06 noviembre 2022

Despistes *

 * Escrito por Juan José Mlilás, para Babelia

 

Llamaron a la puerta. Era mi vecina, que se quedó viuda hace un mes, pobre. Sus tres hijos se encuentran en el extranjero y vive sola, como yo. Venía a devolverme un tomate que le había prestado el martes. En realidad, no le había prestado ningún tomate el martes, pero me pareció una indelicadeza rechazárselo y lo tomé con muestras de gratitud. Más tarde, a la hora de la cena, mientras preparaba el tomate para hacerme una ensalada, me dio por pensar que quizá era yo el que se había olvidado del préstamo y no ella la que se lo había inventado. De hecho, desde el fallecimiento de mi mujer, del que enseguida hará dos años, me falla la memoria de lo inmediato.

 

Al día siguiente, cogí un par de huevos del frigorífico y llamé a la puerta de mi vecina. Le dije: “Toma, los huevos que me prestaste el jueves”. “No haberte molestado”, dijo ella aceptándolos, “pero me vienen bien, tengo la nevera vacía”. La verdad es que no me había prestado ningún huevo el jueves ni ningún otro día, pero los recibió con tal naturalidad que dudé de mí. Tal vez sí me los había prestado y no lo recordaba.

 

Poco tiempo después apareció ella con una tacita de sal que aseguró deberme. La tomé y de paso le di los dos pimientos rojos que afirmé deberle yo. De este modo, cogimos la costumbre de devolvernos cosas que no nos habíamos prestado o que habíamos olvidado haberlo hecho. Siempre eran cosas sencillas: una cebolla, un puerro, unos alicates. Un día que vino a devolverme un ibuprofeno la invité a tomar un café y vimos juntos el telediario. Luego se levantó y procedió a despedirme como si fuera ella la que vivía en mi casa y yo en la suya, de la que me dio las llaves como si se me olvidaran. “Que te dejas las llaves, despistado”, dijo. Ahora vivo en la casa de al lado, que creo que no es mía, aunque tampoco me atrevería a asegurarlo.


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04 noviembre 2022

La “tesitura” del aviador

Hace pocas semanas publiqué una entrada con el título “La circunstancia del aviador”. Hoy estuve tentado a repetir el título (como parte dos) pero advertí que quería hablar de una muy distinta circunstancia. Se me había ocurrido usar el término “tesitura” en lugar de circunstancia, esto a pesar de que un par de amigos insisten en que a veces utilizo palabras que no entienden o que son un tanto “rebuscadas”. Yo uso tesitura con parecido sentido, como eso mismo: circunstancia, situación, predicamento o condición; el DLE (antes DRAE) define tesitura como coyuntura, encrucijada o circunstancia. Algo me dice, no obstante, que, para lo que quiero exponer, quizá por su sentido etimológico, tesitura es en este caso la palabra más adecuada.

Veamos: el mismo diccionario menciona que tesitura viene del italiano tessitura y este del latín tessere que significa tejer, acción que no es otra que fabricar una textura, un tejido. Visto así, tesitura es algo más que una circunstancia, es más bien un entramado, una combinación de circunstancias; es abundancia de coyunturas o multiplicidad de encrucijadas. Un tejido es algo más que una condición, es a la vez labor y tarea (piénsese en una textura fabril, por ejemplo), es un entramado hecho de bisectrices diminutas que, para su elaboración, ha seguido un proceso y una secuencia. Es lo que hoy llaman algoritmo: un conjunto ordenado de operaciones que permiten llegar a un resultado.

 

Cuando en días pasados hablé de la “circunstancia del aviador” mencioné los aspectos físicos que afectan su actividad (ruido, exposición al riesgo, vibraciones), pero dejé pendientes, con intención, las consecuencias inmediatas de su ejercicio: básicamente la itinerancia de su oficio, el alejamiento de su hogar y de su ambiente natural (sus ausencias). Porque si hay algo que importa más que los ruidos y las vibraciones, que el impacto de los rayos cósmicos o el efecto de las continuas presurizaciones, es ese ir y venir (cada vez hacia un lugar distinto) que convierte su oficio en algo ambulante, errabundo y... “planetario”. No es coincidencia que en inglés se llame “wanderers” a los planetas, palabra que quiere decir vagabundos, porque literalmente deambulan por toda la esfera celeste…

 

