02 octubre 2022

Ahí viene la “a” (o, la “o”)

Leí hace poco un simpático artículo de Martín Caparrós que suscitó toda una serie de insólitas reacciones. Él es argentino, pero vive en España, y comentaba que le resultaba confuso que ahí en España se llame médico tanto a los varones como a las mujeres. Deduje, por un atisbo de ironía que tenía el párrafo inicial, que en Argentina no hay problema al respecto: a los varones se les dice médicos y a las mujeres médicas. En nuestro país pasa algo similar a lo que parece suceder en España y buena parte de la gente sale al paso llamando a estas profesionales de “doctoras”.

 

Yo también he transitado por ese dilema: no termino por acostumbrarme a llamarles médicas; me sigue pareciendo que médicas son la ciencia, la prescripción, la atención, la industria. Pero no me acostumbro, sea porque así lo escuché desde niño o porque antes ellas, las mujeres médicas, eran todavía muy escasas. Entonces, no parecía incorrecto usar el masculino, del mismo modo que existían otros oficios que usaban un género neutro. Eso de “la médico” no terminaba en “a” aunque no parecía implicar una designación que tuviera carácter masculino.

 

Creo que lo opuesto también sucede: que a los varones de algunos oficios o actividades se los designa con nombres que no terminan en “o”. Ahí tienen astronauta, taxista, malabarista, artista, guardia, futbolista, violinista o policía, por ejemplo. En la misma actividad médica no se utilizan palabras terminadas en “o” para el pediatra, el geriatra o el laboratorista. Nadie espera que, porque son varones, no haya que decirles obstetra, masajista o periodista”.

 

Quizás esto tiene que ver con la forma como se fue construyendo nuestro idioma; no creo que se diga malabarista porque “en el principio” solo hubo malabaristas mujeres. Es decir, no existió una predisposición específica para terminar la designación de ciertos oficios en “a” o en “o”. Esto no quita que, con el paso del tiempo, esa modalidad pudo haber sido influenciada por una nueva costumbre; tampoco que pudo haber oficios exclusivos de un solo sexo, hasta que fue aceptado o necesario diferenciar a los del otro. Antes, por ejemplo, no había un número considerable de mujeres piloto; y siempre se ha dicho “la piloto”, nunca “la pilota”. Tampoco se nos ocurriría algo aún más feo: decir “la comandanta”… (asunto que incluso ameritaría otro tipo de comentario)

 

Dicen los que saben un poco más de estas cosas, que hubo una edad feliz cuando este tipo de asuntos a nadie importaba; hoy hay gente que quiere llamar la atención cada vez con un nuevo disparate, se han inventado piruetas que maltratan el idioma como aquello del leguaje inclusivo, la paridad de género, lo políticamente correcto u otras necedades parecidas. Lo propio acontece con eso de los “ministros y ministras”... Antes vivíamos más felices y sin dejar que estas estupideces nos afectaran con sus ridículos complejos; simplemente seguíamos reglas gramaticales y sabíamos que la Academia recomendaba economía y simplificación en el uso de la lengua.

 

Hace un par de generaciones solo había modistas. Si era varón, se le decía  “sastre diseñador”; pero hoy hay “modistos”, y me parece bien. O no había “peluqueros de señoras”, los varones cortaban a los varones y las mujeres a las mujeres; hoy sí existen y no ha pasado nada; todos tan felices. Todo es cuestión de costumbres. Antes se decía capitán luego –con el advenimiento del jet o de los vuelos internacionales– empezó a usarse el término comandante. Así se conocía al capitán de una aeronave de gran tamaño. Hubiese sonado ridículo llamar comandante al piloto de una avioneta de dos asientos (se lo hubiera hecho al precio de provocar una disimulada sonrisa).

 

Un día en la tienda “Sorrens” de Nueva York, lugar donde compraba la gente de aviación, departí con un tripulante argentino. Me comentó que era “comisario de abordo”, expresión que jamás había escuchado. Le pregunté si había dicho “comodoro”. “No –me dijo– solo comisario. En mi país llamamos así a los supervisores de cabina"… Las palabras cambian con el tiempo; pero es la sociedad la que va cambiando las palabras; no son las palabras las que cambian la sociedad. Quizá el problema lo estemos creando nosotros, y todo por puro prurito seudo–político. Tengo una nuera pediatra; aún si fuera yerno, no haría falta cambiarle de género y ponerle una “o” para definir su oficio.


Share/Bookmark

29 septiembre 2022

¡Stop all that clutter!

