26 julio 2012

Naufragio de la motonave Jambelí *

Publicado en el periódico La Nación el 11 de junio de 2026

MOTONAVE JAMBELÍ NAUFRAGIO / 24 DIC. 1973

   * Escrito por: Ermel Aguirre González/Guayaquil. (Reeditado).

Con motivo de las festividades navideñas, el tráfico se incrementaba, el que ya era muy agitado entre 1965 y 1973 debido al comercio fronterizo entre Ecuador y Perú, que convirtió a las motonaves en el principal medio de transporte de pasajeros y mercaderías entre Puerto Bolívar y Guayaquil.

Era una época con pocas carreteras y escasos vehículos. Embarcaciones como la Jambelí, Colón, Olmedo, Presidente y Daisy Edith movilizaban productos muy demandados en los mercados ecuatorianos. Al mismo tiempo, el contrabando creció considerablemente, favorecido por la corrupción y el pago de sobornos para evitar controles aduaneros.

En diciembre de 1973, vísperas de Navidad, el comercio alcanzó niveles récord. Fue así que, el lunes 23 de diciembre de 1973, la motonave Jambelí, una embarcación de madera con 57 años de servicio y capacidad para apenas 140 pasajeros, se preparaba para zarpar desde Puerto Bolívar hacia Guayaquil. Sin embargo, fue cargada con aproximadamente 384 pasajeros, además de cientos de bultos de mercaderías, entre ellas cacao, manteca peruana, juguetes, ropa, calzado y otros productos destinados a las fiestas de fin de año.

Desde horas de la tarde era evidente la sobrecarga. Testigos observaron que la línea de flotación estaba peligrosamente cerca del nivel del mar. A pesar de las advertencias de miembros de la tripulación y de algunos pasajeros, la nave adelantó su salida alrededor de las seis de la tarde. Durante la travesía, el exceso de peso comenzó a afectar la estabilidad del barco.

Cerca de la medianoche, frente a la isla Puná, en una zona conocida por sus fuertes corrientes y oleaje, la embarcación sufrió violentos bandazos. Finalmente, a las 00:45 del 24 de diciembre de 1973, la motonave perdió estabilidad, su estructura de madera crujió y comenzó a hundirse. El pánico se apoderó de los pasajeros. Muchos quedaron atrapados en camarotes, hamacas y bodegas; otros se lanzaron al mar en medio de la oscuridad. El naufragio ocurrió en pocos minutos. Las olas, el viento y la falta de suficientes equipos de salvamento agravaron la tragedia.

Las labores de rescate permitieron salvar a 142 personas, mientras cientos de víctimas desaparecieron o fallecieron. El hundimiento de la Jambelí se convirtió en una de las mayores tragedias marítimas de la historia ecuatoriana, dejando una profunda huella en la memoria nacional y recordando las consecuencias de la negligencia, la sobrecarga y la falta de controles de seguridad.



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25 julio 2012

Y… se llamaba Daisy Edith!

Hay algo que nadie me va a creer: no tuve muchas enamoradas en mi vida! Esto en parte se debe a que, con excepción de un efímero y adolescente interregno, puedo decir “en honor a la verdad” -o “a base de juro por Dios”, como dice uno de mis cuñados-, que prácticamente siempre lo tuve prohibido. Antes, por las reglas que en casa imponía la abuela; y hoy por lo mismo: vivo con otra abuela (bis)…

Pero a esta novia -de la que hoy quiero contarles-, la conocí una tarde que ella estaba en el río y exhibía un nombre de reina: se llamaba Daisy Edith. Un buen día (aunque esto es una forma injusta de expresarse, porque en realidad fue un día muy triste para mí), ella se alejó cuando nos despedíamos, mientras estábamos en el río; y desde entonces ya nunca, nunca, la he vuelto a encontrar… Esa tarde me hice una sencilla promesa: la de que nunca en la vida habría de tener una novia que se llamase como ella; que jamás de los jamases tendría una nueva novia que se llamase Daisy Edith. Puedo decir, y otra vez en honor a la verdad, que desde que hice aquella promesa -se lo juro por esta, señor juez-, nunca he conocido a nadie que se llamase ni Daisy, ni Edith; y, menos todavía, con el nombre de Daisy Edith.