Ese estar y no estar, esa presencia intermitente, la ausencia en las celebraciones familiares, aquel desplazamiento durante las efemérides importantes, ese “no estar” cuando ocurren los accidentes, desgracias y calamidades… todo constituye un entramado complejo que prefiero considerar como una “una gran y privativa circunstancia”: una tesitura. Para colmo, las tareas relacionadas con la aviación reciben todavía en nuestro medio un exiguo reconocimiento; prueba de ello es el inusitado éxodo de gran parte de los profesionales aeronáuticos hacia otras latitudes (y longitudes). Si desean un mejor estándar de vida, ofrecer una mejor educación a sus hijos y optar por mejores oportunidades, están obligados a considerar otras opciones. Se ven obligados a desarraigarse y emigrar.

 

La posibilidad de conocer otros países ofrece al piloto una visión más amplia; él intuye que el mundo no es tan ancho ni tan ajeno, como alguien postulaba. Ir a ofrecer sus servicios y capacidades, en tierras allende los mares –en Asia particularmente–, le parece tanto una aventura cuanto un desafío; hay una parte de la ecuación que se presenta como un esfuerzo, si no como un sacrificio, pero aprecia su contraparte: las novedosas e inéditas oportunidades. En la expectativa, se integra una auspiciosa coyuntura: vislumbra el aporte para el futuro de la familia, para la formación de los hijos o para anticipar los recursos que harán más fácil su propio futuro. Él ya estaba cansado de admirar otros estándares, cual  mendigo frente a una vitrina, apreciando cosas que sabía que no las podría conseguir…

 

El aviador sabe que, como toda tesitura (como todo tejido), la oportunidad ofrecida es efímera y contingente y que ahí, en las encrucijadas, condición donde los caminos se cruzan, confluyen o bifurcan, surgen siempre nuevas oportunidades y nuevas coincidencias. Interpreta entonces la coyuntura como un riesgo manejable, pero también como una posibilidad para otras generosas alternativas. En medio de la comprensible incertidumbre, confía también en las bondades que suele ofrecer el destino, que luego le deparará –¡inshallá!– mejores coyunturas y, por qué no, impensadas y felices circunstancias. Entonces, solo entonces, comprenderá el valor que tuvo su atrevimiento, comprobará cuál era el premio que le iba a entregar tan visionaria apuesta, tan esforzado compromiso.


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01 noviembre 2022

“Post hoc ergo propter hoc”

“Después de eso; por tanto, como causa de eso”. Expresión latina, atribuida a Aristóteles.

 

Si hago bien las cuentas, he sido burócrata por un cuarto de siglo. Algo que siempre me llamó la atención fue esa tendencia que tienen los funcionarios públicos de mezclar los tiempos del verbo. Es algo de lo que se han contagiado incluso quienes escriben para la prensa. Están mencionando unos antecedentes (pretérito), y –saz– van y dicen: “En 2014 se firma tal convenio” o “se da tal disposición” (presente, cual pretérito)… No sé si es una moda, pero me parece que es una innecesaria distorsión en la correcta aplicación de los tiempos del verbo.

 

Pensaba en esto el otro día cuando alguien me pasó una pequeño cuento que había escrito para que lo revisara y le diera mi opinión; este se relacionaba con la casualidad. El autor ya había hecho una serie de correcciones, cambiando a pretérito lo que estuvo originalmente en presente, para darle así ese toque de confidencia que debe tener la narrativa. Hay veces que incluso el pretérito resulta insuficiente; si se quiere atrapar y mantener el interés, hace falta recurrir al participio. Un “NN había nacido…” suena mejor que “nació…”, y así se entrega la impresión de que el narrador también se está enterando de a poco de los acontecimientos.

 

Fue entonces, en forma inesperada, que me puse a elucubrar en el sentido de la frase que da título a esta entrada; se trata de una forma de falacia que se conoce como “correlación coincidente”. Se trata de una expresión utilizada para indicar que una relación casual ha sido erróneamente asumida al aplicarse una determinada secuencia. El ejemplo clásico es aquél de: “cada vez que el gallo canta sale el sol”, confundiendo así la causa con su consecuencia. En términos lógicos se estructuraría así: ”En vista de que A sucedió antes que B, B debe haber sido causado por culpa de A”. Es un juego verbal que sugiere que en vista de que algo sucedió más tarde, el episodio habría sido ocasionado necesariamente por el anterior evento.

