30 mayo 2011

Me lo dijo Adela…

Me vino de pronto al recuerdo el estribillo! El de una canción que, como muchas, no podrían jamás apelar a conseguir el premio Nobel de literatura… Su letra era tan precaria e insulsa que si nos ha dejado una huella en la memoria, solo ha sido por su persistente repetición… Es siempre probable que yo no haya entrado todavía en la escuela, porque lo único que recuerdo, aparte de ésa, su solitaria estrofa pegajosa, y de su ritmo dulzón, es que la escuché tararear a mis hermanos mayores, antes de haber entrado en la llamada edad de la razón… Eran los tiempos en que yo todavía convertía una escoba en mi guitarra, para simular con ella mis infantiles alardes de cantante y trovador…

Y…no! Nadie podría ganar con ese poco inspirado esfuerzo aquel esquivo galardón!

Que ¿quién me lo dijo…? Pues…

Me lo dijo Adela, me lo dijo Adela

Me lo dijo Adela, me lo dijo Adela


Doctor mañana no me saca usted la muela

Aunque me muera de dolor! (bis)


Trala lará tralará!!!

A veces es bueno recordar las cosas que nos han sucedido en el pasado, porque si no, corremos el riesgo de no aprender de nuestros propios errores; y quizás, por lo que es más importante, porque ése es el único seguro que podemos contratar para ser coherentes en la vida. Bien sabido es que no siempre recibimos aquello que nos merecemos; sino, a menudo, solo aquello que se nos asemeja…

Ayer, luego de concluido el vuelo, veníamos conversando con mi amigo Randall en el transporte de las tripulaciones. Él es un hombre enorme, de casi dos metros de estatura; no sé cómo le hace para que le calcen los controles de vuelo! Pero, a pesar de su tamaño, es sólo un niño inmenso; y, como los niños, tiene también un corazón inmenso, que suele latir con el ritmo inconfundible que tiene la energía de los niños y ésa, su infantil ilusión. De improviso, como si hubiéramos estado hablando de nuestro probable, próximo e inminente retiro, me comentó: “¿Cómo es posible que te reduzcan el sueldo, cuando te renuevan tu contrato para que vueles después de los sesenta? ¿No se supone que es cuando más maduro eres y cuando tienes tanta experiencia, que eso pasaría a ser una ventaja, más allá de una simple y mera compensación?”.

“No olvides que es una trampa que nosotros mismo la tendimos”, le contesté. “¿A qué es lo que te refieres?”, con curiosidad me insistió. “Lo que sucede -le respondí a mi contemporáneo y compañero- es que cuando nosotros mismos fuimos jóvenes, nunca pensamos en que también un día llegaríamos a viejos; y entonces empujábamos el retiro de nuestros mayores, animados por el transitorio entusiasmo de querer nosotros mismos avanzar y conseguir nuestra propia promoción”. “Pero, pasado el tiempo -proseguí- fueron las empresas las que se aprovecharon de nuestra cándida intención; porque los pilotos viejos, aquellos que ostentaban su bagaje de experiencia, eran los más costosos para las empresas, dada su escala salarial. Y, claro, ni cortos ni perezosos, los empresarios vieron, en ello, una situación ventajosa, para así reducir sus costos y hacer recortes en sus presupuestos. A ellos, de acuerdo a lo que he escuchado en esos medios, solo les interesaba que alguien lleve un avión del punto A al punto B”…

“No sabes cuanta razón tienes!”, me contestó. “La verdad es que nunca me había puesto a pensar en ello”. Entonces regresando a mirar a un avión que se acercaba desde la distancia, se quedó mirando fuera de la ventana; y con un dejo de pena y de nostalgia, me comentó: “Da mucha pena saber que esos avioncitos van a seguir volando; y que tú ya nunca más podrás hacerlo, porque pasaste a tener de golpe el estigma de ya ser un hombre viejo”… Unas nubes oscuras y bajas empezaron entonces a dar un marco al reconocimiento de su nostalgia; y, como queriendo cambiar de tema, regresó a mirarme y prosiguió: “¿Sabes qué? A nadie le he oído decir nunca que era lindo convertirse en viejo!”...

“Sí”, le contesté. Fue entonces que me acordé de la letrita de la canción, la de la insulsa melodía de nuestros días de cha cha chá y vacilón. Comprendí que, en contra de la letra de aquella melodía, a veces es mejor ir a sacarse de una vez la muela, aunque ello nos mate de dolor! Esto, porque la única manera de terminar con un dolor persistente que nos atormenta, es optar por quitarse el origen de la dolencia de una vez…

Que quién me lo dijo? Pues…

Me lo dijo Adela, me lo dijo Adela 

Me lo dijo Adela, me lo dijo Adela

Porque dicen que anoche la vieron,
con un tremendo vacilón!

