03 mayo 2022

Una consolación en la cesantía

"La felicidad no depende las bondades de la fortuna, pues su propia naturaleza es el capricho. Yo, que he sido arrebatado de todas las bendiciones, despojado de todos mis honores, y manchada mi reputación, soy castigado por hacer el bien". Anicio Manlio Severino Boecio. La consolación de la filosofía.

 

Leptis Magna es hoy una ciudad desaparecida. Fundada por los fenicios hace treinta siglos, estuvo ubicada cerca de la actual Trípoli; fue una de las principales ciudades púnicas y una de las más importantes de la provincia romana de África, junto con Alejandría y Cartago. Ahí nació el emperador Septimio Severo en el 146 d.C. Severo parece haber sido un hombre recto e inflexible y un soberano capaz; su nombre quedaría para la posteridad como símbolo del personaje estricto, austero y riguroso; como también del gobernante intransigente, adusto y serio. Enfrentó varias guerras civiles con el propósito de consolidar su poder, recuperó Mesopotamia y defendió el imperio frente a las incursiones de los pueblos bárbaros. Enfrentó traiciones y sediciones; persiguió a los cristianos y a su muerte fue deificado por el senado.

 

Hacia el final de su vida, estuvo en Britania donde reforzó la muralla de Adriano. Con la ayuda de sus hijos, los futuros emperadores Caracalla y Geta, combatió a los caledonios. Murió en Eboracum (la Jórvic de los vikingos, actual York en Inglaterra) en el año 211 d.C. A pesar de su natural intolerancia, debe haber dejado un buen recuerdo entre los romanos. Su nombre se haría muy popular, en especial la variante de Severino que más tarde distinguió incluso a dos santos de la iglesia, uno de ellos un formidable pensador neoplatónico.

 

Doscientos años después de la muerte de Severo, nació en Roma un hombre santo que desde temprano se retiró a la vida ermitaña y ascética. Más tarde, esto es en el tiempo de Atila y los hunos, Severino se dedicó a la evangelización de esos pueblos en una amplia zona ubicada hacia el sur del Danubio y conocida como Noricum (Babiera, Austria, Hungría y Eslovenia). En el día de Epifanía del 482 d.C., Severino reunió a sus seguidores y les anunció su inminente partida; dejaba una estela de santidad, había dedicado su vida a la oración y la penitencia, su empeño fue construir una gran cantidad de abadías y monasterios. Parece que el santo tenía el don de la profecía, se había ganado la veneración de paganos y cristianos.

 

Al mismo tiempo que fallecía el Santo de Nórico, nacía en Roma uno de los más importantes pensadores que cimentaron la filosofía cristiana. Venía de una familia noble que había dado emperadores y papas. Su nombre: Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio; era huérfano de padre, y habría de vivir el último cuarto del siglo V y el primero del siguiente. Estadista y poeta, se ganó la confianza del rey ostrogodo Teodorico, fue nombrado Cónsul en el 510 d.C. y ocupó altas magistraturas. Su gloria fue fugaz; cayó en desgracia acusado de traición (Teodorico era arriano). Fue perseguido, torturado y encarcelado en Pavía, donde fue decapitado. Mientras estuvo preso, hacia el final de su vida, escribió su obra más famosa e influyente: La consolación de la filosofía.

 

Boecio fue una de las mentes más brillantes de la Iglesia. Tradujo a Platón y Aristóteles y trató de conciliar las dos escuelas filosóficas. Su lógica representa la expresión intelectual más destacada de la Edad Media. La Consolación es un diálogo, escrito en verso y en prosa, entre este sabio que conoció la gloria y la desgracia y una dama que viste una túnica tejida con sus propias manos: la Filosofía. Expone que la felicidad está en el desdén por las cosas de este mundo y que es vano lamentarse ante la pérdida de los halagos de la fortuna; advierte que la fama tiene escaso valor, comparada con la inmensidad del universo y la infinidad del tiempo; lamenta que los malvados sean premiados y los justos postergados, para confusión y desengaño de los demás mortales. “Existe –dice– un tiempo para sanarse y otro para lamentarse”, o “Si buscas la ayuda de un médico, debes primero enseñarle tu herida”…

 

