30 junio 2011

De sapos vivos y ranas muertas

Es increíble lo que puede aprenderse hoy en día a través del Internet. En algunos casos, podría aprenderse tanto como si se asistiera a una universidad o a un instituto académico. Además, ahí está la ventaja de su versatilidad, que se puede investigar y consultar al ritmo que a uno más le convenga. Se pueden explorar nuevos temas relativos; y quizás, lo que es más importante, que uno va como tropezando con una serie de nuevos asuntos e información inesperada que lo llevan a adentrarse en el sinuoso laberinto de variados temas, en los meandros caprichosos de nuevos e imprevistos conceptos… En cierto modo, es como si se asistiera a una clase con múltiples profesores, los mismos que estarían siempre disponibles y dedicados a responder nuestras preguntas, a darnos información adicional, a absolver nuestras dudas e inquietudes con sus sabias respuestas.

Hago estas reflexiones mientras espero en el aeropuerto de Denver para la salida de mi vuelo de regreso a Chicago. De pronto se me ha ocurrido matar un poco de tiempo consultando la diferencia técnica entre sapo y rana; o, como manda la cortesía, entre rana y sapo (con el femenino adelante). Noto – de paso – que si se aplicaría la nueva moda impuesta por la “revolución ciudadana”, se debería decir: sapas y sapos (que sí suena), o ranas y “ranos” (que, en cambio, no). Porque, aunque al ver a uno de estos batracios casi siempre decimos “el sapo”, conocido es que en ocasiones utilizamos también el sustantivo adjetivado en forma femenina, como cuando decimos “sapa viva” para referirnos a una mujer caracterizada por su cuestionable condición de ingeniosa o perspicaz. De paso, no estoy muy seguro de cuál sea el atributo que tenga el sapo, que haya merecido que se le identifique con la sagacidad motivada por la malicia…

Lo cierto es que siempre se habla de “sapos vivos” y nadie habla de “ranas vivas” (ni tampoco, claro, de ranitas muertas). Lo único importante de saber es que, aunque las ranas y los sapos sean anfibios y batracios, constituyen dos especies diferentes, que tienen en común su no muy atractiva apariencia y la múltiple utilización que se da a la misma, para tomarlos en cuenta en fabulas y moralejas, sea para darles la nobleza de un arrogante rey o simplemente para que conquisten con su supuesta seducción a una enamorada princesa. Porque, aunque no intentemos hacer inútiles discriminaciones, en una cosa sí vamos a coincidir, y es que los sapos, verdes o de cualquier color, son ante todo unos animalitos muy feos, que debido a la consistencia resbalosa de su epidermis, nos producirían un muy intenso recelo si tratamos de tomarlos con las manos.

Ahora que ya consulté el Internet, he descubierto que a más de lo que ya sabía (o sea, que la rana no era la hembra del sapo), que hay unas pocas diferencias que permiten diferenciar a los dos tipos de batracios: las ranas son más pequeñas, tienen los ojos saltones y pronunciados, sus miembros posteriores son más largos (lo que sirven en ciertas mesas son “ancas de rana”, y es comprensible que no sean “ancas de sapo”). Las ranas tienen la piel brillante y resbalosa; y eso de tener la piel rugosa es una de las características con que generalmente se puede identificar a los sapos. Esto sería, en cuanto a su apariencia, lo principal, si se los quiere diferenciar; pero no exime del riesgo de confundir con una rana lo que era realmente un sapo.

El calificativo de “pendejo” (con perdón) es utilizado en ciertos lugares de Sudamérica con una connotación distinta a la usada en el Ecuador; no se lo usa para designar a una persona carente de sagacidad o perspicacia; sino por el contrario, para identificar a quien hace uso de sus recursos y abusa con malicia de la confianza o ingenuidad ajena. Por eso, cuando en el Perú se quiere decir que un individuo es un “sapo vivo”, se dice simplemente que es un pendejo. Es por eso que allá, a nuestros pendejos los llaman “cojudos”, y (sospecho yo) que a nuestros “cojudos” ni siquiera se dignan en tomarlos en cuenta…

