28 diciembre 2010

Breve escorzo de playa

Ventea. Una plomiza cortina de lluvia sombrea con su húmedo pincel la línea del horizonte y entrega el incierto pronóstico de un nuevo día de playa. A mi diestra, el cerro exhibe su pálido verdor; muestra sus yermos matorrales y los escuálidos arbustos que han sobrevivido a la incuria y al despiadado empeño del hombre por desnudar la montaña. Los madrugadores pájaros costaneros reinician sus circuitos a la espera de las tempranas tareas de pesca cotidiana. Revolotean las golondrinas; se deslizan las gaviotas; vuelan en circulo los pelícanos. Un intruso gallinazo cabalga la onda que ha reconocido y disimula sus propósitos con la quietud y elegancia de su experto deambular; no revolotea con esfuerzo, se deja llevar por el capricho del viento, timonea con su magro fuselaje y se desplaza…

Abajo, el mar va recuperando el verdor que la lluvia ha oscurecido. Las primeras barcazas pesqueras van iniciando su retorno, mientras unos pocos espectadores esperan, para auditar el producto de una nueva y laboriosa jornada. Mi ventanal, cual altivo mascarón de proa, se adentra en el marino paisaje con las velas de mi curiosidad; va empujado por los vientos de la ilusión y favorecido por la brisa de una nueva y tempranera esperanza. Son los últimos días del año; las postreras lluvias de invierno; y, a la vez, las primeras imágenes del amanecer costanero. Es un breve escorzo marinero en la lluviosa madrugada.

Hacia poniente, una imprecisa huella denuncia el perfil de la costa a la distancia; su escalonado declive semeja la letárgica figura de un lagarto que sumerge su parsimonia colosal en el incesante vaivén de las aguas. Adelante, la pedregosa dársena del club náutico enfrenta con furia al lomo del océano; lo muerde una y otra vez, con su porfiado impulso de víbora empecinada. El indócil océano cede y deja su encrespada espuma como efímera prenda de su pasajera retirada.

Un resplandor metálico parece agitar la rítmica persistencia de las olas. La argentina huella de las corrientes submarinas, deja también su estela de quietud con abreviados trazos de media luna que parecen propender a parcelar las aguas. Un velo caliginoso da los toques finales al paisaje con su bruma suspendida sobre la curvatura de la playa. La lluvia azota por momentos con su látigo inclemente, arrecia con sus oblicuas e insistentes rachas de plata.

Se percibe un rumor, con su persistencia lenta y obcecada. Son las olas del mar, con su furia amenazante, con su incesante e irregular latido, con su monótona canción improvisada. El suyo es como un himno sin partitura, sin ritmo y sin melodía, que escribe en cada empuje nuevas notas en las líneas de su ondulante pentagrama. Poseidón entrega así el eco de su pregón; el del milenario canto con que embruja y advierte; con que seduce y embriaga.

Con la bajamar, las traviesas ondas de vanguardia, parecen manos crispadas que hincan sus últimos esfuerzos en el luminoso espejo al que no pueden ya cubrir con su lujuria renovada. Se retira por pocas horas el mar para ensayar una nueva embestida, para intentar un nuevo galanteo a la brillante pátina que se ha formado en la vastedad de la playa. Arriba, como husmeando el lúdico intento, las gaviotas van formado una aureola; parecen cometas inmóviles, suspendidas en un mismo punto del cenit. Circulan las aves: curiosas, fisgonas, estáticas…

Oscuras manchas se esparcen sobre el agua; son las sombras de las cambiantes nubes que irán desapareciendo con el avance de la mañana. De pronto, el cielo descubre unos rasgados banderines que presagian, con celeste augurio, el fin de la llovizna, la inédita mañana de sol y los nuevos momentos de alegría que se han de compartir en la playa. Entonces, cual si se tratase de una repentina procesión de hormigas multicolores, la gente crea fugaces conciertos y sale a disfrutar de la inquietud de la playa; participa de nuevas y distintas vivencias; confía otra vez en que “hará un buen día” y abriga la secreta confianza en un promisorio mañana.

Feliz año 2011, amigos de Itinerario Náutico!!!

