29 septiembre 2012

Sin ruiseñores ni vendavales

Los navegantes contemporáneos -el lector me favorecerá con su magnanimidad si así llamo a los modernos aviadores- al igual que lo hacían siglos atrás sus predecesores, han perseverado en la costumbre de mantener un libro de a bordo, llamado también cuaderno de bitácora. Lo hacen, sin embargo, sin la intención de conservar sus datos como testimonio para la posteridad, o con el objeto de demostrar algo; lo hacen simplemente para dar cuenta de lo que ha sucedido en sus viajes; vale decir: para hacer auditoría de cierta información relativa a sus diferentes periplos. Allí registran los detalles de tales viajes: el número de vuelo y la matrícula de la aeronave; los puntos de salida y de destino; el tiempo de vuelo y las horas de despegue y de aterrizaje; la nómina de los tripulantes; las características de la operación y las irregularidades encontradas en su aparato.

Hace algo más de quinientos años, uno de esos registros de viaje habría de dar cuenta de una hazaña inédita y memorable; en él se relatarían los principales acontecimientos de un viaje que habría de influir como ningún otro en nuestro concepto del mundo y que habría de afectar la historia misma de la humanidad. Es la descripción de una travesía que no superó los dos meses en total y cuyo tramo final, que habría de entregarnos el conocimiento de un nuevo mundo, no habría de durar sino alrededor de treinta y cinco días. Su principal protagonista era un hombre visionario y empecinado en probar sus presunciones; él mismo, un marino extraordinario; un hombre oscuro y enigmático, sin embargo; que estaba persuadido de la misión especial que le tenía reservado el destino.

Cuando se lee su cuaderno de bitácora, impresionan sus conocimientos marinos. Cabe destacar que aunque sus cálculos del tamaño de la superficie terrestre estuvieron equivocados, sus conocimientos de navegación, su familiaridad con el comportamiento de los vientos y las derivas, hacen admirar aun hoy cómo pudo haber estimado con tanta precisión el trayecto y la longitud de su formidable travesía. Sorprende más el hecho de que se haya embarcado en su temeraria empresa en una temporada caracterizada justamente por la presencia de fieros y temibles huracanes. Pero esas son las bondades con que premia la casualidad a sus elegidos. Colón nunca tuvo que enfrentar vientos desfavorables y jamás tuvo que lidiar con inquietos vendavales, ni se le cruzó un ruiseñor en su camino…

Para 1492, el año del descubrimiento, el mundo educado estaba ya persuadido que la tierra era redonda: los griegos ya lo habían proclamado casi veinte siglos antes. Eratóstenes había llegado a calcular con relativa precisión la dimensión de la tierra; aunque quinientos años después Tolomeo había calculado ese tamaño como si fuera inferior en una cuarta parte. Colón, lastimosamente, se había basado en ese cálculo equivocado y, además, en un cierto mapa que pudo haber estado adulterado. Es bueno recordar que desde principios del siglo quince los portugueses ya exhibían cartas en las que ya se dibujaban islas en el Atlántico occidental, inclusive una a la que se daba el nombre de Antilia…

Varios documentos sugieren que el almirante ya conocía de la existencia de otras tierras “al otro lado del océano” antes de emprender su travesía. Se insinúa que mientras había residido en la isla de Madeira, habría recibido información de boca de un moribundo: el único sobreviviente de un trágico naufragio. Colón habría conservado esa información con enorme celo y habría tratado de apuntalar su proposición con una mezcla de teorías y especulaciones que le apoyaban y otorgaban sustento. De otro modo sería difícil comprender la naturaleza de su empeño, así como la de su necia como obsesiva figuración.

No está completamente claro en qué basaba Colón sus convencimientos. Ni siquiera se ha definido cuál mismo era su origen. Se especula que pudiese no haber sido genovés, pues favorecía el uso del castellano en sus notas marginales. Sus biógrafos comentan que se expresaba en este último idioma con un acento extraño y que trataba de mantener su identidad en medio del hermetismo. No se descarta que, aunque siempre se presentó como un cristiano ferviente, pudo muy bien haber sido judío converso, o quizá hijo de conversos.