Bullicio, desorden, congestión, interferencia, caos, desarreglo, basura; almacenar sin orden, ruido innecesario… “Clutter” (o “to clutter”) es una de esas palabras del inglés que no tienen traducción exacta o que tienen múltiples y muy disímiles significados de acuerdo con el tema que pudiera estarse tratando. El uso más generalizado pudiera ser el de almacenar algo en forma desprolija, sin orden ni concierto; también querría decir congestión caótica, o aquello de amontonar –sobre todo artículos o efectos sin valor– sin el respectivo cuidado o esmero. Durante mi actividad como piloto, “clutter” era una palabra de uso más bien frecuente y quería decir distorsión, estorbo, interferencia…

 

“Clutter” es por ejemplo cuando se apunta con la antena del radar muy hacia abajo y los retornos que se reciben se mezclan con la detección del terreno, entonces reconocemos que existe “ruido” o interferencia. Lo propio sucede con las comunicaciones aeronáuticas por culpa de la estática, o debido a ciertos fenómenos que son ocasionados por la atmósfera o por las condiciones meteorológicas; entonces se producen interferencias que no solo interrumpen, distorsionan e imposibilitan las comunicaciones de radio (particularmente en HF o alta frecuencia) sino que estas crean un ruido insoportable y de los mil demonios. También se dice que hay “clutter” cuando se opera en áreas congestionadas, como en la proximidad de un aeropuerto y el uso desaprensivo e indiscriminado de la radio interfiere con el control de tránsito aéreo, asunto que pudiera afectar directamente a la seguridad aérea.

 

Desde temprano, en el ejercicio de nuestro oficio, los pilotos aprendemos a discriminar lo accesorio de lo esencial, lo importante de lo precindible; y se nos enseña que lo excesivo e innecesario muchas veces no solo que interfiere en una positiva y segura forma de comunicación, sino que toda esa bulla o ruido–basura pudiera convertirse en un serio impedimento para la eficiencia de la operación, o incluso en causa de distracción y de que se produzcan lamentables accidentes. No extraña, por lo mismo, que se utilice, en las fases críticas del vuelo, un estricto protocolo que no permite ningún tipo de conversación o comunicación insustancial que pudiera alterar la concentración y afectar, como consecuencia, a la seguridad aérea.

 

Esto que es parte de lo que llámanos “procedimientos estándares de operación” (o SOPs, por sus siglas en inglés) es una muy buena costumbre, y lo hemos incorporado de manera tan celosa en las tareas relacionadas con nuestra actividad que, casi sin que nos hayamos dado cuenta, ha pasado también a convertirse en un hábito en nuestras actividades cotidianas. Esto nos ha ayudado a ser más ordenados y prolijos, y –sobre todo– a soslayar todo asunto superfluo o innecesario que nos pudiera hacer descuidar lo verdaderamente prioritario e importante.

 

Estoy convencido de que en la actualidad existe un abuso indiscriminado de transferencia de basura cibernética en las redes sociales. No estamos considerando que eso de pasar cualquier tipo de información, porque sí o por el simple prurito de copiar algún asunto, no aporta nada positivo para nuestros contertulios. A más de entorpecer el flujo rápido y eficiente de buena y relevante información, solo estamos creando una innecesaria sensación de fastidio en quienes no desean recibir el sucedáneo de ese correo–basura que en el pasado solía llegarnos, mucho antes de que el internet y los celulares pusieran a nuestra disposición todas estas magnificas herramientas que hoy utilizamos. 


Hace falta un cierto grado de conciencia para establecer una ya necesaria política de consideración y mutuo respeto. Debemos tratar de evitar ese anodino “clutter”, esa congestión indiscriminada de intrascendente información, compartiendo solo lo importante y estrictamente necesario. Si enviamos basura, solo podremos esperar que también se nos envíe basura de regreso. Si congestionamos estos formidables instrumentos que hoy nos sirven para comunicarnos y vivir mejor, lo único que estamos consiguiendo es que se “contaminen nuestros propios retornos” y terminemos confundiendo –y confundiéndonos– con toda esa innecesaria interferencia.


Share/Bookmark

27 septiembre 2022

La trampa, ¿señuelo o artimaña?