Mas, yo nunca “me la llevé para el río” -como en el poema de García Lorca- ni porque hubiese creído que era mozuela, ni porque no me hubiese importado que tuviese marido. Yo era, a la sazón, demasiado chico como para caer en esos arriesgados arrebatos o para estarme fijando en melindrosos remilgos. Ella estaba allí, ella estaba en el río y punto; y es así como la vi por primera vez; así fue como más tarde me adentré en ella y así fue como la conocí…

Hacía un bochornoso calor aquella tarde; había un color lodoso y pardo en el río, nunca supe si se debía al cieno que arrastraba en su recorrido, o era fruto de la resaca de las lodosas marismas que había empujado la marea. Además, había ahí un olor punzante y desagradable, que nada tenía de aromático. Años más tarde habrían de contarme que se trataba de esa mezcla de olor a azufre y bismuto que se concentraba en los astilleros del puerto. Sí, no fue ese un marco que pudiese calificarse como romántico; pero fue ahí, junto a esas ramas que arrastraba el río, y junto a todo ese basural que iba acarreando, que ahora ella asomaba, impertérrita e inalterable como una diosa, para proclamar que su nombre era Daisy Edith.

No sé por qué no me lo habían antes advertido: todo aquello de sus noctámbulos recorridos, de sus ajetreos apresurados con tanto y tanto desconocido… Pero yo cedí a su sibilino embrujo desde un principio, sin permitir que mediasen llamados al razonamiento ni convocatorias al buen sentido. Estaba allí, arrimada al malecón, adueñada de aquella cláusula porteña, compartiendo su espacio con los estibadores, con los profanos montubios que la visitaban, y con sus propios y apurados marinos. A pesar de todo, accedí a acompañarla aquella misma noche: se iba otra vez hacia uno de sus misteriosos periplos. Cedí a su seducción y ya no me pude resistir. Me dijo que su destino era marinero; salía esa misma noche. Se iba a un puerto con nombre de libertador y se ausentaba de Guayaquil…

No pude fallar a mi cita esa misma noche. Una enorme cantidad de desconocidos deambulaba en cubierta. Me ofreció dos incómodas y estrechas alternativas: la que representaba la privacidad de un camarote, o la que invitaba a un impúdico y obsceno desparpajo: recostarme en unas tumbonas al aire libre que obedecían al jamás antes escuchado nombre de “coy”. Opté así por la soledad, en el ánimo de evitar los atisbos ajenos y la amenaza de los mosquitos. Me había ya resignado a que ella no podría ser exclusivamente “mía”, desde que zarpamos desde allí.

Fue mía toda esa noche... pero, desde aquella misma noche, que fue la última cuando la vi, ya nunca la he vuelto a encontrar... Era grande y juguetona, era grácil y era hermosa. Era una ágil motonave, a la que he cumplido mi promesa. Y se llamaba Daisy Edith…

Neu-Inseburg, Alemania, 25 de julio de 2012

Nota: en esos olvidados años, principio de los sesenta, hubo cinco motonaves que hacían el nocturno trayecto entre Guayaquil y Puerto Bolívar; se llamaban Colón, Jambelí, Olmedo, Presidente y Daisy Edith.

Nota 2: por ser de importancia histórica y estar relacionado, publico con fecha 26 de julio de 2012, un interesante artículo relacionado con el naufragio de la motonave Jambelí en diciembre de 1973.


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24 julio 2012

Una extraña forma de amputación

No sé dónde era que el Pelado aprendía las cosas que yo todavía no sabía, pero lo cierto es que cuando yo recién me enteraba de algo nuevo en la escuela, él o ya lo sabía o ya se había enterado por algún previo e inexplicable método. Fue difícil, por lo mismo, no ir creando con él esa afinidad, o cierta complicidad, que poco a poco nos fue identificando en nuestros primeros años de colegio. Ambos habíamos aprendido a jugar básquet en forma prematura: él, porque para todo tenía habilidades naturales; y yo, por la simple razón que vivía frente con frente a la escuela. Un cierto día, el profesor encargado nos había estado observando en el recreo; de ahí en adelante, habríamos de quedarnos para las prácticas todas las tardes: nos habían escogido para formar parte de la selección del colegio.

