08 septiembre 2022

En el País de Nunca Jamás

Vivimos todavía medio enmascarados, aunque más exacto sería decir “enmascarillados”. Pero, bien pensado, debería insistir en lo de enmascarados... pues si hay algo que nos distingue en estos ingratos tiempos es el deseo de mimetizarnos, de “parecer lo que no somos”, de fingir y simular, de esconder el rostro. No deja de ser curioso que rostro venga del latín rostrum, que significaría pico u hocico... En inglés hay un verbo que produce confusión, se dice “to pretend”, que no quiere decir pretender sino más bien eso mismo: fingir, “hacerse el loco”, cubrirse, simular.

 

Existe un cuento que se conoce como Peter Pan (hay quienes lo confunden con uno parecido: El Flautista de Hamelin; pero este es uno que trata de la ingenuidad, la avaricia y la revancha). En Peter Pan hay un personaje que simula –o pretende– no crecer, desea en forma ferviente seguir siendo niño, nunca llegar a adulto, no sé si nunca envejecer. Vive en un país que no estoy seguro si es una utopía o una distopía (que quiere decir lo contrario); tiene un nombre cándido, lo llaman el País de Nunca Jamás (así, respetando las mayúsculas iniciales).

 

Pero ese es un país “de a mentiras”. Y antes de hablarles de un país que de veras existe, les voy a contar un breve cuento: “Érase una vez” una persona que nunca quería crecer y que le gustaba endeudarse; pero que no había como prestarle nada porque nunca se acordaba que tenía que pagar. No lo hacía, y por eso ¡no pagaba nunca más!... A la gente le daba pena, pero no porque no devolvía sino porque ya no le podía creer, ya no le podía confiar. Si solicitaba nuevamente, era preferible regalarle, si realmente necesitaba, que tener que reconocer que no respondía con gratitud o, al menos, con reciprocidad. Siempre volvía a desilusionar.

 

Reflexiono en estos cuentos cuando pienso en nuestro país. Y pienso que tratar de parecer lo que no somos solo nos hace un flaco favor a la hora de comprobar nuestro precario sentido de nacionalidad. La misma efemérides (palabra que significa “de un día”) que recién celebramos, el 10 de Agosto de 1809, aquella que mereció para Quito el título de “Luz de América”, no recibe el tratamiento de respeto que se le debería dar. La hemos convertido en un “feriado” más; sin el reconocimiento de que su celebración no puede ser pretexto para decretar un día de asueto. No tenemos conciencia de que ese hito representa la fecha más importante para nuestra patria: conmemoramos una gesta que nos permitió soñar en tomar las riendas de nuestro propio destino, vivir en forma responsable como nación, construir juntos un país solidario en la búsqueda perseverante del progreso, el bienestar y el ejercicio de la libertad.

 

Es triste aceptarlo pero hemos ido privando al 10 de Agosto (la mayúscula es intencional) de tan importante reconocimiento. No sé si para ello ha contribuido el cambio de fecha del inicio de cada gestión gubernamental. Por tradición, en ese día se producían las “transmisiones de mando” cada cuatro años, y en esa misma fecha el presidente de la República hacía entrega al Congreso (que hoy llamamos Asamblea) de su Informe Anual. Era cuando todo el país se vestía de gala; era una ocasión para el protocolo y la ceremonia, para sentir en esos detalles el respeto hacia nuestra instituciones democráticas, para sabernos solidarios, unidos y fuertes ante los problemas de la patria. Y soñábamos juntos en el país que legaríamos a la posteridad.

 

Sin un sentido de patriotismo somos cualquier cosa menos una nación de verdad. Podremos ser una empresa, bien o mal estructurada, pero no mereceremos el reconocimiento como la nación que pretendemos ser. Hemos tomado tan en serio eso de constituir un “Estado de derechos” que hemos olvidado su contrapartida: una postura responsable, que nos inspire a anteponer las obligaciones para con nuestro país, hacer posible el progreso de la nación que parecería que nos hemos propuesto soslayar. Ese día de agosto no es oportunidad para disfrutar de un día de sol, es solemne ocasión para reafirmar nuestro sagrado compromiso.

