31 marzo 2011

Sistema sexagesimal

No estoy seguro si fueron los asirios o los caldeos los que inventaron el sistema. En todo caso, habría sido en la antigua Babilonia donde sus sabios palaciegos se preocuparon de desarrollar un sistema posicional que utilizara la base sesenta para medir y poder contar. Así como el sistema decimal emplea los diez dedos de las dos manos, el sexagesimal utiliza las falanges de los dedos de la mano derecha, prescindiendo del pulgar, y todos los dedos de la mano izquierda para medir y para contar. Doce multiplicado por cinco da sesenta, y esta referencia empezó a usarse para relacionar los ángulos de la circunferencia y hacer las mediciones del tiempo. Como el conocimiento estuvo reservado a los sacerdotes, el número sesenta pasó a adquirir un valor casi sagrado. Sorprendía a los sabios del llamado Creciente Fértil, que el número sesenta fuera tan adecuado para calcular fracciones, pues era fácil de dividir para 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15 o 20.

El sexagesimal es un método emparentado con otros dos sistemas: el duodecimal (base doce) y el vigesimal (base veinte). Los antiguos habitantes de esas tierras aledañas a los ríos Tigris y Eufrates deben haber encontrado interesante que la luna cambie sus fases por doce veces en el año. Intuyo que eso habría influenciado en la invención de los signos del zodíaco y en la aplicación de sistemas de numeración que tomaban en cuenta la docena de unidades y la docena de docenas (la gruesa). El veinte parece también haber ejercido un profundo influjo, sobre todo en los primeros pueblos europeos, en muchos de cuyos idiomas empezó a utilizarse el veinte para llamar a otros números relacionados con las decenas antes de cien. Así por ejemplo, noventa en francés se dice “cuatro veces veinte y diez”. Idéntica circunstancia puede hallarse en otros idiomas como el galés o el danés. Los lingüistas están persuadidos de que esto está relacionado con los vestigios del euskera (vasco) o, en todo caso, del antiguo celta.

Así, nos han quedado elementos de estos sistemas, sobre todo en el calendario y en la medición del tiempo: el año está compuesto de doce meses, el día  de veinticuatro horas (doce antes y doce después del meridiano), la hora tiene sesenta minutos y el minuto sesenta segundos. De la misma manera, la base sesenta sigue usándose para las mediciones angulares y para las coordenadas de posición. Existen 360 grados de latitud y longitud; y, cosa curiosa: un grado en latitudes ecuatoriales equivale aproximadamente a sesenta millas náuticas. Claro que esto no es motivo para que los aviadores se sienten afectados, en el ejercicio de sus actividades profesionales, por los cambios de hora o por este extraño guarismo del que dependen no solo las variaciones cronológicas sino las mediciones relacionadas con la navegación.

En los estimados básicos que efectúan los aviadores, solo tienen que dividir su velocidad para sesenta, para calcular con precisión el tiempo en minutos que les falta para llegar a un punto de chequeo o estimar su posición. Me pregunto si esto habrá influenciado en los reguladores aeronáuticos al haber establecido un limite de edad de sesenta años, fijando una arbitraria referencia para normar el ejercicio profesional de la actividad de los pilotos. Incluso hoy, cuando nuevas consideraciones se han efectuado para prolongar dicho límite, y casi tres milenios después de haberse puesto en vigencia ese sistema, algunas entidades han sugerido nuevas limitaciones relacionadas con la base sesenta, para proceder a dicha revisión. En el Asia se ha empezado a considerar una nueva “regla del sesenta” para la concesión de este permiso excepcional: un máximo de sesenta horas de vuelo por mes o sesenta horas en un mes calendario.

Esto me lleva a una necesaria reflexión con el beneficio de la retrospectiva (hindsight, en inglés). Y es que, cuando yo era joven, estaba persuadido que debía aplicarse una regla general para establecer el límite de edad. No es que entonces haya sido partidario de una edad específica, sino que estaba convencido que la autoridad debía establecer un reglamento, sin permisos excepcionales, que tenga aplicación para toda la colectividad. Eran tiempos en que se seguían los reglamentos estadounidenses y la OACI no había todavía dado sus recomendaciones, a propósito de extender el límite de edad. Fueron criterios, los míos, que podían ser interpretados como una muestra de rigidez, pero que solo obedecían al deseo de que no se generaran odiosos discrímenes por parte de la autoridad aeronáutica. Hoy, cuando la demanda por pilotos ha obligado a revisar las condiciones de retiro, se ha ido tornando en universal esta modalidad.

