04 noviembre 2010

Refugio de alta montaña

Se están casando los hijos, los hijos se están casando. A menudo uso el símil del refugio de alta montaña para referirme a la condición pasajera y circunstancial de sus realizaciones. Digo que muchas veces advenimos a ellas con el espejismo de que son la meta que anhelamos; sólo para descubrir que no hemos llegado a la cima del promontorio; sino tan sólo a un refugio de alta montaña que nos ha de servir para refrescarnos y tomar nuevos impulsos que nos llevarán a culminar el ascenso que nos satisfará con la plenitud de la conquista del punto más alto.

Conquista fugaz, transeúnte, momentánea, por lo demás; porque si algo hay de seguro, cuando uno ha conquistado la cumbre, es que ya tiene que pensar en el regreso, tiene que anticipar que ya tiene que ir bajando… Vista así, la cima no deja de tener su ironía, su moraleja y su paradoja. Una graduación, un triunfo profesional, el éxito en un negocio, un compromiso matrimonial; todos estos logros y acontecimientos, a los que damos tanta importancia, se caracterizan por la misma impronta: son un refugio de alta montaña, un recurso para llegar al cenit de nuestra humana aspiración, para saborear la plenitud de la victoria.

Si el disfrute de la cima es fugaz y vertiginoso; si por saborear la sensación de haber culminado el ascenso, hemos afrontado el riesgo y la incomodidad, sólo por vivir esos segundos de contemplación y sensación de asombro, donde a pesar de la felicidad, nos acompañan también el frío y los amenazantes vientos; qué podemos decir del refugio que ha quedado allá abajo, de ese abrigo temporal que fue el tranquilo paradero que quedó en las faldas de la montaña…

Es que el matrimonio no es en sí un objetivo, ni una meta, es ante todo un medio para prepararse para otra conquista; es un recurso para abrigarse, fortalecerse y prepararse para atacar el elusivo y difícil objetivo. Allí, en ese abrigado refugio, se hacen los planes finales para “atacar” la cumbre, se pergeñan las estrategias para escoger el eventual equipo, para decidir el más adecuado de los senderos, para planificar las tácticas para enfrentar al clima y para prever el mejor uso que se ha de dar a las cláusulas del tiempo… De ahí que resulta tan importante este refugio, aunque con mi anterior prefacio haya parecido que quiero disminuir su valor y trascendencia, y que quiero darle un carácter más humilde y modesto.

Esto de casarse y de subir a la montaña, nos lleva a la inevitable meditación personal de “para qué subimos”, de qué sentido tienen la intención y el esfuerzo. Vivimos para subir o subimos para vivir? Sea cualquiera que sea la respuesta, la renovada pregunta es: para qué vivimos? Para qué nos empeñamos en subir a la montaña? Por qué lo hacemos? No estoy seguro que nadie tenga la respuesta a esta confusa inquisición existencial. Vivimos para buscar la felicidad? Quizás, para tratar de hacer mas fácil la vida de los demás? Para – si somos creyentes – cooperar con el plan de Dios? Yo personalmente no lo sé; pero si sé una cosa: la vida es hermosa y, aunque no tuviera sentido, vale la pena seguirle buscando un motivo. Esa sola búsqueda, hace ya que tenga sentido el no saberlo!

Cuando los hijos se va casando es imposible no rememorar las vivencias que se compartieron en su propia y respectiva infancia con cada uno de ellos. Entonces es inevitable hacer un paralelo: la ilusión y la incertidumbre que nosotros, a su tiempo, también tuvimos: nuestros inusitados planes, los exiguos presupuestos, nuestros renovados proyectos… Ahí es que me pregunto para qué o por qué se casa la gente (ya ni siquiera para qué vive la gente) y me respondo con la sencilla respuesta que les quise siempre dar a cada uno de ellos: “la gente se casa porque se quiere y porque se quiere casar”. Son dos indisolubles requisitos. Y es mejor no intentar subir ni siquiera al refugio si se ha de prescindir de uno de ellos…

Los hijos se están casando, se están casando los hijos… Nada representa y simboliza mejor la relación de filialidad y dependencia afectiva como un episodio que alguna vez viví con uno de ellos. Era él todavía un niño y fue a uno de esos campamentos de verano en que los chicos pasan por primera vez unas noches alejados de sus padres, con la rigurosidad y austeridad que se vive en esos rurales encuentros. Estábamos los padres impedidos de comunicarnos por esos tres o cuatro días con los chicos. La tarde misma de la clausura confundí la hora de recogida y no sólo que no pude asistir a la ceremonia de despedida, sino que sucedió lo más lamentable: me había atrasado en forma irremediable para poder compartir el valor afectivo de este tan especial reencuentro.

