27 noviembre 2019

Estuve enamorado...

Fui a dar en Ecuatoriana hacia finales del año 1976. Había estado, por casi tres años, volando al mando un monomotor de fabricación suiza en la Región Amazónica. Era este un pequeño y versátil avión STOL (operación en pistas cortas), conocido como PC-6 o Pilatus Porter, pero que en el Oriente del Ecuador, por su parecido con un curioso insecto de vientre prominente, al que el vulgo asignaba propiedades afrodisíacas, lo llamaban “Machaca”. Me incorporé a la aerolínea en el día mismo de mi vigésimo quinto cumpleaños que, por no planificada circunstancia, coincidía también con el primer aniversario de mi entonces incipiente matrimonio.

Recuerdo al segundo semestre de ese año como un período de tensión e irregular expectativa. Ecuatoriana, que desde un par de años atrás se había estatizado, había adquirido dos aeronaves Boeing 720B. De pronto, la compra adicional de una tercera nave, esta vez un Boeing 707-320B, de mayor capacidad, adquirido principalmente para satisfacer la recién inaugurada ruta a Nueva York, creó la posibilidad de contratar al menos tres nuevos copilotos; entre el grupo escogido, me cupo la posibilidad de ser seleccionado.

Pocos años atrás, esto es en 1968, la empresa ÁREA, Aerovías del Ecuador, había enfrentado problemas financieros y había cerrado sus operaciones. Ecuatoriana asumió sus rutas. Recuerdo a los fundadores de ÁREA hablando del “colapso” de la aerolínea. A veces me pregunto si aquello de que sus fundadores hubiesen asumido la condición de dicho cierre como un ominoso “colapso”, no fue acaso lo que determinó que la recordada empresa aérea nunca más volviera a abrir sus puertas y a reanudar sus reconocidos servicios.

ÁREA había operado el primer Boeing en el Ecuador: un B-307 Stratoliner. Se trataba de un cuatrimotor de patín de cola, con capacidad para casi cuarenta pasajeros (38 de día y 25 de noche); fue el primero en disponer de una cabina presurizada, y el primer avión no anfibio en contar con un ingeniero de vuelo. Pasado el tiempo, tuve la oportunidad de volar como copiloto de un par de sus nostálgicos capitanes, quienes con sus consejos y enseñanzas, me incluyeron a destiempo en lo que llamaban, no sin cierta pretensión, “la escuela de ÁREA”...

Más tarde, otra aerolínea ecuatoriana, LIA, Línea Internacional Aérea, operaría un Boeing 377, conocido como “Stratocruiser”; este era un cuatrimotor de rueda de nariz y doble planta (parecía una ballena), su diseño derivaba de la “Súper Fortaleza Volante”, casi triplicaba la capacidad del Stratoliner (114 pasajeros); pero era muy costoso de operar, debido a los problemas que creaban sus motores de 28 cilindros.

Una vez terminado mi “Ground School” para el B-707, fui asignado a mi primer vuelo como “observador”, previo a la capacitación en el simulador de vuelo. Fue ese un viaje a Nueva York, durante la fría Navidad de 1976. El 707 había surgido al principio de la década del cincuenta, como una alternativa al Douglas DC-7 y al Lockheed Super Constellation. Pero, por sobre todo, como una opción al primer jet comercial que había existido, el cuatrimotor jet británico de Havilland Comet, avión que tuvo recurrentes como dolorosos accidentes.

Boeing aprendió de la experiencia del Comet y desarrolló el prototipo en que se basaría el 707; lo había bautizado como 367-80, aunque se lo conoció, al principio, como el “Dash 80”. Nadie sospechó que una empresa especializada en diseñar aviones militares, llegaría a producir uno de los más formidables íconos de la aviación comercial. Lo llamaron inicialmente como 700-120; pero optaron por designarlo más tarde como 707, por consideraciones de orden comercial.

Luego vendría una versión más corta, a la que llamaron 717 y luego 707-020. El destino terminó llamándolo 720, es el único avión de la Boeing que se conocería sin un siete final en su designación. Tanto el 707 como el 720 nacieron con un motor Pratt & Whitney JT3C, que conocíamos entonces como “jet pipe” (por unos como tubos que aparecían en su parte posterior); más tarde, ambos fueron equipados con turbinas de más potencia y capacidad, las JT3D, las mismas que incorporaban un nuevo concepto: el “turbofan”; con ello, estos mismos aviones, con distintos propulsores, pasaron a ser conocidos como 707-320B y 720B.