 

He tenido el privilegio, a lo largo de mis años, debido a distintas asignaciones en tierras extranjeras, de presenciar cómo otras comunidades celebran con entusiasta fervor su Día Nacional. Nada tan digno y admirable como la celebración del pueblo mexicano, cuando luego de una breve arenga, las autoridades lanzan un “viva” cada vez que pronuncian el nombre de cada uno de los héroes que lucharon por su independencia. Aquello emociona y sacude las fibras más íntimas del sentimiento patriótico. La fiesta nacional debería ser ocasión para rendir tributo a la memoria de próceres como Manuela Cañizares, Juan Pío Montufar, José Cuero y Caicedo, Manuel Rodríguez de Quiroga, Antonio Ante, Juan de Dios Morales y tantos otros nombres insignes que inspiraron nuestros ideales de libertad.


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06 septiembre 2022

A puro tango...

Recién ha empezado la Liga, y, claro, resulta muy temprano para hacer pronósticos. Así y todo, mi actual impresión es que la tan publicitada renovación del Barça parece que va a quedar en “agua de borrajas”... De veras, lo siento mucho por sus seguidores, pero no me gusta su estilo de juego; es demasiado lateral para lo que requiere el futbol moderno, que pretende no solo ganar sino ante todo divertir, dar espectáculo. El suyo fue un estilo ideado para obtener el mejor provecho de Leonel Messi, ese delantero genial. Pero la “Pulga” ya no está en el Barcelona y, lo que está haciendo el equipo “Culé”, es tirar centros a la fortuna, a la cabeza de un ya no muy joven Lewandowski...

 

Pero, dejemos a la prensa hispana que nos cuente sus propias amarguras… Hoy revisé la reseña del partido entre el Barça y el Rayo Vallecano (Vallecas es un municipio vecino a Madrid, por lo que, con relación a nuestro futbol, el Rayo equivale a un equipo de Chimbacalle). Un señor Ramón Besa dice: “al Barça todavía le falta juego y tiempo para responder a la propaganda que anunciaba un debut espectacular… No es aún un equipo sino un álbum de cromos”, o: “Los días pasan y… el Barça ha perdido el estilo porque le puede la prisa y el ansia por volver a ser…” No sé porqué, pero me ha parecido, esa, una letra de tango (“Cuesta Abajo”. Alfredo Le Pera Sorrentino y Carlos Gardel):

 

Si arrastré por este mundo

La vergüenza de haber sido

Y el dolor de ya no ser…

 

Hacia el final, el periodista expresa: “el resultado abona al vértigo, al ir y venir; es el estruendo de una grada desesperada por ver un gol que no llega…” Es cuando, por coincidencia, justo he recordado la letra de otro famoso tango, aquél llamado “Uno”, compuesto con letra de Enrique Santos Discépolo y música del pianista Mariano Mores, el mismo que es interpretado por donde "uno" va, por todas partes, alrededor del inmenso mundo:

 

Uno, busca lleno de esperanzas 
el camino que los sueños
 prometieron a sus ansias...


Sabe que la lucha es cruel
 y es mucha, pero lucha y se desangra
 por la fe que lo empecina...


Uno va arrastrándose entre espinas
 y en su afán de dar su amor,


Sufre y se destroza hasta entender: que uno se ha quedao sin corazón...


Precio de castigo que uno entrega 
por un beso que no llega 
a un amor que lo engañó...


¡Vacío ya de amar y de llorar
 tanta traición!