Cuando consulto a los demás pilotos que estarían afectados (o, beneficiados), todos parecen estar satisfechos con que se les extienda la edad de retiro, para poder así ejercer su oficio, “aunque sea” limitados a solo sesenta horas al mes, luego de haber cumplido sus sesenta años de edad. Sin embargo, creo que les corroe una secreta sospecha; y es la de que el paquete pecuniario contendría una cláusula contractual discriminatoria: la de que su sueldo estaría limitado a un sesenta por ciento de su anterior ingreso mensual… Están muy molestos con los inventores del sistema de base sesenta; esos ineptos asirios o caldeos, a quienes parece que no se les pasó por la cabeza haber inventado un método más lógico y avanzado: el maravilloso sistema octogesimal…!

Shanghai, 31 de marzo de 2011
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30 marzo 2011

Entre gallos y medianoche…

Es mediodía, estamos en el almuerzo. Es una mesa pequeña y espartana. Esa mesa y unas pocas sillas constituyen todo lo que funge como comedor en ese corredor de la casa de la Delegación del Seguro Social. Hace frío afuera, es un típico frío día en el ventoso verano de Tulcán. Mis codos rozan con los de mis otros hermanos. Hacia mi izquierda, en la cabecera cercana a la puerta, está sentado papá. Le averiguo que qué quiere decir ser un delegado; empieza a explicarme que es como decir ser un gerente, pero circunscrito a una región o a una localidad. Me siento orgulloso de saber que papá es un gerente. Me siento contento de haber venido a pasar con él estas vacaciones en Tulcán.

No hay espacio en la mesa para servirse por propia cuenta. Eulalia, la mujer de mi padre, nos sirve una riquísima sopa de fideos. No entiendo porqué en Quito, en casa de la abuela, le he tomado repulsión y reticencia a estas sopas. Mientras pienso que debe ser por los perejiles y las cebollas, empiezo a juguetear con un frasco nuevo de Póstum que han colocado en el centro de la mesa, junto a la pimienta y a la sal. Lo desenrosco y descubro que una lámina circular de papel cubre la substancia debajo de la tapa. La lámina está adherida a la boca del frasco con pegamento. Decido ahorrar a otros la tarea. De pronto, el Póstum explota sobre los platos de la mesa y su contenido, una solución marrón y granulada, veo con horror como va cubriendo la sopa de papá, la de todos los demás!

Papá emite un sonoro y atronador ¡carajo! Nunca lo había visto tan enojado desde que fui muy niño. Es la primera vez que siento que me grita. Nunca lo había hecho. Me siento culpable, nervioso, enojado conmigo mismo y muy entristecido. Retiro mi silla turbado y me ausento del comedor; voy al jardín vecino donde hay un promontorio de yerba sin cortar, me siento en el pasto y, como el niño de once años que soy, me pongo desconsoladamente a llorar. Es tarde para el arrepentimiento, papá me había advertido que no jugase con el frasco, que terminara mi comida; y el bendito frasco de mierda, va y explota, y derrama todo su maldito contenido en la sopa de todos y en la de mi papá!

Pasan un par de horas y todavía sigo sentado en el jardín; no me ha pasado ni la pena, ni el resentimiento. Mi hermano Luis ha venido a ofrecerme su fraternal solidaridad. Veo que papá deja la oficina de la Delegación y viene a sentarse a mi lado. Está apenado de haberse puesto bravo. Ya no está enojado, me mira con ternura y yo solo atino a mirarlo de reojo. Frota entonces mi cabello contra mi cabeza. Siento bajo la autoridad de sus manos la ternura de su corazón. No se excusa ni intenta una disculpa, quiere estar seguro que volvemos a sentir que no se ha roto muestra comunicación. Me pregunta que qué queremos hacer, que si nos gustaría ir a ver las peleas de gallos, que él antes nos tenía proscritas. Hace un comentario casual de mi mamá. Siento que la piensa de rato en rato. Entonces regreso a mirarle y percibo que trata de sostener la solitaria lágrima que ha empezado a resbalar de sus ojos pardos. No lo puedo evitar: siento como que alguien hubiera destapado un nuevo frasco de Póstum, con traviesa ingenuidad…

