al curioso título, adorné la vitrina con un diminuto zapatito tejido en lana que había tomado prestado de los trabajos de puericultura de una de mis descuidadas primas.

Fui entonces el primer director de “El Escarpín”. Pero fui también su exclusivo editor, su único fotógrafo, su solitario comentarista, su único corresponsal, su aislado jefe de redacción y el solitario encargado de las secciones de humor e información deportiva. En mi candidez e ingenuidad no había empezado por garantizar la colaboración de los demás, celoso talvez de que sólo fuera mía la maravillosa princesa. Pronto dejé morir el romance y abandoné a la amada en las oprobiosas manos de la soledad y en los oscuros calabozos del olvido.

Fue caldo de un solo hervor. Y fue también, más tarde, sólo un triste recuerdo y una valiosa lección; la recriminación en el futuro de mi propia inconstancia; el recuerdo de esa ausente perseverancia que requieren las sencillas empresas para marcar un tiempo y trascender hacia el futuro. El escarpín, para mí, dejó entonces de ser un símbolo de iniciación; y pasó a ser sentencia condenatoria que me habría de recordar siempre de la advertencia bíblica, que “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. Ahí quedó el escaparate, a la espera de un nuevo pretendiente; o quizás a la espera de que yo reconociese mi error y devolviera un día a su dueño lo que yo nunca debí haber declarado mío...

Al recordar esa cristalina cartelera, tengo a la fuerza que recordar otra que me envolvió una mañana de escuela con la tortuosa pátina del oprobio y del escarnio; y que siempre se quedará en mi memoria envuelta en la húmeda película de los humores orgánicos y de las lágrimas. Fue en cuarto grado de escuela, después del recreo de la mañana. Yo me había destacado en ese intermedio con un par de certeros lanzamientos de baloncesto. Me sentía en el cielo, sin saber lo que más tarde me esperaba…

Cuando regresé al aula, aún con los postergados rescoldos de mi infantil ímpetu deportivo, salté estirando el brazo, golpeando la cartelera donde había escrito el profesor los cuadros sinópticos con la conjugación de los verbos terminados en “ar”, en claro ademán que representaba mis indisputados atributos basqueteros. No tardé en comprobar, para mi horror, que la cartulina cedía de su soporte en la pared donde había sido colocada, y se desprendía del armazón de madera que en forma frágil la sustentaba!

Fui automáticamente “invitado” a abandonar la sala de clase, con la ominosa advertencia de que no podría retornar a ella hasta que volviera con el cartel reparado y en su condición original. Demás está por mencionar que no podía retornar a la casa con el testimonio de mi impensable travesura y con las huellas evidentes de tan grave falta… Decidí entonces no ir a almorzar a la casa y me quedé en la escuela, llorando mi angustia y mi pena, esperando que mi profesor concluyera su almuerzo para confesarle mi arrepentimiento y para declarar mi imposibilidad de costear los gastos involucrados en la reparación de la cartulina con su inolvidable contenido de gramática.

Mientras esperaba junto a la grada, dispuesto a trocar un castigo escolar por el más severo que me hubiera esperado en la casa, me entraron unas ganas incontenibles de ir al baño, para poder relevar así toda la angustiosa espera que había soportado esa ignominiosa mañana. Sólo para descubrir, para mi renovado horror, que la cartelera a más de desprendida, ahora también se encontraba mojada!

Cuando salí del lavatorio, me encontré con el maestro que ahora me observaba con una mirada de magnanimidad y bienaventuranza, pero al ver su cuadro sinóptico ya difuminado con mis efluvios accidentales, sólo atinó a bosquejar una sonrisa de desesperanza. Así aprendí a conjugar. Así aprendí que cuando entre a clases después de jugar, no tengo que ponerme a saltar, porque las carteleras se pueden arruinar, y en la casa me pueden castigar; que tampoco ya nada se puede arreglar si mojo los carteles por ponerme a llorar, y no me aguanto y me voy a orinar. Sí, así fue como aprendí la conjugación de los verbos terminados en “ar”… en una insólita y desafortunada mañana de primaria!