Si algo me resultaba apasionante, mientras fui niño, fue justamente el curioso proceso de crecimiento que tienen los batracios, la llamada “metamorfosis”, que consiste en una continua transformación hasta que consiguen su apariencia definitiva. Recuerdo que, en lo que por muchos años fueron unos terrenos irregulares y abandonados, ubicados frente a la antigua Escuela de Ingenieros, donde hoy hay una calle llamada Santa Prisca, había un pequeño estanque en donde pululaban una infinidad de inquietos renacuajos (“guilli-guillis” se los llamaba, con un término que intuyo que viene del quichua), que podían ser fácilmente confundidos con diminutos pececitos. Y, prontos ya a convertirse en ranas adultas, empezaban a exhibir unos incipientes miembros y un color más oscuro, justo antes de optar por desaparecerse por completo. Porque vimos por ahí muchísimos renacuajos, pero nunca los vimos ya convertidos en ranas o sapos, como si ahí se hubiese terminado de golpe el proceso de su crecimiento.

Pienso en sapos, ranas y renacuajos mientras realizo mis ajetreos itinerantes, mientras cumplo con la rutina de mis actividades peripatéticas. Entonces pienso en las peripatéticas caminatas de mis profesores después del almuerzo y en el filósofo de la antigüedad que dio origen a este término que también consulto en la red. Porque el Internet puede abrirnos paso a callejones inesperados; y con solo consultar acerca de los sapos, uno puede caer en las escuelas clásicas de la filosofía, como la de los llamados “peripatéticos”. Y éste era justamente el apodo con el que se conocía al más genial de los sabios griegos; quien nunca había sido considerado uno de “los siete sabios de la Grecia”; él había inventado un sistema filosófico independiente, había sido discípulo de otro filósofo llamado Aristocles, a quien por tener los hombros anchos, se lo conocía como Platón. Su nombre era Aristóteles. Su influencia sigue vigente, a pesar de que han pasado más de veinte siglos. El enseñó conceptos que siguen siendo fundamentales. Estaba empeñado en que los ciudadanos sean hombres de bien y no sean ni unos “sapos vivos”, ni unos pobres pe... ripatéticos!

Denver, 30 de Junio de 2011
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25 junio 2011

Las cosas de la vida y del corazón

Si bien lo veo, la característica que mejor parece haber identificado a mi padre no fue ni su agudo ingenio, ni su espontánea y seductora simpatía; y ni siquiera el atractivo de la apostura con que la gente parece que más lo recuerda todavía; sino tan solo la facilidad que él tenía para hacerse aceptar por la gente de toda condición; en suma, su natural y proverbial sencillez. Pienso en ello, mientras medito en que ésa es una cualidad que se expresa, de una u otra manera, en la personalidad de mis propios hijos. Por eso es que a veces me pregunto: si yo, que vengo de un hombre que era reconocido como un “pobre de espíritu” (en el sentido evangélico); y si se supone que uno se refleja en el espejo de sus propios hijos, por qué es que la gente a veces me percibe como si fuera un presumido?

Pero… ya habíamos hecho antes unas acotaciones al respecto. Por ahora, solo quiero referirme, con aparente y contradictorio orgullo, a la sencillez que adorna a uno de mis hijos; él es alguien que suele no tomarse nunca muy en serio las cosas de la vida, alguien que aunque haya tenido comodidades, no tiene grandes ambiciones materiales. Es de aquellos a quienes la Providencia les ha reservado la primera de las “bienaventuranzas”; porque a ellos se refirió Jesús en el sermón de la montaña, cuando los llamó de afortunados y les prometió ese sencillo reino de la conformidad, que eso y no otra cosa es el “Reino de los Cielos”.

Estoy en Denver en estos días; he venido a presenciar la boda de este hijo; uno que, a más de haber salido “pobre de corazón”, también nos ha salido un tanto “manso de espíritu”, con lo que infiero que se ha de completar, en su caso, la otra recompensa evangélica; la de que habría de heredar también “la posesión de la tierra”, como si no fuera ya suficiente aquello de la primera y más existencial de las promesas: la de un reino que no es de este mundo, la de un mundo que está allá arriba, más allá del horizonte, en el espacio infinito de los cielos. Y todo esto, porque, este hijo, mañana va a entrar en un nuevo “paraíso”, uno que sí es de este mundo, uno al que pertenecen otra clase de “bienaventurados”: los hombres casados…. Sí, porque es cosa muy seria, la de entrar en ese mundo, el llamado mundo de los “hombres serios”…

