03 febrero 2023

La otra forma de la avaricia

¿Se han puesto a pensar en por qué hay gente que se hace tan rica?, en ¿por qué es que algunos se hacen inmensa, obscenamente ricos? Si conducimos una encuesta, muchos van a responder que porque “saben trabajar” o porque “han sabido hacer producir su dinero”; otros dirán que “porque han heredado” y unos pocos que porque “han sido metódicos” o porque ellos “han sabido ahorrar”… Pues les voy a decir una cosa: así quizá algunos pudieran hacerse ricos, dueños de diez o cien millones, tal vez, pero no más. Cuando hablo de verdadera riqueza es que estoy pensando en algo mucho más considerable… ¡en una suma inimaginable!

 

¿Saben qué hay gente que tiene casi 200 billones de dólares? Esto es doscientas mil veces un millón de dólares, doscientas mil veces más que lo que se requiere para ser millonario, para poseer la “humilde” suma de “solo” un millón de dólares. Y ¿saben cómo algunos se han hecho estúpida y absurdamente ricos? Pues, muy sencillo, sabiendo aprovechar una forma de envidia en los demás. No esa que consiste en sentirse mal por lo que los otros tienen; sino por algo que se llama codicia: el deseo de tener lo que tienen los otros, el “afán desmedido de poseer y adquirir riquezas por el deseo de atesorar”: las puras ganas de poder coleccionar.

 

Ellos se hacen monstruosamente ricos, porque han descubierto que lo que los demás quieren es poseer cosas innecesarias, fútiles y tremendamente costosas. Mientras más costosas, más rápido y más intensamente se harán ricos. Todo, a costa de la novelería, de esa forma de avaricia que se basa en el deseo de ostentar. Piénsese en relojes, joyas, obras de arte, licores finos, prendas de marca; en suma, todo lo que signifique exclusividad. Esto descubrió, y de eso vive, el hombre más rico del mundo, un tal Bernard Arnault. Cuando hablo de avaricia no hablo de cicatería, lo cual es algo muy distinto. Ningún tacaño se convierte en billionario.

 

Bernard Jean Étienne Arnault nació en 1949 en Roubaix, en el norte francés, junto a Bélgica, zona que tuvo un crecimiento sorprendente en el SS XIX debido al boom de la industria textil. Arnault no solo es un hombre de negocios e inversionista, es el fundador y principal ejecutivo del consorcio LVMH (Louis Vuitton - Möet Hennessy) la más grande empresa de artículos de lujo que existe en el mundo. Francia siempre se ha destacado en este ramo, con productos y artículos de la más alta y exclusiva calidad que pudieran estar disponibles. Su padre había estado en el negocio de la construcción y Bernard lo convenció para invertir más bien en bienes raíces.

 

Cuando se hizo cargo del negocio familiar, resolvió la venta de esas empresas y se concentró en el desarrollo del área textil que él había adquirido. Se enteró que el gobierno francés buscaba un ejecutivo para manejar un conglomerado financiero que, entre otras cosas poseía Christian Dior, la firma que fuera la fascinación de su madre. Compró entonces una empresa de artículos de lujo e hizo la mejor oferta para comprar ese conglomerado cuando se puso en venta. Con 38 años, mantuvo la parte productiva (Dior y Le Bon Marché) despidió cerca de diez mil empleados, vendió alrededor de dos billones y logró utilidades superiores a cien millones de dólares.

 

Entonces se le ocurrió formar un grupo de empresas que estuvieran dedicadas a los artículos de lujo y creó LVMH con participación de Möet–Hennessy y Louis Vuitton. Al enterarse de que Vuitton trataba de hacer mayoría, puso 1.5 billones y se asoció con Guinness para adquirir la cuarta parte del monstruo empresarial; no contento, más tarde compró otro 14% y pasó a ser el socio mayoritario de LVMH; luego puso otro medio billón para controlar el directorio y convertirse en su principal directivo. Para el año 2000, las ventas y utilidades se multiplicaron por cinco. Para entonces ya había adquirido Celine, Berluti, Kenso, Fendi, DKNY y había tratado, sin éxito, de hacerse de la mayoría de Gucci, gestión que aun así le dejó un dividendo considerable…

 