 Si yo tuviera el corazón…

 

Dice la Wikipedia que “la línea melódica que otorga Mores, mitiga el tremendismo presente en composiciones anteriores de Discépolo. La gestación de 'Uno' fue larga –dice–, ya que se compuso primero la música, mientras que la letra demandó casi tres años… Mores entregó a Enrique Santos Discépolo la partitura de la música de un tango romanza llamado «Cigarrillos en la oscuridad», proponiéndole que le pusiera letra”. Y comenta, además, que: “El tango llevaba por título «Si yo tuviera un corazón», que tuvo enorme éxito debido a que el público lo solicitaba –a la orquesta de Mores– diciendo: «¡Tocá 'Uno'..!, ¡tocá 'Uno'...!»; finalmente se acordó cambiarle el nombre original (el del tango) por el de ‘Uno’. Así es cómo se lo registró y así se lo conoce en el presente”.

 

Así también, casi sin querer, he recordado, a la vez, un programa tanguero que emite todas las noches Radio Eres en Quito, se llama “A puro tango” y está conducido por un señor Ernesto Moreno Bueno; él hace comentarios de cada pieza musical y, en su estilo, hubiera dicho, más o menos, lo siguiente: “este es uno de los ‘tangos fundamentales’, lo grabaron otros cantantes como Carlos Roldán con la orquesta de Francisco Canaro, Alberto Marino con la orquesta de Aníbal Troilo, Héctor Mauré con Juan D’Arienzo y Oscar Serpa con Osvaldo Fresedo”…

 

Besa concluye su reseña periodística del Barça en esta forma: “es todavía… un equipo que está por hacer; descamisado, sin línea de pase ni juego…” ¡Sorprendente!, otra vez nos remite a la letra del mismo “Cuesta Abajo” :

 

Ahora, cuesta abajo en mi rodada

Las ilusiones pasadas

Ya no las puedo arrancar

Sueño, con el pasado que añoro

El tiempo viejo que lloro

Y que nunca volverá…

 

Moreno Bueno habría dicho “lo interpretaron Carlos Gardel con la orquesta de Terig Tucci; la orquesta de Francisco Canaro con Carlos Galán y con Argentino Ledesma; Rodolfo Galé con la orquesta de José Basso; Roberto Goyeneche para el sello TK; Edmundo Rivero con guitarras para Philips; Hugo del Carril con guitarras para Odeón; Jorge Sobral con la orquesta de Mario Demarco; Susana Rinaldi; etcétera, etcétera… entre otros… Amigos... ¡buenas noches!”

 

Nota: los comentarios atribuidos a Ernesto Moreno, también fueron tomados de la Wikipedia 


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04 septiembre 2022

De todo y para dos

Quienes gustan del tango saben que este tiene dos hermanitos menores. El uno es morenito, “morocho” dicen; es un tanto atolondrado o, al menos, más alegre; no anda siempre bien acicalado, lo llaman Candombe. La otra se parece más al tango, sus letras son más simples y repetitivas, su ritmo es más cadencioso. Ella es más divertida, ligera y algo más pícara; viste de un modo un tanto desalineado, la llaman Milonga. Si el tango se escribe en base de dos por cuatro, la milonga lo hace en cuatro por tres. Candombe y milonga crecieron en la región del Río de la Plata; la milonga tiene su variante, un bailongo conocido como milonga ciudadana.

 

El candombe y la milonga son más desenfadados, carecen de ese aire entre nostálgico y melancólico que tiene el tango. A lo largo del tiempo se han destacado cultores que han hecho popular el ritmo de la milonga; entre los del pasado hay que mencionar a Alfredo Zitarrosa y a Héctor Roberto Chavero, mejor conocido como Atahualpa Yupanqui; en estos últimos años han alcanzado notoriedad Daniel Melingo y Juan Carlos “el Gordo” Cáceres. Hay una milonga de Melingo que se ha convertido en un anti-himno, es la “receta” o “recomendación de la casa” para el funcionario inescrupuloso. Se llama “De todo y para dos”, su letra se atribuye a Luis Alposta y dice así:

 

En nombre del patrón

Me permito recomendarle nuestra especialidad.

Es un plato para altos funcionarios

Que sólo se sirve en los mejores restaurantes:

 

Angurrias, histrionismo y cobardía,

Con fetas de ignorancia y truhanería.