Trala lará tralará!!! (bis)

Shanghai, 30 de mayo de 2011
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29 mayo 2011

Las paradojas del progreso

Sobrevuelo el Japón por dos noches consecutivas. Aprecio, desde mi cabina, las luces sorprendentes que definen la línea costanera de la patria insular de este pueblo formidable. Pienso en su ejemplar organización social, en su historia, en sus rituales y liturgias, en su deliciosa comida, en su tardía y ajena participación en una conflagración que produjo, como contradictorio resultado, su explosiva industrialización y su gran crecimiento económico. Medito en cómo la desgracia muchas veces impulsa y promueve, no solo la vida de los hombres, sino también la de las naciones. Recuerdo las imágenes que trajeron los recientes noticieros relacionados con esa desgracia natural que parecería ser tan japonesa como su nombre: el trágico e impredecible tsunami…

Mis calladas reflexiones me hacen pensar en los dramas humanos que se definen tras cada nueva desgracia telúrica; y en las implicaciones de los aparentes beneficios del progreso en los dolorosos resultados de estos episodios. No solo cuentan los destrozos evidentes, sino todo el replanteo social que surge como obvia y necesaria consecuencia ante estas situaciones. Pienso en cómo, luego de que han pasado algunas semanas desde la última tragedia, no se han logrado contener todavía los riesgos que siguen latentes respecto a las plantas nucleares.

Mas, no solo es el peligro contenido en las aún incontroladas radiaciones el que preocupa a la sociedad del Imperio del Sol Naciente. Son los previstos cortes de energía (relacionados con las estropeadas plantas nucleares), y que afectarían a no menos de diez millones de personas, los que parecen crear el principal motivo para nuevos y reiterados titulares. Y es que, ya próximos al verano, empiezan los japoneses a preocuparse en cómo enfrentar la carencia de las acostumbradas comodidades. Porque esta previsión desnuda la más grande paradoja de la modernidad, la de las contradicciones que tiene el progreso; la ironía de que cuando nos acostumbramos a sus beneficios, éstos se nos hacen indispensables!

Es que los inventos y las bondades que nos ha regalado el desarrollo, nos van a su vez creando nuevas realidades. Se trata de nuevas costumbres y nuevas formas de vida, cuyas condiciones y circunstancias han pasado a ser parte de la vida cotidiana. Hoy, todo parecería depender de esos nuevos beneficios. Las condiciones de la vida moderna parecen presuponer la existencia de ciertas comodidades. Así por ejemplo: en la actualidad los proyectos comunitarios de vivienda requieren de la construcción de edificios, cuya planificación solo es concebible gracias a los elevadores; tampoco sería posible el concepto de vivir en un sitio y de trabajar en otro, si no dispondríamos de mejores, más seguros y más rápidos medios de transporte…

No hace mucho, una interesante encuesta consultaba cuál sería el instrumento, que ha surgido en los últimos tiempos, del que sería más difícil prescindir hoy en día: si la tarjeta de crédito, el celular o el Internet. Vaya disyuntiva! Mucha gente pensaría que sin ellos ya no se podría llevar ya una vida normal… Lo que sucede es que, frente a las nuevas condiciones de vida que generaron las comodidades que nos brindó el progreso, surgieron nuevas situaciones y herramientas para poder conducir nuestra vida, que, ¡vaya ironía!, hoy nos parecen imprescindibles! Éstas, sin que nos hubiésemos llegado a percatar, nos han hecho prescindir de tareas y empleados, o de gestiones antes necesarias. Han hecho inclusive que verbos recién inventados se empleen en nuestras diarias conversaciones!

Es inevitable pensar en las condiciones que nosotros mismos vivimos cuando fuimos todavía pequeños; y, no se diga, las que vivieron nuestros antepasados. Hace solo cien años la electricidad era toda una novedad; entonces la aviación entraba en las conversaciones solo como materia de especulación; y los inventos del futuro, no entraban siquiera en la discusión de las mentes más imaginativas y audaces. ¿Quién habría imaginado la posibilidad de refrigerar los alimentos, de regular la temperatura ambiente, de comunicarse con gente ubicada en cualquier lugar del planeta, de poder observar hechos simultáneos en el televisor, de poder prescindir del correo postal, o la opción de no estar presentes en un banco con el objeto de efectuar importantes transacciones?

