28 diciembre 2011

De balances y artificios

Sabia resulta la costumbre que tiene el hombre de efectuar balances periódicos y esporádicos arqueos. Por ello, confundido entre la celebración y la nostalgia, entre la festividad y los fuegos de artificio, revisa cada fin de año lo que pudo haber sido y no fue, o lo que hizo y lo que dejó de hacer. Así, la humanidad aprovecha el giro que realiza el planeta en el que vive. Pero… será preciso que el calendario se renueve para que realicemos estos balances? Y, será necesario que efectuemos tales recuentos para que reflexionemos y apreciemos el mérito de valores como el bienestar, la prosperidad y el uso adecuado del tiempo?

Será preciso que convirtamos ese repetitivo tránsito sideral en indispensable artificio para provocar nuestras meditaciones y auditorias, para efectuar nuevos propósitos y promesas, para renovar nuestra fe durante los equinoccios y utilizar los solsticios para recordar los compromisos a que hemos accedido de voluntario acuerdo? Si bien ciertas fechas constituyen una oportunidad para la reflexión, quizás no resulte preciso que esperemos el cumplimiento de esos plazos para poder mirar el pasado y convertir los logros o los desengaños en referentes para enfrentar lo por venir. La vida debe consistir en un proceso permanente de introspección, de continua cavilación y de renovado juicio.

Alguien definió alguna vez a la juventud como una permanente actitud de reflexión, como una lucha contra el anquilosamiento de la costumbre, como un no aceptar nunca una obra como acabada y concluida, como una actitud de disponibilidad ante los acontecimientos, ante las circunstancias y ante los hombres, como un renovado propósito por resistirse a envejecer. Por ello, si queremos mantener una actitud fresca y positiva ante la vida, debemos ejercer un continuo replanteamiento, realizar un permanente análisis del pasado y efectuar una continua proyección hacia el futuro.

Son tres los aspectos que el hombre abarca en éste, su periódico reflexionar: el básico o personal, el relacionado con su actividad productiva o profesional y el comunitario o colectivo, aquel al que está obligado por su condición de animal social. Todos éstos, de alguna manera, están condicionados por la circunstancia convencional de lo cultural; el primero obedece, además, a un factor adicional: el influjo preponderante que ejerce la propia personalidad.

Los entendidos afirman que así como la personalidad individual no es susceptible de ser cambiada, también la cultura – llámese institucional o colectiva - es un elemento que no es susceptibles de alterarse o de modificarse. Podemos propiciar un cambio en ciertas actitudes de los hombres o de sus colectividades; mas, es muy difícil cambiar la cultura de las instituciones y de las empresas. Sin embargo de lo dicho, la costumbre tiende pronto a convertirse en norma; y así, de manera inadvertida, insospechada y espontánea, cambian los paradigmas y se alteran las referencias; los arquetipos y los ideales se transforman y se modifican.

Por ventaja, hay algo en la aspiración humana, en la tendencia natural del hombre, que lo impulsa hacia la superación permanente, hacia metas más altas, hacia objetivos cada vez más elevados. Así como el hombre busca instrumentos y medios para vivir mejor, para progresar y superarse, también las instituciones y sociedades van descubriendo otros métodos y formas de vida que son mejores. El hombre quiere vivir mejor, más cómodo y seguro, y con mayor tranquilidad. Y sabe que le hace falta compartir en sociedad esas mejoras, esos nuevos sistemas y procedimientos para a satisfacer sus metas y sus más preciados objetivos.

Pero… cómo conciliar esos objetivos y los esfuerzos que se ponen a su servicio? Si, en apariencia, las prioridades suelen ser diversas, si los intereses parecen ser conflictivos? Y si, además, hemos de partir de la contradictoria premisa de los distintos niveles sociales y de los diferentes grados de cultura que encontramos en la sociedad; si aun conceptos como libertad y progreso resultan valores poco meditados y no siempre bien comprendidos. ¿Cómo hacer para lograr identidad en esos esfuerzos y aspiraciones? Cómo coincidir en estrategias que consoliden esa pretendida identidad, para así propiciar un sentido de solidaridad y de fe en nuestro destino colectivo?