Casablanca, 27 de Diciembre de 2010
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25 diciembre 2010

Documentos en blanco

Estoy en la playa. Estoy en casa nueva! Siento esa extraña sensación de advertir lo novedoso. Es esa incierta percepción que a veces tiene la pertenencia. No la consistente en que la casa le pertenezca a uno; sino aquella de que sea uno el que le pertenezca a esta casa que, aunque se la sentiría como ajena, se la llama ya como “la casa nueva”… Y es que “la casa de uno”, es un sitio que se lo reconoce como propio, donde uno sabe cómo navegar y cómo ubicarse; sabe cómo hallar las cosas propias; todas esas insignificantes y simples cosas, que le ayudan a uno a encontrar los sencillos elementos que nos otorgan comodidad y conveniencia. Siento una rara sensación. Rozan mis hombros dos inciertos y contradictorios personajes: al uno le llaman “ilusión”, al otro lo definen como “inconveniencia”.

Es quizás el signo ineludible de las casas nuevas: el descubrimiento y la atención a los elementos que no funcionan bien todavía; o que insisten en no comportarse como uno ya lo quisiera. Llega la noche y, ausente ya ese ejército de obreros que vienen a brindar su especializada asistencia, la paz vuelve a acompañar con su calma; y a provocar nuevas advertencias y la renovación de los propósitos de corrección de pequeñas imperfecciones, que afectarán mañana con sus falencias.

Afuera, un rumor persistente se empecina con su irregular zumbido y se precipita con ciega obstinación contra los cristales. Se parece al ímpetu intransigente del viento. Suena como cuando la lluvia empieza y el azote de su oblicua insistencia parece ir probando, poco a poco, la resistencia de los ventanales. Son los escarabajos estacionales (*) que, atraídos por el resplandor de las lámparas, ejercitan su propincuidad y se van estrellando por millares. Es una multitud sorprendente de gruesos insectos que, cual plaga bíblica, van revoloteando su fastidio por todas partes. Nadie parece saber su nombre. No vienen con regularidad todos los años; mueren a las pocas horas de ensayar su curiosidad. Tienen una existencia fugaz y efímera; más aún que la que parecería marcar a toda existencia…

Es su transeúnte presencia, epílogo cruel y contradictorio de su proceso de perpetuidad y reproducción? Los lugareños no lo saben. No sucede el resto del año. Es una asombrosa curiosidad biológica que solo se advierte durante el solsticio de invierno, y siempre después de que se han presentado las lluvias estacionales. Más tarde… el necio y confuso revoloteo, de pronto cesa; el torpe zumbido se interrumpe y, cual improvisado campo de batalla, las superficies van exhibiendo las tortuosas huellas de este incomprensible rito funerario. No son unos pocos insectos. Tampoco son unas contadas decenas. Es una apocalíptica aparición; como confundida con el signo paradojal de su propia extinción. Los diminutos escarabajos, vivos y muertos, parecen encontrarse por todas partes!

Abajo, un pueblo olvidado, y herido de muerte por el escalpelo de la noche, luce sus últimas y tardías luces tutelares. Un incierto oleaje difumina sus alamares de espuma en la oscuridad de la playa. Desde mi elevado atalaya puedo observar el acuerdo de dos profundidades: la profusa tenebrosidad del mar y la agreste tiniebla de la montaña. En la noche ha madrugado el silencio. En la caverna de la nocturnidad se va gestando la mañana. Es una contraposición mágica: oscuridad y alborada; defunción de la ilusión y amanecer de la esperanza!

La vida es así. Y así es cada nueva jornada: un nuevo episodio sin título. Un nuevo documento en blanco, donde con traviesa ironía, el destino va escribiendo con los garabatos de lo inesperado, las nuevas páginas del mañana! Así pasa con los nuevos días, y así sucede también con las nuevas casas: flamantes moradas que albergan renovadas y secretas esperanzas… Libros con páginas abiertas carentes de palabras; a menudo cubiertos por adornadas carátulas. De qué imprevistos episodios serán sus paredes mudos testigos? De qué inesperados hechos habrán de dar testimonio sus áreas? Es mejor dejar la imaginación también en blanco, como si la nueva casa se tratase de otro anónimo documento, carente de párrafos impresos, ansioso de nuevas ideas que esperan su turno para ser expresadas…

Concluidas mis reflexiones, cierro el documento que he puesto en sus manos, lector amigo, lo guardo y me retiro; mientras los postreros y más rezagados moscardones se van estrellando contra los impávidos cristales. Otro nuevo documento, el de la vida misma, queda a la espera de nuevos hechos, de inéditos episodios, de secretas y renovadas esperanzas… Este abriga la fugaz expectativa de que el ciclo vital de los inquietos e incógnitos escarabajos, no sea advertencia de la frágil temporalidad que pueda tener la condición humana!