Después del 2010 adquirió el 50% de Bulgari, compró parte de un consorcio asiático, se asoció con de Vincenzo y adquirió las líneas de alta costura y ropa de cuero de Christian Dior. Asimismo, entró en una larga batalla para adquirir Tiffany’s, y finalmente acordó comprarla por más de 15 billones de dólares. También ha adquirido parte de empresas vitivinícolas, Netflix y Carrefour; ha incursionado en la industria de los yates de lujo y ha adquirido una gran cantidad de obras de arte. Todo, muy parecido a un juego que nos ocupó en la infancia y que se llamaba Monopolio: la única diferencia es que el magnate ha jugado con dinero de verdad…

 

Algo de magnético tienen esos artículos de lujo. De la lista de más ricos de Francia en 2021, elaborada por Forbes, los cinco primeros están en esa área o en productos de perfumería. Sus fortunas van de 35 a 195 mil millones de dólares. Repito: de 35 a 195 billones de dólares. Nada menos... Caray, ¡cómo vende la novelería!


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31 enero 2023

Yo también vi jugar a Pelé

Desde que volvimos a clase después de aquel receso navideño, todos hablaban en la escuela de que ese domingo de mediados de enero se presentaría en Quito el Santos de Pelé. Días antes al partido, que se jugaría en día 13, supimos que no sería tan de mal agüero: se confirmó que los menores de doce años no tendríamos que pagar boleto y se nos concedió en casa el permiso respectivo. Tomamos, la mañana del encuentro, el bus en la calle Vargas (San Diego – Batán) y nos dirigimos con mi hermano Luis Eduardo al estadio; hacia el final del recorrido, pasada La Pradera, el camino era lastrado. Sería la primera vez que vería a Liga con un uniforme diferente: esta vez vestiría de azul.

 

Conozco Santos, el puerto de São Paulo; he estado en esa enorme urbe que es São Paulo; he aterrizado en sus tres principales aeropuertos (Campinas o Viracopos, Guarulhos y Congonhas); he visto jugar a los principales equipos del Estado (el mismo Santos, Corintians, Palmeiras y São Paulo); y he visto personalmente jugar a Edson Arantes do Nascimento, el singular Pelé, para mi gusto el más sensacional jugador de fútbol de todos los tiempos. Reviso las crónicas deportivas y los recortes de prensa y deduzco que esto ocurrió en enero de 1962, en el estadio olímpico de El Batán, hoy Atahualpa, cuando el Santos se enfrentó a Liga Deportiva Universitaria; yo tenía, a la sazón, 10 años. Pelé era mayor a mí con once, por lo que calculo, asimismo, que él solo tenía 21 años de edad.

 

Santos, al igual que otros equipos del sur del continente (Botafogo, Flamengo, Boca Juniors, Peñarol) hacían giras de demostración en esos días; fueron partidos amistosos con los principales equipos locales. No era raro tampoco, y menos desacostumbrado, que cuando esos conjuntos se presentaban en Quito, lo hacían enfrentando a un equipo integrado ad-hoc, como “Selección de Pichincha”. El Santos se habría enfrentado en esa década hasta con cuatro equipos ecuatorianos: primero con Emelec en el Capwell, luego con Barcelona en el Modelo de Guayaquil; y, en otras fechas, con Aucas y Liga en Quito. Fue en este último partido que vi a Pelé realizar una jugada que contribuyó al sexto gol del Santos y séptimo del encuentro: recibió un pase lateral, amagó con que iba a patear la pelota en pleno recorrido, y la dejó pasar por entre sus piernas para que, una vez engañada la defensa, convirtiera Pepé.