Y entonces se casa Agustín, el menor de mis cuatro hijos. Y siento, que está muy satisfecho con su decisión, muy contento con quien ha escogido como compañera para cruzar este “valle de lagrimas”; y me parece que lo veo muy feliz. Por lástima, no podrá estar presente Bernardo, el mayor de sus hermanos; pero han venido a acompañarle sus demás hermanos y parte de la familia. Así es como, otra vez se ha reunido la familia íntima “lejos de la casa”, para decirle a Agustín que participa de su alegría, que tiene seguridad que va a ser muy feliz con quien ha decidido compartir su vida. Que sienten que él y su futura esposa hacen una pareja de muchachos que tienen fe y que saben lo que es la esperanza, que saben lo que es la caridad; porque el amor viene por su cuenta cuando se sabe “creer” y se sabe sentir ese calor tan especial que es el constituido por el optimismo…

Parece que él está persuadido que puedo decir unas pocas palabras importantes en el día de su boda, y me ha pedido que haga un pequeño brindis que sirva para inspirar en esos momentos de augurio y celebración. Mas… cómo decir algo sabio e inteligente si uno carece de los atributos para hacerlo; y si, además, se nos constriñe con la advertencia de un restrictivo límite de tiempo? Mientras medito en qué expresar con unas breves palabras, siento que lo más apropiado será que deje que hable con libertad mi propio corazón. Agustín es un hijo al que ya veo muy poco pues está separado por la distancia. Este es el contradictorio precio que los padres pagan cuando salen a trabajar lejos de sus raíces, cuando los hijos se van quedando fuera y sus padres se ven obligados a parcelar sus nostalgias, a renunciar a los preciados anhelos de su propio corazón…

Y ayer nomás, mientras así recordaba aquí en un íntimo coloquio - como parece que es la tradición americana -, me refería a cómo conocimos a quien a partir de este fin de semana pasará a convertirse en su joven esposa. Entonces, se me hizo difícil dejar de recordar aquella tarde de sábado, en la víspera misma de un viaje que yo tenía programado a Lisboa para asistir a un congreso internacional, que quien habría de ser bautizado un día con un nombre que nunca estuvo previsto, habría de adelantar en casi dos meses su venida al mundo. Era un pequeñísimo bebé que vino a luchar con obstinación para asegurar su presencia en esta vida y que ahora estaba convirtiendo en realidad su más importante ilusión .

Así, ese mismo muchacho que tanto aprecia la sencillez en las relaciones con la gente, que sabe que no vale la pena tomarse a sí mismo muy en serio, ha pasado a formar parte de un grupo de gente llamada “seria”, gente que sabe que tiene que aceptar con seriedad sus compromisos. Por ello, no puedo sino regresar a mirar atrás y advertir que el estar casado no puede ser sino un empeño por vivir con alegría, una alegría que no contradice sino que brinda sustento a la felicidad. Porque solo viviendo en paz y con alegría, buscando la dicha ajena sin descuidar nuestro propio goce y satisfacción, es que podemos estar casados “en serio” y así persistir en la búsqueda de nuestra más íntima ilusión.

Yo, que en la vida no siempre aprendí bien las lecciones que propiciaron mis asignaturas, estoy persuadido que así como ayudamos a buscar la felicidad ajena, solo lo podemos lograr cuando también contagiamos con nuestra personal realización. Porque solo cuando nosotros disfrutamos, podemos contagiar con el impulso de nuestra propia alegría, con el reflejo de nuestra propia felicidad.

Denver, junio 25 de 2011
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20 junio 2011

El mejor papá que he tenido…

Llegó de nuevo el “día del padre”. Empezaron también a llegar las cartas de los hijos. Son notas llenas de cariño, que dicen de recuerdos y de sentimientos, que están llenas de promesas, que unen más… Ésa es la magia de las celebraciones: que nos dan una nueva oportunidad para abrir el corazón, para decir cosas con espontaneidad. Y esto pasa, aunque ellos, los hijos, no requieran ni de fechas ni pretextos. Porque dicen con frecuencia “le quiero mucho, pa”; y yo sé que es así, aunque ellos no siempre lo sepan expresar… Me hace pensar en que, si alguna vez pude darles algo, fue por la satisfacción incomparable que significaba “dar”; porque intuía que así, dándoles, entregándome, sin esperar reciprocidad, me justificaba en la vida y recuperaba mi íntimo impulso vital… Porque solo dándonos, podemos vivir de veras y podemos realmente amar…