Resuelvo entonces archivar el escepticismo. Prefiero cobijarme con el sigilo de la noche. Cancelo el trabajo y lo dejo en limpio. Me pongo a esperar, a ver qué es lo que irá trazando en sus inciertos renglones, ese escritor antojadizo, que no deja de asombrarnos con la obscena pluma de sus caprichos y a quien llamamos, con ingenua familiaridad, “el mañana”…

Casablanca, Diciembre 20 de 2010

(*) Nota técnica: Se trata de los “catzos” costeños, pequeños escarabajos que, a diferencia de su similar interandino o “plusiotis argénteo”, no proliferan en las madrugadas de Octubre y Septiembre, sino en los anocheceres del solsticio de invierno, luego de abundantes lluvias producidas hacia fines de año. Viven como larva y gusano por cortos tres o cuatro meses. Y ya, en estado adulto, sobreviven solo por pocos días, persiguen la luz, y vuelan tan solo por pocas horas! Extraña inutilidad de la existencia de ciertas especies! Curiosidades que tiene la biología!
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Soplando en el viento

Era el último día de aquel feriado; el último día también de un húmedo carnaval de hace cuarenta años. Éramos cuatro jóvenes que, en la búsqueda de compartir una diferente aventura, habíamos coincidido en realizar un corto paseo a una de las playas más cercanas, para disfrutar del mar y de sus encantos. Ninguno de nosotros llegaba todavía a los veinte años; yo ya ejercía una profesión, tenía un ingreso fijo y poseía una pequeña “pick up” abierta, con dos asientos delanteros y un abreviado espacio en la parte posterior, donde podíamos “acomodar” a dos de los otros compañeros, así como a las vituallas y a los equipajes necesarios.

La prevista incomodidad en la transportación habría de constituir la menor de las inconveniencias en esa excursión a la que habíamos accedido con un cierto espíritu aventurero y espartano. Habríamos de prescindir de acomodación hotelera y aceptar las limitaciones; tendríamos que armar y utilizar un par de pequeñas tiendas; y, acomodarnos a las inciertas posibilidades. Era una forma de pasar unos pocos días de vacación, sustentados por un presupuesto frugal y limitado. Dos de los protagonistas respondían al nombre de Iván; no recuerdo como le hacíamos para evitar que ambos respondieran a idéntico llamado.

Hoy, tantos años después, no recordaríamos aquel lejano paseo, si no fuese por un percance que convirtió el final del viaje en una circunstancia desafortunada y cómica, que se agravó por la costumbre tradicional de mojar al prójimo en los días anteriores al miércoles de ceniza; día en que, se recuerda con una cruz de carbón marcada en la frente, la advertencia de que somos polvo, venimos del polvo y en polvo nos convertiremos. Aquello, lo de recordar las incidencias del fin de viaje, se me hace posible, a pesar de las incomodidades del improvisado alojamiento; de las limitaciones para satisfacer las urgencias biológicas; y de la persistente conjura de los zancudos que quizás en las carpas se infiltraron…

Y es que, cuando regresábamos, luego de disfrutar de esos días de sol y de playa; mientras iniciábamos la subida de Tata-tambo, un camión de transporte, impulsó una piedrecilla que impactó contra el parabrisas de nuestro vehículo. En forma automática, el vidrio protector se desintegró, atomizándose en una infinidad de diminutos y granulados pedazos. No nos quedó más alternativa que proseguir con el resto del viaje sin la protección correspondiente. Para mala fortuna, luego de poco, la lluvia empezó a castigar con un baño profuso y despiadado…

Al llegar a los barrios del sur de Quito, la gente despedía al último día de carnaval con un despliegue de mangueras, bombas de agua y profusos “lavacarazos”. Los vecinos daban rienda suelta a ese curioso desfogue, que parecía eliminar las diferencias sociales, con un loco derroche de agua que se arrojaba por todo lado. Hombres y mujeres corrían con una gran variedad de improvisados recipientes por todas partes, acosando y persiguiendo a todo aquel que se atreviera a transitar por las calles, para atacarlo con más agua, estuviese o no mojado.

