28 junio 2024

La palabra apocalipsis *

  * Escrito por Martín Caparrós para El País Semanal.

Las palabras cambian: un coche, hace poco más de un siglo, tenía caballos por delante, una pila era una fuente, un piloto un marino, un rey un necio que mandaba, una abuela una señora de 60. Hay muy pocas palabras que signifiquen siempre lo mismo: en esos cambios, se cifra buena parte de su encanto. Pero quizá pocas hayan cambiado tanto como apocalipsis. La palabra apocalipsis es pura confusión. En su original griego significaba “revelación”: de άπο, separar, y κάλυψις, velo, ocultamiento; desvelar, revelar —que deberían ser antónimos pero son sinónimos. Así la usó el autor del libro de ese nombre: para decir que sus historias revelaban mucho. Pero el poder narrativo de su Apocalipsis fue tan grande que la palabra misma quedó atrapada en su sentido nuevo: el fin del mundo, el acabose más dramático.

 

Ese señor desconocido fue uno de los grandes escritores de la historia. Hemos aceptado que se llamaba Juan, cristiano de origen confuso que el emperador romano Domiciano exilió, hacia el 80 d.C, en la isla griega de Patmos. No sabemos más, pero ahí se conserva una cueva donde aquel proscrito lo habría escrito. Está junto a un camino muy sinuoso; cuando el bus pasa por delante el conductor grita apokálipsi, apokálipsi y los pasajeros se miran, nerviosos, y se ríen. La cueva tiene una ventana pequeña y triangular que da a las aguas de la bahía de Skala: dicen que el desterrado encerrado miraba desde allí las tempestades que quizá lo inspiraron. “Entonces tomé el librito de la mano del ángel y lo comí, y en mi boca era dulce como la miel, pero cuando lo hube comido amargó mi vientre”, escribió sobre su propio libro. Que cumplió con el mayor deseo de cualquier exiliado: que sus palabras vuelvan al lugar de donde fue expulsado y se vuelvan, allí, palabra eficaz, una que crea realidades.

 

El Apocalipsis de Juan contaba lo que sucedería cuando su dios terminara de cansarse de aquel mundo podrido y, en lugar de emparcharlo como haría cualquier socialdemócrata, decidiera destruirlo y llevarse a los suyos a un dizque “Reino de los Cielos”. Los relatos de Juan son vívidos, tremendos: estampida de detalles morbosos, película de terror sin la película, monstruos y llamas y catástrofes varias, todas las armas de la cólera divina acabando con este mundo infame y sus infames habitantes. El Apocalipsis era una ficción espléndida, solo que nadie creyó que fuera ficción y millones se la creyeron: palabra del Señor. Aquel texto fue mucho más que un texto: fue la forma en que tantos entendieron el mundo durante dos milenios, realidad intensamente compartida. En todo ese tiempo los hombres y mujeres vivieron esperando que aquella revelación se realizara. Nunca lo hizo, pero fundó un concepto: la ilusión de que un gran final es el mejor principio. Los apocalipsis solían ser —y de ahí sus triunfos— la bienvenida violenta a la esperanza.

 

Hubo muchos momentos en que el terror y la ilusión apocalípticos volvieron a primar: fechas redondas, semimesías verbosos, pestes, guerras, sequías, reyes sanguinarios. Y últimamente, cuando los cristianos fueron dejando de creer en él, lo reemplazaron otros. El penúltimo apocalipsis que inventamos fue muy extraordinario: por primera vez los hombres se hicieron con un poder que hasta entonces concedían a los dioses, el de arrasar el mundo. Por primera vez esa destrucción era humanamente posible, una amenaza cierta. Pero tenía un problema: el apocalipsis nuclear era un final que no abría la puerta a algo mejor. Lo mismo pasa, ahora, con el apocalipsis climático: dicen que nos acaba pero no empieza nada que queramos. Podría ser uno de los mayores cambios culturales de estos tiempos: ahora los apocalipsis de moda son adioses que solo se despiden, que no inauguran ningún mundo nuevo.