Un día, mientras todavía volaba la “Machaca”, fui enviado a realizar un vuelo Lago Agrio - Quito. Tuve esa mañana que estacionar mi humilde avioncito junto al legendario 707. Al comparar el tamaño del fuselaje de mi aeronave con las dimensiones del venerable Boeing, no pude sino comprobar que mi aparato apenas podía compararse con uno de los motores del avión que pocos meses después pasaría a volar... Resolví entonces que era hora de cambiar y volar para una aerolínea. Ese cambio no solo significó un cambio de operación; el 707 me habría de formar como aviador, fue en efecto un gran entrenador. Fue fácil enamorarme de su nobleza. Hoy no se me hace difícil reconocer que, como en la canción de Raphael, sí... ¡Estuve enamorado!

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05 noviembre 2019

Cada vez más cerca...

Hoy cumplo años; sesenta y ocho para ser exacto. Vengo, por parte de madre, de una familia de longevos; aunque pienso  que no he de tener idéntica fortuna. Por el otro lado, por el de mi padre, hay más bien una tendencia hacia las “despedidas” prematuras; mi padre mismo falleció por causa de un aneurisma cuando recién había cumplido cincuenta y cinco. Es curioso, hoy veo una de sus últimas fotografías y todavía me da la extraña sensación que la suya pertenece a un individuo mayor a aquel que miro las mañanas frente al espejo...

Hablando de la familia de mi padre, y mirando detrás del hombro, no encuentro -por otra parte- que mis parientes por ese lado hayan llegado a muy viejos. Quizá la sola excepción sea la de mi propio abuelo, un individuo de porte aristocrático y mirada triste y bondadosa, que no se rasuraba con frecuencia, a quien cada vez que lo fui a visitar, por aquel rito ceremonial al que nos acostumbró papá, siempre lo vi sentado en una sillón que era parte imprescindible de su dormitorio. Algo en su catadura o, quién sabe si en el rictus de su rostro, desde siempre me produjo la rara impresión que estaba allí, sentado en aquel sillón, porque estaba esperando algo...

De modo que hoy, cuando los indiscretos preguntan por mi edad, a veces acudo al mismo recurso de mi abuelastra Anatolia, la inefable Tolita, la tía y a la vez madrastra de mi papá, y les digo que “tiocho”... a sabiendas de que he ido llegando a una edad en que no sé si lo adecuado sea contestar con el guarismo de mi pasada cronología o si tal vez sea mejor utilizar aquella otra cifra, la incierta de mi cálculo subjetivo, la de mi expectativa de vida, y contestar con la más exigua del tiempo que creo que me queda disponible, la presunción del que todavía me falta...

En los últimos años, he ido dejando crecer el convencimiento de que hay algo en nuestra cultura que no nos prepara para nuestra propia muerte, no se diga para la ominosa despedida de nuestros propios seres queridos. No sé si el callado culpable sea el progresivo hedonismo de nuestra sociedad o si, más bien, se trate de algo más profundo e imperceptible, algo anclado en nuestra psiquis colectiva que nos lleva a mirar la defunción como algo ajeno, y no inherente a nuestra vida; como algo que, además, no nos va a suceder nunca a nosotros, como algo que solo les sucede a los demás...

Advierto, en este punto, que he concluido todos los párrafos precedentes con involuntarios puntos suspensivos; cuando los reviso, creo que sin querer pretenden ser inopinadas invitaciones a la reflexión. Estamos acostumbrados a regresar a ver hacia atrás todos los días, a mirar lo que hemos hecho en nuestra vida; pero nunca o muy pocas veces miramos hacia adelante y contemplamos lo cercana que pudiera estar, o las situaciones que podría generar, nuestra propia e inevitable muerte. Sí, yo sé, algo, quizá alimentado por un extraño atavismo, nos lleva a retirar la mirada y nos impele a mirar hacia otra parte. Hay allí una especie de temor a hacer el ridículo, a que se descubra que “aquello” pudiera preocuparnos.

