03 junio 2022

Semejantes pero diferentes…

Existen palabras que se parecen fonéticamente entre nuestro idioma y el inglés; son vocablos que no solo no significan lo mismo sino que ni siquiera están relacionados. Como muestra de ejemplo puedo citar unos pocos: “realize” y realizar; “content” y contento; “conceited” y concedido; pretend y pretender; “compromise” y compromiso. Esta última palabra, compromise en inglés, significa una forma de cesión, de ajuste o acuerdo, incluso una forma de liquidación –un “settlement”, no siempre quiere decir lo mismo que compromiso. Este es mejor traducido como “commitment”, un empeñado propósito, una adquirida (y muchas veces voluntaria) obligación.

Respecto a la introducción, bien valen unas breves reflexiones. Así, para el caso de “realizar” advierto que se ha ido generalizando, sobre todo para quienes hablan con más frecuencia el inglés, aquello de utilizar ese realizar con el sentido de darse cuenta o considerar. Sin embargo, en español, el verbo realizar significa algo sumamente diferente: su sentido es efectuar, ejecutar algo. Si digo que realizo no expreso que considero o que me estoy dando cuenta; menciono que ejecuto o efectúo algo determinado; o que cumplo una aspiración. Utilizar el verbo con el sentido en inglés (“to realize”), puede ser no solo incorrecto sino presuntuoso y puede sonar afectado.

 

En cuanto a “content”, es palabra que tiene varios significados (contenido, por ejemplo). Cara a lo que nos interesa, no significa estar contento, a lo sumo pudiera usarse para indicar que “se está satisfecho con algo”. No está por demás aclarar que este content no tiene relación con “comtempt”, que se utiliza para expresar principalmente desdén o desprecio (aunque también quiere decir desacato, en términos jurídicos). En cuanto a “conceited” no significa concedido; su sentido es el de presumido (presuntuoso) o engreído. La forma de traducir concedido es “granted”, como en “to take for granted” que significa “darlo por hecho” (o por concedido).

 

“Compromise”, por otra parte, tiene, en la mayoría de casos, un significado distinto, tanto que he estado a punto de robarme la forma de intitular sus artículos que tiene el escritor argentino Martín Caparrós, con su costumbre de mencionar una determinada palabra y desarrollar una breve propuesta relacionando los usos y diversos sentidos de un término específico. Con ese método, pude haber intitulado esta entrada como “La palabra compromiso”… Respecto a lo señalado antes, el compromise inglés no siempre equivale a comprometerse, sino a ceder un poco, a contemporizar para evitar un desacuerdo; es una estrategia para eludir el conflicto.

 

Tampoco sería correcto utilizar este “compromise” cuando se quiere expresar en inglés que uno “se encuentra en un compromiso”, es decir que se ha involucrado en una situación embarazosa, delicada o difícil. La palabra solo calza cuando se la utiliza conforme a lo expresado, es decir para manifestar una voluntad o empeño de conciliación, de conveniencia, para evitar un daño o para contemporizar mediante un gesto de cesión (quizá una “componenda”, aunque no me gusta esta palabra dado su carácter peyorativo). Hay ocasiones en que el vocablo significa lo mismo que en español, especialmente cuando ese comprometerse (“con–prometerse”) implica una forma de garantía o de promesa. Es, basado en su misma etimología, que comprometerse adquiere aquel carácter de honrar un acuerdo o de respetar lo antes pactado, que incluso no exigió que estuviera escrito.

 

En inglés, un compromise es un arreglo en el que las partes ceden algo con el objeto de lograr una colaboración mutua; es el resultado de una negociación entre las partes donde cada una hace concesiones para llegar a una transacción que se deberá ejecutar de manera conjunta. Esa forma de cesión responde a la búsqueda de un punto medio; ese es su “discreto encanto”. En español, comprometerse es una forma de promesa; aquel “adquirir un compromiso” implica un sentido de valor y entraña una virtud, proclama la aceptación de una responsabilidad.