Dicen que el almirante era de elegante y altiva apostura, talvez rubio en su juventud y de cabello lacio; de rostro ovalado, ojos claros y persuasivos, pómulos pronunciados y nariz aguileña. No se conoce con exactitud el año probable de su nacimiento; se estima que habría nacido en 1451. Yo me animo a propiciar una conjetura: era escorpión, y pudo haber nacido en la madrugada de un primero de noviembre. Se me había adelantado exactamente con cinco siglos!

Quito, septiembre 29 de 2012

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25 septiembre 2012

El parto de los montes

Debe haber sido en mis años de escuela que escuché la expresión por primera vez. Hoy me imagino a mí mismo, sentado a la mesa del comedor haciendo mis obligadas tareas y escuchando, casi sin proponérmelo, una transmisión de las discusiones o debates del Congreso que no se perdía la abuela. Entonces, como para dar más enjundia y gravedad a su exposición, alguien la mencionaba a manera de sentencia: “es un parto de los montes!” -decía-. Aquel fue un giro que lo escuché a menudo y, como pudo pasarle entonces -y puede pasarle aún hoy- a mucha gente, me daba la impresión que se refería a algo oscuro, hecho en secreto y con sigilo; en suma, que se refería a algo solapado, subrepticio y clandestino…

Ese era justamente el significado que imaginaba cuando escuchaba pontificar a los “honorables” de esos tiempos (claro que ese fue otro tipo de honorable y que aquellos fueron “otros tiempos”). Y creo que me habría parecido que el sentido perseguido habría sido el mismo que el que se encerraba en otra frase, aquella tan trillada de: “entre gallos y medianoche”… El solo hecho de que se usase la palabra que definía a la acción y efecto de parir, me habría dado la impresión que implicaba la realización de algo furtivo, a más de irregular y recóndito…

Pero… ¿qué hace que el uso del verbo parir -en contraposición a “dar a luz”- tenga, en apariencia, una connotación peyorativa? ¿Por qué, eso de parir, insinúa algo impúdico, oculto y escondido, que involucra la presencia de las tinieblas? Caigo entonces en cuenta que parir es un verbo que no se usa con espontaneidad, que preferimos un impreciso “dar-a-luz”, para expresar “alumbramiento”. Pero… vamos por partes: ¿acaso “alumbrar” no quiere decir también proporcionar lumbre, o sea fuego? Entonces caigo en cuenta que no es solo para proporcionar calor, sino también para obtener claridad, que se utiliza la lumbre o el fuego!

Tengo entendido que en francés se usan expresiones diferentes cuando se quiere decir nacimiento. Se dice “l'accouchement” o “donner le jour”; esta última quiere decir literalmente “dar el día”. He escuchado también que en ciertos idiomas eslavos no se dice dar a luz, sino “dar el mundo”, con lo que se implicaría un sentido de revelar o de descubrir, que es justamente la última acepción de parir que se encuentra en el diccionario de la Academia: “hacer salir a luz o al público lo que estaba oculto o ignorado”. Qué interesante!

Entonces, vuelvo a preguntarme: ¿por qué decimos “dar a luz” prescindiendo de que se lo haga en la oscuridad o a plena luz del día? ¿Se puede dar a luz a oscuras -me pregunto-, es decir “en la oscuridad”? ¿Y, es apropiado utilizar el mismo modo de hablar cuando el parto sucede a oscuras? Para responder, es necesario revisar el sentido original de dar a luz, o de “hacer la luz”, no solo en el sentido de alumbrar o de aclarar; sino en el de algo quizás más importante: el de hacer algo primigenio, algo nuevo; el de hacer algo por primera vez.