Vamos con mi hermano a las peleas de gallos. Nunca antes hemos estado en una gallera. Hay junto a la congestionada arena un ambiente donde medran la pugna y el agravio, donde se sobreponen el rencor y los fermentados antagonismos; hay ahí una confusa y pertinaz algarabía. Las apuestas van en aumento, los gallos embisten con furia; hay un olor a alcohol y a sangre en el recinto circular. No podemos participar de las apuestas y no queremos tomar partido; estamos a favor de ambas aves en contienda, nos apena y sobrecoge ver como ellas intentan, por puro instinto, despedazarse usando sus afiladas espuelas. Los galleros curan a sus gallos durante los momentos de tregua y escupen licor en sus azoradas crestas. No hay lugar para las rendiciones. Uno tendrá que morir, otro será el que gane, el que tenga que triunfar…

Cuando volvemos a casa, papá nos está esperando; sugiere que vayamos a comer algo en la pastelería de la plaza central. Sentimos mutuamente la armonía del reencuentro, de los olvidados resentimientos. Está ahora de buen humor y pregunta si queremos ir al cine después de cenar. Vamos entonces a ver una película de combate; Anthony Perkins es su actor principal. En la trama, el protagonista recostado en su trinchera, piensa en sus hermanos y llora cada vez que tiene que disparar contra otro joven al que está obligado a matar… no me dejo ganar por el sueño, pero claudico ante la nostalgia. Cuando la película termina descubro que afuera hace mucho frío. Es un frío de páramo y es casi la medianoche en esa desolada y recoleta ciudad!

Cuando volvemos a casa, papá nos recomienda no hacer ruido. Visto en silencio mi pijama y voy al baño a cepillarme los dientes. Miro en el espejo y descubro a papá mirándome detrás del azogue. El Póstum es como el ají -me dice cariñoso- que cuando salta y te llega a los ojos, termina a veces por hacerte llorar…!

Hasta mañana Mariano, me dice. Yo le miro con orgullo de saber que es “algo así como un gerente”; entonces, me alegro de haber hecho explotar el endiablado frasco de Póstum; y le respondo con afecto “tamañana papá!"

Shanghai, 31 de marzo de 2011
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29 marzo 2011

Retratos, retretes y retretas

Sospecho que esa fue una de esas mentirillas inocuas que dejé notariadas en el confesionario de aquel Savonarola criollo que para mis compañeros de colegio fuera el padre Michelena. Si alguna vez he de tratar de poner rótulo a esos tragicómicos episodios, deformando un poco el título ya escogido por el poeta chileno Neftalí Reyes, habré de compendiarlos bajo el distintivo de “Confieso que he mentido, memorias”. Si de algo me arrepiento en la vida, es de esa serie de pecadillos contra el octavo mandamiento, aquel de los falsos testimonios. Mas, mientras el autor de los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” elaboraba sus escrituras utilizando tinta verde; yo, debido a los tardíos rubores que todavía me escuecen, tendría que emplear para las mías el color escarlata.

Y debo entrar en materia para consolidar el sacramental requerimiento. Ya están satisfechos los otros elementos: el examen de conciencia, el dolor de corazón, el propósito de la enmienda y aquello de haber cumplido con la penitencia impuesta por el confesor. En mi caso, la más desproporcionada y excesiva de las penitencias estará siempre otorgada por mis propios arrepentimientos. Asunto por el cual, y para mitigar para siempre el resuello en la nuca de mis demonios interiores, debo cumplir con la principal de las rituales exigencias, aquella que materializa el sacramento y garantiza la absolución: la confesión de boca.

Todo empezó un jueves por la noche que en casa interrumpieron mi lectura de los “Retratos de la historia”; en este caso, la versión infantil de la biografía del premier que precedió a De Gaulle en el gobierno de Francia, el mariscal Pétain. Entonces, con poco entusiasmo y a regañadientes, fui a entregar ese regalo de matrimonio en una casa del vecindario, sin reparar en que aquel fortuito acontecimiento marcaría mi vida con sus infames cuotas de perdición. Es que, no seguí esa noche las instrucciones recibidas en casa; al menos no al pie de la letra. Y cuando solo debía participar el saludo (manda a saludar y dice que le diga que...) y entregar aquel obsequio de boda; heme aquí que, contradiciendo expresas recomendaciones, fui y acepté la propina que para estos casos estaba reservada. Así sumé desobediencia a mi pecado de gula y escarnio a mi ambición!