Manejé esa tarde como un demente, sintiéndome yo mismo como un huérfano, aceleré mi auto hasta los limites, los que tiene la ley y los que tiene el vértigo. No cesé de culparme y maldecirme, no podía absorber en mi sentido de paternidad, cómo es que había llegado tarde a ese primordial encuentro! Llegué tarde, una hora muy tarde! La ceremonia hacía mucho que ya había concluido y pocos eran los padres que quedaban todavía en los patios de la hacienda donde se había efectuado el campamento. Una sensación de haber fallado como padre era todo lo que embargaba mis propios y afligidos sentimientos…

Cuando llegué a la base de esa cuesta empedrada que daba acceso a la hacienda donde debía recogerlo, encontré que allá arriba, sentado en la yerba, junto a ese camino polvoriento, estaba esperando él, exhibiendo sus temores y expectativas. No llegué a coronar la cuesta, porque el venía ahora con los brazos abiertos y corría emocionado a mi encuentro! Tuve que parar el auto, bajarme y dejar que ese licor del sentimiento me embriagase con todo su poder. Ahí, yo también abrí mis brazos y corrí también a su cariñoso encuentro. Nos fundimos en un abrazo inolvidable que me hizo comprender que Dios había querido que llegase tarde, para que viviera en soledad la indescriptible sensación de esa maravilloso y paradojal momento…

Sí, los niños se están casando, se están casando los niños! Abro mis brazos para acariciar su recuerdo, para estrechar en mis brazos ese valor abstracto y escurridizo que es el tiempo…

Amsterdam, 5 de Noviembre de 2010
Share/Bookmark

Fin de fiesta

Puede decirse que he empezado mi cuenta regresiva. Y es que, si no se extiende el limite de edad para el ejercicio profesional de los pilotos en la República Popular China, este sería quizás mi último año en el Asia y este sería el último año que ejerzo como comandante de aerolínea. No descarto, sin embargo, la posibilidad de continuar “en línea de vuelo” por un corto tiempo adicional, si alguien considera que mi modesto bagaje de experiencia pudiera ser útil, para el desarrollo de las nuevas generaciones de pilotos que ya se están preparando para ser introducidas en ese horno incansable que es el del adiestramiento. Ya lo he dicho muchas veces: enseñar es una suerte de apostolado, una actitud de vida, una condición de servicio que no se puede eludir, a la que no se puede renunciar!

Hace treinta años, siendo un muchacho todavía, y también un recién estrenado comandante de aerolínea, mis bondadosos compañeros tuvieron la generosidad de encargarme la organización de un congreso iberoamericano de pilotos. Si bien es cierto que gran parte de los pasos preliminares ya se habían satisfecho; cayó en mi responsabilidad la siempre interesante y prometeica tarea de conseguir el respectivo financiamiento; y, más tarde, la de coordinar la ejecución misma del congreso y la realización exitosa de las actividades complementarias. La nuestra era en ese entonces una agrupación gremial de escasos recursos, con limitado aporte de la autoridad aeronáutica y de las aerolíneas; pero con un enorme deseo de dejar en alto el nombre del país y de llevar a cabo una convención que sirviera como guía y como ejemplo para futuras actividades parecidas.

El congreso nos dejó la satisfacción de la misión cumplida y el día mismo de la clausura del evento, se me pidió que dijera unas palabras de despedida. Allí, esa noche, en el marco estimulante e inspirador, de la Sala Capitular del convento de San Francisco, agradecí a quienes habían hecho posible el brillo de esta reunión anual; me referí a todos ellos como a “las alas transparentes que permitieron que esa mariposa, que fue nuestra organización, pudiera volar”; y opté por una breve apología del colectivo de pilotos en esa noche memorable.

