29 noviembre 2012

La cordillera invisible

Siempre es bueno -y muchas veces enormemente grato- volver a aquellos lugares a los que se recuerda con afecto. Entre ellos están los que se identifican por la actitud amigable o la riqueza afectiva de su gente; o están aquellos que representan un hito en nuestra historia personal; pero están también los que nos maravillan por su estructura y tienen el don de acicatear y renovar nuestra capacidad de asombro…

Este último es el caso de esa urbe sorprendente que para los ojos y el espíritu, resulta Hong Kong; constituida en el centro urbano de Asia que probablemente cause más admiración a quienes tenemos como referente solo lo que hemos estado en capacidad de observar en Occidente. No hay nada en el mundo que propicie más nuestra modestia que aquellos lugares que se caracterizan por sus construcciones monumentales. Cuando uno observa desde abajo lo que ha realizado el hombre con esas estructuras portentosas, no hace sino maravillarse frente a los logros de ese esfuerzo comunitario al que llamamos civilización.

Ello constituye una sensación contradictoria y paradojal: la de sentirse grande, por un lado, por ser parte del proceso en el que desde siempre se ha embarcado la humanidad; y diminuto, al mismo tiempo, por la desproporción entre nuestra dimensión y la comprobación del tamaño colosal de lo que ha sabido construir y alcanzar el hombre…

Se dice que observada desde el espacio y durante la noche, la región que bordea al delta del río Perla (Cantón, Shenzhen, Macao y Hong Kong entre las principales ciudades) representa el área de más amplia y sorprendente luminosidad que pueda exhibir nuestro planeta. Al fin de cuentas, allí vive una población que ya bordea el medio centenar de millones de personas.

Llegué por primera vez a Hong Kong hace casi veinte años. Lo hice utilizando el viejo aeropuerto de Kai Tak, una especie de portaviones ubicado en la bahía de Victoria, junto a Kowloon, mientras trabajaba como comandante para la Korean Air. Si algo llamaba la atención entonces, era la tardía autorización para empezar el rápido descenso que había que efectuar en un sector de espacios restringidos (Hong Kong era entonces un enclave británico). Además, el sistema de aterrizaje no estaba enfrentado con la pista, sino con una suerte de tablero de ajedrez que se había dibujado en uno de los cerros ubicado hacia el norte. Una vez que se tenía esa referencia a la vista y se cumplía con una altura específica, se iniciaba una maniobra continua que concluía prácticamente sobre el umbral mismo de la pista…

Sin embargo, para el primerizo, la experiencia más fascinante, la que le quedaba en la retina, no era la de aquel último y dificultoso viraje. La sensación que habría de convertirse en inolvidable se experimentaba cuando, ya desacelerando en la pista de aterrizaje, asomaba todo el luminoso paisaje del perfil de los edificios de la ciudad al otro lado de la bahía… Daba la extraña impresión de haber colocado el avión en una gran avenida, en medio de ese enjambre de edificios donde las luces publicitarias de neón habían conseguido un efecto travieso y formidable!

Hoy, algunos años después, he vuelto al nuevo aeropuerto de Chek Lap Kok, ubicado junto a la isla de Lantau, y construido en tierra reclamada. Para mi sorpresa, y a pesar de haber pasado Hong Kong al control chino, el descenso vertiginoso persiste; y debo realizar un descenso brusco y escarpado, apurado por vientos contradictorios e inestables, y por esos recortes de la ruta planificada que, a manera de tratamiento obsequioso, quiere ocasionalmente ofrecernos en la madrugada el control de radar… Es como desprenderse de golpe desde el borde mismo de un desfiladero espeluznante -pienso yo-. Como si se tratase de una cordillera invisible y como si habría que bajar a la base de un profundo valle desde el filo mismo de un sorpresivo y escalofriante farallón…

Hong Kong, 28 de noviembre de 2012
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25 noviembre 2012

Entre el bermellón y el azul cobalto

Descansa el mozo en una silla destartalada mientras yo recorro la vereda por enésima ocasión. Así descubro que me ha estado observando, que me ha estado estudiando de arriba para abajo. Cuando hacemos contacto visual se anima a preguntarme que de dónde soy. Respondo con una sola palabra y le menciono que del Ecuador. Entonces se queda impávido, como si no me hubiese alcanzado a escuchar; como si no hubiese terminado de contestarle, o como si lo que dije lo hubiese pronunciado mal. Así advierto que ese nombre singular no consta en su precaria geografía; que bien pude haberle dicho cualquier otro nombre, aun uno falso o inventado, y que a él de todos modos le hubiese resultado igual…