 

En mis tiempos de piloto había algo que me producía cierto pánico: la posibilidad de confundir las horas de los itinerarios, más precisamente las horas de presentación para tomar los vuelos. Así descubrí lo que era el terror: eso de que me llamen a informar que el vuelo estaba por salir y que –como no había llegado– procedían a reemplazarme... Alguna vez, estando en entrenamiento, confundí la hora de salida de un vuelo que se originaba en Quito, sin advertir que el número del mismo cambiaba al salir de Guayaquil; cuando llegué a “reportarme” el avión ya había despegado… Aquello de calcular adecuadamente la hora de despierte, para programar la alarma correspondiente, fue algo que a todos nos dio más de una sorpresa. Es cuando uno no sabe qué es primero, si cerrar la maleta o entrar a la ducha…

 

Hace poco tuve un sueño relacionado. En él, me encontraba en el hotel listo para salir de vuelo, cuando advertí que no traía conmigo la camisa de repuesto. Tuve entonces que correr al sitio donde asignaban las prendas de dotación, lugar que servía también para alojar a otros tripulantes. Cuando llegué allí, el sitio estaba convertido en un guirigay pues lo estaban readecuando. Pero no ubicaron mi relación y no se me permitió el ingreso al establecimiento que estaba convertido en un caótico pandemonio. Ahí estaba yo, tratando de ubicar no sé si mi dormitorio o el uniforme. Aquel sitio, más sórdido que una cárcel, parecía un bullicioso manicomio. En esas urgencias, me pedían que fuera primero a entregar a un desconocido ¡una caja de legumbres en el bloque "H"!... 

 

Entonces he despertado… serían quizá las tres de la mañana pero no quise comprobarlo pues ya sé lo que siempre me pasa: que no puedo ya conciliar el sueño… Para colmo, tenía un fuerte dolor de cabeza y también me dolía la nalga… A pesar de ello, he logrado dormirme, todo para continuar soñando en lo mismo (sueño, parte II). Cuando he despertado de nuevo, ya era un poco tarde. Ahora me sentía aturdido por culpa de aquel libreto onírico, todavía con el maldito dolor de cabeza y consciente de que el de la nalga se había irradiado a toda la puta espalda…

 

Entonces me he levantado ansioso y he tardado en tranquilizarme; así he caído en cuenta que en realidad no estaba atrasado –no podría estarlo pues yo ya no trabajo– y que, aún en el “nunca consentido caso” de que lo hiciera, bien pudiera argüir simplemente que no había revisado debidamente el programa, que lo sentía pero que no avanzaba ya a llegar; que busquen nomás a otro (a otro flamante apurado). De todos modos, tengo que ir primero a entregar las verduras u hortalizas o lo que fueran, al tipo ese del bloque “H”... Es que, de todos modos no voy a poder hacer el vuelo porque no tengo mi camisa de uniforme, ni sé dónde diablos se encuentra, si en el sitio de alojamiento o tal vez en ese hospicio repleto de forajidos carcelarios. ¡Qué carajo!


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30 octubre 2022

La palabra ordenador *

* Escrito por Martín Caparrós, para El País Semanal

 

Hubo tiempos en que los españoles hablaban como franceses ásperos. En la segunda mitad del siglo XIX, la primera del XX, la influencia de Francia en este mundo era tal que cuando había que adoptar una palabra nueva, cuando había que nombrar algo que no existía del todo, usábamos las suyas. Con el impulso de aquellos años de grandeur llegaron del otro lado de los Pirineos el chófer y el garaje y el hotel, un bulevar, un autobús, la bicicleta, el ballet y la banca, la boutique, los carnés, el pantalón y el paquete y la pornografía, una élite y una gripe, un cable y un calibre y un chalé, el cine y el cliché, filmar y debutar, el complot y el confort y el comunismo, el oxígeno, el avión y el tren y la cabina, el billete e incluso la croqueta, un chef, un restaurante y su menú y sus filetes, el extranjero, la feminista y el fetiche, un somier o un bidé o una masacre. Lo raro de la palabra ordenador es que llegó mucho más tarde, cuando Francia ya estaba feneciendo.

