16 mayo 2013

De nieblas e incertidumbres

A estas horas son muy pocas las personas que dejan de ver las serias deficiencias que exhibe el terminal del nuevo aeropuerto de Quito. Se trata de falencias que están relacionados con la ausencia de una visión, adecuada a la modernidad, del concepto global que debió tener dicho terminal; y que tienen que ver, además, con la carencia de un diseño funcional para una edificación que fue esperada con tanta ilusión y por tanto tiempo por la ciudadanía quiteña. Hay quienes piensan que no solo que faltó un diseño adecuado… Simplemente, que no hubo diseño!

Quienes nos veníamos interesando por el proceso de construcción del terminal y demás instalaciones del aeropuerto de Tababela, no teníamos muy claro por qué no se aprovechó la orientación natural de la meseta (unos veinte grados hacia el noroeste) a objeto de que la pista pudiese ser un medio kilómetro más larga. Más tarde habríamos de caer en cuenta que, si así se procedía, se creaba una seria dificultad para la aproximación desde el sur; ya que, la extensión del eje de la pista propuesta, se hubiese ubicado muy hacia el oriente de la actual senda de aproximación (muy cercana a la cordillera). Esto aparece lógico y es entendible.

Sin embargo, una vez realizado el trazo definitivo de la pista de aterrizaje, el eje mencionado en el párrafo anterior ha quedado ubicado todavía muy hacia el este. Vale decir que la aproximación final al nuevo aeropuerto -cuando se aproxima desde el sur-, no se ubica donde debería estar: sobre el punto más bajo del área de acercamiento. En otras palabras: en una posición equidistante entre el cerro Ilaló y las obstrucciones que representan las estribaciones de la cordillera central.

Por qué se escogió entonces esa inconveniente orientación, y no se optó por un eje diferente? Digamos que un rumbo magnético de 010 grados, en lugar del que al final se escogió (360 grados)? La respuesta parece ser bastante simple y tiene que ver, no solo con la pronunciada quebrada oriental que tiene la meseta, sino también con la carencia de espacio para construir y dotar de una calle de rodaje paralela a la pista que pudo haberse propuesto. El asunto debe haberles parecido a los constructores muy complejo porque obligaba a ubicar los terminales más hacia el norte del actual emplazamiento y exigía un considerable movimiento de tierras para satisfacer la nueva ubicación de la calle de rodaje (más al occidente).

Por ello que el eje escogido, a más de no proporcionar un tramo final mejor orientado, determina la subutilización del área sur-oriental de la meseta; la misma que bien pudo ser utilizada para la ubicación del terminal de pasajeros. Pero… cuál es el problema con la actual orientación de la pista? Simplemente que, por estar ubicado el tramo final demasiado cerca de la cordillera, no permite la instalación de un sistema de aproximación de Categoría II (e incluso de Categoría III) que, debido a las condiciones meteorológicas que afectan al sector, se hacía indispensable para equipar adecuadamente al aeropuerto capitalino!

Conforme a lo que me ha confiado un alto directivo de Aeronáutica Civil, se había adquirido un equipo apto para Categoría II (descenso hasta 100 pies sobre la pista en condiciones de mal tiempo), pero este no pudo ser instalado para conseguir tal objetivo, debido a que la orientación de la pista ya construída impedía cumplir con las zonas de protección establecidas por las normas OACI, necesarias para obtener el beneficio propuesto. Por ello que, aunque se ha instalado un sistema de Categoría II, el descenso solo puede efectuarse hasta una altura superior a los mínimos de Categoría I. Esto solo permite descender hasta unos 300 pies; lo que representa una altura más alta que la base superior de la capa de niebla…

Lo hecho, hecho está. Ahora, “el problema ya es de todos”… Sin embargo, creo que todavía podrían instalarse una serie de equipos complementarios (luces más avanzadas de aproximación; luces de zona de aterrizaje, de centro y principio de pista, etc. ; y, sobre todo, un radar de monitoreo de la senda final) que permitan utilizar el equipo de Categoría II hasta la altura mínima para la que está natural y originalmente diseñado. No es aceptable que un aeropuerto que supuestamente debía tener equipos de última generación, adolezca de esta lamentable falencia!