La respuesta remite a una indispensable toma general de conciencia que, como cualquier forma de sensibilidad, depende del nivel de educación de los actores, y de la seriedad y honradez con que se implementen las medidas para satisfacer esos pretendidos objetivos. El progreso colectivo no puede atropellar la libertad individual, ni el individuo puede propender a su propio bienestar sin dejar de considerar las libertades de los demás, ni las aspiraciones que tienen carácter colectivo. Hace falta una enorme dosis de pasión, pero, al mismo tiempo, una actitud permanente de sinceridad. Solamente con una actitud de profunda honestidad hemos de conseguir y consolidar nuestros más preciados objetivos.

En este contexto adquiere enorme importancia el papel del líder en la sociedad, ya que él está llamado a motivar y a inspirar; pero, su deber es, ante todo, el de orientar con ideas y proyectos responsables. La demagogia o la motivación del pueblo por medio del odio y del resentimiento son no solo improductivas, sino que conducen al estancamiento de las naciones. Es éste sentido de honradez y seriedad el que diferencia al verdadero líder del falso y mesiánico caudillo.

Casablanca, 30 de diciembre de 2011
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25 diciembre 2011

Epifanías

Hay ciudades que tienen sus escondidos y callados secretos. Tan callados y escondidos, que trascienden el conocimiento y la atención de sus propios habitantes. En el caso de Quito, la urbe esconde, detrás de sus cerros sudoccidentales, un diminuto valle que la mayoría de sus propios habitantes desconocen que siquiera existe. El motivo para tal desdén y falta de aprecio resulta incomprensible, no solo por la belleza primorosa del paraje, sino también por su fácil e insólito acceso. Un camino de muy buen cuidado asfalto conduce a la población que lo apellida, a la vez que sirve de favorecido balcón para disfrutar de un paisaje de inesperados contrastes e insospechadas vistas de privilegio.

Escuché su nombre por primera vez en mis años de tercer grado de escuela, cuando recibíamos una asignatura que precedió a la de geografía y que se llamaba Lugar Natal. Ahí, mientras aprendíamos los nombres de nuestras calles, descubríamos también la nomenclatura de las parroquias urbanas y rurales; aprendíamos a identificar nuestros más destacados monumentos; y, desde entonces, íbamos reconociendo los principales referentes de esa misma ciudad que había visto nacer a mis propios compañeros.

Así, mientras descubríamos en qué consistían nuestros lugares más típicos y tradicionales, como: El Arco de la Reina, la Esquina de la Guaragua o la Mama Cuchara; las Cuestas del Suspiro o de los Agachados; las Subidas al Placer o al Beaterio; la quebrada de Manosalvas, las Cuatro Esquinas o el Calé de Queso… fuimos conociendo que habían, muy cerca de la ciudad, otros lugares, no por más humildes menos ignotos, como Zámbiza, Yaruquí, Nanegal o Puéllaro…

Por ello, mientras jugaba a cotejar los nuevos nombres de las viejas calzadas, como las antaño llamadas de la Amargura, de las Escribanías o del Correo; mientras trataba de ubicar a la del Mesón, a la de las Siete Cruces o a la del Chorro de Santa Catalina, me prometía que algún día habría de darme tiempo para visitar y conocer todas esas parroquias de nombres sugestivos que me habían dicho que existían. Capturaban mi atención aquellas poblaciones de nombres abreviados que empezaban con “elle”. Algo ya me decía que tardaría en descubrir las villas de Llano Chico y de Llano Grande; y que sería Lloa, aquel pueblito de nombre simple, el que habría de esquivarme con su celo recoleto.

Dos o tres años atrás, en un claro día de verano, subí por primera vez al nuevo mirador, hasta donde llega el recién instalado teleférico. Desde ese inigualable atalaya pude apreciar el despliegue impresionante de la Avenida de los Volcanes. En la generosa transparencia de la mañana podían admirarse los inmemoriales cerros. Junto al manto desparramado de la urbe, y recostado hacia el poniente, podía descubrirse el apéndice de un insospechado valle, que al principio no pude reconocer. Tratábase de Lloa, la cañada del mismo poblado que correspondía a aquella vieja promesa que había quedado incumplida y postergada.