Hay trampas que se ponen o construyen y otras que se ejecutan, se realizan o se hacen. Me explico: trampa es el artificio o artefacto, como el aparato para cazar ratones, por ejemplo; pero es también la acción vil y engañosa, el ardid fraudulento para ganar algo o aprovecharse de la rectitud o la ingenuidad ajenas. Claro que en ocasiones pudiera darse una sórdida competencia entre tramposos en la que ganaría el rufián que exhibiría más destreza, pero eso ya es otra cosa. Ya se sabe: quien roba a ladrón… También pudiera darse algo aún más sórdido: ello sucedería si alguien fabricaría una trampa, haría trampa en su instalación y, vistos los resultados, también haría trampa procurando ocultar la razón de su fallido y desastroso experimento…

 

A este tipo de trampas quizá se refieren sendos conceptos que hallamos en el Diccionario de la Lengua para definir la porfía del tramposo. Ellos están contenidos en las acepciones 6, 7 y 8. Revisemos: 6. f. Contravención disimulada a una ley, convenio o regla, o manera de eludirla, con miras al provecho propio; 7. f. Infracción maliciosa de las reglas de un juego o de una competición; 8. f. Ardid para burlar o perjudicar a alguien.

 

Eso de trampear (o “to cheat”, en inglés) hace daño al afectado, no solo porque lo perjudica sino porque mina su confianza en el otro. Con la trampa se entrega el mensaje de que si se lo hizo una vez, no hay seguridad de que no se lo vuelva a repetir. Ninguna relación perdura si se lastima la confianza, ninguna sociedad subsiste sobre las arenas movedizas de la desconfianza o de la confianza erosionada. Nada hay más vergonzoso que una trampa evidenciada, nada más deshonroso que el ardid descubierto en evidente flagrancia. Nada tan ruin como el engaño o la argucia; nada peor que la jugarreta o la estratagema intencional que ha sido puesta en evidencia. Por eso duele más el engaño que el perjuicio ocasionado.

 

Trampear es un verbo que se conjuga en todos los tiempos y también en todos los pronombres... Por ello, puede decirse que cuando la sociedad ha perdido sus valores, aquello de trampear se convierte en un gerundio intolerable. En cuanto al vocablo “tramposo”, el diccionario reserva sus dos primeras acepciones para quien engaña a su pareja y para quien incumple con la palabra empeñada respecto a sus obligaciones financieras: 1. tr. coloq. Engañar a alguien o eludir alguna dificultad con artificio y cautela; 2. intr. coloq. Pedir prestado o fiado con ardides y engaños.

 

Pero le hace falta una acepción al diccionario: aquella de traicionar a propósito y con evidente intención la confianza ajena. Es lo que hizo Boeing, la empresa fabricante de aviones, que –por razones puramente comerciales– desinformó a sus propios inversionistas, a la industria aeronáutica y al público en general acerca de las deficiencias de diseño del avión 737 MAX; y particularmente de la instalación de un computador defectuoso (MCAS), el mismo que disponía de un sensor sin la redundancia (“back-up”) adecuada. Boeing ocultó a los operadores su chapucera instalación. Aquella negligencia produjo la escalofriante pérdida de 346 vidas humanas en dos accidentes distintos. Además, los pilotos nunca fueron alertados de la existencia de dicho equipo. Y como no estuvieron entrenados, tampoco supieron qué hacer en caso de un mal funcionamiento…

 

En resumen, Boeing fabricó una trampa y –apartándose de su línea de conducta tradicional– cometió el fraude de callar, engañar y no advertir a la industria. Una vez que sucedieron las tragedias tampoco tuvo la honradez de reconocer oportunamente su responsabilidad. Estos días la “Securities and Exchange Commission”, SEC (Comisión de Valores Bursátiles) ha aplicado una multa de USD 200 millones a la Compañía Boeing por la negligente conducción del irregular proceso. Pero lo que representa una vergüenza, y un mal chiste, es la multa impuesta al ex-director del fabricante, Dennis A. Muilenburg, por un millón de dólares. Muilenburg, pese a su desastrosa participación, cobró la bicoca de USD 60 millones de compensación por su bien merecido despido… ¡Todo un premio para una trampa!


Share/Bookmark

25 septiembre 2022

Boletín de Prensa de la SEC *

* Boletín de la Comisión de Valores (USA), Washington 22 de septiembre de 2022. Con mi traducción.

