31 agosto 2012

Romanceando al alma

Decía yo hace ya un año, dirigiéndome a los convidados a la boda de mi hijo Agustín, que hay circunstancias en la vida, en que uno no sabe literalmente qué decir; que en ocasiones como aquella, es probable que mejor sea dejar que lo que está adentro salga y se exprese por su cuenta; y que, en ocasiones así, era mejor dejar que hable el alma... Sin embargo, tengo un problema -continuaba yo- y es que “alma” es una palabra femenina en español; y por eso ha de ser que, cuando decido dejarle hablar… corra el riesgo de que ella tienda a hablar demasiado y ya no la pueda callar…

Claro que aquello lo dije sin intencionalidad y con el único propósito oratorio de distenderme, de relajar a la audiencia y de “romper el hielo”. Sabido es, por otra parte, que aunque alma es femenino (se dice “las almas” en plural), se utiliza delante de esta palabra el artículo “el” cuando se trata de acompañarla de un artículo definido; esto porque se utiliza el artículo masculino delante de palabras que empiezan con “a” tónica. Este es el caso de palabras como área o águila. Aunque debo confesar que en casos como aroma no estoy muy seguro (se dice el aroma, pero también “los” aromas)… Por ello entiendo las dificultades que representa nuestro idioma para quienes lo aprenden y luego lo tratan de dominar.

Lo que hasta ahora no sé, es qué mismo es el alma, o qué es lo que entendemos por ella. Y si uno no sabe qué mismo significa, mal puede estar seguro de sus características y más circunstancias, por ejemplo de su supuesta inmortalidad… Claro que aquí entramos en el terreno de los llamados “dogmas”, asuntos de fe en los que uno está en la obligación de creer y que no admiten que se pueda dudar. No estoy muy seguro, tampoco, de quiénes fueron los que hablaron por primera vez del alma o hicieron su primigenio descubrimiento; pero lo cierto es que la religión nos ha sometido a la creencia de que nacemos con un alma (aunque no nos cuentan si antes ya estuvo allí) y que esa parte nuestra se irá al más allá…

Leyendo las “Cartas de Inglaterra” de Voltaire, he profundizado un poco en los conceptos que, a través de la historia, hemos tenido del alma. Parece que ya Anaxágoras había afirmado que los cielos estaban hechos de roca y que el alma era un espíritu etéreo e inmortal. Cuenta Voltaire que Diógenes había dicho que el alma estaba hecha de la substancia de Dios; aunque Epicuro manifestaba que estaba constituida por partes, de la misma manera que lo estaba el cuerpo. Comenta el ingenioso filósofo francés, sin embargo, que: “el divino Platón, maestro del divino Aristóteles -y el divino Sócrates, maestro del divino Platón- solían decir que el alma era corpórea y eterna”…

Siguiendo con su relato, comenta el enciclopedista francés que algunos de los primeros Padres de la Iglesia habrían estado persuadidos que el alma era humana, pero que Dios y los ángeles eran corpóreos… Dice que, habría sido Descartes el primero en declarar que “el alma era lo mismo que el pensamiento, de la misma forma que hablar de materia significaba hablar de extensión”. Así, “el alma estaría dotada de nociones metafísicas, como: conocer a Dios, concebir el espacio infinito y poseer ideas abstractas”…

Por mi parte, sigo sin estar muy seguro de qué mismo es, o de lo que entendemos por alma. Y sólo creo que talvez signifique una forma de predisposición: la capacidad de tener buenas o malas intenciones o tendencias. Eso querría decir tener “un alma buena” o “un alma mala”, nada más!

Voltaire no se llamaba Voltaire (se pronuncia Volter); su verdadero nombre era Francois-Marie Arouet. Fue un escritor caracterizado por su chispa y sagacidad. Había escrito bajo más de un centenar de seudónimos o nombres de pluma. Esto de Voltaire era un anagrama, extraído de Arouet L. J. (Arouet, le jeune; o Arouet, el joven). Era una palabra inventada por él, extraída de la escritura de su nombre en latín. Era costumbre en ese idioma, la de representar la U con la V, y la J con a I. De esto nació un nombre que, a más de hacerse famoso en las letras y la filosofía, ha servido para bautizar a muchas otras personas en la posteridad.