Un extranjero, ajeno a esta rara costumbre, habría pensado que el mundo se había puesto de pronto loco, o que la gente de improviso se había desquiciado. Frente a nuestro predicamento precario, los carnavaleros no nos concedieron piedad ni tregua, ni tuvieron ningún tipo de recato. Lloviznaba con insistencia; y, no contentos con comprobar que estábamos empapados, no encontraban nada más adecuado y divertido que darnos su bienvenida a punta de baldazos!

Pasó el tiempo. Los dos Iván crecieron en edad, se graduaron y se casaron. Más tarde, se destacaron en sus respectivas actividades. El uno siguió economía y llegó pronto a Ministro de Estado; el otro optó por la psiquiatría y se convirtió en editorialista de un importante y prestigioso diario. El tercer miembro de aquella excursión, se convirtió en prestigioso constructor y llegó a ser un exitoso empresario. Ese bermejo protagonista es mi propio y “cumbiambero” hermano.

El psiquiatra del cuento, optó por expresar sus ocasionales desacuerdos con un gobierno que dice representar a todos, pero que responde con intolerancia a los que expresan su desafecto a un régimen que ha decidido autocalificarse de revolucionario. Él ha terminado identificado como uno de los “miembros de la prensa corrupta”, así los tilda con animoso desdén el controversial mandatario… Pero, eso de pensar diferente ha sido realmente su único y sacrílego pecado!

Hace pocos días, Iván nos recordó la famosa canción de Bob Dylan conocida como “Soplando en el viento”. Al revisar su traducción, he caído en cuenta que la intención original de la melodía podría tener dos distintos significados. Cuando decimos que la respuesta “está flotando en el viento”, parecería decir que la situación es clara y que lo que sabemos está por todas partes. Pero hay otra posibilidad, y es que intentaría decir que la respuesta a las inquietudes de la canción, sería como “soplar contra el viento”, similar a lo que se recoge en otros dichos que enuncian la situación de lastimarse uno mismo, de dispararse en el propio pie o de escupir contra el cielo. Entonces, la respuesta mi amigo, sería como soplar contra el viento. La respuesta sería como soplar contra el viento!

Transcribo la traducción revisada de la canción:

Soplando en el viento (Soplándole al viento?)
(Blowin’ in the wind) por Bob Dylan

Cuántos caminos debe recorrer un hombre

Antes de que lo consideréis un hombre?

Cuántos mares debe surcar una paloma blanca

Antes de que ella se duerma en la arena?

Sí, cuántas veces deben volar las balas del cañón

Antes de que sean prohibidas para siempre?

La respuesta mi amigo, está soplando en el viento

La respuesta está soplando en el viento.



Sí, cuántos años puede existir una montaña

Antes de que sea arrastrada hacia el mar?

Sí, cuántos años pueden algunas personas existir

Antes de que se les otorgue la libertad?

Sí, cuántas veces puede un hombre volver la cabeza

Fingiendo simplemente no mirar?

La respuesta mi amigo, está soplando en el viento

La respuesta está soplando en el viento.



Sí, cuántas veces debe un hombre mirar hacia arriba

Antes de que pueda contemplar el firmamento?

Sí, cuántos oídos ha de tener un hombre

Antes de que pueda escuchar el llanto de la gente?

Sí, cuántas muertes serán necesarias hasta que él sepa

Que demasiada gente ya ha muerto?

La respuesta mi amigo, está soplando en el viento

La respuesta está soplando en el viento!

Cuál fue la verdadera intención de Bob Dylan? Creo que (aquí sí), la respuesta mi amigo, está soplando en el viento. La respuesta está soplando en el viento…!

No siempre es bueno soplar “contra el viento”: se corre el riesgo de terminar otra vez mojado, aun mucho tiempo después de que hubieran ya transcurrido largas cuatro décadas…! No siempre podemos tener todas las respuestas, lo importante es saber qué quieren las preguntas, con su oscuro y escondido significado…

Casablanca, 17 de Diciembre de 2010
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16 diciembre 2010

Memorias y desmemorias

A menudo mis reflexiones apuntan hacia un elogio de la memoria; es decir, hacia la capacidad que tenemos para recordar. Estoy convencido que la memoria es uno de los principales atributos de la condición humana; podría decirse que existimos y nos realizamos en la medida que podemos ejercer con plenitud esa característica tan humana que es la de la memoria. El hombre es un animal que recuerda; y es justamente porque él recuerda, que está también en condición de poder decir, de poder reír, de poder llorar. Recuerdo luego existo. Puesto en perspectiva: sin recuerdos no hay historia y sin historia tampoco hay identidad.

