06 noviembre 2012

Algo pasa la víspera de finados

Con un título un tanto parecido -“Algo sucede los primeros de noviembre”-, mi buen amigo y compañero de generación, el Pajarito Febres Cordero, encabezonó alguna vez una crónica en la que se refería a mi perfil personal y comentaba acerca de mi actividad como piloto profesional. Esto sucedió luego de una corta entrevista que él me hiciera hace ya veinticinco años. Le había parecido una sorprendente coincidencia que en dicha fecha, no solo celebre mi onomástico; sino además, mi aniversario de matrimonio, el estreno de lo que fue mi primera casa y mi ingreso a la difunta Ecuatoriana de Aviación. Todo en un mismo día!

Decía uno de mis hermanos que las navidades le traían recuerdos tristes; creo que yo podría decir lo mismo con respecto a la celebración de mi cumpleaños. Y es que este acaece el primer día de un feriado que dura tres; celebración que es conocida en los pueblos de herencia hispánica como “finados”. En Ecuador este feriado se complementa, en su último día, con la celebración de la fundación de Cuenca. Pero sucede, además, que esa misma fecha, el primero de noviembre, está designada como día de Todos los Santos, o de “Todos Santos”; lo que quiere decir, en cierto modo, que no me pertenece una celebración exclusiva (pues es, en realidad, fiesta de “todos los demás”).

Finados resultó, por otra parte, un feriado aciago en los días de mi niñez. Mi madre había acudido a casa de mi abuela a colaborar en la elaboración de las tradicionales “guaguas” de pan. Ella se encontraba, en esos mismos días, dando cumplimiento a las semanas finales de uno más de sus embarazos. Pudiera ser que se habría acercado demasiado al horno y dejado que su estado se viera afectado por la temperatura. Pocos días después empezaría a sentirse cada vez más mal y habría sido ya muy tarde cuando, en la intención de que salvara su gestación, fue llevada con urgencia a la maternidad. Algo insólito y trágico habría de sucederle mientras le atendían… Y desde aquel triste día, la sola mención del mes de noviembre evocaba en mí algo fatídico y siniestro, algo ominoso y trágico.

Hay niños que nunca fueron a un cementerio durante sus años infantiles. Yo me alegro por ello, porque -en un mundo ideal- así mismo debería ser. Pero existen niños a quienes les acompañó la desgracia desde cuando fueron pequeños y debieron efectuar frecuentes visitas a esos lúgubres camposantos donde habían llevado a enterrar a sus padres… Ese fue justamente mi caso; y por ello, durante mis primeros años de orfandad, debí acompañar a mi desconsolada abuela, al recoleto cementerio de San Diego, para allí, con religiosa puntualidad, mantener siempre frescas las flores que semanalmente llevábamos a mi madre.

Fue en noviembre también que quince años más tarde y por esas lamentables coincidencias con que a veces nos sorprende la fortuna -la mala fortuna, esto es-, me llamaron un sábado por la tarde para darme la dolorosa noticia de la muerte de mi padre. Por todo ello, noviembre fue siempre para mí un mes para olvidar, un mes para tratar de que el tiempo pasase raudo y abreviado. Noviembre se convirtió así en un mes de aires agoreros, sin celebraciones ni razones para la alegría; un mes para ofrecer reverencia a mis propios muertos, un mes sombrío que parecía invitar a sentirse apesadumbrado…

Nada tan triste, sin embargo, como la antigua costumbre que antes tuvimos de vestir duelo por todo un año consecutivo. Más triste, cuando a ese régimen se nos sometía a quienes todavía éramos niños pequeños. Recuerdo que siendo muy tierno todavía, tuve que vestir de luto, al igual que mis demás hermanos. Ese fue un luto estricto, magra costumbre que la debimos sobrellevar por casi todo un año. Pero si aquello se habría de convertir en un triste e incomprensible recuerdo, nada me pareció más inapropiado, en esos tiempos de escuela, que el conformar aquellas contradictorias comisiones de condolencia que tuvimos que integrar cada vez que fallecía uno de los padres de nuestros propios compañeros.