 

Vivimos en estado apocalíptico: la sensación tan extendida, tan mal entendida, de que todo se nos va al carajo. La ilusión no se rinde. Aunque cualquier observador puede dar fe de que hay una sola característica que unifica a todos los apocalipsis desde aquel primero: que nunca se realizan. Los apocalipsis, como los virus, no son tontos, y saben que, si nos mataran a todos, los primeros perjudicados serían ellos: desaparecerían. Los apocalipsis nos necesitan para que sigamos imaginándolos.

 

Y nosotros seguimos. Me gustaría saber cómo será el mundo cuando nos hagamos adultos y dejemos de inventarlos. Cuando nos convenzamos, por fin, de que no habrá un final bruto y un principio mágico: de que tendremos que trabajar para ir cambiando, paso a paso, todo lo que hace que queramos que este mundo se ‘apocalipse’, que reviente de una vez por todas.


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25 junio 2024

Egos y personalidades

Estuve viendo un programa deportivo en días pasados y escuché un par de conceptos –miren por dónde– que me parecieron muy interesantes. El programa consiste en un tipo de tertulia en la que se comentan y analizan asuntos que interesan a los aficionados del deporte; y, en vista de que su temática es netamente futbolera, se revisan los episodios y acontecimientos más destacados de esa disciplina. Le llaman al encuentro: “El chiringuito de jugones”.

 

El coloquio se transmite desde España y, como es lógico, solo participan periodistas españoles. Un chiringuito es en España un quiosco, una suerte de cabaña instalada en un espacio abierto, un lugar donde se expenden refrigerios y bebidas. Un ‘jugón’, de acuerdo con el diccionario, es una persona “que tiene especial habilidad o es muy diestra en el juego”. Desconozco si esos contertulios han sido previamente futbolistas, pero son –por lo que parece– gente con un sólido criterio, amplio conocimiento del balompié (equipos jugadores y torneos); a todo lo cual añaden evidente pasión y vivacidad en sus opiniones.

 

Pero hubo ahí, en una entrevista a un conocido y exitoso entrenador, algo que captó mi atención. Le preguntaron al invitado cómo gestionaba el ego que caracterizaba a sus famosos jugadores; individuos que, como se puede suponer, se saben reconocidos, son bien remunerados y se sienten imprescindibles, asunto que, en ocasiones, puede provocar la búsqueda de su propio lucimiento, en detrimento del desempeño del equipo. El entrevistado reconoció que no era lo mismo ego que personalidad; que el ego por sí mismo no era negativo (de hecho, todos lo tenemos), y que este es parte de la personalidad de todos los individuos. Declaró que no le importaban los egos inflados, en la medida en que estuvieran sustentados por una personalidad bien formada; y que el ego más bien podía ser beneficioso para el liderazgo del jugador y el éxito del conjunto; y que lo importante era que el jugador lo supiera controlar.

 

No soy un experto en psicología, no se diga en el comportamiento de personajes que pueden llegar a actuar cual auténticas “prima donnas”, como gente engreída, que –si ellos no tienen la madurez requerida para saber administrar su fama– pueden llegar a sentirse como el centro de atención de todo el mundo y convertirse en un elemento conflictivo… Pero, por lo mismo y justamente por mi carencia de un conocimiento especializado, nunca dejan de interesarme las cuestiones relacionadas con el tema. Me refiero a asuntos como: las diferencias entre ego y personalidad; a los distintos métodos o estrategias aplicadas para evitar que el ego se convierta en perjudicial para los objetivos grupales; y a cómo aprovechar en forma positiva el ego de ciertos jugadores para convertirlo en un liderazgo beneficioso para todo el equipo.