Cuando en días pasados escribí un comentario acerca de la parca (o las Parcas), creo que estuve tentado a recoger nuevamente la frase de Borges, contenida en uno de sus formidables poemas, aquella de que “la muerte es una costumbre que suele tener la gente”, y me fue, del mismo modo, inevitable recordar una de las últimas conversaciones que tuve con ese nonagenario genial que fuera mi inolvidable tío Luis Aníbal. “No se te ocurra vivir hasta tan viejo” me dijo, como si aquella fuera una decisión que uno toma por su cuenta, como si esa fuera una opción o alternativa, como si la vida misma fuera eso, iniciativa propia, simple “ocurrencia”...

Dicen por ahí, el comentario es algo confuso, que alguna cultura antigua estuvo persuadida de que el pasado no estaba a nuestras espaldas, que estaba delante nuestro y que, por eso, es que lo podíamos recordar y contemplar. Que lo que verdaderamente estaba detrás nuestro era el futuro, y que por ello era que lo desconocíamos y nos provocaba ansiedad e incertidumbre; era lo que todavía no había sucedido, lo que aún no nos había ocurrido ni venido, y que por eso habíamos convenido en llamarlo “porvenir”. Qué curioso, algo “por venir” que no estamos de ninguna manera seguros si necesariamente nos traerá bienestar, o sea “porvenir”.

Hago esta disquisiciones persuadido que, como dice el título de aquella recordada película “La vida es bella”, la vida es corta pero bella. Pero... no podemos ver la muerte solo como la negación de la vida, como la anti-vida. Por el contrario, la muerte es parte inherente a la vida, es la confirmación de esta. No es algo que nos deba “quitar el sueño”, pero debería invitarnos a la reflexión, a no contemplar la vida como algo “dado por hecho”, como algo que no tenemos que cuidar, en cantidad y en calidad. Así, cada cumpleaños debería ser una oportunidad, no solo para la celebración, sino también y ante todo, para la meditación humilde y para la reflexión, para pensar que la vida es algo que pudiera dejar de ocurrir, que pudiera dejar de “pasar”...

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06 octubre 2019

Kipling y la India que conocí

Existe un poema que alguna vez aprendí. Debo haber estado en uno de mis últimos años de secundaria. Creo que debo haberlo copiado, sin que siquiera me hubiera interesado por su origen o autoría. Más tarde, con el tiempo, descubrí que esa poesía era en realidad una versión recortada, o abreviada, de un poema más extenso que había sido escrito por el autor británico Rudyard Kipling, quien lo había titulado originalmente como “If...”, “Si...” (como si condicional, en español). En todo caso, esta es la versión que alguna vez copié y que la memoricé:

Si sueñas y soñar no es tu ilusión,
Si piensas y pensar no es tu último objetivo,
Si al triunfo y al desastre te acomodas,
Pues ves en uno y otro un impostor.

Si a tu cabeza, pecho y nervio obligas,
A bregar uno y otro aunque cansados,
Porque tu voluntad te dice “sigamos”.

Si ocupas el minuto inexorable de tu afán,
Con los sesenta segundos de su valor pasado,
Tuyo es el mundo, tuyos sus caudales,
Y tu eres hijo, un hombre de verdad!

Para algunos, se trata de una suerte de decálogo del comportamiento británico, ese “stiff upper lip” que refleja el carácter inglés, una mezcla de estoicismo, disciplina y disimulada arrogancia. La expresión quiere decir literalmente “labio superior tieso”, pero podría traducirse como “nariz levantada”, que es la expresión que usamos en español. “Si...” está escrito en un tono paternal, supuestamente como un consejo, o como un mensaje a futuro” para el hijo del autor.

Rudyard Kipling había nacido en la India, de padres británicos, mientras estos vivían temporalmente en ese país. Así lo bautizaron por un lago que existe en Inglaterra que había fascinado a sus padres. Kipling era considerado un escritor genial; recibió el premio Nobel de literatura apenas pasados los cuarenta años. A sus coterráneos siempre causó impresión que pudiera describir los paisajes del “sub-continente” en mejor forma que los propios locales.

A veces reviso mis libros de bitácora; advierto que fui a la India un medio centenar de veces. Mis primeros vuelos los efectúe a Nueva Delhi y a Bombay (“buena bahía”, en portugués; hoy llamada Mumbay); desde Delhi -la ciudad más ordenada que tiene la India- improvisé un par de viajes a Agra, donde se encuentra ese portentoso mausoleo que es el Taj Mahal, construido por el rey mogol Shah Jahan para enterrar a su amada Arjumandi, la princesa. Ahí, en ese camino, descubrí lo extrema y deprimente que puede llegar a ser la indigencia...