Lo más sorprendente de la ubicación de este rincón secreto es su contradictoria e incomprensible cercanía - menos de diez kilómetros -. Si el viajero se encuentra en uno de los barrios ya considerados como parte del sur de Quito, bien podría decirse que se puede llegar hasta allá por los propios medios. El atractivo y vistoso valle se encuentra unido a la capital por una vía amplia y asfaltada que se halla en perfecto estado de mantenimiento. La gradiente es moderada, el recorrido no es lo sinuoso que se temería y los paisajes, que poco a poco se descubren, van obligando a detener la marcha para disfrutar, desde variados rincones, la portentosa visión de estas perspectivas admirables e inéditas.

El visitante es con frecuencia informado del recorrido que dista para llegar a la cima de la garganta, sitio conocido con el nombre aborigen de Huairapungo. Allí, a más de la vista extraordinaria de los nevados y de la parte sur de la ciudad, lo que más sorprende es el contraste entre el intenso verdor del valle que asoma de improviso y la furia que va quedando atrás, con su rompecabezas de cemento. Hacia levante queda el ruido sordo y desordenado de la ciudad, con sus bocinas y griteríos; hacia occidente, la paz del valle y la serenidad del paraje se mimetizan con el silencio. En medio de este mágico contraste, asoma sorpresivamente el volcán imponente e imperturbable, erguido como centinela y como dios tutelar, para ofrecer al forastero el certificado descubridor de la epifanía de su secreto.

Muchas veces escuché el no confirmado rumor de que en esta hondonada se habrían escondido los fabulosos tesoros de los incas. Es probable que la tarea, y aun el pretendido tesoro, solo sean parte de ese otro maravilloso caudal que es el conformado por el mito, la fantasía y el relato quimérico. Lo que no puede dejarse de reflexionar es en que, si los incas hubiesen optado por construir, en esta zona, un lugar con las características de Machu Picchu, hubieran encontrado en Lloa una apropiada alternativa para construir tan sorprendente monumento.

En cuanto al pueblito austero… éste consiste sólo en una diminuta villa limitada en sus espacios. A su pintoresco y tranquilo entorno se adhiere la actitud de su respetuoso poblador, que jamás abandona su gesto cordial y risueño. El discreto poblado representa un broche para este paisaje bucólico y conmovedor, que el afortunado explorador se niega a mantener como si solo fuera un callado secreto.

Quito, 25 de diciembre de 2011
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23 diciembre 2011

Los aguijones de la genealogía

Asunto apasionante es la genealogía, mas no por el interés antojadizo de hurgar en relaciones y parentescos, sino por la curiosidad natural que tiene el hombre de conocer un poco más acerca de sus antepasados, de tener un conocimiento más fidedigno y auténtico de quienes fueron sus ancestros. Para muchos, dicha información constituye el cimiento mismo de su heredad; es fuente de orgullo y de satisfacción; y es motivo para abnegadas investigaciones y averiguaciones que en algunos casos descubren insospechadas relaciones o inesperados encuentros.

No me refiero aquí a las veleidades que pueda tener la heráldica, ni tampoco a los devaneos que son relativos a quienes rebuscan linajes y prosapias; tan solo me intereso en esa humana condición que estimula nuestra inquietud por conocer si determinados personajes, que fueron reconocidos por la fama o por la historia, podrían contarse entre nuestros probables antepasados; o si, de alguna manera, ellos estarían relacionados con los apellidos que nos identifican y llamamos nuestros. Muchas veces, tales informaciones estarían únicamente respaldadas en la vanidad o en la novelería; y no partirían de investigaciones serias y fehacientes que logren otorgar a sus resultados un carácter irrefutable, exacto y verídico.

Por lástima, para que tales “hallazgos” y afirmaciones sean reconocidos como ciertos, deben contar necesariamente con datos de respaldo y con testimonios que les permitan abstraerse a la circunstancia imprecisa de lo subjetivo. Es reconocido que la historia siempre ha sido escrita por individuos que expresan su visión particular de lo sucedido; por lo tanto, los hechos y acontecimientos relatados no siempre son auténticos y fidedignos. Es más, nada garantiza que los datos hubiesen sido alterados o, inclusive, que lo que pudo ser considerado como una temeraria hazaña, solo hubiese sido el resultado de un hecho fortuito…

El solo hecho de que encontremos un personaje con el que participamos una relación de nombre, no es garantía de consanguinidad o parentesco, solo porque nos identifique un mismo apellido. El caso de mi propio apellido podría ser muy decidor pues, a más de ser un apelativo gentilicio, se conoce que mucha gente lo adoptó por la sola razón de haber nacido en Vizcaya o sus cercanías. Así y todo, no podemos dejar de ocultar una cierta sensación de curiosidad, si no de satisfacción, cuando encontramos en las referencias a importantes hazañas, la presencia de personajes que han compartido nuestro apellido.