Entonces trato de completar una pieza adicional de su rompecabezas y añado un elemento más a ese inesperado juego de “la parte por el todo” en el que él parece dispuesto a querer participar. Digo “South America”, a manera de complemento, y enseguida puedo darme cuenta que no he logrado aportar con un mejor dato para responder a su insatisfecha curiosidad. Empiezo a dibujarle con mis manos el Nuevo Continente; ubico a América del Norte, a México, al Caribe; y realizo un lento recorrido por los países de la región. Es evidente que no se logra ubicar. Es como si le hubiese hablado de un territorio localizado en la cara escondida de la luna o, quién sabe, en un planeta lejano y desconocido, perteneciente a una estrella de color encarnado y recién descubierta en Sirio o en algún otro extraño sistema estelar. Me rindo; es inútil seguir aportando con más buena voluntad!

Decido entonces devolverle su pregunta y me contesta en su inglés chapuceado que es de Bangladesh; lo dice con una cierta actitud, como si esperase que me ponga a adivinar. “Ah, de Dhaka” le respondo y me contesta que el suyo es un país pequeño, como queriéndose justificar. “No, la tierra de los Banglas, es un país enorme” -le corrijo-; y el rubrica su coloquio con una sonrisa que no esconde su nostalgia, por sobre el orgullo que ahora está tratando de ensayar.

“What’s your name” continúa en su inglés incipiente; y, tratando de tomarle el pelo, opto por responderle que Abdul Azís. Se queda como intrigado, parece confundirle que yo no sea ni árabe, ni asiático, ni europeo y que pueda ser propietario de un nombre tan identificado con esta tierra peninsular. Le sonrío como disculpándome y así, dándole mi nombre genuino, interrumpo mi fingida intención. Luego, me arrepiento de mi fanfarronería; no ha sido mi intención burlarme de su curiosidad. Solo ahí advierto que es el conductor que ha venido para transportarme al hotel donde más tarde me han de alojar…

Ya en su descuidado taxi, va tratando de confiarme su deseo de volver, de pronto regresar a su hogar. “Here, no life!”, me confiesa. “Money ok, but too much work. No life!”. Entonces medito en la realidad de toda esta gente que viene de tan lejos para ganarse un mendrugo un poco más grande de pan; en todos esos sacrificios y renunciamientos para poder llevar a una esperanzada familia algo quizá mejor, aun al precio que tienen la incertidumbre, la distancia, la soledad…

“Arabia, ok?”, insiste en preguntarme. Y yo, no queriendo contrastar su inquieto desasosiego, solo atino a contestarle que sí, que no está mal. Procuro entonces mirar hacia otro lado, como que me estoy interesando en algo ubicado lejos y más allá... Mientras tanto, el cielo exhibe el desahucio de sus postreros fulgores, los últimos rezagos del ocre y del cinabrio, del almagre y del bermellón. Pronto llegamos a mi destino asignado. Le agradezco y me despido con un gesto de afabilidad. Entonces sonríe y repite, como si recién cayese en cuenta, el indígena nombre falso que le había dado en nuestra charla inicial. Su sonrisa es una mueca difuminada, a medio camino entre la indulgencia y la complicidad.

“Abdul Azís, Abdul Azís”, sonríe y se va repitiendo, mientras la penumbra se somete al imperio del azul cobalto y el cielo parece subyugarse a los tonos del habano y del castaño que decretan su jerarquía en el paisaje de aquel lugar…

Riyadh, noviembre 25 de 2012 
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24 noviembre 2012

Europa al instante

“Fui a volver” de Europa. Luego de escribir la frasecita caigo en cuenta de dos realidades: la primera, que con esa forma de expresión damos a entender que hemos realizado un viaje corto, y probablemente inesperado; y segundo, que cuando nos encontramos en el llamado Medio Oriente el viaje es tan corto como cuando estamos en Ecuador y damos una vuelta por Miami. De esta reflexión, casi sin quererlo, caigo en otra; la de por qué llamamos “Medio” a un Oriente que no está precisamente en el medio -ni de Asia ni de nada-, por lo que otros quizá prefieran nombrarlo como Cercano Oriente u Oriente Próximo.

