04 agosto 2022

Viajes de Bartolomé Ruiz

José Toribio Medina, en su “estudio histórico” dedicado a Bartolomé Ruiz de Estrada, comienza advirtiendo que, debido a la homonimia frecuente en esos años, no se lo debería confundir con otro piloto, un tal Juan Bartolomé Ruiz de Castañeda. No explica, sin embargo, porqué su hijo fue conocido como Martín Yánez de Estrada, ni tampoco porqué lo menciona él mismo como Bartolomé Ruiz de Estrada, a lo largo de su estudio, si no tuvo reparo en identificarlo como Bartolomé Ruiz de Andrade en el título. Lo primero se debería a que eso de los apellidos, fue por un tiempo un tanto arbitrario; lo segundo pudiera deberse a un probable error tipográfico: Andrada o Andrade (hijastro) y Estrada (carretera) son apellidos portugueses y pudieran sonar parecido.

 

Bartolomé Ruiz (1482-1533) había nacido en Moguer, ciudad cercana al golfo de Cádiz y a la frontera con Portugal. Habría llegado a América en uno de los viajes de Colón y realizaba actividades entre Panamá y Centro América cuando le propusieron integrar la expedición que –Pizarro, Luque y Almagro– se proponían iniciar hacia las costas de “levante” de Panamá (Mar del Sur). “De lo que no puede caber duda –dice Medina– es de que en 1524 se hallaba en Nombre de Dios, como dueño, maestre y piloto del navío La Asunción, con el que había llegado de España trayendo caballos y otras mercancías”. “También es casi seguro –continúa el historiador chileno– que después de haber regresado del Darién a España se casase en Moguer con Bárbola Martín, oriunda como él de ese pueblo y en quien no tuvo más hijo que a Martín Yáñez de Estrada”.

 

Existe desacuerdo, entre los historiadores, en cuanto a si Ruiz realizó dos o tres viajes hacia las costas pacíficas de Suramérica (hoy Colombia y Ecuador), al servicio de Francisco Pizarro y Diego de Almagro. Lo más probable es que primero realizara un viaje hasta algún sitio de la costa del sur de Manabí, tal vez el cabo de San Lorenzo, y regresara al puerto de San Juan, cerca de la actual Buenaventura; viaje desgraciado y lleno de calamidades, por lo demás, en el que solo encontrarían penurias, selvas y pantanos. Pizarro fue herido hasta con siete lanzazos y Almagro habría de perder un ojo; y estuvieron forzados a volver. Es probable que esta vez (1926) Ruiz haya llegado hasta la isla de La Plata. Conjeturo que pudieron haberla llamado así por la existencia de una concha (el espóndilus) de considerable tamaño que era utilizada por los aborígenes como moneda de intercambio.

 

En un segundo Viaje (1526), que pudiera ser continuación del primero, Ruiz lo iniciaría en el puerto de San Juan y bajaría hasta San Mateo (21 de septiembre 1526), aquí se produciría el avistamiento del velero de balsa mercante que tanto le llamó la atención y sucedería el famoso episodio de la Isla del Gallo, donde Pizarro habría arengado a sus hombres, trazando una línea en la arena, y desafiándolos a seguirle: “Al norte está Panamá con su pobreza…”. Se conoce a la gesta como la de “los trece de la fama”; en la cual, supuestamente Bartolomé Ruiz habría sido el primero en saltar la simbólica línea; según otros, no consta ni siquiera en la lista de honor. Pienso que estuvo, porque su reconocimiento como hidalgo sería más tarde parte de las Capitulaciones, negociadas por Pizarro.

 

No tengo claro si lo sucedido en la Isla del Gallo ocurrió en ese segundo viaje o si el mismo es parte de una tercera operación independiente (1527-1528). Esto porque cuando Juan Tafur bajó, por orden del gobernador de Panamá, a conminar a Pizarro para que suspenda su viaje, este habría pedido tomarse unos días para volver. Es probable, por lo mismo, que faltando a su palabra hubiera decidido bajar hasta Tumbes, y aún algo más al sur (tal vez Trujillo). Este viaje permitiría reconocer que el sur estaba más civilizado, que las selvas no eran impedimento para la exploración del litoral; que había más seguridad de riqueza, y mayor posibilidad de éxito, si se lo intentaba con mejor preparación. En este viaje, con la participación de Sebastián de Benalcázar, se habría fundado Portoviejo. 