Lisonja, adulación, vil reverencia,

Con salsa de crueldad y de violencia.

Mendaz comercio, sórdida ganancia.

 

Usurpación, rapiña y arrogancia,

Adelanto perverso, terquedad lucrativa,

Y clorhidrato al plato, con aceite de oliva.

Y de postre, tenemos sólo budín de pan,

Y locas en almíbar bañadas con champán.

 

¡Bien Señor! ¡Sí Señor! Registré su pedido:  De todo y para dos.

 

En estos ritmos, candombe y milonga, hay para todos los gustos. De todo, como en botica o como en cajón de sastre. Y, como en el tango y en las cosas del amor (no solo del que se profesa sino también del que “se hace”) hay, como en vermouth de cine de domingo: de todo y para dos…

 

Ya en la letra de un tango de Enrique Santos Discépolo de desnudó esa inenarrable realidad. “Cambalache”, más que una crítica a las clases políticas, es un reproche a la insensatez y a la incapacidad de discernimiento. No solo es una agria censura contra los funcionarios venales, es un manifiesto contra el deterioro de los valores de la sociedad, una crítica mordaz contra la impostura y la mediocridad, la hipocresía y la insolencia. ¿Qué puede pedirse de un mundo que confunde inteligencia con sagacidad, y que ya no aspira a la sabiduría ni a la sensatez? ¿Para qué sirve un concepto moral, si se desprecian y desdeñan la integridad y la honradez? ¡Qué lástima!, se ha caído en el reino del canalla y del rufián, del zafio ignorante y del perverso…

 

Como en el menú de la milonga cantada por Melingo, hoy tenemos de todo para escoger: ¡De todo y para dos!


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01 septiembre 2022

Tiempo de acertijos...

Sí, tiempo de acertijos. “Ya va otra vez el Alberto con sus adivinanzas”, van a decir. Pero, no importa; voy a procurar ponerles, esta vez, algo más fácil e interesante… Espero que hayan leído alguna vez “La isla del tesoro”, del escocés Robert Louis Stevenson… estoy seguro que les va a ayudar. ¿Listos?, a ver… ¿Qué es, o qué les dice, Long John Silver? Fijo que si son amigos de ir cada verano a Estados Unidos, por lo menos la mitad me va a responder que es un restaurante de mariscos (colas de langosta, camarones, calamares apanados, etc.). Pero, ¡un ratito!, la pregunta no iba por ahí, lo que realmente quería que me contesten era por qué, a esos restaurantes de la cadena, se los llama así. ¿Por qué les llaman Long John Silver?

 

Si ya se rindieron, mejor les voy a contar: Long John Silver (John Silver, el Largo, como lo habían traducido la primera vez que leí la historia), es uno de sus protagonistas principales. Se trata de un pirata disimulado que funge de cocinero y que se hace contratar para formar parte de una expedición; la misma debe zarpar desde el puerto de Bristol para rescatar un tesoro escondido en una isla misteriosa ubicada al otro lado del océano. Silver disimula su real condición, pero Jim Hawkins, el chico que hace de héroe, pronto descubre la identidad del bucanero, quien –para variar– tiene una pierna amputada y una prótesis de palo. Long John termina denunciándose como un redivivo pirata que desaparece llevándose una bolsa con monedas. No es más que un irredento forajido…

 

La isla del tesoro fue realmente el primer libro de aventuras que leí en mi vida. Me parece que me lo regaló mi padre; fue para mí algo mejor que un tesoro, de ahí en adelante me dejé seducir por las historias bien contadas. Esta vez, habrían pasado tal vez más de sesenta años y he vuelto a disfrutarla como si nunca la hubiese leído; la releí de principio a fin en unas pocas horas seguidas, sabedor ya de su desenlace pero conocedor también del significado de todos esos términos marinos o de navegación de los que la cautivante novela está repleta.