 

Con un estadio repleto, Santos pronto se puso en ventaja, ya ganaba 2–0 a los 21 minutos con goles de Pelé y Pepé (hijo de inmigrantes españoles). A los 31 descontó Gilberto, luego de un tiro libre de Gem Rivadeneira; Santos replicó cuatro minutos más tarde con un tiro libre de Pelé quien, poco antes de ir al descanso, escapó de la marcación de Eduardo Zambrano para decretar el 4–1 parcial. Iniciado el segundo tiempo, Stacey cometió un penal que, cobrado por Pepé, puso las cosas 5–1, cuatro minutos antes de que él mismo convirtiera otro gol (6–1). Luego vendría una incipiente reacción alba: un penal ejecutado por Garzón a los 16 minutos; y a los 37, tras una hermosa jugada culminada por G. Rivadeneira, otro gol para vencer a Gilmar. Terminado el partido y mientras salíamos del estadio, escuchábamos a los más fanáticos hinchas merengues decir que al menos habían empatado el segundo tiempo

 

El “rey Pelé” se ha despedido de nosotros hacia fines del año pasado; lo ha hecho en forma discreta, como discreta –a pesar de su extraordinaria fama– siempre fue su vida. Pelé fue el paradigma del jugador hábil, potente y serio; del futbolista íntegro, respetuoso de sus rivales; un ser humano caballeroso y cabal. En las reseñas deportivas, si no estaba acariciando el balón (nunca mejor dicho) lo hacía vistiendo traje y corbata, departiendo con otros destacados futbolistas (Cruyff, Beckenbauer, Di Stéfano) como si fuera lo que en la práctica realmente fue: un embajador del deporte en todos los lugares a los que era invitado; bien podía tratarse de un gobernante africano. Había en él no solo una inconfundible elegancia; su apostura exudaba un sentido de confianza y, ante todo, de noble dignidad.

 

En estos días se ha intentado una inútil controversia acerca de quién fue mejor: él o algún otro jugador argentino. Todos ellos fueron jugadores muy hábiles y tuvieron humildes orígenes; pero Pelé se distinguió por la forma cómo supo asumir la fama y por la manera de aceptar su responsabilidad como paradigma del atleta excepcional. No solo han de contar sus logros deportivos (mejor futbolista mundial; mejor deportista del siglo XX; único futbolista en lograr tres campeonatos mundiales), sino su valor como persona y su calidad humana. Había nacido en Tres Corazones, un pueblito de Minas Gerais, un 23 de octubre de 1940. Dicen que el apodo le habría venido por un problema de dicción, la forma como pronunciaba el apodo de “Bilé”, el arquero del Vasco de São Lourenço, un modesto equipo de Minas Gerais, en el que también militaba su padre, João Ramos do Nascimento, conocido como “Dondinho”.


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27 enero 2023

Del suéter al cárdigan

Hoy voy a hablarles de una prenda aristocrática. Nada que ver con el “bisht”, esa elegante capa árabe, que usan jeques, emires y sultanes, la misma que, en una anterior entrada, he llamado “esmoquin árabe”; capa, esta, que fuera obsequiada al circunstancial capitán de la selección ganadora del último campeonato mundial de fútbol. Entrada que, por otra parte, tuvo alrededor de quinientas visitas en un solo día (es sorprendente a lo que puede llegar el insano fanatismo, capaz de convertir en religión cualquier vulgar pasión futbolera)... No, hoy quiero hablarles de una de las prendas de vestir más cómodas y versátiles que existen, cuyo uso e historia tienen ciertamente una alcurnia u origen de veras aristocrático.

 

Todo empieza con una pieza un poco más humilde, el suéter común y corriente (le llaman “sweater” en inglés, con parecida pronunciación). Este no es sino un indumento que surge con la industria textil: es una prenda hecha de lana o algodón (este último material es preferible para evitar las inelegantes motas) y tejida a máquina. Los suéteres originales eran cerrados, ya sea con cuello circular o en V; más cómodo este último por su facilidad para introducir la cabeza. La abertura en V iba hasta el esternón o, si prefieren, hasta el canalillo del pecho femenino. “To sweat” quiere decir sudar, pero la función del suéter es la de abrigar o cubrir la parte superior del cuerpo, no la de “hacer sudar”. La conocen también como pulóver (“pullover” en inglés, que significa literalmente “para ponerse sobre la cabeza”).

 

No siempre hubo suéteres, hubo diferentes tipos de chaquetas o sacos de diferentes materiales. Más tarde, a alguien se le ocurrió diseñar otro tipo de suéter pero con abertura en todo el frente delantero, utilizando botones o cremallera (el cierre), cuando se popularizó ese formidable invento. Yo tuve algunos suéteres en mi niñez; los había de un solo color o con patrones en los que se combinaban varios colores, tuve también uno grueso de varios colores y con franjas transversales gracias a la generosidad de uno de mis tíos. Luego preferí los de un solo color. Mi primer suéter abierto (con cremallera) fue fruto del primer sueldo de mi hermano Adrián; era blanco con franjas azules y rojas, tanto en los bordes como en los filos de las mangas. Era un modelo clásico, como los que usaban los tenistas.