Termina diciendo Voltaire que “los supersticiosos son lo mismo, a la sociedad, que los cobardes al ejército; que se dejan influenciar por un ataque de pánico y terminan por contagiar a los demás”…

Asuntos en los que uno piensa cuando está “solo con su alma”…

Jeddah, agosto 31 de 2012
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29 agosto 2012

Citoyen du monde

Me gusta como los franceses lo pronuncian; hacen un piquito como si fuesen a silbar, transforman la “o” escrita en un diptongo que suena cual si fuese un “ua”; luego, convierten la “u” de la siguiente sílaba en otra “iu”; y concluyen la última palabra con esa exhalación tan propia de la plenitud y del alivio, del sentimiento de realización o, quién sabe, de ese sentido de señorío que tiene la dominación… Citoyen du monde! Ciudadano del mundo: hijo privilegiado de Poseidón, el dios voluble de los mares, los viajes y las tormentas; e hijo preferido de Artemisa, la deidad de la caza, la virginidad y la novelería. Citoyen du monde: viajero necio, trotamundo empedernido, sangre de argonauta, primo hermano de Jasón…

Se sienta él frente a mí a compartir la mesa. No para de hablar y le dejo… porque sé que alguna vez compartimos un pasado y que ahora estamos lejos; y porque, ante todo, sé que si algo nos identifica a los hombres -y nos regala identidad- es esa ansia insatisfecha, ese anhelo de confesión… Quién lo hubiese dicho, o lo hubiese pensado siquiera Alberto -me dice-, que un día nos encontraríamos en la lejana y calurosa Arabia, la tierra de los cuentos de las “Mil y una noches”; la de Simbad el marino, de Alí-babá y sus cuevas fabulosas; y habríamos de encontrarnos con la frecuencia y asiduidad con que lo hacemos hoy. Sí, hijos del riesgo y la curiosidad; del viaje y la novelería. Ciudadanos del mundo. Bulliciosos… Sí señor!

Me dice que se ha volado ya todas las aerovías de Europa y yo le creo. Yo mismo, que he atravesado, en solo la última semana, cuatro veces todo el Mediterráneo, ese mar sereno del comercio y de la ilusión. Ese mismo mar que sus antepasados surcaron, cuando fenicios o cartagineses, para comerciar sus ajuares teñidos de púrpura o de escarlata; para intercambiar sus productos de oriente; y para vendernos, de a poco, su más formidable invento. Uno que lo trajeron de sus pueblos de Biblos, Baalbek, Ugarit, Tiro y Sidón; uno que un día nos permitiría comunicarnos y contar historias; uno sin el cual hubiese sido imposible redactar proclamas de libertad, ni escribir testimonios… Uno que se convertiría en el descubrimiento mayor de la cultura, en el más maravilloso instrumento que ha sido inventado por la civilización: el abecedario o alfabeto fonético!

Me cuenta de su adolescente hora de travesura, de su encrucijada, de su loco “turning point”. Medito en que si, así como los cananeos estuvieron ubicados en una encrucijada de la historia y de la geografía, si asimismo nosotros también no hemos tenido un instante crucial, un momento individual decisorio y definitivo; uno que destina nuestra vida, que nos conduce por un camino sin retorno, para bien o para mal… En si, muchas veces, un minuto de insensatez no termina por conducirnos a la ansiada cordura; en si, por el contrario, el desvarío y el desequilibrio de la aparente enajenación no son a veces un paradójico resultado de la sana reflexión, de la obcecada predisposición del hombre por buscar un motivo para todo; por encontrar, siempre y ante todo, lógica y racionalidad…

Ahí me quedo, parado en la vereda cuando nos despedimos. “Adiós, habibi”, me dice con afecto. Au-revoir, “citoyen du monde”, le respondo. Y, se va el “Fumín”, a explorar otro nuevo y lejano puerto, a descubrir una nueva aerovía más…

Jeddah, agosto 29 de 2012
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26 agosto 2012

La búsqueda de la felicidad

Se dice que es probable que aquella sugestiva frase utilizada por Thomas Jefferson, cuando redactó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, habría estado inspirada en la filosofía de John Locke. En ella subraya la creencia en el derecho intrínseco e inalienable de los hombres a su propia vida, a la libertad y a la búsqueda de la “felicidad”. Muchos prefieren interpretar este último valor como relacionado más bien con la búsqueda del bienestar.