 

Dicen que apareció en España hacia 1970; antes habría sido difícil, porque la cosa que designaba casi no existía. Y que los primeros libros y artículos que la nombraban se tradujeron del francés, así que aquí esta máquina con la que escribo se llama “ordenador”, mientras que en todo el resto del castellano se llama “computadora” —en el Cono más Sur— o “computador” —según se va hacia el Norte. Es la máquina que define nuestros tiempos, la que vive con nosotros nuestras vidas y no conseguimos darle un solo nombre e incluso dudamos de su género: no es lo mismo relacionarse con una máquina que con un máquino, está claro. También lo está la relación de fuerzas: unos 450 millones de personas la llaman computador(a); unos 45 millones, ordenador. Y, sin embargo, las palabras no se definen por sus números.

 

Pero los nombres no son neutros. No es lo mismo ordenar que computar: son dos operaciones diferentes. Ordenar es, si acaso, el paso previo para computar: para poder contar las cosas, primero hay que clasificarlas, separar peras de perras. Ordenador parece la continuidad del positivismo decimonónico: que haya un orden, que cada cosa tenga un sitio definido. Computador, en cambio, parece la glorificación de la caja registradora: vamos a contar números, sumarlos y restarlos. Dos ideas, dos épocas, dos mundos.

 

Pero ambas son, al mismo tiempo, un gran ejemplo de palabra que se fue alejando de su objeto —o viceversa. Palabras que mantenemos por comodidad, ya privadas de su sentido original: estas máquinas que usamos no solo ordenan, no solo computan; hacen tantas más operaciones que esos nombres son una reducción boba. Es como llamar reloj a eso que los modernos llevan en la muñeca: el reloj, como bien dice cualquier diccionario, es una máquina que marca la hora; ese engendro, como bien dice cualquier publicidad, habla canta te dice qué hacer te cuenta las flexiones te salva la vida te hace guay.

 

Pero nos apegamos a las palabras de antes y tratamos de darles significados nuevos. Son esos viejos nombres que ya no nombran lo que nombraban, que dicen otra cosa: rey, por ejemplo; hombre, por ejemplo; política, sin ir más lejos. Aceptamos que las palabras dejen de significar lo que significaban y pasen a tener otro sentido. Así, supongo, evolucionan: así, en lugar de inventar palabras nuevas para cada objeto nuevo, nos dejamos arrullar por las antiguas. Salvo, por supuesto, cuando ya no se puede, porque el objeto o el gesto son tan distintos que no hay palabra previa que los pueda contar; entonces utilizamos nuestra inventiva legendaria para engendrar vocablos.

 

Así, si nos pasan un tip descargamos en la tablet una app muy cool de una start-up que, si tenemos el password del wifi y entramos online, nos permite chatear o postear o hacer streaming o navegar random por la web hasta que algo en Twitter o Twitch o YouTube o Instagram o TikTok sea tan cool o creepy o sexy como para darle un like con emoji al influencer que lo linkeó, digamos. Que no lo hizo por marketing ni branding ni leches en vinagre: fue para conseguir feedback, algunos followers, si acaso un trending topic.

 

Y esto sí que se entiende en todos los rincones de la lengua: por suerte, con la globalización, el castellano se está haciendo cada vez más homogéneo.


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27 octubre 2022

Recuerdos de la Malinche

Llegué a Singapur hacia finales de 1997. Venía esta vez para iniciar mi entrenamiento previo en el Airbus 340. Pocas semanas atrás me habían llamado a informar que mi eventual entrenamiento para el Boeing 777, para el que inicialmente me habían contratado, estaba postergado y que, si estaba interesado, les gustaría adelantar mi ingreso si estaba de acuerdo con entrenarme en el avión europeo. Lejos estaba de imaginar que ese sería mi hogar por los siguientes doce años y que habría de volar para Singapore Airlines, o para una de sus empresas subsidiarias, por los siguientes quince. Tampoco habría imaginado que si hubiese insistido en volar el Triple 7, hubiera sido improbable que llegue a comandar el Boeing 747.

 

No éramos muchos los latinos cuando llegué; de un total de algo menos de mil comandantes, quizá 200 éramos extranjeros (“expats” o “expatriados”, en el lingo internacional). A la sazón, y por un corto tiempo, los ecuatorianos llegamos a formar un grupo de hasta seis pilotos (todos ex–Ecuatoriana); había también un mexicano, un colombiano (quien habría de fallecer víctima de un paradojal infarto, pues era un gran deportista), un peruano, un boliviano (pronto serían dos), un dominicano y al menos dos brasileños. Algo había en los modos del boliviano que hacía fácil identificarlo con un jurista o con un académico; nuestro principal apoyo constituían los pilotos que más tiempo habían residido en la isla: el dominicano para los asuntos administrativos, relacionados con la cultura empresarial; pero, para lo técnico y profesional nuestro referente fue siempre el mexicano.