 

La Comisión de Valores y Bolsa acusó hoy a la Compañía Boeing y a su ex CEO, Dennis A. Muilenburg, de que efectuaron declaraciones materialmente engañosas tras los accidentes de dos aviones Boeing en 2018 y 2019. Los accidentes involucraron al  Boeing 737 MAX y a una función de control de vuelo llamada “Sistema de Aumento de Características de Maniobra” (MCAS). Según el examen de la SEC, luego del primer accidente Boeing y Muilenburg ya sabían que el MCAS planteaba un problema continuo de seguridad en esos aviones pero aseguraron al público, , sin embargo, que el 737 MAX era "tan seguro como cualquier otro avión que haya volado por los cielos". Más tarde, luego del segundo accidente, también aseguraron al público que “no había deslices ni lagunas en el proceso de certificación con respecto al MCAS”, a pesar de ser conscientes de información contraria.

 

"No hay palabras para describir la trágica pérdida de vidas provocada por estos dos accidentes aéreos", dijo el presidente de la SEC, Gary Gensler. "En tiempos de crisis y tragedia es especialmente importante que las empresas y sus ejecutivos proporcionen revelaciones completas, justas y veraces al mercado. Boeing y su ex CEO, Dennis Muilenburg, fracasaron en esta obligación tan básica. Ellos engañaron a los inversionistas al proporcionar garantías sobre la seguridad del 737 MAX, a pesar de conocer graves problemas de su seguridad. La SEC sigue comprometida con erradicar la mala conducta cuando las empresas públicas y sus ejecutivos no cumplen con sus obligaciones esenciales con los inversionistas".

 

Según el examen, un mes después del vuelo 610 de Lion Air, con un avión 737 MAX que se estrelló en Indonesia en octubre de 2018, Boeing emitió un comunicado de prensa, editado y aprobado por Muilenburg, que destacó selectivamente ciertos hechos de un informe oficial del gobierno indonesio que sugería que un error del piloto y el mal mantenimiento del avión contribuyeron al accidente. El comunicado de prensa también dio garantías de la seguridad del avión, al no revelar que una revisión de seguridad interna había determinado que el MCAS planteaba un "problema de seguridad del avión" y que Boeing ya había comenzado a rediseñar el MCAS para abordar el problema, de acuerdo con el informe de la SEC.

 

Aproximadamente seis semanas después del accidente de marzo de 2019 del vuelo 302 de Ethiopian Airlines, con otro 737 MAX, y la puesta en tierra –por parte de los reguladores internacionales– de toda la flota del 737 MAX, Muilenburg, que estaba consciente de la información que cuestionaba ciertos aspectos del proceso de certificación relacionado con el MCAS, dijo a los analistas y reporteros que "no hubo sorpresa o brecha... que de alguna manera podía haberse presentado en el proceso de certificación" y que Boeing "había vuelto la vista atrás y confirmado de nuevo... que habíamos seguido exactamente los pasos de nuestros procesos de diseño y certificación que producen constantemente aviones seguros".

 

"Boeing y Muilenburg pusieron las ganancias por sobre la seguridad de las personas, engañando a los inversionistas respecto a la seguridad del 737 MAX; todo en un esfuerzo por rehabilitar la imagen de Boeing después de dos trágicos accidentes que resultaron en la pérdida de 346 vidas y un dolor incalculable para tantas familias", dijo Gurbir S. Grewal, Director de la División de Cumplimiento de la SEC. "Pero las empresas públicas y sus ejecutivos deben proporcionar información precisa y completa cuando hacen revelaciones a los inversionistas, sin importar las circunstancias. Cuando no lo hagan, los haremos responsables, como  lo hemos hecho aquí".

 

El informe de la SEC, respecto a Boeing y Muilenburg, encontró que se habían violado negligentemente las disposiciones antifraude de las leyes federales de valores. Sin admitir ni negar los hallazgos de la SEC, Boeing y Muilenburg dieron su consentimiento para “cesar y desistir” órdenes que incluyen sanciones por 200 millones de dólares y 1 millón de dólares, respectivamente. Se establecerá un “Fondo Justo” en beneficio de los inversionistas perjudicados de conformidad con la Sección 308 (a) de la Ley Sarbanes-Oxley de 2002.

 

La investigación fue llevada a cabo por la Oficina Regional de Nueva York con asistencia de la Unidad de Primera Instancia. La SEC agradece las asistencias de la Sección de Fraude de la División Penal del Departamento de Justicia y de la Oficina Federal de Investigaciones.


Share/Bookmark

22 septiembre 2022

Crónica de un rechazo anunciado

Dice alguna prensa que el mundo mira “con enorme sorpresa” los resultados del referéndum chileno. No pienso así; creo que los pueblos son volubles e impredecibles, igual que somos los seres humanos. ¿Cómo interpretar el rechazo de comunidades enteras a la multiculturalidad de los pueblos aborígenes?, ¿o que las mujeres votaran contra una propuesta feminista, o que una mayoría de gente postergada rechazara un texto “garantista”? La respuesta no luce simple, pero la gente habría respondido –por una vez– con un rezago de sabiduría, se habría dado cuenta que el documento era una quimera y se dijo: “no, no quiero la luna, solo quiero que alguna vez me traten con cariño”.