Y, cuando esas notas empiezan a llegar, llegan también a visitarme una serie de episodios que me atropellan con sus recuerdos. Ahí están los viajes que juntos hicimos, las experiencias que pudimos compartir y disfrutar, el sentido solidario que fortaleció nuestro sentido de familia. Están las travesuras y las reprensiones, las celebraciones, las fiestas infantiles, las inquietudes de cada uno. En fin… las oportunidades que ellos me dieron para sentirme orgulloso de ser su padre, para disfrutar de esa distinta forma de amistad que fuimos haciendo crecer y que cada vez nos fue uniendo más. Y, ahora… cuando ya todos vuelan por su cuenta, me permiten ir descubriendo una nueva posibilidad: la que seduce con la inocencia y la fantasía, esa bendición maravillosa que es la de sentirse abuelo!

Y por ahí está, guardada entre los cajones arrumados de una bodega, o metida quizás entre las hojas arrugadas de uno de mis libros preferidos, esa tarjeta que alguna vez me entregó Bernardo cuando era todavía pequeño. “Gracias pa, por lo bueno que es con nosotros. Le deseo un feliz día del padre, porque usted es el mejor papá que yo jamás haya tenido!”… Ahí está justamente la gracia sin límites que tiene la ternura emparejada con la ingenuidad, gracia que entrega razones para la sonrisa, que impulsa a la bondad, a ese compromiso de ser amigo y maestro, que es la más hermosa promesa que podamos hacerle a la vida…

Pero… fui realmente un padre bueno? No lo sé! Solo sé que lo que hice con mis hijos, lo hice para hacerles más fácil su vida, para poderles dar lo que yo mismo no tuve, para hacerles sentir esa combinación de disciplina y afecto que creí que era ser papá, para compartir con ellos el disfrute de una infancia que me entregó el tiempo en forma distinta… Porque yo no siempre tuve la suerte de vivir con mi propio padre. Habría de vivir con él sólo los primeros años de mi vida; y mucho más tarde, cuando empezaba recién a descubrirlo, se me fue un triste sábado por la tarde, dejándome otra vez huérfano y confundido, roto de dolor y de melancolía… Sí, creo que lo perdí demasiado pronto! Desde entonces, nunca más ya lo volví a ver… Solo sé que se me fue, que me quedé muy solo, sabiendo que ése es el capricho con que lastima el ogro cruel e insaciable del destino…

La noche siguiente me quedé en Cuenca, quería acompañar a mis hermanos menores y a su madre -una mujer demasiado buena para merecer ese horrible nombre de madrastra-, y me puse a revisar las olvidadas fotografías de papá, a hurgar entre sus ordenados cajones, a explorar el secreto baúl de sus preciados “cachivaches”… descubriendo sus navajas y artilugios, advirtiendo que de él habría heredado mi obsesión por la pulcritud y la simetría; y quizás también esa empecinada e incorregible vocación por guardar cosas pequeñas y distintas que “podrían servirnos algún día”: esa, su callada y bien disimulada novelería…

Allí, esa noche, en el rincón de esa discreta sala de estar, sonaba un tocadiscos desvencijado. Giraba en él un pequeño disco de cuarenta y cinco, que entregaba una nostálgica melodía que se quedará para siempre en mi recuerdo. Y esa misma noche, sabiendo que ya nunca lo iba a volver a ver, me puse a recordar sus payasadas, sus preferidas poesías, sus juegos con nosotros cuando fuimos niños, cuando se arrodillaba en el piso y jugaba a perseguirnos cual si fuese un travieso perrito… Afuera lloraba el cielo; mientras, adentro, yo también lloraba mi nostalgia, escuchando ese pasillo que reflejaba su prematura despedida:

La noche  se hizo en mí cuando te fuiste,
y yo creí morir sin tu querer.
La noche se hizo en mí con tu partida,
y para qué vivir si ya no estas en mí…