Una mañana, mientras efectuaba un vuelo entre Manchester y Shanghai, me pidieron efectuar una escala en Milán para embarcar un imprevisto cargamento de automóviles deportivos de alta gama (Ferraris y Lamborghinis). La aproximación a Malpensa es una experiencia profesional de las más interesantes que existen; consiste en un apretado descenso sobre los Alpes suizos que culmina en una llegada escalonada, con continuas restricciones de velocidad y altura, en un espacio reducido y condiciones marginales. Cuando estacionamos, luego del aterrizaje, se nos comunicó que la carga no estaría lista sino hacia el final de la tarde. Mientras esperábamos, la embarcadora nos facilitó transporte para explorar una pequeña ciudad ubicada en la vía que conduce a Génova, ahí almorzamos. Así conocí Pavía, lugar en una de cuyas iglesias está enterrado san Severino Boecio, aquel santo decapitado...


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29 abril 2022

Esos tigres no tragan trigo

“…tenía frente a mí (y digo frente a mí) la belleza que se puede ver, tocar, oír, oler y gustar con todos los sentidos: ver con las manos, oír con la boca, gustar con los ojos, oler con los poros del cuerpo”. Guillermo Cabrera Infante, Tres tristes tigres.

 

Se llama aliteración. No es más que un ejercicio fonético; consiste en una figura retórica que utiliza palabras con sonidos parecidos. Su propósito no es crear una frase coherente, sino articular una entidad léxica que genere dificultad para quien intenta repetirla. Cómo olvidar los trabalenguas que aprendimos cuando niños: “Pablito clavó un clavito en la calva del calvito”; o “Erre con erre, cigarro; erre con erre carril, rápido corren los carros del ferrocarril”. El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante utilizó ese recurso para intitular su más ambiciosa novela, se refería a ella como TTT, o Triple Te, para facilitar a sus lectores la pronunciación de la breve frase.

 

Tres tristes tigres es una cacofonía pero también el nombre que llegó a ser definitivo, aunque terminaría siendo un título intraducible. El primero había sido “Vista del amanecer en el trópico”, con él ganó en 1964 el premio Biblioteca Breve. Desde el principio, Tres tristes tigres tendría problemas con la censura, no solo porque el gobierno castrista la consideró contrarrevolucionaria, sino porque debido a sus relatos eróticos, la criba franquista la habría calificado de "obscena, moralmente objetable y políticamente condenable". El autor entonces optó por recortar los fragmentos censurados y por reescribir la novela completamente; así, de un texto de ciento veinte páginas, el libro llegó a tener más de cuatrocientas. Más tarde, en referencia a su éxito editorial, Cabrera no dudaría en agradecer el pertinaz aporte de aquella censura; a ella habría tenido que atribuirle el resultado. Un repetitivo perífrasis de la novela, Ella cantaba boleros”, fue otro título que también se habíra querido ensayar.

 

El título definitivo resultaría de la contracción de un viejo trabalenguas: “Tres tristes tigres tragan trigo en el trigal”. Si un trabalenguas es una forma –generalmente infantil– de entretenimiento, la obra procura relatar los entretenimientos y las actividades nocturnas que identifican a tres amigos que disfrutan del ambiente tropical y festivo de una ciudad ruidosa y bullente como fue La Habana. Todo sucede en un ambiente de juerga concertada y descuidado derroche. Los amigos no paran de convertir la noche en una cláusula de continua exploración y renovada cacería de mujeres y travesuras; para ellos, solo cuenta aquel disfrute que remite al cabaret, lugar donde el baile no es sino Un hombre y una mujer. Abrazándose apretados. En la oscuridad” (así, con puntos seguidos)...

 

Los personajes parecerían querer convertir sus nombres en epónimo de todo aquello que da plenitud a su desbocada persistencia. Arsenio Cué, es el actor que anhela convertirse en escritor, Eribó es el músico que se expresa con su bongó y, finalmente, Silvestre, es el amante del cine, el mar y la noche. Los acolitan Códac (¿Kódak?) y Bustrófedon (palabra griega que expresa el sentido del vaivén en las tareas del arado). A todos une la amistad y ese compartir de las exacerbadas pasiones que se satisfacen en el ambiente del night-club, con la cómplice protección de la oscuridad. Noche y cabaret se convierten así en preponderantes personajes. No habiendo más preocupación que la celebración y el ambiente de fiesta que irradia aquel lugar, Tres tristes tigres se convierte entonces en relato hedonista, en apología del insustancial disfrute de los sentidos.