Solo hace cincuenta años, cuando yo era chico, disponíamos de una especie de “reloj despertador de barrio” que no emitía un zumbido de advertencia, sino que cual un eco lejano y ascendente, se iba poco a poco definiendo en la madrugada; cuando despertábamos, advertíamos que no se trataba de la fuerza sobrenatural que parecen tener los presagios… sino que era el pregón cotidiano del vocero matutino: el grito sordo, alargado y característico del vendedor callejero que repetía “la leeeche, la leeeche!” Es que, cuando niños, comprábamos ese principal elemento cuando la ciudad no disponía todavía de una planta pasteurizadora; y muy pocos hogares (eran realmente la excepción) disponían de un refrigerador!

En mi caso, estuve por terminar la escuela, cuando una mañana vinieron a casa unos señores uniformados como los médicos; eran los empleados de la empresa Ericsson que venían a instalarnos nuestro primer teléfono inalámbrico (11236) y a vacunarnos en contra de una horrible enfermedad que se había detectado en la sociedad moderna: la falta de comunicación inmediata. Para mí, aquel mágico artilugio, fue una verdadera bendición! Es que claro, antes de la llegada de ese portentoso aparato, no me llamaban por mi nombre, sino simple y llanamente con la abreviada sílaba “Ve”… “Ve, anda a traer un taxi”, “ve y averigua a qué hora abren el correo”, “ve, y dile que le mando a saludar y que digo que le digas que…”

No quiero imaginar lo que nos tiene reservado el futuro; los nuevos inventos que habrá; las nuevas exigencias que vendrán con las nuevas comodidades; o todo lo que muy pronto producirá la llamada “aldea global”. Porque, las carencias del presente nos hacen meditar en lo que otros no tuvieron en el pasado (aunque lo hayamos ya olvidado), pero no nos permiten siquiera imaginar lo que ha de venir pocos años después…!

Shanghai, 29 de mayo de 2011
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26 mayo 2011

Aurea mediocritas

Han pasado cien años desde que un joven médico argentino, que había nacido en Italia bajo el nombre de Giuseppe Ingegneri, publicara una obra, a la que intituló “El hombre mediocre”. Sus ideas habrían de ejercer un importante influjo en el idealismo del siglo pasado; vale decir en la educación, mentalidad y pensamiento social de nuestros padres y de nuestros abuelos. Yo lo leí desde muy joven y me permití, con alguna frecuencia, glosar y mencionar algunas de sus frases en el ánimo de respaldar mis ideas y, quizás también, de enriquecer mis ocasionales presentaciones. La idea central de su pensamiento era la de que el porvenir se consigue con una actitud juvenil de disponibilidad y de permanente renovación.

Una mañana en una arenga que efectué en cuarto curso de colegio, mencioné a José Ingenieros. Fue cuando uno de mis profesores, un brillante educador cubano de talante sentencioso, y de quien siempre me enorgulleceré de haber sido uno de sus discípulos, me desautorizó reprendiendo mi entusiasmo. “Cuando leí El Hombre Mediocre”, me espetó con el escalpelo de su ironía, “descubrí que el más mediocre de los hombres había sido José Ingenieros!”. Nunca supe la razón para su extraña ojeriza; por lo que siguiendo la invitación del propio escritor, tomé la decisión de insistir en mis convicciones y de pensar por mí mismo. Por ello, más tarde, me fue grato encontrar su nombre en las referencias de Ortega y Gasset; e inclusive en las interesantes disquisiciones humanísticas y políticas de quien fuera, por varias ocasiones, nuestro persistente presidente.

Este galeno convertido en filósofo clasificaba a los hombres en tres categorías: el inferior, el mediocre y el superior o idealista. Estaba persuadido que al hombre superior se lo distingue por su imaginación y por el mérito de haber escogido nobles ideales. El idealista es contrario a los dogmas sociales y morales, es un hombre incisivo y soñador. No es un ser acomodaticio como el hombre mediocre. El hombre idealista no se adocena, no se guía por intereses o conveniencias; se sabe llamado a cuestionar la tradición. El hombre mediocre, mientras tanto, sigue al grupo y al criterio de la mayoría; obedece a sus intereses particulares y conveniencias, convirtiéndose en cómplice de mantener las cosas cómo están. Por ello, él se transforma en antagonista del superior e idealista y, sintiéndose amenazado, opta por su escarnio y destrucción. En resumen: éste es identificado por su cómoda concupiscencia, el otro por la nobleza del ideal.