 

Al consultar lo tratado, he leído en un portal que esta última forma de compromiso –el commitment referido– “es lo que transforma una promesa en realidad, es la palabra que habla con valentía de nuestras intenciones, es la acción que habla más alto que las palabras, es cumplir con lo prometido cuando las circunstancias se ponen adversas, es el material con el que se forja el carácter para poder cambiar las cosas, es el triunfo diario de la integridad sobre el oportunismo. Comprometerse y mantener los compromisos, constituye la esencia misma de la pro-actividad”. Me gusta mucho esto de relacionar el compromiso con un propósito serio o una forma de promesa; es como un pacto afianzado con un compartido propósito ético: uno que ha sido fortalecido por la integridad.


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31 mayo 2022

Diferencias entre be y ve en español *

 * Por Ricardo Soca. Página de “elcastellano.com”

 

“La letra ve nunca tuvo en español el sonido labiodental que representa en lenguas como el francés, el inglés, el italiano o el portugués. La primera edición del diccionario de la Academia española, que es recordado hoy como de Autoridades (1726), explicaba que la letra be “imita el balido de las ovejas” y que se pronuncia comenzando por cerrar los labios, y haciendo después alguna fuerza, y tomando la compañía de la e, los abre para salir, por lo cual es una de las letras que llaman labiales. Tiene esta letra en nuestra lengua tan grande hermandad con la ve en el modo de pronunciación que apenas se las distingue al oído.

 

Agrega el diccionario que ambas letras se hallan en lo escrito usadas promiscuamente. En cuanto a la ve, recordemos lo que dice don Manuel Seco en su Diccionario de uso del español: “La pronunciación de la ve en español es idéntica a la de la be”. Esta es una explicación moderna y coherente, ya liberada de los prejuicios que durante muchos años llevaron a los académicos a ver una diferencia fonética que en realidad nunca existió en castellano, excepto en las zonas de contacto con otras lenguas.

 

Las maestras de primeras letras suelen enseñar a los niños que la ve se pronuncia como labiodental. Se trata apenas de una estrategia didáctica para que los alumnos aprendan la diferencia ortográfica entre ambas letras. Y jamás les explican que en la vida real representan un mismo fonema. Según Gregorio Salvador y Juan Ramón Lodares, en su Historia de las letras, la diferenciación entre estas dos consonantes, que durante algún tiempo hizo la Academia, sería expresión de un “fetichismo” heredado de la tradición latina. En los documentos escritos en romance o en español más antiguo, se encuentran grafías como auia, que representaban lo que hoy escribimos y vocalizamos “había”. A pesar de la diferente grafía, la pronunciación era la misma.

 

Para los romanos, en cambio, ambas letras eran diferentes, pero en otro sentido: la ve se confundía con la vocal u, y tenía el mismo sonido que hoy representamos gráficamente con la u. La famosa frase de Julio César veni, vidi, vici ‘llegué, vi y vencí’, en el latín clásico era pronunciada /ueni, uidi, uichi/. Y durante muchos años, la letra -u- representó el fonema /b/. La identificación entre los sonidos de ambas consonantes era tan marcada, que muchos autores las usaban indistintamente, como verificamos en la firma de Cervantes, quien, además, usaba la u para representar el fonema /be/ en Saauedra.

 

La uve no se llamó siempre así; en el siglo XVIII era la “u de corazoncillo” o también “ve de vaca”, “ve chiquita”, o “ve corta”. En realidad, el nombre “uve”, apareció por primera vez en 1947, tal vez como contracción de u [que hace el trabajo de ve], teorizan Salvador y Lodares” (hasta aquí lo transcrito).

 

Nota del editor: siempre he defendido que la diferencia entre la ve larga y la ve corta o, si se prefiere, entre la ve labial y la labiodental (“labidental” la llamábamos en la escuela) es estrictamente ortográfica. No creo que nadie, ni siquiera en España, haga un esfuerzo consciente para diferenciar el sonido de las dos letras (asunto que sí sucede en el inglés por ejemplo). Sin embargo, debo dar fe que mi propia abuela utilizaba un tipo de pronunciación fricativa para diferenciar ocasionalmente la ve corta. Usaba ese modo en forma particular para pronunciar el apellido de su yerno, mi padre, y lo hacía empleando un sonido que se percibía casi como una efe no muy definida: sonaba algo así como “Fizcaíno”.