“Estamos reunidos esta noche – expresé – para decir un canto de despedida; quisiera, sin embargo, que ese canto lo convirtamos nosotros en un himno de esperanza. En esa esperanza, yo reafirmo mi fe porque el piloto sea, y siga siendo, un obrero de la tranquilidad y de la vida; y un artesano, artesano de la seguridad y artesano de la propia esperanza”. Hoy encuentro entre mis olvidados cuadernos este mensaje apasionado y tengo la reconfortante satisfacción de reconocer que me he mantenido fiel a ese propósito filosófico y personalista. Y me refiero al personalismo con intención, pues este no es sino una forma de pensamiento y de filosofía humanista que destaca la disponibilidad frente a los hombres y frente a la colectividad, y que subraya el noble concepto del servicio.

A sólo un año de que “se termine la fiesta” es saludable hacer un balance, tanto en lo profesional, que a veces es accesorio y circunstancial, cuanto en lo que es sustantivo y primordial: lo que tiene que ver con lo humano, lo que define nuestra vida y nuestra transeúnte experiencia. Han sido, en mi caso, más de cuarenta años de vivencias y de nunca interrumpidos aprendizajes. Sí, y lo digo sin asomo de falsas modestias, porque el mío ha sido uno de esos oficios donde uno encuentra casi todos los días que no se había alcanzado a tener todavía todas las repuestas. En una profesión que linda con el riesgo permanente y que tiene que ver con el cuidado y protección de tantas vidas valiosas, hablar de seguridad no es sólo cumplir con un objetivo de excelencia, es ante todo un celo conceptual de protección de la vida y de sublimación de la existencia.

Han sido muchísimos años de estrictos y muy exigentes chequeos médicos, que a veces se han convertido en martirizantes; en ellos uno a veces siente como la profesión, y el mismo sustento familiar, penden de un frágil y delgado hilo. Con la paradoja de que ese hilo delicado llamado “salud” puede tener imperfecciones que estas evaluaciones pueden tener “la ventaja” de detectarlas a tiempo. Pero, va uno a estos exámenes semestrales, con la aprehensión e incertidumbre de sus resultados; a sabiendas que de perder de súbito la licencia para el desempeño profesional, el aviador queda de golpe sin la capacidad de seguir ejercitando esta maravillosa actividad, especie de lúdico entretenimiento en un lugar donde ni siquiera las aves y solamente los modernos aeronautas se atreven.

Ha habido también innumerables chequeos técnicos, para comprobar las aptitudes técnicas y la competencia. Han sido anticipados por una infinidad interminable, y a veces tortuosa, de muy rigurosos entrenamientos. Jamás el piloto se termina de acostumbrar a estas comprobaciones en donde nunca gana, pues el oficio de quien lo evalúa parece ser el de un verdugo que nunca puede estar satisfecho. Su invariable mensaje ha de ser siempre que uno todavía puede mejorar; porque, a sus ojos, es imposible que nos encuentre perfectos! Uno se baja del avión, o del simulador de vuelo, con la satisfacción de que ha asegurado seis nuevos meses de posteriores ingresos; sólo para confirmar que una nueva cuenta regresiva ha comenzado para un nuevo, ineludible e inaplazable chequeo. Y en seis meses más, una nueva evaluación volverá a nuestro encuentro!

Pronto va a llegar una etapa para recordar las vivencias, para meditar y para comentar las múltiples experiencias; con la pena de que esas experiencias, muy probablemente, ya no se las volverá a aplicar… Habrá momentos para recordar los sustos y las incidencias, los momentos de tensión y las experiencias. Si alguien dijo que la aviación eran “breves momentos de pánico, rodeados de largas horas de tedio”, creo que no logró identificar nuestra noble y egregia tarea. Han sido breves minutos de tensión, adornados de horas interminables de hacer un trabajo que nos ha regalado el incalculable beneficio de la íntima satisfacción; que nos ha brindado realizaciones; que nos enseñó que vivir por cerca de cuatro años en la vecindad del firmamento, a pesar de los ruidos y las vibraciones, de las emergencias, de las ausencias familiares y de todas esas malas noches, fue la más formidable y plena de las humanas experiencias!

Sí, la música está ya por cesar, y parece que ya está por terminar la fiesta!

Beijing, Noviembre 4 de 2010
Share/Bookmark

31 octubre 2010

Un cambio de paradigma

Con frecuencia me preguntan mis amigos y colegas que por qué es que nunca escribo acerca de aviación. Les intriga que no hable jamás de mis viajes o de las circunstancias relativas a mi trabajo (que es una actividad tan singular y diferente); en suma, les llama la atención que parezca que me resisto a hablar de lo que pasa en los vuelos, a los que por ahora y temporalmente, dedico mi vida profesional; y que no hable de mis inagotables experiencias. La respuesta puede ser una sola: no quiero hablar de mi trabajo, de “mi realidad”. Al escribir eludo esa realidad, entro al mundo incomparable de la fantasía, ya que vivir no es sólo trabajar; es sobre todo eso: vivir… Y, vivir, es también la permanente y perpetua opción de fantasear, de ejercer el sublime oficio no remunerado de la fantasía.