Anchorage, 27 de Junio de 2010
Share/Bookmark

08 junio 2010

Cocinando con Alberto

Sí, no contarán a nadie, pero es hora de confiarles un secreto. Hay algo que a mí me fascina: me encanta cocinar! Hoy mismo, estoy preparando un pequeño librito titulado “Diez fáciles recetas para seducir a las mujeres”. Por favor, no vayan a confundir; el titulo no es “Diez recetas para seducir a las mujeres fáciles”… Ellas no requieren de ser seducidas, ni tampoco necesitan ponerse a cocinar! Entrar en la cocina fue, para mí, una obligación desde cuando yo era niño. De adulto soltero (o llanero solitario) fue una especie de obligada necesidad. Hoy, a mis años y ante las circunstancias, siento que es una oportunidad para el goce de los placeres sencillos de la vida; una civilizada posibilidad, una oportunidad para el disfrute con plenitud; una opción para el ejercicio de mi manera de vivir, de mi manera de ser… Cocino, luego existo. Cocinar es vivir, cocinar es amar!

Esto de ejercitar los trasiegos culinarios es en cierto modo una contradicción. Pues, el disfrute de las cosas sencillas de la vida, depende muchas veces de la circunstancia de saber satisfacerse con cosas simples. Cocinar no siempre es simple. Sin embargo, cuando uno repite y va perfeccionando lo que hace; aún las cosas complejas, pasan de pronto a parecer simples. Y este ejercicio con los sabores hasta que lo complejo resulte simple, es justamente, es precisamente, lo que nuestra civilización ha dado en llamar “saber cocinar”.

Son muy sencillas mis recetas. Por lo menos, gran parte de ellas. Todas son extremadamente fáciles si cuento con los ingredientes adecuados. Hay ciertos elementos básicos en mi cocina. Son todos ingredientes imprescindibles. Están siempre allí; ellos nunca pueden faltar. Es imposible cocinar sin un buen aceite de oliva, sin una buena mostaza, sin las yerbas y los condimentos necesarios. Nada tan inconveniente como ponerse a preparar algo, para entonces descubrir que hay que salir a la carrera a comprar lo que desde el principio debió estar siempre allí, lo que nunca debía faltar.

Así como hay ingredientes que forman la base de los refritos y caldos en los que sustentamos la preparación inicial; hay también ciertos sabores que, de acuerdo a la receta, nos van proporcionando elementos que jamás deben estar ausentes en la cocina. Sólo menciono unos pocos: azafrán, mostaza, pimentón, tarragona, tomillo, romero, limón, crema de leche, vino. Nada tan inconveniente como ponemos a preparar un “strogonoff de carne”, para descubrir, sólo al final, que nos hacía falta la crema de leche que iba satisfacer el toque final.

Nada tan fácil como preparar un “cerdo a la naranja”, por ejemplo. O unos buenos y deliciosos “tacos al alambre”, estilo mejicano (perdón por el pleonasmo; pues, decir “tacos” debería eximirnos de la necesidad de mencionar la nacionalidad). En ambos casos, la receta básica se satisface con tres o cuatro elementos simples, que solamente requieren ser combinados con propiedad. La pequeña diferencia entre sabroso y realmente delicioso, podría estar dada por la presencia de ciertos elementos adicionales que darían a la receta la condición de su preferencia y que constituyen el toque final.

Los japoneses han perfeccionado algo tan simple como “empanizar” las carnes. Su secreto consiste en un simple proceso de saturar el filete en maicena y luego humedecerlo en huevo, antes de envolverlo en la miga de pan. Los italianos han elevado la preparación de sus salsas, basadas en un elemento ajeno como es el tomate (que es americano) a niveles realmente deleitables. Ellos combinan elementos básicos como el ajo, la cebolla y el pimiento, con los tomates y ciertas yerbas frescas para así aderezar sus pastas; estas, cuando están bien preparadas, no requieren ya de ningún otro elemento de cocina, ni de ningún ingrediente adicional. Los franceses prefieren las reducciones, las pimientas y las mostazas. Los árabes y los españoles prefieren no entrar en la cocina si han de prescindir de las hebras de un rojo, fresco y bien perfumado azafrán.

Pero, no sólo se trata de elementos básicos y buenos condimentos. Se precisan también buenas cacerolas y sartenes. Y… cuando se trata de preparar las carnes e ingredientes, que han de ser la base de refritos y caldos, se requieren también buenos, confiables y bien afilados cuchillos, que han de hacer nuestra culinaria tarea, más simple, más efectiva, más fácil de disfrutar. Los mejores “chefs” en el mundo recomiendan con frecuencia la marca japonesa “Global”; pero, a fe mía, que nada es tan fácil como cortar en la cocina con un blanco y filudo cuchillo de cerámica. Quien no ha usado uno de estos maravillosos instrumentos que parten como un escalpelo, simplemente no ha cortado nunca. No sabe lo que es cortar!