 

Hacia 1929 Pizarro volvería a España para conseguir autorización definitiva para su empresa; ahí conseguiría, como parte de las Capitulaciones firmadas en Toledo en junio, el reconocimiento que habría prometido para su piloto mayor. Más tarde, y luego de la captura de Atahualpa,  Ruiz se trasladaría a San Miguel (Piura), para cumplir una comisión y, luego de quince días de permanencia, emprendería viaje a Cajamarca; estando a solo cuatro leguas de llegar al pueblo, le sobrevendría un mortal ataque, no se sabe si fue un infarto o un episodio de apoplejía. Era el 13 de abril de 1533.  Solo tenía 51 años. Encontraron una bolsa, que llevaba atada al cuello, con una cruz y un rosario de oro, unas perlas y dos esmeraldas. Eso, y sus tres esclavos, era todo lo que constituía su fortuna. No le habían pagado todavía los salarios de casi tres años que le correspondían como piloto mayor del Mar del Sur.


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02 agosto 2022

El hombre de Kirkcaldy

Ahí, en la costa norte de Blackness Bay (Bahía de las Tinieblas), en una pequeña población costera enfrentada a Edimburgo, había nacido hacia 1723, Adam Smith. Muchos pensarán que el nacido en Kirkcaldy había sido un famoso economista; debería decirse más bien que Smith fue un aventajado filósofo. “La suya fue una vida de austeridad estoica, presbiteriana, sin alcohol y probablemente sin sexo –nunca se casó ni se le conoció una novia”, dice Mario Vargas Llosa, en el capítulo que le dedica en “La llamada de la tribu”. No parece pero había nacido hace ya trecientos años, unos cien antes de que se constituyera como estado independiente la República del Ecuador.

 

No estoy seguro si a Vargas Llosa lo había leído en el colegio; pero sí que ya tenía leídas dos de sus novelas antes de cumplir mis primeros veinte años. Empecé con La ciudad y los perros, una historia que describe la vida estudiantil en el Leoncio Prado, un colegio militar de Lima; su lectura me había llevado a imaginar lo que habrían vivido los jóvenes oficiales de ejército que fueron mis colegas y amigos en un pueblo macondiano conocido como Shell Mera, un antiguo campamento petrolero al que ellos preferían llamar Río Amazonas. Luego salté a Pantaleón y las visitadoras, novela que relata los servicios sexuales que eran provistos en los destacamentos amazónicos. Lo que sí no estoy seguro, es si esas obras fueron escritas antes de que Vargas Llosa descubriera a Flaubert, ya que en “La orgía perpetua” confiesa que con Madame Bovary aprendió el verdadero arte de escribir novelas.

 

Esa cruda realidad, la narrada en Pantaleón y “esas señoras”, fue algo con lo que temprano me familiaricé en mis primeros años como piloto en el Oriente. Ese era un servicio que era parte del abastecimiento establecido para satisfacer las necesidades del personal castrense. Aquello tenía su nombre, más bien un código, que se usaba para disimular su real propósito. Lo llamaban A6 (por Abastecimiento 6), el cual tenía su protocolo y logística particular. Sospecho que, debido a las prioridades que tenían los demás abastecimientos, a veces esos servicios eran atendidos con aviones comerciales. Por ello, y sin proponérmelo, contribuí a satisfacer parte de esos traslados en los que, a más de vituallas, se transportaban meretrices que viajaban para “atender” tan perentorias “demandas”.

 

Bien sé que esas eran actividades non santas. Mas, su realización no puede juzgarse sin considerar su especial contexto. La abstinencia obligada por las comprensibles circunstancias relativas al confinamiento militar, quizá exigía recurrir a este tipo de arbitrios con el objeto de evitar otras formas de conflictivos desahogos… Como se ha de suponer, estos servicios no estaban destinados solo para la tropa: la oficialidad gozaba también de similar “prerrogativa”, aunque con la prelación que otorgaba la jerarquía… Muchos años después, cuando viví en Singapur, habría de descubrir, una calle en Little India, donde se ofrecía idéntico servicio. Largas filas de humildes jornaleros esperaban su turno para cumplir con tan fugaz como perentorio trámite… Pero fueron siempre los ensayos del Nobel peruano los que más disfruté, más a veces que sus más reconocidas novelas.

