20 octubre 2026

Koch, su bacilo y la literatura

Cursaba cuarto de colegio. Tenía 16 cuando me correspondió colaborar en la fundación de un movimiento juvenil de apostolado. No todo ahí era hablar de virtudes y vidas de santos. Esas convivencias, que duraban tres días, nos ayudaron a madurar y a templar nuestro carácter; sobre todo, nos permitieron descubrir varias habilidades que, de otra manera, quizá nunca hubiéramos imaginado. La iniciativa se llamó Palestra –así se llamaba en la antigua Grecia el lugar donde se aprendía a luchar–; sus estrategias partían de la premisa de que el mundo es un permanente combate y que, para ello, era mejor estar preparado.

No todo era charlas, plegarias u otras actividades piadosas en Palestra; hubo tiempo para asuntos sociales y distensión. Siendo todavía muchachos, se nos encargaba tareas para las que, tal vez, no habíamos tenido previa preparación ni estábamos acostumbrados, como adquisiciones puntuales o encargarnos de la cocina. Como era un movimiento internacional, hicimos viajes de intercambio, conocimos otros lugares y países; disfrutamos de otros modos de vida, de otras costumbres; y así memorizamos también letras inéditas, adaptando estas a la conocida música de muy famosas marchas y canciones. Una de ellas hacía fisga del bacilo de Koch…

Si bien su letra era algo prosaica, su tema me ayudó a relacionar su contenido con la cura para una temible enfermedad y a reconocer la tisis como una de las dolencias que más han afectado a la salud del hombre. A pesar del prodigioso avance que han tenido los sistemas de salud en el mundo, solo comparables con los formidables logros experimentados por la navegación aérea –y al contrario de otras enfermedades ya erradicadas como la viruela–, la tuberculosis es todavía una de las dolencias de mayor incidencia en el globo, ya que afecta hasta a un tercio de la población mundial. La “peste blanca” muchas veces no presenta siquiera síntomas y es la segunda causa global de muerte, y también, la primera entre los males infecciosos. Se estima que hasta un 80 % de la población de países asiáticos y africanos es afectado por ella.

Robert Heinrich Koch (se pronuncia Kohgg y significa cocinero en alemán) había nacido en el antiguo reino de Hannover en 1843; se le reconoce por haber descubierto en 1882 –aún no llegaba a los 40 años– el bacilo de esa enfermedad que no solo ataca a los pulmones y que también la conocen con el raro nombre de escrófula. Había sido médico y microbiólogo, pero su mayor mérito no era haber reconocido el temible y silencioso bacilo, sino el método de investigación que instauró (sus famosos postulados), y que más tarde aplicarían sus pupilos, quienes reconocieron a los transmisores de muchos otros males: difteria, lepra, gonorrea, sífilis o tétanos. Koch fue distinguido con el Premio Nobel de Medicina en el año 1905.

Hubo un tiempo, en países como Francia e Inglaterra, que llamaron a la dolencia “Mal de reyes”, no porque de ella sufriera la realeza, sino porque entonces había la creencia de que los monarcas estaban dotados de la capacidad para curarla. La enfermedad influyó en la literatura de los siglos XIX y XX, no solo porque sus autores describieron a sus víctimas y a la enfermedad (Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Fiódor Dostoyevski, Thomas Mann), sino porque fue conocida en la Europa del siglo XIX como una enfermedad romántica, propia de los novelistas y poetas más bohemios. Llegaron a conocerla como la “enfermedad de los poetas”.

En la práctica, muchos escritores perdieron sus batallas mientras el trastorno era todavía incurable; unos fueron afectados o padecieron los efectos del mal y otros perdieron finalmente su vida. En el siglo I a.C., ya el poeta romano Cayo Valerio Cátulo habría fallecido con la dolencia cuando apenas tenía 30 años. Se sabe que de los seis hermanos Brontë (Emily había escrito Cumbres borrascosas), las cuatro mujeres fallecieron por causa de la enfermedad; Emily murió a los 31 y su hermana menor, Anne, a los 29. No habiendo cura para una plaga tan traicionera, quienes la contraían morían muy temprano. Y, no era que la dolencia hubiese sido una enfermedad de escritores, sino que algunos morían cuando eran todavía demasiado jóvenes.

Así el poeta inglés John Keats se despidió a los 25 años. Gustavo Adolfo Bécquer lo hizo a los 34 (hoy se sospecha que tal vez adolecía de una afección distinta). Franz Kafka, el autor de La metamorfosis, un desconocido en vida, colgó la pluma a los 41. Jane Austen se despidió del mundo de 42. Tanto el dramaturgo ruso Antón Chéjov como el autor de La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson partieron a los 44. George Orwell, autor de 1984 y Rebelión en la granja, dejó este mundo a los 46; Albert Camus, renovador del existencialismo y novelista del absurdo, padecía de tisis, aunque falleció a los 47 en un accidente de auto. Honoré de Balzac y Moliere (su verdadero nombre era Jean-Baptiste Poquelin) “volaron hacia el oeste” a los 51 años… Todos, en la plenitud de sus años de creación, desaparecidos frente a la obcecación de un invisible bacilo…



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