Pueden haber otros motivos adicionales: como mi reticencia a pontificar, en un oficio en el que todos podemos cometer errores; otra: quizás la circunstancia de que los pilotos hablamos un lenguaje medio cifrado y diferente (de hecho parecería que no sabríamos sino hablar de aviones y de los vuelos que efectuamos). Pero, lo hago también por ese prurito, tan mío, de evitar temas confrontacionales. Los aviadores, a fin de cuentas, compartimos un área muy reducida cuando “volamos”, participamos de un espacio limitado y mezquino, donde estamos obligados a convivir horas interminables en una cabina de mando (“cockpit” como lo llaman los americanos y “flight deck” como prefieren los ingleses). En definitiva, llámese “gallero” o “puente de mando”, un lugar limitado, de espacios íntimos y reducidos; proclive a la confidencia y al rumor; pero también propenso a la fácil confrontación y a la innecesaria competencia.

Así que ahora me voy a referir a algo que anda por ahí muy confuso, que talvez vaya necesitando ya un cambio de orientación, un cambio de visión. En corto: un cambio de modelo intelectual para enfrentar nuestras obligaciones y sobre todo la responsabilidad que han puesto en nuestros hombros. Gravísima tarea esta, en cuanto a responsabilidad pues se nos ha confiado la movilización indiscriminada de valores ingentes e irremplazables; y el más importante e insustituible de todos: nada menos que el de las inapreciables y valiosas vidas humanas. Esto obliga a la humildad; y quizás sea la razón también para que seamos tan propensos a la vanidad, a la arrogancia; y quién sabe si también a la coquetería…

Cuando hablo de responsabilidad, caigo en cuenta que “accountabiliy” no es una de esas voces que tienen exacta traducción en el castellano. Porque esta voz en inglés quiere decir responder con seriedad, pero también “rendir cuentas” de algo que se asume o que se hace. Y, este tipo de “responsable responsabilidad” es el que, en cierto modo, define y caracteriza a la actividad aeronáutica. Para poder hacerlo, las autoridades reguladoras nos han proporcionado una herramienta formidable llamada MEL o Minimum Equipment List; es decir una lista de equipo mínimo que se requiere que esté funcionando correctamente en los aviones.

Deben haberlo meditado con mucha conciencia y sabiduría los reguladores: querrían dotar a los aviadores de un documento que elimine la interpretación arbitraria y subjetiva. Un protocolo que les indique en forma clara y específica si han de estar en condición o no de aceptar un avión en ciertas determinadas circunstancias. En efecto, este libro gordo de Petete, pone al operador frente a tres claras alternativas: no poder salir; salir sin condiciones a pesar de que algún elemento o sistema estuviese dañado o inoperativo; y la de poder salir si es que se cumplen ciertas nuevas condiciones y requisitos. Es en ésta última opción donde parece existir un área confusa y oscura; pues, poco a poco, y en forma ingeniosa y astuta, se ha ido alterando el real concepto del MEL y su filosofía.

En primer lugar el MEL no puede ser utilizado en forma vicarial; es decir para con un disposición escrita, renunciar a los correctivos disponibles y necesarios para arreglar un componente defectuoso; y terminar usándolo con maña, o sea sutilmente. En otras palabras el documento sólo debe ser usado cuando luego de solicitarse acciones de mantenimiento (ingeniería como lo llaman en los países sajones) se opta por acudir a la provisión regulatoria. Una vez que el documento ha sido consultado, la nave no estaría en condiciones de salir y despegar a menos que se hayan realizado las acciones complementarias que son requeridas. Sólo ahí, la disposición puede ser aplicada en beneficio de la continuidad de la operación; siempre y cuando, se hubiere registrado debidamente la corrección efectuada en el Cuaderno de Defectos Postergados (DDL o Defered Defect Log).

Como puede verse, el MEL entraña no sólo un concepto claro y una implícita filosofía; implica además un procedimiento legal y jurídico que a fin de cuentas viene a proteger y a respaldar al propio piloto. Porque, en estricto sentido, su adecuado cumplimiento habrá de establecer, en caso de calamidad o accidente, cuál fue la auténtica responsabilidad inicial del piloto en las consecuencias que luego de la aplicación del documento – o de su ausencia - se produjeron.