Pero… qué hacer con el fabuloso tesoro de un sucre en esa hora crepuscular? A mi edad, y cuando recién frisaba la docena, era más un asunto de gula que de imaginación; además, la compra furtiva de una golosina en la pastelería de aquella esquina, garantizaba el destino incruento del cuerpo del delito: su rápida y definitiva desaparición. En esas estaba, y ese era el camino que yo ya tomaba, cuando al pasar frente a un improvisado galpón recién construido frente a la Escuela de Ingenieros, me sentí de pronto atraído por el ruido inconfundible que producen las bolas de marfil al chocar sobre la rectangular mesa de billar.

Con el paladar ya reclamando las delicias y confites de la pastelería, decidí quedarme “solo por un ratito” observando las incidencias y desenlace de las partidas del juego. Poco a poco me dejé fascinar por su cartesiana geometría. Ahí fue que cambié de pronto de iniciativa; y así es como gasté mi primer sucre en los encantos seductores de la billa, ligera hermana menor del aquel supuesto entretenimiento de gañanes y tahúres: el juego de billar. Así se esfumó el sucre de mi primera propina, uno con el que renuncié a la gula por el disfrute de los movimientos caprichosos que recorren las bolas antes de caer en las troneras. Pero… éste solo fue el primero de aquellos esfumados sucres. Porque, de esta forma habrían de desvanecerse otros muchos. Muchos más…!

Dos días después, llegaría la noche de boda de la vecina cuyo obsequio me habían enviado antes a entregar. Como sucede casi siempre en estas ocasionales oportunidades, fui designado un poco al apuro para recoger una estola de casa de mis tíos; prenda con la que otra de mis tías, esa noche de sábado, habría de completar su atuendo, digno de una fiesta nupcial. Haciendo acopio de mis insignificantes ahorros, junté de nuevo el importe de un nuevo sucre y me dirigí hacia el destino de mi encomienda, no sin antes visitar por “solo un ratito” el galpón, obedeciendo al llamado del billar. No tardaron en caer todas las quince bolas en las seis afrentosas troneras. Se había acabado el sucre; era hora ya de retirarse y correr a cumplir con la tarea familiar.

Al pasar por el baño, en el ánimo de evacuar el efecto de mis ansiedades, eh aquí que, medio oculto en la penumbra, voy y me encuentro con un estropeado billete de cinco sucres, que -fácil era adivinarlo- estaba escrito que debía ser destinado a mi obligado retorno “por solo un ratito más” a la verde fuente de mi obstinada perdición. Esta vez, los pecaminosos beneficios del envejecido billete tardaron una eternidad en agotarse; y para cuando corrí a cumplir con el encargo, la luna hace rato que se había ocultado y los sediciosos fantasmas del castigo estaban ya acechándome, agazapados en las luces mortecinas de su oscuro zaguán!

No pude justificar mi demora, ya convertida en ausencia. Inventé una increíble e inverosímil historia de vaqueros; culpé la tardanza a la distracción ocasionada por una retreta que “deleitaba con su música” en una plazoleta de la vecindad... Claro que, tan rápido como al día siguiente fue desenmascarada mi mentira. Desde entonces asocio el término retreta con mis reproches y arrepentimientos; y, sobre todo, con mis apuradas y clandestinas citas con el juego de billar…

Ámsterdam, 29 de marzo de 2011
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27 marzo 2011

Eso de quedarse con la boca abierta

Hay veces que encuentro cosas que me maravillan y sorprenden; y entonces, en testimonio de mi sorpresa, admiración o aprecio, me quedo lo que se dice con la boca abierta; mas, hubo episodios y experiencias en las que también me quedé con la boca abierta y, la verdad sea dicha, no fueron circunstancias de mi agrado, ni conjugué el verbo disfrutar como consecuencia de la tristemente recordada experiencia. Y aquí tengo que hacer referencia a mis traumáticas citas dentales cuando era niño. Los dentistas tienen la potestad arbitraria de dejarnos literalmente con la boca abierta; esto lo he soportado con gusto en un par de ocasiones; aquí se trató de doctorcitas de buen ver e innegables atractivos que se metieron con mis piezas dentales y, claro, mientras preparaban sus ingredientes para calzarme, me dejaron por largo tiempo con la boca abierta…