Quito, mayo 14 de 2013
Share/Bookmark

15 mayo 2013

Cuestión de abuelos *

“A Abraham se le considera el patriarca del monoteísmo. A sus hijos Isaac (que lo tuvo con Sara) e Ismael (con su criada Agar), así como a sus descendientes, se les atribuye la fundación del judaísmo y del Islam, respectivamente.

Cuando Abraham era sólo un joven (llamado entonces Abram) de la ciudad de Ur, Dios se le apareció y le instó a que viajara a la tierra de Canaán. Más adelante, Abram empezó a preocuparse por el hecho de no haber tenido descendencia. Su mujer, Saray (más tarde llamada Sara), parecía ser estéril, por lo que ésta le permitió acostarse con su criada Agar, quien dio a luz al primer hijo de Abram, Ismael. Furiosa y loca de celos, Saray obligó a Abram a echar de casa a madre e hijo.

Dios hizo entonces un pacto con Abram. A cambio de sus servicios y su devoción, le concedería tener un hijo con Saray, que sería el origen de una numerosa e importante estirpe. La tierra de Canaán sería suya. Como símbolo de este pacto, a los noventa y nueve años de edad Abram se cambió el nombre por el de Abraham, y Saray pasó a llamarse Sara. Él se circuncidó y prometió que sus hijos también lo harían.

Sara dio a luz a Isaac, en cumplimiento del pacto entre Abraham y Dios. Cuando Isaac era ya un jovencito, Dios le pidió a Abraham que lo sacrificara como ofrenda en su honor. Abraham, que le profesaba una devoción absoluta, accedió. Sin embargo, justo antes de que matara a su propio hijo, un ángel detuvo su mano. La Torah lo considera uno de los ejemplos fundamentales de la fe.

Isaac se casó con Rebeca y tuvo gemelos. El segundo en nacer y favorito de su madre era Jacob, que más tarde cambiaría su nombre por Israel. Jacob tuvo doce hijos, que fundaron las doce tribus de Israel y, por ende, a los conocidos como israelitas. Con su primera esposa, Lea, tuvo a Rubén, Simeón, Levi, Judá, Isacar y Zabulón. Con una criada de Lea, tuvo a Gad y Aser. Con su esposa favorita, Raquel, tuvo a José (a su vez, su hijo preferido) y Benjamín. Y con una criada de Raquel, tuvo a Dan y Neftalí.

Otros datos de interés:

Según el Islam, los musulmanes son descendientes de Ismael. Dado que éste fue de hecho el primer hijo de Abraham, ellos dicen ser los verdaderos herederos del pacto de Dios. Creen que Abraham fue un profeta importante y que, de hecho, fue Ismael el que estuvo a punto de ser sacrificado.

Según el cristianismo, hay un cierto paralelismo entre la disposición de Abraham a sacrificar a Isaac y el sacrificio que hizo Dios de su propio hijo, Jesucristo.”

* Extracto tomado y reeditado del capítulo “Abraham, Isaac y Jacob”, del libro “365 días para ser más culto”, por David S. Kidder y Noah D. Oppenheim.

Quito, mayo 14 de 2013
Share/Bookmark

14 mayo 2013

De ajuares y jaguares

Advierto que jaguar rima bien con enjaguar, del mismo modo que ajuar lo hace con enjuagar; entonces me pregunto cómo mismo es que se dice correctamente, si enjaguar, o enjuagar? Debe decirse enjagüe o enjuague? Como es mi porfiada costumbre, acudo a mi lazarillo lingüístico, el diccionario de la RAE, y descubro que ambas son formas aceptadas: tanto enjuagar como enjaguar, aunque la definición de esta última acepción remite a la primera, ya que enjaguar se deriva del latín vulgar. Advierto que ambas formas tienen apoyo o respaldo, aunque los niveles sociales más cultos prefieran la voz “enjuagar”.