Es que, ¿acaso felicidad y bienestar son lo mismo? Acaso está garantizada la obtención de la felicidad, con la sola consolidación del bienestar? Es acaso la felicidad algo definido y tangible? O es que consiste, por el contrario, en algo subjetivo y difícil de definir y de conceptualizar? Tengo la impresión por otra parte, y esta es una sospecha que siempre la tuve, que es a esos transitorios y fugaces momentos que nos embarga la dicha a lo que los hombres llamamos con el vago -si no borroso e impreciso- nombre de felicidad. Quizá sea que, lo que los hombres realmente perseguimos y buscamos, no sea sino ese estado de paz interior y de conformidad con uno mismo, que tiene que ver más con un sentido de realización temporal que con una supuesta plenitud permanente e ideal.

Hay el peligro, en este orden de cosas, que queramos confundir la búsqueda y obtención del placer, con la persecución de lo que queremos llamar con el romántico y quijotesco nombre de felicidad. Entonces estaríamos enfrentados a dos posibilidades: a la utópica del país de la quimera o a la visión de un espejismo: la distorsionada por la satisfacción temporal e inmediata de los sentidos, la del hedonismo de disfrutar por disfrutar, la de obtener el placer por satisfacer el deseo del presente, o quizá del inmediato mañana, pero nada más.

A estas digresiones llego mientras observo a la gente movilizarse en la calle y trato de adivinar sus motivaciones y sus prioridades, mientras ella deambula una cierta noche tratando de matar el tiempo y procura disfrutar de una salida a compartir con amigos; o quizá trata de disfrutar de una comida o de una copa en el sitio más concurrido de una ciudad escogida al azar. ¿Qué es lo que busca la gente, o qué es lo que persigue? Es esa una forma de buscar la dicha o es, por el contrario, una forma de eludir por unos instantes o talvez por unas horas más, su objetivo más permanente, el de aquella esquiva y desdeñosa felicidad…?

Creo además que la felicidad, a diferencia del bienestar, no es algo factible de perseguirse. Si ella existe, es algo que ya se encuentra ahí. No se puede ir detrás de ella, porque implicaría una forma insensata de compararnos con lo que son o tienen los demás. Si un sentido real tendría la felicidad, sería la conformidad con lo que ya somos y tenemos nosotros mismos. Siempre seremos o tendremos más o menos que lo que son o tienen los otros, si insistimos en comparar nuestra satisfacción y realización con los logros, el caudal y la fortuna de los demás.

Sea lo que sea, no sé (en el sentido de no estar seguro, y no en el de que no lo hubiese sentido) qué mismo es la llamada “felicidad”…

Casablanca, Marruecos, 26 de agosto de 2012

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23 agosto 2012

“Solo”, otra vez…

Hay una voz curiosa en el inglés. Y extraña -sobre todo si, al contrario de lo que parece, con ella queremos expresar algo insólito, extravagante o desconocido-. Nos viene al castellano “de rebote”; a través de ese espejo que nos refleja voces de una lengua casi muerta, como es el latín. Y ese azogue que deforma, pero que siempre esta ahí, para recordarnos la verdadera imagen de muchas raíces de nuestra propia lengua, es -quién lo diría- otro idioma, la lengua de Shakespeare…

Me quiero referir aquí a una palabra que se emplea en aviación, la palabra “solo” que no tiene que ver con el adverbio de modo, y tampoco, en cierta manera, con el “adverbio” de soledad. Tiene un significado de emancipación, potestad y autonomía; es la palabra que se usa en el inglés para expresar que alguien, un piloto en este caso, se ha ido solo, por su cuenta, por primera vez. De ahí, hemos inventado el verbo “solear” que no quiere decir “poner a secar cosas al sol”, sino simplemente volar “solo”, por nuestra cuenta y riesgo, por primera vez.