 

Lo único claro es que si la mayoría no respaldó la propuesta, tampoco estuvo de acuerdo con las protestas callejeras de 2019; así, con su voto, apagó el incendio que habían provocado los violentos. El fracaso confirmaría, además, la real existencia de la sospechada infiltración de gente ajena –con oscuros intereses– en esas manifestaciones; o, tal vez, que el supuesto vacío constitucional fue solo un mero pretexto para las protestas. La lección a aprender, para los demás países de la región, es que existió, con harta probabilidad, un excesivo ingrediente ideológico en la conformación de la Convención, toda vez que sus miembros fueron elegidos después de las protestas; por ello, dadas las reglas del juego, no sería raro que los “independientes” no lo hubieran sido realmente.

 

Una carta magna no es lo mismo que una ley cualquiera. Una constitución requiere de un distinto tratamiento; para empezar, debe prescindir de ese alto contenido ideológico que inspira a las leyes. Su alcance es más conceptual: se refiere a la estructura del estado, a la relación con los ciudadanos, a su organización política. Por tanto, no se entiende la integración de una constituyente donde estén ausentes los juristas y, de preferencia, los constitucionalistas. En cuanto a las ideologías, es inevitable que los juristas puedan tener también una tendencia política. Ser neutral o imparcial es casi imposible, pero se puede al menos tratar de ser objetivo.

 

Para el caso chileno, esa selectiva presencia de juristas no fue consolidada con oportunidad; además, la votación efectuada para escoger a los eventuales integrantes tuvo un claro tinte político, que se contaminó con el carácter pendular de las elecciones partidistas y con el desencanto que pudo haber acumulado un presidente joven e inexperto, aspectos que marcaron diferencia. Ya se sabe: una cosa es con guitarra y otra con violín, una cosa es criticar, gritar y tirar piedras y otra muy diferente gobernar. El exceso de ímpetu ideológico y la carencia de una voz ecuánime pudieron erosionar el espíritu inicial y todo quedó en novelería. La prueba es que no se logró estructurar un texto equilibrado y al final se quiso proponer un documento algo novedoso pero todavía irrealizable…

 

La propuesta pecó por muy extensa. Esto se debió a que redundaba en ciertos conceptos o, con mayor probabilidad, a que recogió asuntos que bien pudieron ser incluidos en otras leyes. Una constitución debe ser un documento que defina y exprese el concepto que se quiere tener del Estado y de su sistema democrático; debe tener, por tanto, un número más reducido de artículos, que persigan establecer esos importantes conceptos con claridad.

 

Una nueva constitución no equivale a refundar un país, lo que se quiere es conservar lo bueno y corregir lo malo; se debe evitar lo novedoso, aquello que por su impacto produce la apariencia de ser esencial. No extrañaría que pudiera haber habido un excesivo aporte generacional que incidió en la redacción final de la propuesta. Una constituyente requiere de gente mesurada y ecuánime, con más experiencia, que esté persuadida de que es mejor un cambio paulatino y moderado; gente que entienda que asuntos como la plurinacionalidad, la paridad de género y el ecologismo son muy relevantes pero no tan urgentes ni esenciales.

 

La nueva convención tendrá que evitar una tonalidad ideológica, y un discurso que genere temores respecto a la propiedad y a lo que deba entenderse respecto a las “nacionalidades”. Un estado puede ser multicultural, e incluso multinacional, pero se debe tener claro qué se quiere decir con un término que puede sugerir diversos significados. Además, debe evitar que se establezcan categorías entre los ciudadanos, con diferentes derechos u obligaciones.


Share/Bookmark

20 septiembre 2022

Elogio del maestro remendón

La Caldas, como la recuerdo, consistía en una cuesta de gradiente pronunciada en sus dos sentidos. Si la carrera Guayaquil la partía en forma longitudinal, pudiera decirse que viví en el lado occidental de la Caldas por algo más de diez años, desde cuando sucedió el penoso tránsito de mi madre. La Caldas (llamada así en honor al prócer, sabio y mártir colombiano Francisco José de Caldas Tenorio Gamba y Arboleda, quien vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX) era entonces una calzada pavimentada de aceras más bien generosas. Hace pocos años la habían adoquinado, quizá con el propósito de darle un carácter más a tono con el centro histórico.