Cuando escribo, por ejemplo, mi punto de sustento es el de los recuerdos. No hay nada que más nos entristezca que perder la memoria acerca de una situación o de un acontecimiento especial. Justamente una de las características más crueles del mal de Alzheimer, que es como también se llama a la arterioesclerosis, es esa aguda y lacerante propensión a olvidar: la incapacidad de identificar y raciocinar. Con esta dolorosa enfermedad, el recuerdo, es decir la experiencia de lo vivido y que ha desaparecido de la memoria, ya no se encuentra ahí para relacionar esas experiencias con nuestra existencia.

En lo personal, tengo una tendencia muy espontánea para relacionar las situaciones cotidianas y las vivencias de la existencia con los recuerdos del pasado. En ese sentido, puedo expresar que “vivo más de una vez” los hechos que protagonicé o de los que fui alguna vez su testigo; claro, con el beneficio y la ventaja que se contienen en la retrospección. Es a través de la memoria que se nos concede la opción de auto-juzgarnos, de sacar lecciones, de hacernos propósitos para no cometer de nuevo el mismo error. Somos cuerdos mientras ponemos en práctica nuestra capacidad de juicio; y solo enjuiciamos con lucidez cuando podemos recordar con plenitud y objetividad.

Por esto es que quizás, en algún período lejano de la historia, los hombres creían que el pasado no estaba a nuestras espaldas; sino que estaba más bien frente a nuestros ojos. El pasado, así entendido, estaba adelante nuestro, porque era con nuestra memoria que lo podíamos contemplar. Lo que estaba a nuestras espaldas era entonces el futuro, el porvenir (lo por venir); y era por eso que no sabíamos qué nos tenía deparado el destino; y, era por ello que no estábamos en capacidad de poderlo anticipar… Asunto este asaz contradictorio: el de tener que vivir como espectadores del pasado y dando también las espaldas al porvenir…

Pero es en el día a día; en la experiencia de las cosas sencillas de la vida, cuando nos define una característica que es tan humana como la misma memoria: la tendencia a olvidar. Esta desmemoria o “antimemoria”, como alguien ya la llamó, se constituye en uno de los mayores defectos y limitaciones de la condición humana; nos lleva a cometer errores, a producir y a soportar accidentes; nos enfrenta a situaciones lamentables y engorrosas. Y todo porque hemos dejado algo olvidado; o porque no recordamos donde algo pusimos; o no relacionamos una situación importante; o, porque pasamos por alto un compromiso del que dependía nuestra tranquilidad o propia realización. El olvido es la más utilizada de las excusas; y, a la vez, la más frecuente. Decimos: me olvidé! Se me pasó!

Por ello quizás, los humanos hemos inventado recursos para manejar y mitigar, de alguna manera, los efectos y consecuencias lamentables de la desmemoria. Intuyo que algunos inventos han surgido, más como una respuesta práctica a esas grietas de la memoria, que como un giro adicional de esa rueda que nunca está estática, que es la de los avances de la civilización. Algunos de estos inventos hoy serían imprescindibles, como son el calendario o el reloj.

Las diferentes disciplinas de la cultura buscaron siempre nuevas herramientas y métodos para combatir los penosos, y a veces trágicos, efectos de olvidarnos de hacer las cosas. Así es como hemos inventado los “memoranda” (plural latino de memorándum), o ayuda – memorias, los procedimientos, los protocolos, las secuencias para realizar acciones y para desarrollar el adecuado funcionamiento de las cosas. Todos estos no son sino instrumentos o recursos para recordar; o dicho de manera más exacta: son acciones provistas para evitar la posibilidad de olvidar. Sería imposible concebir las actividades humanas sin recurrir a los elementos en los que se apoya y sustenta la memoria; como sucede con los procedimientos administrativos o con las instancias jurídicas; como pasa con las intervenciones quirúrgicas o con las modernas tareas aeronáuticas.