 

Y es que muchas veces el ego actúa como un escudo, como un mecanismo de protección que interviene para defendernos y validar nuestra autoestima; pero a veces puede también ejercer un impacto negativo y transformarse en una fuerza corrosiva y dominante. Así, el ego puede actuar como una máscara y convertirnos en personajes para que no mostremos lo que somos, sino solo lo que pretendemos ser, lo que queremos que los demás vean en nosotros... Entonces nos exhibimos como lo que quisiéramos ser, como lo que queremos ver en el espejo y hacemos que el ego se convierta en una falsa máscara social. “El ego –ha dicho el escritor Deepak Chopra– vive y se alimenta de nuestra dependencia en la aprobación ajena; el ego nos trata de controlar, pues busca y se ampara en el poder, porque se instala en el temor”…

 

De acuerdo con lo que he investigado, existen algunas sencillas fórmulas o estrategias para administrar en mejor forma nuestro ego y poderlo encauzar. Apunto unas pocas:

  • Aceptar nuestras debilidades y limitaciones, y no compararse constantemente con las demás personas (Aceptación);    
  • Prestar atención a nuestros sentimientos y emociones, y tratar de comprender sus respectivos acicates o motivaciones (Auto-reflexión);
  • Practicar la empatía con los demás (y con nosotros mismos), y comprender que todos tenemos nuestros propios problemas, luchas y desafíos (Empatía).
  • Cultivar una actitud de reconocimiento. Apreciar lo que hemos hecho con esfuerzo y lo que los demás tratan de hacer, sin estar obligados, por nosotros (Gratitud).
  • Mantener una actitud sin aspavientos, y no tomarnos muy en serio. Aprender a reírnos de nosotros mismos y a ser un poco más flexibles en nuestros puntos de vista (Humildad).



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23 junio 2024

Apelación a la grandeza *

  * Escrito por Fabián Corral B. – Publicado en El Universo el 20 de junio de 2024.

El Ecuador, pese a todos y contra todo, debe asumir que es grande. La grandeza, más que asunto territorial o dimensión económica, es un signo moral, una afirmación, una confesión de identidad, una forma de ver e interpretar la historia, de superar los reveses de ahora y mirar al futuro. De ser país.

 

Mirarnos desde la grandeza es un desafío, es aspirar a lo que parece imposible, a lo que suena hipotético, a lo que puede parecer disparatado. Es crecerse en la adversidad. Es afirmar la soberanía y entenderla como igualdad de condiciones entre las naciones y exigencia de respeto, como fortaleza y capacidad de reacción, como voluntad política y constancia ciudadana, como tenacidad.

 

Miran con grandeza quienes, pese a los desastres, siguen adelante, reconstruyen la casa, limpian su tierra, vuelvan a sembrar y entierran a sus muertos con dolor, pero con fe. Miran desde la grandeza quienes saben distinguir entre el país político, y el otro, el nuestro, el de verdad, los que extrañan a la tierra cuando la tormenta de la migración los lleva lejos, y los que se quedan sin renegar de su suerte, y quienes que de lejos la recuerdan.

 

Les falta esa grandeza a los que viven enredados en la pequeña política, suspirando por las próximas elecciones, apostando el rencor y mirando al “otro” como enemigo. Carecen de ella los que se limitan a censurar, los que se atrincheran en los fanatismos que esterilizan, quienes ceden sin reparos a la mentira electoral y actúan pensando solamente en los cálculos de sus grupos y partidos, sin asumir que más allá están los intereses del país. Carecen de ella los que miran al “pueblo” como clientela útil para venderle el humo de sus discursos y los que quieren trascender empleando como argumento y escalón las angustias de la gente.

 

Difícil transición aquella que impone dejar por un momento el electoralismo y mirar al país con la categoría moral que impone el imperativo que tenemos, desde hace doscientos años, de construir una república de verdad. Difícil transición aquella que obliga a dejar las cargas del odio y entender que sin grandes acuerdos, sin generosidades, no será posible restaurar las instituciones ni crear condiciones para eliminar la violencia e impulsar el progreso. Será difícil para algunos ponerse a la altura del tiempo complejo y nublado que nos tocó vivir, extender la mano y conciliar en lo esencial.

 

El discurso de despedida del embajador norteamericano es una apelación a la grandeza. Es el reconocimiento de que el Ecuador merece otros dirigentes, otros conceptos, otros compromisos. Ese discurso, claro y generoso, distante de la formalidad diplomática, y dicho en vista de la belleza de las montañas, es un campanazo a nuestros valores, que vegetan escondidos entre el tumulto de la política menor.