Utilizo esta confusa digresión, porque quisiera hablar de un vocablo que se ha puesto inusitadamente de moda -el término jaguar- y que se ha querido aplicar, para comparar a nuestro país con lo que en el Asia representan aquellos países que en las más recientes décadas se han destacado por su vertiginoso desarrollo económico, uno que ha motivado que se utilice la expresión con la que se los identifica: “tigres asiáticos”. Me refiero a Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur.

Qué tiene de parecido Ecuador con esos países del levante asiático? Pues, por el momento, tan solo que es un país de un gran potencial económico e industrial y, desde luego, que es muy pequeño desde el punto de vista territorial… Y, claro, si sabemos pisar en tierra, habremos de coincidir que no existe ningún otro tipo de característica que nos convierta en un país similar. Poseer el potencial, por sí solo, no justifica tal denominación! Tan solo el pavoneo y la ostentación…

Todos aquellos países a los que hacemos referencia gozan de economías sólidas y vigorosas; exhiben elevados niveles de crecimiento -especialmente industrial-; son objeto de la inversión de enormes capitales foráneos (de hecho, gozan de la presencia masiva de capital perteneciente a las más solventes multinacionales); y disponen, finalmente, de una mano de obra muy barata y altamente calificada. Entonces me pregunto: ¿cuál de estos claros ingredientes pueden advertirse como existentes, en forma irrecusable, en nuestra modesta economía nacional?

He tenido la oportunidad de vivir por casi veinte años en el Asia, fui testigo de la cultura empresarial coreana; viví de cerca la formidable organización social que Lee Kuan Yew implementó en ese país del primer mundo -verdadero ejemplo y referente mundial- que es Singapur; y puedo afirmar con absoluta certeza que las principales características que identifican a esos pueblos no las encuentro -por lo menos, no logro observar todavía- en el Ecuador contemporáneo. Esos milagros solo fueron posibles gracias a una profunda vocación de trabajo (en Corea se trabaja seis días a la semana); debido a un extraordinario desarrollo industrial; como consecuencia de una continua y permanente inyección de inversión foránea; y, ante todo, debido a un profundo y primordial sentido de colectividad.

Cuando observo que en países como el nuestro, la legislación laboral se pone al servicio de la holganza en detrimento de la soslayada productividad; o que se desalienta la inversión extranjera a pretexto de proteger un politizado sentido de soberanía y nacionalidad; o que se trata de medrar del odio y del resentimiento en perjuicio de un necesario sentido de comunidad, me pregunto si podremos realmente aspirar a convertirnos en un milagro económico, en un auténtico jaguar, o si habremos solo de convertirnos en un famélico y deslucido tigrecito caracterizados no solo por su pobreza sino también por su engreída vanidad…

No es bueno poner la carreta delante de los caballos; ni comprar el vestido de novia antes de haber encontrado el consorte que ha de hacer factible el enlace nupcial. La novia ha de conseguir primero quien la despose, antes de ponerse a escoger, con petulancia y antes de hora, el tradicional y acostumbrado ajuar…

Quito, mayo 14 de 2013
Share/Bookmark

10 mayo 2013

¿Ya llegamos…? ¿Ya llegamos…?

No habría de volver ni a las playas de Atacames ni a las costas vecinas por casi una década completa. En el ínterin me había hecho ya de una esposa y de cuatro inquietos y curiosos mozalbetes, enamorados de viajar, de ilusionarse por lo nuevo, de compartir con quienes lograban afinidad, de disfrutar el deporte y la aventura. Uno de sus destinos favoritos fue siempre un lugar donde el clima era distinto, donde los frutos del mar y de la tierra sabían diferentes, donde hacía calor y podían compartir con su padre, el aviador que tantos días se alejaba de la casa, esos momentos que justifican el nombre de familia… A ellos les fascinaba viajar de vacaciones a la playa!