Volar solo es una de las primeras aspiraciones del aviador. Es en cierto modo, una forma de evaluación; en la medida de las horas que nos tome esto de volar solo; y en la forma o la facilidad, o dificultad, con que lo consigamos, se puede decir que nuestros instructores y nosotros mismos, podemos hacer una cierta valoración de nuestras habilidades, o limitaciones, para insistir en el aprendizaje de esta apasionante profesión. Sin embargo, en lo personal, estoy convencido de que esta apreciación puede tener una forma de distorsión. Esto, simplemente porque no todos aprenden algo con la misma velocidad; y, sobre todo, porque aquello de aprender rápido no es garantía de que se aprenda bien…

Recuerdo que de niño me decían que el día más inolvidable en la vida, si no el más hermoso, era el de la primera comunión. Algo parecido sucede con el día del primer vuelo solo, que se convierte en una experiencia única y especial, en algo que se hace difícil de olvidar. En mi caso personal, me había demorado un poco para solear por primera vez, quizá bastante más de lo que les había tomado a los demás. Ese día el instructor se había percatado que se avecinaba una tormenta, pero como se sobreentendía que solo tendría que hacer un par de aterrizajes, o de “tomas y despegues” como decimos en nuestro argot, puso los frenos en la cabecera de la pista, abrió la escotilla, y deseándome buena suerte se bajó del diminuto Cherokee 140 y me dio autorización para irme solo por primera vez!

No es mucho lo que recuerdo de ese día cenital y culminante. Solo me recuerdo en tramo de viento, gritando como un loco y pellizcándome por todo el cuerpo, porque casi no lo podía creer. Lo que vino fue que… sería mi instructor, quien ya no lo pudo creer: porque, ajeno a la amenaza de la inminente tormenta, yo me había empecinado en realizar más de un aterrizaje, y me había puesto a repetir la maniobra, una y otra vez! Su nombre era Jack Prindable… era un hombre bueno, un ser humano maravilloso. El destino quiso que nunca lo volviera a ver!

Soy particularmente grato con los instructores que me dejaron ir solo por vez primera. No es que no lo sea con los otros profesionales que patrocinaron mi aprendizaje inicial o que aportaron a modelar mi actitud frente a la profesión; pero creo que existe un lazo especial que nos une con quienes nos dejan solear. Algo parecido me sucedió con el inolvidable Twin Otter, cuando teniendo solo diecinueve años, un cubano irreverente, dotado de una habilidad extraordinaria, me dijo una tarde en la cabecera de la pista de Pastaza: “Vete solo Torombolo, que ya estás listo chico, tu”. Son estas las experiencias que más aportan a nuestra formación, porque nos regalan un ingrediente elemental: la tan necesaria auto-confianza en nuestra propia capacidad.

Algo parecido sucede, aunque con las comprensibles diferencias, cuando accedemos a un nuevo tipo de avión o ingresamos a una nueva empresa; son tantos los chequeos y las evaluaciones, que una gran sensación de alivio es lo que se siente cuando se re-obtiene autonomía, cuando se vuelve a “volar solo de nuevo” por primera vez. Esto justamente me ha vuelto a pasar en días pasados, desde cuando he vuelto a comandar mi querido 747 una nueva vez. Claro que esto de “volar solo” es solo un decir, porque uno se va solo pero acompañado de una nutrida tripulación y con casi medio millar de pasajeros que no saben que su engreído comandante se está yendo solo por “primera” vez…