Solo en los años de primaria tuve que conformar una media docena de aquellas infames comisiones. Debe haber sido solo un capricho del destino; pero, si por algo se destacó mi promoción, fue precisamente por esa inusitada cantidad de huérfanos que tuvimos en nuestra clase. A fe mía que en ello nos destacábamos con un récord lamentable. Muchas veces, tales gestiones para acompañar a nuestros condiscípulos, las efectuábamos a horas inadecuadas y tardías. En medio de esos dramas, comprobábamos con sorpresa cómo estas ocasiones para la congoja se transformaban en sesiones destinadas a contar chistes absurdos, mientras la parentela tomaba el canelazo de rigor y “ayudaba a pasar la noche”…

La orfandad es algo brutal y paradójico. Lo que nunca pude comprender es porqué, si orfandad es una voz que viene de huérfano, ha de ser una palabra que tenemos que escribirla -a su vez- huérfana de hache… Mi querido hermano Adrián solía repetir aquello de que “nadie muere la víspera”; esa era una de sus frases preferidas. Yo me he ido convenciendo que no necesariamente es así; pues estoy persuadido que, no importa cuándo la muerte nos llegue o cómo nos sorprenda, casi siempre nos morimos la víspera, ya que ella nos llega por lo general cuando no estábamos preparados, cuando menos lo esperábamos…

Fez - Marruecos, noviembre 5 de 2012
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01 noviembre 2012

Tras las huellas de Amelia

Calza unos tacones discretos que no logran disimular su tamaño. Es menuda y pequeñita. Hay algo de brioso en el ritmo de su forma de caminar que rubrica su sentido de propósito. No trasunta ansiedad, ni tampoco denuncia un fugaz e inelegante apresuramiento. En el contraste de su magro uniforme, el llamativo resplandor de sus rubios cabellos suscita una curiosidad que resulta provocativa y obscena; y contestataria, aunque carente de drama. No cubre sus hebras a la usanza árabe, como está obligada por la tradición; prefiere esconder sus trenzas dentro de la abultada gorra que identifica su ministerio y completa su apostura. Hay en ella un altivo donaire; una pincelada de misterio exenta de arrogancia.

Saluda con sus demás colegas sin afectación; hay en ella una actitud espontánea. Porta consigo el conspicuo cartapacio que contiene los documentos de su inminente viaje. Se sienta a mi costado y me averigua si conozco al comandante, al titular de aquel nombre impronunciable… Sonrío y le respondo que sí, que lo conozco y que, además, muy íntimamente; y que justo, aquella misma mañana, lo había observado con insistencia, cerca de mí, frente al espejo… Entonces se presenta con ese su nombre griego que consolida la imagen de luminosidad que sugiere su rostro juvenil e inquisitivo. Mi nombre es Alina, me dice, y se presenta con talante respetuoso. Es mi ocasional copiloto…

Ella es parte, es una más, de ese colectivo cada vez más generoso que ha querido regalarnos la modernidad: la de los pilotos femeninos, la de las mujeres aviadoras. En un mundo profesional que por hábito y raigambre estuvo siempre reservado a los varones, la fresca, inusitada -y cada vez más frecuente- presencia de la mujer, ha venido a aportar ese lozano toque de glamour que quizá se había empezado a difuminar, y que antes había caracterizado con vigor a la estirpe de los aviadores. Hoy las encontramos, cada vez con más asiduidad, en plataformas y terminales, orgullosas de sus uniformes, exhibiendo aquellas doradas barras que simbolizan su compartida autoridad, proclamando la promesa -cuando no el desafío- de que han de respaldar con bizarría sus encumbradas credenciales.

Una vez en el avión, cumple sus obligaciones con premura y eficiencia, no pide ni espera un tratamiento especial por su condición femenina. Actúa como lo que ella misma se considera: un aviador que conoce sus tareas, que sabe cumplir su rol y que está preparado para las exigencias que demandan sus procedimientos. Sabe que el oficio ya no está signado por los riesgos y el espíritu temerario que identificaron a los albores de la actividad aeronáutica; que el concepto moderno de la profesión demanda una profunda y meticulosa preparación, enorme disciplina, y el desarrollo de nuevas destrezas como la comunicación, el continuo apoyo mutuo, el mejor uso de los recursos asignados…

Se trata de aquella permanente búsqueda de la excelencia que se define con un término que talvez para ella suene discriminatorio, y que no tiene traducción: “airmanship”, una forma sobresaliente de la maestría aeronáutica. Hoy existen mujeres pilotos en las principales aerolíneas del mundo. De hecho, hoy se las encuentra por doquier; y no es extraño encontrarse con tripulaciones completas que están conformadas exclusivamente por mujeres aviadoras. En ellas, los varones están totalmente ausentes y ya no son imprescindibles, como lo fueron en el pasado, para la realización de todas aquellas delicadas actividades.

