06 octubre 2026

El sur, un trémulo resplandor

Resulta curioso que muchas veces, sobre todo en economía, la gente relaciona el norte con el bienestar y el crecimiento, y el sur con las dificultades y la ruina. Sucede que en logística vamos muy poco hacia el sur, quizá porque relacionamos al hemisferio norte con un mejor estándar de vida, con el bienestar y el desarrollo. Pocos han caído en cuenta que el hemisferio sur es no solo el menos poblado de la Tierra, sino que la mayor parte del territorio de los distintos continentes se encuentra justamente en el hemisferio norte. En buenas palabras, el hemisferio sur es ocupado por la masa de agua más preponderante del planeta.

Todo esto sin desmerecer que gran parte de lo que llamamos Nuevo Mundo, con la sola excepción de Norteamérica, se encuentra en el hemisferio austral. Hay algo decidor: existe más gente que viaja –y emigra– hacia el norte que la que va hacia el sur. No desestimo que detrás de estos traslados deben existir razones y motivos socioeconómicos. Lo propio parece suceder con quienes viajan por turismo o placer, en particular quienes se sienten atraídos por la historia o la geografía, cuando no por el disfrute de un mejor estándar de vida o por aquel factor relevante en la sociedad de consumo: la compra de mejores productos.

Al efectuar contabilidad de mis desplazamientos, advierto que mis viajes al norte han sido, de largo, mucho más frecuentes y duraderos cuando he ido al hemisferio norte. Además, cuando al norte he ido, he llegado a latitudes más altas que cuando he ido hacia el otro hemisferio. Conjeturo que se nos hace más fácil relacionar similares latitudes en el hemisferio norte que si lo intentamos en el hemisferio sur. Se nos hace más fácil relacionar la latitud de New York con la de las principales ciudades europeas; en cambio, nos parece más difícil relacionar qué resulta más austral, si Ciudad del Cabo, Sydney, Auckland o Buenos Aires.

Hay algo que sorprende y provoca reflexión: una gran mayoría de pobladores del continente americano, de cualquier latitud, no conoce, y ni siquiera se ha interesado en conocer el lado sur de nuestro propio continente. Pocos, saben qué diferencia hay entre Patagonia y Tierra de Fuego, o se dejan subyugar por la poesía de cierta expresión, aquella de tierras del “fin del mundo”; ello nos recuerda a esa otra forma de llamar al punto más occidental que conocían los europeos cuando decían algo parecido: “finisterre”, un lugar que lo interpretaban como el confín, como el sitio más alejado que intuían que había al final de la tierra.

Parte de la toponimia de esos lugares se debe a la expedición del portugués Fernando de Magallanes, quien bautizó a esos –entonces ignotos– lugares como Tierra de Fuego y Patagonia. En el primer caso porque sus marineros veían, desde los barcos de la flota, una infinidad de fogatas, tanto en tierra como sobre las canoas aborígenes; ello llevó a sus díscolos y pugnaces tripulantes a apellidar esos lugares como Tierra de Fuego. Lo segundo resulta más controvertido, no parece haber en el idioma luso el término patagón (patagāo) para designar a quienes tienen pies (o alguna forma de calzado) cuyo tamaño les hubiese llamado la atención. Hoy se sabe de una novela escrita a principios del XVI, Primaleón, que incluía un personaje de tamaño gigante llamado Patagón. Así, el nombre tendría relación con la estatura de los nativos, que no con el tamaño de sus pies.

Si bien se llama Patagonia a la parte más austral de la parte continental de los dos países meridionales, se conoce como Tierra de fuego a los territorios que se encuentran algo más al sur, es decir a las islas y archipiélagos que se encuentran más allá del Estrecho de Magallanes. Parte de esos alejados territorios, es una isla que comparten Chile y Argentina, conocida como Isla Grande de Tierra del Fuego y cuyo lado oriental pertenece a la Argentina. Esta última parte es conocida como Provincia de Tierra de Fuego. Su frontera occidental se ha trazado con una línea recta que va desde un punto en el lado sur-oriental del territorio continental argentino, y que se prolonga desde el Estrecho de Magallanes hasta el Canal de Beagle; y desde allí hacia el este hasta encontrarse con el Océano Atlántico Sur. La figura toma la curiosa forma de un pie desnudo que parece propinar un futbolístico puntazo a la Isla de los Estados…

Todavía algo más al sur del canal mencionado, y hacia el sur-oriente de Ushuaia, se halla el punto más meridional del continente: Cabo de Hornos, a 56 grados de latitud. Este punto está más alejado del ecuador incluso que el sur de África, que está a 34 grados de latitud sur; o, Tasmania en Australia, a unos 43; o el Cabo Sudoeste, ubicado en la parte más meridional de la Isla Sur de Nueva Zelanda, ubicada a 47. Sí, el sur de nuestro continente sigue siendo un territorio ignoto y alejado. Hace falta un vuelo de casi cinco horas de vuelo para ir desde Buenos Aires hasta Ushuaia, en el sur; o cinco en auto para ir desde Río Gallegos a Río Grande, quizá el puerto argentino más cercano a las Malvinas. El aeropuerto de Río Gallegos lleva el nombre de un piloto civil convertido en inusitado héroe: Norberto Fernández. Volveremos sobre aquello.


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