Es oportuno también caer en cuenta que cuando nos referimos al Medio Oriente, no solo hablamos de la parte más occidental de Asia -la que está situado hacia el sur del Mar Negro-, sino que en ese concepto geopolítico también se engloba a un país africano como Egipto. Tal parece que toda esa inmensa y mayormente árida zona -que va desde el Mediterráneo hasta la llamada “Medialuna Fértil”- ha sido escenario, a lo largo de la historia, de continuas y sangrientas confrontaciones entre pueblos que, por sus razas similares y por su ubicación estratégica en el mundo, estuvieron llamados a compartir unos mismos objetivos y a apoyarse mutuamente. Es difícil no reconocer el daño que habría causado el extremismo en la práctica de las religiones y la inutilidad de la diplomacia internacional para asegurar que los hombres logren habitar en un país al que puedan llamar propio.

Pero estoy haciendo una digresión innecesaria. Lo que realmente quiero contar es que lo que en el papel (es decir en mi programa de vuelos) solo consistía en un viaje a Alemania, terminó -por esas circunstancias que nunca están exentas de ironía-, en un prolongado recorrido que me llevó por cuatro países diferentes en igual número de días (o de noches… si he de considerar que tuve que utilizar sendas camas en cuatro hoteles distintos). Por eso utilizo un título similar al que solíamos escuchar en los tráilers de las vermuts de domingo, que es cuando se presentaba algún asunto interesante mientras esperábamos la proyección de una determinada película (El mundo al instante).

Lo que debía consistir en un corto viaje para transportar unos caballos muy finos y delicados, hubo de terminar en un recorrido que me llevó de Frankfurt a Gran Bretaña; y del Reino Unido de vuelta al continente -con un corto traslado hacia Bruselas-; y desde allí, de vuelta a Arabia, luego de una breve parada en Milán… Una avería en el sistema de aprovisionamiento de combustible obstaculizó la transportación de los equinos; y la parada en Italia se hizo indispensable para el solícito embarque de una asombrosa colección de autos deportivos, reservados para un mismo propietario, pero todos empujados por muchísimos caballos…

Es sorprendente comprobar como el trámite de viajar dentro de Europa se ha hecho tan sencillo en estos tiempos; casi no existen ya procesos de inmigración ni de aduana. Esto, a pesar de la evidente afluencia masiva de ciudadanos de Europa Oriental y de África que se han incorporado en forma considerable al sistema laboral europeo. No cabe duda que la integración económica y la presencia de una moneda común han venido a proporcionar una nueva realidad racial y cultural que hace solo una generación hubiese resultado inimaginable.

Percibo así -y en un corto viaje- como, por ejemplo, los británicos se han incorporado a un concepto continental que antes les resultaba ajeno; aprecio una nueva actitud social, más distendida y alegre, distinta de la que en el pasado y en forma tradicional nos habíamos acostumbrado a observar en los alemanes. La misma Bruselas, convertida en verdadera capital de la Unión Europea, es ahora una ciudad vibrante y multilingüe, donde el viajero descubre que la urbe se ha transformado en un centro político, diplomático, financiero e industrial; donde moran y conviven gentes de un enorme número de razas, culturas y nacionalidades.

En cuanto al clima en el viaje… Europa ya se está poniendo fría; y es un frío que ya no merece el nombre de fresco! Sin embargo de ello, la meteorología estuvo de nuestra parte y los cielos en los vuelos siempre estuvieron espléndidos. Como alguna vez escuché decir a alguien: “Qué sabios son los que diseñan las aerovías, que las trazan justo fuera de donde se encuentran los cumulonimbos”. O, era al revés?... “Qué sabia es la naturaleza que pone los cúmulos justo fuera de donde han trazado las aerovías!”...

Jeddah, noviembre 24 de 2012
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20 noviembre 2012

Una visión distinta (2)

Por Abu Tariq Hijazi (continuación)

“Conocemos que astronómicamente la luna gira alrededor de la tierra en 29 días, 12 horas, 44 minutos y 2.78 segundos. Completa 59 días en dos lunaciones. La fracción restante representa 11 días en 30 años. Para un calendario de la Hégira uniforme, se considera un primer mes de 30 días y un segundo de 29, totalizando 59 días en dos meses y 354 en un año. Los 11 días adicionales son añadidos como el trigésimo del Dhul-Hijja en los años 2, 5, 7, 10, 13, 16, 18, 21, 24, 26 y 29 de un ciclo de 30 años, creando por lo mismo un perfecto calendario de la Hégira. Este sistema ya ha sido aceptado por astrónomos musulmanes y no musulmanes, por eruditos, historiadores del pasado y del presente.”