Es la herencia y el linaje de la inolvidable Amelia Earhart, la heroína americana que fuera la primera en cruzar sola el Océano Atlántico y que más tarde habría de desaparecer tratando de intentar la misma hazaña en el Pacífico. Ellas, al igual que Amelia, dejan a su paso una diáfana estela de desempeño escrupuloso, de responsabilidad y de exactitud. Están persuadidas del esfuerzo y del esmero cuidadoso que requiere su romántico quehacer. Pero saben, por sobre todo, que en sus manos no está solo la ilusión que tienen de volar como las aves; sino, ante todo, las preciosas vidas que nos han encomendado a los modernos aviadores…

Arabia, primero de noviembre de 2012
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29 octubre 2012

De abusos y paréntesis

Ha declarado el rey Abdullah (me imagino que se traduce como Abdalá en castellano) que las Naciones Unidas deben establecer una condena para quienes “abusan” de las religiones o sus profetas (que la paz les acompañe). Quiero dejar constancia que este último paréntesis no es de mi cosecha, sino que es parte de una fórmula ineludible de redacción -y en general, de expresión- que existe entre los musulmanes. De hecho, no importa cuantas veces se tenga que nombrar en un documento, cualquiera que esta sea, a un profeta (que la paz le acompañe), que se tiene la obligación de venerarlo, sin omitir este santo paréntesis!

Pero he encerrado el “abusan” del párrafo anterior entre comillas porque lo he mal traducido del inglés en forma intencional. Efectivamente, en el inglés se usa dicho verbo no solo en el sentido de hacer mal uso o en exceso (como en el abuso del poder), o en el de hacer a alguien objeto de trato deshonesto (como cuando se refiere al abuso de menores); sino también en el sentido de ultrajar, mancillar o profanar. En castellano decimos que alguien profanó un templo o que alguien irrespetó a la religión o a la autoridad; pero en el idioma sajón en referencia simplemente se dice que tal persona “abusó” de la religión, del templo o de la autoridad. Sin embargo, y aunque suene contradictorio, en el castellano se prefiere la expresión “maltrato”, cuando queremos referirnos a la acción de tratar a alguien mal, de palabra u obra. Así evitamos una mala interpretación…

Pero ha dicho el “Custodio de las dos mezquitas sagradas”, o sea el mismo rey antes mencionado, que algo hay que hacer con los individuos que se permiten profanar las santas religiones o ultrajar a los profetas (que la paz les acompañe); y en esto creo que le asiste mucha razón al soberano, porque no está bien que, a pretexto de dar rienda suelta a la libertad personal, se lastime lo que para otros es no solo importante, sino sobre todo sagrado.

Ahora bien, vayamos por partes. En primer lugar, ¿por qué hay gente que insulta las religiones ajenas? Y, para complementar la idea, ¿qué es lo que se entiende, o lo que entendemos, por religión? Vale, antes que nada, comentar que aunque las principales religiones en el mundo (sin contar con las diferentes variables que se han producido por los cismas o escisiones) no pasan de una docena, existen en el mundo algo más de cuatro mil religiones diferentes! Esto porque una religión no es sino un conjunto de ideas, normas, ritos y creencias que los hombres tienen en relación con un ser supremo, con su íntima espiritualidad, con el sentido de su existencia, e inclusive con su propio comportamiento respecto a los demás; vale decir, respecto a su conducta ética. El otro ingrediente necesario es el de compartir con un determinado grupo, étnico o social, ese conjunto de creencias.