Papá quizás no fue el padre que él mismo hubiese querido ser. Tampoco fue el que la familia de mi madre hubiera querido que fuera. Pero, lejos de alimentar en nosotros un sentimiento de antagonismo, los tíos se preocuparon por darnos lo que, por su ausencia, y sus nuevas circunstancias, papá ya no nos pudo dar. Aun así… se fue dejándonos el recuerdo de cómo supo enfrentar con humor la vida; su persistente ilusión frente a la adversidad; nos dejó la memoria de su ingenio y de sus traviesas ocurrencias, la de su elegancia no exenta de sencillez. Y nos dejó, como herencia de su vida, ese su loco optimismo; y también la cascada de su risa, la fuerza torrencial de un afecto que, como el suyo, nunca necesitó disimular…

Fueron los tíos quienes se convirtieron en nuestros “padres putativos”. Pero, aun así… papá será siempre el mejor papá que yo he tenido! Porque, frente a todo y ante todo, él fue conmigo un gran amigo; o, si no, simplemente, “mi papá”…

Chicago, 19 de junio de 2011
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18 junio 2011

Hacer de tripas, corazón

Reviso ocasionalmente las estadísticas de este “blog”. Así puedo darme cuenta que aparentemente, a imagen de lo que pasa en la vida, la más popular de mis entradas es justamente la más humilde de entre ellas. Se trata de una que llamé “Caldo de 31”, escribiendo su título de la misma forma como lo escriben en las pizarras que anuncian en la Sierra el expendio de esta sopa hecha con tripas y menudencias. Intuyo, por lo mismo, que mucha gente cae en estas reflexiones mías, no por interesarse en mis escritos, sino por culpa de la mera coincidencia. En efecto, parecería que hay gente que “pisa el jardín de mi casa” porque más bien ha estado buscando una culinaria y autóctona receta…

Pero… no me queda más! Tengo que “hacer de tripas corazón” y, por lo menos, trato de averiguar cuál es el sentido de esta expresión, cuál es la historia de su uso y trato de relacionarlo con la costumbre de cómo se la emplea. El dicho solo significa: sobreponerse a las adversidades, armarse de valor, saber enfrentarse a una situación desagradable, hacer un esfuerzo para enfrentarse a los obstáculos; lo que, utilizando otra expresión popular, se diría: “al mal tiempo, buena cara”. En este sentido, quizás más apropiado sería decir “hacer del corazón, tripas”, puesto que la intención sería la de endurecerle al corazón, la de convertir el corazón en tripas, para que éste no se lastime ni sienta. A menos que convirtamos las entrañas en corazón, para armarnos de coraje y de fuerza...

Cuando decimos que “hacemos de tripas corazón” lo que queremos realmente decir es que hay que dominar el miedo, que debemos saber dominar los obstáculos; ya que cuando enfrentamos las desgracias o las incomodidades, no hay más remedio que saber enfrentarlas. Es lo que en Venezuela llaman “tirar palante” o lo que no nos cansamos de escuchar a nuestros futbolistas, que cuando les entrevistan, hablan de seguirle poniendo empeño a su esfuerzo para poder “salir avanti”, cuando imagino que lo quieren decir es “salir avante”.

Lo de “tirar palante” me recuerda al primer viaje internacional de mi juventud, cuando escuché por primera vez eso de “vamos a echarle pichón a la cosa” o de “vamos a echarle palante”; y me remite también a una cancioncita de Emilio José que se llamaba “Un paso adelante”. Su música era muy agradable; y su letra no estaba exenta de una intensa filosofía. Llegó a convertirse en “la número uno”. Decía así:

Ya lo sé, conozco ese momento que te toca vivir.

Yo también, he perdido mil veces la fe que había en mí.

Sé muy bien que se estrecha el camino y de nada vale

Querer volar preso del destino. La libertad no puedes hallar!



Un paso "alante", no volver la vista atrás.

Esos minutos que te acabas de encontrar

Son quizás parte de la búsqueda. Mañana lo resolverás.



Ese futuro que tan negro viste ayer.

Es como un sueño, se empieza a desvanecer.

Ya verás como mañana el sol de nuevo brillará.



Ya lo sé, la gente desde fuera no puede comprender.

Yo también, me pierdo en los problemas sin poder entender.

Sé muy bien que las borrascas pasan y un sol ligero,
Vuelve a nacer tras un aguacero y un raso cielo se vuelve a ver.



Un paso "alante", no volver la vista atrás.

Esos minutos que te acabas de encontrar

Son quizás parte de la búsqueda. Mañana lo resolverás (bis).