Conozco otras ciudades de la India, país donde el inglés es el idioma unificador, porque los hindúes hablan como treinta idiomas diferentes. He estado en Calcuta y en Madrás (hoy Chenai), ciudad donde he visto realizar toda, repito TODA, actividad humana en plena vía pública, en el trayecto de unos pocos kilómetros. También he ido un par de veces a la pujante Bangalore, convertida ya en importante centro de tecnología y en donde están ubicados los principales centros de llamadas (“call centers”) -especialmente de la banca- que existen en el mundo.

Pero, he estado también en ciudades como Karachi o Lahore, en el Pakistán; o Dhaka, en el Bangladés, que sin ser ciudades de la India, racialmente podrían serlo. Estos dos países fueron alguna vez parte de la India; se separaron por motivos de carácter religioso: son actualmente países musulmanes. He tenido también la fortuna de conocer Sri Lanka; este es un país de raza tamil, como sus vecinos de Kerala, en el sur de la India. Sri Lanka, en tiempos inmemoriales se llamó Serendip (el país de la casualidad), y hasta hace poco Ceylán. Me han dicho que hubo un tiempo cuando, si la marea estaba baja, se podía cruzar caminando entre los dos países.

Nunca he sentido pobreza más abyecta como la que, más de una vez, pude palpar en mis viajes a la India. En los últimos años, no obstante, el país ha empezado a experimentar un rápido progreso y una gran transformación, gracias a su apuesta por la tecnología. Pronósticos muy optimistas prevén que, para mediados del presente siglo, India pasará a poseer una clase media acomodada y numerosa. Todo es exótico y exuberante en la India: la raza y los olores, sus ritos religiosos y su fascinante comida. Fueron hindúes los inventores del cero y de unos símbolos que hoy llamamos “números arábigos”, porque llegaron a Europa a través de los árabes.

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30 septiembre 2019

El mensajero de los dioses

Fui al servicio de la Singapore Airlines, SIA, hacia finales de 1997. Si hubiese sido un famoso futbolista, o si se hubiera tratado de un pase deportivo, la prensa habría comentado que Korean Air había “vendido mi pase”, o que me había “comprado” la SIA... Fui asignado a volar el auspicioso Airbus 340 en mi nueva empresa (puede decirse que me pasaron, de delantero, a una posición en el medio campo...). Era la del A340, una flota privilegiada; ahí permanecí los primeros cinco años de mi experiencia en Singapur. Volábamos a aeropuertos ubicados en casi todo el mundo y casi todos éramos pilotos extranjeros o expatriados, lo que allí llaman “expats”.

El gran atractivo de mi flota era que no hacíamos rutas cortas (ya había tenido yo bastante con aquel Lago-Coca-Sacha-Shushufindi-Lago. Bis.); y que, sobre todo, nuestros principales destinos eran las más interesantes capitales europeas: Paris, Copenhague, Atenas, Viena, Roma... Sí, la nuestra era una flota entretenida y aventajada. Los del 340, éramos los chicos consentidos de la empresa; a fin de cuentas, nos habían “comprado” a los mejores equipos del mundo, éramos unas auténticas “prima donas”, éramos los niños mimados del mediocampo!

Paris, la vieja Lutecia, fue a donde iba con más frecuencia durante esos años. Ahí llegábamos en un hotel que estaba ubicado en el Distrito Octavo, y muy cerca del Arco del Triunfo, a un tiro de ballesta de la Porte Maillot y a un tiro de piedra del Palais des Congress (perdonen aquí el aparente cultismo, con el abusivo uso de los sintagmas), probablemente el Concorde Layayette o el Le Meridien, muy cerca de mi restaurante preferido, el Ralais de Venise, de L’Entrecôte (cuyo nombre me inspiraría el del restaurante que yo mismo abriría después) y, además, equidistante entre dos vías que corren paralelas: la Avenue de la Grande Armée y la Avenue des Ternes.