Todavía hay algo más… y es que, aunque suene insidioso, nada garantiza que con el paso del tiempo, la legitimidad de la relación haya conservado sus reclamados atributos, y que la continuidad en la descendencia haya tenido un hilo palmario e inequívoco. Además – siempre hay un además –, siempre hay unos Pérez y otros Pérez; unos Rodríguez y otros Rodríguez; y desde que se inventaron los apellidos para diferenciar a los nietos de Adán, personas sin relación - quién sabe! – pudieron haber imitado y adoptado esos mismos apellidos. No de otra manera se entiende que, en muchos casos, se haya optado por escribir en forma distinta el mismo nombre; y, como aún sucede o como ha sucedido con frecuencia en el pasado, que se hayan alterado los distintos apellidos… En siglos anteriores, por ejemplo, fue muy frecuente la costumbre arbitraria de tomar ventaja de la preposición intermedia para preferir - o identificarse con - un distinto apellido.

La vida, sin embargo, no cesa de darnos lecciones de humildad, para recordarnos con su sorprendente ironía, lo fatuo e irrisorio de nuestros arrebatos inmodestos o de nuestros alardes espurios y engreídos. Un cierto día, revisando en forma casual la insospechada nomenclatura de las calles de Madrid, me percaté de que existía una calle que parecía hacer honor a mi apellido. Así, resolví consultar un mapa de la ciudad y, luego de utilizar un transporte público, ufano me dirigí a descubrir la ubicación de aquella calle que subrayaba el nombre de la familia y que supuestamente rendía pleitesía al pretendido linaje de mi propio apellido.

Tuve que caminar unas pocas cuadras hasta que, luego de indagar, dí por fin con la calle que quizás unas almas caritativas habían dado por bautizar como “Calle de Vizcaínos”. Tratábase de una corta callejuela mimetizada en el descuido del arrabal. Si algo alivianaba la humillación de la afrenta inferida a mi vanidad, era la fortuita circunstancia de que la municipalidad se había apiadado de su fealdad, y había decretado un perentorio maquillaje para ocultar su modestia con una serie generosa de intensos trabajos reparativos… Tuve que contentarme con guardar aquella austera imagen en mi memoria y perennizar con una acción del obturador el derroche de altanera soberbia que exhibía la placa del distintivo…

Hoy nomás he repetido la lección y la experiencia. De vuelta de una breve visita de exploración al valle aledaño de Lloa, he cedido al diablillo de la curiosidad y me he propuesto reconocer un área verde, que en la guía satelital de Quito se subraya con el improbable nombre de “Parque Vizcaíno”. Vale decir que se trataba de un lugar que los moradores y vecinos de un barrio conocido como la “Mena 2”, no conocían por su nombre. El apartado lugar había sido profanado, la municipalidad había convertido al emplazamiento en una improvisada ciudadela, para talvez satisfacer las promesas con que habría prendado sus electorales compromisos. Quién sabe a quién se le habría ocurrido el malhadado nombre y quién sabe porqué su sino habría tenido que ser tan perecedero y efímero…

Feliz Navidad, amigos de Itinerario Náutico!

Quito, 23 de diciembre de
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21 diciembre 2011

Negritudes y naufragios

He encontrado con frecuencia, cuando he ido por el mundo, la curiosidad de la gente respecto a mi lugar de procedencia. Es que hay rasgos que no pueden disimularse. Si la pregunta se efectuaría en Norte América, talvez no habría lugar para la duda; es probable que la inquietud me encasillaría en algún lugar situado hacia el sur del río Grande. Ahí, carecerían de valor todas las características que yo pudiera exhibir. Para los anglosajones sería un latino más, completarían su consulta con la apurada conclusión de que si no soy mexicano, he de ser, de todos modos, ciudadano de algún otro país latinoamericano.