 

Hay en Tres tristes tigres, continuos chispazos y referencias a otras obras literarias. Lo suyo conlleva un travieso e ingenioso uso del lenguaje, su tratamiento bien puede catalogarse como un tipo de erotismo adornado por el humor. En el libro no se deja de advertir el influjo de ciertos recursos técnicos que utilizó James Joyce; ahí están los juegos de palabras y la ausencia de adecuada puntuación. Hay capítulos que lucen inconexos, sin cronología ni continuidad; diálogos completos que prescinden del guion, reemplazado por el uso de cursivas. Se repite todo un capítulo con versiones similares pero distintas. No es fácil identificar al relator, es como si los personajes se hubiesen reunido para pasar lista de sus noctámbulas experiencias. Gran parte de la segunda mitad está saturada de un humor extraño, tan profuso que bien pudiera incluirse en la antología del disparate.

 

Encuentro un anti-clímax hacia la mitad del texto, lo crean ciertas referencias relacionadas con León Trotsky y atribuidas al solemne estilo de conocidos escritores. No obstante, la obra recobra pronto su original vivacidad. En alguna parte uno decide seguir el consejo del propio autor: tratar de leer la novela en voz alta y de hacerlo por la noche. Yo añadiría que pudiéramos intentarlo ambientados con un poco de calor, y animados con algo de música caribeña; y, quién sabe, si asistidos por el perdurable goce de un bien preparado y siempre refrescante Daiquiri.


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26 abril 2022

Nobleza y generosidad

"El esplendor de una noble cuna no pertenece a un individuo sino a sus antepasados". Ancio Manlio Severino Boecio. La consolación de la filosofía. Libro III.


Desde siempre asocié nobleza con generosidad; no sé si fue por formación o por legado familiar (de niño, siempre conté con la proverbial generosidad de mis tíos maternos); entonces estuve persuadido de que la magnanimidad era un atributo relativo a la nobleza, sabía que no ser generoso -no se diga ser mezquino- era una condición alejada del auténtico abolengo, pues nada identifica tanto al espíritu nobiliario como la prodigalidad espontánea que surge de la propia iniciativa y del deseo de participar y compartir. No puede ser noble el avaricioso, quien piensa que lo que tiene es solo para su disfrute solitario y personal. Ni qué decir de quien lo hace sólo por esnobismo o para alardear de que lo hace. La generosidad debe ser un acto discreto, sin ánimo de ostentación.

 

Hablar de prodigalidad requiere de una aclaración: no es lo mismo nobleza que riqueza; no hace falta ser adinerado u opulento para ser noble o generoso. Cualquier individuo puede ser generoso sin necesidad de ser rico, así como no toda persona pudiente es necesariamente noble o generosa. Ser pródigo es un atributo del hombre noble, sea rico o pobre; y, así como existen nobles que son solo unos avaros o unos “muertos de hambre”, también hay personas pobres que se desviven por compartir lo poco que tienen y lo disfrutan con otros. Imagino que estos son los que el evangelio llama “pobres de espíritu”: quienes no tienen la soberbia de algunos ricos que se creen superiores solo porque gozan de la circunstancia temporal de poseer un poco más.

 

Por ello se me antoja que ser noble es tener una actitud generosa y gentil. Dice la primera acepción del diccionario que noble equivale a preclaro, ilustre y generoso; este concepto es complementado por la segunda acepción que parecería estar escrita en letras de oro: “Dicho de una persona… Que por herencia o por concesión del soberano posee algún título del reino”. Si hablamos de “concesión” se entiende que es una circunstancia que, a su vez y aunque no exista mérito interpuesto, ha estado sujeta a la generosidad del soberano o de su representante. Por lo mismmo, y si ha de actuarse con consecuencia, quien ha recibido esa distinción, gracias a la generosidad ajena, está moralmente obligado a actuar con idéntica y consecuente predisposición.