 

De vuelta pues al filósofo escocés, su primera y más intuitiva impresión habría sido la de que la propiedad constituía el eje activador del progreso. Reconocía que el afán de poseer afloraba como el instinto más característico de la especie humana; y que, como tal, era la base no solo de la propiedad sino del desarrollo de la civilización. Smith postulaba que el intercambio comercial era el verdadero motor que propendía al bienestar; los gobiernos habrían surgido como respuesta y se habrían estructurado como herramienta para proteger aquella propiedad. El escocés enunciaba que la real enemiga del progreso no era otra que la mezquina nobleza latifundista.

 

Smith tuvo siempre una inquietud rectora, se preguntaba cuál había sido el motivo para que la sociedad humana se mantenga y desarrolle, a pesar de las rivalidades, el predominio de los instintos, los intereses, el afán avaricioso y el egoísmo de los hombres. Observó que, sin embargo de los obstáculos, la bondad y los valores prevalecían. Intuyó el temor del hombre a que se dude de su integridad, duda que percibía como la más despreciable de las afrentas.

 

Su obra principal fue “La riqueza de las naciones”, en ella reconocía la importancia del libre mercado, un elemento no inventado por nadie sino solo por la necesidad. En su documento comparte una conclusión desconcertante: la de que no es el altruismo, ni la caridad –sino el egoísmo–, el verdadero propulsor del progreso. Declaró algo que, más que una advertencia, sonaba a admonición: que “Ninguna sociedad puede ser próspera y feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y miserables”. Terminó sus días convertido en funcionario aduanero; resultaba contradictorio, si no paradojal, que el promotor del libre mercado fungiese de contradictorio oficial de control…


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29 julio 2022

Reír a lágrima viva *

* Escrito por Irene Vallejo. El Atlas de Pandora

 

Grabado a fuego en la memoria, con trazos más imborrables que tus penas o alegrías, arde el recuerdo de las veces en que hiciste el ridículo. Todavía te escuecen aquellas carcajadas y aquella vergüenza. Durante la adolescencia —nuestra zambullida hormonal en el melodrama y el malditismo—, aprendemos a temer la burla ajena por encima de todas las cosas, y nos adentramos en la edad adulta demasiado serios y envarados. Pasa el tiempo y seguimos sin saber afrontar nuestras imbecilidades y nuestros tierra trágame, el espectáculo cómico que somos para los demás. Aprender a reírnos de nuestros propios desastres es un recurso elegante para momentos bochornosos; en palabras de Boris Vian, la cortesía de la desesperación.

 

Entre los antiguos griegos circuló la epopeya humorística Margites, atribuida al mismísimo Homero, una parodia de la Ilíada y la Odisea. Por alusiones de otros autores sabemos que el tal Margites era tan torpe que fracasaba en todo: un auténtico dechado de despropósitos. De ese famoso personaje, escribió Aristóteles, procede la estrambótica familia de la comedia. Pese a su importancia, el poema no se conservó. También en la filosofía salió perdiendo la risa frente a la melancolía. Se contaba que el sabio Heráclito lucía siempre una cara adusta y ceñuda, porque la condición humana le parecía triste; en cambio Demócrito, que albergaba una opinión similar sobre sus congéneres, se mostraba risueño. De los dos, Demócrito ha sido el más vilipendiado. Su obra se perdió, a excepción de algunos fragmentos, como si todo pensar debiera ser serio y la razón no supiera reír.

 

Hace 20 siglos el romano Ovidio osó incluir en sus Amores un asunto incómodo del repertorio erótico. Lo abordó en verso y con gracia, invitándonos a relajarnos y asumir sin complejos nuestras incompetencias: “¡Qué gozos no me imaginé en mi mente callada, con qué posturas no estuve fantaseando! Junto a la chica, sin embargo, mi miembro yacía como si hubiera muerto antes de tiempo, más marchito que una lechuga cortada el día anterior”. Desde el flirteo hasta el sexo, es saludable tomarse con humor los tropiezos, las torpezas, las lorzas, el miedo, la aceleración incontrolada, los estragos del cansancio, los ruidos intempestivos y las explosiones del cuerpo, las acrobacias fallidas, la desincronización o el hilillo de saliva que resbala justo cuando tu pareja te mira dormir. Que nadie es perfecto, ya lo sentenció Billy Wilder. Ni los clásicos ni los contemporáneos. Pero no olvidemos que ser irreverente tiene un precio: Ovidio acabó en el exilio.