La modernidad nos ha regalado la fotografía, la grabación magnetofónica, el cinematógrafo, el Internet, como herramientas para combatir la desmemoria; y, sobre todo, para potenciar la siempre restringida capacidad de recordar. Por eso es que quizás la vida moderna parezca mas fácil o complicada (dependiendo del ángulo desde donde se mire el influjo de estas ayudas o recursos a favor de la memoria); y, por eso también es probable que estemos expuestos a esta especie de doble sino; de bendición y de maleficio; de virtud y de condena, que nos hace vivir la existencia con una mayor intensidad.

Tal parece que la vida de los hombres, al igual que pasa con el funcionamiento de los ordenadores, se irá haciendo más compleja a medida que dispongamos de un mayor grado de memoria; pero también habrá de otorgarnos una mejor calidad de vida y una mayor facilidad para vivir. El bienestar ha pasado a depender de nuestra capacidad de memoria y de que esa memoria pueda “procesar” con una más alta velocidad. Así, la memoria de la que disponemos individualmente puede llegar a convertirse en una gran limitación, pero también en una infinita y siempre mejorable capacidad. Una contradicción que ya no se puede olvidar!

Quito, 15 de Diciembre de 2010
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08 diciembre 2010

La venganza del chinito

Y, hablando de revanchas, hablemos también de venganzas… Hablemos de un plato que se supone que es “el manjar de los dioses” (de aquellos dioses con debilidades y con vicios, que crearon los humanos en la antigüedad); un plato que, según cuentan, hay que servirse bien frío. Cuando medito sobre este tema, me es inevitable reflexionar en la llamada “venganza del chinito”. Qué mismo es esto de la tal venganza asiática? Se especializan en verdad los chinos en venganzas, ellos que se caracterizan por no comer jamás un plato en frío? De donde viene la expresión? Qué chinito se vengó de quién y por qué motivo? Y me pregunto esto, como buen latino que soy; que, como todo latino, llama de “chino” a todos los orientales, sean coreanos, mongoles o japoneses, con tal que tengan los ojos rasgados y les caractericen ciertos trazos en su expresión facial…

Tengo más de quince años de vivir en el Asia; y, aunque he convivido de cerca con estas razas de culturas milenarias, no he encontrado indicios de qué es lo que la literatura occidental intenta caracterizar con la manida venganza del hombre oriental. En la tierra se usa esto de “chino” como apodo para los que tienen facciones orientales y aun para los que presentan rasgos como el de los ojos pequeños, sin que esto identifique necesariamente al hombre chino con exclusividad. A veces decimos “chinito japonés”, sin advertir la contradicción del correspondiente juicio. Fue así, como este gracioso remoquete, identificó en mi mismísima casa a uno de mis propios hijos, a aquel signado por su curiosidad.

He conocido en mi vida AC (antes de conocer la China) a un número importante de vecinos, amigos y compañeros a los que tildábamos de “chinos”. A ninguno lo conocí como vengativo; todos eran gente generosa y de confiar; gente cálida y bondadosa; preocupada por procurar el pan y honrar sus compromisos. A uno de ellos lo conocí en mi trabajo; era un experto en el raro arte de “saber comprar”, y tenía sobre todo un corazón montubio enorme que heredaron también sus hijos. No quisiera decir su nombre, “la luz del entendimiento me hace ser muy comedido”, como el poeta lo dijo. Solo quisiera recordar una frase muy suya que resumía su humana sabiduría: “El que pesa por quintales, no se fija en medias libras”. Sus premuras invitaban a la ternura. Sus previsiones por el futuro de su familia, le hacían a menudo olvidar su presente personal. Un hombre así, no era chino aunque lo parecía; y… con la bondad con que se anunciaba, cómo podía haber sido vengativo? En su alma bondadosa no cabía el término “vengar”!

Hay una novela que se ha convertido con el tiempo en uno de mis referentes preferidos. Es ella el paradigma mismo de la venganza, se trata de El Conde de Montecristo; es la historia contada por el genial Alejandro Dumas; es la épica aventura de ese hombre traicionado y convertido en prisionero, encarnada por Edmond Dantés. Pocas obras se constituyen en elogio y escabel de la venganza como este maravilloso libro del escritor francés. Dicen que no era él mismo el que escribía sus historias; esto ya a nadie importa; y la verdad, con respecto a este cuestionamiento, solo la sabía él.