Fue así que, mientras una tarde tomábamos una ducha luego del acostumbrado entrenamiento, descubrí que algunos de los otros muchachos tenían “ahí abajo” algo diferente a lo que yo desde temprano me había percatado que tenía. O, dicho de mejor forma, se me había revelado que ellos carecían de algo que yo sí tenía; y que, al ellos carecer de eso, hacía que “ese algo” se viera un tanto feo, porque se exhibía como rebanado o como descubierto… Así es como me percaté, a una edad emparentaba con la de acceder a la secundaria, que aquello era la consecuencia de un procedimiento médico, al que se sometía a algunos varones luego de su nacimiento, y que se lo llamaba con el nombre de “circuncisión”. Lo supe porque me lo dijo mi profesor adoptivo: aquel precoz Pelado, por supuesto!

Pero fue muchas décadas más tarde, una noche que hojeaba la sección cultural del Straits Times, que habría de enterarme que la circuncisión no había estado solo reservada a los varones; y, claro, como ya no se encontraba a la mano mi amigo de la infancia, no le pude consultar si esto que contaba el periódico era realmente cierto… Ahí se comentaba que la MGF afectaba a un alto porcentaje de mujeres -alrededor de ciento cincuenta millones-, que habían sido sometidas durante sus primeros años de vida, a un procedimiento quirúrgico que obedecía, más que a una costumbre religiosa, a una forma de tradición social que consistía en cortes, recortes o modificaciones de sus órganos genitales.

Cuando regresé a casa, corrí a buscar información que me aclarara e informara todo lo concerniente a este sistema de mutilación, sus variaciones; así como sus motivos o pretextos. Era evidente que no solo había estado mal informado -a la sazón era ya lo que llaman por ahí un “hombre de edad mediana”-, sino que la costumbre no era exclusiva de sociedades aisladas y pequeñas, o de un reducido número de personas. Es más: la llamada circuncisión femenina era un práctica muy popular, ejercitada por amplios sectores de culturas avanzadas, o en países considerados liberales y pertenecientes a sociedades desarrolladas en el mundo.

Grande fue mi asombro y estupor cuando, luego de consultar la enciclopedia, me pude percatar que existían varias formas, cada cual más desconcertante, de esta insólita forma de amputación. Me ilustré que la circuncisión femenina abarcaba una amplia gama de procedimientos, que variaban en grados de severidad, desde un ligero corte en la capucha del clítoris al corte total de los genitales externos o la costura de la propia abertura vaginal. Se conocía a esta ajena costumbre como ablación o mutilación genital femenina (MGF, por sus iniciales en español).

Al revisar la información proporcionada por la Organización Mundial de la Salud, me encontré con que existían diversas clases de circuncisión: “la escisión del prepucio, con o sin escisión parcial o total del clítoris; la separación del prepucio y clítoris, junto con la extirpación parcial o total de los labios menores; la escisión de una parte o de la totalidad de los genitales externos; y la sutura o estrechamiento de la apertura vaginal (la llamada infibulación)”.

Además, me topé con que habían otras formas que se encontraban todavía sin clasificar, entre las que se incluían “pinchazos, perforaciones o incisiones del clítoris o de los labios menores; estiramiento del clítoris o de los mencionados labios; cauterización mediante abrasión del clítoris y los tejidos circundantes; raspados del orificio vaginal o cortes de la vagina; e introducción de sustancias corrosivas en ella, para ocasionar sangrado, o de hierbas con el fin de reforzar o producir estrechamientos de la vagina”. En fin, una serie de procedimientos que no siempre se los realizaba con asistencia médica adecuada…

Esto de la MGF creo que no sabe todavía el Pelado; y estoy seguro que cuando lo sepa, me va a reclamar que de gana he incluido tanta “mala palabra” al revelar mi inaudito descubrimiento…

Neu-Isenburg, 24 de julio de 2012
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21 julio 2012

Falacias de la globalización

Se supone que el mundo se ha hecho cada vez más fácil de conocerse y que las naciones se han hecho más expeditas para que los hombres logren comunicarse. En la práctica, esto no siempre resulta cierto; basta observar las interminables filas que todavía pueden hallarse en las embajadas y consulados alrededor del mundo, basta comprobar el tortuoso trámite que deben satisfacer los pasajeros en las dependencias de inmigración y aduana de los aeropuertos internacionales, para comprobar cómo la discriminación y el trato que no se compadece con la dignidad de las personas, prevalecen aún en muchos países, donde parecería que el concepto de la globalización solo tiene relación con los asuntos comerciales, pero jamás con el tratamiento que deben merecer los seres humanos.