Algunas de mis recetas son muy simples, como las antes mencionadas. Pero, cuando las complejas se repiten, pasan también a caracterizarse por su relativa y sorprendente facilidad. Aquí van unas pocas de mis preferidas: estofado de carne a la provenzal, paella española, pasta de tomate a la toscana, strogonoff de carne, cerdo a la naranja, bife a la bourguinon, menestra de cerdo y lentejas, ceviche de tiburón o pescado, tacos al alambre, pasta al risotto. En fin… les dejo la boca hecho agua, que ya me llaman de la cocina. Me voy que me espera el “Beurre manié” y se me quema! Me voy que tengo que cocinar! Avísenme como les quedó la boca. Y, no se olviden que el vino es siempre preferible ponerlo a oxigenar!

Buen provecho!

Shanghai, Junio 5 de 2010
Share/Bookmark

28 mayo 2010

Ensayo de la travesura

Le llaman todavía “Mullito”; y hoy es el día de su nuevo cumpleaños. Lo del apodo le viene por el color de su pelo, cuando era niño, que se asemejaba al resplandor de esas lentejuelas doradas con que adornaban las vestimentas de fantasía a mediados del siglo pasado. Hoy el color de los mullos se ha disipado; su cabello se ha ido tornando gris; y, como él no es de aquellos que son proclives a “lanzar una canita al aire”, no ha podido tampoco acogerse a ese curioso orgullo que parecen exhibir los calvos.

Fue por unos años mi compañero de travesuras. Cuando aquellas acciones aún se las cometía sin malicia; vale decir sin responsabilidad, sin el deseo de herir o de lastimar; sólo por el afán de divertirnos y quemar nuestro solitarios y aburridos días de vacación, allá en los años de nuestra lejana infancia. Sin querer asumir burla contra nadie; y tampoco culpabilidad. No fueron nunca barrabasadas, ni fechorías. Fueron, a lo sumo, inocentes pillerías. Trastadas que nos unieron como hermanos y como conciudadanos del país de la travesura. Formas sutiles de deletrear la palabra TRAVESURA. Antes, mucho antes que yo fuera aprendiendo la conjugación completa del verbo travesear.

No sé si por ese entonces ejercitábamos la sutileza, la sagacidad y el ingenio. Porque creo, más bien, que lo que en esos días de infancia nos empujaba era, más que la curiosidad, nuestra propia ingenuidad. Nada más maravilloso en la vida que ser travieso y poder ser inocente, a la vez. Pero ese privilegio de combinar la inocencia, o la ingenuidad, con la fechoría, esta reservado a los niños pequeños y es ahora sólo parte de los recuerdos de nuestra infancia. Una maravillosa realidad que ya no vuelve; y que quizás ya nunca más volverá.

Creo que desde que cruzamos la adolescencia, ese jardín donde los senderos se bifurcan, él ha dejado ya de cometer travesuras. O, por lo menos, las comete sin que nadie siquiera lo advierta. Por eso es que “me han contado” que, para hacer travesuras a nuestros años, se requiere de actuar con inocencia; y que al carecer de ella, es imprescindible no caer en la ingenuidad… Receta ésta, un poco difícil de retener; y además bastante cínica; por lo que talvez sea mejor renunciar para siempre al seductor mundo de la picardía, cuando optamos por conjugar al más travieso e incorregible de los verbos: el verbo “travesurear”.

En mis tiempos de escuela yo había aprendido un método memorioso, revisado por el Papa Gregorio, para recordar las iniciales de los llamados siete pecados capitales. Estaba basado en la primera letra de siete palabras en latín y se asemejaba a un nombre femenino. La palabra era SALIGIA; era el recurso mnemotécnico para enumerar los siete pecados principales: “superbia, avaritia, luxuria, ira, gula, invidia, acedia”. En castellano, estas palabras se escriben en forma casi idéntica: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Nuestras travesuras de niños nada tenían de estas concupiscencias. Nada tenían que ver con los pecados capitales. Eran sólo eso: inocentes y nunca mal intencionadas travesuras.