Pero… cómo diferenciar los valores de los intereses? Cómo despreciar el interés propio si éste va de la mano del comunitario ideal? Además, “mediocre” no quiere necesariamente decir algo malo; semánticamente quiere decir “ni bueno, ni malo”, es decir, implica que se encuentra en la mitad… ¿No eran el “camino intermedio” de Confucio, y el “aurea mediocritas” o el “dorado justo medio” de Aristóteles, los ideales humanos de moderación que ya nos proponían los maestros clásicos de la antigüedad? O, es que se trataría de dos conceptos distintos y sin relación; y que la mediocridad no tendría parentesco con la moderación, sino solo con la contradicción del ideal? En suma: ¿se puede propender al balance, la armonía y el equilibrio si se opta por no cuestionar nada, ni a nadie; si se prefiere ser parte del rebaño; y no se lucha ni se tiende a las transformaciones que propenden a conseguir el porvenir de la sociedad?

Está claro! Aristóteles, Maimónides y Tomás Aquino hablaron solo de evitar los excesos, de buscar un camino de moderación. Su propuesta fue la de que todo extremo es malo y de que todo es posible si se lo hace con mesura. Lo malo es que la naturaleza humana es siempre subjetiva y no se ha puesto todavía de acuerdo en cuanto a qué significa exceso; y si no se han determinado esos límites, es imposible determinar donde está ese punto intermedio que define a la moderación. Lo que para el vecino es excesivo puede parecerme insuficiente; lo que para unos significa carencia a otros les produce plenitud y satisfacción!

Una tarde llegó muy contento uno de mis hijos al regresar de la escuela; era que le habían contado ese secreto permisivo de los filósofos griegos, aquello de que “cualquier cosa” estaba permitida, siempre y cuando se lo haga con moderación. Aceptando el silogismo (o si se prefiere, el sofisma) ahora le estaba permitido inclusive “portarse mal”, con tal de hacerlo con moderación! En teoría parecía un argumento de lógica cartesiana; pero, bien visto, se merecía una rápida negación. Y es que “portarse mal” ya era un exceso en sí mismo! No cabía una moderación en el lado de su negación…

Hace pocos días, la vida nos ha llevado a tratar nuevamente el mismo tema… Asuntos de comportamiento nos han invitado a reflexionar en esto del justo medio, del disfrute de los asuntos de la vida sin extravagancia; con sobriedad, mesura y ponderación. Hemos caído en cuenta que cuando hay que hacer las cosas “con medida” se necesita justamente de un instrumento para efectuar dicha “medición”. Si hemos de honrar el ideal y no nos hemos de dejar dominar por la masa, si queremos eliminar los extremos, no nos queda más que encontrar ese esquivo artilugio o herramienta que nos ayudará en nuestra intención…

No hace falta ya consultar a los filósofos griegos o a los padres de la iglesia; es fácil reconocer que ese mecanismo de medición se llama “respeto”. Es éste, la verdadera “cinta métrica” de la moderación y, por lo mismo, de la armonía en nuestras relaciones. Respeto a uno mismo, respeto a los valores y respeto a lo que pertenece a los demás. No se puede pasar el semáforo en rojo, siempre y cuando “solo haya sido un poquito”. Sería como decir de una persona que está “solo un poquito embarazada”… No! La moderación es solo válida cuando se está todavía en el sendero del equilibrio y de la armonía. En el camino de la mitad!

Shanghai, 27 de mayo de 2011
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24 mayo 2011

El cuento del gallo pelón

Sabe usted qué es la desesperación? No. No es un estado del alma; no tiene que ver con el absurdo, ni con los cuestionamientos acerca de la existencia. Tiene solo que ver con el descubrir a tiempo que alguien nos hace la misma y la misma pregunta, porque su sola intención es la de tomarnos el pelo, la de fastidiar…

Es curioso cómo, de acuerdo a los países y lugares, puede cambiar el significado de una misma palabra; es como si fuera la geografía, y no la etimología o la semántica, la encargada de definir su significación. Grande fue mi sorpresa, al llegar una noche al aeropuerto de Maiquetía, en mi primer viaje a Venezuela, cuando me percaté que a todo individuo sin pelo lo identificaban de “pelón”. Entonces advertí que allá llamaban “peludos” a quienes nosotros llamábamos “pelones” y que a los “pelados” ellos les tildaban de “pelón”. Así volvía a escuchar un término que fuera sinónimo de provocación en mi infancia, cuando un joven tío no se cansaba de repetirnos la misma pregunta; entonces, travieso como él era, jugaba con nuestra inocente respuesta, hasta que frente a su intransigencia, llegábamos al tedio sin opción de reclamo o a la más absoluta exasperación!