Hoy me he ido a caminar “solo” por la playa de Al Corniche. Me he puesto a meditar en esa paradoja de estar solo mientras se está acompañado a la vez; y he pensado en las veces en que no se está solo pero que nos abruma la soledad. Me he puesto a mirar el océano, ese mismo que despertó las esperanzas de Colón y he reflexionado en el sentido de palabras como horizonte, destino, tiempo, viaje, distancia y eternidad… Me ha parecido una ironía que los hombres usemos un ocho ocioso, una cifra recostada sobre sí misma, para expresar nuestro limitado concepto de un valor que no alcanzamos a comprender: el sentido de infinito…

Casablanca, Marruecos, 23 de agosto de 2012
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“Como decía mi abuelo”…

Abrir comillas! ¿Cuánto de lo que pensamos -no se diga, de lo que decimos o escribimos- es realmente “nuestro” u original? O, dicho de mejor manera aún: ¿cuánto de lo que pensamos y decimos pertenece realmente a los otros? ¿Hay -me pregunto yo- una firme posibilidad de decir que lo que “sabemos”, pensamos o decimos realmente nos pertenece? ¿No consiste “el saber” en haber aprendido lo que ya era sabido por los demás, el conocimiento ajeno?

Si bien se medita, esos conceptos que conocemos como educación o formación, no son sino eufemismos para significar nuestra adquisición de conocimientos y de nociones que antes eran de los otros. Cierto es que en la mayoría de los casos no estaba definida la propiedad intelectual de esos mismos conocimientos -muy básicos en la mayoría de ellos-, pero lo cierto es que todos esos asuntos antes no nos pertenecían. Los habíamos tomado de los demás, o a través de los demás, a modo de “préstamo vitalicio no restituible”, sin haber siquiera anticipado que ya nunca más los íbamos a devolver ni a redimir; y ni siquiera a recompensar…

Si bien lo pensamos también, la inmensa mayoría de las cosas que enunciamos y decimos -nuestras opiniones- no son realmente nuestras; ellas están basadas en otros principios, expresiones, entelequias y conceptos que de una u otra manera antes los habíamos escuchado o recibido de los que estaban cerca, de nuestro “prójimo”. Lo mismo que estoy comentando ahora -no me consta pero estoy absolutamente persuadido- no debe de tratarse de una idea novedosa y ni siquiera “original”. Muchas veces originales, lo que se dice originales, ni siquiera resultan los llamados inventos o descubrimientos; ellos no son sino revelaciones (epifanías, se dice en sentido místico) de asuntos que estaban disimulados o escondidos, pero que a fin de cuentas ya habían estado entes allí…

Pero… una cosa es decir lo que uno cree o piensa, decir lo que uno sabe; y otra, muy distinta, es decir que lo que uno afirma no había sido dicho antes por otro autor o individuo. Una cosa es decir u opinar, y otra muy distinta, no mencionar que lo que uno está diciendo no ha sido ya dicho o escrito por los otros. Parece, en principio, que estamos hablando de una línea muy fina; o si se prefiere, de lo que en inglés se conoce como un área gris, algo que no parece estar enteramente definido como algo definitivo, sacramentado y cierto. La ventaja o -si se quiere- la desventaja, es que cuando se copia tarde o temprano será descubierto.

Recuerdo un episodio de mi juventud cuando, quizá en el afán -pienso ahora- de respaldar su posición y probable popularidad, un cierto individuo se apoderó, con absoluto desparpajo, del texto íntegro de un número importante de varios artículos publicados anteriormente en una revista. Ni siquiera se dio el trabajo de escoger ciertos párrafos, sino que los reprodujo íntegramente, como si ellos hubiesen sido de su autoría. Cuán fácil hubiese sido citar o entrecomillar, o dejar expresado que pertenecían a otro las frases o conceptos contenidos en el texto.

Reflexiono en este momento, que menciono la palabra “citar” -y esta es una idea absolutamente original-, que este es un verbo que se dice “to quote” en inglés. Caigo en cuenta que, curiosamente, el mismo viene de “quota”, una palabra latina (y en castellano no lo usamos con idéntico sentido!) que quiere decir “cuanto”. En nuestro idioma sirve de base para otras palabras como cuotidiano, cuota o alícuota… Estas dos últimas significan la cantidad fija que se paga o que se recibe. Leo en un diccionario etimológico que (abrir comillas): “quotus” se deriva a su vez de “quot”, que quiere decir todo y cada uno, aparte de cuánto.