 

Se me ha ocurrido hablar de nobleza mientras me he ido adentrando en la biografía y pensamiento de un filósofo austríaco llamado Karl Popper, quien vivió en el siglo pasado y cuestionó muchas de nuestras ideas y creencias, nuestros nunca disputados prejuicios. Popper había nacido acomodado, era judío por los cuatro costados, y había disfrutado de un raro privilegio: la extraordinaria biblioteca que habían acopiado sus antepasados. Popper fue autodidacta, tanto que a los dieciséis años abandonó la escuela para luego optar por la posibilidad de atender la universidad como oyente. Más tarde, debido a la guerra y a su ascendencia, tuvo que refugiarse en Nueva Zelanda, donde se dedicó a la enseñanza. Terminado el conflicto, regresó a Inglaterra donde habría de ser distinguido con un título de caballero. Pasó a ser conocido como Sir Karl Popper.

 

Esto de ciertos títulos nobiliarios me invita a un par de reflexiones. En efecto, voy cayendo en cuenta que esto que en inglés llaman “knighthood” (posesión de un título de nobleza o de caballero) se ha convertido en una potestad que responde, más que a la discreción, a la indiscreción del soberano. Un título no siempre es concedido por un mérito relacionado con el verdadero conocimiento, es decir con el saber con carácter académico; parecería que ya solo hace falta “saber” cantar bien o “saber” jugar bien al fútbol, muestras hay y en abundancia… Me pregunto si no hay en todo esto una clara distorsión de lo que se entiende por conocimiento, y digo esto pues esa es justamente la base etimológica de la palabra nobleza, que viene de la raíz indoeuropea gno, presente en el griego gnosis, el mismo que quiere decir saber o conocer (de ahí vienen gnóstico, agnóstico y agnosticismo).

 

La otra reflexión a que me llevan estos títulos es su potencial o eventual carácter hereditario. Se entiende que la designación consiste, en algunos casos, en una credencial –con su respectivo diploma o instrumento de respaldo–, la que identifica a quien ha sido distinguido; ello no necesariamente incluye un legado o la concesión de una propiedad, como sería la de cualquier forma de espacio físico (un territorio o un castillo, por ejemplo). Supongo que hay mucho de respeto a la tradición en estos particulares procesos. Pero no me queda claro, sin embargo, si existe un procedimiento establecido para la transferencia de esos títulos: si solo pueden ser heredados por el primogénito o si aquello solo puede suceder en forma subsecuente al deceso del titular correspondiente.


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22 abril 2022

¿Por qué se llama Cristo a Jesús? *

* Escrito por: G.M. Abel. Periodista especializado en la historia y los viajes. National Geographic.

 

Jesús, Cristo, Jesucristo… aunque estos términos se usan indistintamente, cada uno tiene un significado propio y un uso específico. Cuando se estudia el personaje de Jesús de Nazaret desde el punto de vista histórico, se suele usar su nombre propio. Cristo y Jesucristo son términos pertenecientes al ámbito religioso: Christós es un término griego que significa “ungido” y que usaba Pablo de Tarso, una de las figuras más importantes en los inicios del cristianismo y que contribuyó a difundir las enseñanzas de Jesús en el Imperio Romano.

 

Pablo de Tarso tenía raíces judías, pero se había formado en la cultura greco-romana: Cilicia, su región natal -en el sureste de la actual Turquía-, había sido fuertemente helenizada como parte del Imperio Seléucida y en el momento de su nacimiento llevaba unos 70 años bajo dominio romano. A menudo se le llama “el apóstol de los gentiles” porque, nacido en el punto de confluencia entre el mundo oriental y el occidental, supo adaptar el mensaje evangelizador para hacerlo llegar a un público de cultura helénica. Al hablar de Jesús solía referirse a él como “Iesoûs Christós”, “Jesús, el ungido”, que se contrajo en el nombre de Jesucristo; por la gran influencia que tuvieron sus escritos en la formación del cristianismo, este término terminó siendo adoptado en el ámbito religioso para hablar del personaje en su aspecto místico, mientras que el nombre Jesús se usaba para referirse al hombre.

 

Enviados de Dios: El acto de ungirse con aceites era un rito común en algunas civilizaciones antiguas del Mediterráneo. Se creía que, mediante el aceite, la divinidad extendía su protección sobre el ungido, reconociéndole como su representante; por ello era una práctica que establecía la legitimidad de los sacerdotes o, en el caso de monarquías teocráticas -como la hebrea-, del rey. El rito de la unción ya se mencionaba en la Torá como procedimiento por el cual los reyes de Israel recibían una doble aprobación: una por parte de los sacerdotes, en nombre de Dios, y otra por parte de los representantes de las tribus, en nombre del pueblo.