 

Este último era algo más que un simple suéter abierto: era técnicamente un “cárdigan”, es decir era abierto pero con la manga cosida con un estilo llamado “ranglán” o “raglán”. La construcción de la prenda con ese estilo une la manga al cuerpo principal con una costura que va en diagonal, desde la axila hasta la clavícula. Ese simple detalle le hace al cárdigan único y especial. Fue conocido en Inglaterra como “Cardigan” (con acento en la primera vocal); su nombre se debió a quien lo popularizó, un aristócrata llamado James Thomas Brudenell (1797–1868), séptimo conde de Cardigan. Se trataba de un comandante militar británico que participó en la guerra de Crimea y que fue repetidamente cuestionado en sus servicios; se aduce que utilizaba este tipo de prenda y fue él quien familiarizó su uso.

 

A Brudenell se debe que en Inglaterra se llame cárdigan a lo que en EE UU llamaron “jumper”. Es una prenda muy cómoda; se la usa normalmente en combinación con una camisa con botones en el cuello; pero es muy versátil, se la puede usar con camiseta o sobre una prenda  de tipo cuello tortuga. Fueron estos cárdigan los primeros suéteres que compré siendo todavía alumno piloto. Desde entonces cuentan entre mis favoritos. Hoy dispongo de dos fabricados con lana de vicuña, ya exhiben refuerzos en sus codos pero me siguen acompañando sin denunciar sus años. En Inglaterra los llaman jersey, en honor a la isla de ese nombre (le dicen “jerséy” en España). Existen varios tipos de cárdigan; los hay sin botones e incluso sin mangas; y hay un modelo con cuello. El cárdigan puede dar la apariencia de ser una prenda “para viejos” pero no pasa de moda y es una de las prendas más cómodas que existen. Se recomienda no colgarlo (guardarlo doblado) para que mantenga su forma.

 

Es su material y el tipo de elástico que tienen sus muñequeras lo que le hace tan confortable al cárdigan. Sin embargo, es ese tipo de corte diagonal que tienen sus mangas, “en ranglán”, lo que la hace especial… lo que le da ese “look” tan diferente. Este tipo de corte debería su nombre a otro militar británico, el mariscal de campo FitzRoy James Henry Somerset (1788-1855), Lord de Raglan y primer Barón de Raglan, secretario del duque de Wellington, quien supuestamente utilizaba este estilo para disimular la pérdida de uno de sus brazos en la batalla de Waterloo.


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24 enero 2023

Pretensiones y fingimientos

Artista, tú eres un gran artista,

Vendedor de ilusiones,

Mentiroso y egoísta. . .

Artista, tú eres un gran artista,

No me van tus actuaciones,

Tu obra ya está muy vista. . .         (Dúo “Pimpinela”. Letra de la canción “Artista”).

 

Estuve en mi estudio meditando en el extraño mundial que nos tocó vivir hace pocas semanas, fue cuando el Fusco empezó a ladrarme “en voz alta”. Venía a reclamarme que en lugar de estar embelesado mirando un artilugio hecho de hojas de papel por tan largo tiempo (estuve leyendo), le llevara a pasear a ese mismo sitio a donde van sus amigos y a donde, en forma casi puntual, le llevo también casi todas las mañanas. Cuando el inquieto canino había ya subido a su asiento favorito, encendí el motor del vehículo e inicie el breve trámite para dirigirme al portón de salida. Fue entonces cuando escuché la pegajosa tonada; tomé nota de su letra y más tarde consulté su título…

 

Solo tuve que escribir “Artista, tú eres un gran artista” y el buscador me llevó a la letra que he escrito en el epígrafe. Irónicamente, estaba cantada por un par de chicos de apellido Galán, que se hace llamar Pimpinela. Son argentinos y cantan en forma de diálogo; no sé porqué habrán escogido el nombre; pero, si no saben lo qué es pimpinela y consultan el DLE, van a encontrar que es una “planta herbácea vivaz, de la familia de las rosáceas” (aquí viene una larguísima explicación botánica) y termina diciendo que “abunda en España y se emplea en medicina como tónica y diaforética” (no se molesten en averiguar el significado del último término: quiere decir sudorífico). Curioso nombre, ese de Pimpinela, a juzgar por las canciones que ejecutan (baladas y tonadas románticas), se diría que con ellas logran cualquier cosa menos “hacernos sudar”.