 

Saltándome el tema fonético, pero insistiendo en la escritura, quisiera comentar que existen muchas palabras en español que, aunque se pronuncian en forma idéntica, utilizan una grafía distinta y tienen diferente significado. No obstante, existe un caso que merece un comentario particular, se trata de las voces ribera y rivera, palabras que son idénticas fonéticamente pero que se escriben en forma distinta. Ribera se refiere a la margen de un río o a la playa de un cuerpo de agua (“bank”, en inglés); rivera, mientras tanto, significa arroyo (“brook”). Pudiera ser que la palabra “river”, río en inglés, nos conduzca a esta confusión y nos haga escribir rivera cuando queremos significar ribera. En la práctica, rivera es una palabra que no se usa; preferimos arroyo o riachuelo. AVM.


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27 mayo 2022

La “estoa” o pórtico griego

…“(A los estoicos) les gustaba dividir la filosofía en la tríada helenística… que se regía por el buen obrar, la búsqueda de la felicidad y la autarquía, y que consideraba inútil toda filosofía que no enseñara a existir y a resistir, a dominarse y aguantar, ejemplificado en el abstine et sustine estoico”. Manel García Sánchez, Revista Babelia.

 

Estoico es una palabra devaluada, tanto que mucha gente ha distorsionado su significado. Lo propio sucede con estoicismo, aquello parecería implicar una suerte de desdén, si no de cierto desprecio, hacia el dolor o el sufrimiento; pero en ello no consisten precisamente conceptos como estoico y estoicismo. Hoy quisiera hablarles de algo relacionado con esa escuela filosófica, referente a su nombre y significado (de dónde sale); me parece pertinente relacionar la palabra con lo que la motiva y la razón para que a los estoicos se los llama de ese modo. Todo proviene de una palabra griega, stoá, “estoa” en español, que significa “pórtico”. Ahora sí, veamos porqué…

 

El fundador de la escuela fue un filósofo semita que había nacido en Chipre (336-264 a.C.), en ese entonces una colonia griega. Se lo conoce como Zenón de Citio (no confundirlo con Zenón de Elea). Citio, Kition en griego, era un asentamiento fenicio, ubicado en la parte sur de la isla; hoy formaría parte de la República de Chipre cuya capital es Nicosia. Pero este Zenón se haría famoso por su prédica y enseñanzas, que las impartió a sus seguidores y discípulos en el Ágora de Atenas, en cuya esquina noroccidental estaba ubicada la “Estoa Pecile” (Poikilé Stoá, en griego) que quiere decir “pórtico pintado”. ¿Qué era entonces ese pórtico?, ¿era algo así como un arco, era un porche, era quizá una especie de zaguán o era un edificio del todo independiente?

 

El Diccionario de la Academia define pórtico como: “Espacio cubierto y con columnas situado delante de los templos u otros edificios”. Insinúa, por tanto, que consiste en algo así como una galería con arcadas o columnas (imagino yo) ubicado delante de una fachada, una especie de patio cubierto.

 

Pero cuando consulto un diccionario de arquitectura, editado en inglés, este me indica lo siguiente: “Greek Architecture. A portico, usually a detached portico of considerable length, that is used as a promenade or meeting place”, que se traduciría así: “Arquitectura Griega. Pórtico, generalmente un pórtico independiente de longitud considerable, que se utiliza como paseo marítimo o lugar de encuentro”. Con esto, lo que parecía claro, ahora parece algo confuso; además, se utiliza la misma palabra para definirlo (dice que el pórtico es un pórtico)... Pero, antes: ¿Qué es aquello de “promenade”?, ¿es esto, acaso, un paseo marítimo, es decir un lugar abierto, y probablemente angosto?, o ¿es más bien un edificio cubierto, tal vez una pequeña arcada cubierta por un domo, y no un espacio abierto como pudiera insinuar esta nueva y ambigua definición?