Ese es justamente el sentido del Génesis, el primer libro del Pentateuco; ahí se dice que “al principio todo era caos y tinieblas”; y que Dios, en su primer día de la creación, resolvió arreglar eso de una buena vez. Que transformó ese desorden y creó el cielo y la tierra. En cuanto a la oscuridad, sentenció un “hágase la luz”; creó la luz por vez primera y la separó de las tinieblas. Así, “de una”, como dicen en mi tierra, hizo todo esto en forma simultánea, de una buena vez! Por eso que, en nuestro idioma, dar a luz y alumbrar tendrían un sentido de génesis, de inicio, de nacimiento; de algo que sucede en forma primigenia, por primera vez!

En cuanto al “parto de los montes” no es ni lo que los políticos de nuevo cuño ahora se imaginan, ni lo que yo de niño me imaginaba. Solo quiere decir algo insignificante y sin valor; y, especialmente, que no satisface lo que se esperaba. Un parto de los montes es definido por el diccionario como “cualquier cosa fútil y ridícula que sucede o sobreviene cuando se esperaba o anunciaba otra grande o de consideración”. O sea, lo mismo que este humilde artículo, que no intentaba sino "aclarar" algo intrascendente en apariencia; y, frente a ello, “brindar luz”…

Quito, 24 de septiembre de 2012
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23 septiembre 2012

La vida es sueño…

Transijo ante la travesura momentánea de robarme, por una sola vez, el título de la obra de Calderón; y cedo ante la de no usar el nombre completo del autor. No hay nada que más me confunda que la utilización de los apellidos españoles. Me queda la duda de si ese “Calderón de la Barca” era solo un apellido compuesto que no tuvo continuidad o si, por el contrario, constituye un uso arbitrario otorgado por la moda o por la costumbre de un determinado tiempo. Tampoco me queda claro si ese “de la Barca” era su apellido materno.

En este punto, tengo que acudir otra vez a la enciclopedia -cuándo no- para aclarar la duda del inusitado ejemplo; solo para descubrir que Pedro Calderón de la Barca y Barreda González de Henao Ruiz de Blasco y Riaño… era su nombre completo!

Hoy mismo, existe la dualidad de ciertos nombres que son más frecuentes de ser utilizados como apellidos (Jorge, Borja, García). Esto, sin contar con la rezagada costumbre de utilizar el apellido materno para designar a ciertas personas, cuando el primer apellido es uno de los más comunes. Muestras al canto: Zapatero, en lugar de Rodríguez a secas o de Rodríguez Zapatero; Prado en vez de Fernández o de Fernández Prado; Romero en lugar de López Romero…

Pero, al mismo tiempo, nada me rebela más que la costumbre, cursi y de mal gusto, de cierta prensa deportiva suramericana de utilizar todos y cada uno de los nombres y apellidos de ciertos futbolistas para identificarlos cuando estos se destacan en su disciplina. Si a Juan Ruiz antes se le conocía sólo como Juan Ruiz en su barriada o en la escuela, de golpe ya se le empieza a identificar como Juan Rudecindo Ruiz Quiñones; como que si, al prescindir de todos esos apelativos, ya nadie se habría de dar cuenta quién mismo es el tal Juanito…

No descarto además, y no como excepción a la regla pero sí como elemento que se incorpora a la confusión, el de una serie inagotable de apellidos compuestos: unos recién instaurados y otros de larga data, uso y tradición. Entre nosotros: Gómez de la Torre, Febres Cordero, Durán Ballén o Gómez Jurado; y así, por ese orden… Me queda la duda si todos esos apellidos alguna vez obedecieron a una forma más simple de identificación; o si, por el contrario, siempre fueron lo que hoy son: apellidos compuestos.

He recorrido este interminable circunloquio, solo para hablar un poco de los sueños. Nada hay que más me cabree que la inconsistencia que tienen nuestros sueños. Es probable que lo único que supere mi inveterado enfado sea el que no pueda recordar cuál fue su guion completo. De lo único que puedo estar seguro es que todos soñamos (no solo en la vida, sino también en el mundo de las fantasías que se nos presentan en la nocturnidad). Es más, me han dicho que los sueños se producen todas las noches o siempre que dormimos; y que la única diferencia está en que no siempre los recordamos. O que sucede lo que a mí con frecuencia me ocurre: que no recuerdo algunos de los “apasionantes episodios” de esas extravagantes telenovelas; y eso, cuando no los olvido por completo!