 

El humor es una herramienta afilada —y arriesgada— para desnudar emperadores y denunciar la crueldad de tantas injusticias. El autor norteamericano Kurt Vonnegut escribió: “Ante el miedo o la desgracia, uno puede llorar o reír. Yo prefiero reír porque luego no hay que pasar la fregona”. En su obra más célebre, Matadero cinco, narró su experiencia en la segunda guerra mundial —así, sin mayúsculas—, entre soldados casi niños, prisioneros de los alemanes y testigos del brutal bombardeo aliado de Dresde. Kurt prometió que en su descarado relato no habría ningún papel para los John Wayne del mundo y nos legó una novela estrafalaria de horror y risa, tiernamente terrible, con grandes dosis de sátira y sinsentido, incluyendo platillos voladores y abducciones extraterrestres al planeta Tralfámador. Así, disolviendo la épica en el desamparo y el despropósito, logró uno de los alegatos pacifistas más impactantes de la literatura.

 

En el sexo como en la guerra, el humor puede ser —al menos— tan crítico y profundo como la seriedad. Bajo los discursos más grandilocuentes se esconden la roña, los piojos y el olor a meado en las trincheras. Las hilarantes Armas al hombro, de Chaplin; Ser o no ser, de Lubitsch, o La vida es bella, de Benigni, retratan a protagonistas patosos y desvalidos que con sus torpezas desvelan el absurdo de la violencia. Vonnegut exclamó: “Qué tonto habría sido permitir que el respeto por mí mismo interfiriera con mi felicidad”. Reír es una forma de repudiar las barbaridades y protegernos de nuestras vanidades. Tal vez no haya nada más ridículo que tomarse demasiado en serio.


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26 julio 2022

Objetivos irreconciliables

Hace pocos años, Vargas Llosa publicó un ensayo que contenía una lista de filósofos que habrían influenciado en su pensamiento político, y que además habrían gravitado en su evolución ideológica desde cuando había expresado sus iniciales simpatías por el socialismo. Lo tituló “El llamado de la tribu”; en él aborda las razones para la incomprensible irracionalidad con que actúa el ser humano, atendiendo al oscuro impulso de las urgencias de su propia “tribu”.

 

Uno de esos intelectuales sería Isaiah Berlin (1909–1997), un judío ruso nacido en Letonia, de familia acomodada que había emigrado a Inglaterra a los doce años. Isaiah habría sido testigo cuando niño de la brutal violencia de los bolcheviques; esto abonó a su posterior tolerancia y pluralismo, e influyó en su aversión hacia los excesos de todo tipo de fanatismo. Berlin habría sido un gran conversador; no le gustaba ser encasillado como filósofo, prefería ser reconocido como “historiador de la filosofía”. Nunca quiso escribir acerca de sus ideas y lo que se sabe de su pensamiento era recopilado por uno de sus discípulos, Henry Hardy, quien grababa sus conferencias.

 

Berlin enseñó en Oxford; recibió las más altas distinciones de la Corona británica. Se había apoyado en Maquiavelo, Montesquieu y Alexander Herzen para postular la teoría de que nuestros valores son contradictorios y con frecuencia irreconciliables. Consideraba que los ideales de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad, no solo eran incompatibles, sino que, ya en la práctica, a más de repelerse se excluían. Estas “verdades contradictorias” ponían en litigio la justicia con el orden, la democracia con el bienestar, las sanciones con la paz…

 

Los hechos que han conmovido al mundo en los últimos meses, y los que angustiaron al Ecuador en los últimos días, me han hecho relacionar estas ideas, respecto a los valores, con todos esos mismos conflictos, pues estos pudieran requerir de soluciones más efectivas, aunque solo luzcan parciales. ¿Cómo atender a lo planteado por la Comisión de la Verdad en Colombia, por ejemplo?, ¿propiciando impunidad en perjuicio de la paz que se persigue?, ¿soslayando la reconciliación al precio de satisfacer las probables penalidades que no pueden quedar pendientes? ¿Sería justo simplemente “pasar la página” (es decir, hacer “borrón y cuenta nueva”)?... ¿Cómo proceder, entonces? ¿Será posible encontrar una fórmula conciliatoria o intermedia? En suma, ¿será esa paz factible?, ¿será que se puede proponer una alternativa que satisfaga a la mayoría? ¿Será eso, de veras, posible?...