Por mi parte, no siempre estuve convencido que fuera dulce la venganza; esto lo confirmé cuando un día cayó en mis manos una nota que, desde entonces, siempre me inspiró por su filosofía y profundidad. La leí alguna vez en un de esos salones de “chat”; es preferible que la transcriba en su integridad para eludir la impúdica tentación de quererla plagiar. Decía así: “La venganza es el juego en el que cae el débil que no puede apartar de sí su rencor. El fuerte sigue su vida y se olvida de la ofensa, ya que no pierde ni un minuto en pensar en ella. El vengativo se siente ofendido día tras día. Y así el ofensor gana ese juego. Y cuando el débil al fin se venga, comprende que no es mejor que su ofensor. Y que solo ha perdido el tiempo y malgastado sus sentimientos y su vida”…

A veces caigo yo mismo en la tentación de ensayar una imaginaria venganza. Se debe a mi inveterada condición de poseer ese auto diagnosticado síndrome obsesivo-compulsivo. Sí, yo sé que es uno de mis mayores defectos. Es parte de mis manías y de mis pruritos. Estoy obsesionado con el orden y trato de acarrear a los demás en mis empeños compulsivos. En la China he aprendido a ignorar los ruidos indiscretos al comer y aun los sonoros escupitajos; he llegado a pasar por alto la invasión de los espacios que creo que son de mi exclusividad. Pero… hay algo a lo que no termino por acostumbrarme: se trata de que, en vuelo, mis colegas chinos no cambien las sábanas de la litera que luego tengo que utilizar. Se escudan en el argumento que habían cubierto con una frazada las mentadas prendas; y que con esto, ya no hacía falta que las tengan que cambiar! Pasan los días, varios días, luego de aquellos vuelos que compartieron conmigo, cuando ellos tenían que cambiar por frescas las usadas sábanas; llego yo inclusive a dejarlas marcadas; pero, las sábanas siguen ajadas y sin que nadie las haya querido cambiar!

Ya me cansé! Me he sentido impotente para persuadirles con los recursos de mi razonamiento; y he pensado que solo me queda la alternativa de una venganza china, en la que se supone que son ellos los que tienen la especialidad. Hasta que ayer ya fue “la cresta”, como dirían los amigos chilenos; ayer que había planeado dar rienda suelta a todo el furor de mi venganza, estábamos en cabina y un cierto compañero se sacó los zapatos y las medias en pleno vuelo… Había un rancio y parmesano olor en el ambiente; mientras yo seguía pensando en por qué se tuvo que vengar el destino así conmigo; y en cómo le hago para, yo también, poderme vengar!

He soñado tantas veces en convertirme en un reciclado Conde de Montecristo, pero he decidido finalmente dejar de pensar en la justicia y en la venganza; y he optado, más bien, por pensar en los valores del perdón y de la piedad…

Amsterdam, 8 de Diciembre de 2010
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07 diciembre 2010

La revancha de Montezuma

De niño fui dejando crecer mi particular convencimiento que teníamos que ocultar las lágrimas; que no se debía dejar que otros le vieran a uno llorar. No sé de dónde me salió ese extraño prejuicio; no sé siquiera si los otros, por lo menos los otros niños, también pensaban igual. Quizás no me daba cuenta todavía del valor catártico que tienen las lágrimas, de cómo ellas confirman y reafirman la condición humana, de cómo nos ayudan a sobrellevar la pérdida, el dolor, la nostalgia, la recurrente orfandad. Quizás, aún no había comprendido que sin lágrimas, no hay remisión ni hay forma de volver a empezar. Tampoco había advertido que las lágrimas son como un raro elixir divino, que se nos asigna por goteo; y no sé si, precisamente, porque tienen ese sabor tan especial…

Lo cierto es que de adulto, y ya convertido en joven padre de cuatro chiquillos, traté, a veces sin éxito, de prolongar con ellos mi persuasión; y muchas veces les exigí con absurda obstinación que si algo querían, o si algo tenían que denunciar o reclamar, antes que nada, tenían primero que calmarse y parar de llorar… No habría de darme cuenta, sino muy tarde, que este propósito (o despropósito) mío volvería con los años a morderme a veces en los glúteos y a veces en los talones! Algo así como el efecto que dicen que produce cierta comida mejicana, que luego de los placeres de la ingestión, produce serios malestares y molestias; dispepsias e insufribles retortijones. La mítica maldición de un emperador azteca que había sentido los estragos de la usurpación y del engaño; y que se vengó a punta de “jitomate” de sus barbados y cabalgantes captores.