O sea que, citar o “cuotar” no es sino, en cierto modo, dar a cada uno lo que se le debe; o, dicho de mejor forma: lo que exactamente le corresponde. A estas ideas llego al encontrar un editorial en un periódico árabe que contiene meditaciones que coinciden con lo expresado. Recuerda ese artículo el sentido original de la palabra “plagio”, que se usaba para expresar la apropiación o acción de secuestro de un esclavo ajeno. Está escrito por un tal Fawaz Turki, quien considera que el trabajo de un escritor es “no solo su propiedad más valiosa, sino también su peculio más vulnerable”; y concluye su nota con esta formidable reflexión:

“Plagiario viene de la voz latina ‘plagiarius’, o secuestrador. En derecho, el secuestrador es llevado a la justicia. En el periodismo, un comentarista que se apodera del trabajo de otro escritor -exhibiendo, tanto liviano desprecio hacia sus lectores, como insensible desdén por los derechos de autor de sus víctimas- está devaluando la principal moneda del intercambio racional, que consiste en la confianza pública. Y eso ya desborda los límites de la redención”…

Cerrar las abiertas comillas…

Casablanca, Marruecos, 23 de agosto de 2012

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22 agosto 2012

El tiempo que se escapa

El viaje acostumbrado a “la otra Casablanca” tiene su particular ceremonia. A la larga, este se convierte en entretenido, a pesar de lo prosaico y repetido. Casi siempre nos acompañan unos buenos amigos, quienes quedan encargados de venir a recogernos, para así cumplir el viaje en un solo vehículo. El cruce de la ciudad no cuenta -para propósitos de cronometraje-, hasta que advertimos que hemos dejado atrás el barrio de El Condado. Ahí es cuando el verdadero periplo empieza y cuando podemos sentir que la larga excursión ha comenzado.

Pronto la marcha se va haciendo más ágil. El paisaje revela su yerma sequedad y un camino sinuoso y zigzagueante sube entonces hacia un verde y diminuto valle asentado en el hundido lecho de un viejo y escondido cráter. Superados los breves escarceos de la cuesta, el carácter del panorama se convierte en una postal serrana de chacras y cultivos. Luego, el camino renueva sus devaneos y piruetas, para empujar de pronto hacia un paisaje húmedo y selvático. Si la fortuna se incorpora al paseo, los colores del proscenio dominan con el verde intransigente y el azul intenso del cielo; si ella es esquiva, una calina insidiosa ensombrece con su bruma, si no con la molicie del “pacheco”, una fastidiosa y persistente llovizna que va mimetizando la tonalidad de la floresta.

Superada la sección de los derrumbes, el paisaje se va haciendo más amigable y sereno. Pueblos y recintos insignificantes, aunque con nombres presumidos y rimbombantes, van quedando a la despreciada vera del camino. Es, cuando ya se ha descendido a niveles mucho más bajos, que el calor empieza a sentirse y es cuando la ausencia de templanza, más que la previsión, invitan al primer “tambo” en la quesería que de antemano ya se había escogido… Pocas leguas más abajo, una nueva parada se convierte en obligado y perentorio trámite: el choclo-mote con chicharrón se transforma en desayuno atrasado o en adelantado almuerzo. Es el ritual acordado, la gestión que la glotonería cumple con escrupuloso oficio!