 

Otro caso similar está por ocurrir en Chile, aunque con diferente índole; allí, la mayoría de los miembros de la actual Constituyente (que representa a ese gran descontento, que solo hace pocos meses se volcó a las calles para exigir profundos cambios en la institucionalidad del país andino), ha entregado su texto final para presentarlo a referendo. Todo parecería indicar que ese mismo texto, que se inspira en promover un documento “garantista” que proteja las nuevas tendencias y potencie las libertades, pudiera no haber satisfecho la expectativa de la mayoría de los ciudadanos. Al final, ¿qué se terminará imponiendo?, ¿prevalecerán los nuevos derechos o se impulsará un nuevo proceso? No se descarta que la nueva Carta Magna no logre la aprobación correspondiente.

 

Cómo proceder entonces, ¿con actos radicales?, ¿o, propiciando pluralidad y tolerancia? ¿Será posible utilizar bastante de lo uno con el complemento de un poco de lo otro? Quizá se deba actuar como en nuestras familias, como cuando se hace imposible ser totalmente justo y equitativo con los hijos, cuando ellos exhiben distintas necesidades o aspiraciones, diversos gustos o preferencias, variadas capacidades o expectativas… Cuando también nosotros, como padres, no sabemos discriminar plenamente lo principal de lo adjetivo, lo accesorio de lo esencial…

 

Al revisar las notas referentes a Berlin en la Enciclopedia de Filosofía de Stanford, advierto la distinción entre “ciencias (término que Berlin evitaba por su relación con las matemáticas y la ingeniería) culturales” o “humanas” –como historia, filosofía y derecho– y otras “ciencias sociales” –antropología, economía, sociología–, tema que parece que fue muy controvertido en la Alemania el siglo XIX. Berlin optó por el vocablo “humanidades” que se traduce en alemán como “Geisteswissenschaften” (significa “las artes”). Esto me ha llevado a meditar en la expresión “artes liberales”, utilizada por Martianus Capella, en la Edad Media, para designar las materias impartidas en las universidades: con el Trivio (del latín Trivium) y el Cuadrivio (Cuadrivium). El primero lidiaba con las materias del lenguaje: gramática, dialéctica y retórica; el otro, con las relacionadas con las matemáticas: aritmética, geometría, astronomía y música. Esto quizá dio origen al título de BA (Bachellor of Arts), la Licenciatura en Humanidades.  


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22 julio 2022

Gente de bien

Las aulas que correspondían a los tres primeros grados de la escuela daban a lo que llamábamos el “patio-de-abajo”. Entonces, nos habíamos hecho acreedores al gratuito mote de “chuzos”, sobrenombre con el que nos querían expresar su superioridad, si no cierto desdén, incluso los alumnos de los grados superiores de primaria, solo porque ellos también ya podían disfrutar de sus recreos en el “patio-de-arriba”, el mismo que ellos compartían con los estudiantes de secundaria. Llegar a cuarto de primaria, por lo mismo, era como haber llegado al purgatorio, solo teníamos que esperar otros tres años para llegar al paraíso de secundaria y –aquí viene lo interesante– para que los profesores se dirigieran a nosotros llamándonos con el apelativo de “señor”...

Para mí esa expectativa, la de “llegar a más grande”, debe haber representado, desde luego, toda una ilusión; por eso quizá se me hicieron interminables los años de primaria. Debo, asimismo, haber estado en uno de los cursos vecinos al patio de abajo cuando en forma casual escuché a dos de mis hermanos, que ya habían llegado a secundaria, que les tomaban lecciones, asignaban tareas –y hasta les expulsaban de la clase– llamándoles con esa forma casi honorífica de respeto… “Señor Vizcaíno” para arriba y “Señor Vizcaíno” para abajo. Sí, realmente me parecía el paraíso. Y tal parece que incluso se podía tener un profesor para cada materia. ¡Era casi para sentirse universitario!