Por esto, cuando vuelvo a revisar esas curiosas estadísticas, solo espero que no sean lo que dicen de ellas: que “son como los bikinis que muestran mucho, pero que ocultan lo esencial”… De ahí que, no tengo más remedio que aceptar que mi entrada más leída siga siendo “Caldo de 31”. Ante ello no me quedan sino dos recursos: dedicarme más bien a escribir recetas de cocina; o, claro, también... “hacer de tripas, corazón”!

Anchorage, 19 de junio de 2011
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Ensayo de la estulticia

Estúpido. Imbécil. Idiota… Qué interesante es encontrar el origen de las palabras! Me pregunto si uno puede ser inteligente y, a la vez, hacer tonterías? Es que, me he entretenido con un editorial reciente, que analiza el sentido etimológico de la palabra “estupidez” que, según Corominas, sería un término heredado del latín “stupidus”, que significa “aturdido”. Y que, según el diccionario de la Real Academia, significaría "necio, o falto de inteligencia". Sugiere quien escribe, que “en apariencia, una persona inteligente no estaría en capacidad de hacer estupideces, lo cual, paradójicamente, ocurre con bastante frecuencia”…

La reflexión me ha llevado a recordar a un joven amigo de juventud. Estaba dotado de una inteligencia excepcional; era una mente brillante, con la capacidad de discusión lógica más vertical y contundente que jamás haya conocido en mi vida. Tenía una cabeza genial, era una maravillosa maquina de pensar. Gozaba, además, de la suerte de haber accedido a una educación de privilegio; era bien parecido y seducía con el embrujo de su desbordante simpatía; pero… era propenso a caer en el reino sin fronteras de la estulticia. Brillante e inteligente como era, no cesaba, sin embargo, de cometer continuas y frecuentes tonterías!

Una tarde me llamó su madre para que fuera a visitarla. Quería conversarme acerca de su hijo. Le atormentaba que un muchacho que tenía tanto por ofrecer y aprovechar, y que estaba destinado a dar satisfacciones a su familia y a la sociedad, estuviera insistiendo en incomprensibles necedades y desperdiciando su talento, cayendo en tantos errores como si lo que poseyese no fuese intelecto, sino solo fofa bobería. Le hablé de su inteligencia. “Mijo –me dijo con resignación y melancolía- ser inteligente, no consiste en tener buena cabeza, sino solo en saberla utilizar en las cosas simples de la vida”. Fueron palabras que reflejaban dolor y renunciada esperanza, pero también profunda y enorme sabiduría…

Mientras recuerdo la infinita bondad de quien fue la madre de mi amigo, repito en mi memoria la altiva mirada de sus hermosos ojos azules, la ternura que siempre tuvo para conmigo; y medito en el porqué de la extraña tendencia que los hombres tenemos de caer en la tentación de hacer ocasionales tonterías. Cuántas veces no nos decimos a nosotros mismos “qué tonto que soy!”, sea porque erramos, porque olvidamos algo, porque nos descuidamos; o porque hicimos lo que no queríamos o terminamos haciendo lo que no se suponía. Nos vemos en el espejo y no entendemos cómo se nos pudo ocurrir haber dicho algo o haber hecho una nueva estupidez, que no tenía sino nuestra propia autoría!

Yo, que vivo haciendo tonterías, pero que gozo por ventaja de cierta absolución porque no puedo alardear de tener tanta inteligencia, me pregunto a veces por qué no se me ocurrió una opción que estuvo a la mano, o por qué no opté por una más coherente alternativa. Deduzco que aunque decimos que “errar es humano” (que es la excusa más frecuente), que no logro explicarme por qué es que, a sabiendas de las pérfidas consecuencias y los evidentes riesgos, metemos por ahí mismo la cabeza (también es figurativo) y volvemos a caer en otra inexcusable tontería.

Las llamadas indiscreciones, en las que conocidas personalidades han caído en algún momento de su vida, me han hecho recordar el comentario que leí alguna vez en un periódico americano, con respecto a estas insensateces: “Lo que sucede –escribía el articulista- es que Dios nos dio a los hombres un cerebro y también un órgano entre las piernas, pero parecería que no nos regaló suficiente sangre para irrigarlos a los dos en forma simultánea”… Por mi parte, dudo que ésa sea la causa científica; y estoy persuadido que, cuando tiene que ver con debilidades y concupiscencias, actuamos muchas veces sin meditar en las implicaciones, ni tampoco en las inevitables consecuencias. Por desgracia, nadie está exento de cometer actos absurdos, acciones que motivan la incredulidad ajena, que incluso conducen a la risa y que terminan por llenarnos de vergüenza.