Cada año mi hermano Luis Eduardo me da la oportunidad de ser, por unos pocos meses, sólo un año mayor a él. En otras palabras, crea en mí la engañosa impresión que ahora es casi tan viejo como yo. O, dicho con más exactitud, de que soy tan joven como él. Esto, a pesar de que con alguna frecuencia ahora me preguntan que con cuántos años me lleva mi hermanito mayor… Y es que, aunque “tengo el pelo completamente blanco” (como en la canción mejicana), noto que la circunstancia de no tener canas en las cejas, crea probablemente la incertidumbre de si todas las demás canas que ya exhibo, representan mi verdadera edad; o, quién sabe, si solamente denuncian mi cuota de experiencia…

Los seres humanos no somos perfectos. Todos cometemos pecados, todos nos equivocamos. Nadie es infalible, ni siquiera el Papa de Roma. Quien diga que nunca peca, que nunca lastima o se equivoca, es únicamente un cándido que ha perdido su condición de mortal. Lo importante, lo verdaderamente importante, es tener el propósito de volver al sendero correcto, para no herir a los otros, para no lastimar. Recordando siempre que vivimos para tratar de hacer el bien, para hacer más fácil la vida de los demás. No solamente para la profesión estéril de evitar el hacer el mal. Vivimos para tratar de seguir ejerciendo el sublime oficio de la travesura. Una travesura contagiada de cándida inocencia; aunque esta esté avecinada a la huella nunca vergonzante de la ingenuidad.

El poeta chileno Pablo Neruda escribió un libro de memorias en prosa al que tituló: “Confieso que he vivido”. Muchas veces me robo el titulo para decir “confieso que he sido travieso”. Pero de esas travesuras… muchas veces, ni siquiera me quiero acordar! El proceso expiatorio es muchas veces muy largo y complejo. El arrepentimiento conlleva un camino tortuoso, que parece nunca concluir, que parece nunca terminar: Examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de enmienda, confesión de boca y cumplir la penitencia impuesta por el confesor! Cinco largos pasos, para una sola promesa: “les juro, por Diosito Santo, que no vuelvo a portarme mal!”

Confesarse es tan complicado que el arrepentimiento que involucra es a menudo empequeñecido por otro arrepentimiento: el de haber decidido irse a confesar. Pero confesarse, al igual que arrepentirse, tiene un atributo catártico; una condición curadera que desemboca en el aliviante propósito de volver a escribir la página desde que estuvo en blanco, el gratificante propósito de volver a proponerse, el estimulante artificio de estar en condición de volver a empezar!

Amsterdam, 29 de mayo de 2010
Share/Bookmark

05 mayo 2010

Cuando se caen las estrellas

Los vuelos nocturnos suelen ser muy largos. Son a veces tediosos, a más de largos e interminables. Hay, ocasiones, en que siento una lucha por mantenerme alerta y despierto. En la semioscuridad de esa obligada nocturnidad, hay una como simbiosis luminosa de contrastantes elementos: son las pantallas e instrumentos de navegación y ese admirable entorno que regala el mágico e inconmensurable universo. Hay pocas instancias en la experiencia de vivir que definan mejor el sentido de la palabra “infinito”. Ninguna que sustituya la de apreciar el cielo nocturno desde la cabina de un avión en vuelo; desde ese mirador concedido al aviador como un incomparable e irrepetible privilegio.

Hay noches que nuestra propia galaxia luce el derroche de sus luminosos esfuerzos. Están ahí todas las constelaciones que nos regaló el Creador, esas formas celestiales que interpretaron los babilonios y que dibujaron los griegos. Están ahí, el guerrero Orión; la Osa Mayor y la Osa Menor; Pegaso, el caballo alado; Escorpión, Sagitario; en fin… todas esas brillantes y sugestivas figuras que dieron origen a la anciana mitología y a la moderna ingenuidad de creer en la fortuna, sobre la base del mes del calendario en que se haya registrado nuestro nacimiento… O, a la de supeditar nuestra confiada esperanza a que nuestras realizaciones estarán relacionadas con el caprichoso desplazamiento de los astros en el firmamento!

Observo desde ahí arriba lo que queda aún más arriba. Me pregunto, por qué será que llamamos a nuestro gran conjunto de estrellas “Vía Láctea”. Y me averiguo también, por qué no se nos ha ocurrido identificarlo con un nombre más poético. Descubro que al decir Galaxia, decimos lo mismo que Vía Láctea, que no es sino la traducción latina del primer término. Sugiero entonces, que estamos en una galaxia llamada Galaxia; un innecesario y curioso pleonasmo, o una redundancia evitable, en espera de un nombre más adecuado y más moderno. Pero… más allá de las etimologías y del sentido de las palabras, resulta sorprendente el poder apreciar esa inmensidad indescriptible que exhibe este infatigable Universo. Un Universo que parece tan ajeno a nosotros, estando al mismo tiempo, tan cercano; y, siendo, por lo mismo, tan “nuestro”.