Pero… no es esto lo que sucede en el resto del mundo. Mis rasgos fisonómicos parecen invitar a la averiguación; y, cuando me dirigen la pregunta, prefiero jugar con la ajena inquietud y opto por la estrategia de devolverles la pregunta. “Y, usted… de dónde cree que soy?”, les respondo. Es cuando, luego de una larga dubitación, sugieren con recelo un sinnúmero inesperado de nacionalidades. Que si soy árabe o español; incluso que si soy croata o francés; y algunas veces que si soy italiano. Casi siempre concluyen el acertijo con la impresión final de que provengo probablemente de un país mediterráneo. Entonces, confieso que soy del Ecuador, y que soy sudamericano.

Menciono que soy sudamericano con intención, pues mis interpelantes, por lo general, confunden Sudamérica con Sudáfrica y concluyen que el Ecuador se encuentra en el continente africano. Para colmo, los recientes campeonatos mundiales de futbol han dado importancia al Ecuador y, como la mayoría de los integrantes del equipo son de color, los que me preguntan deducen que nuestro país se ha de encontrar en algún lugar a medio camino entre el Sahara y el Kilimanjaro. Es cuando, el indagador continúa su conversación con la insólita pregunta de si por acá somos también muchos los que somos blancos…

En asuntos raciales, soy desafecto a referirme utilizando los colores; esto de la pigmentación conlleva un inevitable ingrediente discriminatorio. Es inevitable hablar de coloraciones sin caer en ese resbaladizo terreno de los prejuicios y la segregación. Sin embargo, el uso de eufemismos para representar los conceptos, solo conduce a similares malas interpretaciones, a confusiones y desencuentros. La única alternativa que queda, como recurso final, es evitar el uso innecesario de la clasificación, a menos que dicha referencia no pretenda una discriminatoria intención y constituya un recurso válido para referirse a episodios históricos.

Es, en esa línea de reflexión, que encuentro que la inquietud expresada tendría dos derivaciones: una relacionada con la razón para que los deportistas de raza negra se destaquen en ese tipo de manifestaciones; y, una segunda, relacionada con los motivos para que los primeros asentamientos de gente afroamericana se hayan concentrado en ciertas regiones. Es conocido que los primeros individuos de raza negra se asentaron con preferencia en la provincia de Esmeraldas; y más tarde en el valle del Chota, en la provincia de Imbabura. La gente intuye que tales asentamientos respondieron a la preferencia de sus actores por un tipo de clima y de naturaleza con la que estuvieron adaptados antes de llegar del África; pero pocos se han preguntado el porqué de esos procesos.

Hacia finales del Siglo XVIII, un presidente de la Real Audiencia de Quito, el Barón de Carondelet, se había empeñado en rehabilitar el llamado camino a Malbucho, que consistía en una ruta que se iniciaba en Ibarra y concluía en el puerto de La Tola, en Esmeraldas. Este camino debía su existencia tanto al entusiasmo, como a los recursos del sabio Pedro Vicente Maldonado. Cuando Carondelet se propuso rehabilitarlo, dispuso la adquisición de cincuenta esclavos negros para reforzar los trabajos necesarios. Más tarde, los morenos que se asentarían en esa región de la patria, no solo serían descendientes de aquellos esclavos, sino también de otros que habían llegado, a esta misma región, por culpa de la fortuna y de la casualidad, y en una época anterior en casi doscientos cincuenta años…

Cuenta la historia que tan temprano como en octubre de 1553 habría llegado a Esmeraldas el primer contingente africano. Se debió a un naufragio acaecido frente a las costas de esa provincia, donde se habría producido ese inesperado acontecimiento. Se cuenta que un barco que había partido desde el puerto de Panamá hacia la Ciudad de los Reyes (Lima), se había detenido frente a esas costas para aprovisionarse se alimentos. Como la situación se habría tornado desesperada, el comandante de la nave, un tal Alfonso Illescas, había dispuesto ayudarse en dicha búsqueda con el desembarco de un contingente de treinta esclavos negros que, a más de otros valores y vituallas, transportaba el barco.