El comentario al que al principio hago referencia, ha coincidido con mis apuntes de Miguel de Unamuno, relacionados a su magistral obra “Del Sentimiento Trágico de la Vida”; allí hace justamente una referencia al significado etimológico de una palabra parecida y emparentada: el término “idiota”. Él, refiriéndose a un cierto momento de controversia en el pasado, dice que “la victoria se fue por el lado de los idiotas; en el sentido etimológico de propio (particular), primitivo; como el de los simples, rudos y de cabeza dura”.

En efecto, el “idiota” en la antigua Grecia, era quien sólo atendía a sus asuntos particulares y no podía intervenir en las cosas que eran públicas. Probablemente la connotación posterior de zafio o ignorante vino justamente para referirse a quien no se ocupaba de lo público, sin embargo de que ello afectaba su vida. Algo similar sucede con la palabra "imbécil" que, en su origen, era una palabra utilizada por los griegos para designar a los débiles, a quienes necesitaban apoyarse en los demás… Luego pasó al latín con el sentido de “quien se apoya en el bastón o quien carece de apoyo”… Lo que sucede es que, tanto imbécil como idiota, se empezaron a usar en Europa en el siglo XVII, para identificar a los disminuidos o débiles mentales. Y, así, fueron utilizados desde entonces como un insulto…

Sí, “una cosa terrible es la inteligencia”, diría el maestro vizcaíno, y concluiría que… “la verdad es que el hombre, que es prisionero de la lógica, sin ella no puede pensar”. A pesar de que “... siempre ha tratado de subordinar la lógica al servicio de sus caprichos”. Quizás esto explique mejor nuestras frecuentes estupideces, nuestros continuos y nunca aislados desaciertos. Cierto no? Qué tontería!

Anchorage, junio 17 de 2011
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16 junio 2011

Cuaderno de bitácora

Estamos en Atlanta, hace calor y no funciona la unidad auxiliar de energía. Hoy no disponemos, de aire acondicionado (a fin de cuentas, solo somos un humilde carguero). Se siente calor y humedad, como si fuese un improvisado baño sauna dentro de nuestra congestionada cabina de mando. Hacemos metódicos preparativos en la confianza de que pronto terminarán los demorados trasiegos de carga y descarga. Es lo que llamamos “estibaje”, término que los miembros de la Academia no aceptan o dicen que no existe! A ver… Que vengan ellos a soportar más de treinta grados de temperatura, metidos en un tubo hirviente y desprovisto de aire acondicionado, esperando que terminen de reordenar y balancear la carga, y entonces que me digan que la razón de la demora no es una tortura perversa y que la dichosa palabra no existe! Que digan que no hay un concepto para englobar la acción de manejar la carga, procurando un centro de equilibrio que sea óptimo para el decolaje! Claro que la hay, yo sé que sí existe!

Ya listos para partir, cuando ya es mediodía y sabemos que estamos despiertos desde la medianoche, desde cuando iniciamos nuestro vuelo en Alaska, podemos notar que el viento y las condiciones de tiempo en el lado este del aeropuerto van cambiando. El control de rodaje nos llama y solicita lo previsto: que volvamos a la frecuencia del control de autorizaciones para recibir una enmienda al permiso de vuelo. Ahora han cambiado las pistas a utilizarse. “Tengo un cambio en su ruta, Cargo King 219 –dice el controlador-, está listo a copiar?”. Le contesto que prosiga. Entonces me entrega su nueva autorización: “Cargo King 219, pistas 27, autorizado a O’Hare, vectores a North One, Juliet 89 Louisville, directo a Marion, vectores a Chicago O’Hare. Mantenga diez mil pies. Espere nivel 370. Responda a código 3147”.