 

Todos esos vocablos son parte de una encantadora jerigonza, casi una lengua secreta que tiene su magia y su seducción; y que, dado el raudo ritmo de la narración, no nos permite interrumpir la lectura y recurrir al diccionario para desentrañar sus significados: mesana, trinquete, botavara, cabrestante, cofa, jarcia, obenque, barlovento, gavia, estribor… Por rara coincidencia, pocos días antes me había propuesto leer a otro autor, uno para mí todavía desconocido, Benito Pérez Galdós. Entre las obras que cayeron en mis manos, había una con membrete sugestivo. Se trataba de una novelita corta; daba inicio a lo que Galdós intituló los “Episodios Nacionales”: se llama “Trafalgar” y relata la batalla naval en la que la marina española, en sociedad con la francesa, fue derrotada por Inglaterra.

 

Si me hubieran preguntado que qué era lo que me decía ese nombre, el de Trafalgar (que es palabra aguda), tal vez hubiera contestado que era una plaza que existe en Londres, aun a sabiendas de que ella rememora un triunfo bélico en algún lugar cercano a los dominios ingleses (ellos pronuncian Trafalgar como palabra grave, y como si se tropezaran con las erres). Lejos estaba de imaginar que Trafalgar está ubicado en las goteras de Andalucía y que la batalla se produjo cerca de la bahía de Cádiz, junto al Cabo Trafalgar, ubicado al sur de Vejer de la Frontera. Tampoco hubiera imaginado que la obra incluía un “Diccionario de términos marinos”, un portentoso documento para quienes aprecian aquel ambiente fascinante: el de la marinería.

 

Ahora sí, la verdadera adivinanza: ¿qué es un Long John y por qué se llama así? Un buen día, en mis trashumantes viajes por el mundo, descubrí que los ingleses llamaban con un nombre específico a una prenda que en EE UU se conoce como “thermal underwear”: calzoncillos térmicos o calzoncillos “de conservador”. Los conocen así, aunque nada tienen que ver con el pirata–cocinero. Deben su nombre a un famoso boxeador bostoniano que alardeaba de que podía noquear a cualquiera, John L. Sullivan, que solía utilizar esta pieza que se ajusta por completo a la pierna y que va desde la cintura hasta los tobillos. Las nuevas versiones utilizan material térmico para proteger de las inclemencias del tiempo; y, ya que estamos en eso, aprovecho para comentarles que la prenda es ideal para utilizarla con “blue jeans”, aunque no es recomendada para otros menesteres... ¡por si hace falta sacársela al apuro!

 

Pero, Long John es también el nombre de un “blended” whisky de los Highlands (norte de Escocia). Proviene de la destilería McDonald’s, que se habría establecido antes del año 1500. Lo que no sé es si Robert L. Stevenson se inspiró en el nombre (o con el reputado licor) para bautizar a su travieso como desaprensivo pirata cojo...


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30 agosto 2022

La casa como alegoría

Como dice mi amigo Pato: “caduno es caduno”. Con ello lo que quiere decir es que cada cual tiene su propia tesitura (o sea, sus propios problemas y circunstancias). Creo que fue el perro de Pascal, o algún otro mastín importante, que alguna vez había dicho en una entrevista, eso de que “Los perros tienen razones que otros perros desconocen”… Con lo que anticipo lo que hoy quiero contar, que todo se aplica para cada cual de acuerdo a su propia circunstancia.

 

Y es que estuve escuchando (y viendo) la tele la otra tarde y un futbolista, sí nada menos y nada más que un simple futbolista, que por ahí alguien puede pensar que quizá no está en capacidad para decir asuntos interesantes, dijo algo genial que me “dejó en Babia” (aquí la mayúscula es intencional, pues Babia según el Diccionario, es una comarca de las montañas de León, lo cual permite un juego verbal, por su relación con baba). Decía, el interfecto, que los distintos equipos o clubes para los que colabora un jugador de fútbol tienen un muy cercano parecido a la serie de casas que le sirven de residencia en su vida personal.