Pero no es únicamente en Venezuela donde se llama pelones a quienes tienen poco o ningún pelo. Esta forma del adjetivo es casi general para todos los países de habla hispana. Solo es en Ecuador donde a los de pelo abundante les motejamos con el apelativo de pelón; por ello que la famosa tomadura de pelo del gallito sin pelo, debe ser reeditada para el consumo interno. Así el cuento del gallo que está al borde de usar peluca, más bien debería apellidarse “del gallo pelado”…

Ávidos como fuimos en la infancia para que nos cuenten cuentos, y nunca para que alguien quisiera tomarnos el pelo, a menudo caíamos en la tentación de intentar una respuesta ante la persistente pregunta de si queríamos que nos cuenten el cuento del gallo pelón. Cualquiera que hubiese sido el resultado ante la misma pregunta, el interpelante repetiría nuestra respuesta con una similar nueva pregunta: ¿acaso que el gallo pelón dice que sí? o, en su defecto, ¿acaso que el gallo pelón dice que no? En definitiva, el cuento no terminaba siendo ni un juego ni un cuento; y cuando descubríamos lo que realmente era, que solo se trataba de una tomadura de pelo, optábamos por ignorar la intransigencia del preguntón!

Quizás por ello me abstuve de empezar este escrito averiguando si sabían cual es la verdadera trama del cuento. Pues, estoy persuadido que, avisados como son y están, habrían de evitar de darme una respuesta; y si algo yo no quisiera es que opten por ignorarme. Todos sabemos ya que el mentado cuento es solo un artificio destinado a hacernos perder la paciencia y que, si no queremos terminar exasperados, es mejor decidirse por abstenerse de contestar.

Porque el cuento del gallo pelón, no es ningún cuento; es solo “un cuento de nunca acabar”. Si algo de sabiduría y filosofía encierra, es la lección que siempre nos entrega: la de tener paciencia y aprender a ignorar. Es algo así como ponerse a pescar. Y en la vida es mejor aprender a tener paciencia, porque cuando nos apuramos o atolondramos, siempre nos olvidamos de algo y terminamos por cometer errores o hacer las cosas mal. Esa es la mejor advertencia que nos puede dejar el gallito: la de que en la vida es mejor solucionar un problema a la vez, la de que es mejor vivir de día en día, y saber esperar…

Pero, no hay que olvidar que los gallos pelados solo se encuentran en las tiendas de abastos y en los supermercados; y aunque están desnudos, no es porque están listos para irse a la cama; sino que su inmediato destino es la cacerola de algún restaurante. Para eso sirven los gallos pelados, para que los pongamos a cocinar! Es un plato que se llama “gallo hervido”, que los franceses llaman “coq-au-vin” y que yo invito a pronunciar “cocován”.

Así que inténtelo: trocee primero al gallo, aderécelo y dórelo un poquito antes de introducirlo en la cacerola. Espere que hierva el agua y solo entonces añada la sal. Esto es importante si no quiere que los peroles se le vayan a manchar! Ahora ponga a cocer el gallo, añada tocino, hongos, cebolla y ajo. Vierta en el caldo un medio litro de vino de Borgoña (o cualquiera de su localidad); añada pimienta, tomillo, perejil, tarragona y unas hojitas de laurel. Y ahora viene lo importante: baje el fuego y empiece a cocinar al gallo muy lentamente. Sí, lenta, lentamente! Si no, el gallo puede salirse de nuevo; o sea, puede que vaya a resucitar…!

Siga cocinando lentamente. Espere! Ahora sí, haga una reducción del líquido; pero asegúrese que esto lo deja para el final. Cuando vea que los ingredientes estén ya saturados y listos, vuelva a rociar unas gotitas de vino. Pase a la mesa la otra media botella, cuando el gato, quiero decir el gallo, esté ya listo para poderlo saborear! A propósito, la receta es buena también para cualquier otro animal…

Ahora sí me voy, que me tengo que ir a volar. Salud!

Shanghai, 25 de mayo de 2011
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Y ruega por nosotros... Amén!

Supongo que ese ha de ser un asunto de fe. Kierkegaard dice que tal entelequia, la fe, es maravillosa; porque lo que cohesiona a toda vida humana es la pasión; y que la fe es una pasión. Otros han dicho que la condición humana está definida por otras consideraciones como el pensamiento, la palabra o la risa; él dice que no, que es por la pasión; que por pasión amamos, odiamos o sentimos; y que, por pasión es que alcanzamos (o no) aquello que los teólogos han dado en llamar “la fe”.