 

La consideración de “ungido” –en hebreo mashíaj, de donde proviene “mesías”–, sin embargo, no se limitaba al rey. La tradición judía atribuye este título a varios personajes que se consideraron enviados de Dios, desde los patriarcas hasta el emperador persa Ciro el Grande: este habría liberado a los judíos de su exilio en Babilonia y patrocinado la construcción del Segundo Templo de Jerusalén. El culto zoroástrico era también monoteísta.

 

Desde que Pompeyo el Grande anexionara Judea a los dominios romanos en el año 63 a.C., aparecieron varias figuras que se autodenominaron mesías. Flavio Josefo menciona a nueve, además de Juan Bautista y del propio Jesús, que fue considerado por sus seguidores como el último mesías que había sido profetizado en la Torá, el que traería el reino de Dios sobre la Tierra y el fin de las guerras. Cuando el cristianismo se estableció como culto organizado, este aspecto mesiánico se convirtió en el pilar fundamental para la legitimación del poder religioso, con la figura del Papa como intermediario elegido por Dios. También el Islam heredaría este concepto, considerando en este caso a Jesús el penúltimo de los mesías.

 

Nota complementaria: Los evangelios apócrifos a menudo han provocado dudas, conjeturas y contradicciones respecto al personaje histórico de Jesucristo. Kristin Romey, en su artículo “¿Existió realmente Cristo?”, escrito para National Geographic, también se refiere a la ausencia de concordancia entre los propios evangelios canónicos: “Solo dos de los cuatro evangelios mencionan su nacimiento, y dan versiones distintas: el pesebre y los pastores aparecen (solo) en el de Lucas; los reyes magos, la masacre de los inocentes y la huida a Egipto, en el de Mateo”. Hay quien cree que los evangelistas localizaron la Natividad en Belén para vincular al campesino galileo con la ciudad de Judea de la que, según la profecía del Antiguo Testamento, saldría el Mesías”. (Fin del artículo)

 

Nota del editor: Es vieja la discusión respecto a la falta de concordancia entre los cuatro evangelios canónicos. En Esperando a Godot, de Samuel Beckett, existe un diálogo entre dos mendigos, en el que el primero expone su desacuerdo frente al exclusivo perdón que alcanzó el buen ladrón. “¿Cómo es posible –reclama– que si los cuatro evangelistas estuvieron ahí, solo uno se refiere a este suceso? Solo uno habla de un ladrón salvado, uno de cuatro”. “De los tres restantes, dos ni lo mencionan, y el tercero dice que indultaron a los dos. Se hallaban allí los cuatro. Y sólo uno habla del ladrón salvado. ¿Por qué darle más crédito que a los otros?”. Alberto Vizcaíno.


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19 abril 2022

No, no esperen a Godot

MUCHACHO– ¿El señor Alberto?

VLADIMIR– Soy yo.

Samuel Beckett – Esperando a Godot

 

Fuimos esa tarde al cine Fénix. Era, otra vez, una nueva sesión del cine-foro intercolegial que conducía Luis Campos, mi profesor de Literatura. Exhibían una versión cinematográfica de Esperando a Godot, la “tragicomedia en dos actos” del irlandés Samuel Beckett. Era –recuerdo– la historia de dos indigentes que esperan a un personaje que jamás llegaba y que mandaba a decir que se disculpaba pero que al día siguiente sí llegaría. El punto es que Godot nunca llegaba y todos estábamos persuadidos que Godot nunca iba a llegar. Eran los años del auge del existencialismo –Jean Paul Sartre, Albert Camus–; el drama apuntaba al sinsentido de la condición humana, al tedio; recogía la propuesta del “teatro del absurdo”.