Luego de concluida la breve operación que se había organizado, regresaron al barco los fugaces expedicionarios. Para su sorpresa, se encontraron con que, debido a una furiosa tempestad, el barco había naufragado. En una decisión desesperada la mayoría de los miembros de la expedición resolvieron continuar por la línea de costa, hasta llegar a un lugar seguro, donde pudieran notificar su situación precaria. La mayoría de los expedicionarios habría perecido después como consecuencia de las calamidades. Sin embargo, fue diferente la suerte de los treinta esclavos negros que optaron por establecerse en el sector, ya que el lugar les recordaba el clima y la vegetación del lugar de donde eran originarios.

Hoy, cinco siglos después de la llegada de los primeros habitantes de raza negra que poblaron el Ecuador, sus descendientes se han destacado en la práctica del deporte más popular que hay en el planeta; por ello, cuando otros ecuatorianos van por el mundo, la gente les averigua si su país está en el África; y, si la marimba y el tambor alegran también el ritmo de los demás ecuatorianos…

Quito, 20 de diciembre de 2011
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19 diciembre 2011

Óperas de jabón

Los dramas que tiene la vida son ciertamente tan impredecibles que daría la impresión que es la realidad la que trata de imitar a la ficción, que no su contraparte. Por ello, sorprende que cierta ficción que nos es familiar, aquella que desde la cláusula vespertina se introduce por medio de la televisión en nuestros hogares, se manifieste como una expresión carente de imaginación; e insista, telenovela tras telenovela, y episodio tras episodio, en las mismas tramas, en las mismas rutinas, en los mismos ya utilizados y repetidos recursos. Es difícil no identificar, en esos dramas, que existen unas mismas sorpresas, unos mismos argumentos, unos mismos y recurrentes desenlaces.

En los olvidados tiempos de la radio, se habían dado en casa a esa forma de entretención que consistía en seguir las incidencias de las “apasionantes” novelas radiales. Las voces de los actores eran tan similares (probablemente los lectores fueron los mismos) que más de una vez confundí los episodios de “La cautiva de Torreblanca” con los de “Renzo, el gitano”. Pronto habrían de explicarme las diferencias y me ayudarían a reubicar a los personajes, sólo para más tarde advertir que ambas series habían ya concluido con un desenlace feliz y que habían sido reemplazadas por otras que absorbían una remozada atención y que provocaban nuevos comentarios especulativos de los aficionados. Llevaban ahora lozanos títulos, como “La desgracia de nacer” o “El 579 está ocupado”.

En la escuela, asimismo, quienes no comentaban acerca de la trama de la película del domingo previo – quizás porque no habían podido asistir -, se daban a relatar lo más relevante de las radionovelas de aventuras del fin de semana; entre ellas, las que más interés despertaban eran siempre “Kalimán” y “El gato”. Por lástima, tales emisiones se ofrecían a un horario tardío, y solo comenzaban cuando en casa ya se había decretado la hora de acostarse. Quizás para esas horas ya nos hallábamos absortos en la tardía ocupación de completar las postergadas tareas que habíamos dejado para un poco más tarde… Y, ya era tarde, muy tarde, cuando concluíamos esas asignaturas: siempre a último minuto y a eso de la medianoche. Así evitábamos los apresuramientos de la madrugada siguiente…

Ahí también habrían de confundirme los más “entendidos” con sus apasionados relatos. Por eso nunca supe si Montezuma era parte del elenco de “Kalimán”, o si el escurridizo personaje de “El gato” estaba relacionado con las aventuras del “tigre de la Malasia”. Así empezó a crecer en mí la secreta sospecha que, aquello que se comentaba, era solo la repetición de antiguos episodios que las emisoras se habían obligado a reciclarlos. Quizás fue esa extraña percepción la que habría de empujarnos más tarde hacia la lectura; esa como premonitoria sensación que habíamos sido engañados con la repetición de unos episodios que para nosotros ya eran asunto conocido y que antes ya los habían presentado…

Con la llegada de la televisión, los nuevos “culebrones” vendrían a reemplazar a las radionovelas; y, una vez más, las tramas y los actores habrían de parecerme que se confundían y se intercambiaban. Y esto tenía quizás un agravante: que la repetición de los artistas, se sumaba a una cansina trama que nunca parecía modificarse. Así, la ciega siempre recuperaba sus perdidas facultades; la pobre huérfana era siempre, y en forma tardía, reconocida como la legítima heredera de la fortuna fabulosa de su desafecto padre. Nunca estuvo ausente la figura de la amante intrigante y perversa, que hilvanaba la urdimbre de las desgracias con sus maliciosas sospechas y sus traviesas perversidades. Siempre se repetían los manoseados papeles, como si la vida solo fuera una aleatoria sobre imposición de acontecimientos, en los que la única variante fueran los distintos personajes.