 

Comentaba el conspicuo representante de las clases del balón, convertido en discípulo temporal de Séneca, que uno empieza en el club del barrio o directamente en el primer club de su vida, y que esto equivalía a su primera morada que no era otra que la casa de sus padres. Que luego se dejaba seducir por otros equipos que venían a ofrecerle alternativas más jugosas y atractivas; eso es como cuando se empieza a tener novias y otras pretendientes, dijo el improvisado Platón, y ese es un momento que uno sabe que si quiere tener un mejor futuro debe dejar la casa de sus padres y opta por tener un piso de soltero. Ese primer apartamento independiente –dijo el ídolo deportivo– equivale al siguiente (o siguientes) equipo temporal, hasta que llega la mujer que le ha reservado el destino, aquella con la que “sabe” que va a tener que casarse. Y entonces se va a vivir con ella en su propia y definitiva casa…

 

Lo dijo el “crack” con tal desparpajo y seguridad que me pareció un símil irrebatible. No sé si la comparación era inédita y original, o quizá reproducida de las meditaciones de algún otro filósofo–futbolista. El punto es que ahí mismo me propuse copiar la metáfora para aplicarla a mi propio oficio de filósofo, estoico o cínico, que, por obra de la fortuna y la casualidad, un cierto día terminó convertido en “avionista”; y así resolví cuáles fueron las distintas aerolíneas u operadoras aéreas que, mientras fungí como piloto, dieron lugar a que hoy las compare con las diferentes residencias en las  que tuve la oportunidad de servir como aviador. O, para efecto del símil, de morar o vivir.

 

Mi primera casa, la más temprana, sería TAO, Transportes Aéreos Orientales. Esa sería la casa de mis padres (aunque en realidad era la de mis tíos), donde no tenía chance de hacer travesuras, tenía que ser “bien portado”. Ahí es donde hice mis primeros vuelos, aprendí de mis mayores, era muy formalito, me fueron enseñando cómo proceder en la vida y solo tenía una obligación para no tener que pagar arriendo: ayudar con las tareas de la casa, respetar a mis mayores y tratar de ser obediente… Ahí, en TAO, ya me hice capitán, que era como decir que seguía viviendo en la misma casa, pero que me habían dado una tarea adicional: tenía que ayudar a los menores a hacer sus deberes escolares…

 

Mi segunda casa –o, si prefieren, mi “depa” de soltero– fue la de TEXACO, realmente de su contratista, a través del cual me entregaban mis emolumentos, Ecuavía Oriente, cuyo dueño de casa era el hombre más sencillo que jamás he conocido en mi vida: Luis Estrada Icaza; no tengo duda que llegué a convertirme en su “inquilino” favorito. El “Barbón”, como con cariño le trataban mis mayores, era un tipo enorme (y dotado de un monumental corazón); un buen día vino a mi casa a tomarse un trago con mis compañeros y me preguntó si tenía música clásica, le puse algo de Bach y se sentó en el suelo a escucharla, todo para demostrarnos (ya era presidente de Ecuatoriana) que no tenía problema en ser lo que ya era: un hombre sin poses, un “down to earth”, un hombre humilde con los pies en la tierra…

 

Mi residencia de casado sería Ecuatoriana de Aviación, esa fue mi morada definitiva. En ella aprendí “a ser hombre”, a entregar lo que había recibido de niño, a ser responsable y a dar ejemplo de lo que era ser buen hijo y de lo que era ser buen padre. Fue una buena casa. Como diríamos: hecha a mi gusto; aunque, claro, lo que más disfrutaba era cuando estaba fuera… en los jardines. Pero, un día se acabó, y, como pasa también con los matrimonios, ya tuve otras casas, muchas otras. Puede decirse que incluso salí a vivir en “otras casas que quedaban fuera”… Este es un escueto resumen de lo que han sido “mis equipos”, quiero decir “mis casas”. Que era lo que queríamos demostrar… LQQD.