Y es que, conmigo pasa, como ya lo he expresado en una crónica anterior, que fui poco a poco desarrollando esta inefable habilidad para ponerme a gimotear por cualquier cosa; por cualquier motivo inocuo e insignificante. Ahora lloro por cualquier asunto carente de importancia. A cada rato me voy de llanto; he perdido mi recurso aristocrático para ocultar mis lacrimógenas propensiones. Parece que ya no me importaría que los demás se dieran cuenta que soy un plebeyo de esos que otra vez se ha puesto a llorar… Me he convertido en lo que mi hermano Adrián llamaba “un cobarde estricto”; o sea, en un simple y silvestre hermafrodita. Para no andar ya con más circunloquios y remilgos: en un viejito maricón que, por cualquier cosa y sin motivo, va y se pone otra vez a llorar!

En mis tiempos de escuela, cuando los partidos de futbol y los golpes de estado se “veían” solo en la radio, había escuchado de unos sorprendentes artefactos que tenían el mágico artilugio de provocar el llanto de los demás. Se trataba de unas bombas que yo imaginaba entonces que poseían una geometría esférica, que las utilizaban cuando había “bullas”; que disponían de una trenza que servía como mecha combustible; y que, al igual que los mecanismos construidos con pólvora, explotaban cuando se las detonaba; y, como resultado, los malvados y comunistas estudiantes universitarios se ponían a llorar!

Fue así como, poco antes de yo también convertirme en malvado estudiante universitario (que nunca fui; porque malvado sí, pero universitario jamás!), habría de descubrir que las mentadas bombitas podían tener cualquier forma, menos la de una pelota coronada por un gorro turco que les impedían la libertad de rodar… Pude darme cuenta, mientras los demás vociferaban “Adelante, adelante, adelante universidad”, que las bombas más bien parecían unas latas de bebida carbonada; y, como yo mismo ya no podía aguantarme más las lagrimas, terminaba implorándoles a los otros: “Adelante, adelante, adelántense nomás!”…

En estos últimos años, me he ido dando cuenta que estas bombitas fueron adquiriendo más bien una figura antropomórfica; les fueron saliendo brazos y piernitas. En suma, fueron haciéndose de una forma definida y compleja; fueron haciéndose de facciones y gestos; y fueron adueñándose de un nombre propio. Estas nuevas bombitas saturan ahora mis espacios y mi tiempo, se han apoderado en forma aleve y artera de mis glándulas lagrimales; han absorbido la plenitud de mis pensamientos y sentimientos. No tienen mecha; han suplantado la cinta del mechero con el diminuto guion con que juntan en su familia los apellidos que los identifican. Se llaman Benjamín y Lucas Vizcaíno-Luá.

Son mis nietos. Estos son los forajidos que me han convertido en un viejito lacrimoso; son las súper eficientes bombitas lacrimógenas que no necesitan detonante; ni siquiera estar presentes, y menos aún que se les tenga que activar. Funcionan sobre todo a la distancia; solo hace falta que se les pueda recordar! Cuando las bombitas están cerca, uno se maravilla de la vida; se arrodilla en la alfombra jugando al perrito; se sienta en la yerba sin importarle que se le moje o se le manche el trasero; se pone a dibujar por horas garabatos y adefesios; se pone a empujar un necio columpio; y, no se deja ganar por el tedio al ver una noria girar, girar y girar…

A ellos les digo lo mismo que de niño me pedían: que coman toda su comida, que recen y orinen antes de acostarse, que jueguen, jueguen y jueguen. Les cuento que cuando uno ya se hace grande no siempre hay tiempo ni para jugar, ni para rezar; que nos hacemos tan necios que nos olvidamos hasta de amar; les cuento que nos vamos convirtiendo en “cobardes estrictos”, en señores circunspectos que van aprendiendo que las bombas lacrimógenas no tienen forma esférica; que, para hacer que lloremos, no necesitan explotar!

Sobre Tallinn – Estonia, 8 de Diciembre de 2010
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