Tengo lo que los ortodoncistas llaman “maloclusión” o “mordedura traumática”, que es la condición que se presenta cuando la mandíbula inferior no logra calzar con la superior. Pero, ojo, no hay que confundir con la quijada prognática -del griego pro (adelante) y gnothos (quijada)- que es una condición que identificó a los Austrias y caracterizó a los Borbones. En su caso, la mandíbula inferior se muestra prominente. Quienes no reclaman sangre real, pero exhiben de todas formas una pronunciada quijada, no son Borbones; son simple y llanamente jetones. Ahora bien, quienes como yo, presentan el caso contrario, no tienen sino que dejarse crecer la barba, en forma de chiva o de candado, para así disimular la carencia de una barbilla agresiva. De esta manera, puede decirse que existen tres tipos distintos de quijadas por su forma y apariencia: la prognática, la traumática (tu mismo), y la neutra o típica propiamente dicha.

Los dos primeros casos constituyen la delicia de los odontólogos (o de los cirujanos máxilo-faciales, como prefieren y exigen ser llamados ahora). Vienen a ser como las operaciones cesáreas para los ginecólogos o los aterrizajes con viento cruzado para los pilotos comerciales. Ahí es cuando estos distinguidos facultativos dejan cualquier asunto importante, inclusive otros pacientes, a quienes no tienen pena ni vergüenza de dejarlos esperando (y también con la boca abierta) para dedicar todo el tiempo del mundo a explorar los síntomas y particularidades que para su especialización son motivo de admiración, hallazgo enriquecedor y, como no, expectativa promisoria de jugosas rentas.

Dicen por ahí que no hay nada más insoportable y tortuoso que un dolor de muela. Yo tengo que dar de esto rendido aval pues, aunque he escuchado idénticos comentarios respecto al dolor de parto, mi condición de género ha impedido que haya sentido semejante dolencia. Solo puedo decir que, así como nos puede volver locos el dolor de oído, algo similar podríamos decir con el dolor de muela. Podría decirse que en casos como estos “nos duele la muela en todo el cuerpo”. Sí, no hay dolor más agudo y torturante como el de aquella molestosa dolencia. Mas, una vez que lo registro y comparo, concluyo y resuelvo que todos los dolores agudos son insoportables, son dolores que nos hincan y marcan por uno o múltiples instantes. Son cuotas indeseables de martirio, otorgadas a plazos o de contado; dolor al fin y punto! Compadezco a quien los padezca!

Cuando estos achaques sobrevienen no hay nada mejor que tener un dentista a la mano; en forma preferente, lo ideal sería tenerlo en casa, o por lo menos estar en condición de hallar uno que se encuentre cerca. Pero, no era este el sentimiento que yo sentía de niño en casa, pues fue entonces justamente que fui creciendo en la repulsión de saber que había alguien que había decidido en forma permanente hurgar dentro de mi boca, para investigar en mis dientes y explorar en mis muelas.

Y es que en casa teníamos un meticuloso (metibocoso?) tío que fungía entonces de estudiante universitario en la rama de la odontología. Tengo la sospecha que él encontraba muy conveniente y adecuado realizar en forma doméstica sus obligadas prácticas y universitarias tareas. Así es como pasé a convertirme en su conejillo de indias. Yo trataba sin éxito de escabullirme cual ágil conejito; pero, una vez atrapado, volvía a ser embutido con unas substancias pastosas que el tío mencionado colocaba en mi boca y hasta que consiguiesen endurarse, dentro de las molduras metálicas que me había introducido en la cavidad bucal, había que esperar por horas con un censurado espíritu de reclamo y además con la boca abierta!

Desde entonces aprendí a tratar a los dentistas, si no con desconfianza y aprehensión, por lo menos con suspicacia. Y esto, con este puntilloso y consagrado pariente en particular, quien al parecer optó por los hábitos de la ortodoncia solo para conseguir desquitarse del segundo nombre con el que le habían castigado sus padres y que por traviesa casualidad sus sobrinos habíamos descubierto. Y es que si bien se ve, no se puede entender como unos progenitores normales pueden ceder a la crueldad y bautizar como Rosesbindo a un bebe recién nacido, frágil, inocente e indefenso! Y es que, para adicionar insulto a la injuria –o injuria a la herida-, o como quiera que se diga, encuentro que no hay en el santoral español un santo que ostente el estandarte de aquel oprobioso nombre; y, es más, cuando busco referencias cibernéticas, las únicas notas que hallo se encuentran en Latacunga y tienen que ver con unos litigios de tierras.