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28 agosto 2022

Al buen tuntún

Decía el Flaco Rosales, mi amigo y colega de la vieja Ecuatoriana, que en el país las empresas aéreas fracasan porque todo se hace con el criterio del “yo creo” o del “ a mi me parece”. La verdad que el Flaco llevaba más razón que un santo; esa ha sido la triste historia de nuestra aviación nacional. Se han tomado decisiones por ignorancia o novelería, sin reflexión ni previsión y, peor aún, sin planificación o asesoramiento (cuando no por conveniencias…). Jamás, ni siquiera en los aciagos días previos a sus inminentes bancarrotas, las aerolíneas se dieron el trabajo de realizar un análisis serio de sus rutas o de su equipo de vuelo; o, por lo menos, de considerar si esas rutas que volaban, las frecuencias que mantenían o el equipo de vuelo que conformaba su flota, era el más adecuado para su operación.

 

Pero esa no es una verdad válida únicamente para la industria o el quehacer aeronáutico; se aplica para cualquier emprendimiento que se intente en el país: se hacen las cosas “al buen tuntún”, sin cálculo adecuado, a la buena de Dios. Había por ahí un ingenio azucarero, por muestra de ejemplo, donde se detectaba que este desperdiciaba el bagazo de la caña y se le propuso, sin cálculo de sus reales capacidades de producción, sin análisis de la verdadera demanda y sin conocimiento del negocio y de la eventual competencia, emprender en la conformación de una fábrica de tableros aglomerados para utilizar el bagazo. Por lástima se compró equipo inadecuado; simplemente eran máquinas complejas y muy caras de operar y –como consecuente resultado– la buena iniciativa fracasó.

 

En aviación sucede lo mismo. En la década de los sesenta la compañía Área optó por dos tipos de avión que se pusieron de pronto “baratos” en el mercado: el uno, el Comet 4, que empezó a tener una serie de problemas con sus motores; y, el otro, el Convair 990, cuya compra se creía indispensable porque era necesario competir con las aerolíneas extranjeras con un equipo similar de vuelo (había llegado la era del jet), pero se adquirió un tipo de avión de costoso mantenimiento, que más tarde sería superado por los Douglas y los Boeing, que se terminaron imponiendo en el mundo de la aviación comercial. Con un poco de candidez, para no llamarle de ingenuidad, sus dirigentes habían imaginado iniciar una ruta alterna para volar a Madrid: habían pensado que al pasajero no le importaría hacer múltiples escalas intermedias de reabastecimiento en Manaos, Belém, Dakar y Casablanca…

 

Algo parecido ocurrió cuando se quiso construir un aeropuerto internacional en Manta: no se pensó en el tráfico real de pasajeros que generaba la provincia de Manabí o si el aeropuerto de Guayaquil ya satisfacía esa demanda, lo que se quiso fue construir un nuevo terminal –con la nueva pista correspondiente– a efecto de impulsar dicho tráfico (así se llama en aviación al tránsito aéreo), desconociéndose un principio fundamental de la aeronáutica moderna. Y es que la gente compra un pasaje aéreo no porque el aeropuerto le queda cerca, sino porque quiere o necesita viajar. Esto siempre ha pasado, y gente con buenos propósitos ha terminado insistiendo en planes inadecuados. Tampoco está lejos el día que los directivos de otra empresa petrolera nacional compraron un jet innecesario para su operación aduciendo que esa era la nueva tendencia en el mundo, volar en jet. Sí, eso dice su informe “técnico”.

 

Dice en forma coloquial otro de mis amigos, el Gringo, para expresar un “lo que a ti te parezca” o “lo que tú creas preferible”: “haz lo que a tú más te convenga”. Así es como se hacen las cosas y se tratan los asuntos importantes en nuestra aviación, lamentablemente. Sin estudios, sin asesoramiento y sin considerar la real necesidad de adecuar la solución al verdadero requerimiento: actúan “al buen tuntún”. Claro que la expresión suena a algo así como “a lo tonto” o “al apuro” (que así mismo es), pero parece que esta es la deformación de una frase o expresión latina, ad vultum tuum, que quiere decir eso: “a tu favor” o “ a tu conveniencia”, “como a ti mejor te parezca”…


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