Hoy mismo; o, anoche mismo, para hablar con propiedad, mi sueño tenía que ver con una de mis repetitivas manías de querer transmitir a otros lo que recién he descubierto. Quizá esto se deba a mi íntimo convencimiento de que hay asuntos simples, en las cosas que se deben conocer en nuestros oficios, que no siempre les han transmitido a los demás en forma oportuna y completa. Esa manía mía, es probable que sea la que alimenta el libreto de mis sueños, pero como “los sueños, sueños son”, a veces su transcurso lógico y coherente cede paso a un desenlace  caracterizado por el absurdo y la falta de sentido. Ese sueño, que fue una visión relacionada a mi oficio de aviador, concluyó en forma inesperada, con mi enorme aparato haciendo un aterrizaje improvisado en… un patio de espacio restringido!

Creo que no digo ninguna novedad si insinúo que nuestros sueños quizá han de estar relacionados con nuestros temores y obsesiones. No me queda claro si su realización se produce siempre a todo color, o si esta se produce solamente en blanco y negro… Me parece asimismo, como resultaría lógico colegir, que las experiencias, el avance de la civilización y la tecnología, han ido haciendo cada vez más sofisticados y complejos nuestros sueños. Me pregunto si será por eso que los hombres ya no experimentamos esos sueños cargados de oscuros significados que afligían a los reyes y faraones en la antigüedad. No deja de ser un paliativo que ya no estemos obligados a acudir, para su lógica interpretación, ni a una misteriosa sibila ni a las confusas predicciones del oráculo de Delfos…

Sí, la vida es sueño!

Quito, septiembre 22 de 2012
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22 septiembre 2012

Las paredes que callaron

El tiempo suele estragar con el viento pertinaz del olvido. Por eso, mi primera casa no es otra que la primera que recuerdo. Mis hermanos mayores dicen que antes hubo por lo menos una -si no dos-, que yo ya habría archivado en forma irrebatible en los desvanes del olvido. Por eso, el recuerdo más lejano que aún albergo es el del dormitorio principal en la primera casa de la calle Caldas. Mi memoria me susurra que esa imagen, que todavía creo que conservo, debe estar relacionada con uno de esos cambios de casa a los que estuvo obligada una familia numerosa que trataba de adaptarse a una improvisada situación…

Yo era, a la sazón, el menor de seis hermanos, aunque el primogénito de mi madre. Papá había sido un joven viudo, padre de cinco hijos que se había desposado con mamá en segundas nupcias. Debe haber sido aquel, uno de esos frecuentes cambios de domicilio que habría dado pábulo a mi más primigenio recuerdo. Hay por ahí un somier tumbado por el piso, a modo de cama sin cubrir; existen otros muebles y unas prendas de vestir ubicadas por doquier, sin orden ni concierto. Por algún motivo, que no alcanzo a comprender, algo de todo ese cuadro difuminado e impreciso me dice que las tareas se suspendieron porque alguien se lastimó en aquel trasteo o tuvo algún accidental contratiempo.

Luego habría de venir la casa de la calle Ríos; era una casa pequeña de una sola planta a la que se accedía mediante una escalera guarnecida, cual si se tratase de un segundo piso. Era una villa techada, rodeada de un patio revestido por una capa de cemento. Ahí debo de haber efectuado mis primeros intentos como novel conductor, al mando de un carrito de bomberos que habría de acicatear la inconformidad, si no la envidia, de mis primos y vecinos. Existen por ahí, todavía, unas viejas fotografías que conservan para la posteridad mi ya porfiado engreimiento…

De la siguiente casa, un departamento alto en un ajardinado pasaje en la cuesta que sube hacia El Dorado, me quedan solo frágiles y exiguos recuerdos. En su parte trasera, se avecinada el que sería mi primer jardín de infantes. De esa casa, queda todavía un antiguo retrato familiar en el que ya constamos los primeros ocho hermanos. De ella solo tengo tres recuerdos, aunque bastante concisos. El primero es el de una noche de viernes que uno de mis hermanos realizó una de sus primeras travesuras y tomó sin autorización el vehículo de mi padre. Los demás esperábamos su regreso con ansiedad, mientras una conocida emisora exhibía en la calzada una película de James Dean con un proyector improvisado.