 

Veamos: mientras viví en Singapur, empezó a construirse en la “esplanada” (The esplanade) los Theaters on the Bay (Teatros en la bahía), dos edificios espectaculares con la forma de los ojos de un moscardón o, si se prefiere, de esas enormes y pestilentes guanábanas que ahí les llaman “durian”, y que son la fruta nacional de Singapur. Estos edificios son el Esplanade Concert Hall y el Esplanade Theatre. Si usted consulta qué es eso de “esplanade” (que suena como palabra latina) se va a topar con que se define como “promenade”… Es decir, los caprichosos edificios se construyeron no como un pórtico cerrado, tampoco sobre una planicie, sino sobre un paseo marítimo, pues eso es un promenade. Quiere decir que una explanada se habría usado para efectuar la construcción.

 

He tenido, por lo mismo, que revisar el diseño del Ágora y sus diferentes “estoas” para darme cuenta de que aquel pórtico que dio nombre a escuela tan famosa, fue realmente un edificio público independiente. Era un espacio amplio pero cubierto, que estaba abierto al público, a malabaristas traga-espadas y juglares, y que no estaba administrado por funcionario alguno. De este modo, y basado en esa referencia, puedo deducir de su estructura, que el edificio miraba hacia el sur y que era parte del ágora; que tenía unos cincuenta metros de ancho y doce de profundidad y tenía una cubierta a dos aguas. Estaba techado pues poseía una entidad que descansaba sobre columnas dóricas exteriores y jónicas interiores, y tenía en su parte posterior una pared en la que se habían pintado figuras que representaban hazañas bélicas atenienses, como la caída de Troya o la batalla de Maratón.

 

Esto era entonces el “Poikilé Stoá”, o Pórtico Pintado, que dio lugar al nombre que identificó más tarde a esos formidables cultores del estoicismo, pensadores de la talla de un Lucio Anneo Séneca, del sabio aunque poco recordado Epicteto, o de ese emperador-filósofo conocido como Marco Aurelio.


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24 mayo 2022

Algo del “valor profesional”

Dice mi amigo Javier que no hay que perder el entusiasmo (tiene 81 años, lo cual no es poco), dice también que hay que seguir aprendiendo y, con ese tono delicado que le caracteriza, se anima a darnos un consejo: que sigamos ayudando a quien lo necesite, sin esperar nada a cambio… Él es quizá uno de mis más antiguos amigos y, definitivamente, uno de los más “grandes”; es uno de esos amigos que no se conocen en la escuela ni en el colegio, que asoman de repente en una de las aulas de la “universidad de la vida”, en esos momentos que nos hacen más maduros y mejores tipos. Él vivía entonces la crisis de un prematuro divorcio y tenía a la sazón treinta y tres años; yo tenía veintidós, y había saltado –como en la canción de Manuel Alejandro- “de la niñez a los asuntos...

 

Paso revista a lo que me corresponde y confirmo que no he perdido el entusiasmo, reconozco que doy frecuente atención a la parte final de su consejo (estoy disponible y procuro ayudar a quien lo necesite) y advierto también que mi innata curiosidad me lleva, en forma perenne y cotidiana, a seguir aprendiendo… Pero noto también que hay algo que ya no “aprendo”, o que hay algo en mí que “se resiste a aprender” (siempre se resistió); y es algo que creo que nunca “aprendí a tolerar”, me refiero a aquella ausencia de un adecuado reconocimiento pecuniario a la capacidad profesional, al desdén por un justo reconocimiento patronal a las habilidades y conocimientos de profesionales que trabajan para quienes no saben justipreciar su real aporte. En esas situaciones, no soy de los que transigen, y simplemente no lo tolero. Sorry, querido amigo, pero ya me es muy tarde para “aprender”.

 

Habría de ser otro querido amigo y colega, quien, debido a sus experiencias gremiales, un buen día empezó a repetir un cansino mantra, aquel de nuestro exiguo reconocimiento profesional. Muchos empresarios rácanos y miserables quizá habría conocido mi amigo, muchos “muertos de hambre” dueños de empresa, gente que, con uno u otro pretexto, metían mano en bolsillo ajeno para dizque “cuidar la estabilidad de sus empleados”, cuidando solo “la salud financiera” de sus empresas. Lo que hacían en realidad era justificar tan mezquinos recortes, en perjuicio del apropiado reconocimiento de sus servidores, sin discriminar cuan eficientes pudieran ser o cuan bien remunerados pudieran estar. Con ello, no solo desconocían a sus buenos trabajadores, sino que estimulaban su descontento y prematura ausencia. Así, los mejores emigraban y los otros seguían mal pagados y descontentos.