Lo cierto es que después de lo que nos sucedió aquella tarde cuando volábamos cerca de Cajamarca, sobre los Andes peruanos, volví a escuchar a mi copiloto eso de que “la Virgencita no quiso que sea, esta vez!”. Ya una mañana, al despegar de Ambato y comprobar que el avión perdía altura y que el Fairchild de Cóndor no se sustentaba, cual excusa con características técnicas, le había escuchado a otro amigo eso tan providencial de que “la Virgencita, Albertito, no ha de querer”!

Pocos años atrás, cuando yo era todavía copiloto de TAO, despegábamos de Quito una fría madrugada de Octubre. Tengo la impresión que se nos había cargado una cantidad excesiva de combustible; o, quién sabe, es probable que por esa fuerza avasalladora que tienen ciertos compromisos, haya el capitán aceptado un peso operacional que bordeaba los límites permitidos para el despegue… Era la primera vez que yo iba a experimentar una salida desde Quito con un peso tan alto. No soplaba viento esa mañana y habíamos solicitado utilizar la pista 17 para nuestro despegue, aprovechando así la gradiente positiva que esa pista ofrece. Hicimos las comprobaciones correspondientes, cumplimos la corta lista de chequeo que tenía el C-47 (cual si fuera una plegaria que se hacía de memoria); “probamos magnetos” en la cabecera y, luego de imitar al comandante, me santigüé yo también y confirmé con la torre de control el permiso para nuestro “decolaje”.

El pesado Douglas, empezó su lenta y parsimoniosa carrera de despegue; sentí que con tortuosa lentitud ganaba la primera aceleración requerida para levantar el patín de cola y, ya sin la resistencia aerodinámica del aparato, empezamos poco a poco, y muy lentamente, a ganar la velocidad requerida para una exitosa maniobra de decolaje. Cuando cruzamos frente a la plataforma internacional, el capitán inició unos no habituales movimientos con el estabilizador, como para obtener “viada” y pude advertir que cuando pasábamos frente a nuestro propio hangar, el avión recién alcanzaba la velocidad para poder sustentarse…

Nos levantamos “con las justas”; habíamos llegado casi a las marcas de la pista opuesta, cuando en forma casi milagrosa pude comprobar que las ruedas habían dejado de girar en tierra y que de pronto ya estábamos en el aire! Yo no había estado de acuerdo, con la decisión operacional, por lo que regresando a mirar al comandante, sentado a mi izquierda, le indagué: “ y… si aquí se nos va un motor?”. Mirándome con incredulidad, y casi con desprecio, el comandante, que a esas alturas ya debe haberse arrepentido de su desacostumbrada decisión, me respondió: “Y por qué se va a ir, pues!”. Me pareció que me estaba diciendo lo mismo que oiría tantas veces después; algo parecido a esa declaración fatalista que ponía en las manos de la Virgen el resultado protector que requerían las humanas equivocaciones. Para otros aviadores, las pistas y aerovías eran con probabilidad eso que se mencionaba en misa: el tan mentado “valle de lágrimas”!

Mas, fue ahí sobre otro valle, el de Cajamarca, en ese corto vuelo de Guayaquil a Lima, cruzando a treinta y cinco mil pies de altura y volando “la ruta de las aves canoras” - como oí un día que la llamaban los pilotos de Avianca (los puntos de chequeo llevaban nombres de aves, como Pato, Mirlo y Paloma) - que un ruido extraño, seco y sordo pareció de pronto sacudir al venerable Boeing 707. Era yo entonces un joven y bisoño comandante. El ingeniero de vuelo había regresado de la cabina de pasajeros hacía poquísimos instantes. Fue entonces que advertí el cambio en mis propios oídos y, al regresar a mirar hacia el panel del ingeniero, pude comprobar que había empezado a subir bruscamente la altura de cabina! Una súbita y dramática despresurización estaba ocurriendo en esos instantes!

“Máscaras de oxigeno!”. “Tú, declara descenso de emergencia!” exhorté al copiloto, al tiempo que me colocaba mi máscara personal, comprobaba el funcionamiento adecuado del intercomunicador y empezaba la maniobra rápidamente. Reduje la potencia de los cuatro motores, extendí los frenos aerodinámicos, escogí una altura inferior que superaría el nivel de las montañas que sobrevolábamos, inicié el descenso de emergencia y solicité la lista correspondiente en forma urgente.