Las otras dos memorias contienen también la reacción irascible de mi padre: una constituye respuesta al ataque de un mal cuidado pastor alemán que había atacado sin piedad a otro de mis hermanos. No puedo olvidar ni la herida abierta en la carne de su hombro lastimado, ni el reclamo incontrolado de papá increpando al agrio, aunque aturdido y acobardado oficial, propietario de aquel mastín, el objeto de su enojado reclamo. La otra memoria inscribe la impronta de un payaso que a más de haberme asustado, me había lastimado con su duro y artesanal chorizo, una tarde de ímpetu carnavalesco y mofa desordenada.

De allí habríamos de ir a la calle Manuel Larrea, a la vuelta de “la Arenas”, una panadería cercana al cine Alameda y vecina al colegio Mejía. Quedaba esa casa, que estuvo signada por el aroma irremplazable de las hogazas frescas, a corta distancia del lugar donde vivía mi abuela; tenía un pequeño patio interior que estaba protegido por unas mamparas de vidrio. Ahí tendría ya mi propio dormitorio, aunque debía compartir mis espacios con las canastas de mimbre ocupadas por los retazos y cortes de género de las obras encargadas al oficio que ejercía mi madre. Allí habría de cumplir también con mi primer encargo, el de asistente en una tarea de carpintería emprendida por mi padre: habríamos de transformar en mesa de comedor, un tambor de cartón duro al que habíamos añadido un tablero circular, para luego pintarlo de un color de tono lánguido.

Tengo, de esa morada, recuerdos encontrados, tanto en los espacios que avivan mi memoria como en los espoleados sentimientos. Me recuerdo a mí mismo, imitando muchas tardes el quehacer de los cantantes, utilizando la ayuda de una vieja escoba, a manera de guitarra. O, recostado en la cama de mi madre, haciéndole compañía en su postrer y aciago embarazo. A esa casa nunca más habríamos de volver, luego de que a ella se la llevarían a una casa de salud, tratando de salvar su interrumpida maternidad, cuando ya había sido demasiado tarde… De la memoria de esa última casa, he de concluir que en la vida hay lugares para recordar, pero que hay otros que es mejor aislarlos en el sótano del olvido.

Esas fueron las moradas que antecedieron a mi inconforme orfandad. A veces paso frente a sus paredes mortecinas y sus portones descuidados; y no deja de invadirme el sentimiento de que solo están habitadas por inquilinos transeúntes, a la espera de que un día vuelva a tomar posesión de sus callados espacios… Como si la vida fuera nada más que un impenitente carrusel, al que, luego del paso del tiempo, se vuelve más tarde a concluir algo que se había dejado inacabado…

Quito, septiembre 21 de 2012
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19 septiembre 2012

De antigüedades y canonjías

Parece que hemos llegado muy temprano a la oficina de operaciones esta mañana; es que, hemos aterrizado también muy temprano y no están listos los billetes de viaje que debían prepararnos, para que viajásemos como pasajeros. Somos en total cinco tripulantes: dos comandantes, dos primeros oficiales y un mecánico que ha acompañado al vuelo. En medio de esa larga espera, asoma otra tripulación adicional completa: ella también está integrada por un número similar de profesionales; todos lucen cansados y esperan continuar hasta el destino siguiente: también van a transportarse en condición de pasajeros.