En inglés conocen a los culebrones como “soap operas”, lo que literalmente quiere decir “óperas de jabón”. Siempre me pregunté si ello se debía a eso de que “quien no cae, resbala”, o a la condición curativa que el jabón tiene para limpiar y lavar… hasta que un día me informé que habrían sido las industrias jaboneras sus primeros auspiciantes. Estos programas parecen despertar un amplio interés por doquier y en gente de toda condición y de todas las edades. Los dramas provocan una enorme atención aun en los países del hemisferio norte, donde debido a su elevada dosis de sexualidad y a la presencia de ingredientes que están cargados de controversias éticas y sociales, se emiten hacia comienzos de la tarde, cuando los niños de escuela se hallan todavía ausentes de sus hogares.

Hay algo de universal en esa curiosidad que los humanos poseemos - y que no es privativa del género femenino -, la de preocuparnos por las incidencias de los devaneos, concupiscencias y vicisitudes afectivas de nuestros semejantes. Es como si no pudiéramos sustraernos a la morbosa indagación que despiertan la intriga y la perfidia; o como si estuviéramos obligados, con nuestro fisgoneo, a ser testigos de un esperado y aleccionador desenlace. Todo, hasta que se produzca la reparación efectiva de las ajenas afrentas y de los perjuicios que ocasionan quienes ocultan su malicia, quienes montan sus sórdidas tramoyas escondidos tras el telón de sus ladinas perversidades.

Mas, no habría que negar el valor curativo que podrían tener estas livianas programaciones. Más allá de su frivolidad, ellas parecerían proporcionar una forma inofensiva de entretenimiento y de distensión con su argumento ligero, siempre aderezado de sinuosos requiebres y contradictorias motivaciones. La telenovela introduce al espectador en un mundo irreal y ajeno que le ayuda a olvidar sus problemas y contrariedades. Un cierto hilillo de identidad parece acercar también al televidente hacia sus favoritos personajes. Así, la lacrimógena trama condimenta el tedio rutinario de su vida y permite al espectador reclamar identidad con el melodrama y parentesco con esos repetidos personajes.

Quito, 19 de diciembre de 2011
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16 diciembre 2011

De cholos y cholerías

Hoy he visto a su hermano y, al recordarlo, he recordado también esa forma afectuosa que él tenía para tratar a sus amigos con vocablos que en otros labios hubiesen sonado como sociales denuestos. Eran sustantivos que solo podrían cobrar el tono y la fuerza del insulto, si su intención hubiese tenido un carácter racista; solo ahí habrían alcanzado el sentido incordiante de la ofensa; solo ahí, se habrían convertirían en adjetivados sustantivos. Porque, voces como indio, cholo y longo, solo pueden expresar un sentido subjetivo en esa amplia escala que representa el mestizaje. Esto, por la interminable gama que también poseen los prejuicios; y porque nadie podría sustraerse, ni estaría exento de la condición ineludible de ser mestizo. Son mestizos inclusive los propios peninsulares…

Parece que los insultos representan las palabras más significativas y antiguas de un idioma. Ellos serían el recurso más viejo que tendría la civilización. El hombre es un animal que no solamente habla, sino que además insulta. Claro que existen injurias que son utilizadas con tanta gracia y simpatía, que pierden su fuerza agraviante y peyorativa, para así convertirse en incomprensibles muestras de contradictorio afecto. Para muestra de ejemplo, el término “cholo” no solo que tiene un uso múltiple, sino que es usado con frecuencia con un sesgo amistoso e incluso protector. No dejo de recordar a un desaparecido colega que al terminar sus relatos o comentarios, utilizaba una frase frecuente, en el probable ánimo de buscar aquiescencia en sus argumentos. “No te parece, cholo lindo?”, repetía.