Bajábamos ahora vertiginosamente, cruzábamos ya veinticinco mil pies en descenso, cuando noté que ciertos trámites del procedimiento de emergencia no se habían cumplido oportunamente. Para mi sorpresa, el copiloto no había declarado todavía la emergencia, ni había cumplido con la lectura de la lista de chequeo, obedeciendo al comando que previamente yo había ya emitido… Es que, lo intempestivo del episodio le había tomado por sorpresa! Ahora, él se encontraba totalmente “paralizado”… Fue entonces que yo mismo culminé los puntos que se habían omitido, tomé la radio y declaré la emergencia. Informé al control de Lima las condiciones del vuelo y nuestra intención de salir hacia la costa para regresar de inmediato a Guayaquil.

Luego del aterrizaje, fuimos informados por mantenimiento del motivo para la descompresión explosiva: la antena del radio altímetro se había desprendido del aparato debido a corrosión y un enorme boquete en el fuselaje había producido la despresurización! El vuelo tuvo que cancelarse y los pasajeros fueron enviados a diferentes hoteles; la tripulación recibió instrucciones de trasladarse en otro vuelo y regresar de vuelta a la capital.

Mientras volábamos a Quito, luego del frustrado viaje, el contrariado copiloto empezó a advertir la relativa simpleza de la maniobra que habíamos efectuado; constataba su sencillez cuando es realizada en forma metódica, siguiendo el procedimiento pertinente. No desconocí lo dramática que puede parecer una situación intempestiva cuando adquiere un carácter urgente. Sin embargo, para la opinión del preocupado copiloto, habíamos salido de esta precaria y riesgosa circunstancia porque “la Virgencita no quiso que sea, esta vez”…!

Así sucede a veces en la vida de nuestra profesión. Sin embargo… no son los descensos de emergencia los que “a estas alturas de partido” han empezado a preocuparme. Son mis múltiples “ciclos” acumulados, los ascensos y descensos "normales", las continuas y recurrentes presurizaciones y despresurizaciones de mi propio cuerpo (que, a ojo de buen cubero, ya deben acercarse a unas ocho mil), las que me hacen pensar si nuestros organismos, al igual que los aviones, estarían sujetos a los impredecibles efectos que este tipo de compresiones y descompresiones continuas producen en el fuselaje de los aviones; y si determinarían tan sorprendentes consecuencias como resultado de lo que en aviación se ha dado en llamar “fatiga de material”…

Sospecho que deben haberse efectuado exhaustivos estudios al respecto. No han de haber escapado tampoco al interés científico asuntos como los efectos del ruido, la sequedad de cabina, las vibraciones, los ciclos circadianos, la brutal exposición a los rayos solares y la radiación atmosférica. Pero, me temo que esos resultados nunca se harán públicos, por los insospechados efectos operacionales, legales y económicos, y por la reacción de los aviadores, frente a la advertencia y concientización que esto produciría en el ambiente aeronáutico. En cuanto a nuestra propia e inevitable “fatiga de material”… no hay sino que esperar con un poquito de fe y confiar en que no llegue a afectarnos tanto…

Sí, porque… “la Virgencita no ha de querer”!

Sobre Bali, Indonesia, 23 de mayo de 2011
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22 mayo 2011

Zaratustra!

Me preguntan que “qué nomás” he estado leyendo últimamente; y hoy lo quisiera comentar. Reviso lo que he leído en las ultimas semanas y descubro que aquellas lecturas parecerían un tanto erráticas y que no obedecerían a un coherente patrón. Leer es un ejercicio parecido al de realizar un viaje; cuando, aunque nos hubiéramos trazado un itinerario, terminamos por saltarnos ciertos lugares o nos adentramos en imprevistos destinos intermedios. Idéntico asunto sucede cuando releemos, que es cuando nos da la impresión que antes fueron distintos esos mismos paisajes. Uno tarda en advertir que aunque esos lugares serían los mismos, es uno el que ha cambiado desde la ultima vez que los apreció… Aun así, daría la impresión que mis lecturas son contradictorias; y es que, por una razón que solo puede tener que ver con mi tendencia a la variedad, siempre termino leyendo en forma simultánea más de un libro a la vez. Quizás este sea mi método de supervivencia; así trataría de evitar la influencia y, sobre todo, la alienación…

Entonces, refiero aquí lo que he leído en estas últimas semanas: “La región más transparente” de Carlos Fuentes; “El descubrimiento de España” de Fernando Iwasaki (un escritor peruano que me recuerda a Bryce Echenique); "’Tis” del irlandés Frank McCourt; “Conversaciones con Saramago”, una compilación de extractos de sus entrevistas; “50 historias” de Jorge Ortiz; "La fuga" de Carlos Montemayor; y, algo que he dejado para comentar al final, con intención: “Escritos básicos del existencialismo”.