“Es interesante comentar que el calendario gregoriano que está basado en el romano, fue lunar en un principio, cubriendo 304 días en 10 meses que empezaban en marzo. Más tarde Numa, el segundo rey de Roma (716-673 AC) aumentó los meses de enero y febrero, luego de diciembre, con un año que consistía de 355 días. Pero para el año 46 AC estaba ya desfasado con las estaciones en casi tres meses. En el año 45 AC Julio César, siguiendo el consejo del astrónomo egipcio Sosígenes, instauró un nuevo calendario, en el año 709 de la fundación de Roma, que en honor a su nombre se denominó calendario juliano.”

“Con el objeto de ajustar el calendario, el César introdujo 67 días entre noviembre y diciembre, convirtiendo de este modo a ese año en uno de 445 días. Julio abolió el calendario lunar y decretó la regulación sobre la base del calendario solar. El año habría de empezar el primero de enero y no el primero de marzo. Además, cada cuarto año se decretó que se convertiría en uno bisiesto de 366 días, incluyéndose un día entre el 23 y el 24 de febrero. En el año 44 AC, el mes Qintilis fue rebautizado julio como homenaje a Julio César. En el año 7 AC, Octavio, que habría de tomar el título de César Augusto y que reinó en Roma desde el 27 AC hasta el 14 EC, en el deseo de reajustar el desbarajuste de los años bisiestos en los pasados 38 años, decidió alargar el mes Sixtilis y lo rebautizó en su honor como agosto.”

“De nuevo en el siglo XVI, el Papa Gregorio XIII se contactó con los gobiernos de los principales estados del Imperio Romano y luego de acordar con ellos, decretó una bula en marzo de 1582, promulgando el calendario gregoriano y ordenando que el día siguiente a la festividad de San Francisco, el 5 de octubre, sería registrado como 15 de octubre y que ningún año secular sería considerado año bisiesto, a menos que fuera divisible para 400. Así, Francia, Suiza, Italia, Portugal, Polonia, Holanda y las regiones católicas de Alemania adoptaron el calendario gregoriano en 1582. Los protestantes no lo aceptaron hasta el 1700. Suecia lo hizo en 1753, Japón en 1873, China y Albania en 1912, la Rusia Soviética en 1918, Rumania en 1919, Gracia en 1923 y Turquía en 1927.”

“Inglaterra aprobó el calendario gregoriano en 1752 y añadió 11 días en septiembre de ese año. Se decretó que el día siguiente al 2 sería considerado como 14 de septiembre de 1752 y que, de ahí en adelante, el año habría de empezar el primero de enero y no el 25 de marzo, como lo era antes. Ese mismo año, Inglaterra impuso el calendario gregoriano en todas sus colonias, incluyendo las de América. Todas las fechas precedentes al 2 de septiembre fueron marcadas con un OS (Old Style) para establecer una diferencia con el viejo sistema. George Washington nació realmente el 11 de febrero de 1732 OS y después de 1752 la fecha de su nacimiento se celebró el 22 de febrero bajo la era gregoriana.”

“El calendario islámico de la Hégira no ha tenido intercalación o extrapolación durante los últimos 1400 años. Más que eso, no ha sufrido la laguna de estar subordinado a los equinoccios estacionales. Subsecuentemente, las festividades musulmanas rotan a través de las estaciones del año – un hecho que les otorga un encanto para todas las gentes del mundo, sea que habiten en el hemisferio norte o en el sur. No es como las Navidades heladas en el norte que se fijan todos los años el 25 de Diciembre, mientras que hierve en Sudáfrica y en Australia. El acontecimiento de la Hégira se ubica como un hecho germinal en la historia del Islam, que constituye algo muy importante de la historia del mundo.” Fin.