Por todos esos años fuimos con periódica frecuencia a Bahía de Caráquez. Ahí el mar no era lo más atractivo ni atrayente, pero disponíamos de ciertas discretas comodidades gracias a la generosidad de amigos que eran propietarios de un pequeño departamento que nos lo cedían cuando no estaba ocupado. Y allá era donde íbamos cada vez que mis itinerarios me lo permitían; y, sobre todo, cada vez que un convenio entre los aviadores de mi empresa permitía que hiciese uso de mi antigüedad para gozar de licencia. Lástima que para acceder a las ventajas de aquel escalafón, mis prioridades eran todavía muy escasas…

Hasta que algo inesperado ocurrió. Eran los prolegómenos de un fin de semana largo -del consabido y acostumbrado “puente” laboral- y ciertos malestares e inconformidades sindicales propusieron celebrar en forma distinta el ya vecino Día del Trabajo… Para cuando habíamos llegado a la población de El Carmen, localizada a medio camino entre Santo Domingo y Bahía de Caráquez, tuvimos que aceptar la inapelable noticia de que el pueblo había plegado al fervor de un paro decretado. El poblado había querido manifestar su rebeldía y había optado por obstruir la vía que conectaba las principales ciudades manabitas con el resto del país. La carretera se hallaba ahora tomada y completamente paralizada…

Luego de un par de horas de espera optamos por desandar lo andado y, para pena de los hijos y desconsuelo de sus padres, tuvimos que resignarnos ante la lamentable situación que no tenía visos de poder remediarse. Mas, cuando ya nos regresábamos a Quito y mientras tomábamos un refrigerio en Santo Domingo, una fortuita conversación con una pareja de amigos nos hizo, de pronto, avizorar una hasta ahí no explorada alternativa: tomar el camino hacia el norte, hacia Esmeraldas, y probar fortuna en una de las playas de esa provincia, a pesar de que no habíamos anticipado ninguna reservación para nuestro alojamiento.

Había algo de aventurado y temerario en la decisión a tomarse: habríamos de llegar a un lugar todavía no determinado alrededor de las diez de la noche, para solo entonces ahí intentar conseguir hotel o alojamiento en medio, nada menos, de un fin de semana largo! Éramos una pareja joven con cuatro pequeños niños que tan pronto como reemprendimos el trayecto habían empezado a consultar con ávida insistencia: “¿ya llegamos…?, ¿ya llegamos…?

Y… llegamos! Y a la hora prevista! Pero, claro, sucedió lo que debimos haber previsto: que en ninguna parte encontraríamos alojamiento! Rogamos por una habitación para descansar en Tonsupa, Castelnuovo, Atacames, Súa, Same y todos los lugares imaginables… hasta que comprendimos, en medio de un enorme cansancio, que se nos había hecho la medianoche. Optamos por aceptar unas cabañas ubicadas en la playa de Same cuando, para horror de los chicos, uno de ellos descubrió que las jaibas que adornaban la piscina del lugar, también podían encontrarse dentro de los dormitorios y hasta encima de las sobrecamas!

Tuvimos que volvernos a Castelnuovo esa misma noche… y esperar en el auto hasta altas horas de la madrugada, cuando por fin alguien pudo ofrecernos un par de acogedoras habitaciones cuya reservación no había sido confirmada!