De pronto surge un problema inesperado: solo existen tres asientos disponibles y están próximos a cerrar el vuelo. En medio de la fatiga y las caras largas, todos esperan que se dé prioridad a quienes primero llegaron y que la prelación sea determinada por el rango y la antigüedad en la empresa. Al fin y al cabo, asimismo sucede casi siempre, ese es el protocolo que se observa y esa la tradición; pero quien lidera el grupo, por alguna circunstancia de relación administrativa, toma una inusitada e imprevista decisión: han de ser los tres comandantes presentes los que han de recibir trato preferencial en ese momento… No me favorece ni perjudica la disposición, y solo medito en la aparente sencillez del comentario de quien fue favorecido: “la cuarta barra siempre es un privilegio!”

Siento por un momento que se ha actuado con arbitrariedad; mas, es ya muy tarde para insinuar otro curso de acción o reclamar a favor de los perjudicados, pensando en que, de todos modos, no existía un número suficiente de asientos. Recuerdo entonces la expresión que escuché tantas veces en mis tiempos de copiloto, o de primer oficial, cuando se nos decía que “la antigüedad era un grado” y así se postergaban mis privilegios. Quizá, en esos tiempos, nos animaba la secreta esperanza de que, llegado un lejano día, disfrutaríamos -una vez ascendidos a comandantes- de esas mismas prerrogativas que entonces se nos escamoteaban. “La antigüedad es un grado”, repetían nuestros superiores; y concluían: “porque autoridad que no abusa, pierde su prestigio!”…

El mío, es un caso curioso, sin embargo. La verdad es que nunca fui un “antiguo”, ni siquiera una vez que llegué a viejo… En TAO, fui primero copiloto y luego un capitán muy joven -tan joven en efecto, que me trataban de “guambra”-. En mi siguiente trabajo de transición, la operación de aviación de Texaco, continué ejerciendo como uno de los comandantes “nuevos”. Luego pasé a Ecuatoriana, en donde, por unos cortos años, fungí nuevamente como primer oficial de vuelo. Ya con casi quince años en la empresa, era todavía el capitán más joven y seguían considerándome como uno de los menores, tanto que cuando a un recién designado mandatario se le ocurrió insinuar que me quería para titular de la aerolínea, no se pensó en que talvez no tendría capacidad para el reto; sino que “no tenía todavía la antigüedad” y que eso podría constituir un demérito!

Más tarde, tanto en Saeta como en Korean Air, en Singapore Airlines como en Great Wall, en China Cargo como en Air Atlanta, fui siempre considerado uno de los recién llegados, uno más de “los nuevos”. O sea que, nunca fui considerado “antiguo”, a pesar de que -a la vez- me fui convirtiendo en viejo! No he tenido, por lo mismo, oportunidad de ejercitar aquello de que “la antigüedad era un grado” y que había que usarla, so pena de perder o disminuir “mis privilegios”.

Bien visto, esta circunstancia ha sido una forma de bendición: nunca he llegado a ser “antiguo” o antigualla (es decir, “de remota duración”)… y solo han tenido que considerarme “un piloto un poco viejo”. Debe ser muy triste ser parte del anticuario, pienso yo; y me conformo con que, aunque no me otorguen un artificioso y supuesto valor, me traten con cierta simpatía y consideración, me cedan ocasionalmente el paso e incluso un lugar para poder tomar asiento…

¡Ay, la cuarta barra y los arbitrios antojadizos, las prebendas y abusos de ocasión, los indultos y franquicias que suelen otorgar aquellos permisivos “huevos revueltos”…!

Jeddah, 19 de septiembre de 2012
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18 septiembre 2012

El otoño de la piedad…

Ha sido un vuelo largo y fatigoso el de esta noche. Hemos iniciado el trayecto en Lagos, junto al Atlántico, un puerto avecinado al ecuador terrestre. Nuestra ruta ha cruzado el continente africano en su punto más angosto, siguiendo la línea de su imaginaria garganta. Volamos ahora sobre Sudán y amanece. La penumbra del crepúsculo se ha ido difuminando. Nuestro destino es Riyadh, en Arabia, ubicada en algún punto del Trópico de Cáncer. Nos acercamos al equinoccio de otoño en el calendario y el sol se va insinuando con su resplandor inclinado hacia oriente.