Donde y cuando parece producirse la más incómoda circunstancia respecto a la interpretación y aplicación del MEL es desde el momento que se cierran las puertas del avión hasta que se produce el despegue. Es decir, ni siquiera una vez que se han prendido motores o que ha empezado a moverse la aeronave por sus propios medios. De otra parte, la imposibilidad de que se utilice el MEL sólo se hace afectiva cuando ha empezado la carrera del despegue o decolaje. Cualquier falla, desperfecto o daño que se produjese en esta corta y critica fase (desde el cierre de puertas hasta el inicio del despegue), requerirá de un eventual retorno a la plataforma si, luego de intentarse los procedimientos correctivos y luego de la consulta pertinente, se deduce que tienen que efectuarse reparaciones accesorias que respalden este tipo de dispensación.

En resumen: si una falla se presenta, hay que seguir el procedimiento que se determina en la lista anormal correspondiente. Y aún en el caso que la corrección fuese satisfactoria deberá consultarse el MEL; y si el avión ha de recibir acciones supletorias, se ha de regresar al punto de partida para recibir de ingeniería los correctivos y la dispensación que fuere correspondiente. En fin, son legalidades que impiden cualquier complicación, que protegen al equipo, que satisfacen la seguridad; y que, por lo mismo, tienen que ver con el respeto a la vida ajena.

Shanghai, 31 de Octubre de 2010
Share/Bookmark

25 octubre 2010

De pasajes y retruécanos

Lo descubrí una tarde en la vitrina de la botica del vecindario. Y así es como se convirtió en uno de mis pasatiempos favoritos. Se trataba de un juego de dados, que consistía en avanzar las fichas permitiendo adelantar o retrasar los espacios, con los resultados que se iban produciendo por el azar del cubilete. El tablero era un mapa que contenía los caminos del país. Unas palabras escritas en relieve lo identificaban como “La vuelta al Ecuador”. Nunca se me hubiera imaginado que el entretenimiento habría de tener un carácter premonitorio… Ironías que tiene la vida y vida que suelen tener las ironías...!

Quién me hubiera dicho que un idéntico recorrido habría de cumplir yo mismo, pocos años más tarde cuando, llegadas las vacaciones anuales de verano, habría de embarcarme en interminables desplazamientos que me habrían de conducir a un alejado lugar de nuestra geografía. Tratábase de un poblado que olía a frutas, ubicado en uno de los más húmedos y tropicales rincones de la costa. Era un sitio próspero, aunque de calor incordiante, donde todos los mosquitos del mundo se habían concertado, en acuerdo porfiado y perverso, para acosar y atacar a los serranos. El lugar se llamaba Pasaje. O, mejor dicho: “Pasaje de los mosquitos”.

Pasaje era un pueblo donde nadie sabía el porqué de su singular nombre. Un nombre que invitaba a abrir el diccionario para tratar de justificar con los múltiples significados que tiene el término, la razón que tuvo, quien lo bautizó, para otorgarle tal nomenclatura. No se sabía qué es lo que el nombre quería decir: si acción de pasar; o, más bien, si lugar de paso. Ah, los misterios del mundo y el mundo de los misterios!

Lo cierto es que un olor dulzón, a cacao puesto a secar al sol, invadía con su perfume rancio e intransigente. Veredas y patios denunciaban con su producto la condición de prosperidad de sus dueños indiscretos. Nadie estaba para disimular el motivo de sus fortunas. Pasaje era un pequeño lugar donde se vivía entre la ostentación y el esfuerzo; entre la abnegación y la competencia. Y, en medio de todo: yo, un muchacho serrano atormentado por el clima y expuesto al ataque virulento y sin piedad de una invasión de mosquitos persistentes y traviesos.

Llegar a Pasaje requería de un viaje arduo, consistente en varias jornadas, que lo tornaban en interminable. Un avión nos llevaba primero a la entrada de la selva amazónica, donde habíamos de esperar por dos o tres días hasta que otro de los vuelos entre Sucúa y Cuenca, pudiera transportarnos. Era un tramo tortuoso, donde había que compartir un exiguo espacio con la carne fresca, recién faenada, que se enviaba desde el Oriente. Llegar a Cuenca después de haber subido sin oxigeno hasta catorce mil pies de altura; en una aeronave azotada por continuos vientos turbulentos; y sumergido en ese olor pungente y nauseabundo, era como acceder a un ansiado paraíso. Uno podía sentir al llegar, esa extraña sensación de victoria que suele tener el alivio.