Quién no ha sido testigo de los dramas íntimos que a menudo se exhiben en esas instancias y dependencias internacionales? Quién ha podido abstraerse a la actitud discriminatoria, e incluso vejatoria, que se observa en muchas partes? Y esto para no mencionar todas aquellas situaciones personales que se observan, que se sabe que afectan no solo el bienestar y a la seguridad de las personas, sino que inciden en asuntos como la salud de los seres queridos, las tragedias familiares, los factores relacionados con la estabilidad laboral y económica, el sentido familiar y hasta los asuntos afectivos de la gente. Cuán triste es observar en embajadas y consulados el sentido de frustración, la sensación de impotencia, la desesperación que sienten los viajeros frente a lo inesperado e incierto.

Y todo, esto sin contar con los procedimientos prohibitivos, los trámites lentos y absurdos, los requisitos innecesarios e interminables. Hoy, que se supone que el mundo se ha globalizado y tecnificado, parecería que la burocracia insiste en encontrar nuevas formas de proscripción para hacer cada vez más dificultosos los procedimientos. Es esta una suerte de “revancha de Montezuma”, con la que los funcionarios tratan de desquitarse de los ordenadores que han venido quizá a simplificar, pero también a afectar la estabilidad de su trabajo. De esta manera una ilusión familiar se convierte en vía crucis; la posibilidad de acceder a una oferta de empleo en el exterior o de acceder a tratamiento médico especial, se convierten en tareas ahítas de complicaciones e inconvenientes inobjetables.

Hoy por hoy, las reglas internacionales hacen imposible acceder a visados para terceros países si el solicitante no se encuentra en su país de residencia. Si una persona se encuentra en Inglaterra, por ejemplo, y desea movilizarse a otro país de la comunidad europea, tiene que volverse a América para procesar su visado por medio de la oficina diplomática del estado en el cual se encuentra el primer puerto de arribo. No importan los atenuantes; ni nadie quiere saber nada acerca de las circunstancias emergentes o especiales; y menos aún de situaciones de calamidad doméstica o de fuerza mayor. No importan los dramas personales. Lo que parece preponderante es el cumplimiento descarnado de la regulación.

Es cuando se reflexiona en esa irrazonable entelequia en que se han convertido conceptos como frontera, nación y estado; y se hace inevitable averiguar a cuenta de qué se han creado estas incomprensibles barreras en las relaciones libres que quieren tener los hombres. Para añadir insulto a la herida, las oficinas consulares han subcontratado sus servicios de distribución de citas. Con ello, a más de haber alargado y complicado el proceso, han impuesto una odiosa cortina entre los usuarios y los funcionarios encargados. Este paso genera enormes limitaciones para los solicitantes de visado de bajos recursos o para quienes no cuentan con un ordenador o impresora cuando se ven obligados a utilizar tales servicios.

No deja de llamar la atención, la grosera falta de reciprocidad que se observa entre los países de niveles culturales y económicos distintos; pues los que provienen de los llamados “en vías de desarrollo”, o con un menor nivel de bienestar económico, no reciben en las dependencias de los países extranjeros aquellas mismas atenciones y trato preferencial que sus propios países otorgan a los ciudadanos de esas otras nacionalidades. Es preciso que, por medio de nuevos y más coherentes acuerdos internacionales, se vayan encontrando formas menos restrictivas y más eficientes, para así conseguir que todos los individuos puedan satisfacer el responsable ejercicio de sus libertades de viaje.

Quito, 12 de julio de 2012

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18 julio 2012

Tiempos de abstinencia

En pocos días más se dará inicio a un nuevo mes del ramadán, tradicionalmente el mes del ayuno musulmán. Se trata del noveno mes del calendario islámico, un sistema de conteo del tiempo diferente al que utilizamos en occidente y al que llamamos calendario gregoriano. La razón para esta diferencia es más bien simple: el calendario de la hégira es un sistema basado en las apariciones lunares, en tanto que el calendario occidental está basado en las revoluciones de nuestro planeta alrededor del sol. De ahí que los meses musulmanes solo tengan veintiocho días; y que los años del calendario islámico tengan, asimismo, solo trescientos cincuenta y cuatro días de duración.