Por eso, y si bien lo pensamos, hay gente que ultraja o irrespeta (abusa) las ideas y creencias de los otros, porque justamente no son sus propias creencias. Claro que una cosa es “no compartir” las creencias de los demás; y otra, muy distinta, el profanarlas. Lo que habría que averiguar es si ese ultraje e irrespeto constituye una actitud irracional y espontánea; o si, en cierta medida, es algo provocada por los mismos que luego reclaman que han sido ultrajados. Dicho de otra manera: ¿son los individuos los que abusan y ultrajan a las religiones? O serían quizá las propias religiones las que estarían ultrajando a algunos hombres?

¿Cómo es posible este aparente abuso? Ya lo dijo alguien, con otras palabras: es probable que ciertas religiones, a pretexto de defender la fe, se aprovechen de la ignorancia de algunos hombres. Pero esto es inevitable; al fin y al cabo, muchas de las creencias religiosas están constituidas por “dogmas”, asuntos que no se pueden comprobar pues son “cuestiones de fe”; asuntos que son fruto de un proceso íntimo e interior que nos convence de que lo que creemos no solo que está amparado en la certeza, sino que están equivocados, y cometen sacrilegio, quienes no piensan como nosotros… La “guerra santa” está inspirada en esa motivación, la de forzar a los demás no solo a que crean, sino que “sientan” lo que sienten otros… ¿No era ese el argumento propulsor de las cruzadas?

Es probable que algo intrínseco a ciertas religiones sea justamente aquello de condenar como inferiores o equivocadas a las demás creencias. La bandera de Arabia Saudita, para ilustrar con un ejemplo, tiene unos caracteres que a los que no sabemos leer árabe pueden parecernos un enredado laberinto. Sin embargo, solo se trata de una leyenda; consiste en una frase abreviada que dice más o menos lo siguiente: “No hay más dios que Alá y Mahoma es su mensajero”. En la parte inferior, cual si se tratase de una rúbrica, asoma una espada dibujada…

Advierto que son las posturas extremas las que, con su radicalismo (y aquí evito, con intención, cualquier adjetivo que pueda resultar peyorativo), propician muchas de esas reacciones exageradas que atentan contra la armonía entre los hombres. Cuando de veras nos propongamos respetar, y no lastimar, lo que los demás consideran sagrado (inclusive aquello que creen, piensan y sienten los más radicales), habremos empezado a dar verdadero sentido a cualquiera que fuere nuestra propia religión; y, sobre todo, no seguiremos usando el pretexto de nuestro “exclusivo dios” para ultrajar y abusar de los demás mortales!

Que la paz nos acompañe! (y sin paréntesis).

Arabia, 29 de octubre de 2012
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28 octubre 2012

Hidalgos de bragueta

Manda huevos! Es sorprendente como aún en pleno Siglo XXI, con todo el influjo democrático de la modernidad, y con vigencia en todos los rincones del mundo, se sigue imponiendo todavía el disparate de los títulos nobiliarios. Peregrino y extraño como suena, lo cierto es que, lejos de que se hubiesen abolido, parecería que cada día se consolidan más; a la vez que se estratifican las clases sociales…

Existen en el mundo lugares como la India, donde las castas se heredan, están definitivamente marcadas: condicionan los oficios, determinan las aspiraciones sociales y definen las relaciones familiares. Constituyen un hecho genético, una imborrable marca hereditaria. A diferencia de las clases sociales en el resto del mundo, las castas indias son irredimibles; y, cual si se tratasen de un defecto de fabrica, no se las puede ocultar, se convierten en un factor social determinante. Allí, el “estatus social” es ineludible; de hecho –y aunque digan lo opuesto, tanto la propia Constitución, como el entramado legal– la desigualdad se ha erigido en un principio regulador de las relaciones sociales.

El sistema es denigrante y absurdo; a más de inequitativo. Sin embargo, estos prejuicios están tan arraigados en el concepto religioso de la reencarnación, que hacen que esta incomprensible forma de discriminación sea una costumbre sacramentada por la conformidad, si no por el beneplácito, de quienes se avienen a vivir aplastados por el yugo de esta insólita lacra; a deambular como si fuesen leprosos o apestados, condenados a perpetuidad por esta forma injusta e irredimible de desgracia. Ahí, en la India, los “dálits” o “intocables”, los llamados “niños de Dios”, están sentenciados a ejercer solo los oficios más indignos y denigrantes; y están sometidos al escarnio de los “más nobles”, quienes les imponen su aberrante segregación sin más artilugio que el látigo de su mirada.