No he vuelto a encontrar nadie con ese nombre. Cuando lo escucho lo asocio con moldes de yeso que se ponían a cuajar mientras me exigían mantener por más de una hora la boca abierta, contradiciendo así el aforismo de que en boca cerrada no entran moscas, ni vivas ni muertas. Lo más cercano y parecido que alguna vez hallé fue un mecánico de aviación que se llamaba Rosendo, y que por delicadeza, y conmiseración, nadie le llamaba por su nombre. Su apellido era Guerrero y preferían llamarle como “Guerrerito”. Es que, no hay derecho! Cuando al prójimo le han castigado con un nombre así… es como para quedarse con la boca abierta!

Shanghai, 27 de marzo de 2011
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25 marzo 2011

De la escoliosis a la fama

Ha muerto Elizabeth Taylor. La conocí hace ya mas de cincuenta años, cuando exhibía esa su lánguida y cándida sonrisa en las femeninas y glamorosas revistas Vanidades que me enviaban a comprar las aburridas tardes de sábado en los kioscos de la Plaza del Teatro. Nunca dejó de sorprenderme porqué era que los demás la encontraban tan atractiva; mientras yo juzgaba que había en el mundo del cine un importante número de mujeres que superaban sus indiscutibles encantos. Era en esas revistas donde ella asomaba en la renovada edición de cada nueva quincena. Y mientras la publicación exhibía una nueva “novela inédita” de Corín Tellado, la señora Taylor nos presentaba cual flamante adquisición de joyería, o recién obtenido trofeo, al último de sus reciclables esposos. Ya para ese entonces sus matrimonios llegaban a media docena, a promedio de uno cada dos años; y a fe mía que llegaron a ser un total de ocho , luego de siete divorcios consecutivos y nada santos!

Fue por esos mismos años que fui intuyendo también que algo me identificaba con ella. Solo ahora que se ha alejado para siempre, creo que lo voy relacionando como un sorprendente paralelo: los dos hemos conocido la fama desde muy pequeños; nos han afectado similares dolencias corporales (un corazón delicado y una columna afectada por la escoliosis congénita); hemos gozado siempre de la presencia y compañía de numerosos y afectuosos amigos; ambos hemos sido conscientes de lo fugaz y transitoria que resulta la vida (la permanencia de lo impermanente); los dos hemos tenido acceso a un repertorio envidiable de joyas invalorables y hermosas; fuimos poniendo encima un considerable número de libritas en la segunda parte de nuestras vidas; y, por sobre todo: hemos dado siempre la impresión de no estar satisfechos con el número de consortes que la vida nos ha asignado! Mi cuota, en este sentido, está cerca de igualar sus récords: a pesar de mis cortos años, estoy solo a siete de igualar esos nupciales sucesos!

Sería, sin embargo, poco aconsejable dejar la sensación que quiero convertir en algo irrisorio –en el sentido de insignificante y en el de objeto de mi burla- la triste despedida de la conocida actriz. Buscar espacio para la mofa con tan lamentable motivo sería no solo insensible e inelegante, sino que constituiría un pecado contra la piedad de tono irremisible. Nadie tiene derecho a burlarse de la desgracia o de la muerte de un ser humano. El último suspiro de nuestras vidas no podría estar nunca sujeto a las desaguisadas impertinencias de la chanza o el ridículo, ni a las insolencias de la sátira. Elizabeth Taylor ha muerto; solo resta averiguar, a manera de curiosidad, cuántos viudos deja su imprevisto deceso.

En los últimos tiempos, no era raro escucharla en sus ocasionales entrevistas; o en las campañas por la que se interesaba para promover el financiamiento o, por lo menos, fortalecer la conciencia frente al síndrome de inmuno-deficiencia adquirida. Era cuando presentaba la imagen de una persona sensible, articulada y comprometida. En esas al parecer improvisadas instancias se dejaba escuchar con conceptos que, por su enjundia, no siempre es frecuente encontrar en seres que se han hecho conocer y notar por la injusta bondad que tuvo el Creador al otorgarles cuotas extracurriculares de belleza. Escucharla me producía esa misma sensación que nos produce el advertir que detrás de la humilde frase dicha por un campesino hay muchas veces un enriquecedor bagaje de sabiduría y sutileza.