Quito, 10 de mayo de 2013
Share/Bookmark

09 mayo 2013

Mudanza de un paisaje

Hacia mediados del año setenta y dos, la Dirección de Aviación Civil -fungiendo quizá sin intención de “tribunal de litigios laborales” -aunque debido a mi edad, bien pudiera insinuarse que de “tribunal de menores” - decidió en forma harto severa, y un tanto intempestiva, adelantar mis vacaciones… En realidad, debería decirse que “en uso de su autoridad y en nombre de la ley” decretó que, debido a un exceso de horas que se había detectado en mi actividad de vuelo, suspendía las prerrogativas de mi credencial y determinaba que debía acogerme, en forma inmediata, a goce indefinido de licencia. La medida equivalía para mí, en cierto modo, al ejercicio postergado de unas vacaciones que aún no había utilizado…

La resolución era la consecuencia de una situación particular que se había presentado en la empresa para la que yo entonces trabajaba: la compañía había venido arrastrando durante esos meses una carencia prolongada de pilotos. La medida venía, por lo mismo a agravar dicha condición empresarial. En cuanto a mi situación personal, equivalía a que entrara a disfrutar de unas semanas de “merecido descanso” que no las había pedido, ni tampoco programado. Debía, por lo mismo, tratar de improvisar unas prolongadas vacaciones en solitario.

Por esos mismos días yo había empezado a hacer alarde (cuándo no!) de un auto de aspecto deportivo y egoísta espacio interior que recién había adquirido. Decidí, por lo mismo y en vista de que nadie estuvo en condición de ofrecerme compañía, realizar un pequeño viaje de descanso a unas playas que entonces empezaban a publicitarse. Yo no había ido jamás al norte del litoral y esta me parecía una adecuada oportunidad para explorar esos parajes. Así fue como, una vez que la disposición administrativa se confirmó como inapelable, fui a casa, recogí unos pocos bártulos y emprendí ese imprevisto viaje a Atacames.

No había por entonces la carretera del nor-occidente vía Nanegalito, Los Bancos y Puerto Quito. El viaje solo podía hacerse a través de Santo Domingo utilizando la vía de Alóag y Tandapi, conocida como de Tata-tambo. Una vez que se llegaba a Esmeraldas, terminaba el pavimento y lo único que existía era un camino de uso semipúblico que podía utilizarse casi exclusivamente en el verano. Se trataba de un sendero sinuoso y mal empedrado, cuya principal característica eran aquellos portones alambrados que interrumpían el trayecto de tramo en tramo.

No existía alternativa, para el conductor, que la de detener su vehículo, acercarse a desenganchar y abrir esas portezuelas, movilizar el coche a través del portón, parar nuevamente el auto, y regresar a dejar la puerta en su anterior situación. Sin embargo, debido a las lluvias irregulares el camino no siempre exhibía un buen estado. No era recomendado, por lo mismo, transitar esa precaria carretera sin conocer previamente su real condición o sin disponer del vehículo apropiado.

Unas tres horas luego de haber dejado Esmeraldas, llegué sin contratiempo a mi destino programado. La playa de Atacames constituía una especie de alargada península que estaba separada, por medio de un angosto estero, de aquel su indigente y descuidado poblado. Unos pocos bohíos y cabañas cubiertas en forma incipiente reflejaban el embrionario esfuerzo turístico y las pobres y aisladas iniciativas empresariales de un lugar que había sido favorecido por aquellas playas hermosas e interminables. Era un rincón que, por su propia naturaleza y por la falta de infraestructura, estaba condenado al olvido gran parte del año.

Atacames era entonces un lugar tranquilo y alejado. Cuando los necios mosquitos vinieron aquella misma tarde a darme su acostumbrada bienvenida, enseguida me lancé al mar a disfrutar del océano y de su incesante jugueteo. Al apreciar el solitario paraje, nunca me hubiese imaginado del desarrollo inusitado que esa y otras playas cercanas habrían de tener tan solo unas pocas décadas más tarde.

Quito, mayo 10 de 2013
Share/Bookmark

07 mayo 2013

Para evitar las arrugas...