Muchas veces tomé esta última avenida para mis solitarias y matutinas caminatas. Sospecho que su nombre responde al apellido de algún personaje famoso, porque ‘ternes”, en francés, quiere decir aburrido y no creo que a nadie se le haya ocurrido llamar como “Avenida del aburrimiento” a una vía que, una veintena de cuadras más hacia el oriente, se convierte en una de la más famosas calles que existen en el mundo: la Rue du Faubourg Saint-Honoré, la calle del Barrio de San Honorio. Allí se encuentran precisamente las tiendas más elegantes y caras de la ciudad; y una en especial, a la que hoy me quiero referir, y que alguna vez fue más bien un lugar de expendio de monturas y artículos de cuero. Su nombre es sinónimo de lujo: Hermés.

Aunque con distinta acentuación, Hermés quiere decir lo mismo en nuestro idioma: Hermes o Mercurio, el mitológico mensajero de los dioses. Así llamaron a la tienda, porque Hermés era el apellido de sus primeros dueños. Con el tiempo, Hermés se convirtió en una marca de prendas elegantes de vestir y otros accesorios; y se constituyó en uno de los nombres más exclusivos y reconocidos entre las marcas de la moda. Si bien Hermés hoy se especializa en eso, en prendas de vestir, artículos lujosos de cuero, accesorios especiales, perfumes, joyas y relojes, en sus inicios se distinguió como distribuidor de artículos relacionados con los carruajes de tiro (de ahí su logotipo). De hecho, al principio la tienda sólo vendía monturas, arneses y similares aparejos. Más tarde, Hermés pasó a ser reconocida por sus clásicos y elegantes maletines de cuero.

En cuanto a Hermes, heraldo o mensajero de los dioses, era también considerado como el patrón de los mensajeros y, por asociación, dios tutelar de los viajeros. Desde siempre se lo relacionó con el comercio, y también con la astucia y el ingenio. Existe además algo curioso: no solo era el heraldo predilecto de la divinidad, se lo había designado como protector de ladrones, pícaros y mentirosos… Hermes, como mensajero, requería del don de la palabra para transmitir sus mensajes; por lo tanto se lo asociaba con la persuasión, la escritura y la elocuencia. Todo parecía confundirse y combinarse en Hermes que, como era capaz de moverse por doquier, de robar y de mentir, se lo consideraba pícaro y embaucador; y era percibido como "el gran tramposo".

Resulta intrigante que los dioses mayores hayan dado a Hermes dones tan dispares y, en apariencia, tan contradictorios. Dicen por ahí que cuando los dioses otorgan tanto privilegio es porque quieren perder a quienes favorecen... lo hacen, dicen, para confundirlos y darnos una lección o advertencia a los demás mortales. Empero, parece asimismo que los hombres nunca aprendemos la lección; y, en nuestra loca vanidad, a veces queremos tener la pretensión de que nuestra vida nunca termina, que los que mueren siempre son los otros, y que nuestra existencia es para siempre... Estoy persuadido que quizá hay algo recóndito y subyacente en nuestra cultura occidental que nos hace pensar así; que la muerte simplemente no existe...

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20 septiembre 2019

De ruecas y fusayolas

Uno de mis compadres se ha propuesto, en estos días, tratar de encontrar la identidad que existe entre algunas de nuestras ideas, palabras o expresiones, con aquellas ya lejanas creencias de la antigüedad griega y latina. Me refiero, desde luego, a la relación entre aquellas y esa narración poblada de dioses y otros héroes, imbuida de gran imaginación, y nunca exenta de fantasía, que conocemos como mitología. Se me antoja irreal pensar que hasta hace tan solo dos milenios, aquellas ideas invadían los paradigmas del mundo antiguo y que no solo ejercían su influencia en la vida social y en la cultura, sino que dichas pseudo historias convertían a sus héroes y dioses en una especie de religioso santoral.

Creer en todo aquello habría constituido parte de la religión de aquellos días; la gente habría imaginado que había un dios para cada expresión y oficio de la actividad humana; todo habría estado regulado por la presencia e intervención de un consentido héroe o de alguna caprichosa, traviesa e intratable divinidad. La vida de los hombres no habría obedecido, supuestamente, a episodios que transcurrían sujetos a sus propios libretos y fortuitos desenlaces; los seres humanos habrían estado influenciados por lo que pasaba allá arriba... Se habría vivido en un mundo reflejo, cual si fuésemos marionetas animadas por un inevitable designio, o por alguna confusa y díscola rivalidad. En eso consistía el “fatum” o destino…

Entre los hallazgos de mi amigo, figura uno que tiene que ver con aquel sombrío y sibilino personaje femenino que representa a la muerte y que hemos dado en llamar “la parca”. Su indagación le ha llevado a concluir que la Parca era una de las diosas de la mitología griega; que era la encargada de decretar o determinar el tiempo de vida de los mortales, pero que no se trataba de una sola deidad, sino realmente de tres con idéntico nombre. No deberíamos hablar, por tanto, de una sino realmente de tres Parcas.