 

Generoso y buen conversador, Ernesto –así se llamaba el mexicano– gozaba de una excelente reputación profesional, era el único de los latinos que operaba el “Mighty 747”: verdadero emblema de una flota que superaba los 120 aviones (en un hito histórico para la Boeing, SIA había adquirido 77 Triple 7s). Culto y de probable ascendencia francesa, Ernesto tenía una opinión para todo; había gozado de experiencia gerencial en sus desempeños anteriores. Su trato era cordial y su uso del lenguaje muy correcto y comedido; jamás utilizaba un “expletivo” (eufemismo para mala palabra) y cuando sentía el impulso de usar el más común de los mexicanos insultos (“hijo de la chin…”), simplemente hacía una mueca de inconformidad y emitía un sutil “hijo de la chifosca”. Y así lo apodamos: de “Chifosco”.

 

Fue probablemente a él, a quien volví a escuchar una voz que alguna vez había recogido de mis lecturas de los cronistas españoles; de hecho, es también probable que para evitar que se popularizara ese infame mote, él había dejado de usar el término que dio origen a su remoquete y habría optado por el menos áspero “hijo de la Malinche”… Malinche es un vocablo muy usado en México; está relacionado con un personaje histórico, pero ha venido a significar asuntos diversos: para unos (quizá para la mayoría) es el paradigma de quien no aprecia lo propio, lo autóctono, incluso puede ser el apelativo para quien traiciona lo nacional en favor de lo extranjero. Para otros es una suerte de símbolo de algo que hace cinco siglos se tornó en inevitable: la aproximación entre dos culturas, el mestizaje.

 

Malinche, o Malinalli en náhuatl, o también Malitnzin, fue el nombre de una indígena nacida en Coatzacoalcos (lugar ubicado en la parte norte del itsmo de Tehuantepec), una región cuyos pueblos estuvieron enemistados y resentidos con los mexicas; ella había viajado desde muy temprano en su adolescencia y aprendido el maya; actuaba como traductora y sirvió de intérprete a la llegada de los españoles. Se cuenta que habría sido parte de un grupo de veinte muchachas que habrían sido “cedidas” por un cacique yucateco para que “sirvieran” a los europeos. Es probable que al bautizarla se le haya dado el nombre cristiano de Marina por su parecido fonético. Malinalli es una voz relacionada con la divinidad de la hierba; asimismo, “tzin” constituye una declinación de carácter reverencial (algo así como “doña” en castellano). Por todo esto, y por su influencia, la trataban con respeto y la llamaban “doña Marina”.

 

El punto es que al ser puesta al servicio (y cual nupcial compañera) de uno de los capitanes de Hernán Cortés, Malitzin pronto aprendió el idioma ibérico y fue de muy provechosa utilidad para la comunicación de los españoles durante los primeros años de la conquista. Pronto, su compañero fue “transferido” a España y lo que al principio se había disimulado, fue cada vez más evidente: Marina era una mujer vivaz, no solo que actuaba de intérprete sino que cobró inusitada influencia; pronto se convirtió en la consejera, confidente y amante de Cortés y su ayuda fue fundamental para los pasos iniciales de la conquista. Malintzin fue la madre del primer hijo del conquistador español. No fue ni una heroína ni una “mujer de la vida”; simplemente una “hierba” que el destino puso en la mitad de una extraordinaria circunstancia. Todo en el crucial contexto del formidable siglo de los descubrimientos…


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25 octubre 2022

Asignaturas pendientes

Todos tenemos “cosas por hacer”, asuntos que –queriéndolo o no– siempre dejamos para otro rato, para cuando tengamos tiempo y no tengamos nada que hacer (pero que llega el tiempo en que ya tenemos ese tiempo y también nada–que–hacer y tampoco las hacemos); ahí, entre esas cosas están los documentos que ofrecemos o prometemos poner en orden y en su lugar, o simplemente todos esos cajones y repisas donde todo parece tan ordenado pero que, dada la necesidad y circunstancia, nunca vamos a poder encontrar con facilidad lo que, en caso dado, alguna vez nos proponemos. Está por ahí también esa lista con los trámites, gestiones y todos esos otros asuntos que no hay, que no se puede, dejar de hacer pero que, por uno u otro motivo, los postergamos (como parte de ese verbo vergonzante que es el de procrastinar)…