 

¿Comprenderán así el mensaje del ex embajador nuestros dirigentes?, ¿tendrán la grandeza de reconocerse pequeños, mínimos como son? El déficit más importante, el que nos han recordado con franqueza, es, precisamente ese: el del civismo y el de la generosidad.

 

Nota: Hay artículos que hay que saberlos leer entre líneas… Por ello, estoy persuadido de que este solo tiene un destinatario específico: alguien que con un solo gesto en los meses venideros, uno de renuncia y generosidad, pudiera convertir esa circunstancia en un punto de plenitud, de auge y esplendor, en beneficio de su propio lugar en la Historia y de la institucionalidad del País, antes de las próximas elecciones. “Apelar” viene del latín appellāre que quiere decir “llamar” (de ahí vienen vocablos como ‘apelativo’ o ‘apellido’); pero, ante todo, es un verbo que implica: interponer, suplicar y hasta demandar…


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21 junio 2024

Algo de la desmemoria histórica

La palabra “portete” no existe en el diccionario; en ningún diccionario. Colijo que es un ecuatorianismo consistente en el diminutivo de puerto o, con más probabilidad, de puerta; y que con ese nombre ya se conocía hace un par de siglos el lugar donde se produjo la Batalla de Tarqui. La única otra alternativa sería que así se habría conocido a un obelisco en forma de pirámide truncada que se erigía para conmemorar un acontecimiento. Esto se aclara cuando, de acuerdo al relato del propio Antonio José de Sucre, él menciona que la avanzada del ejército peruano “estaba en el Portete de Tarqui a tres leguas de nosotros”. Si su ubicación era la llanura de Tarqui, debemos inferir que tal ejército se encontraba a unos 15 kilómetros.

Esto confunde porque de Tarqui al Portete del mismo nombre existen 30 y no 15 kilómetros; lo que sí existe a esa distancia es una aldea conocida como Victoria de Portete… Por lo mismo, lo único que permitiría dilucidar el acertijo sería que el episodio bélico donde se enfrentaron los ejércitos de Perú y la Gran Colombia, fuera un lugar cercano a esa aldea; y que lo otro, el “Portete”, sería el lugar donde Sucre ordenó erigir el posterior monumento. Quedaría, entonces por definirse cuál mismo fue el lugar donde ocurrió la histórica batalla. Además, y a pesar de lo anterior, existe una presunción adicional: la de que Portete se refiere más bien al templete; y que eso fue lo que parece que entendimos en la escuela: que ‘portete’, ya sin la mayúscula, era solo aquel tipo de obelisco que se edificó para conmemorar la venerada gesta…

 

Hago estas reflexiones a cuento de la “iniciativa” del Cabildo porteño, que propone cambiar el nombre de un sector de una arteria del puerto principal, para asignarle otra nomenclatura no solo inédita, sino carente de respaldo histórico. El nombre propuesto es el de República de Guayaquil, entidad que nunca existió. Guayaquil fue una provincia del Virreinato de Nueva Granada, como lo fueron Quito y Cuenca; aunque habría pertenecido al de Lima entre 1803 y 1822 (¶), pero nunca como república. Fue, debido a este y otros antecedentes, que se produjo el encuentro entre Bolívar y San Martín en julio de 1822, para determinar a quién debía pertenecer en el futuro, si a Perú o a la Gran Colombia, y así evitar posteriores conflictos.

 

El primer cuarto del siglo XIX fue un período confuso: en él se produjeron episodios que preludiaron la conformación de esas dos entidades como estados independientes. Esto se complicó más tarde con la separación del Departamento del Sur que se convirtió en Estado independiente de la Gran Colombia; pero fue con la Batalla del Portete de Tarqui (o como se la quiera llamar), ocurrida el 27 de febrero de 1829, cuando con el triunfo del ejército de la Gran Colombia (inferior en número), se llegó a un acuerdo que concluiría con la firma de un tratado entre Perú y la Gran Colombia, que resolvieron que Guayaquil seguiría siendo parte de esta última. Preciso es recordarlo: Ecuador no existía todavía como estado soberano.