El tránsito por Cuenca, era como pasar por un lugar de reabastecimiento. Era volver a prepararse para un ajetreada jornada en un transporte interprovincial que descendía los vericuetos de un incierto camino a velocidades demenciales. Luego de muchas horas de lindar con precipicios y con el magnetismo de los prematuros llamados de la muerte, se llegaba finalmente a unas verdes planicies donde parecía no existir más vegetación que las interminables plantaciones de banano, que la gente del litoral conocía por allá con el nombre de guineo.

Llegar a este cantón Orense representaba descubrir otros sabores y otros olores. La tierra estaba siempre como mojada y una suerte de no concluidos parterres denunciaban, más que las intermitencias del progreso, la condición misma de las “ilustres” administraciones de turno. Frutas de nombres nunca escuchados y sabores jamás antes disfrutados nos tentaban con su seductor encanto: badeas, mameyes, zapotes y guabas. Pero sobre todo guineos, muchísimos guineos.

Más de una vez un zancudo indiscreto me besó en los labios, sólo para producir una visible hinchazón que me atormentaba con sus escozores y con el ardor de las burlas ajenas. A veces fue la “bemba” enardecida; otras, un ojo cerrado por un insólito hematoma. Y, más de una vez, fue una de mis orejas, la que se había inflamado de tal forma, que era fácil que me confundieran con un monstruoso engendro.

Cubiertos en la noche por la red aislante de los mosquiteros, teníamos tiempo para la intimidad de los coloquios y para los coloquios acerca de la intimidad… Tiempo para distraer ese obligado encarcelamiento en la celda de los livianos tules protectores; para ensayar un “páreme la mano” y ejercitar la destreza para escribir con prisa palabras que empezasen con la misma letra, representando frutas, flores, colores, nombres de persona y de países...

Recuerdos y meditaciones de lo que fueron los ingenuos pasatiempos de mi infancia; y también de lo que fue la infancia de mis ingenuos pasatiempos!

Shanghai, 25 de Octubre de 2010
Share/Bookmark

20 octubre 2010

Serendipity

Horacio Walpole había sido un aristócrata inglés del siglo décimo octavo, que no se lo recuerda por su única novela gótica ("El castillo de Otranto"), que él reclamara que solo se trataba de una traducción del italiano; ni siquiera por el sinnúmero de cartas que parece que escribió. A él se debe una de las más atractivas palabras en lengua inglesa; una que las mismas enciclopedias habrían escogido como uno de los términos de más difícil traducción. A este personaje se debe la invención, o acuñamiento, del vocablo “serendipity”, que casi viene a significar lo que en castellano llamamos casualidad. Serendipity, a su vez, estaría inspirada en una palabra de origen persa y ésta probablemente en un término ya existente en el antiguo sánscrito.

En una de sus innumerables epístolas, Walpole utilizó el término para referirse a las circunstancias afortunadas que nos suceden cuando encontramos algo que no tiene relación con lo que estábamos buscando. Cristóbal Colón hallando el Nuevo Mundo cuando buscaba un camino para llegar al Asia, podría ser un buen ejemplo. Serendipity ocurre cuando encontramos algo que no esperábamos, cuando lo hallamos en forma imprevista e inesperada, cuando hacemos un descubrimiento para cuya consecución intervienen el accidente o la sagacidad.

Walpole se habría inspirado en el personaje en un cuento persa, la historia de “Las tres princesas de Serendip”. Así, decidió usar el novedoso término para expresar el encuentro de un hallazgo feliz cuando solo buscábamos algo ajeno y diferente. Parece, por otra parte, que Serendip era el antiguo nombre de Sri Lanka, antes, mucho antes que lo atormentaran los aviesos demonios tamiles, y mucho antes también de que la isla, en forma de perla y cercana al subcontinente indio, se llamase con su anterior y más conocido nombre: Ceilán.