Cuando considero que nuestra galaxia contiene cientos de billones de estrellas o sistemas solares; se me hace menos difícil comprender que hay también millones de galaxias en el fascinante Universo. Al reflexionar en sus números y distancias; caigo necesariamente en cuenta de nuestro insignificante tamaño. Esto crea una extraña sensación de humildad. Un raro e inenarrable sentimiento!

La única certeza en ese desierto sideral de arena, es que sólo somos un grano pequeño. Un cuerpo diminuto. Sí, eso, un grano ínfimo, alejado y pequeño! Y… en medio de ese sorprendente cielo interminable… reconozco lo limitado que es nuestro sistema, con sus dimensiones tan reducidas y tan modestas!

No obstante, en medio de esos intermitentes fulgores y resplandores; en medio de esta inmensidad; hay algo más que se desplaza en este prodigioso paisaje del cielo: son aquellas estrellas “que se caen”, las estrellas fugaces; los sorprendentes y veloces meteoritos. Entonces, así como reflexiono en que hay noches que estas “estrellas” se caen desde el cielo; recuerdo que, siendo todavía un niño, vi caer una “estrella”, en una tarde de travesuras y de juegos… Lo recuerdo como una de las tardes más apremiantes de mi infancia; como uno de esos momentos que se definen en la vida por la angustia compartida, la imaginación y la fraternidad. Porque ante las tragedias, que casi siempre son casuales; la vida se determina siempre por la sensibilidad humana y por la ternura de los sentimientos.

Compartíamos una tarde con mi hermano menor. Éramos todavía muchachos; teníamos no más diez y doce años, según creo. Éramos probablemente unos jovencitos inquietos, curiosos y traviesos. Eran quizás los meses libres del verano y estábamos cansados de distraernos en casa con el “Monopolio", las “carreras de bolas” y de jugar “a la escuela”, en esas semanas de vacaciones con nuestros ya usados libros y cuadernos… Nos estaba prohibido saltar al frente, a jugar en el patio de nuestra propia escuela, donde un celoso guardián de catadura indígena y de formación militar, se resistía a dejar pasar a todo aquel que quisiera “patear la pelota”, en esos recintos que estaban tan cerca y que desde siempre nos advirtieron que eran ajenos.

Mas, esa tarde poco feliz, el “Mashca”, como apodábamos al probable sargento, nos sorprendió con su inesperada anuencia y nos dejó pasar sin problemas al interior del colegio. Cruzamos el portón y pasamos a disfrutar de esos patios y corredores que en forma inesperada, con los Hermanos ausentes, pasaron una vez más a ser declarados “nuestros”!

No habíamos caído en cuenta, sin embargo, que una perrita que tuvimos por esos tiempos, nos había seguido hacia la escuela y se había incorporado al inusual permiso del sargento Anselmo. La mascota se llamaba “Estrellita” y vino esa tarde a desahogar su inquietud, a dar rienda suelta a su deseo de libertad, a perseguirnos y a saltar todos los obstáculos con que se encontró allí adentro. Si, para nosotros, salir a jugar en patio ajeno era una falta grave… Sacar a la calle a ese animalito, que era el consentido en la casa, era merecedor a la más dura de las reprimendas, era exponernos a desafiar un castigo de los más severos.

Corre y corre estuvo la Estrellita; va y viene, en atropellada y loca carrera; salta por aquí y salta por allá. Sube y baja las gradas de esos inexplorados y enormes espacios, llenos de extraños recovecos, como eran los rincones del colegio. Hasta que, de pronto, oímos los gemidos del animalito, llorando su dolor y pidiendo ayuda con desesperados lamentos. La “Estrellita” había saltado un obstáculo ciego y había caído desde un corredor al patio inferior, tres pisos más abajo, desde una altura de más de diez metros! Yacía ahora, ahí abajo, sin poder moverse, con una patita rota y los suplicantes ojos entornados hacia nosotros y hacia el cielo!

Bajamos apresurados a rescatar a nuestra “Estrella”, sólo para comprobar que no se podía movilizar, caída como estaba sobre el duro pavimento. Tenía rota una pata y lastimados un par de huesos. La tomamos en brazos, sabiendo que no podíamos regresar a casa a entregar esos lastimeros y lamentables restos. Acudir a una clínica veterinaria estaba fuera de nuestras infantiles posibilidades y hubiera implicado la confesión de nuestra desobediencia en ese infeliz episodio de mis recuerdos. Entonces decidimos, acudir con el perrito en brazos, a una facultad de veterinaria, donde unos bondadosos estudiantes nos ayudaron con sus curaciones y cuidados, al comprender la situación de nuestro infortunado y penoso momento.