 

Sé también que la pimpinela es una planta tóxica, así que tampoco… "nada que ver". Pero me interesó la canción por el contexto deportivo actual y creo que a lo que quiere referirse es al actor, que no al artista. No hace falta acudir otra vez al diccionario para inferir que “actor” es quien interpreta un papel y, por extensión, alguien que finge o exagera. Cosa muy seria es esta del histrionismo, del arte del fingimiento, sobre todo en esos días del Mundial. Mundial de zambullidas y manos evidentes no cobradas, de múltiples y excesivos penales sancionados, o de dudosos y vergonzosos penales regalados (que cambiaron el curso de más de un partido). Mundial corrupto que nos hace pensar en que: ¿para qué sirve el VAR, si cuando se deben revisar los actos de descarado fingimiento, de torpe y escandalosa simulación, no se lo usa para nada?

 

Hay un verbo curioso en el inglés, es justamente el de fingir, que se dice “to pretend”. Digo curioso porque dada la cercanía fonética, hay quienes hablan nuestro idioma que se sienten tentados a traducirlo con el significado de pretender. Este es un verbo “interesante” porque pretender no es fingir o disimular sino “hacer cosas o diligencias para conseguir algo”, como pretender una posición o a una chica, por ejemplo. Eso es pretender. Y digo interesante, porque pretencioso (o presuntuoso) es alguien que quiere parecer como si fuera más de lo que realmente es. Resumiendo, y disculpándome por el aparente juego de palabras, bien pudiera decirse que quien finge esconde una pretensión y que el pretencioso emboza un callado fingimiento.

 

El último partido del Mundial me dejó un sabor agridulce, un extraño regusto. Un enjuto jugador, a quien siempre había admirado por su elegancia y habilidad, se dejó caer en él área sin haber sido lastimado (cual fideo con disfunción eréctil). El árbitro “compró” la burda simulación y, lejos de sancionarlo como correspondía (o al menos consultar al infalible e inefable VAR), concedió un penal que desvirtuó el trámite natural del partido. Esta fue una acción definitiva. Va siendo hora entonces de que la FIFA actúe de forma severa y ejemplarizadora; que establezca una normativa que castigue con rigor el histrionismo. El fútbol es solo un deporte, pero es una metáfora de la vida y aunque no podemos pretender que siempre ganen los mejores, el juego debe seguir reflejando que quienquiera que sea el que gane no debe nunca apoyarse en la trampa o el artificio:  es que... ¡debería haber justicia!

 

No más fingimientos ni falsas lesiones simuladas, no más reacciones torpes o maliciosas, no más subterfugios o actos marulleros para obtener ventaja y perjudicar a otros jugadores y a los equipos honestos. El fútbol es un hermoso entretenimiento pero por favor no lo dañemos. ¡Compitamos en buena y equitativa lid!


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20 enero 2023

¿Por qué somos impacientes?

“La calma es la belleza del cuerpo”. Jean Auguste Dominique Ingres (pintor francés).

 

¿Por qué no nos gusta esperar? Algo de curioso tienen las intersecciones; basta pararse unos pocos minutos en una esquina congestionada y el resto es solo cuestión de observar… Pudiera decirse que en esos cruces se expresan –y hasta se exacerban– las virtudes más nobles y los defectos más vulgares de nuestra honorable especie humana. Ahí afloran la nobleza y la mezquindad, el torpe apresuramiento o la prudente calma, el cuidado prolijo o el obtuso atolondramiento, la grosera incivilidad o la gentil muestra de cordialidad y respeto. En suma, el más amplio muestrario de la condición humana: un raro museo de nuestra “humanidad”…

 

Lo extraño es que no veo la misma actitud en una sala de espera médica, por ejemplo. Ni siquiera en el salón de belleza o la peluquería. Allí, llegamos, nos identificamos, registran nuestro turno, vamos y tomamos asiento, hojeamos una revista y nos ponemos a esperar tranquilamente… Es, cuando vamos manejando por la calle, que andamos queriéndole ganar tiempo al tiempo, vamos como alma en pena queriendo robarle la delantera a todo el mundo, provocando con nuestra ansiedad la reacción y la ira ajena. Incapaces de ceder el paso, todo nos molesta; nos convertimos en sujetos peligrosos, a punto de provocar con nuestro “apuro”, si no un accidente, quizá un mal rato y hasta un mal día para los demás.