En casa no creo que hubo la costumbre de “cholear” a las empleadas de servicio. Lo que sí pudo ser frecuente, fue el comentario de “es una chola buena moza”, para referirse a alguna sirviente de tez más clara que habría venido de provincia. Fue más bien en la calle donde se escuchaba “cholear” con relativa frecuencia; sobre todo a esos mismos individuos que - de acuerdo a las características de los estratos sociales que aprendimos a diferenciar desde niños - tenían justamente los requisitos fisonómicos para ser considerados como cholos. El “cholo emier…” era una frase que se escuchaba con obscena repetición en los lugares más populares. Constituía el insulto por antonomasia, tanto en mercados como en vehículos de transporte público. Para que cobrara la intencionalidad esperada, era importante que la “che” se subrayara con un silbido fricativo y que se arrugaran los labios y la nariz al momento de pronunciar la inconclusa parte…!

Mi memoria es siempre frágil, pero algo de mis lejanos recuerdos infantiles me hace pensar que con el apodo de “cholo” se dirigían a veces a mi padre. Y creo que fue por el mismo tiempo que, en una clara muestra de falta de imaginación familiar para bautizar a las mascotas, habrían optado por apellidar de “Cholo” a un inquieto mastín de raza incierta que habían adquirido mis primos directos. Más tarde descubriría que “cholo” talvez no vendría del quichua, lengua en la que quiere decir mezclado; sino que tendría procedencia del náhuatl, y que se usaría para designar a un tipo de perro carente de pelo que ya hubo en México antes del descubrimiento. El término “xoloescuintle”, habría querido decir “perro pelado”; y esa misma palabra habría dado también origen a la voz “escuincle”…

El diccionario define “cholo” como mestizo o mezclado de sangre europea e indígena. No me puedo “acholar” tampoco al reconocer que he dedicado unos minutos para consultar la probable procedencia etimológica del mentado término. Compruebo que hay una cierta falta de acuerdo en si éste nos viene directamente del quichua o si nos lo han prestado del uso mesoamericano. Al consultar “El habla del Ecuador” de C. J. Córdova, he confirmado que este término, usado a veces para designar al mestizo inculto, o a quien realiza los trabajos más rudos y humildes, es de origen incierto. El cholo sería el indígena ya cruzado con raza blanca, cuyos caracteres étnicos muestran todavía una prevalencia de rasgos indígenas.

Lo triste, de todas formas, es el cargado contenido racista que tiene la palabra. Ella no deja de expresar un sentimiento injuriante y despectivo. El inca Garcilazo de la Vega, hace cuatrocientos años, ya se había preocupado de las raíces etimológicas de la palabra en sus Comentarios Reales. En dichas crónicas sugiere que cholo es el hijo del mestizo, que el término sería originario de las Antillas, que querría decir perro y que los españoles lo habrían usado con intención infamante o de vituperio. Hacia el mismo tiempo, el peruano Guamán Poma de Ayala habría de referirse también al término en sus Nuevas Crónicas.

Por todo ello, resulta interesante estudiar el vocablo, más como insulto racista que como sustantivo, aun prescindiendo de sus aspectos etimológicos. Lo que quizás merezca investigarse es tanto el contenido sociológico, cuanto el factor de índole psicológica, para que éste haya sido utilizado como insulto. Hay, de todas formas, algo apasionante en la mecánica de los insultos; hay quienes sugieren que los denuestos y las ofensas, describen al que las profiere más que al mismo destinatario. Insultar a alguien, supone endilgar adjetivos a quien no los merece; pues, si usamos calificativos para describir a quien sí los merece, nuestra acción se convierte en definición justificada y ya no llega a convertirse en insulto…

Podría existir una cierta dosis de sinceridad en esto de los insultos, los que casi siempre se ejercitan para conseguir un catártico desahogo o para satisfacernos con el alivio de “respirar por la herida”. Pero hay también aquellos que no son tan santos; son aquellos que los expresamos únicamente cuando estamos a espaldas de la persona ofendida. A fin de cuentas, cada cual insulta y “cholea” como puede y de acuerdo con sus limitaciones y posibilidades… No les parece, cholitos?

Quito, 15 de diciembre de 2011
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