A estribor todavía titilan necias estrellas rezagadas. Abajo, a los lejos y más allá del horizonte, está la tierra austral donde a esta misma hora quizá juguetean mis nietos. Allá, está próxima a llegar la primavera. Pienso en esta dualidad, en esa paradoja sideral; en que mientras para unos calienta el verano, a otros afecta el frío del invierno; en que mientras unos disfrutan de los días largos, otros tienen que enfrentar la oscuridad y el rigor estacional. Los equinoccios marcan eso: la posibilidad de que los días tengan la misma duración que sus noches. Pienso en lo metafórico y contradictorio de estíos e inviernos, de otoños y primaveras…

De pronto, pienso en esas insurrecciones que llamaron “primaveras árabes” y en el primer libro que descubrí de Henry Miller: Primavera Negra. Hasta que lo leí, no había meditado en las sutiles diferencias que existen entre pornografía e irreverencia, entre obscenidad y erotismo. Su lectura fue para mí un solitario descubrimiento. Por esos años había ocurrido su deceso y para entonces ya me había devorado una buena media docena de sus libros. Así disfruté sus dos Trópicos: el de Cáncer y el de Capricornio; y, más tarde, el impulso salvaje de aquellos polémicos Sexus, Nexus y Plexus.

Fue, con Primavera Negra, que empecé a advertir lo adictiva en que se convertía su lectura. El toque de cinismo de sus relatos, sus infidencias eróticas, el uso hemorrágico de los adjetivos, su forma de construir las frases, esa mezcla brutal de insolencia y de nihilismo que obligaba a un ritmo acelerado para seguir la furiosa narración de sus experiencias; solo para descubrir que hacía falta volver atrás para disfrutar de sus descripciones, para saborear con fruición el uso de las palabras y concentrarse en la fuerza torrencial de su estilo. Había allí una mezcla de impudicia y de rebeldía, de obscenidad y de rechazo a lo establecido. Pero, ante todo, había una como avalancha, impetuosa y agresiva, que se combinaba con sus añoranzas, con sus soliloquios de profeta y con su inconformismo.

Pienso en mis lecturas de Primavera Negra al recordar los episodios de la no muy lejana primavera árabe; y los más recientes que se han ido transformando en un otoño sangriento. Sí, porque si la refrescante floración de unos anhelos de libertad pudo compararse con una primavera; la repentina reacción de grupos intransigentes en contra de las mismas entidades que estimularon y apoyaron su reconocimiento, señala el ocaso del valor de la fraternidad y representa lo difícil que es tratar de conciliar creencias y sentimientos.

De inicio, no puede justificarse la perversa provocación que ha desatado la edición de un documental burdo, ofensivo y lamentable. Quien, a pretexto de ejercer la libertad individual, lastima así las creencias y los valores ajenos, no merece el respeto y consideración de los demás, sino tan solo el repudio más frontal y enérgico. Pues, así como para muchos lo que cuenta es el respeto a su libertad personal, para otros no existe nada más sacrosanto que sus creencias y preceptos; nada más profano que la negación de sus religiosos convencimientos.

Cierto que hay quienes convierten la religión en un fin en sí mismo, o caen con facilidad en el fetichismo -que no es sino otra forma distinta de idolatría- y en expresiones absurdas y condenables de fanatismo; pero, quienes provocan esas exageradas reacciones, están en la obligación de reflexionar en si, con su desdén y desprecio a lo que se constituye en sagrado para los demás, no están también dando pábulo para que se cometan actos censurables por lo desproporcionados, y crímenes condenables por lo horrendos.

No cabe duda que parte de tales reacciones obedece a protervos impulsos inducidos por elementos que abrigan propósitos oscuros, que infunden odio y descontento. Y no cabe duda que al socaire de esas reacciones, existen afanes malévolos y perversos. Pero estoy persuadido que es deber, de quienes lideran las más importantes religiones, de educar a sus miembros para la fraternidad y para buscar la tolerancia universal entre las diversas concepciones y credos.

Jeddah, 19 de septiembre de 2012
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