 

Pero también hay otra lista, u otras listas, ahí se registran ciertos asuntos que (gracias a Dios) no “los–tenemos–que–hacer”, pero que han pasado a formar parte de nuestros proyectos o de los designios de nuestra indecisa voluntad. Ahí están las mejoras que queremos hacer en casa; ciertas prendas que queremos comprar o adquirir; los libros que tenemos planificado leer; las tareas o temas pendientes para cuando vayamos a un cierto punto o lugar, o por ahí cerca. En mi caso particular, tengo otra lista: son los lugares que aún me gustaría conocer o a donde quisiera volver –aunque sea una última vez– si todavía queda tiempo y “si todavía tenemos como” (eufemismo por “si hay tiempo y dinero”); es decir, vaya… “antes de partir”.

 

Como se pudiera comprender, aquello de ser o haber sido aviador no es necesariamente un factor equivalente a “haber viajado por todo el mundo”. De hecho, hay pilotos que, aunque parezca insólito o incomprensible, no han ido a ninguna parte a menos que hubieran salido de vacaciones; su trabajo se ha limitado a hacer vuelos “locales”, es el caso, por ejemplo, de ciertos instructores de vuelo que no hacen otra cosa que volar “al eco (al este) de la estación”, o para poner otro ejemplo, el de los fumigadores. Desde la perspectiva de los viajes, solo de los viajes, lo ideal quizá sería lo contrario: volar a todas partes, a cualquier lugar, siempre que tengamos el tiempo disponible. Pero, claro, ese no siempre es el caso, los viajes son casi siempre costosos y su realización requiere de un presupuesto, de una reserva especial.

 

Por ello es que hay también otra lista, una lista final, una que llamaría “la lista de los antojos finales”, algo parecido a la que elaboraron un par de improvisados amigos en esa película traducida como “Antes del fin” (“The bucket list”). Así, en cuanto a viajes, digo a prospectos de viaje, hay unos pocos que todavía me gustaría hacer. Se trata de lugares que no he conocido todavía o de otros a los que aunque ya he ido, ya los conozco, pero me gustaría volver una vez más; me gustaría repetir… Mención aparte merecen esos paseos planificados que, por circunstancias imprevistas y de última hora, nos vimos obligados a suspender y que nos dejaron, en la lista de experiencias no realizadas, el renovado propósito de intentar en el futuro una nueva vez. Tal fue, en mi caso, un viaje a Florencia que no pudo ser…

 

Era verano de 1997, yo volaba entonces para Korean Air; habíamos programado con mi familia reunirnos en Seúl a principios de agosto para continuar a Florencia donde habíamos arrendado un departamento por ese mes. Aprovechando de los boletos que la compañía nos proporcionaba, mi familia debía subir a Nueva York para continuar hasta Corea donde iba a permanecer por unos pocos días antes de continuar a Roma. Poco antes, durante los últimos días de julio, me encontraba realizando un vuelo a Bangkok y Singapur que me tomó unos cuatro días. Al tiempo que yo efectuaba esta rotación, y totalmente ajeno a lo que sucedía en Quito, uno de mis hijos había tenido un muy grave accidente que lo tuvo en coma y, más tarde, en cuidados intensivos. Del trágico accidente solo me enteré al volver a Seúl. Como era lógico, tuve que viajar ese mismo día al Ecuador, suspendiéndose así nuestras vacaciones.

 

Han pasado exactamente 25 años y este verano se presentó la posibilidad de intentarlo otra vez; por lástima, una situación imprevista en lo personal nos obligó a postergar el ansiado periplo. Hay al menos otros dos viajes que en el futuro intentaré efectuar: un primero a Croacia; con una alternativa: volver a Barcelona cuando se haya concluido la interminable construcción de la iglesia de la Sagrada Familia. El otro sería a un par de ciudades del Caribe que aún no he tenido oportunidad de conocer –La Habana y Cartagena–; su alternativa será la de una de las ciudades más europeas que hay en América, un lugar que me llena de recuerdos y al que siempre me es grato volver: Buenos Aires, pero con clima abrigado.


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