La vida personal y la historia de los pueblos está llena de variadas circunstancias, anécdotas en el primer caso y acontecimientos en el segundo, que suceden por la mera intervención de las sinuosidades que tiene la fortuna. El mensaje del decir castizo no puede ser más elocuente: “No hay mal que por bien no venga”. Vale expresar que no hay requiebro en la fortuna que no provenga, en principio, de una opuesta y antagónica circunstancia; accedemos a un giro de la suerte como consecuencia de un lamentable incidente u ocurrencia. Pero lo opuesto parece ser también frecuente: nos suceden las desgracias como consecuencia de la oscura participación de lo que parecía ser causa inicial para nuestra felicidad…

Esto de “tener que escoger” parece que está íntimamente ligado a la condición humana. La vida es, en cierto modo, una obligación por escoger, es una condición que impone la libertad. Ya el existencialismo se refirió a que estábamos "condenados a ser libres", a tener que vivir la condena de la libertad. El precio de ésta rara y obligatoria libertad está signado por la más imprevisible de las circunstancias: la traviesa casualidad. Esto suena como la metáfora bíblica de Sodoma y Gomorra, donde la única opción de Lot y su familia, fue la de mirar al frente y seguir hacia adelante. El detenerse y regresar a ver el castigo de fuego y azufre apocalípticos sólo podía tener una pena: su conversión en fría y pétrea estatua de sal. No podemos dejar de escoger; el sólo hecho de no hacerlo ya es una opción. Una esclavitud que impone la libertad!

La vida personal no deja de estar impregnada por estos caprichosos vericuetos, en los que ejercen su protagonismo lo inesperado, lo fortuito, la casualidad de las circunstancias. En éste sentido, bien podría inventarse algo contrario al tema de ésta entrada, una especie de anti-fortuna o anti-serendipity; es decir, el hallazgo o descubrimiento de algo trágico o lamentable, en un revés de la suerte, cuando justamente parecía que gozábamos de los beneficios accidentales de la fortuna y habíamos echado mano de un importante requisito: nuestra propia sagacidad… Así, este anti-serendipity sería no otra cosa que una mala casualidad.

A veces me pregunto por qué la gente juega; por qué cede al extraño impulso de la tentación de los juegos de azar. Lo hace por simple búsqueda de emoción y fortuna material? Por pura distracción lúdica frente a la magia de su seducción? O es que interviene, más bien, un afán deliberado por torcer la casualidad? Si ésa es la intención, no sería también una ingenua, si no absurda, manera de caer en otro capítulo del libreto de la propia casualidad?

He topado éste tema porque hay palabras que, como es el caso de serendipity, me encanta escucharlas en otros idiomas, más que por su semántica o por su sentido, por su clara insinuación onírica y por su deliciosa musicalidad. Me había parecido que la palabra no tenía una perfecta traducción en el castellano pero me he topado con la voz correspondiente en el diccionario: serendipia. Y esto solo lo he descubierto por pura “casualidad”…

La vida parece ser una representación dramática cuyo escenario está adornado por el opaco terciopelo de la casualidad. Ya lo había dicho el mismo Walpole, en una de sus innumerables cartas: “ El mundo es sólo una comedia para los que piensan; pero no deja de ser una tragedia para los que sienten”… Comedia o tragedia, pero en definitiva, dirigida por la incierta fortuna y representada también por pura casualidad...!

Shanghai, 20 de Octubre de 2010
Share/Bookmark

16 octubre 2010

Copiapó

Hay veces que la realidad parecería tratar de imitar a la ficción. Eso es lo que ha sucedido estas últimas semanas con la hazaña heroica de los treinta y tres mineros atrapados en la mina de cobre del desierto chileno de Atacama. Esa es una historia de resistencia y esperanza, de organización y de solidaridad. Es también la historia de una tragedia que se frustró con la determinación de todo un pueblo por rescatar a sus compatriotas y por llevar la imagen de un país unido y solidario a todo el mundo. La tragedia que pudo ser, se convirtió así en lo que Julio Verne nunca imaginó ni relató: “Un viaje desde el centro de la tierra”.

Fui a Chile por primera vez hace ya como treinta años. Ese país salía entonces de una experiencia colectiva traumatizante: la toma del palacio de La Moneda y la caída del primer gobierno de izquierda elegido democráticamente, en ese largo y angosto territorio avecinado a las frías aguas del Océano Pacifico. Ese era un Chile donde todavía se hablaba en voz baja, donde una dictadura de mano fuerte había empezado a oponer las diversas visiones que podían tener el bienestar y el progreso con su intransigente intolerancia. Chile era en ese entonces un país de gente taciturna que caminaba apresurada, era un país sin anuncios comerciales que vivía entre la confusión y la esperanza; a medio camino entre el reclamo y el conformismo, entre la ira y el resentimiento.