Había casi oscurecido cuando regresamos a casa, “luego de jugar en la escuela”. Traíamos con nosotros una perrita adolorida, con una pata entablillada. Fue la tarde que una estrella sobrevivió, a pesar de que se había caído desde el cielo!

Chicago, 5 de Mayo de 2010
Share/Bookmark

30 abril 2010

De rimas, “ancorajes” y paisajes

No sé porque me recuerda tanto a Riobamba esta ciudad americana! Quizás sea algo que tenga que ver con el paisaje o con el trazo cuadriculado de sus poco transitadas calles. Anchorage es una ciudad plana, rodeada de hermosos y blancos nevados. Se ha convertido ya en una estación utilizada con preferencia por los operadores aéreos intercontinentales como centro de operación logística; tanto para el abastecimiento de combustible, como para el reemplazo de las tripulaciones. Por este motivo, llego con frecuencia a esta pequeña ciudad; no siempre para disfrutar de su cambiante y caprichoso clima, pero siempre para sorprenderme con su privilegiado y acogedor paisaje.

Existen muy pocos edificios altos en esta ciudad que se creería que es la capital política de Alaska (la capital oficial es Juneau, ubicada al meridión). Este es un estado cuyo inmenso territorio fue comprado hace ciento cincuenta años a Rusia por algo más de siete millones de dólares. Monto que representaría el irrisorio equivalente a algo así como dos centavos de dólar por acre; o, lo que es lo mismo, cinco centavos de dólar por hectárea! Alaska tiene un nombre poético; querría decir algo así como “tierra hacia donde se dirige la corriente del mar”, en el idioma de los habitantes de esas islas vecinas que separan al Mar de Bering del Océano Pacífico y que prolongan la silueta de esta enorme península americana. Son los territorios volcánicos conocidos como Islas Aleutianas.

Menciono que existen sólo unos pocos edificios altos en esta “Ancoraje”, que, como el término implica, no quiere decir otra cosa que “anclaje”. Esto de la renuncia, y renuencia, a construir estructuras elevadas, probablemente sea una medida precautelar frente a la posibilidad de un nuevo y devastador terremoto como el ocurrido un Viernes Santo, hace sólo cincuenta años. Según los entendidos, ese sería el tercer terremoto más grave de los registrados en el mundo desde que se hace medición de este tipo de desgracias naturales. La gente mayor no olvida todavía los cinco minutos interminables de esa experiencia traumatizante. La gran ironía es que me alojo aquí en un cómodo y bien ubicado hotel, donde en forma invariable me ofrecen siempre una habitación en los pisos superiores…

De modo que, aunque Ancoraje rime con paisaje; es preferible estar prevenido para enfrentar el riesgo de esa intimidante posibilidad, la de los sacudones telúricos o geológicos. Por lo que siempre tengo en cuenta y recomiendo que:

Cuando el temblor y el pánico en maridaje,
Confundan la mente y debiliten el coraje,
Tengan calma, bajen, olviden su equipaje,
Que es hora de partir y de irse ya de viaje!

La ciudad esta ubicada hacia el norte del paralelo sesenta; es decir, constituye uno de los centros poblados importantes más cercanos al polo. Esto determina dos circunstancias especiales: el clima y la duración de la claridad del día, de acuerdo con la época del año. Aquí, veranos agradables y benignos contrastan con inviernos rigurosos y muy fríos, que lastiman con sus continuas nevadas y sus vientos gélidos y pertinaces, durante toda esta última estación climática.

Del mismo modo, la inclinación relativa de la tierra con respecto al sol, determina aquí días muy cortos o muy largos, de acuerdo al mes del calendario. De manera que, así como en algunos meses oscurece antes de las cuatro de la tarde; también se puede disfrutar, en el solsticio de verano, de la claridad natural del día bien pasadas las diez de la noche. Pero no recomiendo el trasnocharse, bajo ese cautivante cielo de color azul cobalto, pues se hace otra vez de día, también muy temprano: más de tres horas antes de lo que pasaría en nuestras madrugadas tropicales.