 

Dice un conocido dicho en inglés: “Pay peanuts and you’ll get monkeys” (Pague con maníes y conseguirá monos). Si se limita el reconocimiento profesional y solo se ofrecen sueldos de infamia, no solo que se desestimulará la eficiencia laboral, sino que los mejores se irán en busca de mejores ingresos y de más atractivas condiciones de trabajo. Esa ha sido por lástima la situación de muchos pilotos y miembros de la aviación nacional; asunto que no solo ha producido un masivo éxodo de buenos profesionales, sino que ha dejado atrás a gente menos capacitada o, por lo menos, a una plantilla de profesionales poseedores de más exigua experiencia que no ha estado todavía calificada para cumplir con los requisitos de contratación de las aerolíneas internacionales, siempre en detrimento del adecuado nivel de pro-eficiencia que persiguen nuestras propias operaciones nacionales.

 

Hoy mismo, y sacando provecho del excedente temporal de pilotos que va dejando la pandemia, existen contrataciones que, poniendo como pretexto el inicio de operaciones o la escasa utilización que todavía afecta a los operadores, no satisfacen ni siquiera el mínimo reconocimiento económico que deben merecer esos profesionales. En su ceguera, empresarios y directivos, no caen en cuenta que solo van a asegurar contrataciones temporales pues tan pronto como los más capacitados logren ser nuevamente convocados desde el exterior, su ausencia va pronto a dejar nuevos vacíos con el costo correspondiente de entrenamiento del nuevo personal.

 

No deja de ser curioso, mientras algunas aerolíneas nacionales pudieran estar mejorando las condiciones que representan sus respectivas ofertas de trabajo, lo que están haciendo es justamente lo contrario: están mezquinando un adecuado reconocimiento salarial para los aviadores mejor capacitados y con mayor experiencia. Esta no es la mejor manera de “hacer aviación” en nuestro país. Esa actitud estrábica y cicatera solo consigue debilitar el progreso de la aeronáutica nacional; por lo menos de aquella que queremos ver, una vez que se supere la crisis: una aviación mejor estructurada y segura, que cumpla con los más altos estándares técnicos y profesionales, con el personal más idóneo, experimentado y competente. Es exactamente como ir a un hospital, donde uno espera que le atiendan los profesionales que estén mejor preparados.


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22 mayo 2022

Historia del Chocó Andino de Pichincha *

Desde el siglo XVI la búsqueda de una ruta de penetración a la costa fue empeño permanente de los quiteños; la fama del oro y piedras preciosas llevó a los españoles a organizar expediciones a Esmeraldas: una fue liderada por John Rojas, iniciaba en Lita, Imbabura, siguiendo el camino de Malbucho hasta la Punta de Manglares; y otra por un Cap. Balderrama, en senda Sur desconocida, cercana a Sigchos, terminando en el Cabo de San Francisco.

 

En 1553 Miguel Cabello de Balboa hace referencia a la existencia de un camino intermedio a través del Noroccidente del Pichincha, cuya existencia era conocida por los indios “Yumbos”, quienes la mantuvieron en reserva para poder abastecer clandestinamente al rebelde africano Alonso de Illescas, atrincherado en su rebelión negra. Un siglo después, la ambición del oro dio paso a la producción de la tierra, la economía de la real Audiencia de Quito se empeñó en la manufactura textil y la producción agrícola, que crecía en busca de mercados exteriores.

 

En el entorno colonial del siglo XVIII nace en Riobamba, un 24 de noviembre de 1704, quien sería Don Pedro Vicente Maldonado, perteneciente a la Real Audiencia de Quito del boyante Imperio Español. En su pensamiento e idiosincrasia Pedro Vicente se consideraba nacido en las Indias Occidentales fiel al Rey Felipe V de Borbón, llamado “el Animoso”. Hecho importante a resaltar es la educación que recibió de parte de los jesuitas, quienes hicieron de él un hombre versado en historia natural, astronomía, matemáticas y geografía, ciencias que más tarde lo vincularían con la expedición más relevante del planeta.