Mi amigo lo explica así: “A veces nombramos a la muerte como ‘la parca’, cuando en realidad deberíamos referirnos a ella como ‘las Parcas’, porque eran tres las diosas que simbolizaban el camino hacia la muerte, obedeciendo las órdenes del Dios Destino, el que llevaba en una urna el destino de los humanos. Las Parcas eran hijas de Temis y se llamaban: Clotos que, con hilo y telas, cosía los destinos de los humanos; Laquesis que movía la rueca, para elaborar los hilos de Clotos; y, la tercera, Atropos, que sostenía las tijeras y cortaba a discreción los hilos que unían a los humanos con la vida, en cualquier momento y sin avisar. Cuando te digan: ahí viene la Parca, pregunta siempre: cuál de las tres?"

Ahora bien, creo, para empezar, que deberíamos ponernos de acuerdo en los nombres propios de estas diosas en sus correspondientes mitologías (romana o griega), pues su nombre en latín era el de Parcas; aunque los nombres individuales que se presentan en el párrafo anterior (ya debidamente acentuados: Clotos, Láquesis y Átropos), son, más bien, los que pertenecían al panteón griego, donde las Parcas eran llamadas Moiras. Las Parcas que habían adoptado los romanos respondían a nombres distintos: Nona, Décima y Morta.

Cualquiera que fuere la forma como queramos llamarlas, Las Parcas personificaban el hado, fatum o destino. Dice la Wikipedia que “controlaban el metafórico hilo de la vida de cada mortal”. Eran “tres hermanas hilanderas que personifican el nacimiento, la vida y la muerte. Las tres se dedicaban a hilar; luego cortaban el hilo que medía la longitud de la vida con una tijera y ese corte fijaba el momento de la muerte. Ellas hilaban lana blanca y entremezclaban hilos de oro e hilos de lana negra. Los hilos de oro significaban los momentos dichosos en la vida de las personas y la lana negra, los periodos tristes”.

Pero no es de diosas hilanderas de lo que hoy quería hablarles, sino más bien de husos, ruecas, malacates, torteras y fusayolas… Recuerdo que una tarde, cuando estaba por terminar mi casa de campo, caminaba por una de las calles del centro de Santiago; de pronto ví, a través de la ventana de un almacén, una pieza de antología que llamó mucho mi atención. El artefacto realmente me cautivó, se trataba de una rueca de madera que la habilidad de un artesano había convertido en lámpara; la compré sin siquiera regatear el precio. Cuando la exhibí en casa, días más tarde, alguien me advirtió: “no, no es una rueca, dijo, se llama fusayola”.

Fusayola es una voz que no está recogida en los diccionarios; las enciclopedias tampoco parecen ponerse de acuerdo en si así es como se debe llamar al huso o a la rueca que, si bien están emparentados, son dos artilugios distintos. Pero, ya hablando con propiedad, la fusayola, que es llamada también tortera, volante o malacate, es únicamente una pieza que sirve de tope y contrapeso, y que va situada en la parte inferior del huso que sirve para hilar. Técnicamente, el huso es como una vara delgada, se parece a una gran aguja, que sirve para devanar el hilo en su rededor; la rueca, mientras tanto, consiste en una herramienta más compleja que incluye una rueda, un pedal y un huso para recoger el hilado. El huso constituye uno de los más importantes inventos que ha efectuado el hombre; es probable que se hubiera inventado en el neolítico, unos cinco milenios antes de Cristo.

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26 agosto 2019

Del hule a la gutapercha (2)

(Continuación)

Y “hule” era justamente la palabra que usaba la abuela para referirse a todo aquello elástico, capaz de deformarse con el calor, particularmente lo que había sido fabricado con caucho. Más tarde, yo habría de aprender que hule era una voz tomada del náhuatl que servía para designar al mismo árbol originario de América Meridional, donde lo conocemos con el nombre de caucho. De hecho, caucho es también una palabra de origen taíno (cauchu) que significaría “lágrimas del árbol” en quichua.