 

Hubo ese día posturas controversiales; nadie parecía ponerse de acuerdo en quién era el personaje principal, si uno de los integrantes del drama o ese personaje ausente y que nunca llegaba a la cotidiana y postergada cita. Estuvimos de acuerdo en que se trataba de una alegoría pero nadie supo definir, en tal contexto, qué representaba Godot. Tratándose de un ambiente de estudiantes católicos, se esperaba que algunos sugirieran –aun en contra de lo declarado por el propio autor– que Godot simbolizaba a la Divinidad. Recuerdo haber pedido la palabra para decir que discrepaba, que la obra se me antojaba como un acertijo filosófico y que Godot representaba al destino, un destino que nunca se convierte en presente porque solo es un futuro que nunca va a llegar; o, mejor todavía, que nunca “terminaba por llegar”.

 

Pasados los años, un amigo me preguntó un día si había leído ese drama de Beckett y si sabía que el autor se habría inspirado en la teoría del conocimiento de otro irlandés, George Berkeley, para exponer lo que expresan dos de sus personajes en la obra: Pozzo y Lucky (que nada tiene de afortunado). Así fue que un día me propuse leer el libro y así fue como me enteré quién había sido Berkeley, quien además había dado nombre a una ciudad situada al norte de Oakland, ubicada frente a San Francisco; y para nombrar también a uno de los centros educativos más famosos que existen en el mundo. Berkeley ha producido más de diez premios Nobel y una decena de premios Pulitzer; es considerada como una de las seis mejores universidades en el mundo y es reconocida como la primera universidad pública de los Estados Unidos.

 

Con Berkeley (el filósofo) me habría de suceder lo que alguna vez me pasó con Jonathan Swift, pues cuando revisé su biografía: su retrato reflejaba a un individuo que vestía el mismo hábito de los hermanos de la comunidad fundada en Reims por San Juan Bautista De la Salle. Hoy sé que ese atuendo, una sotana negra dotada de un alzacuellos con la forma de una golilla o babero –se llama realmente “rabat”–, no fue algo diseñado por los propios Hermanos Cristianos, sino que fue un hábito que estuvo reservado en el siglo XVII solo para los sacerdotes. Más tarde, y con las debidas dispensas, ese modelo fue adoptado por los hermanos lasallistas. Aquel rabat era, en la práctica, una pieza abreviada de un cuellecillo blanco que en esos tiempos cubría la parte superior de la sotana; el rabat se instalaba en la parte alta del pecho y consistía en dos apéndices blancos rectangulares.

 

Para averiguar el nombre y la simbología del rabat, hice hace pocos días una pequeña excursión a lo que fue “la quinta de los Hermanos” en Conocoto. Utilicé Google Maps para ubicarme y para encontrar el camino más conveniente; la aplicación me llevó desde San Rafael a Capelo y a través de San Pedro de Tabuada; y, desde ahí, y por medio de una diagonal del mismo nombre, hacia el occidente, donde otra flamante vía me condujo hacia el sector de El Deán Alto, esa ruta es conocida como Marquesa de Solanda, quien fuera la esposa del vencedor de la Batalla de Pichincha, y Mariscal de Ayacucho, el general venezolano Antonio José de Sucre.

 

Ahí, en esa vía, unas pocas cuadras antes de tomar hacia el sur en la avenida Abdón Calderón, se puede apreciar una construcción centenaria; el trazado de la calle ha sido alterado para evitar la demolición de aquella joya arquitectónica (hoy "medio renovada" y convertida en centro de recepciones). Es la “Mansión del Deán”, nada menos que la casa de hacienda heredada por Mariana Carcelén de Guevara y Larrea–Zurbano, Marquesa de Solanda y Villarrocha, fugaz esposa y viuda del Gran Mariscal. María Ana había nacido en esa misma casa… 


Vayan a conocerla; los restauradores han hecho lo que han podido… ¡Vayan. No esperen a Godot!


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16 abril 2022

Eso de “reunirse a libar”

Sí, vivimos un tiempo mercurial, cambiante y voluble, y, por sobre todo, incierto y volátil. Si no, miremos al mundo con la pandemia y sus consecuencias; a Europa con su guerra absurda y sus secuelas que conmocionan y afectan a los demás países del globo; a nuestro propio país, con sus políticos mezquinos e ignorantes, con sus sórdidos problemas de inseguridad, quizá insolubles pero siempre apremiantes. Son tiempos tornadizos y ominosos, ellos nos llenan de incertidumbre y confusión. Imposible no preguntarse ¿Quo vadis? ¿Hacia dónde vamos?