 

Viví por largo tiempo en un continente lejano, donde existe no solo una distinta cultura; ahí existe también una diferente actitud. En el Asia pronto uno advierte que no puede exhibir dos tipos de talante: los del apresuramiento y la irritabilidad. Estos, simplemente, son vistos como muestras ya sea de falta de madurez o de ausencia de respeto a su valor supremo: el sentido de comunidad… Es impensable saltarse el orden de espera o demostrar enojo o indignación. Por esos lares la calma está emparentada con el bienestar colectivo, el sosiego es sinónimo de dignidad. No así nosotros; nos hemos convertido en una sociedad apresurada e impaciente, no damos el paso ni agradecemos cuando nos lo dan. No queremos entender que si no sabemos ser generosos y cordiales, no avanzaremos ni mejoraremos como sociedad…

 

Es curioso pero cuando éramos pequeños esto no pasaba (o no nos dábamos cuenta). Cuando éramos niños vivíamos en el centro, no teníamos autos porque tal vez no los necesitábamos, hacíamos nuestras gestiones y tareas caminando; si anticipábamos que algo nos iba a costar algo de tiempo, preferíamos madrugar o anticiparnos, no andábamos apresurados; sabíamos que no había necesidad. Quizá habíamos aprendido que si estábamos apresurados (decimos apurados) era porque habíamos empezado tarde y que la receta para la próxima vez era tan sencilla como salir más temprano. No nos parecía justo que tratemos de solventar nuestro retraso incomodando o provocando molestias a los demás… Así de simple.

 

Esto de nuestro moderno apuro pudiera ser un invento o subproducto de la modernidad; demuestra además que, a más de no saber administrar el tiempo, no hemos aprendido algo esencial en la vida: tomar las cosas con calma y aprender a tener paciencia. Vivir no es una lucha contra el tiempo, ni un combate para adelantarse a los otros, debemos desdeñar la idea de que la vida es una carrera con los vecinos porque, pensemos lo que pensemos, nunca vamos a ganar. Y todavía hay algo peor, y es que mientras más nos apresuremos, solo vamos a ponernos más angustiados e impacientes; cada vez nos vamos a desesperar más y más...

 

Dice el diccionario en sus primeras acepciones que paciencia es (la) “capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse”; y también la de “hacer cosas pesadas y minuciosas”. Pero dice además, en su última acepción, que es la “tolerancia y consentimiento en mengua del honor”. Quizá aquí esté la clave para lo que nos preocupa; tal vez deberían definirla como un tipo de “tolerancia e indulgencia en beneficio de la comodidad o bienestar ajeno”.

 

Dominique Ingres (1780–1867) fue quizá el más destacado pintor de su tiempo; se especializó en el retrato y la pintura histórica, y fue reconocido por sus sinuosos desnudos. Sus mujeres aparecen como indiferentes, rozan la calma indolente. Este francés había descubierto que esa actitud de sosiego y placidez, que él imprimía a sus modelos, era lo que les otorgaba ese aire de elegancia que destacaba en su inexpresable belleza. Era esa tranquila serenidad la que se expresaba como elegancia corporal, como gesto de nobleza y sentido de dignidad.


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17 enero 2023

Avatares y vicisitudes

Avatar es palabra devaluada (“underated” creo que dicen en inglés); pudiera decirse que ha sufrido su propio avatar. Casi ya nadie la usa con el sentido que antes escuchaba, con el de vicisitud o cambiante circunstancia, y menos todavía con el de su raíz indoeuropea, como cruce, paso, traslado, descenso y hasta reencarnación. Ha pasado, sobre todo para los jóvenes, a significar: identidad virtual  (“heterónimo”, hubiera dicho el gran Pessoa). Y es justamente así como también la define la última –y más fresca– acepción de nuestro inefable diccionario, que literalmente reza: “Representación gráfica de la identidad virtual de un usuario en entornos digitales” (parece que no estuviéramos leyendo un glosario léxico sino un relato de Isaac Asimov o, mejor todavía, alguna revista de ciencia ficción).