Pero castas no solo existen en el subcontinente índico; castas, segregación y estratificación hay realmente en todas partes. No debe olvidarse que “casta” solo quiere decir “color”; y es justamente el color de la piel lo que alrededor del mundo ha definido esta costumbre discriminatoria. En el caso hindú se presume que la llegada de los arios fue creando una forma de segregación, basada en la claridad de la piel, propiciada por los propios invasores. Esto es lo mismo que sucedió en América, luego de la venida de los españoles. En este caso, fueron las apariencias físicas que resultaron de la mezcla racial las que definieron los distintos niveles de mestizaje. Así fue apareciendo un verdadero arco iris en esa forma de mixtura que fue, desde el comienzo, la colonización, que dio origen a una serie innumerable de términos como mulato, zambo, chamizo, cambujo, cholo, longo o zambaigo; amén de muchos otros que ahora se me escapan…

Parecería sin embargo –ironías con que sorprende la modernidad– que un nuevo elemento se ha venido a sumar a los relacionados con los factores relativos a la raza. En cierto sentido es también hereditario… A veces es silencioso y discreto; pero otras tiene ese tintineo seductor que a muchos embruja, obliga a regresar a ver, y que llaman con el nombre de un metal: la plata! Resulta una burla y un sarcasmo, para quienes presumen de linaje, que haya sido justamente el capital –ni siquiera la cultura–, el que ha venido a alterar (distorsionar?) ese continuo y permanente proceso que es el de los cruces sociales y los intercambios genéticos. Es incuestionable ya que unas y otras formas de mestizaje han ido contribuyendo a la evidente mistificación de las diferentes razas…

En el otro lado del espectro social persiste todavía esa forma de anacronía que es la de la nobleza; con sus reyes, príncipes, duques, marqueses, condes, barones y más hidalgos. Muchos de ellos todavía ejercitan sus desplantes y contorsiones burlescas, cuando tienen que interactuar con las otras clases; así, el pueblo llano, los villanos y plebeyos, tienen todavía que soportar su desdén y aspirar a ser tomados en cuenta, para acceder a un mundo donde puedan disfrutar de nuevas oportunidades. No hace mucho tiempo la gente común podía merecer, e incluso comprar, títulos nobiliarios que le permitirían disfrutar de aquellos privilegios que antes estuvieron reservados a la nobleza. Inclusive –no parecería cierto, aunque puede causar hilaridad– el solo hecho de engendrar siete hijos varones seguidos, siempre y cuando fuesen legítimos, antes otorgaba el derecho para alcanzar el nunca disputado abolengo de “hidalgo de bragueta”… Realmente, manda huevos!

Arabia, 27 de octubre de 2012
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26 octubre 2012

La nostalgia del porvenir

Es la hora del Salah; aquella cláusula misteriosa que no alcanzamos a descifrar los extranjeros. Ahí, en medio de la penumbra, un gato macilento desordena la basura. Parece mirarme con desdén y en forma desconfiada. El suyo es un gesto que se me antoja acusatorio, parecería insinuarme que soy yo el que deambula, junto a su feudo de escombros y desechos; y que soy yo -y no él- quien funge la triste condición de vagabundo, peregrino y forastero… Transcurre lenta la hora crepuscular de la adoración; estoy obligado a esperar, y a rondar -igual que el gato- por unos minutos más en la vereda. Espero, como los demás, hasta que se reanuden las actividades y hasta que los negocios sean reabiertos. Es hora de la plegaria; y, también, un momento para ejercitar la virtud de la paciencia…

De pronto pienso en ella, en los juegos y pendencias de nuestra infancia y caigo en cuenta que ahora ha dejado de escribirme. Hago memoria de las distracciones y de los sueños que de niños compartimos; pienso en las ilusiones que vivimos en esa infancia; y en este renovado estado de comparación, que hoy sentimos, y que ya alguien ha llamado “la nostalgia del porvenir”… Así es como la recuerdo: altiva aunque pequeña; compartiendo unas vivencias; soñando unos proyectos; y, enfrentándome con sus inofensivas disputas… Entonces concluyo que aquellas traviesas maldades fueron siempre inocuas, pues la vida en esas lejanas edades fue solo un ejercicio lúdico. Y todo, todo mismo, fue solo un juego inofensivo…