El país del Mapocho era por esos años lo que nadie más quería ser en America Latina; sin embargo, fue necesaria esa experiencia para que el pueblo chileno saliese fortalecido. La vivencia les hizo comprender el valor del trabajo colectivo y de la solidaridad; les enseñó el beneficio que pueden ofrecer la planificación y la perseverancia en el esfuerzo. Sólo hacía falta tomar un auto de alquiler en Santiago para comprobar el nivel de educación del hombre medio. Uno podía advertir que las mismas semillas que antes habían permitido florecer la disensión y la inconformidad, estaban ya echadas para sembrar unos nuevos objetivos comunes y concretos.

Y esta fue la imagen que en este Octubre, los chilenos nos ofrecieron al mundo: la de un pueblo unido, con un sentido maduro de colectividad, que puso sus mejores recursos humanos y materiales al servicio de un encomiable empeño. Chile supo saltar por encima de las diferencias políticas y consiguió unirse detrás de una causa que le identificó y que se transformó en el símbolo de un nuevo concepto social. Porque Chile es el primer país de nuestro rezagado continente que ha logrado redescubrir el real sentido de la más manoseada de las palabras del léxico político: prosperidad. Sí, porque no hay progreso sin esfuerzo, ni se consigue el desarrollo sin el ingrediente aglutinante del acuerdo social.

Fue también positivo y estimulante para el mundo poder presenciar esta jornada de empeño compartido y de solidaridad. La gente acostumbrada a la cobertura de las tragedias y las calamidades de la condición humana; pudo apreciar una historia distinta convertida en heroica hazaña, en un guion donde destacaban la redención y la esperanza; el compromiso político y el estímulo social. Presenciar al humilde minero convertido en orgulloso e improvisado héroe, comprobar su educación y facilidad de comunicación, fue una clara lección de lo que pueden lograr los objetivos comunes y el sentido de colectividad.

Hay acontecimientos que conmueven e inspiran por su trama y su desenlace. La odisea de los mineros entrará a la historia del hombre con la fuerza de otras aventuras sustentadas en la perseverancia, la ilusión y el afán por sobrevivir; a pesar de los desacuerdos internos, el aislamiento y la adversidad. Sin esos primeros elementos no se hubieran satisfecho nunca los viajes de descubrimiento, jamás se hubieran conquistado en el mundo los avances signados por las huellas de la dignidad.

Las hazañas se hacen siempre con el espíritu dispuesto de un pequeño puñado de hombres que se impulsan en los vientos de la ilusión y la prosperidad. Esta historia de treinta y tres mineros, con todo su contenido humano y el valor de su propio empeño, ha de entrar en los anales de las aventuras de otros personajes que, en el pasado, nos dejaron su mensaje y su ejemplo de sacrificio, compromiso y lealtad. Este heroísmo nos hace difícil no recordar los viajes de Jasón, de Cristóbal Colón o de Sebastián Elcano; o las luchas por la individualidad del pensamiento; o la vocación al martirio en la persecución de los anhelos de libertad.

Este hecho afortunado y memorable, nos ha de fascinar con el encanto narrado en no repetidos cuadernos de viaje, como en los diarios de Colón o Pigafetta, y nos ha de inspirar siempre como ya lo hicieron los sobrevivientes del accidente aéreo de Curicó, en Los Andes; o como propusieron desde antes los todavía más notables acontecimientos a los que debemos la independencia de la opresión y la vida en armonía y libertad. Copiapó será siempre el hermoso cuento de un grupo de gente buena que luchó contra la adversidad, gente que supo convertirse en protagonista sin acceder al protagonismo; será una historia de fortaleza moral y un ejemplo de dignidad. En fin, una humana aventura de ilusión y solidaridad.

Al intentar un homenaje a estos valientes mineros rescatados de la profundidad de la tierra, he recordado el pensamiento del cántabro Vital Alzar contenido en una leyenda de su monumento en la playa de El Sardinero: “La fe es la barca, pero sólo los remos de la voluntad la llevan”. Sí, porque no sólo hay profundidad en los oscuros socavones de las entrañas de la tierra, ella también existe en los iluminados valores donde triunfan la fe y la voluntad!

Shanghai, 17 de Octubre de 2010
Share/Bookmark