Debo haber sido un muchacho de escuela cuando regresaba a casa a eso de las cinco de la tarde –no se había impuesto todavía esa novedad que fuera la jornada única–; entonces, encontraba a la abuela seducida por lo que fue su entretención favorita: escuchar las deliberaciones matinales del Congreso Nacional, repartido más de las veces en sus dos cámaras, las de senadores y diputados. Por entonces era una costumbre de las radios transmitir en forma cotidiana el desenvolvimiento legislativo.
Eran los congresistas gente acostumbrada al verdadero quehacer político; los integrantes del Congreso se distinguían por su formación, enjundia y capacidad intelectual; no eran “unos aparecidos”, unos diletantes carentes de una vida sin tacha que hubieran adquirido sus curules en la engañosa oferta del mejor postor. Ellos no estaban exentos de generosas dosis de humor, de ocurrencias en realidad geniales y de una apreciable disposición para la fina ironía. La gente escuchaba esos debates para enterarse de ese impredecible equilibrio entre las distintas corrientes políticas, pero lo hacía sobre todo para disfrutar y aprender…
Fue en esos años que escuché un par de locuciones cuyo significado intuía, pero se me hacían difíciles de definir: aceptar algo (una idea, propuesta o acuerdo) “sin beneficio de inventario”; y, acusar, insinuar o delatar que algún pacto o convenio se había efectuado “entre gallos y medianoche”. Así que, veamos de dónde salen o pueden haber conseguido partida de bautizo estas curiosas, como hilarantes, expresiones:
La frase “a beneficio de inventario” (nótese el uso de una preposición diferente) se utiliza en España, en forma tradicional de dos maneras principales: una, en el ámbito legal, para el trámite de aceptar una herencia, pero salvaguardando los bienes personales; y, dos, en el lenguaje cotidiano, para aceptar una determinada situación o trato, aunque haciéndolo con ciertas reservas. Su uso en en el ambiente jurídico se relaciona con los legados; se aplica o sirve, para aceptar los bienes del fallecido asegurando que las deudas del difunto se pagarán únicamente con los bienes de esa misma herencia; de esta forma, los bienes propios y el peculio personal quedarían a salvo: no se tendrían que pagar las deudas del fallecido si lo que este dejó no fuera suficiente.
En el sentido coloquial o figurado, mientras tanto, se emplea la expresión para aceptar un acuerdo, una noticia o una condición de la vida común, solo en la medida de que esta traiga ventajas y nunca problemas o inesperados –o ingentes– inconvenientes. Decir que se acepta una propuesta "a (o con) beneficio de inventario" equivaldría a que el beneficiario se quedara con lo bueno, pero se reservara el derecho de rechazar las dificultades, si estas superan los eventuales beneficios. “A beneficio de inventario” implica hacer algo sin preocupación, sin interés real o trascendencia; o, en definitiva, sin tomarlo muy en serio.
De acuerdo con el Diccionario de María Moliner, hacer algo “a beneficio de inventario” significa: 1.- Una manera de tomar una herencia, utilizando ese beneficio; y 2.- Se refiere a la manera de acoger una noticia, promesa, etc., “con reserva”. Ejem. “Tomaremos sus propósitos de enmienda a beneficio de inventario”.
En cambio, el uso de “entre gallos y medianoche” parece tener una explicación algo menos compleja. De nuevo, y de acuerdo con María Moliner, esta parece ser una expresión de uso más americano, y que se aplica, en forma palmaria y evidente, a la manera furtiva de negociar, o pactar algo, en secreto y sin dar participación a otras personas… Se dice gallo, del latín gallus, al macho de la gallina; pero también al bravucón o presumido, a ese individuo que se impone a los demás. Pero, además, se dice gallo a un festejo popular de carnaval que antes llamaban “correr gallos”, y que consistía en enterrar un gallo dejándole la cabeza fuera y jugar a partirle la cabeza con una espada, con los ojos vendados o hacerlo corriendo tras de él. Es decir, actuar aprovechando el desorden y bullicio para gozar de impunidad.
La medianoche, por otra parte, es el símbolo por antonomasia de lo callado, solapado y clandestino, de lo escondido, subrepticio y cauteloso. Lo curioso es que gallo y medianoche pudieran significar lo mismo; en efecto, hubo un tiempo en que la Iglesia católica tenía una celebración eucarística conocida como Misa del Gallo, esta tenía lugar a la medianoche del 24 de diciembre para celebrar el nacimiento de Jesús. Se la había llamado así, según unos, porque de acuerdo a una antigua tradición y leyenda, un gallo habría cantado para anunciar ese nacimiento. Pero, según algunos, otra vieja tradición histórica señalaba que en la antigua Roma se creía que el día comenzaba con el estentóreo canto del gallo a la medianoche. Jesús había anunciado a Pedro que “antes de que cantara el gallo” ya lo habría negado tres veces… (ad galli cantus).


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