24 julio 2026

Aventuras y cosas serias

Un día, mientras asistía a un congreso gremial a mediados de los ochenta, fui con mi amigo Hilario Valinotti (†) a un restorán en Buenos Aires. Mientras esperábamos, se acercó un conocido suyo que se me presentó como Macaya... Cuando este volvió a su mesa, pregunté a Hilario si aquél era su apodo o su nombre de pila. “No, ché, mi colega respondió, somos contemporáneos, ese es su apellido; es un reconocido periodista”. Pasado el tiempo, se me fue haciendo frecuente ver su imagen en diferentes canales deportivos.

Enrique Macaya Márquez ha cubierto 18 mundiales consecutivos, desde Suecia en 1958 hasta el reciente. Si hoy cuenta con 91 años, es fácil colegir que era mayor con pocos años a Pelé (entonces 17) cuando Radio Belgrano lo envió a cubrir el Mundial de Suecia. Nacido en Buenos Aires (1934), muy joven se incorporó a la radio donde se destacó como relator y comentarista. Macaya ha escrito libros, ha colaborado con múltiples estaciones de radio y televisión y, últimamente, ha sido objeto de varios reconocimientos.

Para quienes siguen desde niños el torneo mundialista, la suya se ha convertido en una imagen familiar, al menos desde los albores de la transmisión televisada (quizá desde mediados de los ochenta). Macaya es toda una leyenda. Su enjundia (es una enciclopedia ambulante), su criterio objetivo nunca exento de una gran capacidad de asombro, lo han convertido en un referente muy querido. En días pasados vi un video suyo en el que agradece por alguna distinción y se corrige cuando dice que su trayectoria ha sido “casi una aventura”. “No lo ha sido –adusto se contradice– pues he tomado mi tarea como una cosa muy seria”.

¿Es malo vivir una aventura? ¿No es eso la vida misma? ¿Hay, quizá, algo de pernicioso o perverso en haber sido protagonista de una aventura personal? ¿Nos convierte aquello, ipso facto, en “aventureros”? No, yo creo que hay algo de encomiable en ciertas aventuras, sea por la seriedad con que las asumimos, o por la responsabilidad con que las hemos podido ejercitar. Entonces… ¿por qué la palabra aventura implica cierto sentido de descuidada irresponsabilidad o, al menos, de consentida informalidad? Veamos:

El DLE dice que ‘aventura’ puede ser lo siguiente: Un ‘acaecimiento’; entre sus sinónimos señala: andanza, peripecia y correría. / Una casualidad o contingencia. / “Una empresa de resultado incierto o que presenta riesgos”. / Y aun, una relación amorosa ocasional (emparentada con enredo, affaire o devaneo). No sorprende, por lo tanto, el significado que pueden alcanzar voces como aventurar (arriesgarse, atreverse, poner en peligro); aventurado (arriesgado, atrevido, inseguro, peligroso, expuesto); y aventurero (dicho de una persona: “de oscuros o malos antecedentes, sin oficio ni profesión, y que por medios desconocidos o reprobados trata de conquistar en la sociedad un puesto que no le corresponde”). Curioso vocablo, cuyos sinónimos son –para mayor sorpresa–: vividor, golfo, oportunista, aprovechado, ambicioso, intrigante o maniobrero…

Respecto a su etimología, encuentro que: “La palabra aventura procede del latín adventura, forma neutra y plural del participio del verbo advenire (llegar), compuesto del prefijo ad- (aproximación, dirección, presencia), venire (venir) y el sufijo -urus/- ura que expresa la idea de remitido al futuro (…) Adventura significa en latín "las cosas que han de llegar", que se refiere a los hechos inciertos que están por venir (ventura)”. Y, además: “los participios futuros activos en latín se forman con la misma raíz que el participio de perfecto (aquí sería vent- y el participio de perfecto ventus de venire) añadiendo un nuevo sufijo -urus. Así nos daría venturus, que quiere decir "el que vendrá" y en plural neutro, ventura = "los cosas que vendrán" ( positivas o negativas). Así ventura, en castellano, puede significar suerte, pero también peligro”.

Medito en lo que ha sido nuestra vida como aviadores y –sobre todo– en nuestro trabajo como pilotos; y en que hayamos tenido la bendición de que, en gran parte, ese oficio haya sido “una gran aventura”, y no puedo sino agradecer que haya profesiones y tareas que se las pueda ejercitar como lo que ellas son: una aventura responsable. Reflexiono en todas nuestras experiencias profesionales y en todos aquellos viajes; y, resuelvo, que gozamos de todo un privilegio al haber podido disfrutar de ese “sentido de aventura”. ¿Qué fue sino eso La Odisea, de Homero?, o ¿El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha? ¡Pura aventura! ¿O, todos esos otros libros que nos maravillaron en nuestra infancia, y que alegraron nuestras vidas, o que revitalizaron nuestra vocación por el asombro? Y no puedo, sino agradecerle a Dios y a la vida: ¡Sí, qué magnífica aventura!

PD: Rindo homenaje a Hilario Valinotti, comandante de B-747 con Aerolíneas Argentinas, que transportó a Juan Pablo II y fue dirigente de la Organización Iberoamericana de Pilotos, OIP. Falleció trágicamente en 2017, volando el pequeño Piper PA-32 que piloteaba.


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