El sistema de la hégira fue encargado por los primeros seguidores del profeta Mahoma a los sabios matemáticos de su tiempo, quienes usaron lo que nosotros llamamos año 622 A.D., como referencia para el inicio de su calendario. La “hégira” no es sino lo que la historia conoce como “la huida” del profeta de La Meca a Medina, y que sus seguidores prefieren interpretar como “la migración”. El año musulmán no se alinea, por lo mismo, con el año solar. Esta vez, el inicio del año 1434 de la hégira, se ha de cumplir alrededor del quince de noviembre.

El cálculo de las fechas islámicas no siempre es un asunto simple; no solo por la considerable discrepancia que mantiene con el calendario gregoriano, sino porque la confirmación del inicio del mes para los musulmanes depende de la observación, en la práctica, del cuarto creciente luego de la luna nueva. En otras palabras, aunque las tablas astronómicas permitan predecir el inicio de los meses del año, es preciso observar la aparición de esa fase de la luna, para confirmar, desde el día siguiente, el inicio del mes musulmán. Por esto es que el inicio del mes para los musulmanes parezca como rodeado de imprecisión y de capricho; pero se trata solamente de un uso basado en la tradición.

Este año, el ramadán ha de empezar alrededor del veinte de julio y concluirá alrededor del diecinueve de agosto. Ramadán quiere decir “abstención” y eso es justamente lo que los seguidores de Mahoma practican en este mes: una total y disciplinada abstención. Y es que, durante las horas comprendidas entre la salida y el ocaso del sol, ellos se abstienen de la ingestión de alimentos y procuran soslayar toda forma de pensamiento, acción o contacto físico que los aparte de su compromiso de evitar toda forma de satisfacción. En términos generales, esto tiene el mismo significado y propósito que hasta el siglo pasado tuvo el “ayuno y abstinencia” para los cristianos; pero que, con el paso del tiempo, aquello de la “abstinencia” pasó a cobrar una deformada significación…

Cuando esta etapa de abstinencia concluya, es cuando se dará inicio a otra muy importante celebración. Se trata de una suerte de “anti-ayuno”, similar a lo que para el mundo occidental constituiría la festividad de “Acción de gracias”. Con ella se da término a un mes de sacrificio que está dedicado a dar cumplimiento a uno de los cinco pilares del credo musulmán. Ese ayuno, sumado a la declaración de fe, el rito de las plegarias diarias, el compromiso con las obras de caridad y el viaje de peregrinación –de por lo menos una vez en la vida-, constituye uno de los importantes preceptos de esta religión monoteísta que se calcula que tiene más de mil millones de seguidores alrededor del mundo. Es bueno recordar que solo un diez por ciento de esta importante cifra se congrega en el mundo árabe.

Satisfago la curiosidad de quienes me consultan que cómo hago para abstenerme de comer durante todo el día, cuando visito los países islámicos. Explico con un pequeño comentario: esta forma de ayuno no aplica a todos los creyentes sin distinción; por ejemplo, no se aplica a los niños menores o a quienes enfrentan un estado de enfermedad. En cuanto a los extranjeros, existen zonas reservadas y cubiertas en forma conveniente -en los hoteles por ejemplo-, donde es posible la ingestión de comida sin alterar el rito musulmán. Por demás está comentar que cuando la noche llega, y el ayuno cesa, los que tienen enorme dificultad para controlar su apetito son los no creyentes… quienes pasan a ser testigos de los pródigos banquetes con que concluye cada nuevo día del mes del ramadán…

Casablanca, julio 18 de 2012

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15 julio 2012

Rayuelas y martingalas

Han retirado ya la manga de embarque y el comandante ha efectuado un breve anuncio de bienvenida. Regreso a mirar hacia la ventana y puedo comprobar que el equipo de tierra, en la plataforma, se ha ido alejando hacia adelante. Daría la impresión que no es el avión el que se ha movido, sino que ha sido la tierra la que en forma caprichosa se ha desplazado. He saludado con mi vecino de asiento sin obtener respuesta; solo entonces caigo en cuenta que él extrae de un pequeño estuche sus ayudas de sonido y se acomoda en el lomo de las orejas sus auditivas martingalas. Solo me hace un gesto ausente e indefinido; puede ser un fugaz saludo o la apelación a mi complicidad frente a su preferencia solitaria…