 

Cuando era “guambra” había un programa radial que hablaba de las vicisitudes de la política, de sus avatares; creo que se llamaba “Andanzas del maestro Juanito”, ahí se comentaban esas volubles y cambiantes condiciones que tiene la circunstancia política; así aprendí de esos cambios pendulares que suele tener esa díscola manifestación que trata de expresar las aspiraciones, ilusiones y desengaños que viven pueblos y colectividades. Entonces se la trataba de dejar en manos de los que parecían más capaces; hoy, según parece, se la ha ido dejando en manos de seres semi–analfabetos convertidos en prestidigitadores. No es necesario tener a mano un diccionario para definirlos; estos políticos modernos son “ignorantes que lo saben todo”. Ah… pero siempre a un negociable precio. ¡Sí señor!

 

Avatar no es un término de nueva data, no ha sido inventado para alguna película de “sci-fi” (ciencia-ficción); ahí estaba desde el principio de los tiempos, fue inventada por los indios o hindúes (los originarios de la India) que son hinduistas (practican una religión politeísta, es decir repleta de una gran variedad de dioses) y que creen que sus divinidades a veces se encarnan, o reencarnan, y que para ello abandonan su condición sobrenatural y se convierten en humanos. Es entonces, cuando “descienden” a nuestra humilde realidad, que se produce un avatar. Se han “abajado” a la condición de seres comunes y corrientes, a humanos.

 

Dicen los que saben (yo en casos como estos solo me baso en referencias etimológicas) que la palabra avatar viene del sánscrito (otra lengua indoeuropea) y que no es sino el nombre que reciben “las reencarnaciones de los dioses cuando se presentan a los hombres”; unas veces lo hacen como humanos y otras como animales. El hinduismo también tiene su trinidad; esta está constituida por Brahma, Shiva y Vishnu. Brahma es el dios supremo; Shiva es una deidad destructora (no es malvado, destruye para renovar la vida); y Vishnu, es un protector, él representa la preservación, el balance y la armonía. Es una suerte de intercesor (tiene atributos femeninos), a él acuden sus devotos en busca de ayuda y consolación. Por ello le representan con muchos brazos, en clara alusión a su omnipotencia y generosidad…

 

No estoy seguro (a veces debo recurrir a mi lado humilde) pero entiendo que la relación de avatar o avatarah con el sánscrito es por el elemento tarah (un “tara” nasal), que nos ha llegado a través del latín por medio del prefijo trans (o tras) que, como se indicó, significa cruzar o “pasar por”. Voces como tránsito, transeúnte, trasladar, transportar, transacción o intransigente, tendrían similar origen. Habría sido Neal Stephenson, un autor de ciencia ficción (él la llama “ficción especulativa”), quien parece que popularizó el término avatar con un sentido diferente; lo hizo en sus primeros libros en los que mezclaba mitología y nanotecnología. No leo ciencia ficción (ya tengo suficiente ficción con la novela) pero la gente que lo ha hecho me cuenta que son obras bien sustentadas y muy divertidas.

 

De vuelta a nuestros avatares de carácter colectivo, parece que ya es hora de que intentemos un “avatar al revés” y procuremos “subir de nivel”, lo que en tecnología y en los pasajes aéreos sería hacer un upgrade”. Lo merece nuestro destino comunitario; lo merecen nuestras familias y demás conciudadanos. No vamos a salir de nuestro estancamiento mientras no nos propongamos convertir la nación que nos ha tocado en suerte, en un mejor modelo de sociedad. Lo vamos a lograr con la suma de nuestras individuales transformaciones; exigiendo a quienes nos representan que cambien esa imagen tan necia y desprolija que exhiben, por una que nos permita el tránsito hacia una nueva realidad. Que esa sea una más alta y remozada identidad, con el amparo de un dios generoso y protector…


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