Bruselas, 20 de noviembre de 2012
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Una visión distinta (1)

* Hay quienes se aferran todavía en el mundo a un sistema de medición del tiempo que es distinto al que utilizamos en Occidente. No estoy seguro si así lo hacen por intransigencia, tradición, orgullo excluyente o, simplemente, por un motivo que es más allá de válido: la certeza de que ese método es realmente más adecuado, preciso y conveniente que el que hoy en día es utilizado con carácter casi universal. Nada mejor que ilustrar dicha postura con mi traducción de una exposición que con el título de El calendario de la Hégira, un hito en la historia, he leído en forma reciente. Su autor es el erudito árabe Abu Tariq Hijazi:

“La palabra hégira, que significa migración, es un completo mensaje del Islam en sí mismo. Sacude la mente con varios interrogantes como, quién migró; y cuándo, dónde y porqué la migración ocurrió. En breve, el Profeta Mahoma (que la paz le acompañe) migró en el año 622 de la EC de la Meca a Medina para rescatar y promover la Verdad. Alá Todopoderoso lo protegió de los peligros y lo trajo en una era de grandes realizaciones. Esta fue la razón para que Umar ibn al Khattab, el segundo gran Califa, considerara este evento como el punto de partida para el calendario de la Hégira. Habían existido otros calendarios que llevaban etiquetas personales, con nombres como el de Cristo Jesús o de Judá; la coronación de un rey, o la fundación de una ciudad. Pero el calendario de la Héjira es único en su creación porque motiva a la humanidad a averiguar acerca del Islam”.

“Fue solo seis años después del Santo Profeta (QPA), que el Califa Umar en el 17 AH consultó a los sabios y canonizó el Año de la Héjira, como había sido sugerido por Ali ibn Abi Talib, para el comienzo de la era islámica. Uthman bin Affan recomendó que el año podría empezar luego del mes de Muharram, luego de la peregrinación o Hajj, lo que fue aprobado. De este modo el primer año de la Héjira (1 AH) empezó en Muharram I, correspondiente al 16 de julio de 622 EC, un viernes. La migración efectiva del Profeta (QPA) se había producido en el 12 de Rabi Al-Awal, 1 AH, correspondiente al 24 de septiembre de 622 EC.”

“Siendo el Islam la religión que más trata de adecuarse a la forma natural de la vida humana, prescribió el ciclo de los fenómenos naturales que se repiten y son familiares al hombre común durante todos los días de su vida para observar el Salat, el Saum, el Zakat y el Hajj; lo cual es lo más adecuado para la gente de todo color, clima y continente. El más obvio y preciso de estos fenómenos es la alternancia del día y de la noche, y las fases cambiantes de la luna.”

“De hecho, todas las tres religiones -Judaísmo, Cristianismo e Islam- fueron prescritas con calendarios lunares. El calendario judío es todavía lunar y, como el islámico, el día empieza con la precedente caída del sol. El calendario cristiano fue lunar en sus comienzos, pero luego fue reemplazado por uno solar. Sin embargo, algunas festividades como la Pascua y el Viernes Santo todavía se celebran con fechas lunares. El fenómeno natural del día y de la noche es más aceptable al hombre que eso de a.m. y p.m. Como la luna aparece en la noche, la fecha en el calendario islámico (y también en el judío) empieza en esa noche y sigue durante el día. No como el calendario Gregoriano que divide la noche en dos mitades.”

“Puede alguien creer que bajo el generalmente aceptado calendario solar, el año 45 BC tuvo 455 días de duración? O, que en octubre de 1582, la gente se fue a la cama el 4 y despertó el 15? Esto y mucho más sucedió en los siglos pasados con objeto de reajustar el calendario solar.”

“El muy publicitado calendario cristiano fue inventado por Dionisio Exiguo en el 532 EC, presumiendo que el nacimiento de Jesucristo había sucedido el año 1 EC. Pero posteriormente los eruditos bíblicos decretaron que este cálculo estaba equivocado porque Jesucristo había nacido el año 4 BC del presente calendario. Más tarde, este calendario fue revisado el año 1582 por el Papa Gregorio XIII, por lo que se le conoce como gregoriano. Francia lo aceptó en 1582 pero Gran Bretaña lo rechazó, prevaleciendo dos fechas diferentes en Europa hasta que en 1752 Gran Bretaña aceptó el calendario gregoriano y lo aplicó en todas sus colonias de Asia, África y las Américas. Fue solo hasta hace 90 años y después de la Primera Guerra Mundial que este calendario adquirió un estatus internacional. Grecia lo aceptó tan tarde como en 1923 y Turquía en 1927.”