 

Fiel a los afanes de fortuna y conocimiento de la época, inició la apertura de un camino que llegue al mar, empezando en Cotocollao, siguió por Nono, hasta avanzar a Coca Niguas (actual SM de los Bancos) y desde allí a Puerto de Quito, donde el rio Blanco se vuelve navegable, hasta llegar a las selvas de Atacames. En 1736, empiezan a arribar a la plaza mayor de la Audiencia de Quito, recuas de mulas cargadas de botijambres, planchas de plomo y cajones a cuenta de Don Joseph de Araujo y Rio, nuevo presidente de la Audiencia, y de una extraña “misión” designada por la Academia de Ciencias de Paris, cuyo objetivo era medir el arco del meridiano ecuatorial y determinar la forma y dimensión exacta de la Tierra.

 

Por los escritos de Charles Marie de La Condamine, se conoce que se eligió la vía de Esmeraldas para subir a Quito; en esta senda conoce a Don Pedro Vicente Maldonado, quien por sus conocimientos de geógrafo se convierte en el mejor colaborador local de la Misión Geodésica Francesa; al punto que una vez terminada la misión es invitado a viajar a Europa para ser admitido como miembro de la Academia de Ciencias de Paris. Sus conocimientos sobre la región del Noroccidente de Quito le valieron también para que en 1738, el presidente de la Audiencia le diera el cargo de gobernador de la provincia de Esmeraldas.

 

Siguiendo el instinto de investigador, en 1744 toma la ruta del Oriente y viaja a Europa por el Amazonas; al llegar a España el Rey Felipe V le condecora con el título de “Gentilhombre de la Real Cámara con llave dorada”. De España pasa a Paris donde imprime el ”Mapa de la Real Audiencia de Quito”, que constituye su obra más reconocida por la utilidad que brindó para las colonias. Una vez en Paris y ya admitido como miembro de la Academia de Ciencias, viaja a Londres en 1747, donde por invitación de los miembros del misterioso “Colegio Invisible”, es admitido como miembro de la ”Real Sociedad para la mejora del Conocimiento Natural”. Para lástima de su destino, y debido a una fiebre extraña, fallece en la víspera de la ceremonia de iniciación, desviando su camino para ir al encuentro de Dios.

 

Escuelas, colegios, institutos, caminos, ciudades y regiones llevan hoy su nombre; me atrevo a decir que pocos ubican la dimensión de este gigante de la ciencia y las aventuras; su principal recurso fue el conocimiento, su mayor empeño buscar una ruta que brinde a la Audiencia una salida al mar; su legado a la ciencia el “Mapa de la Real Audiencia de Quito”. Su trabajo más trascendente fue haber formado parte de la Misión Geodésica Francesa; su sueño cumplido, haber llegado a ser miembro de la comunidad más excelsa de científicos del mundo.

 * Escrito por Marcelo Villacís Molina - Cronista del Noroccidente de Pichincha. Reeditado para Itinerario Náutico.

** Nota del editor: La Reserva de Biósfera del Chocó Andino tiene una extensión de 286.805,534 hectáreas, lo que representa el 30.31% del territorio de la provincia de Pichincha; está ubicada entre Quito y Puerto Quito, involucra las parroquias de: Nono, Calacalí, Pacto, Gualea, Mindo, Nanegal, Nanegalito, Los Bancos y Pedro Vicente Maldonado. La conforman bosques y páramos, caracterizados por su biodiversidad, estos están situados en alturas que van desde 360 hasta 4.480 metros sobre el nivel del mar. AVM.


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20 mayo 2022

De afeitadoras y navajas

Lo llaman “Principio de parsimonia” o Navaja de Ockham. Esto de la “parsimonia” no obedece enteramente a las definiciones contenidas en el diccionario, como frugalidad, moderación, circunspección o templanza. Para interpretar su significado quizá haga falta ir a la raíz etimológica latina; parsimonia era una voz relacionada con la oratoria, querría decir sobriedad, concisión, economía en las palabras. Visto así, consiste en un principio metodológico y filosófico que postula que: «en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable» (o más probable de ser la correcta). Este no es un axioma irrefutable, pero ofrece una lección práctica: Si ya existe una razón simple, ¿para qué buscar otras razones y complicarse la vida?