 

Y llegó el día de iniciar primero de colegio… Y, en efecto, nuestros múltiples maestros pasaron a tratarnos con esa nueva forma, distinta y nada acostumbrada. Pero... algo no encajaba, sin embargo, y creo que era que nosotros (los advenedizos) nos dábamos cuenta, y sin decirlo reconocíamos, que esto de llamarnos así era puramente un asunto cronológico, no obedecía a nuestro poco evidente cambio anatómico, y ni siquiera a nuestra precaria madurez, era solo una forma convencional y simbólica que utilizaban los maestros para dirigirse a nosotros. Si bien lo pienso ahora, pudo ser una forma de comprometernos a que actuásemos con responsabilidad, madurez y reciprocidad… Un algo por algo, un quid pro quo. Aquello era solo una forma de compensación.

 

Hacia finales de primero, llegó un nuevo educador. Tenía un cierto aire extranjero; lucía una calvicie prematura, vestía trajes oscuros y acostumbraba hacer caminatas en solitario alrededor del patio del colegio. Luego supimos que había sido desterrado de su país de origen, aunque más exacto sería decir que era exilado, se trataba de alguien a quien se había concedido asilo en nuestro país. Era cordial, aunque frontal y directo en el trato, algo burlón y desenfadado, jamás usaba un circunloquio; se fue aprendiendo nuestros apellidos, amaba la filosofía y la historia, el cine y la literatura, y, más temprano que tarde, nos enteramos que era cubano. Se llamaba Luis Campos Martínez, sonreía con algo de ironía en la mirada, y terminaba algunas de sus frases con aquél “a ver chico, tú”.

 

Al año siguiente, Campos ya fue nuestro profesor. Tan pronto como en su primera clase nos explicó porqué nos trataba del apellido, porqué no se dirigiría a nosotros usando aquel título de señor; para entonces, y sin que medie consulta ni subterfugio, ya se sabía todos nuestros nombres. “Señor es un título que no da la cronología, que se lo merece y se lo gana”, nos espetó, bajando un poco el volumen de su voz. “Es un título, un reconocimiento que van a ganarse más tarde –continuó–; al principio con sentido común y madurez; y –ya en la vida adulta– con sentido de honor y responsabilidad, con honradez y dignidad, con ‘hombría de bien’, ganándose el respeto ajeno”.

 

Un día tuve que ir a su casa para entregar un trabajo; así conocí el estudio que compartía con su esposa. La suya era una biblioteca que llenaba toda una habitación, en cuyo centro se enfrentaban dos escritorios que exhibían trabajos en proceso; eran mesas de estudio, con obras que se estaban consultando. Aquél fue todo un descubrimiento. Así supe lo que era la “sana envidia” y me hice el propósito de algún día tener una biblioteca parecida…

 

Más arriba he hablado de “hombría de bien”. En estos mismos días aquello de “gente de bien” es una expresión que se la está sacando de contexto (da mucha pena que se la esté distorsionando y se le quiera dar un carácter clasista). He de aclarar que aquello de ser “gente bien” y “gente de bien” son dos cosas diferentes, dos expresiones distintas. Gente bien es un concepto económico y social, se refiere a una élite, consiste en ser acomodado y pudiente; pero ser gente “de bien” es, en cambio, un concepto espiritual y moral –si se quiere, comunitario-, es ser decente y solidario, íntegro y cabal, honesto y leal a la palabra empeñada. Se puede ser gente bien pero no alcanzar a ser gente de bien. Tampoco es necesario ser gente bien para ser y actuar como “todo un señor”, como una persona de bien…


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19 julio 2022

Realmente, abracadabrante…

Siempre me pareció una ironía que exista una misma palabra en inglés con dos significados contradictorios: “schollar” que quiere decir escolar y también erudito. Por eso, no me deja de llamar la atención que haya gente con las precarias bases de un escolar, en el sentido de muchacho de escuela, que trate de pasarse de erudito para respaldar algún falso, poco sustentado o deleznable argumento. Esto experimenté el otro día cuando escuché una exposición relacionada con el racismo que parecía coherente, pero que estaba contaminada por varias inexactitudes.