Esta es una experiencia que a menudo encuentro en esos en apariencia fríos y yermos textos que llamamos diccionarios, donde no es difícil encontrar ciertos conceptos y definiciones, que trascienden el mérito simple de la sinonimia o la significación directa. Para retazo de muestra baste un solo ejemplo: la palabra “zozobra” es definida de tal manera por el diccionario de la lengua, que su texto parecería más bien sacado de uno de los comentarios de la segunda parte de El Quijote o de la alocución de un erudito académico. El popular documento nos entrega el siguiente como sabroso concepto: “Zozobra: Inquietud, aflicción y congoja del ánimo, que no deja sosegar, o por el riesgo que amenaza, o por el mal que ya se padece”. Hermosa definición, digna de los más encomiables maestros!

De vuelta a los escarceos de la fama, ésta al igual que la escoliosis, con el tiempo va produciendo nuevas y tortuosas molestias, afecta la forma de caminar y nos atormenta en forma ocasional con los achaques con que ataca nuestra espalda. De hecho, si nos topamos con alguien que ensaya una mueca furtiva o una queja ocasional, de fijo que ha adquirido la deformación vergonzante que ha alterado el perfil óseo de su columna vertebral, o es simplemente que se ha dejado doblegar por el infamante peso con que suele presionar la sección lumbar esa condición también sinuosa que conocemos como la fama…

Ineludible aquí recordar el marcial episodio de la Isla del Gallo y de “los trece de la fama”, cuando el extremeño Pizarro arengó a sus indecisas huestes y les conminó a cruzar la línea que había trazado en la arena con una vara (tiene que haber sido una línea recta y sin escoliosis). Los aventureros optaron por la promesa de la fortuna; en tanto que los medrosos sucumbieron a las advertencias intrigantes del temor: no estaban persuadidos de que en el futuro habrían de gozar de retribución pecuniaria, del premio a su arrojo con la heráldica de un noble blasón; o por lo menos con el lujuriante licor que suele tener la más casquivana de las seducciones: la mencionada fama. Un total de trece valientes se propusieron seguir leales al conquistador del Perú, en una circunstancia convertida ya en leyenda ocurrida frente al actual Tumaco.

Todo esto lo sé por culpa de mi personal escoliosis, que fue convirtiendo en famosa mi identidad con la ex esposa de Richard Burton y Eddie Fisher, quien por tratar de imitar mi renombrada dolencia, se fue confinando a una silla de empujar con la que podía sobrellevar de mejor manera los aflictivos malestares de su achacosa espalda…

Tianjin, 25 de marzo de 2011
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21 marzo 2011

Allá arriba, en el infierno…

Se supone que el infierno está ubicado bajo el subsuelo; abajo, mucho más abajo de lo que están los subterráneos más profundos y secretos. Sería esa oscura profundidad la que contendría los campos indescriptibles del averno. Siempre se creyó que los dominios de Satanás, el ángel revoltoso y soberbio, estarían localizados en un substrato geológico inferior, que apuntaba al centro de la tierra, relacionado con las masas incandescentes de lodo ígneo. Esa fue siempre la visión apocalíptica y mitológica con que la religión se encargó de retratarnos el infierno. Así supusimos que el Hades o el río Estigia, se hallaban allá abajo, en el inframundo. Porque “allá arriba”, en cambio, se encontraba el espacio reservado al Paraíso. Mas, eh aquí que un buen día descubrí que el infierno, que debía hallarse ubicado junto a la caldera de los volcanes, había tenido una sucursal itinerante establecida nada menos que en el mismo cielo…

Y es que, puestos a esperar en Pastaza para que se concretara un vuelo después de mediodía, por fin se nos confirmó una contratación para transportar combustible al campamento de Curaray, en el centro del Oriente. Era un vuelo típico de treinta minutos desde la base de Shell Mera, el aeropuerto que fuera por muchos años el paso obligado hacia los destacamentos militares y hacia los campamentos petroleros de la región oriental. Luego de despegar de Pastaza, un pequeño cambio de rumbo, enfrentaba al avión con un conspicuo arbolito que, cual auténtica baliza de navegación, definía la marcación necesaria para confirmar el derrotero. Entonces, y ya con altura de crucero, se seguía con rumbo Este, hacia los destinos selváticos entonces más frecuentes: Villano y Curaray.