No hay en mi compañero de viaje un gesto de desdén o de hostilidad; quizá solo trata de concentrarse en el epílogo del libro que ha estado leyendo: una de esas novelas de espionaje y suspenso de John le Carré. Prefiero no interrumpir su absorción, aunque yo en el fondo lamente su falta de espontánea cordialidad. Es británico, puedo adivinarlo por su actitud y su vestimenta; hay algo en su altivez que denuncia su origen, para ello no me hace falta escuchar su acento.

El aparato ha realizado un carreteo lento y silencioso; y nos aprestamos ahora a  realizar nuestra maniobra de despegue. Mi vuelo me llevará de Gatwick, en el sur británico, a Charlote, en Carolina del Norte. Como en todo vuelo de larga duración, los pasajeros tratan de buscar comodidad adicional en los asientos que les han asignado y realizan pequeñas actividades que les permiten reubicarse. Mi vecino parece embelesado en el desenlace de una historia que lo mantiene cautivado; me deja la impresión que si una avería se habría de producir en el despegue y esta exigiría una evacuación de emergencia, él optaría por continuar en su asiento y seguiría leyendo en forma imperturbable…

Más tarde, el vecino ha concluido el texto que había estado leyendo; el final de su historia parecía importarle más que el inicio de su itinerario. Mira entonces la cubierta del volumen con aire de complacencia y baraja sus páginas en señal de regodeo; lo acaricia y lo guarda con remilgo en su atiborrado maletín de viaje. Vuelve a deshacerse de su martingala, coloca el adminículo en el porta accesorios y revela un nuevo texto que ha preparado para aligerar el viaje; la carátula reza un título en inglés, es una palabra para mí desconocida -Hopscotch-, entonces cedo a la curiosidad de averiguar el nombre del autor y ya no me hace falta consultar el significado. Adivino que se trata de “Rayuela” de Julio Cortázar. Qué curioso, yo mismo he estado leyendo “El hijo del hombre”, una novela de un escritor paraguayo, que habría estado influenciado por el mismo Cortázar: Augusto Roa Bastos. No hay duda, la vida es también como un juego de rayuela…

Medito en que así como ese guaraní se habría inspirado en el perfil del dictador Rodríguez de Francia para crear su “Yo, el Supremo”, que existen por ahí líderes autócratas que parecerían haberse inspirado en su novela, para producir un monstruo motivado por la propia vanidad y el oprobio ajeno. No hay duda que a veces la realidad se empeña en prevalecer sobre la fantasía. Con esa novela Roa Bastos nos enseña que el poder puede llegar a ser más omnímodo que el destino y que existe un instrumento más permanente que la fuerza del absolutismo. Esa herramienta es el lenguaje y se expresa con la magia de la palabra.

Hemos llegado a Charlote, cruzo entonces unas pocas frases con quien ha sido por nueve largas horas mi compañero de viaje; me comenta la impresión de sus lectura iniciales. Me siento como un niño a quien han dado permiso para incorporarse a un ya iniciado y casi concluido juego de rayuela. Más tarde, hay que soportar una hora de espera en las dependencias de inmigración. Todos los pasajeros, en especial los que han de hacer una conexión, exhiben su ansiedad y nerviosismo frente a la lentitud del proceso de ingreso a tierras de Norteamérica. Vuelvo a encontrar a mi vecino que impertérrito, y sin portar sus minúsculos accesorios, continua seducido por su lectura absorbente e interminable.

Ya afuera, en el terminal aéreo, me adentro en un restaurante perteneciente a una conocida franquicia mejicana. Y, mientras espero la llegada de lo que he ordenado, descubro otra vez a mi anterior vecino que también ha entrado en el mismo establecimiento. Se sienta en una mesa contigua; me reconoce otra vez, sonríe sin renunciar a su distancia, se instala su martingala, la de los discretos adminículos. Medito una vez más en el título de lo que está leyendo y reflexiono en la ironía de las coincidencias; y claro, también, en la del mayor de los artificios: aquel que sucede cuando la vida se nos convierte en una rayuela inesperada!

Miami, 14 de julio de 2012
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