Una cierta mañana pude haberle lastimado con una de mis involuntarias ironías. No le fue suficiente con correr a denunciarme ante aquel “santo tribunal de la inquisición” que en casa presidía la abuela. A falta de testimonio, se refugió en una oscura esquina de aquel interminable corredor que se perdía entre la lejanía y la tiniebla. Ahí, mordiendo su propia carne, dejó la huella de sus desiguales dientes en el lastimado lomo de su mano regordeta… El tribunal revisó más tarde las exhibidas evidencias; y entonces dictaminó el rigor de su sentencia. Fui condenado, sin apelación ni trámite, y sentenciado a soportar mi irreconciliable inquina (que, a esa edad, puede ser la más tormentosa de las hogueras!).

Juro que no me dejé dominar por el resentimiento. El afecto que ella le supo guardar a mi madre fue como un bálsamo que mitigó la ira que produjo en mi corazón su incomprensible sutileza. Algo en el fondo del alma reclamaba mi desaprobación, pero opté por perdonar el episodio; persuadido, como estaba, que un día ella misma sería perseguida por los mismos demonios que habían inspirado su argucia, por el mismo gesto con el que había urdido su artificiosa treta… Sólo por un instante me embriagó la pasión y hubiese querido que una perenne cicatriz se quedara para siempre en su mano como sanción y castigo, como enseñanza y moraleja… Como escarmiento y como condena!

Pero luego nos habría de llegar la vida -la vida de verdad-; aquella que nos hace comprender que no siempre importa lo que nos pudo suceder en ese olvidado pasado; que la infancia no es ensayo, sino tan solo temprana incidencia. Que la infancia es solo eso: infancia; una circunstancia ajena a la trascendencia!

Y vendrían las jornadas felices y los reales sinsabores; los éxitos ocasionales se alternarían con las desgracias funestas… Solo entonces comprenderíamos que esos olvidados disgustos que alguna vez sufrimos y los resquemores que alguna vez abrigamos -todas aquellas ojerizas e inocentes aversiones-, habían perdido ya sentido desde aquel tiempo compartido, cuando creíamos, con ilusión, en las realizaciones del mañana; un tiempo, cuando nunca habríamos imaginado la angustia que pueden acarrear las desgracias verdaderas. Solo así entenderíamos que aquello que con candidez llamábamos “el provenir” era algo que más tarde se habría de diluir en la difusa estela en que todo lo convierte la nostalgia…

Sigo esperando al borde de la calzada. Me pongo a meditar y reconozco que no me resulta fácil avenirme con los mininos, o será -pienso yo- que, debido a algún extraño motivo, no logro ganarme su confianza… Mientras me resisto al gatuno juicio que me acusa como si fuese un intruso, descubro que el escuálido felino ha regresado otra vez para escrutarme con el desplante de su arrogancia. Más tarde, lo escucho ronronear; y decreto que él no sabe ni de porvenires, ni de pasados; y que tampoco sabe de penas, ni de añoranzas… Resuelvo que no sospecha, el infeliz, que el ayer fue como una yunta, un tiempo que nos ayudó a labrar los surcos donde pudimos sembrar las semillas que dieron fruto a la esperanza… Y sospecho que esa ha de ser, desde y hasta siempre, la mayor de las nostalgias!

Jeddah, 24 de octubre de 2012
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22 octubre 2012

Periplos semánticos

Estoy de regreso ya en Arabia, listo para iniciar una nueva asignación de trabajo. Dicen que el hombre a todo se acostumbra; y, la verdad sea dicha, uno se aviene a estos insólitos cambios en la geografía, a pesar del efecto de los usos horarios y de las distancias involucradas. No hay duda que la conformidad y la resignación también se han globalizado. Esto de viajar tiene casi siempre un propósito determinado; y, aunque normalmente se viaja apuntando hacia un destino y con un plan previsto, lo que en los viajes nos sucede -o termina por sucedernos- la mayoría de las veces incursiona en el terreno de lo que no había estado marcado en el derrotero esperado…