“Sería el Islam quien introduciría por primera vez un calendario realmente natural e internacional. El calendario de la Hégira canonizado en el 17 AH (638 EC), en el primer siglo de la Hégira, cuando el Califa Umer bin Abdul Aziz gobernaba en Damasco en el 99 AH, es un calendario que ya se usaba en territorios musulmanes de Francia, España, Norte de África, el Medio Oriente, Turquía, Irán, el Turquistán Chino e India. Esta gigante región comprendía más de la mitad del mundo conocido.” Continuará…

Stansted, 20 de noviembre de 2012
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16 noviembre 2012

Gangnam Style (강남스타일)

Hay una herramienta en mi blog que me parece formidable (me veo forzado a utilizar esta horrible y mecánica palabra, pero las traducciones que encuentro para “feature”, como son característica o rasgo, no me calzan); se trata de una pequeña ventanita donde se lee: “Navegar Itinerario Náutico”. El artilugio consiste en escribir una determinada palabra y zas! Como por arte de magia o birlibirloque, aparecen todos los artículos en los que la he mencionado.

Debo confesar que, debido a mi ya popular y reconocida desmemoria, soy el más frecuente usuario y cliente de la referida “característica”. Porque, la verdad sea dicha, hay veces que me invade la presunción que ya antes había hecho referencia al mismo episodio o a la misma recurrente idea. Debe ser también por aquello de los “demonios interiores”, pienso yo; o, quién sabe, debido a esas obstinadas obsesiones que nos van marcando los derroteros en la vida…

Por eso es que, esta vez, he tenido que echar mano de ese artificio electrónico para averiguar cuántas veces me he referido ya a Corea, una experiencia de mi pasado que -en todo sentido- siempre la consideraré como la epifanía que me hacía falta en la vida, como una verdadera revelación. Así es como advierto que ya he comentado de aquella gélida mañana de febrero que llegué a la oficina de operaciones de la Korean Air para someterme a mi entrevista de trabajo. Y así, usando el mismo dispositivo, descubro que ya he comentado que la aerolínea sur-coreana nos alojaba a sus pilotos en el insuperable hotel Ritz Carlton, ubicado en un barrio acomodado de Seúl conocido como Kangnam (Kang Nam).

Hace aproximadamente una década, los lingüistas coreanos acordaron una breve alteración en la romanización del Hangul, su formidable método de escritura fonética, y determinaron una modificación para la representación del sonido que equivale a nuestra C, o al de una K suave. Optaron -para mi inconformidad y disgusto- por reemplazar la K con la G, con lo que empezaron a escribir Gimpo, en lugar de Kimpo (el antiguo aeropuerto de Seúl) y, entre muchos otros nombres, Gangnam, en lugar de Kangnam. Me pareció triste, de esta manera, que con una simple iniciativa burocrática se contribuya a clausurar de la memoria el nombre de una generosa barriada con la que había llegado a encariñarme…

Hoy recuerdo a Kangnam todavía con nostalgia; fue mi “hogar lejos del hogar” por una importante etapa de mi vida, cuando aprendí el real valor de palabras como distancia y soledad. Allí, en mis recorridos de sus sinuosas e irregulares calles, descubrí los valores de una sacrificada sociedad que había logrado unos progresos espléndidos e impresionantes; y aprendí a dejarme cautivar, sin remilgos ni intransigencias, por unos maravillosos e hirvientes potajes, como son el “sun dubu quijé”, el “ta kal bi” o el “yiu kie jang”…

Por estos mismos días se ha puesto de moda una forma de baile en el mundo que, debido a la nacionalidad del orondo personaje que la ha popularizado, se ha dado a conocer justamente como “Gangnam Style”. El video que lo publicita ha calado “urbi et orbi” (para la ciudad y para el mundo) en la retina de los espectadores, gracias al vibrante colorido y al ritmo contagioso de la melodía propiciada por su estrambótico protagonista. Lo que parece haber generado la preferencia de la inusitada audiencia, es aquella como cadencia irresistible con la que el adiposo y rollizo intérprete coreano finge la impresión de dar rienda suelta a su imaginaria cabalgata y ejercita una apócrifa acción de rodeo con un lazo simulado.

Parece que a mí también se me ha metido ya el bendito ritmo hasta los tuétanos. A veces voy por la calle, miro mi reflejo en los cristales y descubro que ya me encuentro caminando “Gangnam Style”…

Jeddah, 17 de noviembre de 2012
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