21 julio 2026

El «que» no sobra *

 * La coja elegancia del español comprimido. Por: Mauricio Alvarado Dávila - Desde mi Trinchera. Publicado en La Nación 1-7-26

Hace algún tiempo, empecé a notar una forma de expresión que, aunque ya era bastante extendida, nunca terminó de sonarme bien. Me refiero a la supresión de la conjunción «que» en frases como: «Espero les guste», «Deseo tengan éxito», «Me pidieron reemplace al profesor» y otras semejantes. No hablo de una mera preferencia personal ni de una resistencia caprichosa frente a los cambios del idioma. Es cierto que las lenguas evolucionan, y muchas construcciones que hoy consideramos naturales fueron vistas alguna vez con sospecha. Pero también hay deformaciones que no nacen de una evolución orgánica del lenguaje, sino de una afectación estilística que termina popularizándose por imitación.

Desde el inicio, estas expresiones me dieron una sensación peculiar: no parecían «más elegantes», más precisas ni más modernas, sino, sencillamente incompletas. Y creo que ahí está la clave. En español, la conjunción «que» cumple una función mucho más importante de lo que suele suponerse. No es un simple relleno gramatical, una muletilla ni una pieza ornamental prescindible. Su tarea consiste en enlazar la oración principal con la subordinada, sosteniendo tanto la continuidad sintáctica como el ritmo mismo de la expresión.

No es igual decir: «Espero que les guste», que: «Espero les guste». La segunda construcción es perfectamente comprensible. Nadie afirmaría lo contrario. Pero comprensión y buena construcción no son siempre lo mismo. Al desaparecer la conjunción, la frase pierde una suerte de apoyo interno. El resultado es más seco, más abrupto, menos fluido. Es curioso, pero estas elisiones (omisiones de elementos lingüísticos: palabras, expresiones) suelen aparecer acompañadas de un cierto tono de solemnidad involuntaria. Quien dice «Espero les guste» cree con frecuencia que está hablando de forma más cuidada, más elevada o incluso «más culta».

Sin embargo, pasa muchas veces lo contrario: la expresión toma un aire artificioso, semejante al de ciertos comunicados institucionales que buscan sonar refinados mediante la simple compresión del lenguaje. Tal vez por eso estas fórmulas se han extendido con tanta rapidez. No porque mejoren en realidad la expresión, sino porque generan una apariencia de corrección o de prestigio cultural que termina propagándose por simple imitación. Por supuesto, no toda economía lingüística es negativa. El idioma elimina constantemente elementos innecesarios. Pero hay diferencias importantes entre simplificar y debilitar. El español, a diferencia de otras lenguas más inclinadas a la condensación extrema, tiene una estructura particular y rica en nexos y conectores. Su fluidez depende en buena medida de ellos.

La conjunción «que» no sobra. Sostiene. Y eso no es sólo cuestión gramatical, sino también musical. El español tiene respiración propia. Cuando se eliminan ciertos apoyos, la frase puede seguir funcionando de forma racional, pero pierde naturalidad, equilibrio y fuerza expresiva. Tal vez por eso estas construcciones producen, al menos en algunos de nosotros, una sensación tan peculiar: no parecen de verdad modernas ni en realidad elegantes, sino simplemente incompletas.

Una probable fuente del barbarismo: Aunque no puedo afirmarlo de manera categórica, sospecho que este fenómeno podría tener relación con la creciente influencia estructural del inglés sobre ciertos usos contemporáneos del español. El inglés tolera mucho más la subordinación implícita o mínimamente articulada. Expresiones como «I hope you like it» carecen de un equivalente directo del «que» español. En cambio, nuestro idioma ha tendido históricamente a explicitar con claridad los nexos subordinantes.

No parece casual que esta forma de expresión se observe con particular frecuencia en personas que dominan o utilizan mucho el inglés. Y no me refiero necesariamente a traducciones literales conscientes, sino a algo más sutil: la adopción inconsciente de estructuras sintácticas ajenas. Los bilingües, sobre todo quienes manejan con fluidez dos idiomas, no sólo incorporan el vocabulario extranjero, sino que terminan asimilando además ritmos, formas de articulación y modos distintos de organizar las ideas. En este caso, la omisión de la conjunción podría responder a una compresión sintáctica influenciada por el inglés y reinterpretada luego como signo de refinamiento o modernidad. Si fuera así, estaríamos frente a una forma particular de barbarismo: no un extranjerismo léxico evidente, sino una alteración estructural del idioma producida por interferencia de otra lengua. Y quizá eso explique por qué estas expresiones producen una sensación tan extraña: el español las comprende, pero no termina de respirarlas de manera natural.


Share/Bookmark

No hay comentarios.:

Publicar un comentario