 

Me temo, además, que los medios parecen no haber entendido su papel –no se diga su misión-, ya no parece importar la necesidad de educar y orientar a la gente, sino presentar lo que más vende, lo que más conmueve o escandaliza, lo que más impresiona. Yo, como muchos (tal vez la mayoría), he dejado de atender los noticieros, que se han convertido en cruel antología de la crónica roja, en instrumento de publicidad no solo del que más impresiona y espanta, sino de quienes más amedrentan, destruyen la paz social, roban, asesinan y amenazan.

 

Así, una nueva jerga va surgiendo, es como si nuevas palabras se fueran imponiendo, o –quién sabe– viejas voces con sentidos nuevos y no siempre correctos o adecuados. “Libar” es un ejemplo, un verbo que súbitamente fue adquiriendo un sentido figurativo, primero, y luego un concepto ajeno, que solo sugiere o insinúa, que nunca establece un concepto diáfano y claro. Libar no es, en nuestro país, lo mismo que beber licor o tomarse uno o varios tragos. Libar es algo sórdido y delincuencial. Significa instalarse a beber hasta perder el control; pero, además, con un propósito previamente convenido, nunca inocente, siempre non santo. Libar no es compartir unas cervezas con unos amigos, eso solo es un preámbulo y un pretexto, es la antesala y el prolegómeno de lo que intenta hacer el criminal o quien pretende cometer un delito, actuar como forajido, asaltante o sicario. Eso es lo que libar significa para la prensa y otros medios informativos; tiene un sentido indirecto, impreciso, disimulado.

 

Los medios han dado al verbo no solo un sentido peyorativo, han dado al vocablo un sentido oscuro y furtivo. Quiere decir algo que se efectúa en forma cautelosa y solapada. Libar no es solo emborracharse, ni siquiera hasta perder el control; es ejercitar una acción intencional y concertada como acto previo para cometer algo infame e indigno, despreciable y muchas veces trágico. No, libar no es solo reunirse a tomar con los amigos unos pocos, inocuos e inocentes tragos. Decir libar es insinuar algo ignominioso, delictivo y malvado.

 

No estoy seguro qué sentido tiene libar en los países vecinos, pero este no es el sentido recogido en los diccionarios consultados. El diccionario de la Academia dice que libar es lo que hacen las abejas: “sorber suavemente el jugo de las flores”; dice también que es “hacer la libación para el sacrificio o la presentación de ofrendas a los dioses”. Una última acepción expresa: “gustar un licor paladeándolo”. No existe, por tanto, nada pecaminoso, abyecto o malintencionado. Libar equivale a degustar, hacer lo que hacen ciertos insectos y el más pequeño de los pájaros. Quien liba succiona, saborea, prueba con delicadeza el néctar, el concentrado de un sabor, del mismo modo que lo hacen los colibríes o picaflores, nuestros quindes coloridos y mágicos.

 

No hay relación entre los delincuentes y los picaflores, también conocidos como tucusitos, chuparrosas, pájaros mosca o ermitaños. Dice la enciclopedia que forman un conjunto de aves apodiformes endémicas de América y que cuenta con más de 300 especies. El colibrí es un ave capaz de mantenerse suspendida en el aire mientras vuela y liba el néctar de las flores. Para mí que el picaflor, más que inspirar a los cazadores de corazones, es el verdadero arquetipo y paradigma, modelo y precursor de los modernos helicópteros. Pero hay algo más: es aquella su apariencia vistosa, aquella imagen colorida y reluciente, espléndida y admirable. Hoy sé que “el macho es de color verde tornasolado con reflejos azules en la garganta y la cola azul, y que la hembra tiene la garganta y el pecho blancuzcos y el vientre grisáceo”.

 

El colibrí es uno de los pájaros más pequeños del reino animal; es, además, “la única ave polinizadora; la única que posee un pico tan largo y delgado, y que es capaz de volar hacia atrás; es también la que aplica el aleteo más rápido (sus alas atraviesan el aire hasta 55 veces por segundo)”. En cuanto a la palabra “quinde”, este vocablo en su etimología es de origen quichua bajo la denominación «quindi» (o «kinti») que quiere decir eso:  colibrí.


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