Mas, esta suerte de “vía crucis al revés” no se complementa si no se realiza una estación ineludible: la “parada-para-comprar-la-fruta”; esta es una diligencia ineluctable, una irrevocable premisa… Habrá de pasar todavía un par de horas más, antes de divisar los requiebres ampulosos del río y las huellas que deja el céfiro sobre el mar, para decretar con alivio que se ha llegado a Casablanca…

Pero existe “otra” Casablanca; una de la que escuché hablar a mis capitanes en el lejano tiempo en que fui copiloto de TAO en el Oriente del Ecuador. Habían ellos pertenecido a una empresa a la que recordaban con nostalgia; aunque esta, fruto de la novelería, el dispendio y la desorganización, había colapsado; habría tenido entre sus planes una ruta transatlántica para ser operada con el Comet 4 o con el Convair 990, el avión comercial más rápido que entonces existía. El itinerario, en el papel, sonaba novedoso y lucrativo: Belem - Recife - Dakar - Casablanca - Madrid…  Un tributo al candor? O, un monumento a la ingenuidad? No hay duda que, como dicen, los dioses confunden a los hombres cuando quieren perderlos!

Mi tránsito hacia esta otra -la verdadera- Casablanca, representa un circuito novedoso y un peregrinaje distinto. El aparato inicia su ascenso con derrota hacia el nor-occidente, sobrevuela el Mar Rojo, cruza sobre Luxor y se encarama sobre la cuenca sorprendente del Nilo. Pronto quedan atrás las aristas de esas inmemoriales y enigmáticas pirámides, y pocos minutos más tarde el avión vuela sobre un tranquilo mar rodeado por tres continentes; apunta hacia el meridión de las islas helénicas, roza con su sombra la rugosa isla de Creta y pone proa hacia un altivo y encopetado territorio: la diminuta isla de Malta. A la diestra van quedando los talones de la bota italiana y la áspera costa siciliana. Es cuando, habiéndose satisfecho la inhibición del sobrevuelo libio, la nave vuela ahora con rumbo a la capital tunecina e inicia el trazado de una prolongada medialuna sobre las costas que alguna vez fueron disputadas por romanos y cartagineses, y más tarde consentidas por los vehementes árabes: el Magreb africano occidental.

Esta Casablanca poco tiene que ver con aquella otra de mis continuos viajes de placer con cuya nomenclatura se hermana. Aparte del calor y de la cercanía del mar, no ofrece identidad con aquel afluente barrio de la costa ecuatoriana. Es, en el mismo terminal aéreo, que aquella exclusión que el extranjero percibe en la península arábiga, de pronto se diluye y desaparece; y aunque las expresiones de la cultura y vestimenta islámica aún persisten aisladas, hay algo en el ambiente y en el mismo comportamiento de la gente, que proclama la insurgencia de unas formas de pensar y de vivir más abiertas, más tolerantes y renovadas.

Ciertos velos y túnicas aún subsisten. Solo que ahora, cual si se tratase de un bazar destinado al expendio de todas las conocidas especias, aquellos se mezclan con hombros desnudos, muslos provocativos e impúdicas “puperas”. Sorprende, al viajero, el ausente uso del idioma sajón; la gente favorece su propio idioma moro, el indígena berebere, y sobre todo el árabe dialectal, pero encuentra que en forma alternativa todavía se utiliza el francés por todas partes. Esta es una tierra que desde siempre soportó la codicia foránea, aun mucho tiempo después de que unos extranjeros la incorporaran a su imperio, utilizando el nombre de sus tribus para incluir en su lengua una palabra que significaba inculto (“bárbaro”) y para apellidar a estas acogedoras tierras con el nombre de Mauritania.

Es inevitable llegar a Casablanca y no pensar en la película del mismo nombre protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. En ella aparece un viejo Lockheed 12 Electra que porta aquel viejo emblema que distinguía a Air France, el ya olvidado caballito de mar. En ella también, el propietario de aquel salón nocturno -interpretado por el incorregible Bogart-, tiene que escoger, al igual que nos pasa tantas veces en la vida, entre el amor y la virtud, entre la nobleza y el idealismo, entre la pasión y el sacrificio, entre el deber y la nostalgia…

Por ello, cuando llego al lobby del hotel, me provoca pedirle al pianista -al igual que la actriz sueca lo hace en la película-, que vuelva a tocar aquella vieja melodía que el film habría de convertir en emblemática, aquella de "As time goes by", o “Mientras el tiempo se nos escapa”…

Casablanca, Marruecos, 22 de agosto de 2012
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