Yo venía hecho cargo del pilotaje esa tarde. Luego de cruzar la cuadra de Canelos, el capitán decidió encargarme de la navegación en forma total; entonces, dejó la cabina de mando y se desplazó hacia la de pasajeros para cumplir con una travesura impublicable… Quince minutos luego del despegue y ya nivelados a cinco mil pies, confirmé la posición correcta, e hice el obligatorio reporte: “TAO Pastaza, del TAO 09. Villano 2-5, Curaray 5-0, cambio”. Pasados otros cortos minutos, y dado que el comandante se demoraba en regresar al puente de mando, decidí iniciar el requerido descenso, con el propósito de conseguir una altura de mil quinientos pies en tramo base, preparándome ya para el aterrizaje.

En estas instancias del episodio, pasé a persuadirme que el capitán había optado por probar el desarrollo de mi autónoma iniciativa y que había decidido retrasar su retorno para evaluar mi “criterio de vuelo” y la confiabilidad en mi incipiente pilotaje… Había ya iniciado mi descenso, atravesaba quizás tres mil pies de altura, cuando de pronto la lluvia empezó a arreciar y el tiempo meteorológico comenzó bruscamente a deteriorarse. El cielo se oscureció de golpe, casi fue como si en el día se hubiera hecho la noche. Unos rasgados y lánguidos estratos contrastaban con el azul acerado y mortecino que había pasado a adquirir el firmamento, denunciando la ominosa presencia de un cumulonimbo gigante. En la confianza que solo se trataría de condiciones de tiempo locales, continué con el descenso planificado, atento a mantener contacto visual con los meandros que ahí tiene el río, para asegurar así la necesaria ubicación, como era aconsejable.

De súbito, un ruido persistente y atronador dominó el ambiente en cuestión de cortos instantes; los relámpagos se hicieron más frecuentes; y la lluvia y la severa turbulencia se fueron combinando en apocalíptico maridaje. Todo pareció acontecer en forma vertiginosa e imprevista. Una extraña sensación de zozobra e impotencia empecé a percibir en la cabina de pilotaje. Mientras esperaba que el comandante regresara de su quehaceres para brindarme su invalorable soporte y apoyo, la turbulencia se fue haciendo más peligrosa e intolerable. El viejo DC-3 se sacudía y zarandeaba de arriba hacia abajo, y de un lado para el otro, en una condición demencial y crítica, la cual era cada vez menos controlable. Pronto comprobé que el pilotaje del avión era ya imposible de mantenerse dentro de parámetros aceptables. Aferrado a la columna de control, hacía más esfuerzos para no desprenderme del asiento que para convertir la situación en manejable.

Es que, volar “en instrumentos”, en medio del mal tiempo en la húmeda selva amazónica, y sin disponer de un radar meteorológico, implicaba el riesgo de encontrarse con estas “nubes con pepa”; es decir, no se estaba exento de la contingencia de enfrentarse con una tormenta aislada, embozada en cortinas de nubes que, por su apariencia inofensiva, podían contener la amenaza escondida de las formaciones verticales con las que los aviadores prefieren no enfrentarse. Era ésta una nube de dimensiones y efectos incalculables. Me había encontrado en el cielo con el mismo demonio; y ahora había tenido que batallar estando solo! Nada menos que frente a Lucifer, el ángel de los más perversos desplantes…

En medio del ruido insoportable producido por la lluvia torrencial que sacudía e importunaba; en medio de esas ráfagas de viento que convertían al aparato en una cometa indefensa a merced de los vientos huracanados, el tan extrañado tripulante logró reincorporarse por fin para completar la maniobra que yo había ya empezado a efectuar: la de suspender el rumbo a nuestro anterior destino y buscar proa opuesta para así abortar la operación del frustrado aterrizaje.

Mientras los motores seguían rugiendo como heridas fieras salvajes, poco a poco fuimos saliendo de nuestra precaria condición y conseguimos alejarnos del agrio y altanero cúmulo, para apreciar desde afuera aquello en lo que habíamos estado inmersos hasta hace tan pocos instantes. Una nube de portentosas dimensiones nos había amenazado con el brillo de sus inconfundibles fulgores, sus zigzagueos de muerte y sus fulminantes resplandores infernales. La obscena cresta de un yunque pertinaz anunciaba su perversa y pugnaz tendencia de combate.

Creo que no volví a meterme en ninguna clase de nube por largos meses… Había aprendido, sin querer, qué mismo era eso que llaman el miedo… Y, además, que aquello que llaman el infierno, puede hallarse escondido en muchas otras partes!

Shanghai, 20 de marzo de 2011
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