 

La batalla se produjo en circunstancias que Guayaquil se había rendido (enero de 1829) a la marina peruana que había efectuado una exitosa expedición en forma simultánea. Sería la firma de un armisticio, suscrito en Girón, la que dispondría la inmediata desocupación peruana. Hay, sin embargo, una “interpretación” del lado peruano: la de que Perú no habría perdido ninguna batalla, sino que su ejército se habría retirado a Girón en espera del resultado de las negociaciones en curso. Esto se sumaba a una vieja reclamación peruana, en aplicación del uti posidetis juris, la de que debían mantenerse las posesiones de la Real Cédula de 1803, que incluía dentro del Virreinato de Lima los territorios de Tumbes, Jaén de Bracamoros y Maynas.

 

Tampoco habrían estado ausentes los intereses personales. Uno de los caudillos peruanos, el Mariscal José de La Mar, había nacido en Cuenca y era conocido en Perú como extranjero. La Mar tenía aspiraciones políticas, para él era importante que el Departamento del Sur, que más tarde se llamaría Ecuador, fuera reconocido como perteneciente al Perú y no a la Gran Colombia. Lo irónico y contradictorio es que años más tarde, y a pesar de que este oficial lideró una acción en contra del Estado al que Cuenca pertenecía; su nombre, de tan ingrata recordación, fue perennizado en una importante avenida de esa misma urbe…

 

Ah, y en cuanto al mentado cambio de nombre... solo representa posturas trasnochadas, retazos de suspiro" –como lo hubiera dicho Rulfo–, blandengues esperanzas de algún alma confundida y nostálgica...

 

¶ Nota: Guayaquil había pertenecido a la Real Audiencia de Quito hasta la emisión de la Real Cédula de 1803, según la cual pasó a ser parte del Virreinato del Perú. Pero, al proclamar, el 9 de octubre de 1820 su independencia, pasó a llamarse Provincia Libre de Guayaquil. Esta misma entidad es la que fue anexada más tarde a la Gran Colombia, el 31 de julio de 1822.


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18 junio 2024

El don de volar…

Somos colegas, solíamos volar juntos en Ecuatoriana; él es uno de los pilotos más hábiles que he conocido; volar, en sus manos, hacía aparecer como un juego de niños aquello de pilotear en los enormes aviones de nuestros días. Pero somos distintos, no siempre se nos hizo fácil conciliar las diferencias y encontrar identidad. Está visto: dos santos no siempre logran avivar su mutua devoción… pero hay algo en él que le adorna, sin embargo, y fortalece su natural liderazgo: él es elocuente, consigue expresar sus ideas con claridad, elegancia y seguridad. Con el tiempo, nos hemos ido dando cuenta que no estuvimos en opuestas trincheras, era simplemente que teníamos diferentes escuelas, y quizá ni siquiera pensábamos distinto.

Pero la vida es un resplandor, el mundo un pañuelo y, quién lo hubiera dicho, la historia no está exenta de ironía: bien pudiera ser que, pasado el tiempo, termináramos emparentados… uno de sus hijos mantiene una linda (su adjetivo favorito) relación con una de mis más queridas sobrinas. Sí, pudiera terminar de consuegro de uno de mis hermanos. Fue él quien, desayunando en su lugar de descanso en la playa, se refirió a nuestra supuesta compartida habilidad y mencionó que teníamos la fortuna de poseer aquello que sirvió a alguien para poner título a un libro: El don de volar. Y calificó de “científico” el que yo viviera inventando fórmulas, que –aunque solo yo lo sé– me ayudaron a  compensar o, al menos, disimular mis propias limitaciones…

 

El don de volar fue publicado en 1974, fue escrito por un aviador. Richard Bach había nacido en 1936 (vive todavía y me lleva con 15 años). Pocos saben que es descendiente de Juan Sebastián Bach y que, a sus 87 años, vive en Canadá, en Orcas Island: una isla en forma de capa para cubrirse los hombros situada en un estrecho que llaman con un sinnúmero de nombres (yo me inclino por el de Juan de Fuca); Orcas está situada a medio camino entre Vancouver y Seattle. Si bien mi amigo habría sugerido la lectura del libro a sus colegas; yo prefiero pensar que llegué a él en forma casual. Así lo intuyo porque habría adquirido el texto unos pocos meses antes de entrar a volar en Ecuatoriana, esto es: hacia finales de 1976.

