Se las llama también estribillos, coletillas, latiguillos o cantaletas; son esas palabras o locuciones que la gente (vaya, todos) las repite casi sin darse cuenta. Lo hacemos por hábito, sin caer en cuenta siquiera que echamos mano de ellas en forma innecesaria, como parte de nuestra forma o costumbre de hablar. Barrunto que las llaman así, de ese modo, porque nos recuerdan a las muletas, a esos adminículos en los que nos apoyamos para ayudarnos a caminar. Y ya que lo menciono, bien pudieran también asemejarse a las otras muletas: a aquellas franelas que utilizan los toreros, esos implementos que ayudan a esquivar el astado.
No hay virtualmente nadie que no use estas cantaletas, pero, a pesar de ello, hay mucha gente que las utiliza en forma indiscriminada y echa mano de ellas todo el tiempo porque no ha hecho un real esfuerzo por identificarlas y tratarlas de evitar. Hemos reconocido que casi todos las traemos a cuento en forma involuntaria, pues ahí mismo se encuentra el problema: no hacemos un pequeño esfuerzo para no convertirlas en ese indispensable bastón, sin el cual no podemos expresarnos. Un bastón que no queremos dejar en casa; sin él creemos que no podemos caminar… A propósito (otro latiguillo): muleta tiene el significado de "pequeña mula”, aparato formado con dos palos largos y un travesaño superior en el que descansa la axila para ayudar a caminar" y se forma con el sufijo diminutivo -eta, sobre la palabra “mula”.
Aquí van unos pocos –aunque muy repetidos– ejemplos de esas llamadas coletillas:
Por cierto: locución que es correctamente utilizada cuando al hablar de un determinado tema o asunto, de pronto recordamos algo relacionado con el episodio o la temática en liza y advertimos a nuestro contertulio que vamos a efectuar una breve digresión. Pero se convierte en estribillo cuando usamos la expresión sin ese objeto; en otras palabras, para simplemente seguir hablando, para hablar de una materia nueva y para nada relacionada, porque quizá creemos que su uso convierte nuestra exposición en una forma más elegante de expresión.
A lo mejor: expresión que no siempre usamos con su sentido natural, como si destacáramos una cierta forma de preferencia; sino, más bien, como una forma de duda o incertidumbre disimulada. Como una manera de reemplazar un tal vez o un quizá.
De pronto: esta es una muletilla que se ha ido convirtiendo en muy frecuente, como una aparente forma de llamar la atención para luego insinuar u ofrecer algún tipo de obsequiosa asistencia: “de pronto”, ¿se les ofrece un café o pasar a tomar asiento?
La verdad que, o para ser sinceros: forma de usar la expresión para tratar de reforzar como cierto o indiscutible lo que estamos diciendo; como que haría falta remarcar o insistir en que algo es real o que es verdadero lo que estamos demostrando o tratando de sustentar. No caemos en cuenta que es como si lo dicho en forma anterior no sería totalmente cierto o, de plano, falso o una media mentira.
De paso o de hecho: ambas expresiones usadas tanto en la forma hablada como escrita para respaldar la impresión de que lo que se va a decir está relacionado con lo hasta ahí veníamos desarrollando; sin importarnos que, en la mayoría de las veces, se trataría de un comentario o información que no tiene relación con lo anterior.
Por así decirlo: esta se ha convertido en una forma cuasi elegante, de esconder que no tenemos la palabra o frase más adecuada que reemplace lo que hemos dicho o vamos enseguida a expresar. Equivale al incluso más repetitivo “digamos”, que denuncia más que ninguna otra expresión innecesaria la falta de riqueza de nuestro vocabulario de uso cotidiano; o, ¿quién sabe? (otra frecuente muletilla) nuestra no siempre disimulada inseguridad, ya convertida en frágil vulnerabilidad.
Mirándolo objetivamente: fórmula o recurso que las más de las veces utilizamos cuando lo que estamos a punto de decir nada tiene de objetivo, es decir de neutral. Si bien lo vemos, es casi imposible ser neutral o no tener preferencias; pero siempre que usamos esta curiosa expresión es para respaldar un punto de vista sesgado que casi siempre carecerá de un cariz respaldado en la más pura y prístina objetividad.
Valga la redundancia: utilizado para disculpar algo dicho –o que se piensa decir– en forma repetitiva (y normalmente innecesaria), cuando en la práctica existen muchas otras maneras de reemplazar la palabra que se ha repetido o se va a repetir.
O sea, y o sea, digamos: he aquí el summum de las cantaletas, ambas dignas de entrar en el sanctasanctorum de lo más graneado de la muletilla. Son esas las expresiones que definen nuestra forma de expresión, las que muchas veces marcan nuestra manera de hablar.


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