El caucho crece en las selvas tropicales; y su tronco, cuando es sometido a cortes diagonales en su corteza, emana una substancia lechosa conocida como látex, la misma que cuando seca se convierte en una materia maleable y pringosa que es el caucho propiamente dicho. El caucho es un polímero elástico repelente al agua y resistente a la electricidad. Esta substancia es, por lo mismo, un gran aislante.

A mí debe haberme causado una sensación un tanto “lampreada” (agridulce), algo intermedio entre la risa y la sorpresa, la primera vez que escuché en mi casa la palabra hule. Y es que esta se usaba con relativa frecuencia en mis tiempos de escuela, pero para expresar algo totalmente distinto; aunque... ahora que recuerdo, y ya bien pensado, puede que significara lo mismo. Había una forma de burla, o -mejor- un sutil insulto, que era muy popular entre mis compañeros por esos primeros años de colegio. Se trataba de la frase “ah, huevas de hule”, para referirse a alguien un tanto flojo o no muy despierto.

Existen otros polímeros como la fibra de vidrio, o también la gutapercha, la misma que es obtenida de otro árbol de origen malayo y cuyo producto se utilizó hace más de cien años para fabricar las primeras pelotas de golf. Una cierta noche, cuando todavía cursaba los últimos años de primaria, tuve la agradable e impensada oportunidad de asistir a un festival de música internacional que se había organizado, a manera de feria estudiantil, en el colegio Americano. Creo que esa noche fue la primera vez que escuché aquel término que parecía ser parte de un trabalenguas que a todos dejaba confundido.

Allí, en aquella ocasión, se presentaba un cantante conocido por el nombre artístico de Eduardo Samson, su voz carecía del timbre que pudo haber caracterizado al personaje bíblico (aquél cuyos largos cabellos fueron trasquilados durante la noche por la no muy leal Dalila); fue esa, la primera vez que escuché una tonada de carácter alegre que mencionaba un raro estribillo compuesto tal vez en alguna lengua del Caribe, probablemente papiamento o algún otro dialecto antillano. La canción repetía algo así como: “Hey, gutapercha, oca de libú; masá, masá, masá, oca de libú”. He buscado en estos días la zumbante cancioncita en foros y enciclopedias, pero al parecer nadie jamás la ha escuchado ni conocido...

Y fue caucho también, o si se prefiere hule, lo que a un curioso mecánico que había existido por ahí, y que andaba con ínfulas de inventor; un tipo conocido hacia el sur del Río Grande como Carlitos Buenaño, se le había ocurrido mezclar con azufre, y que por pura coincidencia, carambola o “relancina” (creo que en la escuela, le llamábamos chiripa) había descubierto cómo fabricar neumáticos. Carlitos presentó al mundo su formidable invento y se convirtió, de la noche a la mañana, en flamante millonario. Su negocio, empezó, desde ese día a “andar como sobre ruedas”. Se llamaba Charles Goodyear... ¿Les suena familiar?

Cuando hablamos del caucho, es inevitable hablar de resinas compuestas o “composites”, éstas no son sino substancias sintéticas, constituidas por partículas diferentes que, al ser amalgamadas, producen un resultado aún más resistente y elástico que sus respectivos componentes. Hoy los “composites” son muy usados en la aeronáutica moderna; un ejemplo clásico de estos materiales compuestos (de hecho el más antiguo) es el adobe, mezcla de arcilla y paja; o también el bahareque, resultado de combinar arcilla con carrizo. En estos composites, un elemento aporta el factor de cohesión y otro el de refuerzo. Es increíble como, utilizando un producto más liviano, se puede conseguir un material más resistente.

En cuanto al origen de la planta (para muchos es, más bien, un árbol), parece que sería originaria, no de América del Sur, sino de la parte meridional de México y de algunas partes de Centroamérica. Mi búsqueda me ha llevado a indagar acerca de otro árbol (que bien pudiera ser el mismo) conocido con un nombre no muy familiar: Castilla elástica (similar a la harina de Castilla) y este debería su designación a quien lo habría estudiado, que había sido un farmacéutico y botánico español que habría vivido en México en la segunda mitad del Siglo XVIII; se llamaba Juan Diego del Castillo. La Castilla elástica tendría propiedades terapéuticas y sería utilizada hasta como afrodisíaco... Se la considera un eficaz diurético y astringente.

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