Estamos ya listos para el rodaje, no sin antes haber reprogramado el ordenador de vuelo para preparar el despegue desde la pista 27 derecha y la nueva salida. Ahora se nos autoriza para un rodaje parcial: “CK 219 ruede a la 27 derecha, tome Romeo y espere en Romeo 11 antes de cruzar la pista 27 izquierda, ahí monitoree frecuencia de torre en 124.35”. He delegado al copiloto la navegación, él está encargado de conducir el vuelo. El primer oficial controla con cuidado y lentitud el enorme aparato (qué hermoso parece desplazarse el 747, justo cuando exhibe su contradictoria parsimonia!). “Cargo King 219, cruce sin demora la pista 27 izquierda, tome Charlie 12 y espere en Delta antes de la 27 derecha”.

Mientras esperamos el próximo despegue de un 777 de Delta, para cruzar la nueva pista, se nos vuelve a pedir que regresemos al control de autorizaciones: “Cargo King 219, tengo una nueva enmienda para su ruta”. “Prosiga”, le vuelvo a contestar, escondiendo mi impaciencia. Entonces me dispara su nueva y revisada autorización cual si fuera una serpentina interminable: “Cargo King 219, salida de la Pista 27 derecha, vectores hacia North Two, directo a Papa Bravo Sierra, directo a Charlote, directo a Fulham, Juliet 89 a Marion, llegada Royco Tres al aeropuerto de Chicago. Mantenga diez mil, frecuencia de salida 128.6. Responda a código 3147”. Reprogramo la nueva ruta nuevamente en el computador de navegación; ahora podemos advertir que el combustible, sin llegar a marginal, pasa a ser restrictivo. Nos han aumentado, de golpe, más de doscientas millas! Ya listos para cruzar la pista y en frecuencia de torre, el control vuelve a pedirnos que regresemos a la anterior frecuencia… Santo coraje y santa paciencia…!

“Cargo King 219, tenemos restricciones por el mal tiempo sobre Nashville. Tiene autorización para procedimientos RNAV?”, nos consulta ahora el control y nos comenta que están desviando los cargueros hacia el este para acomodar la nueva congestión producida sobre Kentucky. Cuando le contesto en forma afirmativa, nos vuelve a dar una nueva autorización para circular el aeropuerto de Atlanta hacia el sur. “CK219, autorizado procedimiento RNAV pista 27 derecha, después de Fubol, salida Dowsy 4 hasta Papa Bravo Sierra, el resto de la ruta sin cambio. Repita”. Y yo, bien mandado colaciono y repito; pero le advierto: “Control, CK219, su nueva autorización nos es muy marginal para nuestro status de combustible. Asegúrese que Chicago no prevé demoras para nuestra llegada; caso contrario, preferiríamos regresar a la plataforma de carga, tendríamos que volver a cruzar las pistas para reabastecernos de más combustible. Confirme por favor!”.

Lo que sigue son dos horas muy tensas, con múltiples cambios de ruta y de nivel de vuelo. Vamos “toreando” al mal tiempo. Vamos pendientes del radar, del tránsito aéreo y, sobre todo, de nuestra reserva final de combustible… El tiempo en la ruta sigue malo, pero no tanto como para no solicitar ocasionales recortes que producen sacudones ocasionales e incomodidad física, pero que no dejan de aportar sus cuotas de alivio. Cada recorte significa un pequeño aumento en el cálculo del Sistema Gerencial de Vuelo, en cuanto a la reserva de combustible!

Así, llegamos a “pelear” con el inesperado mal tiempo en el descenso. Asimismo se nos cambia la pista programada (inicialmente la 10) por la 13 derecha. Ya en la aproximación intentan cambiarnos la pista de aterrizaje por otra más corta, la 22 derecha. Considero el viento y sobre todo el alto peso de aterrizaje y declino la inconveniente “oferta”. Entonces le regreso a mirar al estresado copiloto y le comento: “Dios, cómo me encanta este trabajo!”. Compruebo que es ahí cuando disfruto en verdad de la aviación, cuando puedo poner toda mi experiencia y mis recursos al servicio de una operación metódica, eficiente, segura y animada por la búsqueda de la excelencia!

Hacemos un aterrizaje firme en medio de la ráfagas de viento y la inesperada y persistente llovizna. Regreso a ver al concentrado copiloto, comparto con él una sonrisa de satisfacción. Es el gratificante premio para una tarea de equipo bien realizada y felizmente concluida! “Sí, skipper; este es el mejor trabajo del mundo!”, me comenta...

Chicago, junio 16 de 2011
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