 

Pero la Caldas del lado occidental, no era así de ancha a lo largo de toda su extensión. De la Guayaquil hacia arriba, yendo hacia poniente, o como quien se dirige a la Basílica del Voto Nacional, la vía –por lo menos en los tiempos en que ahí residí– lucía como una especie de embudo. En efecto, la fachada de las primeras casas del lado norte de la calzada (es decir, subiendo hacia mano derecha) invadía el límite de la línea de fábrica establecida. Además, la vereda –en esa parte– estaba revestida con lajas de piedra, lo que la hacía sobremanera resbalosa. Era cuestión de tiempo para que esas casas fueran demolidas (o que se les ordenara ajustarse a la ordenanza); por lo que, con los cambios arquitectónicos que produjo más tarde la remodelación de la plaza de San Blas, ello efectivamente sucedió.

 

Había, entonces, una ostensible irregularidad (un diente) en el trazo rectilíneo de la vereda, saliente que originaba un notorio recoveco convertido en indeseable rincón pestilente. Da pena comentarlo, pero el recodo se había transformado en ocasional y recurrente urinario público. Allí apuraban sus incontinentes trámites no solo los borrachos y oficinistas apresurados, lo hacían también los mozalbetes desaprensivos y los tarambanas trashumantes. En suma todo aquél que se había olvidado de efectuar sus líquidas deyecciones antes de salir de casa, y esto –además– si es que al desvergonzado no se le había ocurrido también aprovechar de la sombra que proyectaba un poste que allí mismo existía para evacuar sus sólidos detritos malolientes…

 

Era ese un oscuro rincón que afeaba la cuadra. Por lástima, estaba avecinado a la residencia de quienes fueron los amigos más cercanos que tuvimos en nuestros años de niñez (no digo “infancia”, porque es vocablo de curiosa etimología: viene del latín ‘infans’ que quiere decir “el que no habla”). Ahí mismo, al lado del fétido y evitable ángulo, un laborioso sastre de contradictorio apellido, había instalado el discreto taller donde realizaba sus tareas de alfayate (era una injusta ironía que un individuo tan industrioso y cumplidor mereciera ese apellido). El local no albergaba únicamente su taller; ahí mismo, en un pequeño espacio protegido por una frágil mampara, había instalado los pocos bártulos que conformaban su lúgubre dormitorio. Pudiera decirse que aquel lugar era también su mísera morada.

 

Fui en repetidas ocasiones a la modesta sastrería. Allí no solo confeccionaban y alteraban prendas de vestir; otro de sus servicios era el de planchado. Aquél era un recinto de regular tamaño, pero nunca dejaba de llamar la atención que, tanto el abnegado “maestro” como el resto de su familia –para no mencionar a sus operarios– pudieran realizar tan variadas tareas, no siempre relacionadas con el oficio, y sobre todo, las referentes a los asuntos privados, en espacio tan reducido. Si las gavetas de las máquinas y mesas de trabajo habían recibido el gráfico remoquete de “cajones de sastre”, la totalidad misma de aquel taller-vivienda también merecía similar forma de metáfora. Todo ese lugar era un verdadero “cajón de sastre”, donde –para colmo– se expendían también diminutos peces tropicales.

 

Pienso en el sencillo y atiborrado espacio donde vivía toda la familia de ese cordial y siempre sacrificado padre de familia, y no puedo sino hacer reverencia a la forma empeñosa y puntual con que ejercía su honrado oficio. Hoy rindo homenaje a todos aquellos otros artesanos que hacen más fácil y llevadera nuestras vidas y que cumplen con portentosa efectividad sus –en apariencia– insignificantes labores. Medito en tantas otras humildes tareas efectuadas por quienes, si no existieran, simplemente dejarían sin realizar muchas de esas actividades. Piénsese –en cuanto a reparaciones– en el trabajo del electricista, del albañil o del plomero (fontanero o gasfitero de otras latitudes) y no podremos sino alabar su prodigiosa destreza y agradecer su servicial compromiso.

 

Esos maestros costureros fueron gente sencilla, un colectivo que siempre acicateó mi gratitud y admiración, un gremio de artesanos diligentes y confiables. Ahí estuvieron –con tiza, aguja y alfiler– los Jaya y los Contreras, los Llumiquinga y los Pumasunta; prosapia laboriosa que atendió mis encargos y soslayó mis quisquillosos remilgos.


Share/Bookmark