Hay noches que una estela luminosa va difuminando su brillo cual sinfonía de colores con sus tenues desplazamientos relampagueantes. Parece un extraño y multicolor manto de novia que se va agitando con su resplandor lúdico y trashumante. Es la aurora boreal: un juego de luces, electricidad, magnetismo y juguetona inquietud producido por los vientos solares. Llaman a este cambiante arco iris, The Northern Lights. Más de una vez he podido presenciar en vuelo este espectáculo irrepetible y fascinante. Es como si el sol hubiera decidido reaparecer, de pronto y en medio de la noche, por donde no había estado previsto. De golpe, una cortina de colores ondulantes parece rendir su danza reverencial a Aurora, la diosa tutelar de las madrugadas. Estas traviesas y admirables “luces del norte” constituyen la más sorprendente manifestación que pueda tener la naturaleza en las semanas cercanas a los equinoccios estacionales.

Mi lugar de alojamiento tiene vista, según la ubicación de la habitación que el azar me otorgue, a los cuatro puntos cardinales. Compiten en belleza de paisaje, las praderas, las montañas y el resplandor de espejo que emiten las tranquilas aguas de la bahía de Anchorage. Cuando la fortuna me es esquiva, me asignan una recámara que está ubicada frente al cementerio. Es un camposanto sencillo, sin lapidas llamativas ni cargados monumentos funerarios. Los mausoleos han cedido paso a la humildad de los sepulcros modestos y callados.

Cuando me despido, aprecio una vez más el peregrino paisaje; disfruto de este cielo límpido que expande la mente y el espíritu. Me preparo otra vez para tomar uno de mis vuelos rutinarios. Miro hacia abajo, hacia el desolado cementerio y no dejo de preguntarme si la frase final de Pueblo Blanco, la canción de Serrat, estará también tomada de los nostálgicos versos de Antonio Machado. Algo me dice que ahí no encaja un pronombre; y entonces, luego de corregirlo y de averiguarme si son los muertos o somos nosotros los que estamos en cautiverio, opto por tararear la frase postrera y resuelvo que:

…“Los muertos están en cautiverio, porque no los dejan salir del cementerio.”

Anchorage, 29 de Abril de 2010
Share/Bookmark

25 abril 2010

Nomenclaturas

En los últimos días he estado firmando estas notas desde ciudades y lugares cuya escritura castellana es un tanto diferente. He escrito, por ejemplo, Shanghai; añadiendo una “hache” intermedia, que resulta ajena a nuestro idioma. O, he usado Anchorage, a pesar de que he estado tentado a deletrear Ancoraje, palabra nuestra que quiere decir lo mismo, es decir anclaje (en inglés, anchor se pronuncia “ancor” y quiere decir ancla). De modo que, antes de seguirlo haciendo; o de revisar este procedimiento, me gustaría hacer unas pocas reflexiones respecto a la nomenclatura de ciertas ciudades que se conocen en forma distinta, de acuerdo al idioma en que sean mencionadas.

Como contaba alguna vez mi cuñado Juan (QEPD), el caso más sorprendente quizás resulte el de esa ciudad occidental de Alemania escogida por los reyes germánicos, para ser coronados durante gran parte de la Edad Media. Me refiero a una pequeña ciudad favorecida por sus baños termales que los romanos habían bautizado en latín como Aquis-Granum. Era esta una ciudad preferida por un rey franco, a quien luego convirtieron en santo: Carlomagno (pocos conocen cual fue la fuente de su santificación; y ya nadie se acuerda que lo nombraron santo). Él ordenó la construcción de su catedral en el siglo octavo y ya para esas épocas, la palabra Aquis, o Aachen en alemán, se había deformado en el francés Aix. Así es como Aachen paso a ser conocida en francés como Aix-le-Chapelle.

No sorprende tampoco que haya devenido en Aquisgrán o Aquisgrana, como se la conoce en los idiomas latinos. Aachen, o Aken, o Akwizgran, o Aix-le-Chapelle, o Aquisgrán fue la ciudad preferida por quinientos años por los reyes germánicos, sabedores como eran de que su coronación implicaba una distinción más importante: la regencia del Sacro Imperio Romano. Pero lo que aquí importa no es la historia, sino esta como manía, este complaciente relajamiento que en los distintos idiomas, nos lleva a deformar los nombres originales por el sólo beneficio de una pronunciación que fuera más entendible y fácil de expresar.