 

La exposición hacía referencia a la “Controversia de Valladolid” (1550), mantenida entre dos religiosos: Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas, respecto a si los indígenas estaban en condición de gobernarse a sí mismos. Sepúlveda postulaba la inferioridad de los aborígenes (“no tienen prudencia, ingenio, virtud ni humanidad”) y consideraba justificado su dominio por parte de los conquistadores. De las Casas, por su parte, abogaba por una actitud más humanitaria y argumentaba que  si eran bárbaros era porque no tenían literatura y eran infieles (son como niños, decía, “pero también tenían alma”). Posturas, ambas, que hoy podrían interpretarse como “racistas” si se desconocería el contexto histórico de lo que entonces en el mundo sucedía.

 

Ahora bien, partiendo del hecho de que en nuestros días subsisten expresiones racistas (y que van en ambos sentidos, de arriba para abajo y de abajo para arriba) y de que, además, es perentorio atender el problema indígena con un programa a largo plazo y sostenible, me gustaría revisar ciertas inexactitudes de carácter semántico o etimológico, que estuvieron relacionadas con  la disertación en referencia.

 

Puedo coincidir con el expositor en que existe un inconsciente racismo en la actitud general de los ecuatorianos, que además persiste en los medios, y hasta en el texto de la Ley de Comunicación (“ese ‘paternalismo asistencialista’, de que ‘hay que ayudarles’, es también racista” dijo el expositor); puedo incluso conceder que “ese es el racismo que subyace en la micro-física de ‘la conciencia de la inconsciencia’ (sic) de los ecuatorianos” (el ponente aludía a algo impregnado en nuestro subconsciente colectivo). Pero discrepo con la distorsionada interpretación de la etimología de ciertas palabras –como indígena y aborigen– que según él tendrían carácter peyorativo; o de una voz como “indigencia”, que en forma sesgada se la relacionó con la voz indígena (“¡Eso es racismo!”, repetía).

 

Para empezar, la relación de estos términos no es con el griego, como se expuso, sino con el latín. Además, es inexacto (no sé en qué se respalda el catedrático) declarar, sin escrúpulo ni fundamento, que la palabra “indígena” en griego tiene un “sentido filosófico”… (?), que resultaría insultante, porque significa “sin cultura, sin ánimos –espiritual– (sic), y sin humanidad”… La verdad, no existe ninguna palabra en griego que se parezca a las antes mencionadas. Lo que se pudiera culpar a los griegos es haber acuñado el término “bárbaro”, utilizado por ellos para identificar a los salvajes de ciertas hordas extranjeras que parecían balbucear un “bar–bar–bar”.

 

Indígena no proviene del griego, “es un cultismo que viene del latín indîgena (nativo u oriundo del país). El vocablo se compone del prefijo latino indu–/indi– (en el interior), y de la raíz –gen– , que viene de los verbos gignêre (engendrar, parir) y generâre, asociado con la raíz indoeuropea *gen–, a más del viejo sufijo –a (ambivalencia de género), por lo que solo quiere decir “nacido/a en el lugar donde vive”. En ese sentido, todos mismo seríamos indígenas. En cuanto a indigente, la voz latina indigentis no tiene el prefijo in– de negación, pues en latín in– tiene un valor negativo (significa “sin”) sólo como prefijo de adjetivos, nunca de étimos verbales; indigente viene del verbo indigeo ‘estar necesitado’. “Tampoco in– es negativo antes de un sustantivo, por lo que resulta ‘abracadabrante’ –dice el texto consultado– interpretar que in–dio querría decir ‘sin dios’ o que indigentis, ‘necesitado’, vendría de no disponer”…

 

En cuanto a aborigen, “esta palabra castellana no viene de ab origine (desde el principio), sino del sustantivo latino, en acusativo singular, aborigînem”; por tanto, quiere decir nacido en el lugar, no “sin origen”: ¡otra abracadabrante tergiversación! Similares explicaciones encuentro en el Diccionario Etimológico de Corominas. De modo que estas “lecciones”, que en el fondo solo fingen encarnar el anti–racismo, lo único que consiguen es alimentar no razonados odios y resentimientos. Bien visto, en nada aportan a las postergadas soluciones que el problema exige. Son, en sí mismas, irresponsables, procuran esconder destructivos rencores y son también… ¡racistas! ¿Cómo solucionamos el problema, si todo aporte, o restitución (para no llamarlo “ayuda”) sería también juzgado como “paternalismo asistencial”; es decir, racista?... ¡Ah, los ‘indigentes’ intelectuales, esos ‘eruditos’ que razonan como niños de escuela!


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