Desde muy niño creí advertir que había uno como mensaje oculto, una suerte de significado subrepticio y secreto que parecía estar contenido en ciertos nombres y palabras… O, por lo menos, creo que accedí al extraño convencimiento de que ciertos vocablos ejercían un repentino y curioso sortilegio: nos impelían a evocar episodios que no tenían la apariencia de estar emparentados y nos invitaban a recordar circunstancias que no parecían estar relacionadas con su significado.

Esto me habría pasado la primera vez que, en un paseo familiar, fui a conocer el lago de San Pablo. Intuyo que a pesar de mi corta edad, y debido a mi incipiente formación religiosa, ya relacionaba entre sí los nombres de los más conspicuos representantes del santoral cristiano: los apóstoles San Pedro y San Pablo. Y, así como habría relacionado el nombre del primero con la voz “piedra”, parece que por un motivo que no logro explicar, ya asociaba la palabra “tabla” con el nombre del discípulo que habría escuchado esa voz misteriosa en el camino de Damasco...

¿Por qué relacioné, en forma prematura, con unas tablas o con unos elementos de madera al insigne converso que obedecía al nombre de Saulo? Sugiero que tal vez tuvo que ver con mis primeras impresiones de aquel casi olvidado paseo a la laguna andina. Debí haberme impresionado por el reflejo del retaceado cerro -el “taita” Imbabura- sobre las aguas del lago, visto desde el borde cenagoso de las marismas; pero lo que con seguridad espoleó mi imaginación fue aquel agreste paisaje de totoras donde las barcazas parecían merodear sin prisa en medio del disperso pajonal de los marjales.

Pero, quizás pudo haber algo más… Y quizá fueron aquellas precarias dársenas entabladas que asomaban en forma ocasional en el borde mismo del estanque; aquellas estructuras que servían de pasadizo de acceso a los esporádicos bares y lugares turísticos que ofrecían sus productos y viandas. Esos tablados estaban sustentados en frágiles pilotes de eucalipto y sus duelas artesanales mostraban hendijas considerables por las que era fácil observar las aguas subyacentes y aun los abundantes peces que ávidos se desplazaban buscando su alimento.

Nada debió sorprenderme tanto, sin embargo, como haber sido acompañado a uno de aquellos aislados rincones que fungían de “servicios higiénicos”, donde la loza del sanitario había sido instalada sobre la propincuidad de las aguas y por encima del nivel donde traviesa pululaba una infinidad de peces multicolores… Por ello quizá cuando hoy escucho el nombre de San Pablo, pienso en esos “retretes con paisaje inferior”, o en aquellas letrinas cuya improvisación habría obedecido a fortuitas circunstancias… Y supongo que las habría utilizado no sin cierta desconfianza: alguien me habría advertido que debía tener cuidado con los peces de mayor tamaño que saltaban para picar a los desprevenidos forasteros…

Ah, las palabras con sus recados y los vocablos con sus mensajes! Más tarde habría de asociar -y quizás por similares motivos- el nombre propio de Esmeralda (la esposa de uno de mis tíos) con las alhajas y los zarcillos; y otro nombre, el infrecuente de Zelandía, no con el de un país ignoto y lejano, sino con la imagen de una elegante mujer costeña de vestir desinhibido que venía a visitar a la abuela ciertas frías tardes de sábado. Sus pródigas carteras siempre habrían de coincidir con el color del nutrido repertorio de su inagotable muestrario de calzado.

Alguna vez exhibió un modelo de calcañares transparentes que insinuaba una sensual desnudez; fue la misma tarde que le confesó a la abuela que ella hacía un esfuerzo para no reírse jamás… Había descubierto el secreto de la juventud: que el cutis de las personas se arrugaba con el rictus que los rostros adquirían al ceder al impulso irresistible de celebrar el humor con un gesto de sonrisa… Ella evitaba el festejo del ingenio ajeno por un motivo parecido al que alguna vez apuró mis aprehensivas y fugaces visitas a los modestos orinales del lago de San Pablo…

Quito, 7 de mayo de 2013
Share/Bookmark