Siento que lo mismo nos sucede cuando nos embarcamos en una determinada lectura, que sin importar cual sea la historia que se nos cuenta, esos pasajes nos llevan irremediable e inevitablemente hacia otros paisajes, hacia otras ideas y meditaciones, al descubrimiento de inéditas realidades. Me pregunto si es por eso que nos cautiva la lectura; por la posibilidad de encontrar un universo único y paralelo, uno que complementa y neutraliza nuestras realidades cotidianas…

Como ustedes, mis lectores, lo habrán notado, ese es también el tipo de viaje en el que a menudo me embarco: ese que tiene que ver con los giros y las formas de decir; uno que hace referencia al origen y significado de los términos, uno que a menudo se relaciona con los curiosos meandros a los que nos conducen las voces que usamos cuando buscamos las referencias etimológicas o semánticas…

Hoy mismo, mientras escribo “lo habrán notado”, caigo en cuenta del uso que damos al verbo “haber” en América, pues lo hacemos de una forma en que no quedan claros cuáles son los tiempos de la conjugación que habíamos escogido. En este caso en particular, hubiese sido más adecuado utilizar un “habrían notado”, que no el “lo habrán notado” (que con intención he utilizado), ya que “habrán” equivale a la conjugación en futuro, en contraposición al “habrían” con que debería construirse la forma del condicional o pospretérito.

Este “habrían” equivale al “habríais” peninsular; mas, es lamentable que, debido a la ausencia del pronombre vosotros, no se lo use en el Nuevo Mundo. No sé si se han realizado estudios de esa metamorfosis que experimentaron las formas y modos de los verbos cuando llegaron a América, pero intuyo que mucho habría tenido que ver con la adaptación de los aborígenes a la nueva lengua. Se me antoja además que un buen número de pioneros descubridores, entre los que llegaron al nuevo continente, carecían de un total dominio de la lengua en la que se expresaban. Así, algunos de los primeros y más importantes colonizadores fueron analfabetos; y no debe olvidarse que ciertas regiones, como fue el caso de Andalucía, estaban en proceso de consolidación lingüística o habían estado sometidas por muchos siglos a la influencia de lenguas ajenas y diferentes.

Hago estas breves reflexiones mientras busco el significado de la voz “agua mala” o “aguamala”, que es como se conoce en forma coloquial a la medusa marina, que es justamente el animalito que “sin saber leer ni escribir” yo mismo fui a pisar el otro día, mientras caminaba por la playa. En un principio solo sentí el efecto inmediato que tiene la picadura -es una sensación similar a la producida por la de la abeja- y más tarde un dolor intenso que se localizó en el área afectada. Solo me dí cuenta más tarde que los escozores se acentuaban cuando cedía a la tentación que el veneno me producía, cuando sucumbía al impulso de rascarme.

Hoy se ha puesto de moda que aparezcan por doquier medusas gigantescas; vale decir que están apareciendo especímenes que antes no habían sido observados; por lo menos, han empezado a aparecer con relativa frecuencia. Creo, además, que algo, de esta súbita e imprevista exposición, ha de tener que ver con el influjo que causa en la información, la incidencia de las redes sociales. No cabe duda que ese efecto ha de influenciar -cara al futuro- con nuevas formas de expresión -e inclusive con un nuevo e inesperado lenguaje- en la forma como, años más tarde, habremos de entendernos y comunicarnos.

Esta reflexión me lleva, sin proponérmelo, a la moraleja de la Medusa griega: la historia de una niña tan bella, aunque presuntuosa y pagada de sí misma, que nada superaba su enfermizo engreimiento. La diosa Atenea la convirtió en una fea criatura y transformó sus dorados rizos en horribles y serpentinas greñas; nadie podía regresar a mirarle por miedo a convertirse en una muda estatua de piedra… La advertencia que el cuento de la Medusa dejó fue que… no todo se obtiene en el mundo con la sola belleza! Los rasgos hermosos, por sí solos, no confortan, ni curan, ni alimentan. Lo mismo vale para el poder o la inteligencia…

Jeddah, 22 de octubre de 2012
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