 

Se atribuye el principio a un fraile franciscano que vivió a caballo entre los siglos XIII y XIV (1280-1349). El fraile se llamaba Guillermo de Ockham y ha sido considerado como “una de la mentes más brillantes que existieron en la Edad Media”. Ockham fue el más conspicuo representante del nominalismo; fue acusado de herejía por cuestionar la compatibilidad entre la fe y la razón, y por defender la imposibilidad de demostrar con esta la existencia de Dios. Su método suponía una “navaja” al método platónico, pues “afeitaba” el exceso de entidades (innecesarios razonamientos) del filósofo griego. El fraile murió debido a la peste negra y fue rehabilitado póstumamente por la Iglesia Católica. Conocí de Ockham a través de El nombre de la Rosa, la formidable novela de Umberto Eco. En ella, el personaje principal, el monje Guillermo de Baskerville, utiliza una metodología parecida.

 

Es probable que en Ockham y su navaja se haya inspirado otro incisivo escalpelo. Es conocido como Principio o navaja de Hanlon; consiste en una regla empírica, es un método usado para eliminar explicaciones menos probables, y es atribuido a Robert J. Hanlon, quien parece ser un autor desconocido. El aforismo estipula: «no hay que atribuir a la maldad lo que bien puede ser explicado por la estupidez»; el axioma pudiera ser una distorsión de la “falacia de la teoría del diablo” (una variación de la ley de Murphy) que habría efectuado un tal Robert Heinlein y que consiste en culpar a la maldad de los efectos que pueden obedecer a la estulticia. La lección es no subestimar que existen situaciones que pueden ser producidas por la estupidez y no  por la malicia o la crueldad.

 

Todo esto nos retrotrae a la vieja discrepancia de quién es el que hace más daño, si el tonto o el malvado. Creo, al respecto, que el debate ya ha quedado zanjado: Anatole France ya había enunciado con elegancia y autoridad: “El tonto hace más daño que el malvado, porque el perverso descansa a veces, en tanto que el necio jamás”. Al respecto, soy de la opinión que solo existe algo todavía más peligroso: la circunstancia del tonto que además es también malvado o, aun peor, aquella del tonto que se cree listo. Ya lo habría sentenciado el propio Albert Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, aunque no estoy muy seguro de lo primero”…

 

No hace mucho alguien urdió una increíble trama. Este cernícalo, un individuo acomplejado ruin y miserable, trató de perjudicarme. Con frecuencia había cuestionado mi estilo de liderazgo, un liderazgo que nunca fue autoritario, sino basado en comunicar con claridad, en inspirar y motivar, en ser respetuoso, empático y confiable. El susodicho, usando su cinismo y doblez intentó hacerme daño, haciéndome recordar en el ínterin la clasificación de los seres humanos establecida con ingenio por el italiano Carlo María Cipolla, y repartida en cuatro categorías:

 

Los inteligentes: esos que benefician a los demás y que de resultas obtienen algún provecho;

Los ingenuos: aquellos que favorecen a los demás pero se perjudican en el intento;

Los malvados: quienes perjudican a los otros, pero procuran siempre obtener su propio beneficio;

Los imbéciles: aquellos que hacen daño a los demás y, a cambio, no reciben ningún beneficio. Y, aun peor, aquellos que al final terminan perjudicándose ellos mismos…

 

Son tres las principales características de aquellos imbéciles, y ellas son invariablemente: la hipocresía, la ceguera y su propia inopia y estupidez.  Hipocresía, porque siempre actúan en forma disimulada, artera y aleve, procurando esconder lo que quieren, aparentando ofrecer sus geniales (e interesadas) alternativas y soluciones, siempre en busca de su propio y ambicioso beneficio. Ceguera, porque -en su ansiedad- nunca son capaces de ver que otros los están utilizando. Y, finalmente, estupidez: prestándose a ese doble juego, convencidos como están de que van a poder medrar o, al menos, pescar a río revuelto; y, claro, lejos de obtener algún exiguo beneficio, terminan disparándose en propio pié y perjudicándose a sí mismos.

 

Pero… tengan cuidado con los tontos. Ojo, he oído que están organizados, ¡hacen mayoría, son legión!


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