Si se revisan los temas podrá notarse que hay una tendencia zigzagueante. Pero intuyo que el asombro es mayor cuando confieso que mis lecturas son a menudo simultáneas. Esto se debe a que nunca leo para “poder ir a dormir”. De hecho, y esto pasa sobre todo con algunas de mis preferencias, leo casi siempre para “ayudarme a permanecer despierto”. A pesar de ello, con frecuencia escojo algún libro de cabecera, no como ayuda narcótica, sino para saborear ciertas valiosas expresiones antes de que me pidan que apague la luz…

Cuando leo acerca del existencialismo, regreso a las primeras lecturas que no pude evitar cuando salí del colegio. Sartre y Camus estuvieron entre los autores a quienes estuvo de moda referirse; pero me temo que tales lecturas no respondieron a una curiosidad de carácter filosófico, sino, como a menudo pasa, a la identificación revolucionaria que se asoció por un tiempo con dichos autores. Lo que no muchos saben, es que ese nuevo existencialismo, con sus ideas acerca del absurdo, la culpa y la conciencia, no expresaba conceptos recién explorados. Más de cien años atrás ya habían sido tratados por un joven genial llamado Soren Kierkegaard; y, más tarde, por quien se nos tenía proscrito en tiempos del colegio, cual un rezago del infame “Índice”. Me refiero a Federico Nietzsche.

Nietzsche vivió en Alemania al mismo tiempo que Karl Marx y Sigmund Freud; y, como sucedió con ellos, habría de transformar la disciplina en la que incursionó. Es incuestionable el influjo que los tres ejercieron en el mundo. Sin embargo, en lo que se refiere a Nietzsche, estoy persuadido que siempre lo leímos armados de una cierta reticencia, de una coraza construida con ese material tan poco maleable que suele ser el prejuicio. Claro que puede advertirse en su filosofía el influjo del pesimismo alemán, pero hay en él un rechazo, que nunca fue bien interpretado, hacia el influjo que un exceso de moralidad, basado en la dicotomía del bien y del mal, había ejercido en nuestra civilización. Me temo que Nietzsche es un autor para leerlo pausadamente, sin apurarse y disponiendo de tiempo. Si se quiere entender el existencialismo, simplemente no se lo puede dejar de consultar.

Hay una especie de puente entre Kierkegaard y los existencialistas franceses (Camus había nacido en Argelia pero escribió en francés). Se trata de Dostoievsky –que también influenciaría en Nietzsche– y Unamuno. Quizá a ello se deba que Sartre y Camus utilizaron similares métodos. Si algo aprecio en Camus es su honestidad, su respuesta frente al absurdo, su idea de que si la vida no tendría un sentido y una razón para ser vivida, estaríamos en la obligación de tratar de encontrarle un sentido… Pero, fue desde siempre que Nietzsche habría de espolear mis reflexiones, y él fue quien revivió ese nombre de Zaratustra, que lo había oído ya alguna vez desde mi niñez. Zaratustra fue un profeta persa en cuyas ideas se basó el Zoroastrismo, una contradictoria doctrina que debe haber influenciado en los conceptos religiosos del mundo occidental, esa curiosa idea de que todo se reduce a los antagónicos conceptos del bien y del mal.

Quizás por esto Nietzsche escogió ese nombre para el título de una de sus obras, en la firme persuasión que tal actitud nos habría impedido disfrutar lo agradable que puede tener la vida. Y quizás por ello es que habría lanzado su supuesta proclama de la “muerte de Dios”. Fue otro de mis tocayos, un perspicaz y corpulento muchacho, quien en uno de sus febriles coloquios de discoteca, me volvió a nombrar una noche a Zaratustra, con la advertencia de que era ya hora de enterrar al podrido cadáver de Nietzsche… Así, la palabra Zaratustra siempre se me quedó marcada como una advertencia, como una admonición!

Tengo un nieto que no habla el castellano; vive en Australia y sus padres solo se comunican en inglés. Su papá pierde “a veces” la paciencia y dice improperios y blasfemias que él cree que nadie entiende en sus momentos de exasperación. Por ello, cuando Benjamín aprendió a hablar, se dio por repetir las malas palabras que había escuchado “al pasar”... Allí intervinieron entonces sus abuelos para enseñarle unas “falsas” imprecaciones que, por su aparente carácter semántico, le darían a él la equivocada impresión de que eran malas palabras. Así, términos como “¡cataplún!”, “¡retruécano!” y “¡Zaratustra!” fueron improvisados como insultos. Es de adivinar que le fue más conveniente retornar a las malas palabras de su propio idioma, y no precisamente por un asunto de mera pronunciación…!

Sydney, 22 de mayo de 2011
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