Es comprensible la traducción directa (Países Bajos, por ejemplo) y aún el cambio por aproximación fonética (Borgoña, Bretaña); pero… qué marca la aproximación o el exceso? Es necesario y justificable que digamos Inglaterra en lugar de England, por ejemplo? Y, como traducir o aproximar Dutchland o Netherlands, que es como también se conoce a Holanda? Quizás como Ducterra? No sé! En todo caso, me pregunto, es todo este esfuerzo arbitrario y antojadizo realmente deseable y conveniente?

Corea, para citar un caso de los que conozco, se autodefine como Han-Guk (la tierra de los Han), donde se habla el Han-Gul (lengua de los Han); pero hemos preferido llamarle con un término que resulta más fácil de recordar y pronunciar. En uno de los últimos mundiales de futbol, los aficionados japoneses no coreaban a su equipo con el grito de Japón, Japón; lo que se oía era un Nipón, Nipón, que a veces sonaba más como Ilpón, Ilpón! Yo mismo, me lleve la sorpresa de mi vida una tarde en Boston, cuando me invitaron a ver al incorregible señor Maradona y a su compañeros de la selección argentina de fútbol, que se enfrentaban, en un estadio, acondicionado para el efecto, a la débil selección de Grecia. Las barras del equipo europeo estimulaban a su escuadra con el canto de Hellas, Hellas! Tardé poco en darme cuenta que esta era la palabra que los identificaba como al pueblo de los helenos: los vecinos inmemoriales del Egeo.

Cuando he ido a la tierra de mis probables antepasados (Vizcaíno es vasco) no deja de llamarme la atención cómo el término vasco Bizkaia (Vizcaya) se haya transformado y alterado con tan sólo pasar a otro idioma vecino como el castellano. Resulta contradictorio pero el término es mejor respetado en el inglés (Biscayne) que en las lenguas españolas. Mi apellido mismo, que supuestamente es un apelativo toponímico, no obedece a la forma como los de Euzkadi (el país de los vascos) conocen a su tierra. Y es que en España en un tiempo se dio por apellidar de ese modo a quien parecía provenir de esos lares.

Pero, como lo comprobé en Santander que está en Cantabria, no odos los vascos son “vizcaínos”, aunque todos los vizcaínos son necesariamente vascos. Juan de la Cosa, por ejemplo, propietario y capitán del buque insignia del primer viaje de Colón, a lo que después vino a llamarse América, era realmente un cartógrafo que se llamaba Juan de Vizcaíno y que no era vasco sino cántabro!

Pero no quería hablar de historia ni de genealogías. Quería hablar de la deformación que tienen las palabras que definen la toponimia; y como estos nombres se van deformando en forma caprichosa con la traducción o la necesidad de pronunciarlos en otro idioma; y me ha pasado como con los sueños y los delirios, que uno se pasa de una parte del cuento a la otra, sin que medie ninguna relación o nexo. Pero, así como me sorprende cuando se hacen traducciones caprichosas, también me llama la atención cuando no se las hace. Los Estados Unidos están llenos de pueblos y localidades que llevan nombres en otros idiomas, especialmente en español, y nadie ha hecho (felizmente) ningún esfuerzo por traducirlos o por intentarlo. Muestras al canto: Los Ángeles, Las Vegas, Palo Alto. Nadie, que yo sepa, está interesado en cambiar estos nombres por “The Angels”, “The Lowlands” o “High Stick”...

Lo que he empezado a sospechar es que estas variaciones en la morfología o la estructura de las palabras, tienen también un fundamento anatómico. Ciertos idiomas requieren de una como predisposición de la lengua y la garganta para obtener una pronunciación auténtica y adecuada. Los latinos tendemos a pronunciar la “a” inglesa como una “a” abierta, cuando su pronunciación en esa lengua es, en la mayoría de los casos, casi la de una “e”. Los italianos se “comen” las haches en inglés (no dicen “heading home”, por ejemplo, sino que pronuncian “eding ome”). Los coreanos terminan sus palabras siempre con una vocal; se les hace fácil decir “lunch” o “approach”, dicen algo parecido a “lonchu” o “approachu”.

Para los chinos es virtualmente imposible pronunciar mi nombre, “Alberto”. Las “eles” y las “eres” son muy suaves y casi no se discriminan en el mandarín y en los dialectos chinos. Así que pronuncian cualquier cosa, menos Alberto. Dicen algo que suena más o menos como “chin-chin”, que se escribe más o menos así: 庞锁会; y que talvez quiera decir solamente eso. O sea, “chin-chin”…

Anchorage, 26 de Abril de 2010
Share/Bookmark