 

Queda poco por inventar en aviación: nada es “rocket science”. Temprano, los pilotos intentamos axiomas, fórmulas  y propuestas que hacen más fácil y eficiente nuestro oficio. Con máximas como: “Aviate, navigate and comunícate” (Controla, navega y comunícate)… atendemos las emergencias y nos comunicamos con nuestros colegas, en la cabina de mando, o con el resto de la tripulación; con el control de tránsito aéreo (ATC), con las demás aeronaves, con la oficina de operaciones o, “last but not least”, con nuestros pasajeros. No podemos olvidar que ellos nos han confiado sus vidas: de algo tan esencial depende nuestro trabajo.

 

Así pergeñamos fórmulas para calcular el inicio del descenso o la altura correcta –de acuerdo a la distancia con la pista– en una gradiente continua. O –quién sabe–, el número de millas que recorremos por hora, en base al número Mach. Pero hay asuntos que no ameritan ser calculados; ellos están ahí, son tan evidentes como verse en el espejo, solo necesitamos saber intuir… Intuimos, por muestra, los datos más importantes que el piloto debe conocer si no tiene tiempo para efectuar un nuevo “briefing”, y ya está muy cerca de aterrizar o le han cambiado de pista: la frecuencia y el curso de entrada; la altura inicial y la de cruce sobre el FAF (punto fijo de aproximación); y el procedimiento de aproximación frustrada (o lo que fuere pertinente).

 

Sabemos, desde siempre, que a las montañas y ciertos cúmulos no se los puede atravesar, hay que “darles la vuelta”: se los tiene que eludir… Se aprende que “es mejor estar fuera queriendo estar dentro, que estar ya adentro cuando hubiese sido preferible estar fuera”… O, que no se debe desafiar a la naturaleza. ¿Qué ciencia, qué misterio, hay ni puede haber en ello? Claro que ayuda ser hábil, pero lo que importa es actuar en forma delicada y gentil, no ser brusco ni parecer inseguro o apresurado; para ello, hay que ser ordenado y saberse organizar. Es el oficio el que nos sirve de maestro, el que desarrolla nuestro instinto. Él nos susurra al oído: “ten cuidado, no seas tonto, no aceptes riesgos, no desafíes los obstáculos o los elementos”...

 

El “don”, como lo definió Richard Bach es un privilegio: la suerte de ejercer la actividad y poder desplazarse por los aires; es estar en capacidad de disfrutar del vuelo como lo más sensacional que se pueda experimentar… Pero, mi amigo, el del rico desayuno en la playa, se refería a otro tipo de don: a ese que solo a unos pocos pilotos regala la Providencia, que los distingue y les permite actuar como “mejor dotados”. Ellos (no yo) son los “gifted pilots”, los escogidos por la diosa Fortuna: ellos son los aviadores excepcionales.


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14 junio 2024

Ex libris

“Ex libris” es una expresión latina. Como se podrá inferir, está relacionada con los libros. Al inicio, no fue más que una marca, un sello inscrito en los libros o papiros para denotar su propiedad; de hecho, el ex libris más antiguo habría pertenecido a un faraón egipcio y tendría más de tres mil años de antigüedad. No olvidemos que entonces eran textos que se encontraban en pocas manos; a ellos solo tenían acceso los soberanos, los copistas o escribanos –por lo general monjes– y, quizá, unos pocos sabios, filósofos y hombres de ciencia que los cuidaban con mucho celo. Ex libris era una impronta para indicar pertenencia.

