25 septiembre 2026

El avance de la derecha

“Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez”. Jorge Luis Borges.

Por mucho tiempo me ha parecido la izquierda política una tendencia muy coherente; a la vez, y por lástima, me ha parecido también que son muchos los políticos de izquierda que se muestran como más incongruentes, como que fueran proclives a una más acusada falta de integridad. De las filas de la izquierda salen con frecuencia muchos de los nuevos ricos que se dan en la política, y son precisamente políticos de izquierda los que están involucrados en variados e incomprensibles casos de corrupción. Cierto es que hay corruptos y nuevos ricos en las filas de todas las políticas tendencias, pero deberían ser de izquierda, por lo que predican, los que se destacan por su sentido de delicadeza, honorable gestión y marcada honestidad. Por algo había dicho Henry James alguna vez que: “La incoherencia es el peligro que acecha a la autoridad moral”.

Leí en la prensa acerca de la celebración de un congreso panamericano que buscaba encontrar una respuesta al inusitado avance de la derecha en el continente. Considero que, si en realidad la izquierda quiere encontrar una respuesta al acertijo, debe empezar más bien por hacer un mea culpa y, en ese acto de humilde honestidad, reconocer cuáles han sido sus principales errores, abusos y desaciertos. El desencanto de la gente con la izquierda, en lo que va del siglo, pasa por al menos tres motivos: su rigidez ideológica (incluso cuando ha actuado con integridad intelectual); su tendencia a permitir o promover la corrupción (ausencia de métodos de control destinados a monitorear sus élites políticas); y esa, su deriva autoritaria, propensa a aplicar fórmulas anti democráticas para mantenerse en forma indefinida en el poder. Intuyo que todo lo anterior, en conjunto, es lo que no siempre permite a la gente comparar objetivamente y decantarse por la posibilidad de repetir un nuevo buen gobierno de esa ideología o tendencia política.

La derecha, por su parte, ha gozado de la mesa servida del desencanto popular que había generado la propia izquierda, a pesar –en su caso– de sus tres más grandes defectos: su propia rigidez intelectual y política; la ausencia de una más preocupada sensibilidad social; y la defensa de las prebendas económicas de ciertos sectores, a pretexto de su interés por estabilizar o mejorar la economía de sus respectivos países. En tal escenario, resulta inevitable caer en una condición donde no prevalecen los intereses nacionales –y menos aún los populares–, que resulta en terreno fértil para que se fortalezcan la falta de acuerdos políticos de consenso, la intolerancia, el abuso de poder y, con cierta frecuencia, el más cínico autoritarismo.

Porque, al parecer, algo de todo esto es lo que estuvieron tratando en días pasados, en Montevideo, más de un centenar y medio de líderes, auto tildados ellos mismo de “progresistas”, que lo que pretendían hallar no era precisamente políticas y maneras para perseguir el bienestar –léase progreso– de sus postergados pueblos, sino –más bien– métodos para alcanzar, recuperar o mantenerse en forma perenne en el poder; es decir, para detentar en forma permanente y perpetua el incuestionable control de todos los poderes. Si bien se entiende, todo aquello debilitaría, aunque sea en forma disimulada, la institucionalidad jurídica en sus atribuladas e inestables naciones… ¿No hay en todo ello una evidente falta de coherencia?

¿Cuál es en nuestros días el escudo invariable de cierta izquierda, y no solo en ese renuente discurso que nunca está ausente en estos foros? Pues sigue siendo el mismo que –por manido y desgastado– suena ya a pretexto: la pretendida soberanía de las naciones. Y no es que la soberanía no sea importante, sino que es precisamente cuando existen distorsiones en el manejo del poder que la comunidad internacional debe hacer un acto firme de presencia, dejar oír su voz de moderación y contención, y presionar a los gobiernos díscolos y abusivos para que se encuadren en la legitimidad y en el derecho. Entonces, y solo entonces, el cuento de la cacareada soberanía dejará de ser excusa y mero subterfugio, y cesará de ser un simple escabel para eternizar las dictaduras y para castigar a los pobres por incautos e ingenuos.

Progreso sin desigualdad equivale a redistribución de recursos, siempre que no se transija ante la tiranía y el autoritarismo. La soberanía es importante, pero debe basarse en la más auténtica legitimidad. Este es el sendero que le toca recorrer a la izquierda, camino que debe inspirarse en un genuino sentido de integridad y propósito de enmienda; y que debe transitar alejado de la improductiva irreflexión y la trasnochada nostalgia. Ello requiere de un renovado esfuerzo, evitando la manipulación y el servilismo feligrés.


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