Antes de la invención de la imprenta, los libros tuvieron un carácter reservado; los copistas se encargaron de cuidarlos y preservarlos; de su oficio dependió en buena parte la transmisión del saber y la cultura. El empleo de estos distintivos fue una forma de advertencia: alertaba a los eventuales lectores inescrupulosos de los castigos o penalidades que se podrían esperar si se sustraían esos textos o se les daba un uso indebido. Esas alertas podían incluir maldiciones o simples amenazas y, en tratándose de textos religiosos o pertenecientes a las instituciones monásticas, incluso sanciones tan drásticas como la excomunión papal.

 

Pero además, y en el uso coloquial, la expresión pasó a adquirir un carácter figurativo. En algún momento se la empezó a utilizar para indicar que constituía un emblema, la “marca de fábrica”, algo que podía ser considerado como típico de una persona, institución o familia. Así, en una determinada dinastía, por ejemplo, si sus integrantes tenían las cejas muy pobladas o sus quijadas estaban signadas por el prognatismo, aquellos rasgos sobresalientes pasaban a considerarse como su “ex libris”: el sello peculiar de su linaje.

 

Ya aplicado a los libros, el ex libris pudo haber sido un jeroglífico, un sello conspicuo, y hasta un dibujo algo más elaborado. Literalmente significaba “de (o entre) los libros”, con el sentido de que el ejemplar pertenecía a la colección de un determinado propietario. Pero los libros no son sus lomos ni sus carátulas (lo que vemos); son, sobre todo, sus páginas; esto es: sus palabras, las historias o temas que están contenidos en ellas. Así, lo que cuenta no es ya estar rodeado por los libros –vivir “entre” ellos–; lo que verdaderamente importa es estar uno mismo “dentro” de ellos: y, para poder vivir esa inédita e insospechada vida paralela, solo tenemos acceso a la misma si sabemos adentrarnos y sumergirnos en sus vericuetos…

 

Mi vida personal ha sido un continuo romance con los libros. Jamás podré olvidar unos diminutos volúmenes que me obsequió papá luego de uno de sus viajes; él quizá habría ya descubierto mi temprana inclinación por la lectura, y fue él quien acicateó mi afición por esos arcanos e inesperados “nuevos viajes”. Hoy que lo pienso, cumplí en mis lecturas –sin habérmelo propuesto– una suerte de circuito itinerante, similar al que tuvieron mis innumerables y consecutivas moradas o residencias. Aquel circuito tuvo siempre un curioso comportamiento circular, uno que se desplazaba en sentido contrario al de las manijas del reloj…

 

Y es que mi afición por los libros se roforzó luego de que regresé de Estados Unidos, una vez terminado mi entrenamiento de vuelo. Habría sido mi intención formar una modesta estantería… pero, más temprano que tarde, esta se convirtió en librero y, luego, ya en biblioteca. Desde mi más remoto lugar de vivienda ya existe un rincón o un ambiente destinado a ubicar mis libros. Hoy, en ese dedicado lugar, los libros ya cubren sus paredes. Pero no lo utilizo para leer ni para escribir: es tan solo un lugar de almacenamiento.

 

Al principio, esos libros solo fueron usados para su exploración o lectura; pero, más tarde, vinieron en mi auxilio y se convirtieron en estímulo para ensayar también con la escritura. Todavía era un muchahcho soltero cuando descubrí que me gustaba contar. “¿Y, de qué se te antoja escribir?” –uno de mis hermanos alguna vez me preguntó–. “Creo que me gustaría dedicarme al cuento”, me parece que respondí. “Nunca te olvides que no se puede vivir del cuento”, socarrón él me contestó…

 

Existe un epígrafe lateral en este blog, en él expreso mi intención por provocar o inspirar. De no ser factible, al menos aspiro a ayudar a ver la realidad –la de las posturas y otros asuntos– desde otra esquina, desde otros ángulos, desde un punto de vista inédito o, al menos, diferente. En el fondo, solo soy un peregrino que aprendió a hablar “en quiteño” y que hace un esfuerzo para escribir en ese idioma prodigioso –aunque a veces esquivo y elusivo–: nuestra lengua, el sin par castellano que heredamos de nuestros padres…


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